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viernes, 21 de agosto de 2026

A TRAGEDIA CADA X: "ANTÍGONA", DE SÓFOCLES. IMPRESIÓN LECTORA.


Leo en la edición de José Vara Donado en Cátedra (SÓFOCLES: Tragedias completas, 1985; 27ª edición, 2025). Las referencias a páginas remiten a ella.


... la intransigencia es con mucho la más grande calamidad que asedia al hombre (p. 190)

Me encuentro muy entusiasmado con la lectura de esta Antígona de Sófocles. Entusiasmado, impresionado, estremecido, removido y conmovido. Muchísimo, me parece impresionante. En sí misma, tal y como la desarrolla, eso sobre todo. También por las múltiples conexiones que establece con mis lecturas de este año, como ISHQ. El color de las granadas, de Juan Andrés Moya, o Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, y a mis reflexiones de estas semanas, algunas volcadas en este mismo blog. Y personales: no sabéis lo que detesto, la aversión que me producen, las personas que podrían venir representadas por el Creonte de esta tragedia, los de resolución inflexible, de oídos cerrados, quienes acogiéndose a unas normas (legales, morales, religiosas), que en su caso no son más que reflejo de un ego implacable, hechas excusas de su propio pensamiento, anteponen su determinación con las palabras justicia y orden en la boca, preñada de egocentrismo ciego, a lo que el sentido común y la humanidad más básica dictan, y a la opinión de los demás: soberbios, obstinados, empecinados, pagados de sí mismos, que nunca ceden o lo hacen por interés propio y demasiado tarde por lo general, cuadriculados, reglados en su discurso e insensatos en sus intenciones. Y si los personajes femeninos suelen ser los de mayor fuerza dramática, algo que no se incumple aquí con esa Antígona tan potente (y cabezota y orgullosa también), y con la breve intervención de Eurídice, capaz de hacer lo que no supo Creonte, y ejemplo le había dado su hijo, desde luego es este, el personaje de Hemón, el que me ha dejado boquiabierto esta vez. ¿Cómo iba a sospechar yo que Sófocles incluiría el amor, el verdadero, en su Antígona? Me refiero al que ahora llamamos romántico, el fraternal ya se sabía. El amor-eros, el que no separa sentimiento de vínculo ni de carnalidad y deseo, el más puro y verdadero. Pues lo hace, ¡y con qué fuerza! 

     Pero, sobe todo, por cómo me ha afectado a mis emociones mientras afrontaba su final. Si ya me conmovió Las Traquinias, Antígona me ha superado, me ha superado completamente. No por desconocimiento de su trama, sino por cómo la transmite. Todavía estoy con réplicas internas mientras escribo aquí. 


*


     Como en cada tragedia griega, el público original conocía perfectamente la historia que desarrollaba la obra, en este caso la de Antígona y Creonte. En el mío, la conozco especialmente por las conferencias de Eva Tobalina a las que en otra ocasión hice referencia, a mis lecturas de las introducciones a las tragedias de ciclo tebano y, ¡claro!, ya sí puedo decir que por Esquilo (en su final de Los siete contra Tebas, comentado en este blog, y en el que ya decía yo que anticipaba esta tragedia de Sófocles). Estas historias, tan interesantes, de tanta tensión y con tantos giros, no podían sorprender a un público que se las sabía, no en sí mismas; la sorpresa y el interés, entonces, estaba en el enfoque que el tragediógrafo les daba, y los detalles que él pudiera aportar. ¡Sófocles! Ya lo voy conociendo mejor. Ahora constato de manera consciente, y he disfrutado en mi interior, la mayor variedad que introduce en su obra, el manejo de más elementos, su dinamismo, que incluso puede poner algunas escenas en cierto modo cómicas en una trama tan tremenda como es, en este caso, Antígona, y luego llevarte a una tensión dramática de estas que te dejan sin respiración; que puede generar auténticos discursos extensos en boca de este u otro personaje, o del coro, como hacer que se produzcan intervenciones cortas y sentidas entre dos o más personajes. 

     Los hijos de Edipo, Eteocles y Polinices, se han matado mutuamente en el asedio de los argivos a Tebas. Ellos habían pactado turnarse como reyes de Tebas; sin embargo, Eteocles incumple el pacto y se mantiene como monarca. Polinices, casado con la hija del rey de Argos, ataca su propia ciudad. Las siete puertas de Tebas son defendidas por siete campeones de la ciudad, la última por el propio Eteocles, que se enfrenta a su hermano y los dos acaban muertos en ese enfrentamiento. Tebas vence, la ciudad se salva, y Creonte, tío de los mencionados, queda al cargo del gobierno. Se honra a Eteocles, al que se le da sepultura con honores. De su hermano, sin embargo, Creonte decreta que quede expuesto para que las alimañas consuman su cuerpo, dado que atacó su propia ciudad, y los enemigos no merecen sepultura. Este es el punto inicial que debemos conocer previamente para iniciar la lectura de Antígona. Esta decisión de Creonte se decreta como ley, y el que la transgreda será reo de muerte. Una ley humana que debe ser respetada, y esta cuestión, que ya vimos al comentar a Esquilo, es muy relevante en cuanto a las polis griegas, el respeto a la autoridad, que viene respaldada por las divinidades olímpicas (no quiero acordarme de Agamenón, ¡qué asco le he cogido, por favor!). Sin embargo, existen otras divinidades, más antiguas, como observamos igualmente en Esquilo, muy al vivo en Las Euménides. Está en la moral más primitiva. Y esta es la cuestión con la que empieza la obra, ya sí. Las hijas de Edipo, las hermanas de los fallecidos, Antígona e Ismene, se debaten entre obedecer la ley humana, por la que se inclina esta última, que entiende que no puede hacer otra cosa (... porque no tiene sentido intentar acciones superiores a las posibilidades de uno, p. 149), y Antígona, que prefiere obedecer la ley divina antes que la humana, una cuestión moral muy básica: dar sepultura a su hermano Polinices (esto nos "recuerda", anacrónica y anticronológicamente, a ese bíblico Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres, en Hechos de los Apóstoles 5:29). 

     La obra empieza así, en el palacio de Tebas, con el diálogo de las hermanas. Antígona, entonces, afrontará sola la labor de enterrar a su hermano, sabedora de las consecuencias (Es un honor para mí morir cumpliendo con este deber, p. 149). Se increpan mutuamente: Antígona llama pusilánime a su hermana (Pero tú, si es tu gusto, continúa despreciando lo que los dioses aprecian, p. 149), y ya no la quiere a su lado, no va a insistir; por su parte, Ismene llama a Antígona imprudente y obstinada (¡Oh tú, que no te detienes ante nada!, ibíd.). 

     La ciudad, que acaba de librarse del asedio al fin, va a celebrar, y por su puesto se menciona a Baco. Pero Creonte convoca una asamblea de ancianos donde hace oficial su resolución. Entonces aparece uno de los guardianes del cadáver de Polinices y trae malas noticias para Creonte: alguien ha vertido tierra sobre el difunto y hecho honras fúnebres, y los guardianes no se han dado cuenta, nadie sabe quién ha sido. Creonte presupone que es un hombre, o varios, movidos por el dinero. La ganancia económica es su excusa para desconfiar de todos. El guardián está muy temeroso ante Creonte, porque sabe cómo se las gasta, y así es de terrible: va a ejecutar a los guardianes como no salga el culpable. 

     Como dije al principio, y también comenté en Las Traquinias, Sófocles es capaz de introducir elementos "cómicos" en sus tragedias, como uno de sus elementos novedosos. Porque, sinceramente, cómicos me parecen los diálogos de este guardián con él (en este al principio y el que posteriormente tendrá lugar). Por otra parte, las metáforas marinas son constantes en esta obra (alegoría marina, más bien). 

     Aquí el coro se pone filosófico, profundo (¡el hombre con soluciones para todo!, p. 160). "Todo tiene solución menos la muerte", un dicho muy de aquí que recuerdo a mi abuela pronunciarlo (No hay evento al que se enfrente sin soluciones. / Únicamente no se procurará escapatoria del Hades, ibíd.).

     Entonces entra el guardián de nuevo con Antígona detenida. Dirigiéndose a Creonte, vuelve a expresar que lo pasó muy mal la otra vez ante sus palabras regias. No era para menos, desde luego, los iba a liquidar si no aparecía un culpable, que para sorpresa de todos es una muchacha, Antígona, pero verbalizarlo ante el rey, y cómo lo hace, me sigue pareciendo cómico. Creonte le pide detalles de la detención, ya que la acusación es grave. Básicamente lo que cuenta es que, tras "desenterrar" a Polinices y limpiarlo, el olor a cadáver es tan nauseabundo y persistente que los guardianes tienen que tomar aire, y entonces pillan in fraganti a Antígona, que se había lamentado a gritos de ver limpio el cuerpo de su hermano y vierte abluciones sobre él. Antígona no lo niega, impasible, lo que provoca en el guardián dos sentimientos encontrados: satisfacción porque salva el cuello y tristeza por el destino de ella. Antígona se reafirma ante Creonte, despreciando su autoridad, pues su edicto transgrede las leyes de los dioses, no escritas e inmutables: ... si he de morir antes de tiempo, yo lo cuento como ganancia, ... (p. 163, lo que otra vez nos lleva mentalmente a la Biblia, anacrónicamente, a Filipenses 1:21). Es ganancia por todos los sufrimientos que lleva encima, tantas calamidades en su familia. 

     Del diálogo tenso entre Creonte y Antígona, hasta el punto de que Antígona le pida que la mate ya para no seguir oyéndolo, destaco su respuesta a lo que el nuevo rey le había dicho, a ese Tienes que saber que jamás el enemigo, ni aun muerto, es amigo (p. 165). Las palabras de Antígona ante esto son: Tienes que saber que nací no para compartir con otros odio, sino para compartir amor (ibíd.). Impresionante. 

     Creonte cree que Ismene, que aparece llorando por su hermana, es también culpable, y las quiere ejecutar a las dos. Ismene no lo niega: quiere morir junto a Antígona, ¿cómo iba a vivir ya sola, sin ella? Pero se produce una discusión entre ambas ante todos, dado que Antígona la repudia, no quiere que comparta ese honor con ella cuando realmente no ha hecho nada por su hermano fallecido. Entonces Ismene se vuelve a Creonte, y le pregunta si va a ser capaz de matar a la prometida de su hijo Hemón. ¡Por supuesto que sí!: Sí, pues también los campos de otra admiten arado (p. 167), imagen de carácter sexual que no necesita explicación por mi parte. Algo que niega Ismene, aludiendo a la compenetración entre los prometidos, a su compatibilidad, al amor. A Creonte le da igual, la va a ejecutar. Para entender cómo de cabezotas y obstinados son tanto Antígona como Creonte, hasta el punto de ser incapaces de ver la solución evidente de enterrar a Polinices fuera de los campos de Tebas, véase la Introducción de Vara Donado a esta tragedia.

     Ahora la obra se enfoca en cómo afronta Antígona su destino inminente. El coro llega a cantar: Bienaventurados aquellos cuya vida está exenta de calamidades, / pues a aquéllos cuya morada sea sacudida por el dios no les falta desastre alguno, sino que éste los persigue durante un sinfín de generaciones (p. 167). Traigo ahora esta cita aquí por dos motivos. El primero, y menos importante, es por cómo conecta el primer verso con mi reciente artículo acerca de los cambios de la fortuna en la literatura y la vida, podía haber sido una cita en él si la hubiera leído antes. Pero especialmente, y esto es importante, para recordar cómo en las tragedias griegas clásicas el destino nefasto se extiende de padres a hijos (como comprobamos ahora con la casa de Edipo), entre familias y linajes, generación tras generación. 

     Aparece Hemón. Su padre espera que le respalde. Él, sin embargo, trata de que entre en razón, reconviniéndole. Defiende a Antígona, y le dice a su padre cosas como que no constituye desdoro alguno para un varón, por sabio que sea, aprender infinidad de cosas y procurar no pasarse de intransigente (p. 171), y después, el ruego: ... cede, dale a esa tu corajina un breve respiro (ibíd.). El corifeo trata de conciliar, pero Creonte, que si ya antes había declarado que ninguna mujer se le iba a imponer, ahora dice lo mismo refiriéndose a los jóvenes. Y después a la ciudad entera, al pueblo, cuando su hijo le diga que la gente ve mal lo que está haciendo con Antígona. Hemón lucha por Antígona ante su padre todo lo que puede, cada vez menos diplomático a medida que la discusión sube de tono, en un diálogo encendido que deja perlas constantemente. Por ejemplo, a la pregunta retórica de Creonte: ¿No es norma considerar la ciudad propia del jefe?, es decir, de su propiedad, responde su hijo: Si así fuera, ¡qué bonito sería que mandaras tú en un país completamente deshabitado excepto por ti! (p. 172). Y en la página siguiente, ante el reproche de su padre: ¡Infame individuo! ¡Mira que subordinarse a una mujer!, la espectacular respuesta de Hemón: Tienes que saber que no me cogerías sometido en lo más mínimo a nada deshonroso. Al final, ante tanta obstinación, le comunica que, si Antígona muere, él también. Y Creonte, en lugar de entender la clara señal de su propio hijo, trata de quedar por encima declarándole que ejecutará a Antígona y le obligará a presenciarlo. Esa escena, de producirse, me llevaría de cabeza a uno de los capítulos más emotivos de Ishq. El color de las grandas, de Juan Andrés Moya, un episodio y una novela que no puedo olvidar, y no será esta la única concomitancia (mi impresión lectora, aquí). Sin embargo, Hemón no lo consiente, y escapa corriendo y furioso.

     Y entonces... ¡el coro canta sobre el amor, sobre el poder absoluto del Amor! Y ensalza a Afrodita. En sus lamentos, pues ya Antígona se enfrenta a la inminencia de su muerte, la muchacha hace referencia de nuevo a que toda esta desgracia comenzó por Edipo, pero especialmente insiste en que se va a morir sin haberse desposado, sin conocer el tálamo. Se va a desposar con la muerte. Muere doncella, sin saber lo que es el lecho con un marido, como el colmo de la desgracia. ¡Afrodita! Las páginas 176 y siguientes son muy emotivas. También se lamenta de que nadie la llora.

     El método de ejecución es como enterrarla viva, parece una especie de ironía o burla por el delito del que se le acusa, enterrar a su hermano. La van a llevar a un lugar deshabitado y a encerrarla en una covacha para que muera allí, otro paralelismo con Ishq. El color de las grandas, una obra maestra contemporánea que mi sensibilidad seguirá mencionando en futuras ocasiones, D. m., estoy convencido.

     Tiene que aparecer Tiresias con sus augurios, y muy serio, para que todo esto cambie en cierto modo. Discute con Creonte, trae vaticinios terribles. Los dioses no aceptan las ofrendas desde que Polinices está sin sepultura, "por la particular manera de ver Creonte las cosas", según Tiresias. Le pide que recapacite: La obstinación, ¡por supuesto!, incurre en torpeza (p. 182). Pero el dictador vuelve a rechazar buenos consejos. Y ya Tiresias profetiza la muerte de su hijo, haciendo referencia a los dioses infernales (los del Hades, o tal vez aquellos más antiguos a los que hacía referencia antes, y también Antígona, a esa moral anterior a la religión establecida): Dioses infernales sobre los que ni tú ni los dioses de arriba tenéis competencia... (p. 184). Entiendo que eso de "los dioses de arriba" quiere decir los del Olimpo.

     Tiresias se va. Ante tan terribles vaticinios, Creonte pide consejo al corifeo, que le dice que es mejor que saque a Antígona de donde la ha encerrado. ¡Y cede! Temeroso, da su brazo a torcer. Pero es tarde. Un mensajero lo cuenta: "De nada vale el enriquecimiento y el poder si pierdes la alegría" (p. 188). Hemón se ha suicidado. Y si ya era emotivo el planto de Antígona, el final de esta tragedia es brutal.

     Sale Eurídice, la esposa de Creonte, del palacio. Algún rumor de calamidad ha oído y le pide al mensajero la historia completa. El mensajero se (nos) la cuenta. Creonte y su comitiva, primero, limpiaron el cadáver de Polinices, lo quemaron y levantaron un túmulo. Después, cuando llegan a donde está encerrada Antígona, escuchan gritar a Hemón. Este ha descubierto a su amada colgada por su propio velo al cuello, Hemón está abrazado a su cintura. Hemón, cuando ve a su padre, le escupe en la cara y trata de darle una estocada con la espada, pero Creonte se aparta a tiempo. Entonces se la clava a sí mismo hasta la mitad y estrecha a la doncella en sus brazos, moribundo. Y si Sófocles me parecía cómico en los diálogos del guardián, fijaos ahora lo trágico que está siendo, y qué tremenda esta descripción: Y respirando con dificultad arroja brusco efluvio de un chorro de sangre sobre la blanca mejilla de la muchacha (p. 190).

     Eurídice, tras escucharlo todo, no dice nada, entra en palacio en silencio (lo que nos recuerda a Deyanira cuando recibe las noticias de su hijo y sus duras palabras en Las Traquinias). No es normal ese silencio, eso se comenta. Cuando aparece, destrozado, Creonte con su hijo Hemón en brazos, arrepentido de su decisión y terquedad, le dicen que su esposa también se ha suicidado. Y Creonte se declara culpable de todas esas muertes.

 

*


     Por más que yo u otro te cuente, y mira que esta vez he destripado bastante el argumento, hay que leerla. Lo dije al principio, no es que sepas de qué va, el público originario de Sófocles también lo sabía de antemano. Es la expresión, la manera, la poesía, el curso de las palabras , las imágenes, los énfasis de intensidad. Para mí, lo repito, ha sido de una intensidad emotiva impresionante, me ha superado, de verdad. No me extraña que sea una de sus obras más célebres. Miedo me da, en el sentido popular de la expresión, Edipo, rey, la siguiente de Sófocles. Mejor que me vaya preparando.


jueves, 6 de agosto de 2026

A TRAGEDIA CADA X: "LAS TRAQUINIAS", DE SÓFOCLES. IMPRESIÓN LECTORA.




Las Traquinias me ha dejado tan conmovido en algunos momentos, especialmente del final de la tragedia, como desconcertado en toda ella, y descolocado en algunas partes en cuanto a lector poco experto en textos de la Grecia clásica y por las expectativas que uno trae de inicio, y eso a pesar de que en cierto modo lo estaba advirtiendo José Vara Donado en su Introducción, y que más o menos estoy informado por varias fuentes de cómo escribía Sófocles. Tan desconcertado, que este desconcierto me ha impedido comenzar como quería, que era con una cita de la propia obra, pues me hace dudar entre dos, si no tres. La tragedia que menos me esperaba es la que más anotaciones me ha hecho tomar en mi cuaderno y tengo que reordenar mis ideas, a ver cómo afronto su impresión lectora, ahora mismo hay una amalgama de ideas juntas y revueltas en mi mente de cuestiones que me gustaría traer aquí tras leerla. Voy a darme un paseo y enseguida vuelvo, un momento...


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      Las Traquinias es la tragedia de dos personajes muy rudimentarios en lo humano, como son Deyanira y Heracles y, sin embargo, recibe su nombre del coro, mujeres de Traquis, que es la ciudad en donde se encuentra la casa de Heracles y donde se sitúa la obra, esa casa. Esto para empezar de algún modo, porque con respecto a la cita inicial no soy capaz de decidirme, y ambas son significativas pero no consiguen abarcar el mensaje general (y complejo) de esta tragedia. Una sería Grande y contundente es la victoria que obtiene siempre Afrodita (p. 112), frase pronunciada por el coro. La otra sería Por eso es que, si uno cuenta con dos días y peor si cuenta incluso con más, es que es un necio, pues no existe siquiera el mañana mientras no pase uno bien el día de hoy (p. 126), esto lo pronuncia el aya. Las referencias a páginas son de la edición de las Tragedias completas de Sófocles de José Vara Donado en Cátedra (27ª edición, 2025. La primera es de 1985). Y, dado que para mí el personaje central es Deyanira, he tenido la sensación de que se trataba de la versión femenina de Áyax en cuanto al carácter, palabras y actos de uno y otra, e incluso en la estructura, ambos se nos quitan de en medio antes de terminar la tragedia, que prosigue con otros.


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     Deyanira es la esposa de Heracles, quien se halla ausente de su casa con sus historias heroicas, que ya veremos que no lo son precisamente, al menos tal y como nosotros concebimos el heroísmo. Es imposible que nos formemos una buena imagen de ellos, especialmente de Heracles. No nos puede caer bien, claro, a nosotros no y a los coetáneos de Sófocles no lo sé, tengo mis dudas. Pecaría de anacrónico si dijera eso, pero es que, aun con todo, da la impresión de que podría haber sido así en según qué aspectos tal y como se expresa Sófocles. Deyanira se nos muestra como tonta, que no estúpida. Quiero decir, tonta por ingenua y también por simple (como Áyax), no por engreída o subidita. La primera cita que puse antes, la de Afrodita, es muy relevante, dado que la motivación sexual es clave tanto en una como en otro, como ya apuntaba José Vara Donado en su Introducción. Según él, se ha discutido, pero tras leer la obra estoy con él: no es el amor, sino el sexo la motivación principal de Deyanira, en este caso, y de Heracles, por supuesto. Pero decirlo así es injusto, dado que la visión del amor y de la vida sexual en aquella época en Grecia es muy diferente a la nuestra, así como los roles de género y las relaciones, y porque parece, al decirse así, que se menosprecia el sexo y no hay por qué, no es indigno, al menos no en el caso de Deyanira, en mi opinión. De ahí la mención a Afrodita, tan nombrada, bajo ese nombre o bajo el de Cipris, en los epigramas eróticos griegos. Es la diosa de la libido, del deseo sexual, dejémonos de eufemismos, aunque no siempre llamar a esto amor lo sea, sea un eufemismo. En esta nuestra época ya nos estamos desprendiendo de ellos al acercarnos a los clásicos, y Vara Donado escribe en los ochenta del siglo XX, que conste. ¡Buf!, ahora me toca explicar esto que he dicho y daros una semblanza del Heracles y la Deyanira que aparecen aquí. Voy a dar otro paseo y regreso, me he metido en un jardín muy grande. Solo diré una cosa para no quedarme con las ganas, porque hace tiempo que quería decir esto y acabo de encontrar el momento: a ver qué nombres les ponemos a nuestros hijos. Hay nombres propios que nos suenan muy bien, da igual que sean bíblicos o de fuentes clásicas. Jezabel, Deyanira, Heracles o Hércules, Dina, Sherezade, ... sonar, lo que se dice sonar, nos pueden sonar a música celestial. Incluso algunos de ellos tienen un significado muy bueno. Pero, por favor, investigad primero quién lo llevó, qué era, cómo era y qué hizo o qué le pasó y luego ya obráis en conciencia, es un consejo, se trata de tu hijo o hija. Que, a lo mejor, quién sabe, le da por leer de mayor, no sé. Bueno, que ahora vengo.


*


     Creo que lo mejor será que empiece por resumir un poco el argumento, y lo haré de la siguiente manera: primero, lo contaré desde el punto de vista de Deyanira, y luego desde el de Heracles. Por último, haré otras apreciaciones, si es que no las he volcado todas en los resúmenes anteriores (en cursiva y de color morado si las inserto ahí).


LAS TRAQUINIAS, ENFOCADOS EN DEYANIRA


     En Traquis, Deyanira lleva mucho tiempo esperando el regreso de su esposo, Heracles. Pero tiempo. Y está en un ay; temerosa, no hace más que lamentarse de su ausencia, no solo porque teme por su vida, sino porque lo echa de menos en la cama. Si en esta Grecia es bien sabido que los hombres no solo se acuestan con sus esposas, el caso de Heracles es un nivel más: al fin y al cabo, es el prototipo de lo masculino en ese aspecto, del fuego sexual masculino, el hercúleo Heracles (lo siento, no he podido evitar esa redundancia) se acuesta con muchas, a capricho, por no usar un verbo que ya utilicé demasiado en mi novela. Pero el caso de las mujeres, especialmente de las nobles, es bien distinto y Deyanira es la representante aquí del fuego sexual femenino (esto del fuego sexual no es mío, sino de José Vara Donado en su Introducción). Para eso, entre otras cosas, necesita a Heracles, que a saber dónde está y qué hace. "Chochona", "higona", pronunciado a la andaluza, con hache aspirada, le faltó llamarla el aya cuando le sugiere, con palabras prudentes, que a qué espera entonces para mandar a alguien a que le traiga noticias de él en lugar de ser tan pasiva con eso, tiempo no le ha faltado si tan preocupada está, que mande a su hijo Hilo, que se encuentra por allí y que accede de buen grado cuando su madre se lo acaba pidiendo. Al coro, compuesto de muchachas traquinias, les dice, para confirmar esto que acabo de decir hace un momento del fuego sexual, que sus apasionadas y continuas inquietudes jamás adormecen y que Heracles siempre está en jaleos bélicos de los que los dioses siempre le salvan de la muerte. Dice, en fin, que, al casarse, una mujer se llena de preocupaciones por su marido y por sus hijos; que Heracles le ha dado una carta donde expone cuáles de sus posesiones son para ella y cuáles para sus hijos, como si temiera su muerte; y que por eso se ha despertado tan alterada.

      Entonces aparece un mensajero (no un heraldo oficial), quien le anuncia que Heracles no solo está vivo, sino que viene victorioso y con botín. Licas, el heraldo oficial enviado por Heracles, aparece luego con unas mujeres hechas esclavas y confirma que Heracles está bien. Se retrasa porque está haciendo unas ofrendas por una promesa. Ha destruido completamente el país de procedencia de esas mujeres. Deyanira siente compasión por ellas. Este sentimiento, que después aparece más veces, justifica lo que dije al principio sobre nosotros como lectores y el público de la época, así como la segunda cita que barajaba para el encabezamiento. En este caso, en cuanto al tema de la esclavitud y las calamidades de los asedios y las guerras y los botines, todo ello más que asumido por estas personas, no se soslaya el hecho de que ellos mismos se den cuenta de lo terrible que es, no solamente porque podría pasarte a ti, sino contemplando a los tuyos, a tus propios esclavos, y esto no solo se ve aquí, se ve ya desde Los Persas de Esquilo, no es la primera vez que me lo encuentro, esto de ser capaces de ponerse en la piel del otro, esa empatía. Deyanira las observa y se apena: estas son las mujeres que Heracles se ha reservado para sí al destruir la ciudad de Eúrito. Y si Heracles está tardando tanto en regresar, es porque previamente fue hecho esclavo en Lidia y allí tuvo que estar mucho tiempo, según Licas. No desarrollo esta parte porque me haría demasiado extenso; la historia de Heracles en Lidia, en sus distintas versiones que aparecen en esta obra de Sófocles, sería para contarla aparte. Solo diré, y aquí no os queda más remedio que creerme, que Heracles es un hombre muy vengativo, como se verá al final de la tragedia. Por este motivo, especialmente, por su cólera sin control, decía que no nos puede caer bien. El caso: Zeus lo castigó con la esclavitud en Lidia por haber matado a Ífito a traición, despeñándolo, pero ahora los que se burlaron de él siendo esclavo están muertos, y su ciudad reducida a esclavitud. Aquí el corifeo le pregunta a Deyanira si no se alegra, realmente es un reproche, porque ella no parece manifestar esa emoción que se supone que debe manifestar. Ella responde que sí, que se alegra porque es obligatorio alegrarse, pero que su cara es de preocupación por él: igual que le va bien ahora le podría ir mal después (la Fortuna y su rueda...), y pone de ejemplo a esas mujeres que tiene delante, que han visto cómo su suerte ha cambiado drásticamente de un día para otro: hace nada eran libres, ahora esclavas. Y entonces se fija en Yole, quien por su aspecto parece de buena familia, la más noble, y más se compadece de ella por eso. Le pregunta a Licas quién es, pero Licas dice no saber nada de ella: Yole no habla y ha ido todo el camino llorando. Deyanira no se enfada con Yole por no responder; al contrario, la entiende y pide que se la respete, que demasiado tiene encima en este momento, Deyanira no la quiere importunar. Por muy tonta que sea, que para según qué cosas lo es, al contrario que por Heracles, sentimos afinidad por Deyanira, al menos yo la he sentido de principio a fin de la tragedia, y aún más sabiendo como sabemos de antes, esto no lo he dicho, y sabremos todavía más después, cómo acabó siendo la mujer de Heracles, ya que la pretendía también, de muy jovencita, un río, Aquelao (que son divinidades, acordaos del padre de Dafne), hecho toro, al que se enfrentó Heracles para obtener a Deyanira; esta, en su momento, quedó impactada ("traumada", dirían algunos ahora), por las manifestaciones de lascivia y fuerza bruta tan prototípica e insanamente masculinas, por más que represente aquí al fuego sexual femenino.

     Cuando se va a marchar Licas, el mensajero le viene a decir a Deyanira que Licas miente, o al menos está ocultando información o la ha distorsionado. Le revela que en realidad Heracles arrasó la ciudad y la zona porque le pidió a Yole a su padre, el rey Eúrito, para tener una relación con su hija y este se negó. En su cólera, mata a Eúrito y reduce a cenizas la ciudad, hasta sus cimientos. Yole no ha venido en calidad de esclava. En ese instante, Deyanira se lamenta, y por un momento transforma su compasión por Yole en desprecio. Presionado por el mensajero y ella misma, Licas lo confirma. Lo que dice Licas es esto: a Heracles le entraron ganas de poseer a Yole (lo dice así, tal cual); para conseguirla, destruye Ecalia; que le ha ocultado esa información, no por mandato de Heracles, ¡qué va!, sino por iniciativa propia, porque sabía que eso la heriría, para no dañar su corazón; y, por último, que trate bien a Yole, porque ese Hércules, tan fuerte y tan invencible, está completamente rendido a ella. En ese momento, Deyanira piensa que está acogiendo al enemigo en su casa, refiriéndose a Yole, y el motivo es más físico que otra cosa: Y ahora somos dos mujeres las que esperamos los abrazos de un hombre bajo la misma manta (p. 113). Porque Deyanira es muy consciente de que poco tiene que hacer en esa competencia, y así lo expresa: Yole es más joven y, por lo tanto, más deseable para Heracles. Aunque repite mucho, eso sí, que no está bien que monte en cólera contra ella. Esto, una vez más, me hace empatizar con ella: en cuanto a su humanidad, me parece una mujer para ser elogiada.

     Si quiere ser ella la que esté compartiendo manta con Heracles, va a tener que recurrir a algo que, según ella misma, está mal, ella no lo ve nada bien en general, pero en este caso es necesario; se justifica ante el coro de lo que tiene determinado hacer, un acto hasta cierto punto legítimo si tenemos en cuenta que ella es la esposa de Heracles y que tiene derecho a desear y disfrutar del cuerpo y el fuego de su propio marido. Porque, aunque uno haga cosas deshonrosas, siempre que se hagan en la sombra, jamás se caerá en el deshonor (p. 115), llega a decir. Su medio es la hechicería, y tiene un recurso muy potente guardado en un cofre para realizarlo. Y, ahora, pues os tengo que contar por encima la historia de Neso, el centauro. La obra hace flash-back (analepsis).

     Cuando Heracles consiguió a Deyanira, se la lleva de su ciudad. Deben atravesar un río, así que un centauro que los acompaña, Neso, la pone en sus hombros. A este centauro se le califica de bruto varias veces. Debía de serlo, porque en mitad del vadeo no se le ocurre otra cosa que manosear a Deyanira (le mete mano, vaya). Inmediatamente, Heracles, llamado también el mozo de Zeus (es hijo de este y de Alcmena), ... Heracles le lanza una flecha a Neso que le hiere mortalmente en el pecho. Antes de morir, le confiesa a Deyanira que, si toma coágulos de su sangre, esta sangre será un filtro amoroso muy potente: untado en un tejido, el que se lo ponga no podrá resistirse a estar con ella. Y esto lo tiene Deyanira en un cofre, un túnica empapada de la sangre de Neso. Y ahora, después de tantos años, entiende que puede usarla para que su marido la elija a ella.

     Así que, pronta le da a Licas un manto impregnado de la sangre de Neso y otros ingredientes, metido en un cofre (pues no debe darle la luz del sol hasta llegar a su destinatario), con instrucciones muy precisas para que llegue a Heracles como regalo, para que se lo ponga para hacer sacrificios. Y Licas le asegura que las seguirá al pie de la letra. Y entonces el coro canta. ¡Que llegue de allá codicioso, en extremo, de amor, / tras haber sido empapado con toda la unción de la concupiscencia / de acuerdo con la profecía del bruto Neso! (p. 117).


     Y ya por fin aparece la tragedia, en el sentido popular de la palabra, y también lo que más nos puede llevar a pensar que Deyanira es tonta en el sentido al que aludía al principio, especialmente por sus consecuencias. Aparece ahora Deyanira lamentándose delante del coro de que, tal vez, haya llevado las cosas demasiado lejos. El coro, las muchachas traquinias, que le habían apoyado con todo esto del manto, le preguntan por qué, la cosa no es tan mala, ¿no? Y es que, para untar el manto con el mejunje de centauro, Deyanira ha usado a modo de brocha un mechón de lana. Una vez enviado Licas con su regalo, se ha dado cuenta de que ha dejado ese mechón embadurnado al sol y ha visto el efecto de la luz en él: ha acabado fulminado. Y entonces ata cabos. ¿Y si Neso le mintió? Se da cuenta: no es un filtro de amor, la intención del centauro era matar a quien le había matado. Algo que, por cierto, al final de la obra sabremos que se profetizó, que a Heracles lo mataría alguien muerto. Y entonces Deyanira declara que, si Heracles muere, ella también morirá:  ... pues teniendo que oír impertinencias la vida resulta insoportable a una que prefiere, antes que vivir, no haber nacido, si de nacer nace perversa (p. 119). Unas palabras que, para mí, son una mezcla de culpa, ingenuidad y estupidez. La respuesta del corifeo es que En última instancia, el enfado de la gente con las personas que han cometido un error sin intención es blando, y ése es el que va bien en tu caso (ibíd.), tratando así de atenuar la culpa y ese temor de Deyanira y, de forma un tanto tímida, evitar su suicidio, pero que a la vez pone de relieve su ingenuidad.

     Entonces llega Hilo, con palabras muy duras hacia su madre. La noticia que trae es la que ella temía, y acusa a su madre de haber matado a su padre (que no ha muerto aún). La acusa y reniega de ella, en base a lo que ha visto y a las explicaciones de Licas in situ acerca de que el manto que se puso Heracles para oficiar sacrificios procedía de ella. Además lo traen, traen a Heracles y ella lo va a ver en su agonía. Deyanira, a la que le duele ver a su hijo así con ella y sus palabras, en lugar de defenderse, se va sin responder a Hilo. 

     Entre lamentos, el aya informa que Deyanira ha muerto. Se ha suicidado clavándose un cuchillo en el costado. Lo hizo llorando, sentada en el lecho de Heracles (el aya lo vio todo, a escondidas, sin hacer nada realmente por evitarlo, y lo cuenta de una forma que es para leerlo, es muy conmovedora esta escena y la que seguirá). Su desconsuelo, su lamento, es que esa cama ya no será nunca más su lecho nupcial: ¡... nunca ya me volveréis a acoger como esposa en este lecho! (p. 126). El aya, en lugar de impedirlo por sí misma, lo que hizo fue avisar a Hilo de las intenciones de su madre. Este, que había llegado a decir ante el coro, con una ironía muy agria, ..., y ojalá que el placer que está propiciando a mi padre lo reciba ella (p. 122), se encuentra a su madre muerta en el suelo y se derrumba, y se produce una escena que me ha removido, estremecedora: Hilo se acuesta junto a su madre muerta y se lamenta, entiende que sus palabras han llevado a su madre a ese fin y se queda tumbado junto a ella. Y esta es la historia de Deyanira.


LAS TRAQUINIAS, ENFOCADOS EN HERACLES

     No vamos a repetir todo lo que sabemos de él cuando hemos resumido enfocados en Deyanira: lo de cómo la hizo su esposa, lo que estaba haciendo en Lidia, su deseo por Yole, ... Todo eso es así, así que aquí espero ser rápido. 

     De momento, cuando, en plenos sacrificios, empieza a sentir los terribles efectos del manto que lleva, con mucho dolor, convulsiones y caídas sucesivas al suelo, le pide explicaciones al fiel Licas, fiel a Heracles y a Deyanira, y él se las da: solo ha seguido las instrucciones de su esposa. A pesar de ello, Heracles se carga a Licas, y a lo bestia, que es su estilo para cargarse a la gente. Luego, moribundo y rabiando de dolor, pide que le lleven a su casa y lo hacen. Entran Hilo, un anciano y un cortejo que transporta a Heracles, de crudo carácter, según este anciano al mandar callar a un Hilo que se lamenta, eso del lloriqueo no le va a hacer gracia ninguna a su padre, mejor estar calladitos. 

     Sí, Heracles aún vive, y viene rabiando de dolor, tanto que le pide a Hilo que le mate con una espada por compasión. En esta parte final, Heracles habla mucho, a pesar de su estado. Maldice, y mucho, a Deyanira, mientras le pide a su tío Hades que le dé una muerte rápida. Describe su dolor, que ha llegado a los pulmones. Ordena a Hilo que traiga ante él a su madre, a Deyanira, porque él estará como esté, pero fuerzas no le van a faltar para matarla y así de paso contemplar por la muerte de cuál de los dos sufre más Hilo, a ver si es digno hijo, aunque luego ruega a Zeus que acabe ya con él de una vez, así es su sufrimiento. Y, mientras dice todo eso, relata sus hazañas, sus famosos trabajos, para resaltar que al final le ha matado una mujer, su mujer, ¡qué ironía! Y aun en ese estado de dolor y delirio, solo piensa en dar muerte con sus manos a Deyanira. A duras penas Hilo consigue al fin informarle de que, si le ha matado su madre, ha sido por error (erró al anhelar una cosa buena, p. 132), y se lo explica, de modo que Heracles entiende que quien en el fondo le ha dado muerte ha sido Neso (la profecía se cumplió). También le informa Hilo de que Deyanira se ha quitado la vida. Ya menos airado, solicita la presencia de sus otros hijos y de su madre Alcmena, pero no están en Traquis. Entonces le hace jurar que cumplirá sus deseos: que él mismo, Hilo, con sus brazos y ayudado de amigos, le arroje vivo en una pira en llamas en el pico más alto del monte Eta, que al hacerlo ni se le ocurra llorar (¡por Dios!), y que se case con Yole. A lo primero y lo último Hilo se opone de inicio: ¿arrojar vivo al fuego a su padre y casarse con aquella que, para él, es la causante de todos estos males? Y digo yo: ¡pobre Yole también! Pero, tras dialogar más, al final accede a los deseos de su padre.


OTRAS APRECIACIONES MÍAS Y APUNTES A TEMAS A DESARROLLAR


1. No acabo de acostumbrarme mucho a Sófocles, después de pasar por los serios Esquilo y Unamuno. Ni se me ocurriría decir que introduce elementos cómicos en una tragedia, lejos de mí afirmar tal cosa, pero desde luego, y de ello ya estaba informado, es muchísimo más variado y rico que Esquilo en diversos elementos, como ya dejé apuntado en Áyax. Y el uso del lenguaje y el manejo de situaciones y de cómo los personajes las narran es uno de ellos. Por ejemplo, la verdad es que me ha hecho gracia el motivo por el cual el heraldo oficial no llegó pronto a Deyanira (p. 102), de tal modo que otro se le adelanta, el mensajero, muy listo él, para obtener beneficios. Y es que, al llegar Licas a Traquis para informar a Deyanira, es rodeado, agobiado y hasta acosado por el gentío, ávido de noticias. O la ironía del mensajero refiriéndose a Licas en la p. 108, cuando le revela la verdad sobre Yole.

2. De la mujer resaltaría tanto... Y no es exclusivo ni de esta tragedia ni de Sófocles, claro. Aparecen como aparecen en muchos textos porque esa era su realidad en esa época (inevitable, de nuevo, acordarme de Lechuza blanca sobre Argos, de María Luisa Regalado, ya sé que me acordaré de esta obra cada vez que lea obras griegas clásicas, ya lo sé). Para empezar, nunca mejor dicho en Las Traquinias, la mujer como botín de guerra y el carácter de su esclavitud. Ya no puedo recordar en qué obra erudita o manual leí, fue hace mucho tiempo, que en el mundo antiguo se mataban a los hombres y se hacían esclavas a las mujeres, fundamentalmente para que trabajasen la tierra y sirviesen en las casas. A los hombres, que eran guerreros, se les temía porque se te podían volver en contra, a las mujeres no. Esto, hasta que ya la sociedad se articula de modo que es más o menos seguro tener esclavos también. La mujer es una propiedad legítima como botín de guerra, y esto está asumido por todos, incluidas las esposas y concubinas. No hay más que recordar, por poner un ejemplo ya traído a este blog, Las Coéforos de Esquilo, o volver a esa Clitemnestra reivindicada por María Luisa Regalado en su obra mencionada Lechuza blanca sobre Argos. Eso incluye, no hace falta que lo diga, que por supuesto su dueño se va a acostar con ellas cuando le venga en gana, o darlas a otros para eso, como María Luisa Regalado llega a apuntar. Esta novela, Lechuza blanca sobre Argos, es muy ilustrativa en cuanto a la vida de encierro que llevan en el gineceo las mujeres, las limitaciones que tienen aunque sean reinas, que desconocen cómo es su propia ciudad al no permitírseles salir, e incluso gran parte de sus palacios y casas. De ahí que se diga, en Las Traquinias, ... salí a la calle a hurtadillas... (p. 113).

3. Me callo aquí con respecto al alcohol porque quiero hacer un artículo sobre este y la literatura.

4. Aquí vuelvo a un asunto ya mencionado pero que me parece muy relevante, y es el hecho de que, al leer en este caso tragedias clásicas griegas, se observa cómo los autores resaltan el horror que supone la desgracia de acabar siendo esclavo, al igual que, en otras tragedias, el hecho de que asalten tu ciudad. Por más que en esa época se asuma como derecho de botín y algo "natural", ellos mismos lo resaltan como horror ante un público coetáneo, por más justo que fuera el casus belli y más extranjeros que fueran esos esclavos. Se tiende a la compasión con respecto a ellos. Por muy normal que fuera en la época, por muy asumido que estuviera, ellos mismos lo contemplan como una desgracia, parece que quieren remover sentimientos de compasión en el público. Y éstas que ves aquí, otrora afortunadas, tras topar con un género de vida sin atractivo alguno, se encaminan hacia ti... (p. 105), y estas son palabras de Licas a Deyanira, hay que leer lo que responde esta al corifeo cuando le reprocha no alegrarse de la victoria de su marido, justo ahí en esa página 105, me entró una enorme compasión, y cómo se dirige a Yole.

5. Como hemos visto, el suicidio y la eutanasia son temas de interés que aparecen en esta obra.


*

     Soy tozudamente cronológico a la hora de leer obras completas y antologías. A las puertas de llegar, al fin, a las tragedias más renombradas de Sófocles (Antígona y Edipo, rey), el desconcierto que me ha producido la lectura de Las Traquinias, fijaos, me ha llevado a la impresión lectora más extensa que he hecho hasta la fecha. Me lo he currado, no digáis que no.


jueves, 9 de julio de 2026

A TRAGEDIA CADA X. "ÁYAX", DE SÓFOCLES. IMPRESIÓN LECTORA.

 



Leo a Sófocles en la edición de José Vara Donado (Tragedias completas; Cátedra, Madrid, 1985; 27ª edición de 2025). Es una edición que combina verso y prosa. Aunque se discute, parece que Áyax es la primera tragedia conservada de Sófocles, con la novedad de un tercer actor aún vacilante y un tanto a la sombra de Esquilo todavía. La acción comienza, para nosotros, in media res, que no para el público original, perfectamente conocedor de la historia mítica de la guerra de Troya y sus héroes. Como se ve, pertenece al ciclo troyano o micénico y, como digo, empieza ya contextualizado, a saber: la armadura de Aquiles, ya muerto, debe darse al guerrero más valiente y capaz. Sin embargo, en lugar de ir a parar a las manos de Áyax, acaba en las de Ulises por astuto y, seguramente, por una deliberación amañada. Este gesto enfurece a aquel, que se ve ofendido en su honor. El público sabe, y en la obra se observa, que Atenea tiene predilección por Ulises y animadversión hacia Áyax. Para este guerrero, el honor lo es todo y la diosa, realmente, comete injusticia caprichosa sobre él. Todo esto lo desarrolla José Vara Donado en sus explicaciones previas a la tragedia, así que no me extiendo más aquí, y paso directamente a lo que es, propiamente dicha, mi impresión lectora, en la línea de este blog, subjetiva, personal. Aunque, antes de ello, me gustaría dejar apuntadas dos cuestiones.

      La primera, que me sorprende el uso del nombre Ulises en lugar de Odiseo en esta traducción. Reconozco mi ignorancia y he supuesto, desde que leí a María Luisa Regalado con su Lechuza blanca sobre Argos, que puede considerarse Ulises la españolización, de procedencia latina, de Odiseo, ella también usaba el antropónimo latino en lugar del griego, y era el único caso en que así hacía. Los demás son todos helenos (por ejemplo, Ares, no Marte). Realmente, tampoco es que sea importante este detalle, pero sí que me llama la atención.

     La segunda, el propio editor pone sobre la mesa la discusión acerca de si la insolencia de Áyax en un par de ocasiones, al manifestar verbalmente no necesitar a los dioses en actos bélicos, esa soberbia, es o no el motivo de la inquina de Atenea hacia él, y la verdad es que bien pronto aparece este tema, en la primera escena, cuando Atenea aconseja a Ulises: ... no digas jamás tú ninguna bravata arrogante a los dioses ni te enorgullezcas porque valgas más que otros por la fuerza de tus brazos o por la inmensidad de tus cuantiosas riquezas [...]. Los dioses aman a los sensatos y detestan a los malvados (pp. 45, 46). Está claro que para los dioses olímpicos es el peor de los pecados (bueno, y para los cristianos también se supone que debería serlo, ¿no fue ese el pecado original, querer ser igual a Dios?, y no tanto las aprensiones sexuales, pero, en fin, ese es un melón abierto en otro sitio). Estoy convencido de que esta arrogancia es la hybris, que tanto apareció en Esquilo, pero sigo reconociendo la ignorancia que tengo en filología clásica, yo lo estaba dando por hecho mientras leía. Es que esto de hybris y Ate a mí me hizo pensar mucho en su momento.


                                         *



¿Dónde está Teucro?, se preguntaba Tecmesa (p. 70), y es que parece faltarle todo auxilio a Áyax incluso ya muerto, prototipo de la fuerza y el valor frente a la astucia e inteligencia práctica de Ulises, aunque, para ejecutar su propósito, sí fue aquí astuto Áyax en el uso intencionado de palabras ambiguas para dirigirse a su esposa y a sus compatriotas salaminos (el coro). ¿Tal vez la inclusión de un cuarto actor habría podido salvarlo, pudiendo así Teucro coincidir con su hermano en escena? Pero en realidad Áyax se salvó de este modo, y vuelvo a las palabras de José Vara en su Introducción a esta tragedia: ... no toda obra de Sófocles persigue la felicidad, sino la salvación (p. 39). Porque, sí, sucedió lo que tenía que suceder, que a la inocencia no le va bien este mundo (ibíd.). La tragedia se divide en dos partes o tensiones cargadas de mucha emotividad y dramatismo. En la primera, contemplamos a un Áyax enloquecido por Atenea, que cree haber dado muerte a los principales griegos, por la ofensa de la armadura de Aquiles, incluidos Menelao y Agamenón, cuando en realidad ha destrozado el ganado de los aqueos, que se ha llevado a su tienda, lo cual le condenará posteriormente a morir por lapidación, ya es más que un rumor por todo el campamento de los griegos apostados frente a Troya. José Vara hace notar cómo el episodio del Quijote donde nuestro ingenioso hidalgo se lanza a luchar contra un rebaño de ovejas es eco de este suceso. Vuelto en sí, viendo cómo, una vez más, su honor está por los suelos tras sus actos tan ridículos y humillantes, trama su suicido, el cual ejecuta. La segunda parte es la lucha dialéctica entre Teucro y los atridas (Menelao primero y Agamenón luego) acerca de si se le debe dar sepultura o no. El argumento para prohibirlo es que los enemigos no se merecen ese don y a Áyax se le considera como tal, especialmente porque su intención había sido acabar con todos ellos. Lo de "lucha dialéctica" es más bien un eufemismo: se trata de una discusión en toda regla, con intercambio de amenazas e insultos hirientes. La aparición de Ulises al final, el más aborrecido de Áyax y viceversa, pone fin a la disputa: convence, más o menos, a Agamenón para que tenga su entierro y se reconcilia con Teucro y los suyos. 


     Había oído hablar mucho del contraste entre Esquilo y Sófocles, y desde luego lo he notado muchísimo en mi primer acercamiento a las tragedias de este, a pesar de ser la más primitiva, al parecer. Menos sobrio y mucho más dinámico, Sófocles es bastante más expresivo que Esquilo, mucho menos comedido, digamos. Usa más recursos escénicos: aparte de ese tercer actor añadido, por ejemplo, puede dividir al coro en dos semicoros o hacer que Atenea aparezca siendo vista por unos y no por otros. También es más rico en recursos lingüísticos, lo cual incluye la intensidad emocional más elevada en los lamentos, la ironía, la ambigüedad y el insulto elaborado. Si yo soy capaz de notar esto, sin mucho conocimiento y tras la lectura de una traducción, no me extraña que impactase en el público coetáneo, debió de ser toda una revolución (como filólogo hispánico, no puedo dejar de acordarme de Lope de Vega en este sentido, salvando muchísimas distancias). 

     No sé por qué, estoy siendo muy técnico y muy ceñido al texto hasta aquí. Y eso es impropio. Porque, ya lo comenté en otro artículo, estoy tratando con tragedias clásicas, más que estudiadas y comentadas por voces expertas a lo largo de siglos, por eso mi propósito es no ser descriptivo, y lo he sido hasta ahora. Mi objetivo es dar mi impresión personal, así que destacaré muy a lo personal algunos aspectos a modo de botón de muestra. 

     El personaje de Tecmesa me ha parecido conmovedor. También chocará a más de uno cómo lo trata su marido, cómo se especifica el papel subordinadísimo de la mujer y cómo llega a ser esposa de Áyax y, siendo consciente de ello, que también pueda decir que lo ama (ya es inevitable acordarme de María Luisa Regalado con su maravillosa Clitemnestra de Lechuza blanca sobre Argos cada vez que aparezca algún personaje femenino), pero, si nos choca como realidad en sí, era la que había y lo sabemos.  Por eso, por ese carácter que sabe estar en el sitio que se le asigna y a un tiempo tener iniciativa y gran expresividad, me gusta como personaje, y por sus intervenciones, sensatas y emotivas a la vez. Ella misma le dice a los marineros salaminos (el coro) una frase que le dirigió su marido para que no preguntase más sobre lo que hacía: "Mujer, a las mujeres el silencio les procura distinción" (p. 51). Una frase que me lleva, inevitablemente, a mi propia novela, puestos a ser subjetivos, ante la resolución consciente de Olga y Carmen con Rodrigo en el capítulo 40, cuando están realizando un ritual y tomando té: el porqué adoptan esa actitud ante él, siendo en este caso dos mujeres del siglo XXI, tendrás que averiguarlo tú, está en Amae pop blue, volumen II (p. 63). Eso mismo también explica el tono de voz de Olga en el capítulo 86 y sus limitaciones a la hora de comportarse.

     Tremendas me han parecido las palabras de Tecmesa, precisamente, dirigidas a Áyax: En esta situación, ¿quién más que tú podría hacerme de patria? (pp. 57, 58). La frase en sí, como lapidaria; pero también en el sentido que tiene en el texto. Es decir, me ha encantado en sí, recordando inevitablemente a la vez el reverso de Unamuno al llamar matria a su esposa, pero también como expresión concentrada, como la moneda con dos caras, de amor por él, de un lado, y de necesidad y dependencia, de otro, pues si Áyax se suicida el destino de Tecmesa puede ser terrible sin su amparo ya. 

      También tremendas son las palabras ambiguas del propio Áyax: Pues yo voy allá a donde debo ir (p. 63). Una frase que, a nosotros, por fuerza, nos evoca a las de Jesús yendo al Calvario. Al fin y al cabo, en ambos casos se trata de la asunción de un terrible destino decidido por uno mismo.

miércoles, 1 de julio de 2026

"ORFEO NO QUIERE VOLVER", DE JOSÉ MANUEL PÉREZ MARÍN. IMPRESIÓN LECTORA.

 


Orfeo no quiere volver, de José Manuel Pérez Marín (2026), se compone de veintitrés poemas que, en mi impresión subjetiva, se respiran. Se trata del tercer poemario de un filólogo clásico y asesor de El País en relación a ese mundo grecolatino, de ahí que sus versos puedan permitirse anclarse, evocar, revocar o revolcar diferentes historias mitológicas de la Grecia clásica y también a imágenes de una Roma esplendorosa que igual ya está en ruinas al acercarnos a ella. También le permite disponerse como este o aquel autor griego o romano, o tomar igual voz epigramática que ecos de diferentes composiciones de la Antigüedad clásica. Pero cuidado: no son recreaciones (non solum ... sed etiam...). Se trata de un poemario personal, que refleja el mundo interior de un autor que lanza sus versos a viajar, lo mismo por mar que por el inframundo. Yo los he ido notando muy sinceros, muy sentidos, muy vibrados, como cuerdas de su lira interior. Hasta conseguir las famosas conexiones de las que últimamente hablo mucho, a veces por referencias a otros textos, a veces por coincidencias que, tal vez, se deban a que ambos somos seres humanos.

     Como veis, ya empiezo impresionista, y es que os doy eso, mi impresión. Realmente se trata de una obra de extensión breve, ponerme a analizarla sería, no destriparla sin remedio, sino tal vez desmembrarla. Y es que tampoco es necesario. En su Prólogo, Francisco García Jurado hace lo que te encuentras en muchas obras poéticas, va poema a poema dando su semblanza y resaltando lo más significativo, desde sus conocimientos profundos sobre literatura y el mundo clásico. Y yo, como lector, he obrado como suelo cuando me topo con estos regalos: primero leo el poema, dejo que entre, que encuentre su camino hacia mí; luego, leo el comentario del especialista, y termino de comprender. Generalmente así es suficiente y así es cómo he ido poema a poema. A veces, eso sí, vuelves a un poema concreto; ya mi siguiente lectura de estos versos será en curso continuo o con paradas para contemplar panoramas. 

    Realmente, son poemas de alta calidad, literaria y humana. Dejo ahora apuntadas algunas apreciaciones más personales, entre otras que podría hacer. Para empezar, que estoy muy de acuerdo con Francisco García Jurado cuando escribe que "Busca expresar un universo propio mediante imágenes atemporales": así es. Todos los poemas me han gustado mucho, sí, pero voy a seleccionar. El segundo, Sine vindicta, me pareció muy bueno, delicioso, de principio a fin, sobre todo ese fin. Lo digo en sí mismo, como poema, porque todavía no podía ser consciente de qué anunciaba en la cadena de poemas, el tono que ya imprimía  José Manuel ahí, su irradiación al resto de la obra.

       Al llegar a la página 40 tuve que detenerme. Me sorprendí a mí mismo al ver que había traspasado una especie de meta volante al llegar a Troya no nos llora, porque había entrado en una oleada de versos ardientes ya en el poema anterior, Ecos de Roma, ¡versos encendidos, amor apasionado!, para tomar la voz de Petrarca y mi mito preferido de todos (¡ay, Dafne!) en Un poeta laureado (y mi canto, en lugar de poseerte / te eternice en ramas de fuego y sombra). Para ir asentándonos en el amor clásico, el amor puro, el verdadero, y aprender que en el amor no hay que mirar atrás, como hizo Orfeo (Katábasis del amor). Precisamente el poema siguiente, Amor clásico, con ese recurrente Déjame..., que es más que una mera anáfora, ya me estaba inundando con pequeñas ondas que hacían de espejo para reflejar también lo que hay dentro de mí; y entonces, ¡toma en la frente!, llega la Aurora incondicional con su amor puro, aquí está, el puro: el idealizado, del que tanto sé e incluso creo que me he doctorado. Y después, el escalofrío de todo, lo ideal y lo físico hecho uno en No leemos y escribimos poesía: ...que el deseo no necesita templo / para volverse sagrado, / que basta un nombre susurrado en la penumbra / para que el Olimpo tiemble (p. 51).

     Bastantes poemas dejan el sabor de los mitos: melancólicos, tristes, realistas en la asunción del destino; de desamor, desilusión y abandono, de dolor.

    Soy Aries, me rige Marte, soy directo: mi poema, de entre todos, sin duda es Noches áticas. Y es que, encima, aparece aquí la Rayuela de Cortázar. Como tomo apuntes, os voy a decir qué he puesto en mi cuaderno junto al título de Noches áticas: he pintado un corazón, ya está. Suficiente.

     El último poema, Cuerdas desafinadas, es más que un colofón. Al fin y al cabo, el mito de Orfeo y Eurídice, ¿qué acaba por enseñarnos? ¿Mueves cielo y tierra, consigues lo imposible para justo al final...? Pediste a los dioses una segunda oportunidad, /pero ni los dioses rehacen / lo que el miedo rompe (p. 64).

miércoles, 24 de junio de 2026

"LECHUZA BLANCA SOBRE ARGOS", DE MARÍA LUISA REGALADO. IMPRESIÓN LECTORA.

 



Lechuza blanca sobre Argos, de María Luisa Regalado (Con M de Mujer, 2025), es una novela donde la voz de Clitemnestra nos narra su propia vida y los acontecimientos que giraron alrededor de ella. En este sentido, es una obra muy original, al retomar de este modo el ciclo micénico que ya trataron desde diferentes perspectivas, entre otros, los grandes tragediógrafos griegos (Esquilo, Sófocles y Eurípides), desde la mirada y con la voz de un personaje denostado durante siglos y que aquí se reivindica al contar, simplemente, los acontecimientos de su vida y los motivos de sus acciones. Así, podemos decir que se trata de una novela histórica en la parte que hace a lo que sabemos de la Edad de Bronce y la época micénica, el fundamento histórico y arqueológico es muy firme. Y este es uno de sus mayores méritos, a mi entender: tomar la mentalidad y la estructura social y religiosa de una época tan remota y traerla a la ficción, incluso en lo que nosotros llamamos intrahistoria, con sus rutinas, sus temores, sus inquietudes y sus necesidades, e insertarlo de forma natural en una historia muy interesante que te lleva desde el principio hasta el final muy metido en ella. Está muy bien escrita, tanto en lo formal y lo narrativo, como en lo que acabo de apuntar, y esto lo quería recalcar en primer lugar, antes que otros elementos que hacen de esta obra una novela muy atractiva e inmersiva. Clitemnestra, como narradora, no es estridente en absoluto, es de tono sincero y serio de manera constante. Y aunque expresa el horror y la angustia que siente, no se recrea en ello de forma morbosa o afectada en exceso, deja constancia; y en aspectos como los encuentros sexuales lo deja todo dicho de manera elegante sin necesidad de ser explícita, a veces incluso sin decirlo; la atención se capta por medio de los mismos acontecimientos que relata. Se trata de una época que la autora conoce muy bien, y ahí sitúa a sus personajes y los hace cobrar vida. Por tanto, maneja excelentemente las mentalidades, y esta es una cuestión que elogio, pues el hecho de que determinadas cosas fueran así no resta en su obra el cómo lo asumen y procesan los personajes, que no dejan de ser seres humanos. Esta combinación entre la ausencia de ninguna clase de anacronismo y la vibración de la sensibilidad humana me parece uno de sus mayores logros en esta obra, y por eso funciona tan bien para cualquier tipo de lector que desee acercarse a ella. Por ejemplo, ningún personaje se va a llevar las manos a la cabeza por que exista la esclavitud, las mujeres estén en el gineceo con muchas restricciones de su libertad o se deban hacer sacrificios a los dioses, porque eso era así en esa época, pero eso no significa que no les afecte y sean conscientes, ese contraste está muy bien plasmado en esta obra y humaniza a los hombres y mujeres de esa época, se les da voz aun desde su marco cultural. Eso me ha encantado, cómo lo desarrolla y con qué naturalidad María Luisa Regalado en Lechuza blanca sobre Argos.

                La religión está muy presente, como es lógico, tanto en la realización de ritos como en la forma de razonar y comportarse los personajes. Pero no aparecen los dioses como tales, como personajes, como lo hacen en la Ilíada, por poner un ejemplo. Está en las creencias, las reacciones, las decisiones y la percepción de la realidad, y los acontecimientos que nosotros consideraríamos sobrenaturales, místicos, del mundo de los dioses o de la espiritualidad aparecen como podrían aparecer en una novela ambientada en el siglo XX, no traspasa esa frontera, y eso es otro valor añadido a esta novela, que siendo una recreación e interpretación de un mito sea a un tiempo una novela realista en el buen sentido.

                Por tanto, Lechuza blanca sobre Argos se trata de una novela biográfica, la narradora es la protagonista y nos cuenta su vida desde el principio hasta el final. El hecho de que no se estructure en capítulos, sino que se cuente de manera seguida sin separación en partes de estructura externa más allá del párrafo, me da la impresión de que es así por imitación de las narraciones, en verso, de las epopeyas, intuyo que la autora ha querido plasmar la historia de Clitemnestra contada por Clitemnestra en un formato escrito adecuado a la época de su narración, en las que se harían de manera oral, o a la época clásica que narraba estas historias de la Edad del Bronce ya por escrito. Los diferentes episodios se marcan con el uso de la negrita para la primera palabra que lo va a iniciar.

                Si he manifestado que esta obra ha caído en mis manos en el mejor momento ha sido porque la he leído después de leer a Esquilo, mientras leo a Sófocles y tras haberme visto muchos y muy interesantes vídeos de conferencias de Eva Tobalina, entre otros, acerca del mundo minoico, micénico, los pueblos del mar, las relaciones entre las diferentes potencias de la Edad del Bronce y la tragedia griega. Eso me ha permitido, sin ser experto, en reparar en diversos detalles que me han gustado mucho y que dejaré apuntados más adelante. Y por eso hablaba en otro lugar de los diferentes tipos de lectores que pueden acercarse a esta obra.

                En primer lugar, la generalidad de lectores. Y es que un lector no tiene por qué saber nada de mitología e historia y disfrutaría muchísimo de esta novela. De hecho, la novela sería su primer acercamiento a esa mitología e historia a la que me refiero, y María Luisa Regalado le estaría poniendo muy buena base. En siglos anteriores mencionar a Egisto, Casandra o Clitemnestra no generaría ninguna sorpresa entre la población culta europea, sabrían quiénes son de inicio. Pero hoy en día ese conocimiento general está desaparecido y va remontando poco a poco; tal vez Aquiles, Helena y Troya sea lo que más les suene. En fin, lo que trato de decir es que no necesitas de esos conocimientos para disfrutar de esta novela como novela en sí misma. Es una novela en la que la tensión narrativa y el interés no se pierden.

                En segundo lugar, estarían los lectores con ciertos conocimientos, como aficionados a la historia, la arqueología y la mitología. Aquí, ya nos podemos dar cuenta de muchos asuntos puestos sobre la mesa más allá del interés y la belleza de esta novela (es bella y desgarradora). Para empezar, su contexto histórico, las fricciones y las relaciones entre culturas, el comercio y su importancia; la alusión a la escritura lineal B, la preponderancia de Micenas sobre otras ciudades que en esta época no son lo que más adelante llegarían a ser, como Esparta o Atenas; la especial idiosincrasia de los cretenses que, siendo considerados del mundo helénico, se les observa al mismo tiempo extraños, con la importancia del toro en su cultura y ecos del mundo minoico extinto, y muy especialmente el hecho de que el panteón griego, el olímpico, se está formando e imponiendo a una religiosidad anterior con la que a veces choca, como bien hace notar Esquilo en las Euménides. Al nuevo orden social de las polis le convenía, pero no se desarraiga así como así, y siempre queda algo. El culto a la Gran Madre, que se manifiesta en diferentes culturas de la época tal cual o bajo diferentes nombres, está siendo desplazada por una religión estructurada de otra manera, con jerarquías y preponderancia de los dioses masculinos, de ahí el choque entre Apolo y la Gran Madre, las normas morales de las estructuras de poder y las del pueblo, de ahí la gran contradicción de Orestes en la tragedia griega ya, conminado por Apolo con orden directa para realizar una acción que contraviene la moral más básica y aún más antigua. En Lechuza blanca sobre Argos me ha parecido ver reflejadas a las erinias en las propias sacerdotisas que van haciendo correr la voz del acto horrible. También podemos observar cómo María Luisa Regalado se tiene que definir por escoger entre diferentes versiones, como por ejemplo el papel de Electra o la presencia o no de Clitemnestra en Áulide.

                El tercer tipo de lector lo tengo que inferir, pero por supuesto que existe, y es el lector experto, no aficionado, dado que la autora es una de ellos. Lo único que puedo decir yo al respecto es que ellos encontrarán más matices de los que yo soy capaz y tendrán una experiencia lectora diferente. Les envidio.

                Que sepáis que estoy escribiendo esta impresión lectora sin mirar mis apuntes, que son inmensos. Todo de memoria, es una verdadera impresión. Lo hago así por la propia naturaleza de este artículo, por su extensión, por el tiempo. Son muchos los detalles, y de diferentes tipos, que se pueden destacar. Mucho diría de la caracterización de los personajes, de resortes psicológicos, de determinados episodios que me han parecido muy bellos, poéticos, y también reveladores, cómo observa una Clitemnestra fuera al fin del gineceo las paredes de un palacio al que no se le ha permitido acceder aun siendo la reina, lo hace como un arqueólogo o visitante de un yacimiento, maravillándose, o de la grandeza de la propia Micenas; me muerdo la lengua para no hablar de relaciones entre hombres y mujeres, del sexo y las esclavas, aparte de las concubinas, y de por qué deduzco que no hay ni hetairas ni efebos; de brutalidad, de honor en su anverso y su reverso, de cómo la visión femenina de esta historia no excluye que los estereotipos también afecten a Clitemnestra a la hora de valorar a los hombres, ¡tantos temas!, cómo se me ha venido en mente la Primera y Segunda Guerras Mundiales cuando se observa que la ausencia de hombres por encontrarse en los campos de batalla permite, e incluso obliga, a que las mujeres ocupen espacios hasta entonces reservados a ellos teniendo que superar ellas mismas barreras mentales. Clitemnestra, la elegida, va a tener que ir luchando en su interior y de forma progresiva hasta darse cuenta definitivamente de cuál debe ser su papel. Y aun con todo, no cae en la misandria; aun con todo, a pesar de todo lo que ha vivido, valora el amor y valora y respeta a los hombres, al menos al que está con ella. Esta parte, cuando lo leas acuérdate, esta parte es muy sutil y sensible.

                En fin, los apuntes ahí quedan, en un cuaderno que ya de por sí se está haciendo muy especial. No descarto volver a hablar de Lechuza blanca sobre Argos en otra ocasión.

                Sería un crimen contarte cómo es el final, y yo no quiero que me persigan erinias y moiras por ese sacrilegio, pero sí, es muy original, de hecho te deja pensando hasta que llegas al final del todo. Y cuando llegas al final del todo te das cuenta de cuánta emotividad te ha transmitido y el poso dejado, por estratos, latiendo aún.

jueves, 28 de mayo de 2026

CLITEMNESTRA EN PRIMER PLANO. CONTEXTO RESUMIDO DE LAS HISTORIAS DEL CICLO MICÉNICO Y POR QUÉ EMPATIZO CON ELLA

 



INTRODUCCIÓN

El propósito de este artículo es doble. De una parte, voy a resumir la historia de Clitemnestra y, para ello, sigo las explicaciones que da Eva Tobalina acerca de la tragedia griega. Son cinco conferencias publicadas en YouTube, en el canal de Raíces de Europa (@raicesdeeuropa), y todas comienzan por La Tragedia Griega. En concreto, me guío por el segundo, La Tragedia Griega II. Grandes ciclos temáticos: Micenas y Tebas. Eva Tobalina, publicado el 8 de julio de 2022. Me vi toda la serie hace tiempo, mientras disfrutaba de Esquilo e iba poniendo mis impresiones lectoras de sus tragedias aquí en este blog; me las estoy volviendo a ver, otra vez, para refrescarme mientras leo a Sófocles y a las puertas de comenzar la lectura de Lechuza blanca sobre Argos, de María Luisa Regalado (Con M de Mujer, 2025). Mi memoria es como es, alguna vez hablé de ella, se queda con lo fundamental y, sobre todo, con lo que me hace sentir, y olvida rápido nombres y detalles. Así que este resumen será también un tanto un anclaje para ella. Además, teniendo en cuenta que Eva Tobalina es experta en el mundo antiguo, aprovecho para recomendar sus otros vídeos relacionados, como el del mundo minoico, el de Micenas, el de los pueblos del mar y la crisis de la Edad de Bronce, entre otros.

     Por otro lado, trataré de expresar, en la medida en que pueda recordarlo, por qué empaticé con ella en mis lecturas de la trilogía de La Orestía de Esquilo. Eso no significa que no lo haga con Orestes y Electra. Cada uno tiene sus razones, cada uno vive su propia tragedia interior, su conflicto, y no se me escapa que el planteamiento de las tragedias griegas es el debate entre dos opciones, sin que ninguna de ellas sea feliz, ambas son horribles. Quiero decir, soy consciente de que me hago anacrónico en mis palabras, pero, al fin y al cabo, recordemos, lo que trato de transmitir es la conexión emocional e interna propia con el personaje, mi propia catarsis.

     Leer las historias míticas es como leer las historias bíblicas. Me refiero a la disposición, a cómo entras en ellas. Incluso con ojos actuales. Para los coetáneos de los tragediógrafos griegos, para los helenos de la Grecia clásica, estas historias arcaicas seguramente se darían por ciertas; estaban ligadas a sus ciudades, su religión y su cultura, como las bíblicas al pueblo hebreo y, posteriormente, al ámbito cristiano. Tienen un plus de veracidad y también de fe religiosa que, seguramente, no esté en nosotros, no en la mayoría de nosotros. Acudes a ellas considerándolas, o bien falsas, al menos no históricas, o bien remotas, sabedor de que su germen histórico ha sido manipulado por el paso de los siglos y las manos de una cultura que se va tejiendo poco a poco. Ahora bien, una vez metido, las vives según sus parámetros de verosimilitud, y puedes observar a sus protagonistas como seres humanos, aun asumiendo las normas legales y sociales tan antiguas en las que te sumerge. Las enseñanzas políticas y de orden social ya no las aceptamos, aunque no las ignoramos, pero seguimos considerándolas historias nuestras, son nuestros mitos o nuestras páginas bíblicas, según el caso, y buscamos nuevas interpretaciones y perspectivas a partir de la historia dada. 

     Particularmente, no me parecen bien las tergiversaciones interesadas de cada época, incluida la mía, eso es otra manipulación. Lo que se cuenta es lo que se cuenta: tratar de dulcificarlo, hacerlo políticamente correcto o darle la vuelta de manera burda y descarada no va conmigo. Pero sí me parece interesante el destape dentro de su propia organización interna, dejarlas desnudas de las "explicaciones" interesadas de su momento, de lección moralista o política, y una vez desnuda la historia en nuestras manos, interiorizarla, yo tiendo a hacer eso sobre todo en lo poético o literario, de un lado, y en lo humano, de otro. Por eso me llama la atención la propuesta de María Luisa Regalado con su Lechuza blanca sobre Argos, que no he leído aún, digo como planteamiento inicial.


EL RESUMEN (SIGO A EVA TOBALINA CON ALGUNA APRECIACIÓN PROPIA) Y APUNTES SOBRE LA MARCHA SOBRE MI EMPATÍA CON CLITEMNESTRA


     Agamenón es uno de los hombres más poderosos de la Grecia de la Edad del Bronce. Es el rey de Micenas, la rica Micenas, y su hermano, Menelao, es el rey de Esparta. Este monarca micénico, magnífico y soberbio (en el mal sentido también) ha cometido ya muchos crímenes y atrocidades. La verdad, empieza muy mal la cosa para que nos pueda caer bien. Pero no solo a nosotros los de ahora, a los primeros griegos que vieron las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides tampoco, aunque de manera distinta: ellos conservaban, al menos, la idea de que representaba el poder y autoridad de la polis, nosotros tenemos ya carta de libertad para aborrecerlo al completo. Una de esas atrocidades fue asesinar al marido de Clitemnestra para así casarse con ella. La afrenta de que Paris rapte y se lleve a Troya a Helena, hermana de Clitemnestra y cuñada de Agamenón, esposa de Menelao, podrá observarse así en función de honra y dignidad política y no tanto romántica en nuestros términos, porque, vamos, lo que ya antes ha hecho Agamenón, cargarse al marido de Clitemnestra para poder tomarla como esposa, pues desmonta completamente esa visión tan nuestra, los términos son esos, ni te imagines a Menelao como un broken-hearted. Ahora, asumiendo que la vida era así, Clitemnestra no deja de ser humana, podemos entender que no parece una buena manera de afrontar un matrimonio y que muy afín a su nuevo esposo no debe de ser, muy emocionalmente inclinada a él. Aun con todo, tienen tres hijos: dos chicas, Electra e Ifigenia, y un varón, Orestes. 

     El rapto de Helena da pie a que diversas polis griegas declaren la guerra a Ilión (Troya); esta es la causa en la narración mítica, el casus belli, porque la narración histórica de este conflicto entre griegos e hititas es meramente económica y política, como todas las guerras. Y, aunque el ofendido directamente es Menelao, el líder de la expedición helena es Agamenón. Sin embargo, queda parada en Áulide: el mar no permite salir hacia Troya, parece que algún dios debe de estar enfadado con ellos. Tras consultar a los agoreros, se confirma: la diosa Artemis está disgustada con Agamenón porque este ha dado muerte a una cierva, y no les va a permitir embarcar para hacer la guerra. La única solución es que Agamenón le sacrifique a su hija Ifigenia a cambio.

     Dependiendo de la versión y de cómo se cuente, tus removimientos internos pueden ser distintos. A mí esta historia de Ifigenia me fue contada por primera vez de la siguiente manera. Clitemnestra e Ifigenia son llamadas por Agamenón sin descubrirles nada del problema con la cervatilla de Artemis. Así que, en esta versión, se nos presenta a Clitemnestra yendo hacia su marido porque simplemente desea su compañía, y a Ifigenia muy ilusionada y contenta por ver a su padre. ¡Las han llamado para que vayan a Áulide! ¡Qué bien! En el último momento, con ellas allí completamente engañadas, Agamenón descubre el verdadero propósito. Ifigenia, obediente y fiel a su padre, acude ella misma al altar para que la sacrifique a Artemis. Y Clitemnestra lo contempla, madre destrozada. Que sí, que muy bien, que las aguas se calman y todos estos ya pueden ir a la guerra. Pero... ¿el precio ha sido la vida de tu propia hija? Entonces, ¿cómo nos figuramos a Clitemnestra? ¿No es una mujer rota, cuyo marido ha matado en un altar a la inocente Ifigenia? Muy traumada, diríamos nosotros ahora, quebrantada, desolada. 

     Es cierto que existe otra versión en la que en el último momento aparece un ciervo enviado por Artemis para que pueda sustituirse por Ifigenia, una historia que nos recuerda (a nosotros) a Abraham, Isaac y el carnero trabado. Y entonces Ifigenia se hace sacerdotisa de Artemis. Pero, aun con todo, Clitemnestra ha sido engañada, ha recibido el escalofriante disgusto de que hay que matar a su hija, la ha visto ir al altar del sacrificio, ha contemplado cómo Agamenón casi la degüella. El impacto psicológico es brutal en todo caso. Yo me quedo con la primera versión; la segunda me parece una dulcificación a posteriori sin ser yo experto aquí, hablo de una mera impresión.

     Me imagino a una Clitemnestra destrozada regresando a Micenas, completamente en shock. Después, es ella la que se encarga de gobernar la ciudad en ausencia de su rey. Aquí ya tiene un amante, Egisto, con quien es feliz. De aquí viene la mala fama de Clitemnestra. A los ojos de los ciudadanos, la reina que los gobierna está siendo infiel y libertina, haciendo lo que le da la gana, con un Egisto consorte. Yo, sin embargo, la observo al fin dichosa, rehaciendo su vida con un hombre que verdaderamente la ama. Son diez años de ausencia de Agamenón. Podría incluso haber muerto en batalla o engullido por el mar. Y si una década es mucho tiempo para nosotros, en aquella época lo es aún más. Clitemnestra, al fin, vive, libre y feliz en cierto modo. 

     Por su parte, diremos que Egisto tiene muchos motivos para odiar a Agamenón, además. Su padre, Tiestes, le disputó el trono de Micenas a Atreo, el padre de Agamenón. Para vengarse, Atreo asesinó a los hijos de Tiestes (excepto a Egisto) y se los dio a comer en un macabro banquete, por lo que Egisto tenía juramento de venganza contra la familia de Tiestes. 

     Tras diez años de ausencia, aparece Agamenón victorioso de la guerra de Troya. Entre otras pertenencias de su botín, trae a la pobre Casandra, una troyana ahora hecha esclava y que soporta una maldición de Apolo: al haber rechazado ser su amante, Apolo la castiga con el don de la clarividencia y de profetizar acertadamente sin que nadie la crea, así que Casandra percibe que se ha derramado mucha sangre en la casa de Agamenón (más de lo que los micénicos saben) y vaticina el crimen que se va a cometer, sin que nadie le dé crédito. Al contemplar espantados el regreso de Agamenón, Egisto y Clitemnestra planean asesinarlo y lo llevan a efecto. Esto es lo que se le achaca para aborrecerla, para odiarla: infiel y asesina. Y yo, lo siento mucho, pero tal y como está sucediendo todo, soy incapaz de ponerme en su contra. Clitemnestra ha sido siempre, en todas mis lecturas, un personaje roto y rehecho, o al menos remendado, una víctima que se sobrepone. Sí, asesina a Agamenón; sí, legalmente le fue infiel al que asesinó a su primer esposo y a su hija, vaya, que no, no siento ninguna aversión por ella, al contrario.

      Ahora Clitemnestra y Egisto gobiernan la ciudad ya tranquilos, libres de Agamenón. La ciudad, sin embargo, no los siente legitimados, los ciudadanos están escandalizados, no la quieren, la mala fama de una Clitemnestra decidida se enciende más. Además, Electra llora desconsoladamente la muerte de su padre. Esta muchacha era muy afín a él, lo amaba enormemente (de ahí lo del complejo de Electra) y solo piensa en matar a su madre y a su amante. Orestes, su hermano, regresa, con una misión encomendada directamente por Apolo, que le ordena matar a su madre. ¡Matar a su madre! ¡Eso es una absoluta impiedad! Bien apoyado por su hermana Electra, bien en participación conjunta, ya depende de la versión, lo hacen; al menos Orestes, si no Electra también, acaba con la vida de Egisto y de su madre Clitemnestra. 

     Ahora el que tiene un serio problema es Orestes. Por obedecer la orden de un dios olímpico ha desobedecido una ley natural infundida por divinidades más antiguas. Sus dos opciones eran desobedecer o desobedecer, el mismo dilema que el de Antígona. Pero la historia de Orestes es ya es otra historia, que además ya he comentado en mis impresiones lectoras sobre La Orestía de Esquilo.


CONCLUSIÓN

    

    Mi intención era primero dar un resumen y luego consignar mi simpatía personal por Clitemnestra, pero me ha resultado más fácil hacer ambas cosas a la vez. De este modo, ya quedan aclaradas mis palabras pronunciadas ayer en el reel de Instagram (@extramurado) donde realizaba el unboxing del libro de María Luisa Regalado, me resitúa para leerlo con más sentido, sirve de contexto para cuando dé mi impresión lectora de Lechuza blanca sobre Argos y, en parte, me reconecta con las tragedias de Sófocles que también reseñaré subjetivamente en mi serie de A tragedia cada x.

      

      


     


sábado, 23 de mayo de 2026

A TRAGEDIA CADA X: "MEDEA", DE MIGUEL DE UNAMUNO

El mundo tiembla a los primeros sones de su voz.



Hace tiempo que inicié esta serie sobre impresiones lectoras de tragedias, y lo eran, las de Esquilo, todas, lo eran. Y, según el plan, las siguientes iban a ser las de Sófocles. Pero ya visteis lo que sucedió en Navidades: sí, me hice con la edición de las tragedias de Sófocles, de la que he empezado su estudio previo, pero a un tiempo cayó en mis manos mi tan ansiado libro de teatro unamuniano (Editorial Juventud; Barcelona, 1964), porque quería que su Raquel encadenada, que me impresionó con 16 años, sirviera de puente entre los dos tragediógrafos griegos, por su leve vinculación con el Prometeo encadenado de Esquilo. Ya lo he comentado en los otros artículos anteriores. Y que, en fin, al parecer esta edición del teatro de Miguel de Unamuno fue la primera. A mí me fascina de siempre Unamuno, y tenía recuerdos muy entrañables de mi lectura tan joven de su teatro: no está todo, claro, aunque el estudio previo de Manuel García Blanco da cuenta de toda su producción dramática. Aquí aparecen solo sus cuatro obras más representativas. ¿Y pensabais que iba a ir directamente a Raquel encadenada (drama) saltándome su Fedra (tragedia) y su Soledad (drama)? Por su puesto que no, ya lo habéis visto. ¿Y lo iba a abandonar así dejando de fleco sin leer su Medea del final, que vuelve a ser una tragedia? ¡Claro que no, aquí me veis!

     Es cierto que al hacerlo así me salto a Sófocles y Eurípides del todo, a la Medea de Eurípides, porque esta Medea de Unamuno es su traducción en prosa de la de Séneca, que don Miguel pudo ver representada en el Teatro Romano de Mérida, con Enrique Borrás y Margarita Xirgu de actores principales. Así que he tenido un placer doble. El primero, volver a la tragedia clásica, llegar a Séneca, aunque haya sido saltándome el orden cronológico estricto que deseaba para los grecolatinos. Y el segundo, que a su vez leo a Unamuno, pues aun siendo traducción en prosa, es delicioso leerlo en castellano de principios de siglo XX, y aún más observar el vocabulario escogido y los giros, aun siendo traducción: es traducción de Unamuno. 

     Esta Medea una tragedia en cinco actos, cinco actos cortos, claro, es tragedia clásica, y con pocas escenas (el último acto solo tiene una). La tragedia trae al espectador la parte final del mito de Jasón y Medea, con todas las hazañas con los argonautas, incluido, claro, el vellocino de oro, y sus tantos crímenes, dejados atrás, como recuerdos, aunque mencionados en varias ocasiones. Notemos que el público original de estas tragedias clásicas conoce bien esos mitos. 

     Te hago un despliegue rápido del argumento de la tragedia: Estamos en Corinto. Aunque Jasón y Medea están casados y con dos hijos, este ya la ha repudiado para poderse casar de nuevo con Glauce, la hija del rey Creonte. Obviamente, esto es muy provechoso para él, emparentarse con la familia real, aunque para Medea también hay un componente de deseo carnal de una esposa más joven, como pronunciará el Acto V, cuando le diga con despecho que se vaya a buscar doncellas. ¡Es increíble! ¡Con todo lo que han pasado juntos, tantas aventuras vividas, con la cantidad de veces que ella lo salvó a él con sus hechicerías y su determinación que comenzó con el asesinato de su propio padre y su propio hermano! Eran tan cómplices, en tantos sentidos, ... Y ahora, mira. Pues ahí empezamos: a Medea se le da la orden de salir de Corinto, se la destierra. ¿A dónde irá, volverá a su Cólquide originaria, después de lo que hizo? ¿Y sola, y sin sus hijos, soportando esta afrenta? Para nada. Ante esta situación, ejecutará su doble venganza. Primero finge acatar la orden de salir pero pide un día para poder despedirse de sus hijos. Con hechizos y encantamientos, envenena los regalos de boda que le ofrece a Glauce, que son un vestido y una corona. Al ponérselos, Glaude arde en llamas, y su padre al intentar salvarla. Al acudir Jasón con tropa para dar cuenta de ella, Medea ya ha pasado a cuchillo (o espada) a uno de sus hijos y va a hacer lo mismo con el segundo delante de Jasón, con el solo propósito de infligirle así el mayor dolor posible. 

     Hago un paréntesis aquí, porque al leer esto se me han venido dos temas a la cabeza. El primero, con la imagen y la voz de Beatriz de Vicente hablando de mujeres psicópatas asesinas, de menor porcentaje que los hombres pero que son las que más daño causan a los hijos. El segundo, mal traído por mi parte porque tampoco tiene tanto que ver, toda la polémica sobre la prohibición de usar el término alienación parental en los juicios por la custodia de hijos, y los diferentes sinónimos que se están generando a causa de este veto.

     Prosigo. Jasón se ofreció a cambio de la vida del hijo aún vivo, pero ella no quiso: matando a su vástago le infligía mayor dolor. Y a su ruego de que, una vez cometido el filicidio, también le diera muerte a él, lo deja así, desolado, mientras un carro, en el caso de Séneca tirado por dos dragones, la eleva para poder escapar, llevándose los cadáveres de sus hijos, no en balde es nieta de Helios.

    Vámonos ahora al texto en sí. La obra empieza y acaba fuerte, todo es fuerte, intenso y demoledor. El Acto I se abre en su primera escena con Medea pronunciando un soliloquio que es toda una defixión oral dirigiéndose a los dioses y termina con la determinación de tomar venganza. Acaba el primer acto con una segunda escena con intervención del coro. 

     En el Acto II, ya con su nodriza, se duele al escuchar los cánticos nupciales de la boda de Jasón y manifiesta su incredulidad ante la actitud y resolución de él. Está fuera de sí, enfurecida, la nodriza trata de que se calme y entre en razón. Creonte se planta ante ella exigiendo su marcha, llamándola, en la discusión, irónica y paradójicamente "inocente mujerzuela"; desde el principio se nota que le tienen odio y miedo a un tiempo. Medea le reprocha que el exilio es injusto y mantienen una conversación donde lo más interesante son las expresiones de Medea, esto es así en toda la obra. Creonte es más parvo en palabras, aunque, hablando de injusticias, le recuerda que él no la ha ejecutado porque Jasón le rogó que le perdonase la vida. Pero ella responde: Quien sin oír ambas partes firma algo, aunque esto sea justo, él no lo fue. Le pide, al menos, que le conceda un día para poder besar a sus hijos antes de salir del territorio de Corinto. Aunque él en principio no se fía, se lo acaba concediendo. Este acto lo vuelve a cerrar el coro.

     En el Tercer Acto la nodriza ya se barrunta lo terrible que va a acabar siendo todo. Medea está decidida: Embestiré a los dioses; lo trastornaré todo. La nodriza, una vez más, quiere sosegarla. Pero Medea prefiere que se hunda todo con ella. Aparece Jasón. Aunque la nodriza sigue presente, ya no habla aquí, es todo un diálogo entre los ex esposos. Un diálogo muy sentido y encendido: Por ti solía desterrarme..., le dice ella. Medea le solicita, ya que se tiene que ir por fuerza, marcharse entonces con sus hijos. Pero Jasón no quiere separarse de ellos: ¡son su vida! El coro cierra el acto rememorando las andanzas y aventuras de Jasón y Medea para que, al final, él se haya acabado entregando a otra esposa, lamentablemente.

     El Acto IV para mí es absolutamente espectacular. Lo abre la nodriza, que presiente y anuncia una gran calamidad. Lo que en realidad hace en esta primera escena es describir los actos de Medea y reproducir sus palabras, como una retransmisión, distanciándonos así de ella para verla como una terrible hechicera, toda una bruja. Es un parlamento largo, porque nos está describiendo cómo prepara el veneno, ese veneno tan extraño que hará que el cuerpo de Glauce acabe en llamas. Me han llamado la atención las menciones a todo tipo de divinidades y ríos, empezando por las serpientes más célebres, incluidas Pitón y Ofiuco; entre los ríos, ¡qué bien!, se nombra el Betis (es Séneca quien escribe, es cordobés). La sustancia que prepara y que tan detalladamente nos describe la nodriza está compuesta, fundamentalmente, de hierbas ponzoñosas, veneno de serpientes y vísceras de aves. Aunque habría que añadir el ingrediente final: las palabras. Medea canta el encantamiento. Y de ahí la cita del principio de El mundo tiembla a los primeros sones de su voz. Y entonces ya nos vamos a la segunda escena, como en un acercamiento de cámara, de la nodriza hacia Medea. Ahora estamos frente a Medea, la vemos directamente y sin intermediaros. Pronuncia el conjuro de maldición, especialmente para el nuevo suegro de Jasón. Se trata de sortilegios de invocación: invoca a los dioses funerales. Y luego al lucero de la noche, amenazante con sus varias frentes. Menciona a muchos: Prometeo, Vulcano, Faetonte, Quimera, Medusa, Hécate, ... ¡Pura bruja! Y acaba con una maldición a la novia. Escucha tres ladridos: señal de Hécate. Sus votos se están empezando a cumplir. Ve teas de duelo encendidas (teas...): se ha cumplido el hechizo. Y termina, en la última escena, el coro: Así Medea, que no sabe refrenar ni sus rencores ni sus amores. Hicieron ahora en ella causa común amor y rencor. Sale el sol y acaba este acto.

     El último acto tiene solo una escena. Están presentes un mensajero, el coro, la nodriza, Medea y Jasón. La noticia es clara: hija y padre muertos. Y un incendio en palacio que se acrecienta con el agua. Y entonces se produce un descarnado discurso de Medea: Voy adonde me lleves, rencor. Cuando llega Jasón ante ella, ya ha matado a uno de sus hijos a espada (Unamuno traduce espada, otros cuchillo; tal vez fuera una daga larga, el instrumento que se usaba para degollar en sacrificios). Va a matar al otro delante de él, desoyendo sus súplicas de que le dé muerte en lugar de a su hijo. También desoye sus súplicas para que le dé muerte después. A Medea, luego, se la llevan dos dragones en un carro. Para Jasón, desolado, no hay dioses: Vete por los hondos espacios del alto firmamento a atestiguar por donde pases que no hay dioses.


     He quedado encantado con esta mi vuelta a la lectura en serio de Unamuno. Y también, con su Medea, a los clásicos de los que partía. La próxima vez, ya sí, estaremos con Sófocles.