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jueves, 6 de agosto de 2026

A TRAGEDIA CADA X: "LAS TRAQUINIAS", DE SÓFOCLES. IMPRESIÓN LECTORA.




Las Traquinias me ha dejado tan conmovido en algunos momentos, especialmente del final de la tragedia, como desconcertado en toda ella, y descolocado en algunas partes en cuanto a lector poco experto en textos de la Grecia clásica y por las expectativas que uno trae de inicio, y eso a pesar de que en cierto modo lo estaba advirtiendo José Vara Donado en su Introducción, y que más o menos estoy informado por varias fuentes de cómo escribía Sófocles. Tan desconcertado, que este desconcierto me ha impedido comenzar como quería, que era con una cita de la propia obra, pues me hace dudar entre dos, si no tres. La tragedia que menos me esperaba es la que más anotaciones me ha hecho tomar en mi cuaderno y tengo que reordenar mis ideas, a ver cómo afronto su impresión lectora, ahora mismo hay una amalgama de ideas juntas y revueltas en mi mente de cuestiones que me gustaría traer aquí tras leerla. Voy a darme un paseo y enseguida vuelvo, un momento...


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      Las Traquinias es la tragedia de dos personajes muy rudimentarios en lo humano, como son Deyanira y Heracles y, sin embargo, recibe su nombre del coro, mujeres de Traquis, que es la ciudad en donde se encuentra la casa de Heracles y donde se sitúa la obra, esa casa. Esto para empezar de algún modo, porque con respecto a la cita inicial no soy capaz de decidirme, y ambas son significativas pero no consiguen abarcar el mensaje general (y complejo) de esta tragedia. Una sería Grande y contundente es la victoria que obtiene siempre Afrodita (p. 112), frase pronunciada por el coro. La otra sería Por eso es que, si uno cuenta con dos días y peor si cuenta incluso con más, es que es un necio, pues no existe siquiera el mañana mientras no pase uno bien el día de hoy (p. 126), esto lo pronuncia el aya. Las referencias a páginas son de la edición de las Tragedias completas de Sófocles de José Vara Donado en Cátedra (27ª edición, 2025. La primera es de 1985). Y, dado que para mí el personaje central es Deyanira, he tenido la sensación de que se trataba de la versión femenina de Áyax en cuanto al carácter, palabras y actos de uno y otra, e incluso en la estructura, ambos se nos quitan de en medio antes de terminar la tragedia, que prosigue con otros.


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     Deyanira es la esposa de Heracles, quien se halla ausente de su casa con sus historias heroicas, que ya veremos que no lo son precisamente, al menos tal y como nosotros concebimos el heroísmo. Es imposible que nos formemos una buena imagen de ellos, especialmente de Heracles. No nos puede caer bien, claro, a nosotros no y a los coetáneos de Sófocles no lo sé, tengo mis dudas. Pecaría de anacrónico si dijera eso, pero es que, aun con todo, da la impresión de que podría haber sido así en según qué aspectos tal y como se expresa Sófocles. Deyanira se nos muestra como tonta, que no estúpida. Quiero decir, tonta por ingenua y también por simple (como Áyax), no por engreída o subidita. La primera cita que puse antes, la de Afrodita, es muy relevante, dado que la motivación sexual es clave tanto en una como en otro, como ya apuntaba José Vara Donado en su Introducción. Según él, se ha discutido, pero tras leer la obra estoy con él: no es el amor, sino el sexo la motivación principal de Deyanira, en este caso, y de Heracles, por supuesto. Pero decirlo así es injusto, dado que la visión del amor y de la vida sexual en aquella época en Grecia es muy diferente a la nuestra, así como los roles de género y las relaciones, y porque parece, al decirse así, que se menosprecia el sexo y no hay por qué, no es indigno, al menos no en el caso de Deyanira, en mi opinión. De ahí la mención a Afrodita, tan nombrada, bajo ese nombre o bajo el de Cipris, en los epigramas eróticos griegos. Es la diosa de la libido, del deseo sexual, dejémonos de eufemismos, aunque no siempre llamar a esto amor lo sea, sea un eufemismo. En esta nuestra época ya nos estamos desprendiendo de ellos al acercarnos a los clásicos, y Vara Donado escribe en los ochenta del siglo XX, que conste. ¡Buf!, ahora me toca explicar esto que he dicho y daros una semblanza del Heracles y la Deyanira que aparecen aquí. Voy a dar otro paseo y regreso, me he metido en un jardín muy grande. Solo diré una cosa para no quedarme con las ganas, porque hace tiempo que quería decir esto y acabo de encontrar el momento: a ver qué nombres les ponemos a nuestros hijos. Hay nombres propios que nos suenan muy bien, da igual que sean bíblicos o de fuentes clásicas. Jezabel, Deyanira, Heracles o Hércules, Dina, Sherezade, ... sonar, lo que se dice sonar, nos pueden sonar a música celestial. Incluso algunos de ellos tienen un significado muy bueno. Pero, por favor, investigad primero quién lo llevó, qué era, cómo era y qué hizo o qué le pasó y luego ya obráis en conciencia, es un consejo, se trata de tu hijo o hija. Que, a lo mejor, quién sabe, le da por leer de mayor, no sé. Bueno, que ahora vengo.


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     Creo que lo mejor será que empiece por resumir un poco el argumento, y lo haré de la siguiente manera: primero, lo contaré desde el punto de vista de Deyanira, y luego desde el de Heracles. Por último, haré otras apreciaciones, si es que no las he volcado todas en los resúmenes anteriores (en cursiva y de color morado si las inserto ahí).


LAS TRAQUINIAS, ENFOCADOS EN DEYANIRA


     En Traquis, Deyanira lleva mucho tiempo esperando el regreso de su esposo, Heracles. Pero tiempo. Y está en un ay; temerosa, no hace más que lamentarse de su ausencia, no solo porque teme por su vida, sino porque lo echa de menos en la cama. Si en esta Grecia es bien sabido que los hombres no solo se acuestan con sus esposas, el caso de Heracles es un nivel más: al fin y al cabo, es el prototipo de lo masculino en ese aspecto, del fuego sexual masculino, el hercúleo Heracles (lo siento, no he podido evitar esa redundancia) se acuesta con muchas, a capricho, por no usar un verbo que ya utilicé demasiado en mi novela. Pero el caso de las mujeres, especialmente de las nobles, es bien distinto y Deyanira es la representante aquí del fuego sexual femenino (esto del fuego sexual no es mío, sino de José Vara Donado en su Introducción). Para eso, entre otras cosas, necesita a Heracles, que a saber dónde está y qué hace. "Chochona", "higona", pronunciado a la andaluza, con hache aspirada, le faltó llamarla el aya cuando le sugiere, con palabras prudentes, que a qué espera entonces para mandar a alguien a que le traiga noticias de él en lugar de ser tan pasiva con eso, tiempo no le ha faltado si tan preocupada está, que mande a su hijo Hilo, que se encuentra por allí y que accede de buen grado cuando su madre se lo acaba pidiendo. Al coro, compuesto de muchachas traquinias, les dice, para confirmar esto que acabo de decir hace un momento del fuego sexual, que sus apasionadas y continuas inquietudes jamás adormecen y que Heracles siempre está en jaleos bélicos de los que los dioses siempre le salvan de la muerte. Dice, en fin, que, al casarse, una mujer se llena de preocupaciones por su marido y por sus hijos; que Heracles le ha dado una carta donde expone cuáles de sus posesiones son para ella y cuáles para sus hijos, como si temiera su muerte; y que por eso se ha despertado tan alterada.

      Entonces aparece un mensajero (no un heraldo oficial), quien le anuncia que Heracles no solo está vivo, sino que viene victorioso y con botín. Licas, el heraldo oficial enviado por Heracles, aparece luego con unas mujeres hechas esclavas y confirma que Heracles está bien. Se retrasa porque está haciendo unas ofrendas por una promesa. Ha destruido completamente el país de procedencia de esas mujeres. Deyanira siente compasión por ellas. Este sentimiento, que después aparece más veces, justifica lo que dije al principio sobre nosotros como lectores y el público de la época, así como la segunda cita que barajaba para el encabezamiento. En este caso, en cuanto al tema de la esclavitud y las calamidades de los asedios y las guerras y los botines, todo ello más que asumido por estas personas, no se soslaya el hecho de que ellos mismos se den cuenta de lo terrible que es, no solamente porque podría pasarte a ti, sino contemplando a los tuyos, a tus propios esclavos, y esto no solo se ve aquí, se ve ya desde Los Persas de Esquilo, no es la primera vez que me lo encuentro, esto de ser capaces de ponerse en la piel del otro, esa empatía. Deyanira las observa y se apena: estas son las mujeres que Heracles se ha reservado para sí al destruir la ciudad de Eúrito. Y si Heracles está tardando tanto en regresar, es porque previamente fue hecho esclavo en Lidia y allí tuvo que estar mucho tiempo, según Licas. No desarrollo esta parte porque me haría demasiado extenso; la historia de Heracles en Lidia, en sus distintas versiones que aparecen en esta obra de Sófocles, sería para contarla aparte. Solo diré, y aquí no os queda más remedio que creerme, que Heracles es un hombre muy vengativo, como se verá al final de la tragedia. Por este motivo, especialmente, por su cólera sin control, decía que no nos puede caer bien. El caso: Zeus lo castigó con la esclavitud en Lidia por haber matado a Ífito a traición, despeñándolo, pero ahora los que se burlaron de él siendo esclavo están muertos, y su ciudad reducida a esclavitud. Aquí el corifeo le pregunta a Deyanira si no se alegra, realmente es un reproche, porque ella no parece manifestar esa emoción que se supone que debe manifestar. Ella responde que sí, que se alegra porque es obligatorio alegrarse, pero que su cara es de preocupación por él: igual que le va bien ahora le podría ir mal después (la Fortuna y su rueda...), y pone de ejemplo a esas mujeres que tiene delante, que han visto cómo su suerte ha cambiado drásticamente de un día para otro: hace nada eran libres, ahora esclavas. Y entonces se fija en Yole, quien por su aspecto parece de buena familia, la más noble, y más se compadece de ella por eso. Le pregunta a Licas quién es, pero Licas dice no saber nada de ella: Yole no habla y ha ido todo el camino llorando. Deyanira no se enfada con Yole por no responder; al contrario, la entiende y pide que se la respete, que demasiado tiene encima en este momento, Deyanira no la quiere importunar. Por muy tonta que sea, que para según qué cosas lo es, al contrario que por Heracles, sentimos afinidad por Deyanira, al menos yo la he sentido de principio a fin de la tragedia, y aún más sabiendo como sabemos de antes, esto no lo he dicho, y sabremos todavía más después, cómo acabó siendo la mujer de Heracles, ya que la pretendía también, de muy jovencita, un río, Aquelao (que son divinidades, acordaos del padre de Dafne), hecho toro, al que se enfrentó Heracles para obtener a Deyanira; esta, en su momento, quedó impactada ("traumada", dirían algunos ahora), por las manifestaciones de lascivia y fuerza bruta tan prototípica e insanamente masculinas, por más que represente aquí al fuego sexual femenino.

     Cuando se va a marchar Licas, el mensajero le viene a decir a Deyanira que Licas miente, o al menos está ocultando información o la ha distorsionado. Le revela que en realidad Heracles arrasó la ciudad y la zona porque le pidió a Yole a su padre, el rey Eúrito, para tener una relación con su hija y este se negó. En su cólera, mata a Eúrito y reduce a cenizas la ciudad, hasta sus cimientos. Yole no ha venido en calidad de esclava. En ese instante, Deyanira se lamenta, y por un momento transforma su compasión por Yole en desprecio. Presionado por el mensajero y ella misma, Licas lo confirma. Lo que dice Licas es esto: a Heracles le entraron ganas de poseer a Yole (lo dice así, tal cual); para conseguirla, destruye Ecalia; que le ha ocultado esa información, no por mandato de Heracles, ¡qué va!, sino por iniciativa propia, porque sabía que eso la heriría, para no dañar su corazón; y, por último, que trate bien a Yole, porque ese Hércules, tan fuerte y tan invencible, está completamente rendido a ella. En ese momento, Deyanira piensa que está acogiendo al enemigo en su casa, refiriéndose a Yole, y el motivo es más físico que otra cosa: Y ahora somos dos mujeres las que esperamos los abrazos de un hombre bajo la misma manta (p. 113). Porque Deyanira es muy consciente de que poco tiene que hacer en esa competencia, y así lo expresa: Yole es más joven y, por lo tanto, más deseable para Heracles. Aunque repite mucho, eso sí, que no está bien que monte en cólera contra ella. Esto, una vez más, me hace empatizar con ella: en cuanto a su humanidad, me parece una mujer para ser elogiada.

     Si quiere ser ella la que esté compartiendo manta con Heracles, va a tener que recurrir a algo que, según ella misma, está mal, ella no lo ve nada bien en general, pero en este caso es necesario; se justifica ante el coro de lo que tiene determinado hacer, un acto hasta cierto punto legítimo si tenemos en cuenta que ella es la esposa de Heracles y que tiene derecho a desear y disfrutar del cuerpo y el fuego de su propio marido. Porque, aunque uno haga cosas deshonrosas, siempre que se hagan en la sombra, jamás se caerá en el deshonor (p. 115), llega a decir. Su medio es la hechicería, y tiene un recurso muy potente guardado en un cofre para realizarlo. Y, ahora, pues os tengo que contar por encima la historia de Neso, el centauro. La obra hace flash-back (analepsis).

     Cuando Heracles consiguió a Deyanira, se la lleva de su ciudad. Deben atravesar un río, así que un centauro que los acompaña, Neso, la pone en sus hombros. A este centauro se le califica de bruto varias veces. Debía de serlo, porque en mitad del vadeo no se le ocurre otra cosa que manosear a Deyanira (le mete mano, vaya). Inmediatamente, Heracles, llamado también el mozo de Zeus (es hijo de este y de Alcmena), ... Heracles le lanza una flecha a Neso que le hiere mortalmente en el pecho. Antes de morir, le confiesa a Deyanira que, si toma coágulos de su sangre, esta sangre será un filtro amoroso muy potente: untado en un tejido, el que se lo ponga no podrá resistirse a estar con ella. Y esto lo tiene Deyanira en un cofre, un túnica empapada de la sangre de Neso. Y ahora, después de tantos años, entiende que puede usarla para que su marido la elija a ella.

     Así que, pronta le da a Licas un manto impregnado de la sangre de Neso y otros ingredientes, metido en un cofre (pues no debe darle la luz del sol hasta llegar a su destinatario), con instrucciones muy precisas para que llegue a Heracles como regalo, para que se lo ponga para hacer sacrificios. Y Licas le asegura que las seguirá al pie de la letra. Y entonces el coro canta. ¡Que llegue de allá codicioso, en extremo, de amor, / tras haber sido empapado con toda la unción de la concupiscencia / de acuerdo con la profecía del bruto Neso! (p. 117).


     Y ya por fin aparece la tragedia, en el sentido popular de la palabra, y también lo que más nos puede llevar a pensar que Deyanira es tonta en el sentido al que aludía al principio, especialmente por sus consecuencias. Aparece ahora Deyanira lamentándose delante del coro de que, tal vez, haya llevado las cosas demasiado lejos. El coro, las muchachas traquinias, que le habían apoyado con todo esto del manto, le preguntan por qué, la cosa no es tan mala, ¿no? Y es que, para untar el manto con el mejunje de centauro, Deyanira ha usado a modo de brocha un mechón de lana. Una vez enviado Licas con su regalo, se ha dado cuenta de que ha dejado ese mechón embadurnado al sol y ha visto el efecto de la luz en él: ha acabado fulminado. Y entonces ata cabos. ¿Y si Neso le mintió? Se da cuenta: no es un filtro de amor, la intención del centauro era matar a quien le había matado. Algo que, por cierto, al final de la obra sabremos que se profetizó, que a Heracles lo mataría alguien muerto. Y entonces Deyanira declara que, si Heracles muere, ella también morirá:  ... pues teniendo que oír impertinencias la vida resulta insoportable a una que prefiere, antes que vivir, no haber nacido, si de nacer nace perversa (p. 119). Unas palabras que, para mí, son una mezcla de culpa, ingenuidad y estupidez. La respuesta del corifeo es que En última instancia, el enfado de la gente con las personas que han cometido un error sin intención es blando, y ése es el que va bien en tu caso (ibíd.), tratando así de atenuar la culpa y ese temor de Deyanira y, de forma un tanto tímida, evitar su suicidio, pero que a la vez pone de relieve su ingenuidad.

     Entonces llega Hilo, con palabras muy duras hacia su madre. La noticia que trae es la que ella temía, y acusa a su madre de haber matado a su padre (que no ha muerto aún). La acusa y reniega de ella, en base a lo que ha visto y a las explicaciones de Licas in situ acerca de que el manto que se puso Heracles para oficiar sacrificios procedía de ella. Además lo traen, traen a Heracles y ella lo va a ver en su agonía. Deyanira, a la que le duele ver a su hijo así con ella y sus palabras, en lugar de defenderse, se va sin responder a Hilo. 

     Entre lamentos, el aya informa que Deyanira ha muerto. Se ha suicidado clavándose un cuchillo en el costado. Lo hizo llorando, sentada en el lecho de Heracles (el aya lo vio todo, a escondidas, sin hacer nada realmente por evitarlo, y lo cuenta de una forma que es para leerlo, es muy conmovedora esta escena y la que seguirá). Su desconsuelo, su lamento, es que esa cama ya no será nunca más su lecho nupcial: ¡... nunca ya me volveréis a acoger como esposa en este lecho! (p. 126). El aya, en lugar de impedirlo por sí misma, lo que hizo fue avisar a Hilo de las intenciones de su madre. Este, que había llegado a decir ante el coro, con una ironía muy agria, ..., y ojalá que el placer que está propiciando a mi padre lo reciba ella (p. 122), se encuentra a su madre muerta en el suelo y se derrumba, y se produce una escena que me ha removido, estremecedora: Hilo se acuesta junto a su madre muerta y se lamenta, entiende que sus palabras han llevado a su madre a ese fin y se queda tumbado junto a ella. Y esta es la historia de Deyanira.


LAS TRAQUINIAS, ENFOCADOS EN HERACLES

     No vamos a repetir todo lo que sabemos de él cuando hemos resumido enfocados en Deyanira: lo de cómo la hizo su esposa, lo que estaba haciendo en Lidia, su deseo por Yole, ... Todo eso es así, así que aquí espero ser rápido. 

     De momento, cuando, en plenos sacrificios, empieza a sentir los terribles efectos del manto que lleva, con mucho dolor, convulsiones y caídas sucesivas al suelo, le pide explicaciones al fiel Licas, fiel a Heracles y a Deyanira, y él se las da: solo ha seguido las instrucciones de su esposa. A pesar de ello, Heracles se carga a Licas, y a lo bestia, que es su estilo para cargarse a la gente. Luego, moribundo y rabiando de dolor, pide que le lleven a su casa y lo hacen. Entran Hilo, un anciano y un cortejo que transporta a Heracles, de crudo carácter, según este anciano al mandar callar a un Hilo que se lamenta, eso del lloriqueo no le va a hacer gracia ninguna a su padre, mejor estar calladitos. 

     Sí, Heracles aún vive, y viene rabiando de dolor, tanto que le pide a Hilo que le mate con una espada por compasión. En esta parte final, Heracles habla mucho, a pesar de su estado. Maldice, y mucho, a Deyanira, mientras le pide a su tío Hades que le dé una muerte rápida. Describe su dolor, que ha llegado a los pulmones. Ordena a Hilo que traiga ante él a su madre, a Deyanira, porque él estará como esté, pero fuerzas no le van a faltar para matarla y así de paso contemplar por la muerte de cuál de los dos sufre más Hilo, a ver si es digno hijo, aunque luego ruega a Zeus que acabe ya con él de una vez, así es su sufrimiento. Y, mientras dice todo eso, relata sus hazañas, sus famosos trabajos, para resaltar que al final le ha matado una mujer, su mujer, ¡qué ironía! Y aun en ese estado de dolor y delirio, solo piensa en dar muerte con sus manos a Deyanira. A duras penas Hilo consigue al fin informarle de que, si le ha matado su madre, ha sido por error (erró al anhelar una cosa buena, p. 132), y se lo explica, de modo que Heracles entiende que quien en el fondo le ha dado muerte ha sido Neso (la profecía se cumplió). También le informa Hilo de que Deyanira se ha quitado la vida. Ya menos airado, solicita la presencia de sus otros hijos y de su madre Alcmena, pero no están en Traquis. Entonces le hace jurar que cumplirá sus deseos: que él mismo, Hilo, con sus brazos y ayudado de amigos, le arroje vivo en una pira en llamas en el pico más alto del monte Eta, que al hacerlo ni se le ocurra llorar (¡por Dios!), y que se case con Yole. A lo primero y lo último Hilo se opone de inicio: ¿arrojar vivo al fuego a su padre y casarse con aquella que, para él, es la causante de todos estos males? Y digo yo: ¡pobre Yole también! Pero, tras dialogar más, al final accede a los deseos de su padre.


OTRAS APRECIACIONES MÍAS Y APUNTES A TEMAS A DESARROLLAR


1. No acabo de acostumbrarme mucho a Sófocles, después de pasar por los serios Esquilo y Unamuno. Ni se me ocurriría decir que introduce elementos cómicos en una tragedia, lejos de mí afirmar tal cosa, pero desde luego, y de ello ya estaba informado, es muchísimo más variado y rico que Esquilo en diversos elementos, como ya dejé apuntado en Áyax. Y el uso del lenguaje y el manejo de situaciones y de cómo los personajes las narran es uno de ellos. Por ejemplo, la verdad es que me ha hecho gracia el motivo por el cual el heraldo oficial no llegó pronto a Deyanira (p. 102), de tal modo que otro se le adelanta, el mensajero, muy listo él, para obtener beneficios. Y es que, al llegar Licas a Traquis para informar a Deyanira, es rodeado, agobiado y hasta acosado por el gentío, ávido de noticias. O la ironía del mensajero refiriéndose a Licas en la p. 108, cuando le revela la verdad sobre Yole.

2. De la mujer resaltaría tanto... Y no es exclusivo ni de esta tragedia ni de Sófocles, claro. Aparecen como aparecen en muchos textos porque esa era su realidad en esa época (inevitable, de nuevo, acordarme de Lechuza blanca sobre Argos, de María Luisa Regalado, ya sé que me acordaré de esta obra cada vez que lea obras griegas clásicas, ya lo sé). Para empezar, nunca mejor dicho en Las Traquinias, la mujer como botín de guerra y el carácter de su esclavitud. Ya no puedo recordar en qué obra erudita o manual leí, fue hace mucho tiempo, que en el mundo antiguo se mataban a los hombres y se hacían esclavas a las mujeres, fundamentalmente para que trabajasen la tierra y sirviesen en las casas. A los hombres, que eran guerreros, se les temía porque se te podían volver en contra, a las mujeres no. Esto, hasta que ya la sociedad se articula de modo que es más o menos seguro tener esclavos también. La mujer es una propiedad legítima como botín de guerra, y esto está asumido por todos, incluidas las esposas y concubinas. No hay más que recordar, por poner un ejemplo ya traído a este blog, Las Coéforos de Esquilo, o volver a esa Clitemnestra reivindicada por María Luisa Regalado en su obra mencionada Lechuza blanca sobre Argos. Eso incluye, no hace falta que lo diga, que por supuesto su dueño se va a acostar con ellas cuando le venga en gana, o darlas a otros para eso, como María Luisa Regalado llega a apuntar. Esta novela, Lechuza blanca sobre Argos, es muy ilustrativa en cuanto a la vida de encierro que llevan en el gineceo las mujeres, las limitaciones que tienen aunque sean reinas, que desconocen cómo es su propia ciudad al no permitírseles salir, e incluso gran parte de sus palacios y casas. De ahí que se diga, en Las Traquinias, ... salí a la calle a hurtadillas... (p. 113).

3. Me callo aquí con respecto al alcohol porque quiero hacer un artículo sobre este y la literatura.

4. Aquí vuelvo a un asunto ya mencionado pero que me parece muy relevante, y es el hecho de que, al leer en este caso tragedias clásicas griegas, se observa cómo los autores resaltan el horror que supone la desgracia de acabar siendo esclavo, al igual que, en otras tragedias, el hecho de que asalten tu ciudad. Por más que en esa época se asuma como derecho de botín y algo "natural", ellos mismos lo resaltan como horror ante un público coetáneo, por más justo que fuera el casus belli y más extranjeros que fueran esos esclavos. Se tiende a la compasión con respecto a ellos. Por muy normal que fuera en la época, por muy asumido que estuviera, ellos mismos lo contemplan como una desgracia, parece que quieren remover sentimientos de compasión en el público. Y éstas que ves aquí, otrora afortunadas, tras topar con un género de vida sin atractivo alguno, se encaminan hacia ti... (p. 105), y estas son palabras de Licas a Deyanira, hay que leer lo que responde esta al corifeo cuando le reprocha no alegrarse de la victoria de su marido, justo ahí en esa página 105, me entró una enorme compasión, y cómo se dirige a Yole.

5. Como hemos visto, el suicidio y la eutanasia son temas de interés que aparecen en esta obra.


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     Soy tozudamente cronológico a la hora de leer obras completas y antologías. A las puertas de llegar, al fin, a las tragedias más renombradas de Sófocles (Antígona y Edipo, rey), el desconcierto que me ha producido la lectura de Las Traquinias, fijaos, me ha llevado a la impresión lectora más extensa que he hecho hasta la fecha. Me lo he currado, no digáis que no.


viernes, 29 de mayo de 2026

"CRÓNICAS DE UNA MUJER EN ASIA", DE PALOMA LAFUENTE GÓMEZ. IMPRESIÓN LECTORA.

 


Lo más hermoso de las palabras es su poder, y que puedes llegar a ellas por diferentes caminos y en diferentes circunstancias. En ocasiones, puedes entenderlas o razonarlas, sin embargo, no llegan al plano de la conciencia hasta que las encuadras dentro de una experiencia concreta (normalmente práctica). Únicamente a través de la vivencia puedes alcanzar la verdadera conciencia de las palabras; entonces se llenan de significado, de una fuerza incontrolable, de un poder descomunal, de una melodiosa armonía. (pp. 167, 168).





Crónicas de una mujer en Asia, de Paloma Lafuente Gómez (Bubok; Madrid, 2023), tiene como subtítulo Una ventana abierta a mis vivencias en India, Nepal, Vietnam y Camboya, y ya desde este mismísimo principio, antes de iniciar el texto en sí, Paloma Lafuente nos muestra cómo de transparente y lúcido va a ser su libro. Tal vez me equivocase en el unboxing que publiqué en Instagram y Facebook al calificarlo de libro de viajes, aunque en parte lo es o, más que en parte, en andamiaje. Usé ese término para señalar que no se trataba de una obra de ficción, como suele ser habitual en mis impresiones lectoras, sin caer en la cuenta de que esa expresión está asociada a un género de no ficción pero literario que tal vez, por antigua, posea unas normas o genere unas expectativas que puede que no se apliquen aquí. Paloma Lafuente no te engaña: ¡claro que te cuenta sus experiencias de su paso por esos cuatro países! Pero no observo que sea el hecho de viajar en sí el leit motiv de este libro, sino más bien su mirada externa e interna en su pasar por ellos, en su estar en ellos. Y, si está allí, es porque está cumpliendo con una misión, con una tarea, como miembro de una ONG. Pero, como he dicho, es personal, en ciertos momentos íntimo. Ofrece muchos elementos: impactos sociales, culturales, de ritmo de vida; paisajes y edificios, caminatas, pensamientos mientras procesa lo que está viviendo en ese momento. A mí me han resultado particularmente valiosos sus testimonios de contacto humano, de vínculos específicos con personas con las que se encuentra que se crean por conexiones instantáneas.

     Tampoco hay aquí un afán por enfocarse desde el feminismo. Sus apreciaciones sobre las desigualdades entre hombres y mujeres, y sus roles sociales, no son excesivas, no están empapando su relato, ni mucho menos. Aparecen, más bien, de forma natural: se trata de una mujer occidental que, por un lado, se sumerge en otras culturas muy distintas y sus gentes la observan de determinada manera por serlo, por ser mujer y, por otro, puede contrastar su realidad en España con las realidades de estos países, así que en esos contrastes uno de los que aparece es ese, el de la mujer en ellos, y es lógico, dado que nosotros lo sabemos o imaginamos de forma racional, pero no es lo mismo que verlo y vivirlo estando allí. Me encanta esta expresión que usa, en su contexto y de forma aislada: ... una reunión de mujeres es una actividad llena de alegría y júbilo. Son espacios donde pueden tomar un respiro y ser ellas mismas... (p. 93); en ese momento estaba en un campo de refugiados tibetanos en Nepal. El libro, por lo tanto, dista muchísimo de ser una especie de panfleto ideológico en ese sentido, ni en otros. Al contrario, el tono de Paloma Lafuente al describir o narrar o transcribir diálogos es humano y personal, y muy respetuoso al tiempo que inteligente. En ocasiones me ha parecido tierno; en otras, la exposición de crudas realidades con alguna valoración o sin ninguna porque ellas solas son suficientes. Esta obra, yo diría, tiene más bien una mirada femenina, sin ese -ismo que a día de hoy, en el inicio del segundo cuarto del siglo XXI,  puede dar lugar a equívocos: lo observa y lo cuenta todo, pero cada cierto tiempo vuelve su mirada a las mujeres y a las niñas (El rol que ocupan las mujeres en la sociedad es un tema que siempre interpela, ..., p. 175). Será al final de esta obra, ya en Camboya, cuando aborde directamente el tema del maltrato físico, sexual y psicológico a las mujeres, con la conmovedora historia de Evel y en el capítulo 10 de esta sección camboyana, Cicatrices en la superficie (pp. 245-251). Pasajes, por cierto, donde también destaca la figura del hombre cuidador amoroso de su mujer, némesis del maltratador, tal vez una ilustración de la verdadera naturaleza del yang que tanto nos cuesta encontrar. Paloma Lafuente es honesta desde la primera página a la última.

     El tono de esta obra es como la mirada de la autora: detallista y amable. Nos va descubriendo a nosotros lo que ella descubre o sabe, bueno o malo, pero a mí particularmente me encanta esa tendencia a valorar lo entrañable, lo afable, lo más cercano y humano de sus experiencias y su mirada al otro. Por momentos he llegado a sentir ese espíritu que desean sus palabras, sin poder llegar a afirmar, por desconocimiento, si tal vez se trate de esa compasión bien entendida de la que habla el budismo como el summum de los logros espirituales. Ese tono, ese mood que no siempre puede aparecer pero al que se inclina, es, en mi opinión, el que consigue que, dentro de lo exótico que nos puedan resultar como lectores estos escenarios tan lejanos, nos complazcamos al leer percepciones o anécdotas que, tal cual, podrían parecer intrascendentes, cotidianas, porque nos acerca a ellas, como si descubriese lo trascendente en lo aparentemente insignificante. A veces reflexiva, a veces impresionista, a veces sencillamente descriptiva, la voz de Paloma Lafuente nos invita a acompañarla en unos viajes que, claro, son solo suyos, solo parcialmente podemos reconocer sus vivencias, pero la vivencia de este camino que es su propio libro es ya de por sí muy gratificante. Se insertan ocasionalmente fotografías, igual de un templo que de una persona a la que se refiere. 

     En Crónicas de una mujer en Asia, Paloma Lafuente sabe conjugar con habilidad, entre otros elementos:

- Datos objetivos y porcentajes, generalmente para evidenciar desigualdades, pobreza y miseria.

- Descripciones de paisajes naturales y urbanos.

- Tradiciones, ritos, costumbres.

- La organización social, la diferenciación entre etnias y creencias, el clima de convivencia, la historia que arrastra cada comunidad a la que se aproxima.

- El contacto con grupos y, sobre todo, individuos: cómo se inicia el contacto, por qué y para qué, el tono, y los vínculos, siquiera temporales, que se crean.

- Oficios, tareas, el trasiego diario, cómo se vive en cada lugar, detalles de comidas, vestimenta, ...

- Cómo se desplaza, tanto literalmente como lo que siente y ve en los trayectos.

- Olores, tactos, temperaturas, ambientes, sabores.

- Contrastes de todo tipo y provocar la apertura de ojos a realidades que nos son ajenas.


     El libro se divide en dos partes. La primera, más extensa, nos sumerge en dos países donde el hinduismo y el budismo son las religiones mayoritarias. La segunda nos traslada al sureste asiático. A su vez, cada parte se divide en dos secciones, una por país. Crónicas de una mujer en India es la que abre la obra y nada más comenzar ya se resalta la diferencia de género allí, de lo general a lo tan particular como mujeres concretas, con nombre propio, a las que te acerca. Vas a apreciar el contraste entre distintas ciudades, la contaminación en muchos casos, y la basura, la predisposición de sus gentes y la división por castas (algo que no solo se ve en India), siempre con sensibilidad humana y gran percepción de los detalles, y también la cosmovisión de todo influida por la religión y las creencias. Esto mismo sigue en Crónicas de una mujer en Nepal, pero se respira otro ambiente, se nota el cambio: Nepal parece mucho más íntimo. Por añadir algo más de mi propia subjetividad, que es lo que toca en impresiones lectoras, que no reseñas, y a mi blog entero, diré que el final del capítulo 3 (Nagarkot, montañas invisibles) me ha gustado mucho. Y el quinto, El pequeño Shiva, entrañable tal y como se narra, me ha parecido un honrar a la masculinidad en ciernes; habla con amabilidad de rasgos masculinos, por eso he dicho antes lo que he dicho, y que me perdone Paloma Lafuente si no es así, pero se nota mucho, y me agrada bastante, esa conjunción equilibrada entre lo masculino y lo femenino que, a veces, se encuentra, el yin y el yang sanos en su baile, y eso no resta nada a la observación de un constante desequilibrio de género que contempla en estos países, que parecen vivir en épocas muy antiguas, por más móviles e internet que usen (Vivir en Nepal es sumergirse en el pasado, p. 175). El último capítulo del Nepal, que resalta la silenciación y la impureza de la menstruación para las creencias hinduistas, me ha recordado a cierto pasaje veterotestamentario en la Biblia.

     Por su lado, la segunda parte dedicada al sureste asiático también se divide en dos secciones. La primera, Crónicas de una mujer en Vietnam, me provocó al principio la transición de la efusividad y el caos de la India a la limpieza y el orden, pero también distancia emocional, de Vietnam. Para muchos de nosotros todos esos países nos parecen lo mismo, no solo Vietnam y Camboya, también Tailandia, Mianmar (Birmania), etc., y no lo son para nada. El contraste entre Vietnam y Camboya es grande. Inevitables en Crónicas de una mujer en Camboya las referencias a la guerra y a Pol Pot, las atrocidades tan terribles sufridas allí. Con un calor agobiante, también se ven desigualdades sociales, lo que no quita para que su mirada no pierda detalle de mercados, de historias personales y hasta de anécdotas más livianas (que visten realidades duras de todas formas), como el capítulo 7, Tuktuk, lady?, con otro final que me ha encantado.

     Una vez más, no sé qué haré con tantas notas y posibles citas para este artículo apuntadas en mi libreta, con mis impresiones, capítulo a capítulo. Escribo mientras leo, como forma de leer en sí, como una ayuda para concentrarme y para repasar después, a veces me hallo a mí mismo destripando el libro, despiezándolo. Seguramente quedarán ahí, como en un diario de viaje por Crónicas de una mujer en Asia.

     

     



sábado, 27 de diciembre de 2025

IMPRESIÓN LECTORA: "LA HORA DEL AMOR", DE CARMEN DE BURGOS

 



En general, podría decir que soy muy clásico en cuanto a mi trayectoria como lector. Y, además, me ha gustado siempre picotear de aquí y de allá mientras enfrentaba gozoso a un Cervantes, un Goethe o una Murasaki. Siempre he querido pensar que pivotaba sobre un Miguel de Unamuno al que estoy volviendo y del que, aun con todo, me quedan obras pendientes. Si lo contemplo bien, y siendo muy sucinto, puedo decir que comencé con el espíritu de la Generación del 98, Juan Ramón Jiménez y clásicos barrocos; luego me dejé fascinar por Borges, Papini, Cortázar al tiempo que Bécquer permanecía y dejaba que entrasen poetas y narradores de experimentación; y me fui ladeando poco a poco a la poesía clásica japonesa y obras orientales imbuido del espíritu de Okakura a la vez que exploraba a Tolkien. He dicho sucinto: todo es más complejo. Aún me recuerdo en el gimnasio con la toalla y la enorme edición de los poemas completos de Herrera, bajo musculosas y fibrosas miradas extrañas que me resbalaban bastante. Me costó entrar en el 27, porque el 98 era como el límite superior en el tiempo en lo que hace a la literatura española, ni te cuento todo el mogollón de después de la Guerra Civil, un gran desconocido para mí, si he de ser sincero, en el que ahora me adentro. Ese hueco lo suplía con literatura hispanoamericana. En fin, es solo una visión muy general, una autocrítica también, tal vez. Siempre he leído lo que me ha venido en gana, si he de ser sincero, y como tiene que ser.

    Algo así como un sueño idílico era verme a mí mismo explicando a una clase la Generación del 98, como hicieron conmigo en 2º de BUP. Lo he hecho, varias veces, pero no ha sido lo mismo, el tiempo avanza, las generaciones (de alumnos) son diferentes. O tal vez no tanto, creo que en mi clase fui el único que disfrutaba de esas lecciones, si lo medito bien. El caso: abordar esos temas de literatura que de memorieta deben aprenderse mis queridos y agobiados alumnos de 2º de Bachillerato es, un poco, la dicción de una nómina de frustraciones lectoras. ¡Alfonso, tienes tanto pendiente que leer...! Y a lo de toda la vida se añaden nombres y títulos "nuevos". Por ejemplo, las escritoras; por suerte, cada vez aparecen más. Me refiero del 27 hacia atrás. ¡Las mujeres! En la búsqueda siempre fallida de trucos para tener éxito en la PAU, una consigna es: "Los andaluces", aquí en Andalucía, claro; y otra: "Las mujeres", que ahora se reivindican más y es más políticamente correcto sabérselas y aparentemente pueden estar más seleccionadas como motivo de pregunta en un examen. "Hay que sabérselas, no os olvidéis". Pero, lejos de esa frivolidad práctica, me llama la atención, porque es como ir descubriendo tesoros enterrados. Lo que pasa es que la novedad, del tipo que sea, puede cambiar la visión establecida, la estructura de los temas, el concepto de los grupos literarios que se estudian y sus claves. Y ellas, entre otros factores, son una novedad, lo siguen siendo. De Las Sinsombrero y la Generación del 27 no digo nada, al menos no aquí, porque al fin y al cabo ellas, la gran mayoría de la nómina, participaron de las inquietudes y los procesos de ellos, incluso de las relaciones humanas, y me da la impresión de que están en la misma sintonía, así que el hecho de que las incluyan, los que lo hagan, como miembros de ese grupo, del Grupo del 27, no será una cuestión que discuta yo. Pero sí me parece algo diferente en el caso de la Generación del 98. Al menos de momento, mientras vaya aún disipando la niebla de mi ignorancia con el abordaje a sus libros, a los de las escritoras coetáneas de Baroja y Azorín. Elementos en común, incluidas inquietudes intelectuales, tienen que tener unos y otras si comparten época y avatares, eso está claro, pero la Generación del 98, como grupo literario, tiene, a mi parecer, unas características más restringidas, y tampoco creo que a ellas les importase un pimiento que se diga ahora que pertenecen o no pertenecen a ese grupo tan particular, salvo que fueran como aquellas que prefieren que las llamen mejor juez que jueza, mejor la letrado que la letrada, espero explicarme. Total, que a la lista clásica de los escritores del 98 se añaden ahora unos nombres femeninos, bien como parte integrante, bien como corriente paralela, entre los que se encuentra el de Carmen de Burgos. Como profesor me es tan fácil como para los alumnos, por desgracia ni unos ni otros necesitamos profundizar demasiado y mucho menos haber leído, y puedo ser exigente: nombres, títulos de obras representativas, características muy, muy básicas, y adiós, muy buenas.

     Así que, con mi terrible ignorancia consentida, me compro La hora del amor en la Feria del Libro de Sevilla de 2025, el día que fui a firmar mi Amae pop blue, en la caseta de Aliar Ediciones, simplemente porque es de Carmen de Burgos y, ¡hombre!, hacía poco que la nombrábamos en clase. Era forzoso, me estaba llamando, sin saber de qué iba, era un nuevo mini reto planteado allí, leer a Carmen de Burgos un poco al tuntún, como a mí me gusta, sin premeditación ni orden. 

     Este libro es una novela muy corta que se lee fácilmente en nuestros días, a pesar de ser de 1916, y ha sido todo un descubrimiento para mí. Es que ni siquiera me leí lo poco que se dice en la contraportada y la solapa, lo acabo de hacer ahora, su sinopsis, los breves apuntalamientos biográficos. Pues, entonces, normal que me sorprendiera. Lo primero, lo he dicho, que se pueda leer sin problemas por cualquier lector del siglo XXI, la mayor parte de su vocabulario y forma de estructurar frases y párrafos no es inconveniente. Al contrario, en ese sentido, el del lenguaje, Carmen de Burgos me ha parecido una adelantada. También por su temática, que sigue siendo, como en toda la historia, muy de actualidad, y que no me esperaba.

     A ver, se llama La hora del amor, un nombre, por cierto, muy poco atractivo a priori, parece así una novela rosa pastelona, aunque tiene todo el sentido, te das cuenta al comenzar a leer; pues con ese título, creía que iba a leer una novelita romántica. Y en cierto modo es así, el amor de pareja está, idealizado además, aunque vivido por el alma noble de Margarita, con una amado que haría las delicias idealistas de muchas; yo diría que esta historia de amor enmarca la novela, pues está más presente en su principio y su final. Eso que se dice del feminismo de De Burgos se nota, se dicen cositas que, aunque ahora nos parecen bastante normales, te sorprenden que se dijeran en esa época. En cuanto a esto, y como lectura ingenua, me ha gustado bastante esa mezcla de anhelos prototípicos femeninos en cuanto a lo romántico y la aparición de una mayor autonomía en pensamiento y acción de la protagonista y la exposición de su punto de vista de la vida y de todo. En ese sentido, entiendo que se diga que escribió novelas cortas para mujeres. La toma de riendas por parte de las mujeres, y no solo en lo sentimental, que aparece en La hora del amor, sin renunciar a expectativas de amante y amada muy típicas, imagino que debió gustarle a las lectoras de su momento. 

     Aunque el tema principal es la angustia por el afrontamiento de unas deudas que se agrandan cuanto más se intentan solucionar, la trampa de la hormiga-león, la usura y toda su sordidez, esas aguas abisales habitadas por criaturas rastreras a las que debes acudir, la persecución angustiante de esas euménides, que debes llamar así, como lo hará algún personaje aquí, porque son necesarias, o al menos eso se debate, te salvan y te ahogan. ¡Tan actual! Vienen a causa de la viudez de la protagonista, y el hecho de que quiera ocultar esas penurias, esa angustia, a su amante, va a provocar que tenga que afrontarlas ella por sí misma, con ayuda de una amiga al final, y la medio amiga de esa amiga. El dinero, su valor, la agonía, son descritas muy al vivo, y también el daño moral, de culpabilidad y en la autoimagen, el autoconcepto, reacciones, tristeza que no se puede confesar, ... Lo tan material horadando lo que realmente es importante, bloqueando posibilidades, carcomiendo la sencilla felicidad posible. Entiendo bien de ese tema, seguramente tú también; en lo personal, me fue una serendipia encontrarme con esta narración, venida como anillo al dedo. Si he de ser sincero, creo que será de esas obras que, sin considerarla una gran novela (puede que la califique de liviana o facilona, la verdad), la guardaré en mi recuerdo como un regalo de mi destino, quién sabe si una señal o un consuelo, aunque sea el de los tontos. Por supuesto, la recomiendo, claro que sí. 


jueves, 3 de marzo de 2016

Mujeres en la Historia

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BEATRIZ GALINDO, LA LATINA

Mujer de Altas Capacidades





Es grato descubrir por uno mismo personajes históricos de relevancia cultural y social como Beatriz Galindo. En Bollullos de la Mitación (Sevilla) es una mujer que debe sonar a sus habitantes, ya que uno de los dos colegios del pueblo lleva su nombre en homenaje a ella. Si hubiera sido de nuestra época, tal vez hubiera acudido a ese mismo colegio, de otro nombre, y se le habría diagnosticado de altas capacidades (superdotada, en nomenclatura de otra época). Personaje influyente y notable, debió de ser de una excelencia insuperable, habida cuenta de su condición femenina, pues para que una mujer destaque como destacó ella en tiempos tardomedievales, los estándares de superación personal y de relevancia pública a superar eran, por fuerza, muy altos. Aunque, eso sí, tuvo la fortuna de coincidir en época medieval tardía, después del medievo más guerrero y oscuro y antes de la Contrarreforma. Prerrenacentista, si se quiere.


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     Como profesor de Latín del IES Alminar (Bollullos de la Mitación), y para conmemorar que el día 8 de este mes celebramos el día de la mujer trabajadora, dejo aquí una pequeña reseña de esta figura tan poco conocida, por desgracia.
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     Podemos decir, grosso modo, que la Edad Media española encierra a la mujer, en el sentido de que la silencia, le cierra puertas de oportunidad intelectual, e incluso podríamos decir que literalmente la oculta, y la Contrarreforma le devolverá a este encierro. Entre medias, sin que por ello signifique que no les resultara difícil, podemos encontrar mujeres que destacan en el panorama político, como la mismísima Isabel la Católica, intelectual y creativo. Podrán alcanzar puestos que las mujeres solo volverán a ocupar ya en el siglo XX, y este es el caso de Beatriz Galindo, consejera de Estado y preceptora de Palacio. Se la conocía como La Latina, por su gran dominio del latín, que enseñó a las hijas de la reina Isabel (Juana fue capaz de improvisar intervenciones en esta lengua clásica). Otras mujeres a destacar de esta época serían Lucía de Medrano, catedrática en Salamanca, o Francisca de Lebrija, profesora en la Universidad de Alcalá.

     Beatriz Galindo nace en Salamanca y, dada la inteligencia que manifiesta desde muy pequeña, sus padres deciden que su destino sería hacerse monja, y no casarse. Desde muy pronto manifiesta grandes dotes para el estudio, especialmente el latín, de modo que de adolescente no solo lee y traduce textos sino que habla latín con fluidez y corrección, y mostraba una inclinación especial por Aristóteles. Es una situación tan insólita, que empezó a divulgarse su fama por toda Castilla, y aquí es donde gana su sobrenombre de la Latina. En torno a los 20 años, en 1486, justo cuando por fin va a ingresar en un convento, la reina Isabel la convoca, no solo para ejercer de preceptora de sus hijas, sino que la tiene en gran estima y se convierte en su consejera de Estado.

     En fin, desde este foro os animo a que investiguéis sobre su persona y admiremos a este notable personaje de nuestra historia.

Beatriz Galindo 'la Latina' fue la mujer mas culta de la Castilla de su tiempo. Casi veinticinco años más joven que la reina Isabel la católica, Beatriz será llevada a la corte por decisión personal de la soberana. Beatriz Galindo es uno de los ejemplos de las raras 'mujeres sabias' que han tenido reconocimiento en épocas anteriores. Su figura se ha convertido en motivo de polémica entre historiadores respecto a su verdadero papel cerca de la reina Isabel; se le han atribuido, muy imprecisamente, unos comentarios a Aristóteles y varios poemas latinos, pero su fama descansa exclusivamente en el testimonio de sus contemporáneos.
(Sinopsis de documental en la página de RTVE).


Fuentes:

ARIZA, MANUEL (coord.), y cols.: Lengua Castellana y Literatura (Manual de Preparación de Oposiciones, Temario Prueba A), MAD, p. 593

https://es.wikipedia.org/wiki/Beatriz_Galindo

http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-beatriz-galindo/832713/

http://aprendemosgeografiaehistoria.blogspot.com.es/2011/02/beatriz-galindo-la-latina.html

Texto: José Alfonso Bolaños Luque
Imágenes: http://photopin.com excepto el retrato bajo el Título, de http://aprendemosgeografiaehistoria.blogspot.com.es/2011/02/beatriz-galindo-la-latina.html