En los tantos foros sobre literatura que hay en las redes, y también en los mentideros, se usa bastante la palabra género. Se hace para luego referirse al thriller, la novela negra, la gótica, la romántica (de ahora), la de fantasía (de ahora), el romantasy y así. Vamos, en realidad aluden a subgéneros, y bastante pautados, los géneros son tres si hablamos grosso modo. Igual que cuando usamos calorías para las kilocalorías, hay prefijos que se sobrentienden y sobran.
No me equivoco mucho si digo que uno de los puntos en común entre José Luis Burgos y yo es la despreocupación por que nuestras obras encajen en el molde (sub)genérico, y creo entender por qué. Y que conste que yo no tengo nada en contra de los subgéneros tal cual, han existido de siempre y lo he comentado ampliamente en otras ocasiones. Qué digo yo, la novela pastoril o la picaresca del XVI y el XVII o la realista del XIX, todos estos subgéneros han dado grandes obras. El mismo Cervantes estuvo en ello, con su Galatea, sus Novelas Ejemplares o su Persiles. Aunque, si bien lo piensas, triunfa con la parodia de uno de estos géneros en boga, y resulta que fue más que una mera parodia. Pero somos de la generación que somos, no creo que Camus con El extranjero, Benedetti con La tregua, Cortázar con Rayuela, como muchos otros, estuviesen demasiado preocupados con el encaje genérico de sus obras, ni tampoco que salirse de ningún molde fuera uno de sus objetivos al escribir. Escribieron, y ya está. A nuestro nivel y en nuestra época, toda una faena eso, especialmente a la hora de dar a conocer la novela y promocionarla.
José Luis Burgos acaba de publicar El otro relato. Hace un día, ¡ayer!, el 25 de septiembre. En su pre-promoción, he creído verla clasificada como thriller, puede que me equivoque, no lo juraría pero estoy bastante seguro. En Amazon, se enmarca como de suspense psicológico y esta etiqueta, si hay que ponerle alguna, me parece mucho más acertada. Y no solo como etiqueta: lo psicológico es un elemento que José Luis Burgos maneja muy bien. Ya lo demostró con creces en La penumbra del eclipse. La memoria... La memoria, de otra manera, vuelve a ser un elemento fundamental en El otro relato. Y no solo la memoria: el efecto del paso del tiempo, las representaciones internas de uno mismo y los demás, la imaginación que suple identidades, momentos, intenciones, motivaciones, actos y los mismos recuerdos. También palabras desconcertantes, un tanto encriptadas, que deben ser descifradas en mensajes, llamadas, correos electrónicos y conversaciones cara a cara.
Una pregunta inquietante parece residir en estas páginas: ¿somos una historia que construimos nosotros mismos y también las historias que construyen los demás acerca de nuestra identidad?¿Lo que se deduce de nuestra imagen, de nuestras palabras, de lo que se consigue imaginar de nosotros atando, bien o mal, los cabos disponibles, en el tamiz de la personalidad y las vivencias de esos otros? ¿Somos lo que sentimos que somos en soledad y en nuestras interacciones?
Espacios reales (Madrid, Montevideo, San Sebastián, ...) y uno virtual que parece engullirlo todo: un foro de internet donde sus integrantes charlan sobre música y literatura. Este foro será la raíz de gran parte de la historia de un Mario al que, en El otro relato, le vendrán de vuelta de manera a veces irreconocibles sus propias palabras que dejaron su rastro allí, casi como actas levantadas o un diario hecho público, no de hechos, sino especialmente de sensaciones y emociones que el tiempo difumina pero que regresan con distintos ropajes. Unas palabras que Mario conoce en su origen e intención, pero no en la interpretación, impacto y repercusión en los demás. Y los hechos, la realidad, ¿son lo que son, o son lo que vivimos, cómo lo vivimos?
El otro relato nos sitúa ante un Mario ya maduro, con sus hijos ausentes, más o menos independizados, y en una relación matrimonial desgastada, que parece moribunda o, al menos, que pide auxilio. A medida que se desarrollan los acontecimientos, envueltos en un halo de misterio que, en cierto modo, sí provoca una atmósfera propia de los thrillers, esta relación con su mujer Elena se va desarrollando en ondulaciones, silencios y conversaciones, y no es un tema menor en la novela, está en primera línea. José Luis Burgos, en su ficción, nos hace reflexionar sobre esa etapa de la vida, el vacío de cuando los hijos se marchan y lo que queda, que podría ser la ausencia de una rutina que pareció sostenerlo todo y la ausencia en presencia de uno con otro. Confieso aquí, en la subjetividad que tanto caracteriza a este blog, que precisamente el capítulo 23 es el que más me ha gustado, algo muy previsible teniendo en cuenta lo que suele tocarme a mí, a mi sensibilidad lectora, mi tendencia a la vinculación del yo con las relaciones románticas y de pareja.
Este Mario lleva años metido en el foro al que antes aludí. La escritura como forma de desahogo y de entenderse a sí mismo es una de sus mayores aficiones. Palabras para sí, pero también palabras que se comparten y que en el momento parece inofensivo hacerlo. Pero no lo es. Su relación laboral con Vera, los movimientos de una forera y lo que sabe y no sabe Elena se remueven en esta novela plagada de frases que te dejan pensando, como esta: Lo que decía no encajaba con nada de lo que él recordaba (p. 107), esta: ... hay cosas que terminan cambiando cuando se recuerdan demasiadas veces. Y algunas cambian precisamente porque necesitamos que lo haga (pp. 174, 175), esta: A veces hacer que algo encaje también tiene un precio (p. 187), y tantas otras. Frases de por sí preñadas de pensamientos evocadores en cada cual y que, en mi caso, muchas de ellas me han parecido resonantes con las mías propias, en otro estilo, en otro tono, que aparecen en mi novela Amae pop blue y que, al ser dichas por otro, con otras palabras, en otro estilo, en otro tono, me las devuelve con muchas más aristas. No puedo dejar pasar, aunque es solo una simple anécdota, que la alusión a El diablo cojuelo me ha trasladado a mi adolescencia, a cuando tomaba libros al azar de la biblioteca de mis padres, esta obra de Luis Vélez de Guevara fue una de mis primeras lecturas serias y si la mencionan a mí me alegran el día.
El otro relato es otro relato de José Luis Burgos, y ese otro tiene mucho sentido. Reconoces su estilo narrativo, pero no se repite. Cada una de las obras de Burgos es diferente de las otras, todas sin género. Ha sido un placer inquietante haber podido leer El otro relato, un placer pensativo, un placer intelectual, psicológico y literario.
