miércoles, 26 de agosto de 2026

"TE LO CUENTO BAJITO", DE TOÑI MAGDALENA. IMPRESIÓN LECTORA.




Cuando te enfrentas a reseñar un libro de cuentos breves y microrrelatos, sabes que en este caso el espóiler puede venir al indicar el título de este o aquel microcuento o las páginas enunciando rasgos o diferencias; esa guía va a matar al texto. Creo que en las anteriores impresiones lectoras de este tipo de libros lo hice de un modo que mantuviese la incógnita y la sorpresa. En el caso de Te lo cuento bajito, me abstendré de dar esas referencias, a la espera de que en tu lectura descubras cuáles de sus 110 cuentos cumplen cada característica que voy a dar a continuación de esta obra tan lúcida y profunda, tan sorprendente y tan variada. Lo es de tal forma que nunca sabes cómo va a ser el relato siguiente. Solo me referiré a cuentos concretos para expresar cuáles han sido mis favoritos o me han impactado más; ahora bien, sin desvelarte de qué tratan. Pero antes de continuar o, mejor dicho, de empezar: ¿te has leído la entrada anterior a este artículo? Es un microcuento mío inspirado en este libro, así que se trata de un complemento. Venga, vamos a hablar ya de Te lo cuento bajito. Una colección de 110 relatos y microcuentos que combina diferentes tipos de lenguaje, vivos, ardientes, de elegancia susurrada en forma y fondo.

     Publicado en 2025 por Sueños de Papel, sumergirte en Te lo cuento bajito supone, en primer lugar, empezar a reconocer desde el principio la voz narrativa de la autora, que por lo general tiene una cadencia confesional y al mismo tiempo resuelta, como la que acostumbra a contar cuentos e hilvanarlos. Su voz baja, la cadencia suave que se anuncia en la página 5 para hablar de la autora, te hace presagiar bastante mal lo que te vas a encontrar. Somos seres que tendemos a poner etiquetas, por desgracia, y mis expectativas acerca de este libro, que compré ilusionado con anhelo de ternura, de arrullo tal vez, muy pronto se vieron gratamente superadas, apenas avancé unos pocos relatos. Y es que, en segundo lugar, Te lo cuento bajito te cuenta muchas cosas, muchas, tiene una variedad en temática y de enfoque entre cuento y cuento que, de verdad, no me esperaba en absoluto. También su edición tan particular me ha llamado la atención, me parece curiosa y una preciosidad, como en los diarios personales en ocasiones, con apariencia de artesanal. Es un libro especial, eso está clarísimo.

     El libro como tal se presenta a sí mismo como una pequeña joya preciosa de intimidad, tal vez como esos cuadernos personales de los que se habla antes de comenzar las narraciones. También apunta a la caricia reconfortante, a una compañía cercana, silenciosa, que no necesita tocarte para que la percibas, a un susurro ofrecido a tiempo, a desintoxicación. Ahí estaban mis expectativas, que no eran pocas ya. 

    Comenzaba, así, su lectura, dándome cuenta de que son historias originales. Percibía la cadencia de recogimiento a la altura de su sexto relato, pero ya observaba que eran bastante particulares. También percibía el muy buen uso del no decir, de la sugerencia, del silencio que se entiende. Después, vi que también hilaba con soltura la ironía y el hacerte creer lo que luego no es, a veces resulta ser lo contrario. Y la ambigüedad lingüística, haciendo que pienses una cosa para luego resultar ser otra. 

    Toñi Magdalena, aquí, en estos cuentos tan breves que a veces no superan los tres párrafos, es capaz de conjugar dos, tres y hasta cuatro motivos (temas) en la misma trama, esto lo hace casi siempre, y me parece de una gran maestría. Aparte de esto, voy a destacar otras características que me resultan muy propias de sus relatos:

1. La sorpresa (a veces es más de una) no solo te la puede dar al final, sino hacerlo de manera sucesiva en un mismo cuento: dos, tres, cuatro giros a lo largo del relato.

2. Maneja de manera muy resuelta todo tipo de narrador, tanto el omnisciente como el narrador-protagonista en primera persona, y también el narrador-testigo.

3. Como he dicho antes, el uso consciente de la ambigüedad, pero también los finales no explicados, que el lector puede suponer o imaginar.

    En cuanto a la temática, es muy, muy variada. Es cierto, muchos de sus cuentos son recogidos, íntimos, esos no faltan. Pero los hay de otro tipo. Algunos son mini thrillers o de terror psicológico. Otros, muy emotivos. Otros, anecdóticos, que te hacen sonreír. E incluso los hay líricos, cercanos al poema y a lo personal. Pueden ser crudamente realistas, igual ceñidos a lo rutinario de la cotidianeidad contemporánea que fantásticos, igual tienen de protagonista a una persona común que a gente de alto standing o lejanos a nuestra realidad. Puede aparecer el elemento sobrenatural y el místico, haber toques de ciencia-ficción. Y lo mejor de todo, es que por lo general lo combina en un mismo texto. Por ejemplo, qué digo yo, puedes encontrarte con un cuento emotivo y fantástico a la vez, luego con otro de desengaño amoroso, misterioso y con elementos paranormales. Algunos relatos son de cronología más o menos extensa, pero otros recogen un instante. Alguno hay un poco erótico; alguno queda desolador y desesperanzado; muchos son cadenciosos, como la caída de una hoja en otoño, pero otros son chocantes, e incluso los hay con cierto aire a película de Alfred Hitchcock. 

    Como se ve, con tanta variedad entre cuentos y dentro de cada cuento, es imposible dar generalidades porque no las puede haber. Pero sí tendencias, especialmente para esos relatos que hemos dicho que son íntimos y recogidos. Y es que el amor, en amplio sentido, parece latir en Te lo cuento bajito. De muchas maneras, claro, pero especialmente en su desgaste y en su decepción, tantas veces por inacción del personaje masculino. Podría encontrarme en ocasiones con la sensación de cierta protesta contra la rutina emocional que mata el amor en las relaciones. El desinfle del amor, la decepción, el cariño esperado y que no llega, no se manifiesta. Un reclamo de cercanía en cuerpo y alma, que puede no llegar, o huir o desvanecerse si ha estado antes, y aparece en muy distintas posibilidades en bastantes cuentos aquí. Ese tono entre melancólico, de anhelo de lo que se tuvo o lo que se esperaba como natural, y de decepción que puede llevar a la separación mediante diferentes métodos o con esa separación ya dada, aparece mucho en Te lo cuento bajito. Ese sabor de los rechazos explícitos o implícitos (por carencia, por falta de gestos), heridas emocionales, toxicidad que puede llegar a la violencia en las relaciones y su resolución en el relato, o ya solucionado de antes, se expresa de muy diferentes formas, explorando distintas posibilidades con todo ello. 

    Ahora no es plan de decir si este o aquel es mi favorito, porque me ha gustado mucho el libro entero. Destacaré, venga, algunos sin desvelar de qué tratan, e indicaré su número, omitiendo el título. Solo daré uno al final, un título, porque quiero hablar de él, del título, y lo comentaré un poco sin mencionar su tema. Destaco, entonces, el cuento nº 7 (¡Vaya, vaya!, me dije al leerlo, sin saber que anunciaba a otros que vendrían después), el nº 9 (por lo que entra de a poquito sin que te des cuenta), el nº 18 (mi comentario: ¡Ostras con este relato y su final!), el nº 20, el nº 22 (porque fui capaz de asociarlo al cuento de otra autora a la que leí hace poco), el nº 27 es extraño por cómo maneja al narrador, el nº 50 por emotivo (al igual que el 58 y el 60), el nº 51 por hacerme sonreír (sí, también los tiene graciosos, como el nº 11, entre otros más), el nº 63 (mi comentario: ¡Guau! ¡Qué tremendo!), el nº 79 (cercano a un poema), el nº 84 (calificado por mí mismo de "muy yo", conjuga tres elementos a la vez, elementos que no puedo desvelarte), el nº 93 (comentario simple y revelador: ¡Ostras!), el nº 96 (Muy original, sugerente y sorprendente) y el nº 103 (Tierno y chocante a la vez). Estas son simples preferencias personales, a cada cual le podría atraer estos u otros, y lo reflejo porque observando mis comentarios doy fe de la diversidad y la calidad de estos textos.

    De muestra un botón, dejo aquí algo más por extenso mis comentarios a uno de ellos, el nº 65, titulado Una larga fila de novicias: El título ya es sugerente de por sí, sin necesidad del texto al que da nombre, por sí mismo suscita historias en la cabeza de muy diferentes tipos. Después, que la historia es muy sorprendente, desde luego: los choques al lector se encadenan hasta el final.

    Un verdadero placer ha sido la lectura de Te lo cuento bajito. ¡Qué acierto! Te lo dice un tipo acostumbrado al sollozo y amante de la música, este libro es una verdadera sinfonía que tiene partes que suenan a adagio. 

     

"LA PÁGINA DESCIFRADA". UN MICRORRELATO INSPIRADO POR "TE LO CUENTO BAJITO", DE TOÑI MAGDALENA.



LA PÁGINA DESCIFRADA

 Me gusta pensar que los libros, como entidades vivas, son como nosotros, como los humanos: con su propia personalidad, sus ganas de vivir, de llorar, de vibrar o de apagarse. Y muestran su belleza única, o la ocultan para que tú la descubras. También tienen defectos, todos, y algunos son ajenos a su voluntad y su razón de ser. Errores de edición, de maquetación, en la tipografía o una simple coma que, mal puesta, le cambia todo el sentido a una frase o incluso al texto entero. Como nosotros, que también tenemos defectos, y algunos no han sido por nuestra culpa. Como nosotros, que podemos ser la coma mal puesta en la vida de otra persona, incluso la más querida. 

     La magia viene cuando el fallo, el lapsus, el olvido, el error, abre posibilidades felices. Tal vez, la frase corrompida por esa coma desplazada y fuera de sitio ofrece un significado mejor, diferente, inspirador, genial.

     Imaginó que había sido eso, un error de edición. Pero encontrarse la página 150 completamente vacía, en blanco sin necesidad, fue algo así como una serendipia para Nélida. Le sobrecogió, primero, que siguiera a un cuento cuyo título era Sin poder hablar, esa página era el verdadero final del relato. Y luego se transformó en otra cosa muy distinta: una invitación amable para que ella, la lectora, escribiera allí su cuento, algo que haría. Una historia preñada de significados, donde una escritora insistía en que la segunda edición de su libro de cuentos volviera a aparecer con la página 150 en blanco sin necesidad. Su sonrisa iluminó sus ojos, y ya pudo pasar a la página 151 para continuar la lectura esperanzada.

sábado, 22 de agosto de 2026

"CARLOTA, ALEJO Y LA EXTRAÑA AZAFATA", DE RUTH ROMÁN. IMPRESIÓN LECTORA.

 


Carlota, Alejo y la extraña azafata (2020) es una comedia en tres actos escrita por Ruth Román, quien ya en 2017 había publicado dos obras narrativas: Los abubillos, una novela, y Diega y otros relatos, una colección de nueve cuentos, la mayoría muy breves. He reseñado en este blog ambas obras, podéis consultarlo pinchando en el título de cada una. Es decir, la autora ha explorado tres maneras diferentes de desarrollar historias: la narración larga en su novela, las narraciones cortas en sus cuentos y el teatro en este caso. Este dato, junto con el hecho de que su temática es muy distinta a sus libros anteriores, al igual que los nueve cuentos de Diega y otros relatos son diferentes entre sí, confirma lo que señalé acerca de la expansión de su mente imaginativa y creatividad, así como de su vocación de escritora. Por otro lado, la mayor conexión entre esas obras está en su estilo, muy propio, dinámico, vitalista: uso fluido de un lenguaje perspicaz y vivo, la selección de los nombres propios de los personajes, un humor inteligente y un sentido de la ironía bastante fino, así como, y sobre todo, la forma de mirar a sus personajes, de hacérnoslos ver y el tratamiento entre ellos. Con tan solo tres obras, y no muy extensas, me reitero en la idea de que Ruth Román despliega un universo literario propio bastante entretenido, humano, cercano y profundo; sin embargo, no observamos esa ambición mal entendida de postureo autorial o de sobredignidad autoinducida, creída, que por desgracia se ve en otros escritores; tal vez la mayoría, yo incluido, hayamos caído en eso aunque solo haya sido por un día. Lee alguna de sus obras y dime si me equivoco o no: al leer a Ruth Román, lees a una autora que desea, como prioridad, desarrollar sus historias de una determinada manera, dar vida a unos personajes y unas posibilidades en sus tramas. Pero vayamos ya a Carlota, Alejo y la extraña azafata.
     Como ya he dejado reseñado en Amazon, Carlota, Alejo y la extraña azafata es una comedia que me encantaría ver representada. Es, de un lado, muy divertida, yo creo que es aquí donde el humor de Ruth Román corre más libre, especialmente por los diálogos y el trasunto de la propia trama. De otra parte, es muy original, en su idea fundamental y en su desarrollo. Es un tanto de enredos, te va llevando de sorpresa en sorpresa. Así que, sus características fundamentales tienen que ver con lo que acabo de mencionar, con su originalidad, su dinamismo y el entretenimiento y buen humor que nos deja como lectores/espectadores:

1. Una historia muy original con giros inesperados, se disfruta de todo el texto de principio a fin.
2. La caracterización de unos personajes muy peculiares, muy bien perfilados.
3. El lenguaje de estos personajes al hablar entre sí, los relevos sorprendentes que se dan en sus interacciones verbales, el cambio de foco de uno a otro dado por el propio diálogo (aquí no hay narrador, obviamente, aunque de las acotaciones también habría que hablar, pues cumplen su función de muchas formas). Con lo de cambio de foco quiero decir que tú, como lector/espectador, no puedes decidir quién es protagonista, vas empatizando con uno y con otro, o distanciándote de uno u otro, a medida que se desarrolla la obra, y se te da la visión de unos sobre los otros. Los equívocos pueden venir del propio lenguaje, que es muy característico además por un elemento del argumento que no puedo desvelar, aunque, más que equívocos (que uno no haya entendido bien a otro), son los juegos con los vocablos, las fórmulas y las construcciones que hacen a propósito los propios personajes. El poder del lenguaje, su capacidad de crear realidades, ¡vaya!, aparece en esta comedia, así como su uso para mover voluntades ajenas. También la ironía que se lanzan unos a otros, casi siempre entendida por el interlocutor, y siempre por el lector/espectador.
4. Giros constantes, sorpresas, enredos, tensión dramática (cómica, en este caso) que no se pierde en ningún momento.

     Tampoco es una comedia muy extensa. Se nota que su intención, entretener, hacernos pasar un buen rato de maneras inteligentes, se cumple sobradamente, sin mayores pretensiones ni ínfulas. Hablo de las pretensiones, porque cuestiones profundas las hay, pero no están dadas al servicio del argumento o como puntos clave a propósito en primera línea, sino que, en mi opinión, vienen solas, de la propia forma de ver el mundo y la literatura de la autora, de su cosmovisión de las personas y sus relaciones, y no de manera directa, no en este caso. Esta vez, y esto es lo que tiene haber leído sus obras anteriores, Ruth Román no parece haber querido construir ningún personaje con el que ella misma empatice al cien por cien o quiera que lo hagamos nosotros. Son personajes con los que reír en esta comedia, y su propia personalidad se ha puesto a ese servicio. Y, sin embargo, ¡vuelven a ser tan distintos unos de otros, con un lenguaje propio tan definido, tan inteligente y tan tonto cada uno a su manera...!

     ¿Y de qué trata? Pues esta es una cuestión que no se puede desvelar demasiado si no quiero chafarle la obra a los que lean esta impresión lectora. Así que acudo al título y a la brevísima sinopsis que la autora ha dejado en Amazon. A ver, el título da pistas. En primer lugar, si hay una azafata debe haber un vuelo, tal vez un aeropuerto o el interior de un avión constituyan el escenario. Luego, se nombra a tres personajes, así que al menos habrá tres, Carlota, Alejo y una azafata que nos empieza a dar mala espina al ser calificada de "extraña" y, si eres de los que les da importancia a la portada, por la cara de la azafata que aparece en primer plano. La idea fundamental es que dos pasajeros de avión van a tener que plantearse sobrevivir en un vuelo sin piloto con una azafata desequilibrada. Ahí es nada. Y confirmo, como la autora indica en Amazon, que no, que en este vuelo nada es lo que parece.

      Y, ya que estoy en Amazon, que es donde puedes adquirir esta comedia (solo en Kindle, que yo sepa), leo el comentario de una usuaria allí, que dice que le ha gustado mucho el libro porque le ha recordado a la lectura de una novela clásica, y creo entender por qué lo dice, y además, lo he apuntado ya en este artículo. A ver, más que novela clásica, yo diría teatro clásico, entendiendo ese clásico de una manera relajada, como si dijéramos los de toda la vida. Es, en mi opinión, por su estructura (en tres actos, escenas, ...), el uso de las acotaciones, los enredos y las sorpresas, el lenguaje, su intención misma. Ahí coincido con esta usuaria. En lo demás es bastante moderna. También señala que es cortita y muy amena. Sí, es breve, es agradable en ese sentido porque no incluye nada de relleno. Es sencilla en ese aspecto, está dirigida a un objetivo (desarrollar la idea mientras entretiene) en un estilo y con unas pretensiones muy definidas. Y sí, es muy amena, eso es verdad.
    
     Tendría que haber terminado el artículo en el párrafo anterior, parece que todo lo que se puede decir de la obra se ha dicho. Pero aquí estoy yo con mis movidas, qué le vamos a hacer. Y es que justo ahora me ha venido a la cabeza que en la novela Los abubillos el cine y el teatro son importantes. Me acabo de acordar de Ignacia Comino y la compañía Pies Cavos. Al contrario de las profundas y complicadas de entender películas de Lalo Lillo, esta compañía representa en el capítulo XIX de Los abubillos una comedia. Si quieres saber cómo se titula y de qué va, te remito a la novela, pero se menciona: título, género (comedia), número de personajes, y argumento básico, y que es divertida, entretenida, y que gustó mucho a esas almas nobles que habitan en Abubilla del Camino. Esa comedia está en una línea, según se ve, a la que se adscribe Carlota, Alejo y la extraña azafata; si Ruth Román la ha escrito o se atreviera a hacerlo, juntas empezarían a conformar ya un catálogo incipiente de un tipo de comedia muy característico. Así que, pensando en ello, en la propia Carlota, Alejo y la extraña azafata, en los encuentros entre abubillos y no abubillos, y en la mayoría de los cuentos de Diega y otros relatos, creo descubrir una característica creativa de la autora, la de poner a relacionarse e interactuar a unos con otros quieran ellos o no, a generar situaciones que pongan de relieve y saquen a la superficie cuestiones de cada cual. Y esta conclusión me parece muy reveladora.
     Otro pensamiento que se me viene a la mente es la sencillez como valor. No porque las obras de Ruth Román, en este caso Carlota, Alejo y la extraña azafata, sean simples, básicas, ¡para nada!, desde un punto de vista estructural y de tejido son complejas, o más bien completas, con distintos nodos que conectan desde diferentes planos. Me refiero a la sencillez de propósito. En este caso, es entretener, es desarrollar una idea que, por ser comedia, nos va a hacer sonreír y reír y que nadie me va a sacar de la cabeza que la misma autora lo hizo mientras lo pergeñaba, se le venían ideas y lo escribía. Y luego la sencillez, la sencilla y llana idea de completar su escritura desarrollando tu estilo, a tu manera, con tus toques, tu humor, tu visión de las cosas. Lo diré más claro, por si soy yo el que no es sencillo en su expresión. Yo no me imagino a la autora pensando: "Voy a escribir la comedia de las comedias, una obra maestra por la que me darán el premio Nobel". La veo más bien pensando: "Quiero escribir una comedia, esta comedia, quiero desarrollar esta idea, con esta estructura, y sé que lo voy a hacer bien y voy a crear el mundo que deseo crear aquí". Así de sencillo. Una obra autosatisfecha. Ella no te intenta impresionar: desarrolla, deja que sea. Luego sí te puede impresionar, la misma obra, por este motivo o por el otro. Y eso es un valor.
     En otra cuestión en que pienso, y este pensamiento será el último que exponga aquí, lo prometo, es en que esta obra es la última de la trayectoria literaria pública de Ruth Román. Y, como he comentado en otro lugar, me parece una lástima. Lo que quiero decir es que, leídas sus tres obras, no se ve motivo para que no hubiera más. Por ejemplo, un par de comedias como esta, al menos, o más cuentos como los de Diega y otros relatos. Porque talento tiene, y oficio, estilo también, ideas ya se ve que sí (y muy peculiares), es culta y sabe usar vocabulario selecto y construye muy bien enunciados, párrafos, diálogos, ..., y tiene una dirección propia que apunta a una trayectoria posible que, por supuesto, siempre puede evolucionar. Y, sin perder nada de esto, es versátil, ya se ve aquí en esta comedia, en un género distinto de la narrativa. Y pienso que tendría un público al que dirigirse muy prometedor para ella (es mi intuición).
     En todo caso, me alegro mucho de haber podido disfrutar de Carlota, Alejo y la extraña azafata. Me lo he pasado muy bien leyéndola y, por supuesto, te la recomiendo.

viernes, 21 de agosto de 2026

A TRAGEDIA CADA X: "ANTÍGONA", DE SÓFOCLES. IMPRESIÓN LECTORA.


Leo en la edición de José Vara Donado en Cátedra (SÓFOCLES: Tragedias completas, 1985; 27ª edición, 2025). Las referencias a páginas remiten a ella.


... la intransigencia es con mucho la más grande calamidad que asedia al hombre (p. 190)

Me encuentro muy entusiasmado con la lectura de esta Antígona de Sófocles. Entusiasmado, impresionado, estremecido, removido y conmovido. Muchísimo, me parece impresionante. En sí misma, tal y como la desarrolla, eso sobre todo. También por las múltiples conexiones que establece con mis lecturas de este año, como ISHQ. El color de las granadas, de Juan Andrés Moya, o Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, y a mis reflexiones de estas semanas, algunas volcadas en este mismo blog. Y personales: no sabéis lo que detesto, la aversión que me producen, las personas que podrían venir representadas por el Creonte de esta tragedia, los de resolución inflexible, de oídos cerrados, quienes acogiéndose a unas normas (legales, morales, religiosas), que en su caso no son más que reflejo de un ego implacable, hechas excusas de su propio pensamiento, anteponen su determinación con las palabras justicia y orden en la boca, preñada de egocentrismo ciego, a lo que el sentido común y la humanidad más básica dictan, y a la opinión de los demás: soberbios, obstinados, empecinados, pagados de sí mismos, que nunca ceden o lo hacen por interés propio y demasiado tarde por lo general, cuadriculados, reglados en su discurso e insensatos en sus intenciones. Y si los personajes femeninos suelen ser los de mayor fuerza dramática, algo que no se incumple aquí con esa Antígona tan potente (y cabezota y orgullosa también), y con la breve intervención de Eurídice, capaz de hacer lo que no supo Creonte, y ejemplo le había dado su hijo, desde luego es este, el personaje de Hemón, el que me ha dejado boquiabierto esta vez. ¿Cómo iba a sospechar yo que Sófocles incluiría el amor, el verdadero, en su Antígona? Me refiero al que ahora llamamos romántico, el fraternal ya se sabía. El amor-eros, el que no separa sentimiento de vínculo ni de carnalidad y deseo, el más puro y verdadero. Pues lo hace, ¡y con qué fuerza! 

     Pero, sobe todo, por cómo me ha afectado a mis emociones mientras afrontaba su final. Si ya me conmovió Las Traquinias, Antígona me ha superado, me ha superado completamente. No por desconocimiento de su trama, sino por cómo la transmite. Todavía estoy con réplicas internas mientras escribo aquí. 


*


     Como en cada tragedia griega, el público original conocía perfectamente la historia que desarrollaba la obra, en este caso la de Antígona y Creonte. En el mío, la conozco especialmente por las conferencias de Eva Tobalina a las que en otra ocasión hice referencia, a mis lecturas de las introducciones a las tragedias de ciclo tebano y, ¡claro!, ya sí puedo decir que por Esquilo (en su final de Los siete contra Tebas, comentado en este blog, y en el que ya decía yo que anticipaba esta tragedia de Sófocles). Estas historias, tan interesantes, de tanta tensión y con tantos giros, no podían sorprender a un público que se las sabía, no en sí mismas; la sorpresa y el interés, entonces, estaba en el enfoque que el tragediógrafo les daba, y los detalles que él pudiera aportar. ¡Sófocles! Ya lo voy conociendo mejor. Ahora constato de manera consciente, y he disfrutado en mi interior, la mayor variedad que introduce en su obra, el manejo de más elementos, su dinamismo, que incluso puede poner algunas escenas en cierto modo cómicas en una trama tan tremenda como es, en este caso, Antígona, y luego llevarte a una tensión dramática de estas que te dejan sin respiración; que puede generar auténticos discursos extensos en boca de este u otro personaje, o del coro, como hacer que se produzcan intervenciones cortas y sentidas entre dos o más personajes. 

     Los hijos de Edipo, Eteocles y Polinices, se han matado mutuamente en el asedio de los argivos a Tebas. Ellos habían pactado turnarse como reyes de Tebas; sin embargo, Eteocles incumple el pacto y se mantiene como monarca. Polinices, casado con la hija del rey de Argos, ataca su propia ciudad. Las siete puertas de Tebas son defendidas por siete campeones de la ciudad, la última por el propio Eteocles, que se enfrenta a su hermano y los dos acaban muertos en ese enfrentamiento. Tebas vence, la ciudad se salva, y Creonte, tío de los mencionados, queda al cargo del gobierno. Se honra a Eteocles, al que se le da sepultura con honores. De su hermano, sin embargo, Creonte decreta que quede expuesto para que las alimañas consuman su cuerpo, dado que atacó su propia ciudad, y los enemigos no merecen sepultura. Este es el punto inicial que debemos conocer previamente para iniciar la lectura de Antígona. Esta decisión de Creonte se decreta como ley, y el que la transgreda será reo de muerte. Una ley humana que debe ser respetada, y esta cuestión, que ya vimos al comentar a Esquilo, es muy relevante en cuanto a las polis griegas, el respeto a la autoridad, que viene respaldada por las divinidades olímpicas (no quiero acordarme de Agamenón, ¡qué asco le he cogido, por favor!). Sin embargo, existen otras divinidades, más antiguas, como observamos igualmente en Esquilo, muy al vivo en Las Euménides. Está en la moral más primitiva. Y esta es la cuestión con la que empieza la obra, ya sí. Las hijas de Edipo, las hermanas de los fallecidos, Antígona e Ismene, se debaten entre obedecer la ley humana, por la que se inclina esta última, que entiende que no puede hacer otra cosa (... porque no tiene sentido intentar acciones superiores a las posibilidades de uno, p. 149), y Antígona, que prefiere obedecer la ley divina antes que la humana, una cuestión moral muy básica: dar sepultura a su hermano Polinices (esto nos "recuerda", anacrónica y anticronológicamente, a ese bíblico Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres, en Hechos de los Apóstoles 5:29). 

     La obra empieza así, en el palacio de Tebas, con el diálogo de las hermanas. Antígona, entonces, afrontará sola la labor de enterrar a su hermano, sabedora de las consecuencias (Es un honor para mí morir cumpliendo con este deber, p. 149). Se increpan mutuamente: Antígona llama pusilánime a su hermana (Pero tú, si es tu gusto, continúa despreciando lo que los dioses aprecian, p. 149), y ya no la quiere a su lado, no va a insistir; por su parte, Ismene llama a Antígona imprudente y obstinada (¡Oh tú, que no te detienes ante nada!, ibíd.). 

     La ciudad, que acaba de librarse del asedio al fin, va a celebrar, y por su puesto se menciona a Baco. Pero Creonte convoca una asamblea de ancianos donde hace oficial su resolución. Entonces aparece uno de los guardianes del cadáver de Polinices y trae malas noticias para Creonte: alguien ha vertido tierra sobre el difunto y hecho honras fúnebres, y los guardianes no se han dado cuenta, nadie sabe quién ha sido. Creonte presupone que es un hombre, o varios, movidos por el dinero. La ganancia económica es su excusa para desconfiar de todos. El guardián está muy temeroso ante Creonte, porque sabe cómo se las gasta, y así es de terrible: va a ejecutar a los guardianes como no salga el culpable. 

     Como dije al principio, y también comenté en Las Traquinias, Sófocles es capaz de introducir elementos "cómicos" en sus tragedias, como uno de sus elementos novedosos. Porque, sinceramente, cómicos me parecen los diálogos de este guardián con él (en este al principio y el que posteriormente tendrá lugar). Por otra parte, las metáforas marinas son constantes en esta obra (alegoría marina, más bien). 

     Aquí el coro se pone filosófico, profundo (¡el hombre con soluciones para todo!, p. 160). "Todo tiene solución menos la muerte", un dicho muy de aquí que recuerdo a mi abuela pronunciarlo (No hay evento al que se enfrente sin soluciones. / Únicamente no se procurará escapatoria del Hades, ibíd.).

     Entonces entra el guardián de nuevo con Antígona detenida. Dirigiéndose a Creonte, vuelve a expresar que lo pasó muy mal la otra vez ante sus palabras regias. No era para menos, desde luego, los iba a liquidar si no aparecía un culpable, que para sorpresa de todos es una muchacha, Antígona, pero verbalizarlo ante el rey, y cómo lo hace, me sigue pareciendo cómico. Creonte le pide detalles de la detención, ya que la acusación es grave. Básicamente lo que cuenta es que, tras "desenterrar" a Polinices y limpiarlo, el olor a cadáver es tan nauseabundo y persistente que los guardianes tienen que tomar aire, y entonces pillan in fraganti a Antígona, que se había lamentado a gritos de ver limpio el cuerpo de su hermano y vierte abluciones sobre él. Antígona no lo niega, impasible, lo que provoca en el guardián dos sentimientos encontrados: satisfacción porque salva el cuello y tristeza por el destino de ella. Antígona se reafirma ante Creonte, despreciando su autoridad, pues su edicto transgrede las leyes de los dioses, no escritas e inmutables: ... si he de morir antes de tiempo, yo lo cuento como ganancia, ... (p. 163, lo que otra vez nos lleva mentalmente a la Biblia, anacrónicamente, a Filipenses 1:21). Es ganancia por todos los sufrimientos que lleva encima, tantas calamidades en su familia. 

     Del diálogo tenso entre Creonte y Antígona, hasta el punto de que Antígona le pida que la mate ya para no seguir oyéndolo, destaco su respuesta a lo que el nuevo rey le había dicho, a ese Tienes que saber que jamás el enemigo, ni aun muerto, es amigo (p. 165). Las palabras de Antígona ante esto son: Tienes que saber que nací no para compartir con otros odio, sino para compartir amor (ibíd.). Impresionante. 

     Creonte cree que Ismene, que aparece llorando por su hermana, es también culpable, y las quiere ejecutar a las dos. Ismene no lo niega: quiere morir junto a Antígona, ¿cómo iba a vivir ya sola, sin ella? Pero se produce una discusión entre ambas ante todos, dado que Antígona la repudia, no quiere que comparta ese honor con ella cuando realmente no ha hecho nada por su hermano fallecido. Entonces Ismene se vuelve a Creonte, y le pregunta si va a ser capaz de matar a la prometida de su hijo Hemón. ¡Por supuesto que sí!: Sí, pues también los campos de otra admiten arado (p. 167), imagen de carácter sexual que no necesita explicación por mi parte. Algo que niega Ismene, aludiendo a la compenetración entre los prometidos, a su compatibilidad, al amor. A Creonte le da igual, la va a ejecutar. Para entender cómo de cabezotas y obstinados son tanto Antígona como Creonte, hasta el punto de ser incapaces de ver la solución evidente de enterrar a Polinices fuera de los campos de Tebas, véase la Introducción de Vara Donado a esta tragedia.

     Ahora la obra se enfoca en cómo afronta Antígona su destino inminente. El coro llega a cantar: Bienaventurados aquellos cuya vida está exenta de calamidades, / pues a aquéllos cuya morada sea sacudida por el dios no les falta desastre alguno, sino que éste los persigue durante un sinfín de generaciones (p. 167). Traigo ahora esta cita aquí por dos motivos. El primero, y menos importante, es por cómo conecta el primer verso con mi reciente artículo acerca de los cambios de la fortuna en la literatura y la vida, podía haber sido una cita en él si la hubiera leído antes. Pero especialmente, y esto es importante, para recordar cómo en las tragedias griegas clásicas el destino nefasto se extiende de padres a hijos (como comprobamos ahora con la casa de Edipo), entre familias y linajes, generación tras generación. 

     Aparece Hemón. Su padre espera que le respalde. Él, sin embargo, trata de que entre en razón, reconviniéndole. Defiende a Antígona, y le dice a su padre cosas como que no constituye desdoro alguno para un varón, por sabio que sea, aprender infinidad de cosas y procurar no pasarse de intransigente (p. 171), y después, el ruego: ... cede, dale a esa tu corajina un breve respiro (ibíd.). El corifeo trata de conciliar, pero Creonte, que si ya antes había declarado que ninguna mujer se le iba a imponer, ahora dice lo mismo refiriéndose a los jóvenes. Y después a la ciudad entera, al pueblo, cuando su hijo le diga que la gente ve mal lo que está haciendo con Antígona. Hemón lucha por Antígona ante su padre todo lo que puede, cada vez menos diplomático a medida que la discusión sube de tono, en un diálogo encendido que deja perlas constantemente. Por ejemplo, a la pregunta retórica de Creonte: ¿No es norma considerar la ciudad propia del jefe?, es decir, de su propiedad, responde su hijo: Si así fuera, ¡qué bonito sería que mandaras tú en un país completamente deshabitado excepto por ti! (p. 172). Y en la página siguiente, ante el reproche de su padre: ¡Infame individuo! ¡Mira que subordinarse a una mujer!, la espectacular respuesta de Hemón: Tienes que saber que no me cogerías sometido en lo más mínimo a nada deshonroso. Al final, ante tanta obstinación, le comunica que, si Antígona muere, él también. Y Creonte, en lugar de entender la clara señal de su propio hijo, trata de quedar por encima declarándole que ejecutará a Antígona y le obligará a presenciarlo. Esa escena, de producirse, me llevaría de cabeza a uno de los capítulos más emotivos de Ishq. El color de las grandas, de Juan Andrés Moya, un episodio y una novela que no puedo olvidar, y no será esta la única concomitancia (mi impresión lectora, aquí). Sin embargo, Hemón no lo consiente, y escapa corriendo y furioso.

     Y entonces... ¡el coro canta sobre el amor, sobre el poder absoluto del Amor! Y ensalza a Afrodita. En sus lamentos, pues ya Antígona se enfrenta a la inminencia de su muerte, la muchacha hace referencia de nuevo a que toda esta desgracia comenzó por Edipo, pero especialmente insiste en que se va a morir sin haberse desposado, sin conocer el tálamo. Se va a desposar con la muerte. Muere doncella, sin saber lo que es el lecho con un marido, como el colmo de la desgracia. ¡Afrodita! Las páginas 176 y siguientes son muy emotivas. También se lamenta de que nadie la llora.

     El método de ejecución es como enterrarla viva, parece una especie de ironía o burla por el delito del que se le acusa, enterrar a su hermano. La van a llevar a un lugar deshabitado y a encerrarla en una covacha para que muera allí, otro paralelismo con Ishq. El color de las grandas, una obra maestra contemporánea que mi sensibilidad seguirá mencionando en futuras ocasiones, D. m., estoy convencido.

     Tiene que aparecer Tiresias con sus augurios, y muy serio, para que todo esto cambie en cierto modo. Discute con Creonte, trae vaticinios terribles. Los dioses no aceptan las ofrendas desde que Polinices está sin sepultura, "por la particular manera de ver Creonte las cosas", según Tiresias. Le pide que recapacite: La obstinación, ¡por supuesto!, incurre en torpeza (p. 182). Pero el dictador vuelve a rechazar buenos consejos. Y ya Tiresias profetiza la muerte de su hijo, haciendo referencia a los dioses infernales (los del Hades, o tal vez aquellos más antiguos a los que hacía referencia antes, y también Antígona, a esa moral anterior a la religión establecida): Dioses infernales sobre los que ni tú ni los dioses de arriba tenéis competencia... (p. 184). Entiendo que eso de "los dioses de arriba" quiere decir los del Olimpo.

     Tiresias se va. Ante tan terribles vaticinios, Creonte pide consejo al corifeo, que le dice que es mejor que saque a Antígona de donde la ha encerrado. ¡Y cede! Temeroso, da su brazo a torcer. Pero es tarde. Un mensajero lo cuenta: "De nada vale el enriquecimiento y el poder si pierdes la alegría" (p. 188). Hemón se ha suicidado. Y si ya era emotivo el planto de Antígona, el final de esta tragedia es brutal.

     Sale Eurídice, la esposa de Creonte, del palacio. Algún rumor de calamidad ha oído y le pide al mensajero la historia completa. El mensajero se (nos) la cuenta. Creonte y su comitiva, primero, limpiaron el cadáver de Polinices, lo quemaron y levantaron un túmulo. Después, cuando llegan a donde está encerrada Antígona, escuchan gritar a Hemón. Este ha descubierto a su amada colgada por su propio velo al cuello, Hemón está abrazado a su cintura. Hemón, cuando ve a su padre, le escupe en la cara y trata de darle una estocada con la espada, pero Creonte se aparta a tiempo. Entonces se la clava a sí mismo hasta la mitad y estrecha a la doncella en sus brazos, moribundo. Y si Sófocles me parecía cómico en los diálogos del guardián, fijaos ahora lo trágico que está siendo, y qué tremenda esta descripción: Y respirando con dificultad arroja brusco efluvio de un chorro de sangre sobre la blanca mejilla de la muchacha (p. 190).

     Eurídice, tras escucharlo todo, no dice nada, entra en palacio en silencio (lo que nos recuerda a Deyanira cuando recibe las noticias de su hijo y sus duras palabras en Las Traquinias). No es normal ese silencio, eso se comenta. Cuando aparece, destrozado, Creonte con su hijo Hemón en brazos, arrepentido de su decisión y terquedad, le dicen que su esposa también se ha suicidado. Y Creonte se declara culpable de todas esas muertes.

 

*


     Por más que yo u otro te cuente, y mira que esta vez he destripado bastante el argumento, hay que leerla. Lo dije al principio, no es que sepas de qué va, el público originario de Sófocles también lo sabía de antemano. Es la expresión, la manera, la poesía, el curso de las palabras , las imágenes, los énfasis de intensidad. Para mí, lo repito, ha sido de una intensidad emotiva impresionante, me ha superado, de verdad. No me extraña que sea una de sus obras más célebres. Miedo me da, en el sentido popular de la expresión, Edipo, rey, la siguiente de Sófocles. Mejor que me vaya preparando.


jueves, 20 de agosto de 2026

"MEMORIAS DE UNA ALQUIMISTA. EN EL BORDE DEL TIEMPO", DE LISEET MATA MARTÍNEZ. IMPRESIÓN LECTORA.

 


INTRODUCCIÓN MUY PERSONAL

Lo estaba leyendo poco a poco, como tiene que ser. Con sus primeros seis capítulos, tan centrados en Abaddon, iba muy despacio, combinando esa lectura con otras y las demás actividades de mis rutinas veraniegas. Después di un pequeño acelerón y hoy, o más bien ayer, 20 de agosto, me levanté con el convencimiento de que era bueno dedicar el día a su lectura hasta acabarlo, y así he hecho, traspasando como treinta minutos el límite entre el jueves y el viernes. 
     Hoy ha sido un día especial un tanto. Hace poco hubo un incendio en unos bloques cercanos a donde vivo y hoy ha estado lloviendo por rachas, las energías estaban movidas. Acompañado de esta lectura, y muy sumergido en ella, intensa como es, en el buen sentido, he tenido que ir haciendo paradas por un estado emocional que ha fluctuado en recuerdos sobrevenidos, no buscados, y que parecían querer cobrar vida de nuevo, o más bien significados. Esto es muy personal, enseguida me centro en esta obra, pero era algo de lo que quería dejar constancia, al fin y al cabo doy impresiones lectoras y la subjetividad es un derecho reservado en este blog personal. También porque la propia autora, Liseet, en su dedicatoria, dice estar segura de que encontraría momentos que me harían reflexionar, y así ha sido. Lo único que esa reflexión no solo ha sido intelectual y no solo ha sido acerca del contenido de esta novela; también ha incluido una especie de meditación emotiva personal, quien sabe si un drenaje necesario que la lectura de Memorias de una alquimista. En el borde del tiempo ha provocado. 
     No hacía mucho que me había releído el primero de su trilogía, Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, y había publicado mi impresión lectora aquí en este blog. Os remito a ella por si no la habéis leído y estáis interesado en esta segunda novela de Memorias de una alquimista. Todavía tenía las vibraciones de su protagonista, Laia, de los demás personajes y de su espíritu, así que por fuerza la conexión permanecía. Esa era uno de los motivos, no el principal, de haber querido avanzar así, que no se cortara o desgastara mucho la conexión. También que quiero prepararme para su presentación del 18 de septiembre, y era muy apropiado tener leída esta obra cuanto antes (sin perder profundidad en la lectura, por supuesto, lectura íntegra), para ya poder repasar e investigar algunos asuntos que se relacionan con ella mientras regreso mi mirada a mi propia obra, escrita y por escribir, a un curso nuevo que se aproxima y a otros libros que simultaneo. No era mi objetivo acabar hoy: si así ha sido es, aparte de porque dispongo de ese tiempo, porque me ha tenido enganchado y he sentido que era el momento. En fin, aquí acabo esta curiosa introducción. "Curioso" es una palabra interesante, además. Mientras leía esta novela, he de confesar que volvía a pensar en lo curiosos que son los libros que están cayendo en mis manos últimamente, y me encanta. Porque el mío lo es, y soy consciente. No son libros ajustados a géneros como corsés; y en este caso, Memorias de una alquimista, no es precisamente una novela convencional al uso, ni mucho menos. Es muy especial. Vamos a ella, a En el borde del tiempo.

MI IMPRESIÓN LECTORA

Memorias de una alquimista. En el borde del tiempo, de Liseet Mata Martínez (Aliar Ediciones, 2026), es una novela estructurada en Introducción, veintiséis capítulos y una Nota Final de la autora, que prosigue la anterior novela de su trilogía y señala a la última (como es bastante lógico, por otra parte). La polisemia rezuma en los dos sustantivos del título general, Memorias de una alquimista, y lo que le sigue, En el borde del tiempo, late con unos significados que se comprenden a medida que se avanza por sus páginas. Esto de la polisemia de memorias y de alquimista tal vez lo haya dejado apuntado en otra parte, y desarrollarlo tampoco sé si conviene. En el caso de la alquimia, porque en esta ocasión la propia novela va a dejar claro cuál es la verdadera; y lo de memorias se expande en acepciones: recuerdos, diario, la novela como memoria biográfica, y un significado de mayor trascendencia. 
      Y es que Memorias de una alquimista. En el borde del tiempo, sí, es una novela: personajes; trama; planteamiento, nudo y desenlace; diálogos y descripciones; tensión; resoluciones; historias entrecruzadas; sorpresas; ..., literatura, al cabo. Pero es más. Incluye bastantes conceptos históricos y, sobre todo, de sabiduría filosófica, hermética, alquímica y gnóstica desde un punto de vista especialmente dirigido al despertar de conciencias, llegando a definir lo que para sus personajes principales, y pensamos que para la autora, es la verdadera alquimia (a lo largo de la obra; reflejo importante de esto en el capítulo XX, Lo que nunca fue un juego). Esto ya lo vimos en la primera de la trilogía, y prosigue aquí, profundizando y desarrollando caminos ya abiertos y explorando otros nuevos. Esto de por sí hace que se trate de una lectura intensa en el sentido positivo de la palabra, y a esta intensidad se añade, de nuevo, la caracterización e interacción de unos personajes con los que se va empatizando y que es capaz, al menos en mi caso lo ha vuelto a hacer, de tocarte la fibra de las emociones (para mí, el capítulo XXIV, La última forma del vínculo, ha sido muy, muy emotivo). 
     Más que novela intensa, que lo es, yo diría que es una experiencia intensa, una obra vibrante y latiente, con alma propia y que respira a diferentes ritmos. La propia autora describe brevemente, en su nota final, cómo está siendo su proceso de escritura; de todos modos, dado que la protagonista, Laia, también es escritora, llega a confesar su propósito como tal con una declaración que podría llegar a pensar que también es la de Liseet: Quiero escribir algo que pueda inspirar el alma de aquel que cree que está perdido, ... (cap. XXV, La memoria escrita, p. 230) y en el cap. XXVI, Esto no es solo una novela... (p. 241). En definitiva, y en lo que a mí respecta, ha sido una lectura intensa que ha ido conectando con diversas estructuras de mi ser, como un poco acabo de decir en la Introducción Personal.
     La novela empieza con un tono de misterio, un tanto gótico al decir actual, y eso está muy bien: comienza con interrogantes. Muy pronto nos daremos cuenta del valor de un concepto que se va a estar redefiniendo y explicando a sí mismo en mayores dimensiones, un concepto que se amplía: el tiempo. Junto a él, los estados de conciencia, el mayor sentido de recordar (vinculado a la verdadera salvación), la integración, la trasmutación y la coherencia van a ir adquiriendo sus auténticas proporciones, al tiempo que vamos descubriendo, en el hacer, hablar, pensar, sentir e interactuar de los personajes, cuestiones relacionadas con el culto gnóstico, los procesos alquímicos, la nigredo, los símbolos, la ley de causalidad, el linaje, los portales, ...  
     Con respecto a la simbología, me parece muy revelador el significado de la estrella de seis puntas que se da en el capítulo VII, El legado ancestral, y que tan importante es para la novela. 
      Como construcción narrativa, dejaré apuntados algunos aspectos, los que me han llamado más la atención. Uno de ellos son las correspondencias, dentro de unos personajes muy bien definidos y desarrollados. Es un placer lector sin duda descubrir o dejar que la autora (el narrador) te descubra correspondencias entre personajes, y no puedo desvelar más sin hacer espóiler, así como sus funciones. E igualmente lo que pueden llegar a simbolizar en sí. Y, como ya dije, sus relaciones, y sus transformaciones.
      Lingüísticamente, no voy a descubrir yo que Liseet usa un buen vocabulario y formación de enunciados, y posee estilo propio. La voz narrativa, esta vez, se maneja bastante bien con frases muy cortas. Ellas suelen articular construcciones adversativas totales (no... sino que...), a veces en lo formal, en otras ocasiones semánticamente a base de oraciones simples muy breves. Negar para luego afirmar; decir lo que no es, aunque lo pudiéramos pensar, para luego expresar lo que sí es, parece una necesidad cuando se trata de aclarar cuestiones en ocasiones hasta inefables. 
      Además, la obra te deja frases lapidarias muy impactantes. Mi cuaderno está plagado de ellas, como Porque el miedo pertenece a quienes aún sienten algo que perder (cap. VI, La fractura del alma; p. 61) o la que más me ha gustado, esa de la página 145 que empieza por Porque algunas oscuridades... y que no sigo, porque, ¡oye!, habrá que leerse el libro, ¿no? En todo caso, más allá de frases fuera de contexto que sí, te dejan pensando, vibrando a altas revoluciones los últimos chacras, tú notas perfectamente que la autora no va dando palos de ciego por conceptos que simplemente dejase apuntados por llamativos, sino que los entiende, los interpreta, los controla y los expresa. 
     Así que, esto es una novela, pero no es solo una novela (p. 241). Te invito a adentrarte en sus páginas. Muy pronto me verás hablando de ella, literalmente eso de hablando. Hablando, no escribiendo.





domingo, 16 de agosto de 2026

"MICRORRELATOS Y AFORISMOS. PÍLDORAS LITERARIAS", DE DANIEL GUERRERO BONET. IMPRESIÓN LECTORA.

 


Es una tentación empezar con alguna cita de la propia obra, sobre todo un aforismo completo, una tentación en la que no voy a caer. No puedo, sería un despropósito. Todavía la frase de un microrrelato, descontextualizada, podría venir bien, pero hacerlo con un aforismo sería un espóiler en sí mismo, algo imperdonable por lo demás, y delictivo, por el tema de derechos de autoría: ¡estaría compartiendo un texto completo! Sería como arrumar la carga con una sola valija, como arrimar el inmenso amor sentido en una sola palabra, robar la joya escogida, toda una fortuna que cabe en un bolsillo.

     Escribir el prólogo de una obra ajena es toda una sensación que comienza antes de ponerte a leer: tienes en tus manos, y tendrás ante tus ojos, un secreto aún, y el privilegio de ser uno de los primeros lectores. Saberlo de antemano te predispone, además, a una lectura diferente, aunque en este caso me permití, como un sibarita, hacer una primera lectura como si nada, como un lector más. Después, eso sí, con la encomienda en mente, vuelves a la contemplación de los textos con ojos escrutadores. Un lector beta haría lo mismo, porque tiene que darle un reporte al autor, pero si vas a prologar, ¡amigo, amiga!, sabes que el reporte se lo estarás dando a los lectores de la obra una vez publicada. Así que me pregunto: ¿tiene sentido dar una impresión lectora en este blog de Microrrelatos y aforismos. Píldoras literarias de Daniel Guerrero Bonet, si eso es algo que ya hice al prologarlo? Pues sí lo tiene, sí. La confección de un prólogo sería para explicarla en otro momento, no es lo mismo que lo que hago aquí. Tiene su punto literario y es emocionante. No es lo mismo estar en el zaguán para hacerte pasar al interior que quedar contigo en una cafetería para hablarte de la casa. Las impresiones lectoras que doy en este blog, que no reseñas, vienen con mi subjetividad, es cierto, pero necesitan ser informativas y descriptivas de manera que se entienda mi experiencia lectora y aporte algo a los demás de una forma diferente a como lo hace un prólogo, del que tampoco quiero hacer espóiler. Además, opera benéficamente la distancia, en este caso temporal. El prologuista y el lector beta están adelantados: han leído antes que el público general, ya ha pasado cierto tiempo desde que me adentré en la obra, si bien es cierto que la intensidad de la lectura te permite no olvidarla, ni en general ni en los detalles. 

     Microrrelatos y aforismos. Píldoras literarias, de Daniel Guerrero Bonet (Punto Rojo, julio de 2026, fijaos qué reciente) es la tercera obra literaria de este autor, quien en sus dos anteriores (Cuentos minúsculos que asoman a realidades sorprendentes e Historias hospitalarias. Cuando las paredes hablan) ya demuestra su voz propia en narraciones breves. Despliega un total de setenta y siete microcuentos de muy diferente cariz: desde sorprendentes hasta bellos, desde anecdóticos hasta profundos. Su sensibilidad se demuestra de diferentes formas, como distinto es un microrrelato de otro. La percepción de lo bello en las cosas sencillas e importantes de la vida, el anhelo y la melancolía, la sorpresa y las asociaciones que habían pasado desapercibidas conviven con temores y con la constatación de la realidad tal y como es, en muchas ocasiones dolorosa, cruel o indiferente (esa es otra crueldad, la indiferencia...). Tras ellos, los setenta y siete escogidos, la obra continúa con una colección de aforismos que comparten sus características en forma, fondo, tono e intención. Ya salimos de la ficción, que no de la literatura, y Daniel nos habla de manera aún más directa con saetas lanzadas a diana. Y variados también: unos son reflexivos, otros impresionistas, los hay fríos y también calientes, flechas con punta de acero afilado o incendiarias.

     Muy bien escrito, ese es el estilo de Daniel Guerrero: palabras y frases claras y a un tiempo seleccionadas y construidas con toda la intención literaria. No usa artificios verbales en su expresión, ni hay trucos en su contenido, y muy pocos saben escribir así. Sus textos te hacen pensar, te abren interrogantes, te pueden conmover en su acercamiento de mirada realista y sensible a lo genuinamente humano o hacerte soltar una carcajada de risa o de ironía. Daniel Guerrero es fiel a su estilo hasta en los títulos de sus libros, y aquí no hace excepción. Por eso los pongo siempre completos. Tiene una parte descriptiva, te expresa lo que es desde la misma portada, en este caso son microrrelatos y aforismos, lo que es. Pero asimismo te deja su seña creativa en una frase breve, en este caso un sencillo sintagma nominal. Ahora es Píldoras literarias, todo un aforismo en sí, conceptista, con varios significados a la vez. ¿Por qué píldoras? Porque son textos breves, dirás. Sí, por supuesto. Pero fíjate, sabemos que Daniel procede profesionalmente del ámbito sanitario. Una píldora te la tienes que tomar y provoca un efecto. Además, una píldora contiene una sustancia dentro: su carcasa desaparecerá una vez en el interior del organismo para que su contenido fluya libre por nuestra corriente sanguínea y llegue a todas las partes del interior de nuestro cuerpo, de nuestras células. Provocará un efecto al órgano al que está destinado. ¿Cuál será en nuestro caso como lectores? ¿El cerebro, el pensamiento? ¿El corazón, las emociones? ¿El estómago, todo lo que hay que digerir? Pues ya me contarás cuando lo leas, son muchas píldoras, y no son todas iguales. En definitiva, a mí me parece muy reveladora la imagen de la píldora, más allá de que a algunos les pueda recordar a la azul y la roja de Matrix: es el propio concepto de encapsulamiento, que se da en toda la naturaleza, que permite que algo enorme ocupe un espacio mínimo, como el ADN, por ejemplo. ¿Cuántas cosas hay que, siendo pequeñas a nuestros ojos, si se desplegasen alcanzarían la distancia de la Tierra a la Luna?

"DIEGA Y OTROS RELATOS", DE RUTH ROMÁN. IMPRESIÓN LECTORA.

 


 Diega y otros relatos, de Ruth Román (diciembre, 2017), es un libro de nueve cuentos y microcuentos que me ha encantado, fijaos qué directo soy dando mi impresión lectora esta vez, para que no haya dudas. Me ha encantado en varios sentidos del verbo encantar y, por supuesto, ahora expondré por qué, qué he hallado en una obra tan breve cuya autora publica apenas dos meses después de su novela Los abubillos. Se encuentra en Kindle, solo en Kindle, que yo sepa, al igual que su siguiente obra, una comedia en tres actos que de seguro estará muy pronto comentada en este mismo blog.

     Estos nueve cuentos son de una alta sensibilidad en cómo son tratados sus temas y cómo se presentan y desarrollan los personajes principales de cada uno. Su lectura es sencilla, ligera, precisamente por ese estilo narrativo muy propio de la autora, su voz narrativa, que parece llevarte de la mano. En solo nueve relatos, muy breves, la mayoría microcuentos, Ruth Román despliega todo un universo literario, que para mí ya es reconocible hasta cierto punto tras haber leído Los abubillos pero que, igualmente, me sorprende en varios de ellos por explorar otros aspectos distintos a los que aparecen en su novela. Pero simplemente con las nueve historias que aparecen aquí es suficiente para asegurar eso de su universo literario, un cosmos propio que hace que nos sepan a poco solo nueve relatos... Su universo está compuesto por su voz narrativa particular, cuidada y natural a la vez; una determinada manera, respetuosa y sensible, de tratar a sus propios personajes al tiempo que les dota de una psicología y una biografía rica y coherente; los temas de interés que resalta (elogio de la vida sencilla; fe en el ser humano, en su valía; respeto y disfrute ecológico; ...); el trasfondo de los conflictos y su forma de resolverlos (su tendencia a determinado tipo de resolución); una imaginación sorprendente y característica; un humor blanco que asoma en el momento adecuado; una ironía fina que lo que hace es mostrar con algo más de intensidad la realidad de las motivaciones, intenciones y actos; claridad de ideas de sus personajes principales (que no siempre serán humanos); y, valga la redundancia y sobre todo, la humanidad de su visión en ellos. Aquí me cuesta explicarme, porque decir que su tono suele ser dulce, tierno, puede llevar a engaño, ya que a un tiempo es consciente e inteligente: es un tono dulcemente inteligente, tiernamente consciente. Igual que en Los abubillos, aquí. No obvia las dificultades, los problemas, las taras, las tristezas, pero las resuelve buscando la cara más lúcida de ese poliedro tan complejo de la existencia de sus personajes (y las nuestras), y por lo general decide quedarse en ella una vez localizada. Ahora comentaré, en dos de sus relatos, el punto de tristeza al que me ha llevado justo un poco antes de acabarlos. La Ruth narradora no es ajena a la parte oscura de la vida y la realidad, ni tampoco la soluciona con finales felices per se o con un socorrido Deus ex machina, ni con simple aceptación, sino que la amabilidad, la fe en el individuo y su potencial, y el optimismo triunfante, aunque sea al final de manera tímida (casi siempre lo es todo el tiempo y no tímida en su manera, precisamente, pero alguno hay así), así como la victoria de la sencillez del alma humana y la coherencia es lo que supone la auténtica salvación, precisamente el mantenimiento o el hallazgo de la autenticidad sin avergonzarse de ella. Por eso me ha encantado, me ha vuelto a dejar fascinado Ruth Román, otra vez.
      Nada de buenismo, hay bondad elegida e inteligente, pureza de corazón escogida y voluntaria por el personaje. Por eso decía que sí, que Ruth me ha llegado a hacer sentir tristeza en algunos de sus relatos, aunque tiene el detalle de que no esté en el final, en su justo final. El primero, "Diega", lo consiguió, me conmoví y además creí que terminaría así, mientras pensaba si no iba a encontrarme con una Ruth diferente a la de Los abubillos, así empecé mi lectura. Por cierto, y por si no lo he dicho, me encanta cómo elige los nombres de sus personajes, suelen ser bastante curiosos, esa es otra de sus características como autora. El tercer relato, "El cumpleaños de Benita", que me llevó a una Abubilla del Camino que no se menciona y con un alcalde muy diferente al que conocí, me engañó completamente cerca del final. Lo hizo a propósito Ruth, es evidente: crees que acaba de una forma y consigue ese efecto con maestría en pocas palabras. "Guayarmina", el séptimo relato, podría ser el más divergente del resto, de principio a fin, por eso digo que son relatos con diversidad, tanto en las historias en sí, como en el perfil de personajes y el desarrollo y final.
      La base de estos nueve relatos, desde el punto de vista del contenido, es la superación, hablo en general. Sus protagonistas, por motivos muy diferentes en cada historia, tienen una traba o están en desventaja, se enfrentan a una situación grande y grave que superar. Esta dificultad puede o no resolverse en sí misma, pero lo que sí se resuelve es la dignidad de estos personajes, el descubrimiento por su parte de su verdadera dignidad. Ruth los dignifica, les otorga un valor inmenso que ellos al final encuentran, y esa es la auténtica solución, el impresionante final feliz. 
     Son historias muy originales en sí mismas. La sorpresa de algunos finales demuestra su buen manejo del cuento y el microrrelato, pero lo más importante no es que en muchos de ellos nos sorprenda el final, sino que ya su planteamiento nos sorprende, también su nudo. Suele dejarte pensando, a veces cognitivamente, a veces en lo emocional, y en muchos casos también te deja sonriendo. Yo creo que eso es lo que pretende Ruth Román la mayoría de las veces: dejarte sonriendo en tu empatía hacia sus criaturas. Y repito: su soltura al escribir, su sensibilidad humana y la sorpresa es lo que más destaco de estos cuentos, por eso son encantadores.
     Tres de sus historias ("El cumpleaños de Benita", "Nube y el arte de vivir" y "El aire") traen ecos de Los abubillos. Lo digo así no solo por el orden cronológico de las publicaciones, sino porque su novela la leí antes, para mí son ecos de Los abubillos aquí. Si en realidad fue así, o fue al revés, que la materia de estos tres relatos se llevase a la novela, o incluso el primero de ellos pudiera ser su germen, algo a lo que me inclinaría a pensar, ya que en Los abubillos parecen más desarrolladas esas ideas, o incluso ser simultáneos novela y relatos, es algo que desconozco completamente. No sé nada de su proceso creativo, y lo cierto es que, al estar publicadas tan próximas en el tiempo estas dos obras, es imposible para mí saber si fue antes el huevo o la gallina, lo único que sé es que el huevo, sea cual sea de ambas obras, es de gallina criada en suelo y feliz, muy feliz, eso sí lo sabemos. Pero, sea como haya sido, corrobora mi afirmación de que Ruth Román despliega un universo literario propio: se constata con estas correlaciones que posee un imaginario, semillas de ideas que contar, y el tratamiento y el tono que desea darles al narrar. 
      Ahora bien, el resto de relatos ya no se conectan directamente con su novela, así que sí, sus historias nos ofrecen diversidad y expansión. Sí hay conexiones en la intención y el tono, sobre todo en las primeras historias, las del final son nuevas exploraciones sin renunciar a su estilo. Cada personaje es único, está configurado en individualidad única, con su propia personalidad. 
     Compruebo, entonces, que Los abubillos no era, digamos, una mera casualidad o capricho de una persona que le da un arrebato y luego pasa a otras cosas, una novela que se escribe como la única en la vida, sino que en Ruth Román hay alma de escritora que desea expresar sus historias y tener una trayectoria. Detrás de Los abubillos, detrás de Diega y otros relatos, hay una mirada reconocible. En el caso de Diega y otros relatos, diré que, en general, aunque no se cumplan exactamente en todas las historias, se distinguen cuatro rasgos muy característicos:

1. Personajes inicialmente desajustados respecto al mundo.
2. Se reinterpreta lo que parece una carencia.
3. Se da una reparación: Ruth no los deja instalados en la herida, y los conduce hacia la reconciliación consigo mismos.
4. El final está ganado por el relato y no porque la autora necesite salvar al personaje.

     En definitiva, sus características más salientes en mi opinión son la ternura y cercanía humana, la superación, la reparación, y la confianza en las personas. De Los abubillos llegué a decir que era la dulce antítesis de Amae pop blue. Puedo reiterarme en esa idea ahora, tras la lectura de Diega y otros relatos, pero con matices en cuanto a esa oposición. Ruth conduce a sus personajes heridos hacia una reparación (los que lo están, porque algunos aparecen bien enteros), mientras que yo, en cierto modo, meto a personajes emocionalmente hambrientos en el laboratorio y observo qué puñetas hacen. Bueno, esto último que he dicho, tanto de ella como de mí, es una simplificación bastante subjetiva y bastante parcial y reduccionista, téngase en cuenta. Pero solo hay que fijarse en los temas que ella misma selecciona para definir su libro: superar limitaciones, vocación, miedo, inautenticidad, alienación. Personajes que viven por debajo de sus posibilidades, fuera de sitio o condicionados por otros y que necesitan encontrar, y encuentran, una forma más auténtica de ser. 

     Parece mentira que de tan solo nueve relatos breves pueda expresar tanto, y corto me quedo. ¿Qué queréis que os diga ahora? ¿Que os lo recomiendo? Vosotros, ¿qué pensáis, que sí o que no? Puestos a recomendar, sinceramente, yo recomendaría que lo leyeseis junto con su novela Los abubillos. Si yo fuera editor, y la autora lo consintiera, los publicaría juntos en un solo libro: aparecería Los abubillos y después, como un regalo, todos estos relatos. ¿Tendrá más que no publicó? ¿Se quedarían ideas de su mundo literario sin desarrollar? Para poder disfrutar de la pluma de Ruth Román ya solo nos queda su comedia, Carlota, Alejo y la extraña azafata, de 2020, tres años después. Y nada más de momento, que yo sepa. Pronto os hablaré de esta obra dramática.

jueves, 13 de agosto de 2026

LA LITERATURA EN LA MÚSICA: "CATCH THE RAINBOW", DE RAINBOW. LITERATURA Y MÚSICA.

 



Mucho dije en su momento de la aparición de la música en obras literarias, por apetencia sobre todo, pero asimismo porque hablaba de mi novela. En la mía, Amae pop blue, su presencia es constante: no solo porque su protagonista, Rodrigo, es bajista, y porque en el Volumen II vamos a contemplar la formación de dos bandas, una de indie, liderada por Mara, y la otra de rock, Materia Oscura, al que pertenecerá Rodri, sino porque las referencias y alusiones a canciones y grupos impregnan la obra (de The Moody Blues a Triana, de Saxon a Wings, de Stone Temple Pilots a Alice in Chains, de Skunk Anansie a Muse, de Camel a Metallica), y no es la única. He ofrecido en listas de reproducción de YouTube abiertas la banda sonora de Amae pop blue, las canciones que suenan. Otros escritores van más allá y aportan un código QR para escucharlas en Spotify. Y tampoco somos originales, si no, recuerda ese jazz permanente en Rayuela de Cortázar. Y os digo más: no solo es eso. Es el ambiente al escribir, la inspiración que produce a un poeta y narrador para comenzar, pulir o envolver sus textos, llega a ser inefable.

      Pero en este artículo, y los de su serie, voy a la inversa, ya que se trata de un camino bidireccional. Me apetece mucho comentar cómo está presente la literatura, de tantas maneras, en la música, más allá de que las letras de las canciones son de por sí textos literarios, por lo general de género lírico. No entraré en lo más obvio para todos, fundamentalmente porque soy un verdadero inexperto y porque no faltan voces que traten de ello: la música clásica, con las tragedias griegas y el Don Juan en primera línea. Yo creo que la mayoría pensaríamos en ópera si nos dijeran eso de la literatura en la música. En mi caso, iré a lo que me gusta y de lo que sé un poco: el rock. Y, antes de ello, al ser este mi primer artículo de la serie, querría dejar aquí constancia de una experiencia que ya comenté en otra ocasión, y no soy el único que la ha vivido: las evocaciones de las canciones en inglés, u otro idioma, cuando uno no tiene ni idea de inglés o de esa otra lengua.

     Ahora ya no me pasa, claro. Mi nivel de inglés no es que sea alto, pero entiendo más o menos las letras de las canciones y, además, tengo a mi disposición la posibilidad de acceder a ellas y su traducción de manera rápida y cómoda. Pero hubo una época en este país, que en mi caso se remonta a mi adolescencia y primera juventud, en la que no tenías mucha idea de qué se estaba cantando y te daba igual. La propia música, la fuerza o dulzura de la voz, los cambios de ritmo, el énfasis en determinadas palabras o frases y vocablos sueltos que pillabas en tu poco conocimiento del inglés hacían que el tema musical te evocase historias, sensaciones, estímulos, conexiones con tus vivencias y deseos o temores, escenas y escenarios. Luego serían adecuados o no al contenido real de la canción, pero esos significados se los dabas tú en tu escucha, y, sinceramente, yo lo veo como una ventaja, tenía mucha potencia para estimular mi imaginación.

     En el caso de Catch the rainbow, de Rainbow, que descubriría allá por finales de los noventa, es obvio el tono melancólico, no hay más que escucharla. Luego, si tiene un mensaje esperanzador o no, si ese Come the dawn que sí entendía, era algo positivo o negativo, no lo podía saber, yo a ese tema lo doté de una significación emotiva que para mí siempre será así. El título, Catch the rainbow, que también entendía, podría apuntar a que sí, que se abría paso a una esperanza: no solo por su significado bíblico de una nueva vida tras el desastre, sino más bien por tratarse de un fenómeno lúcido tras la tormenta que aparece como algo a alcanzar, podría representar las ilusiones. No se alcanzará, seguramente, es como eso de atrapar el horizonte o bajar la luna para regalarla. Y, ya digo, la melancolía de la música y la voz tampoco transmiten un optimismo a reventar, si es que no lo hace para nada. Pero sí tal vez que pudiera ser bueno ir a por él, o tener un valor simbólico de que habría un nuevo amanecer. Ahora sé que no es así. Y ahora sé lo vinculado que está a determinados cuentos medievales y a la lírica de esa época. Y eso del amanecer tampoco lo obviaré en este artículo. 

     Somos animales diurnos. La luz suele representar el orden, la bendición, la verdad, mientras que la oscuridad suele representar el caos, las dificultades, el miedo y la incertidumbre (por no hablar de la propia muerte y su sueño eterno). Por eso, el amanecer suele ser símbolo de una nueva esperanza. La noche, la noche oscura del alma, los malos momentos, los peligros, se empiezan a desvanecer con la primera luz del alba, que anuncia la llegada de un sol tan esperado. Sin embargo, esta polaridad de luz positiva y oscuridad negativa no se ve siempre así. La noche es también símbolo de las ilusiones, la creatividad, la imaginación y... el amor. Y es muy típico en la literatura ver el amanecer como ese momento que no se desea que llegue, porque con su venida se acabó la noche de pasión y encuentro de los enamorados. Y esto va desde lo más romántico a lo más erótico (muchos de los epigramas eróticos griegos lo mencionan y lo maldicen). Se hacía referencia a relaciones ilícitas en un sentido que a nosotros hoy en día se nos escapa. Sí, los adulterios y los cuernos, pero también los encuentros de dos enamorados que, por edad o exigencias sociales, no deben ser vistos juntos. Los matrimonios eran concertados, no solían ser nunca por amor; los flechazos de Cupido, siempre activo, hacían que muchos encuentros tuvieran que darse de noche, a escondidas y en secreto. En otras ocasiones, simplemente las obligaciones del día ponían fin a la dulzura nocturna. El alba, esa primera luz del día, era anunciadora del fin por esa vez de ese anhelo tan fogoso e imparable en los corazones enamorados que había podido expresarse en nocturnidad. Esto es un tópico literario que da lugar a subgéneros poéticos: las alboradas o canciones del alba, en diferentes idiomas y épocas. 

      Catch the rainbow se enmarca en esta segunda simbología del amanecer; la primera, en verdad, es para dar el bofetón de realidad. Lo que sucede de noche es lo que ambos desean. La llegada del amanecer los pone en su sitio y les recuerda que su sueño, su necesidad de estar juntos, sus ilusiones de verse como pareja y proyectar una vida en común, es una ilusión vana que no llegará a suceder. Es como tratar de atrapar el arcoíris. La luz del sol, sí, representa el orden aquí, un orden social que destroza los sentimientos que tienen los protagonistas de esta historia; la noche, cierto caos de ilusiones vanas. Viene el amanecer. Se acabó pensar que se hará realidad el deseo. Por tanto, fijaos, eso de la realidad y el deseo siempre nos remite a Cernuda..., el Catch the rainbow se vincula, en su mensaje y las emociones que transmite, a esas canciones del alba de tradición literaria en tantas culturas y países. Pero, además, la historia que se cuenta en su letra sería todo un cuento medieval, o ambientado en la Edad Media. Una historia, en general, que hasta en la actualidad se reproduce, con diferentes finales, en novelas de fantasía y también romántica, especialmente el de ambientación más o menos histórica o de época. 

     Canción melancólica y romántica, de 1975, la letra es de Ronnie James Dio. En un ambiente medieval, trata de la historia de amor entre un mozo de cuadras y una dama de la corte. Ella se escabulle de noche para encontrarse con él, un tanto como la amada del Cantar de los Cantares, y se acuestan en las cuadras, en un lecho de paja. Y aunque ambos están ilusionados en poder llegar a ser pareja de verdad, la realidad se impone y terminan separándose. Claro. De ahí el título del tema: lo que anhelan, de lo que hablan por la noche, esa ilusión, es lo mismo que atrapar el arcoíris, no se hará realidad. Las imágenes son sugerentes en ese sueño compartido: cabalgar sobre el viento, dirigirse hacia el sol, navegar en barcos maravillosos. Hasta que la canción da un giro para mostrar que todo eso es vanidad ilusoria, no sucederá en la realidad, de ahí ese triste y reiterado Come the dawn. Toda una historia, todo un cuento lírico-narrativo.