Donde todo lo hubo,
solo dolor nos queda.
PRIMERAS PALABRAS
En 2011, David J. Calzado publica Planto de Gilgameš, un poemario del que hablaré enseguida. Si, como he expresado ya, leer a David era una cuenta pendiente muy deseada, conocer que ese era el título de su primera obra incrementó aún más ese deseo. El porqué lo he manifestado en varias ocasiones; para conocerlo y recordarlo, así como para cierta contextualización previa a este artículo, puedes leerme hace dos entradas de blog (accede pinchando aquí).
Con una terquedad de la que no me arrepiento, y desoyendo al propio autor (lo cual tiene más delito), quise hacerme con este libro, con esta edición, que aún aparece en Amazon, pero fue imposible. Así que, afortunado de aquel que lo tenga, tiene un tesoro en sus manos.
Por suerte, en 2022, Editorial Alegoría pone a nuestra disposición En alguna otra vida, que recoge toda la poesía publicada por David J. Calzado de 2000 a 2022 (mis referencias a páginas son las de esta edición). Esto no lo puedo estar explicando cada vez que dé mi impresión lectora de su poesía, así que puedes consultarlo accediendo a este otro enlace. Sin embargo, era necesario hacerlo en esta ocasión, para recordar que considero a En alguna otra vida como lo que es, y que en lugar de dar mi impresión lectora de la compilación completa, lo iré haciendo de cada obra independientemente, y hoy ya al fin lo hago con Planto de Gilgameš. Había dicho hace poco que era inminente la publicación de este artículo, porque me quedaba su última parte, así que estas primeras palabras también me sirven a mí, sobre todo, para sosegarme, porque hasta hace nada mi ánimo se encontraba muy removido por esta lectura, tan lírica, tan emotiva y tan bella que casi renuncio a tener que ponerme ahora a dar explicaciones, no me fuera a asesinar la sensación aún latiente que me acaba de dejar esta lectura.
LA OBRA
Planto de Gilgameš es poesía en estado líquido toda ella, de principio a fin. Se compone de tres partes. La primera, Planto de Gilgameš, que acaba dando título a toda la obra, da voz al héroe sumerio en su llanto por la pérdida de Enkidu, y lo hace en cuatro tiempos. Esta parte sería la que requiere de cierta contextualización, así que te invito a conocer el Poema de Gilgameš si no sabes de él. La segunda parte, Sombras invisibles, abarca la mayor parte del libro. Es una sucesión de poemas que suponen un recorrido emotivo que dan cuenta lírica de unas vivencias y un proceso interior, y que desembocan en la última parte, Epílogo, para mí el verdadero planto aquí, el que me ha hecho verter alguna que otra lágrima, seguramente porque lo he entendido emotivamente, porque evoca y recuerda y te hace evocar y recordar.
Todo el Planto de Gilgameš son versos escogidos, sentidos, cargados de contenido sin ser jamás recargados; delicados y expresivos, cercanos y distantes (o quieren ser distantes sin poder del todo), bellos y de permanente conexión, con imágenes muy originales en su curso, variadas y bien traídas: de naturaleza libre o de jardín, de calles y ciudades y paisajes contemplados o el poeta en ellos, mitológicos o del ámbito más cotidiano y del día a día, de literatura, de música, ... Las citas de referencia para diversas partes, entre las que no podía faltar alguna de Cernuda, revelan la disposición del poeta de manera muy elocuente.
PRIMERA PARTE: PLANTO DE GILGAMEŠ
Se trata de un poema que pone voz al Gilgameš sumerio en su desolación por la pérdida de su amado Enkidu, formado por cuatro composiciones (de I a IV). Con imágenes macro y micro, nos situamos ante la tumba de ese ser primordial que fue Enkidu, y los ojos dolientes de su amado, sobrepasado por el dolor, pueden fijarse en detalles tan pequeños como los brotes vegetales que, con su vida imparable, acabarán engullendo su lápida y todo recuerdo: un contraste paradójico que impacta al doliente.
El lamento se encuentra implícito en la mirada atónita de quien ve a su amado corromperse, con una propiedad nueva, la de carecer de tiempo ya. Entonces el rey llama a Uruk, a la ciudad entera, a una nueva paradoja, la celebración, en una expresión de tristeza a la inversa. Estamos de lleno en la elegía, donde el memento mori y el ubi sunt cobran significado y fuerza.
Gilgameš, en sus palabras, en su lamento, puede darse cuenta de que se halla en un viaje, que está recorriendo un sendero difuso sin destino. El dolor es un viaje sin rumbo, capaz de maravillosos hipérbatos (y cárdeno, mi muslo de tristeza) y de sostener un ritmo que lleva a la expresión más desoladora (¿Cómo has muerto sin mí? / ¿Sin ti yo vivo?). El recuerdo es intenso y anhelante. La metáfora palpita, la metonimia lo dice todo en esos recuerdos de muslos o de siestas a la sombra.
SEGUNDA PARTE: SOMBRAS INVISIBLES
Nostalgia, música y sueño, reverberación de voces, el fuego brillante y ardiente, rojo y luminoso, reduce a cenizas, las cenizas... Estos poemas son un discurrir de palabras bellas y significantes de una contemplación a su vez bella y plena de significados en fronteras borrosas. Estos poemas, breves, son una senda emotiva, parece cronológica. La contundencia de los dos versos finales de algunos de ellos impactan en su magnificencia conectiva. El poeta va acompañado de un tú amado en un espacio, a veces amplio, a veces reducido, urbano o natural, público o íntimo, pero solo de ellos, siempre de ellos, no hay nadie más aunque haya otras presencias.
Esta mirada poética al pasado también es crítica, capaz de darse cuenta de la arrogancia propia de la juventud con ojos maduros que rememoran sin nostalgia aparente quien fue, quedan los momentos. El mar, el campo, las calles y las paredes son elementos destacados, pero por encima de todo, la luz. Hay un elogio implícito y explícito al control de la lengua. También referencias diversas, siempre experimentadas, como el grunge, mientras cada cierto tiempo nos seguimos encontrando con rotundos dos últimos versos.
La voz poética se dirige a un tú; muchos de los poemas son para él, hacia él o con él. El silencio acaba diciendo lo más importante, en su estar y ser con y ante (el otro, uno mismo).
El cariño y la ternura, en la plenitud de la compañía, se ponen de relieve por sobre lo demás, que igual puede ser un paseo, el encuentro de los cuerpos o el momento del sueño, o el mirarse. Se está en amor. Los versos atraviesan cada poema. Me alcanza muy, muy especialmente el poema que encuentro en la página 52, Qué trampa estar contigo.
El poeta anticipa un final en el siguiente poema. Llegamos a los versos que concentran amor, muerte, con resonancias de Donde habite el olvido, con anhelo de esperanza dudada. Este poema parece terminar con la anticipación del final por parte del poeta y cómo podría sentirse una vez que acontezca. No puedo evitar mencionar que esto lo llego a llamar melancolía futura en mi novela, mi protagonista también tiene esa visión, una novela escrita mucho después de un poemario de David Calzado que entonces desconocía.
Y ese final llega: la ausencia ahora es real. Como podemos ver, el poeta nos ha ido llevando desde la plenitud compartida de un amor mutuo a la ausencia del amado y el dolor final. Pero esto sigue: el duelo, el proceso de curación lenta. También la sensación de extrañeza y el conocimiento de que hay que liberar el agua estancada antes de que se corrompa e intoxique dentro. Es una tentación poner aquí el último verso, de tres palabras, donde una preposición lo dice todo, pero mal favor entonces te haría para motivarte a ti a sumergirte en la obra. En su expresión, además, el poeta es creador total, con imágenes originales e inesperadas que no pierden el tono, como este tremendo el pulmón de otra risa, de la página 63.
TERCERA PARTE: EPÍLOGO
Y, ya con prácticamente la obra leída, sentida y vibrada, llego al verdadero planto. Este es el planto, el más auténtico, al que David me trae y llama Epílogo. Un poema extenso que va de cuatro en cuatro versos, tal vez estrofas, tal vez golpes de voz en su lamento.
El lamento de un dolor muy reciente, siguen aquí las anticipaciones emotivas, la incertidumbre de no saber qué hay después ni cómo será, la herida aún bulle. Un epílogo sentido que, más que epílogo, parece la expresión definitiva del duelo, una glosa llorada y un punto intenso de llegada de Sombras invisibles.
Emotivo, bello, personal, lírico, intenso, en busca del reposo, abierto a dejar salir el agua contenida, nostálgico, descifrador, recordante, impreso como una huella en un cemento aún no endurecido. Y esas imágenes originales, esas permanentes tentaciones a traerlas como citas incesantes aquí. El poeta escucha una voz que ya calla, una voz ausente, mientras camina entre el alegre gentío (Alameda, hosana en las alturas, p. 73), y en las alturas se halla el recuerdo. Ahora todo es gris, ahora.
Dolor y amor, llanto, herida.
FINAL
Que me perdonen el autor y mis lectores, no he sabido expresar mi impresión de Planto de Gilgameš de otra manera. No es porque me encuentre agotado, y el cansancio me vuelva más sensible, porque mi lectura también tiene una trayectoria, de días y días, de poco a poco, aunque así llego a la redacción de mis impresiones. Puede ser que la edad, puede ser, la experiencia vital, sea un factor que multiplique los puntos de conexión, no lo sé. Lo que sé y conozco bien es mi sensibilidad, dejo que me guíe. La poesía no es necesariamente un enigma a descifrar, y equivocarse puede ser una buena noticia. Pero no me equivoco: sé cuál ha sido mi lectura de Planto de Gilgameš. La de ahora. Y mi intuición es uno de mis dones, ya lo tengo que reconocer. Planto de Gilgameš me llamó y yo seguí al eco de esa voz hasta encontrarlo, llegué a tiempo, a su tiempo para mí.


