MANOJITOS DE MIRRA
Blog personal de José Alfonso Bolaños. Artículos de morfosintaxis del español, de educación, de poemas y creaciones literarias propias, libros y otras reflexiones y pensamientos. Visita www.manojitos-de-mirra.webnode.es
sábado, 22 de agosto de 2026
"CARLOTA, ALEJO Y LA EXTRAÑA AZAFATA", DE RUTH ROMÁN. IMPRESIÓN LECTORA.
viernes, 21 de agosto de 2026
A TRAGEDIA CADA X: "ANTÍGONA", DE SÓFOCLES. IMPRESIÓN LECTORA.
Me encuentro muy entusiasmado con la lectura de esta Antígona de Sófocles. Entusiasmado, impresionado, estremecido, removido y conmovido. Muchísimo, me parece impresionante. En sí misma, tal y como la desarrolla, eso sobre todo. También por las múltiples conexiones que establece con mis lecturas de este año, como ISHQ. El color de las granadas, de Juan Andrés Moya, o Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, y a mis reflexiones de estas semanas, algunas volcadas en este mismo blog. Y personales: no sabéis lo que detesto, la aversión que me producen, las personas que podrían venir representadas por el Creonte de esta tragedia, los de resolución inflexible, de oídos cerrados, quienes acogiéndose a unas normas (legales, morales, religiosas), que en su caso no son más que reflejo de un ego implacable, hechas excusas de su propio pensamiento, anteponen su determinación con las palabras justicia y orden en la boca, preñada de egocentrismo ciego, a lo que el sentido común y la humanidad más básica dictan, y a la opinión de los demás: soberbios, obstinados, empecinados, pagados de sí mismos, que nunca ceden o lo hacen por interés propio y demasiado tarde por lo general, cuadriculados, reglados en su discurso e insensatos en sus intenciones. Y si los personajes femeninos suelen ser los de mayor fuerza dramática, algo que no se incumple aquí con esa Antígona tan potente (y cabezota y orgullosa también), y con la breve intervención de Eurídice, capaz de hacer lo que no supo Creonte, y ejemplo le había dado su hijo, desde luego es este, el personaje de Hemón, el que me ha dejado boquiabierto esta vez. ¿Cómo iba a sospechar yo que Sófocles incluiría el amor, el verdadero, en su Antígona? Me refiero al que ahora llamamos romántico, el fraternal ya se sabía. El amor-eros, el que no separa sentimiento de vínculo ni de carnalidad y deseo, el más puro y verdadero. Pues lo hace, ¡y con qué fuerza!
Pero, sobe todo, por cómo me ha afectado a mis emociones mientras afrontaba su final. Si ya me conmovió Las Traquinias, Antígona me ha superado, me ha superado completamente. No por desconocimiento de su trama, sino por cómo la transmite. Todavía estoy con réplicas internas mientras escribo aquí.
*
Como en cada tragedia griega, el público original conocía perfectamente la historia que desarrollaba la obra, en este caso la de Antígona y Creonte. En el mío, la conozco especialmente por las conferencias de Eva Tobalina a las que en otra ocasión hice referencia, a mis lecturas de las introducciones a las tragedias de ciclo tebano y, ¡claro!, ya sí puedo decir que por Esquilo (en su final de Los siete contra Tebas, comentado en este blog, y en el que ya decía yo que anticipaba esta tragedia de Sófocles). Estas historias, tan interesantes, de tanta tensión y con tantos giros, no podían sorprender a un público que se las sabía, no en sí mismas; la sorpresa y el interés, entonces, estaba en el enfoque que el tragediógrafo les daba, y los detalles que él pudiera aportar. ¡Sófocles! Ya lo voy conociendo mejor. Ahora constato de manera consciente, y he disfrutado en mi interior, la mayor variedad que introduce en su obra, el manejo de más elementos, su dinamismo, que incluso puede poner algunas escenas en cierto modo cómicas en una trama tan tremenda como es, en este caso, Antígona, y luego llevarte a una tensión dramática de estas que te dejan sin respiración; que puede generar auténticos discursos extensos en boca de este u otro personaje, o del coro, como hacer que se produzcan intervenciones cortas y sentidas entre dos o más personajes.
Los hijos de Edipo, Eteocles y Polinices, se han matado mutuamente en el asedio de los argivos a Tebas. Ellos habían pactado turnarse como reyes de Tebas; sin embargo, Eteocles incumple el pacto y se mantiene como monarca. Polinices, casado con la hija del rey de Argos, ataca su propia ciudad. Las siete puertas de Tebas son defendidas por siete campeones de la ciudad, la última por el propio Eteocles, que se enfrenta a su hermano y los dos acaban muertos en ese enfrentamiento. Tebas vence, la ciudad se salva, y Creonte, tío de los mencionados, queda al cargo del gobierno. Se honra a Eteocles, al que se le da sepultura con honores. De su hermano, sin embargo, Creonte decreta que quede expuesto para que las alimañas consuman su cuerpo, dado que atacó su propia ciudad, y los enemigos no merecen sepultura. Este es el punto inicial que debemos conocer previamente para iniciar la lectura de Antígona. Esta decisión de Creonte se decreta como ley, y el que la transgreda será reo de muerte. Una ley humana que debe ser respetada, y esta cuestión, que ya vimos al comentar a Esquilo, es muy relevante en cuanto a las polis griegas, el respeto a la autoridad, que viene respaldada por las divinidades olímpicas (no quiero acordarme de Agamenón, ¡qué asco le he cogido, por favor!). Sin embargo, existen otras divinidades, más antiguas, como observamos igualmente en Esquilo, muy al vivo en Las Euménides. Está en la moral más primitiva. Y esta es la cuestión con la que empieza la obra, ya sí. Las hijas de Edipo, las hermanas de los fallecidos, Antígona e Ismene, se debaten entre obedecer la ley humana, por la que se inclina esta última, que entiende que no puede hacer otra cosa (... porque no tiene sentido intentar acciones superiores a las posibilidades de uno, p. 149), y Antígona, que prefiere obedecer la ley divina antes que la humana, una cuestión moral muy básica: dar sepultura a su hermano Polinices (esto nos "recuerda", anacrónica y anticronológicamente, a ese bíblico Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres, en Hechos de los Apóstoles 5:29).
La obra empieza así, en el palacio de Tebas, con el diálogo de las hermanas. Antígona, entonces, afrontará sola la labor de enterrar a su hermano, sabedora de las consecuencias (Es un honor para mí morir cumpliendo con este deber, p. 149). Se increpan mutuamente: Antígona llama pusilánime a su hermana (Pero tú, si es tu gusto, continúa despreciando lo que los dioses aprecian, p. 149), y ya no la quiere a su lado, no va a insistir; por su parte, Ismene llama a Antígona imprudente y obstinada (¡Oh tú, que no te detienes ante nada!, ibíd.).
La ciudad, que acaba de librarse del asedio al fin, va a celebrar, y por su puesto se menciona a Baco. Pero Creonte convoca una asamblea de ancianos donde hace oficial su resolución. Entonces aparece uno de los guardianes del cadáver de Polinices y trae malas noticias para Creonte: alguien ha vertido tierra sobre el difunto y hecho honras fúnebres, y los guardianes no se han dado cuenta, nadie sabe quién ha sido. Creonte presupone que es un hombre, o varios, movidos por el dinero. La ganancia económica es su excusa para desconfiar de todos. El guardián está muy temeroso ante Creonte, porque sabe cómo se las gasta, y así es de terrible: va a ejecutar a los guardianes como no salga el culpable.
Como dije al principio, y también comenté en Las Traquinias, Sófocles es capaz de introducir elementos "cómicos" en sus tragedias, como uno de sus elementos novedosos. Porque, sinceramente, cómicos me parecen los diálogos de este guardián con él (en este al principio y el que posteriormente tendrá lugar). Por otra parte, las metáforas marinas son constantes en esta obra (alegoría marina, más bien).
Aquí el coro se pone filosófico, profundo (¡el hombre con soluciones para todo!, p. 160). "Todo tiene solución menos la muerte", un dicho muy de aquí que recuerdo a mi abuela pronunciarlo (No hay evento al que se enfrente sin soluciones. / Únicamente no se procurará escapatoria del Hades, ibíd.).
Entonces entra el guardián de nuevo con Antígona detenida. Dirigiéndose a Creonte, vuelve a expresar que lo pasó muy mal la otra vez ante sus palabras regias. No era para menos, desde luego, los iba a liquidar si no aparecía un culpable, que para sorpresa de todos es una muchacha, Antígona, pero verbalizarlo ante el rey, y cómo lo hace, me sigue pareciendo cómico. Creonte le pide detalles de la detención, ya que la acusación es grave. Básicamente lo que cuenta es que, tras "desenterrar" a Polinices y limpiarlo, el olor a cadáver es tan nauseabundo y persistente que los guardianes tienen que tomar aire, y entonces pillan in fraganti a Antígona, que se había lamentado a gritos de ver limpio el cuerpo de su hermano y vierte abluciones sobre él. Antígona no lo niega, impasible, lo que provoca en el guardián dos sentimientos encontrados: satisfacción porque salva el cuello y tristeza por el destino de ella. Antígona se reafirma ante Creonte, despreciando su autoridad, pues su edicto transgrede las leyes de los dioses, no escritas e inmutables: ... si he de morir antes de tiempo, yo lo cuento como ganancia, ... (p. 163, lo que otra vez nos lleva mentalmente a la Biblia, anacrónicamente, a Filipenses 1:21). Es ganancia por todos los sufrimientos que lleva encima, tantas calamidades en su familia.
Del diálogo tenso entre Creonte y Antígona, hasta el punto de que Antígona le pida que la mate ya para no seguir oyéndolo, destaco su respuesta a lo que el nuevo rey le había dicho, a ese Tienes que saber que jamás el enemigo, ni aun muerto, es amigo (p. 165). Las palabras de Antígona ante esto son: Tienes que saber que nací no para compartir con otros odio, sino para compartir amor (ibíd.). Impresionante.
Creonte cree que Ismene, que aparece llorando por su hermana, es también culpable, y las quiere ejecutar a las dos. Ismene no lo niega: quiere morir junto a Antígona, ¿cómo iba a vivir ya sola, sin ella? Pero se produce una discusión entre ambas ante todos, dado que Antígona la repudia, no quiere que comparta ese honor con ella cuando realmente no ha hecho nada por su hermano fallecido. Entonces Ismene se vuelve a Creonte, y le pregunta si va a ser capaz de matar a la prometida de su hijo Hemón. ¡Por supuesto que sí!: Sí, pues también los campos de otra admiten arado (p. 167), imagen de carácter sexual que no necesita explicación por mi parte. Algo que niega Ismene, aludiendo a la compenetración entre los prometidos, a su compatibilidad, al amor. A Creonte le da igual, la va a ejecutar. Para entender cómo de cabezotas y obstinados son tanto Antígona como Creonte, hasta el punto de ser incapaces de ver la solución evidente de enterrar a Polinices fuera de los campos de Tebas, véase la Introducción de Vara Donado a esta tragedia.
Ahora la obra se enfoca en cómo afronta Antígona su destino inminente. El coro llega a cantar: Bienaventurados aquellos cuya vida está exenta de calamidades, / pues a aquéllos cuya morada sea sacudida por el dios no les falta desastre alguno, sino que éste los persigue durante un sinfín de generaciones (p. 167). Traigo ahora esta cita aquí por dos motivos. El primero, y menos importante, es por cómo conecta el primer verso con mi reciente artículo acerca de los cambios de la fortuna en la literatura y la vida, podía haber sido una cita en él si la hubiera leído antes. Pero especialmente, y esto es importante, para recordar cómo en las tragedias griegas clásicas el destino nefasto se extiende de padres a hijos (como comprobamos ahora con la casa de Edipo), entre familias y linajes, generación tras generación.
Aparece Hemón. Su padre espera que le respalde. Él, sin embargo, trata de que entre en razón, reconviniéndole. Defiende a Antígona, y le dice a su padre cosas como que no constituye desdoro alguno para un varón, por sabio que sea, aprender infinidad de cosas y procurar no pasarse de intransigente (p. 171), y después, el ruego: ... cede, dale a esa tu corajina un breve respiro (ibíd.). El corifeo trata de conciliar, pero Creonte, que si ya antes había declarado que ninguna mujer se le iba a imponer, ahora dice lo mismo refiriéndose a los jóvenes. Y después a la ciudad entera, al pueblo, cuando su hijo le diga que la gente ve mal lo que está haciendo con Antígona. Hemón lucha por Antígona ante su padre todo lo que puede, cada vez menos diplomático a medida que la discusión sube de tono, en un diálogo encendido que deja perlas constantemente. Por ejemplo, a la pregunta retórica de Creonte: ¿No es norma considerar la ciudad propia del jefe?, es decir, de su propiedad, responde su hijo: Si así fuera, ¡qué bonito sería que mandaras tú en un país completamente deshabitado excepto por ti! (p. 172). Y en la página siguiente, ante el reproche de su padre: ¡Infame individuo! ¡Mira que subordinarse a una mujer!, la espectacular respuesta de Hemón: Tienes que saber que no me cogerías sometido en lo más mínimo a nada deshonroso. Al final, ante tanta obstinación, le comunica que, si Antígona muere, él también. Y Creonte, en lugar de entender la clara señal de su propio hijo, trata de quedar por encima declarándole que ejecutará a Antígona y le obligará a presenciarlo. Esa escena, de producirse, me llevaría de cabeza a uno de los capítulos más emotivos de Ishq. El color de las grandas, de Juan Andrés Moya, un episodio y una novela que no puedo olvidar, y no será esta la única concomitancia (mi impresión lectora, aquí). Sin embargo, Hemón no lo consiente, y escapa corriendo y furioso.
Y entonces... ¡el coro canta sobre el amor, sobre el poder absoluto del Amor! Y ensalza a Afrodita. En sus lamentos, pues ya Antígona se enfrenta a la inminencia de su muerte, la muchacha hace referencia de nuevo a que toda esta desgracia comenzó por Edipo, pero especialmente insiste en que se va a morir sin haberse desposado, sin conocer el tálamo. Se va a desposar con la muerte. Muere doncella, sin saber lo que es el lecho con un marido, como el colmo de la desgracia. ¡Afrodita! Las páginas 176 y siguientes son muy emotivas. También se lamenta de que nadie la llora.
El método de ejecución es como enterrarla viva, parece una especie de ironía o burla por el delito del que se le acusa, enterrar a su hermano. La van a llevar a un lugar deshabitado y a encerrarla en una covacha para que muera allí, otro paralelismo con Ishq. El color de las grandas, una obra maestra contemporánea que mi sensibilidad seguirá mencionando en futuras ocasiones, D. m., estoy convencido.
Tiene que aparecer Tiresias con sus augurios, y muy serio, para que todo esto cambie en cierto modo. Discute con Creonte, trae vaticinios terribles. Los dioses no aceptan las ofrendas desde que Polinices está sin sepultura, "por la particular manera de ver Creonte las cosas", según Tiresias. Le pide que recapacite: La obstinación, ¡por supuesto!, incurre en torpeza (p. 182). Pero el dictador vuelve a rechazar buenos consejos. Y ya Tiresias profetiza la muerte de su hijo, haciendo referencia a los dioses infernales (los del Hades, o tal vez aquellos más antiguos a los que hacía referencia antes, y también Antígona, a esa moral anterior a la religión establecida): Dioses infernales sobre los que ni tú ni los dioses de arriba tenéis competencia... (p. 184). Entiendo que eso de "los dioses de arriba" quiere decir los del Olimpo.
Tiresias se va. Ante tan terribles vaticinios, Creonte pide consejo al corifeo, que le dice que es mejor que saque a Antígona de donde la ha encerrado. ¡Y cede! Temeroso, da su brazo a torcer. Pero es tarde. Un mensajero lo cuenta: "De nada vale el enriquecimiento y el poder si pierdes la alegría" (p. 188). Hemón se ha suicidado. Y si ya era emotivo el planto de Antígona, el final de esta tragedia es brutal.
Sale Eurídice, la esposa de Creonte, del palacio. Algún rumor de calamidad ha oído y le pide al mensajero la historia completa. El mensajero se (nos) la cuenta. Creonte y su comitiva, primero, limpiaron el cadáver de Polinices, lo quemaron y levantaron un túmulo. Después, cuando llegan a donde está encerrada Antígona, escuchan gritar a Hemón. Este ha descubierto a su amada colgada por su propio velo al cuello, Hemón está abrazado a su cintura. Hemón, cuando ve a su padre, le escupe en la cara y trata de darle una estocada con la espada, pero Creonte se aparta a tiempo. Entonces se la clava a sí mismo hasta la mitad y estrecha a la doncella en sus brazos, moribundo. Y si Sófocles me parecía cómico en los diálogos del guardián, fijaos ahora lo trágico que está siendo, y qué tremenda esta descripción: Y respirando con dificultad arroja brusco efluvio de un chorro de sangre sobre la blanca mejilla de la muchacha (p. 190).
Eurídice, tras escucharlo todo, no dice nada, entra en palacio en silencio (lo que nos recuerda a Deyanira cuando recibe las noticias de su hijo y sus duras palabras en Las Traquinias). No es normal ese silencio, eso se comenta. Cuando aparece, destrozado, Creonte con su hijo Hemón en brazos, arrepentido de su decisión y terquedad, le dicen que su esposa también se ha suicidado. Y Creonte se declara culpable de todas esas muertes.
*
Por más que yo u otro te cuente, y mira que esta vez he destripado bastante el argumento, hay que leerla. Lo dije al principio, no es que sepas de qué va, el público originario de Sófocles también lo sabía de antemano. Es la expresión, la manera, la poesía, el curso de las palabras , las imágenes, los énfasis de intensidad. Para mí, lo repito, ha sido de una intensidad emotiva impresionante, me ha superado, de verdad. No me extraña que sea una de sus obras más célebres. Miedo me da, en el sentido popular de la expresión, Edipo, rey, la siguiente de Sófocles. Mejor que me vaya preparando.
jueves, 20 de agosto de 2026
"MEMORIAS DE UNA ALQUIMISTA. EN EL BORDE DEL TIEMPO", DE LISEET MATA MARTÍNEZ. IMPRESIÓN LECTORA.
domingo, 16 de agosto de 2026
"MICRORRELATOS Y AFORISMOS. PÍLDORAS LITERARIAS", DE DANIEL GUERRERO BONET. IMPRESIÓN LECTORA.
Es una tentación empezar con alguna cita de la propia obra, sobre todo un aforismo completo, una tentación en la que no voy a caer. No puedo, sería un despropósito. Todavía la frase de un microrrelato, descontextualizada, podría venir bien, pero hacerlo con un aforismo sería un espóiler en sí mismo, algo imperdonable por lo demás, y delictivo, por el tema de derechos de autoría: ¡estaría compartiendo un texto completo! Sería como arrumar la carga con una sola valija, como arrimar el inmenso amor sentido en una sola palabra, robar la joya escogida, toda una fortuna que cabe en un bolsillo.
Escribir el prólogo de una obra ajena es toda una sensación que comienza antes de ponerte a leer: tienes en tus manos, y tendrás ante tus ojos, un secreto aún, y el privilegio de ser uno de los primeros lectores. Saberlo de antemano te predispone, además, a una lectura diferente, aunque en este caso me permití, como un sibarita, hacer una primera lectura como si nada, como un lector más. Después, eso sí, con la encomienda en mente, vuelves a la contemplación de los textos con ojos escrutadores. Un lector beta haría lo mismo, porque tiene que darle un reporte al autor, pero si vas a prologar, ¡amigo, amiga!, sabes que el reporte se lo estarás dando a los lectores de la obra una vez publicada. Así que me pregunto: ¿tiene sentido dar una impresión lectora en este blog de Microrrelatos y aforismos. Píldoras literarias de Daniel Guerrero Bonet, si eso es algo que ya hice al prologarlo? Pues sí lo tiene, sí. La confección de un prólogo sería para explicarla en otro momento, no es lo mismo que lo que hago aquí. Tiene su punto literario y es emocionante. No es lo mismo estar en el zaguán para hacerte pasar al interior que quedar contigo en una cafetería para hablarte de la casa. Las impresiones lectoras que doy en este blog, que no reseñas, vienen con mi subjetividad, es cierto, pero necesitan ser informativas y descriptivas de manera que se entienda mi experiencia lectora y aporte algo a los demás de una forma diferente a como lo hace un prólogo, del que tampoco quiero hacer espóiler. Además, opera benéficamente la distancia, en este caso temporal. El prologuista y el lector beta están adelantados: han leído antes que el público general, ya ha pasado cierto tiempo desde que me adentré en la obra, si bien es cierto que la intensidad de la lectura te permite no olvidarla, ni en general ni en los detalles.
Microrrelatos y aforismos. Píldoras literarias, de Daniel Guerrero Bonet (Punto Rojo, julio de 2026, fijaos qué reciente) es la tercera obra literaria de este autor, quien en sus dos anteriores (Cuentos minúsculos que asoman a realidades sorprendentes e Historias hospitalarias. Cuando las paredes hablan) ya demuestra su voz propia en narraciones breves. Despliega un total de setenta y siete microcuentos de muy diferente cariz: desde sorprendentes hasta bellos, desde anecdóticos hasta profundos. Su sensibilidad se demuestra de diferentes formas, como distinto es un microrrelato de otro. La percepción de lo bello en las cosas sencillas e importantes de la vida, el anhelo y la melancolía, la sorpresa y las asociaciones que habían pasado desapercibidas conviven con temores y con la constatación de la realidad tal y como es, en muchas ocasiones dolorosa, cruel o indiferente (esa es otra crueldad, la indiferencia...). Tras ellos, los setenta y siete escogidos, la obra continúa con una colección de aforismos que comparten sus características en forma, fondo, tono e intención. Ya salimos de la ficción, que no de la literatura, y Daniel nos habla de manera aún más directa con saetas lanzadas a diana. Y variados también: unos son reflexivos, otros impresionistas, los hay fríos y también calientes, flechas con punta de acero afilado o incendiarias.
Muy bien escrito, ese es el estilo de Daniel Guerrero: palabras y frases claras y a un tiempo seleccionadas y construidas con toda la intención literaria. No usa artificios verbales en su expresión, ni hay trucos en su contenido, y muy pocos saben escribir así. Sus textos te hacen pensar, te abren interrogantes, te pueden conmover en su acercamiento de mirada realista y sensible a lo genuinamente humano o hacerte soltar una carcajada de risa o de ironía. Daniel Guerrero es fiel a su estilo hasta en los títulos de sus libros, y aquí no hace excepción. Por eso los pongo siempre completos. Tiene una parte descriptiva, te expresa lo que es desde la misma portada, en este caso son microrrelatos y aforismos, lo que es. Pero asimismo te deja su seña creativa en una frase breve, en este caso un sencillo sintagma nominal. Ahora es Píldoras literarias, todo un aforismo en sí, conceptista, con varios significados a la vez. ¿Por qué píldoras? Porque son textos breves, dirás. Sí, por supuesto. Pero fíjate, sabemos que Daniel procede profesionalmente del ámbito sanitario. Una píldora te la tienes que tomar y provoca un efecto. Además, una píldora contiene una sustancia dentro: su carcasa desaparecerá una vez en el interior del organismo para que su contenido fluya libre por nuestra corriente sanguínea y llegue a todas las partes del interior de nuestro cuerpo, de nuestras células. Provocará un efecto al órgano al que está destinado. ¿Cuál será en nuestro caso como lectores? ¿El cerebro, el pensamiento? ¿El corazón, las emociones? ¿El estómago, todo lo que hay que digerir? Pues ya me contarás cuando lo leas, son muchas píldoras, y no son todas iguales. En definitiva, a mí me parece muy reveladora la imagen de la píldora, más allá de que a algunos les pueda recordar a la azul y la roja de Matrix: es el propio concepto de encapsulamiento, que se da en toda la naturaleza, que permite que algo enorme ocupe un espacio mínimo, como el ADN, por ejemplo. ¿Cuántas cosas hay que, siendo pequeñas a nuestros ojos, si se desplegasen alcanzarían la distancia de la Tierra a la Luna?
"DIEGA Y OTROS RELATOS", DE RUTH ROMÁN. IMPRESIÓN LECTORA.
jueves, 13 de agosto de 2026
LA LITERATURA EN LA MÚSICA: "CATCH THE RAINBOW", DE RAINBOW. LITERATURA Y MÚSICA.
Mucho dije en su momento de la aparición de la música en obras literarias, por apetencia sobre todo, pero asimismo porque hablaba de mi novela. En la mía, Amae pop blue, su presencia es constante: no solo porque su protagonista, Rodrigo, es bajista, y porque en el Volumen II vamos a contemplar la formación de dos bandas, una de indie, liderada por Mara, y la otra de rock, Materia Oscura, al que pertenecerá Rodri, sino porque las referencias y alusiones a canciones y grupos impregnan la obra (de The Moody Blues a Triana, de Saxon a Wings, de Stone Temple Pilots a Alice in Chains, de Skunk Anansie a Muse, de Camel a Metallica), y no es la única. He ofrecido en listas de reproducción de YouTube abiertas la banda sonora de Amae pop blue, las canciones que suenan. Otros escritores van más allá y aportan un código QR para escucharlas en Spotify. Y tampoco somos originales, si no, recuerda ese jazz permanente en Rayuela de Cortázar. Y os digo más: no solo es eso. Es el ambiente al escribir, la inspiración que produce a un poeta y narrador para comenzar, pulir o envolver sus textos, llega a ser inefable.
Pero en este artículo, y los de su serie, voy a la inversa, ya que se trata de un camino bidireccional. Me apetece mucho comentar cómo está presente la literatura, de tantas maneras, en la música, más allá de que las letras de las canciones son de por sí textos literarios, por lo general de género lírico. No entraré en lo más obvio para todos, fundamentalmente porque soy un verdadero inexperto y porque no faltan voces que traten de ello: la música clásica, con las tragedias griegas y el Don Juan en primera línea. Yo creo que la mayoría pensaríamos en ópera si nos dijeran eso de la literatura en la música. En mi caso, iré a lo que me gusta y de lo que sé un poco: el rock. Y, antes de ello, al ser este mi primer artículo de la serie, querría dejar aquí constancia de una experiencia que ya comenté en otra ocasión, y no soy el único que la ha vivido: las evocaciones de las canciones en inglés, u otro idioma, cuando uno no tiene ni idea de inglés o de esa otra lengua.
Ahora ya no me pasa, claro. Mi nivel de inglés no es que sea alto, pero entiendo más o menos las letras de las canciones y, además, tengo a mi disposición la posibilidad de acceder a ellas y su traducción de manera rápida y cómoda. Pero hubo una época en este país, que en mi caso se remonta a mi adolescencia y primera juventud, en la que no tenías mucha idea de qué se estaba cantando y te daba igual. La propia música, la fuerza o dulzura de la voz, los cambios de ritmo, el énfasis en determinadas palabras o frases y vocablos sueltos que pillabas en tu poco conocimiento del inglés hacían que el tema musical te evocase historias, sensaciones, estímulos, conexiones con tus vivencias y deseos o temores, escenas y escenarios. Luego serían adecuados o no al contenido real de la canción, pero esos significados se los dabas tú en tu escucha, y, sinceramente, yo lo veo como una ventaja, tenía mucha potencia para estimular mi imaginación.
En el caso de Catch the rainbow, de Rainbow, que descubriría allá por finales de los noventa, es obvio el tono melancólico, no hay más que escucharla. Luego, si tiene un mensaje esperanzador o no, si ese Come the dawn que sí entendía, era algo positivo o negativo, no lo podía saber, yo a ese tema lo doté de una significación emotiva que para mí siempre será así. El título, Catch the rainbow, que también entendía, podría apuntar a que sí, que se abría paso a una esperanza: no solo por su significado bíblico de una nueva vida tras el desastre, sino más bien por tratarse de un fenómeno lúcido tras la tormenta que aparece como algo a alcanzar, podría representar las ilusiones. No se alcanzará, seguramente, es como eso de atrapar el horizonte o bajar la luna para regalarla. Y, ya digo, la melancolía de la música y la voz tampoco transmiten un optimismo a reventar, si es que no lo hace para nada. Pero sí tal vez que pudiera ser bueno ir a por él, o tener un valor simbólico de que habría un nuevo amanecer. Ahora sé que no es así. Y ahora sé lo vinculado que está a determinados cuentos medievales y a la lírica de esa época. Y eso del amanecer tampoco lo obviaré en este artículo.
Somos animales diurnos. La luz suele representar el orden, la bendición, la verdad, mientras que la oscuridad suele representar el caos, las dificultades, el miedo y la incertidumbre (por no hablar de la propia muerte y su sueño eterno). Por eso, el amanecer suele ser símbolo de una nueva esperanza. La noche, la noche oscura del alma, los malos momentos, los peligros, se empiezan a desvanecer con la primera luz del alba, que anuncia la llegada de un sol tan esperado. Sin embargo, esta polaridad de luz positiva y oscuridad negativa no se ve siempre así. La noche es también símbolo de las ilusiones, la creatividad, la imaginación y... el amor. Y es muy típico en la literatura ver el amanecer como ese momento que no se desea que llegue, porque con su venida se acabó la noche de pasión y encuentro de los enamorados. Y esto va desde lo más romántico a lo más erótico (muchos de los epigramas eróticos griegos lo mencionan y lo maldicen). Se hacía referencia a relaciones ilícitas en un sentido que a nosotros hoy en día se nos escapa. Sí, los adulterios y los cuernos, pero también los encuentros de dos enamorados que, por edad o exigencias sociales, no deben ser vistos juntos. Los matrimonios eran concertados, no solían ser nunca por amor; los flechazos de Cupido, siempre activo, hacían que muchos encuentros tuvieran que darse de noche, a escondidas y en secreto. En otras ocasiones, simplemente las obligaciones del día ponían fin a la dulzura nocturna. El alba, esa primera luz del día, era anunciadora del fin por esa vez de ese anhelo tan fogoso e imparable en los corazones enamorados que había podido expresarse en nocturnidad. Esto es un tópico literario que da lugar a subgéneros poéticos: las alboradas o canciones del alba, en diferentes idiomas y épocas.
Catch the rainbow se enmarca en esta segunda simbología del amanecer; la primera, en verdad, es para dar el bofetón de realidad. Lo que sucede de noche es lo que ambos desean. La llegada del amanecer los pone en su sitio y les recuerda que su sueño, su necesidad de estar juntos, sus ilusiones de verse como pareja y proyectar una vida en común, es una ilusión vana que no llegará a suceder. Es como tratar de atrapar el arcoíris. La luz del sol, sí, representa el orden aquí, un orden social que destroza los sentimientos que tienen los protagonistas de esta historia; la noche, cierto caos de ilusiones vanas. Viene el amanecer. Se acabó pensar que se hará realidad el deseo. Por tanto, fijaos, eso de la realidad y el deseo siempre nos remite a Cernuda..., el Catch the rainbow se vincula, en su mensaje y las emociones que transmite, a esas canciones del alba de tradición literaria en tantas culturas y países. Pero, además, la historia que se cuenta en su letra sería todo un cuento medieval, o ambientado en la Edad Media. Una historia, en general, que hasta en la actualidad se reproduce, con diferentes finales, en novelas de fantasía y también romántica, especialmente el de ambientación más o menos histórica o de época.
Canción melancólica y romántica, de 1975, la letra es de Ronnie James Dio. En un ambiente medieval, trata de la historia de amor entre un mozo de cuadras y una dama de la corte. Ella se escabulle de noche para encontrarse con él, un tanto como la amada del Cantar de los Cantares, y se acuestan en las cuadras, en un lecho de paja. Y aunque ambos están ilusionados en poder llegar a ser pareja de verdad, la realidad se impone y terminan separándose. Claro. De ahí el título del tema: lo que anhelan, de lo que hablan por la noche, esa ilusión, es lo mismo que atrapar el arcoíris, no se hará realidad. Las imágenes son sugerentes en ese sueño compartido: cabalgar sobre el viento, dirigirse hacia el sol, navegar en barcos maravillosos. Hasta que la canción da un giro para mostrar que todo eso es vanidad ilusoria, no sucederá en la realidad, de ahí ese triste y reiterado Come the dawn. Toda una historia, todo un cuento lírico-narrativo.
martes, 11 de agosto de 2026
LOS CAMBIOS DE LA VIDA EN LA LITERATURA Y LA REALIDAD. REFLEXIONES DE UN LECTOR.
Tus casos falaçes, Fortuna, cantamos,
estados de gentes que giras e trocas,
tus grandes discordias, tus firmezas pocas,
y los que en tu rueda quexosos fallamos;
fasta que al tiempo de agora vengamos
de fechos pasados cobdiçia mi pluma
y de los presentes fazer breve suma:
y dé fin Apolo, pues nos començamos.
(JUAN DE MENA: Laberinto de Fortuna, copla II)
Recuerdo de forma muy vívida una conversación de hace muchísimos años atrás. No diré de quién se trata por respeto a esa persona y porque es indiferente quién sea para lo que deseo expresar, seguro que le ha pasado a más de uno. El caso es que me resultó imposible conseguir que entendiese el significado del refrán Más vale malo conocido que bueno por conocer. Era incapaz de comprenderlo. ¿Cómo va a ser mejor algo malo que algo bueno? Inútil por mi parte tratar de hacerle ver que, para la persona que lo dice, es mejor porque no sabe lo que está por conocer, eso se sabe después, cuando ya lo conoces. Así que, el mensaje de ese refrán supone una actitud de apariencia sabia, puede que en algunos casos lo sea. Es una invitación a no asumir riesgos por lo que pudiera pasar, porque al hacer cambios hacia alguna aspiración se podría acabar peor que ahora, que se lo digan a la lechera del cuento. Y como lo malo es mejor que lo peor, muchos eligen quedarse con lo malo. Al menos lo conocen, saben cómo reaccionar, las pautas de actuación ante ello y las consecuencias. Pero, si nos atenemos a la literalidad del refrán, que era lo que confundía a mi interlocutor, lo que está por conocer es bueno, y bueno es mejor que malo. Y estas actitudes posibles, el Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy, o el decidir alcanzar un mejor estado de vida, especialmente tras haber sufrido un desastre en lo personal, son eso, actitudes. No hablo tanto de asumir riesgos, y aquí la rueda de la Fortuna va más rápida porque la has impulsado tú, sino al hecho de que el temor, o la costumbre a un contexto que no mereces o podría ser mejor, te impida creer en que lo puedes alcanzar y, por tanto, quedarte inmóvil.
Llego al refrán a raíz de mi lectura de Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, luego lo detallaré. Pero impulsado también por mis propios acontecimientos vitales. No viene al caso, pero lo diré: a finales de mayo de este año, al fin me liberé de una circunstancia que me tenía aprisionado y angustiado por más de tres años. Lo he celebrado veladamente en las redes, además, y en esa celebración se incluye un poco que mi obra Amae pop blue haya sido un anticipo de fe y ella misma haya profetizado algunas cosas. Queda dicho, vuelvo al artículo. Estábamos en un refrán, el Más vale malo conocido que bueno por conocer.
Los aforismos, los consejos, las frases lapidarias, los proverbios de cualquier cultura, incluidos los proverbios bíblicos, como la Biblia misma entera tal y como algunos la usan, de guía de vida, nunca fallan ni se contradicen: son un arma verbal adecuada para determinado lance, hay que saber entenderlos, contextualizarlos y usarlos, hay que saber usarlos. Lo mismo sucede con el refranero español, entonces, nuestra mejor fuente de sabiduría, como bien lo sabía Sancho Panza: no existe contradicción entre A quien madruga, Dios le ayuda y No por mucho madrugar amanece más temprano, porque no se deben tomar en sí mismos, sino en su contexto de uso. En su contexto de uso, cada uno es sabio y es acertado: el primero, que es necesario trabajo, disciplina y esfuerzo para que las cosas vayan bien, para que sucedan; el segundo, que la ansiedad no vale para conseguir esos fines ni cuenta como esfuerzo real, no vale para nada. Hasta el ahora polémico por mal entendido Quien bien te quiere te hará llorar es sabio en su contexto correcto, pero, ¡por favor!, su contexto correcto no es el de aceptar como adecuado el maltrato físico o psicológico, no lo entiendas ni uses para eso.
El de No por mucho madrugar amanece más temprano conecta, además, con ese Por nada estéis afanosos y el Baste a cada día su propio mal, del Jesús evangélico, sentencias muy efectivas y benéficas si te decides a usarlas. En el caso de Más vale malo conocido, ... su sentido recto es bueno en su consejo, en principio: desconocemos el futuro, no podemos vivir de ilusiones que luego podrían llevarte a la decepción. Aunque, si bien lo miras, te hace perder oportunidades. Es para pensarlo. Este es motivo de este artículo, enfocado en la literatura y también en la realidad de nuestras vidas, fundamentalmente la experiencia de que en ellas acontecerán sucesos y situaciones inesperadas y terribles, y tras ellas se puede decidir quedarnos en cierta conformidad o dar el paso adelante hacia una nueva vida plena, seguramente más plena y consciente que si no hubiésemos pasado por esas pruebas. Aquí, de nuevo, recuerdo a ese Jesús de los Evangelios con su Parábola de los Talentos, porque el que al final es reprendido en juicio divino fue el prudente, el que enterró su talento por no perder lo que se le había dado en custodia, y son elogiados y premiados los otros que los arriesgaron, los pusieron a funcionar y obtuvieron intereses de su inversión. Suena muy manido y muy de frase Facebook buenista, ya lo sé, pero en realidad es eso: ¿te conformas en estar donde estás, ese malo conocido, o reconoces en tu interior que tienes unos talentos que se pueden poner en marcha, una vida más alta que vivir, una misión de vida, como se dice ahora, y te mueves hacia ello?
La simbología alegórica y arquetípica del tarot me va a ayudar a dar a entender cuál es el enfoque general de la reflexión que deseo hacer aquí. Cuando mencionamos a la Fortuna y su rueda, los cambios de la vida, no nos los estaría represando tanto aquí el arcano mayor nº 10, La Rueda de la Fortuna, aunque por supuesto está implicadísimo, sino más bien La Torre (arcano nº 16) y la que le sigue, La Estrella, en relación con aquella, como la luz de esperanza tras el desastre, que guía un camino (largo y arduo, por otro lado). Los cambios súbitos, esos rayos que hieren la Torre, lo que considerábamos firme e inamovible, rayos de terribles consecuencias que destrozan los pilares en los que tu vida se sustenta y borran todos sus esquemas. En mi reciente lectura de Las Traquinias de Sófocles lo volví a observar, consternado igual que Deyanira, esto ya había sido contemplado en otras tragedias de Esquilo, en otros textos de la antigüedad. Cuando Deyanira observa a las esclavas recién traídas por Licas como botín de guerra de un Heracles que ha devastado su ciudad, siente una tremenda compasión por esas mujeres, ahora posesión de su marido, especialmente por Yole, y se hace explícito: hasta hace nada, estas mujeres eran libres, con una vida, unos parientes, sus propias preocupaciones y quehaceres, y ¡míralas ahora!, de repente han pasado a ser esclavas, a una vida miserable, y son víctimas, su ciudad fue atacada y reducida a escombros, han visto morir a muchos de los suyos y ahí están, cuando hacía unas semanas atrás sus vidas tenían otro discurrir tan diferente. Y dirás con razón: "Bueno, a ver, es una tragedia, el destino, el fatum". Claro, así es. Pero ¿acaso no sucedía eso en la realidad? ¿Acaso no sucede ahora, ese cambio súbito y desastroso? ¿Te ha sucedido a ti o piensas que eso no es posible?
*
Muy grande me vendría a mí abordar este tema en un artículo de blog si me dieran su título, así tal cual, y me pidieran que reflexionase sobre ello. Me vendría grande por mis capacidades limitadas, y sería grande, sería infinito. Le he puesto este título porque sé que, aunque sea a vuelapluma, se van a escapar diversos temas relacionados, que de seguro quedarán simplemente apuntados, es inevitable. Pero, a pesar de lo abarcador que es, realmente mi foco de interés es más específico. Es, además, el origen de que esté escribiendo ahora. Surge a raíz de mi lectura de Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, de Liseet Mata: hay un momento en esa novela que de lo que se reflexiona en diálogo activa inmediatamente en mi mente un tema que es tópico literario y que nos acontece a la mayoría de nosotros en nuestras vidas. Y no por sabido y escuchado deja de pillarte por sorpresa, desencajándote completamente (y ese es otro tópico, no literario, de la vida, el pensar en nuestra inconsciencia que lo que les pasa a otros no puede pasarte a ti, no te va a ocurrir, incluido el morirte). Se trata de los cambios sobrevenidos, los acontecimientos que se supone que no deberían suceder y suceden, TE suceden, a ti, y tu reacción ante ellos es clave, y no es tan automático como te piensas, puede ser imprevisible tu reacción, y va a demandarte a ti saber qué hacer con ello, y esa decisión, la tomes o no, te lo plantees o no, será una lucha, y en algunos casos pura supervivencia, y en otros casos el inicio del camino hacia tu madurez. Porque tras el cambio que puede llegarte como un terremoto o un derrumbamiento viene el desconcierto, viene el estado de shock, el duelo, la ceguera durante un tiempo hasta que, si tienes suerte o te mueves bien, llegas a ver de nuevo y contemplas: las ruinas, el desastre, lo absurdo de tus reacciones y movimientos internos y externos del momento que, por más que te lamentes ahora de ellos, tal vez fueran inevitables entonces. De eso es de lo que quiero hablar aquí, ni más ni menos. Con una perspectiva desde y hacia lo literario, sí, pero sin ocultar que todo ello se aplica a nosotros, seres de carne y hueso, de cuerpo y alma.
Y es que, si lo tomase como tema en general de aplicación a obras literarias, esto de los cambios de la vida es prácticamente obligado. No digo que aparezca en todas las obras literarias: no es así, y enseguida comentaré las excepciones. Pero, al menos en la narrativa y el teatro, es una redundancia, los cambios vitales, al menos en un personaje, son necesarios para que la propia obra exista, tenga sentido y también interés en los lectores. Está presente hasta en su estructura.
Es cierto que una narración y una obra dramática pueden tener diferentes estructuras (lineal, in media res, in extrema res, de puzzle, como en Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, con final abierto, sin final ninguno, ...), pero, al fin y al cabo, con todos sus elementos o con parte de ellos, en ese orden o desordenados, el esquema de PLANTEAMIENTO-NUDO-DESENLACE es el que opera en la mayoría de los textos que desarrollan una historia (no hay por qué excluir la lírica de estas reflexiones, pero nos desprendemos de la poesía en este artículo por motivos prácticos y de claridad expositiva). Y en ese esquema, el Planteamiento es el estado inicial de las cosas. Y ese estado debe cambiar; si no, no hay historia que contar entonces. Bien pensado, o metafóricamente pensado, si llamamos Planteamiento al estado actual de nuestras vidas, ¿no es lamentable que queramos vivir en un perpetuo planteamiento? En fin, el hilo liso y recto del nuestro vivir en el tiempo, o el de los personajes, se tiene que enredar. Un problema, una circunstancia, algo que resolver, que conquistar, de lo que librarse, que desenmarañar, acontece, porque el hilo se ha hecho, no madeja, sino un verdadero enredo, un nudo que desanudar. Suele venir con ilusiones y sobre todo angustia, entre otras emociones. Y suele requerir esfuerzo. El Nudo es lo que ocupa más espacio de la historia, lo que capta y mantiene el interés. Y luego llega el final, si es que llega, al que llamamos Desenlace, porque el Nudo se ha desenlazado o desanudado ya. Así que, desde este punto de vista, digamos, estructural, el tema de este artículo parece consustancial a la propia obra literaria, y el artículo en sí se hace irrelevante entonces. Más que en lo literario, tal vez nos interesaría como imagen de nuestra vida, de nuestra historia personal. Si la contemplamos así, las preguntas serían: ¿Estoy en un planteamiento o en un nudo? Si estoy en un planteamiento, ¿soy consciente de que lo es o creo que es una situación que perdurará de forma recurrente para siempre? Si estoy en un nudo, ¿cómo lo estoy queriendo resolver, cómo lo asimilo, hacia qué desenlace creo que llegaré y cuál desearía?, ¿o me quedo aquí, me instalo en este nudo y no me muevo, como esa zona de confort de la que tanto se habla? Pues estas dos últimas preguntas son las que nos llevan al motivo central de este artículo.
He dicho antes que hay excepciones, y las hay, tanto en la literatura como en la vida. Con respecto a esta, estaríamos hablando de esa persona cuya vida ha sido siempre igual, de una estabilidad pasmosa. Todo va como debe ir. Rara avis, diría yo, pero no soy nadie para negar que exista: ahí están, por ejemplo, los que hablan del ikigai y de esas localidades japonesas donde, al parecer, nada cambia y todo el mundo está conforme y feliz, y viven muchos años. Seguramente pensamos que es lo que nos va a pasar, lo que nos debe pasar, al inicio de nuestros pasos en este mundo, y también opera como ideal de normalidad, como ideal en sí. Esto, desde un nudo que se está iniciando, está en la base del capítulo 1 de mi novela, Amae pop blue, y aparece recurrentemente, generalmente de forma atormentada, en muchos otros, como un debate interior muy sentido y que se nos llega a mostrar como falso debate; sería el amae perdido y que se desea recuperar, o se supone que se desea recuperar, usando esa palabra japonesa muy en general, sin ser estricto en su significado. También, por otra parte, si sales del nudo es posible, y por supuesto deseable y esperable, que el desenlace te lo ofrezca, que acabes en un amae (¡ojalá!) seguramente nuevo, tu nueva estabilidad, pero ahí está la pregunta: ¿saliste del nudo igual que entraste, como se preguntan algunos amigos de Rodrigo al hablar de su relación con Paula, en mi novela?, es decir, echas la vista atrás y... ¿es este estado de estabilidad, y perdón por la redundancia, el que esperabas para ti hace no sé cuántos años? ¿Es mejor, ahora que lo ves en perspectiva y después de haber pasado por todo lo que has pasado, o anhelas el que debía haber sido y te lamentas? ¡Uy, uy, uy, todo lo que me estoy adelantando solamente hablando del Planteamiento-Nudo-Desenlace de obras literarias! A ver si me centro.
Las excepciones en literatura no son muchas. Para nosotros, es difícil concebir una historia con interés en la que no sucede nada sustancial. Tal vez la novela pastoril, lo bucólico, que nos remite a la Edad de Oro y el locus amoenus y el beatus ille, podría ser un buen representante, aunque alguna cosa sucede. Pero, en fin, un relato podría tener su interés en descripciones bellas, o en contarnos acontecimientos cotidianos que, en su lectura, nos transmitan paz y ternura, por ejemplo, y suponer aquello una fuente de placer lector, sin duda. Es decir, puede haber libros de ficción donde no haya problemas. También están aquellos donde el problema se evita, se da una salvación que deja las cosas tal y como estaban. Los abubillos, de Ruth Román, una novela que considero la dulce antítesis de Amae pop blue, y que tanto me ha gustado, porque además es muy entretenida, es el ejemplo que se me viene en mente, aunque es imposible que sea así en estado puro, ni Los abubillos ni ninguna, algún cambio se produce, hasta en los cuentos infantiles, no los clásicos, los de ahora para niños muy pequeños, y todos los relatos de transcurso plácido y final feliz. De pasada podría mencionar a Tolkien, que parece encaminado a estar ahí a los ojos de los que no se han aproximado mucho a su obra; se les hará más maduro y profundo cuando se den cuenta de que los personajes no salen como entran, evolucionan y se transforman en base a lo que viven, el cambio es constante en la obra de Tolkien tomada como un todo y en cada historia o episodio.
*
Mientras leo Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, de Liseet Mata, voy descubriendo al personaje de Laia. Entre tantos temas, su historia personal es uno de ellos. Con una vida estable en su país, se le viene encima el desastre vital que debe afrontar. Y no es fácil, la cantidad de cambios con los que debe lidiar Laia es abrumador, hundirían a cualquiera, y no son distintos a los que muchos de nosotros, muchos y muchos y muchos, sufrimos o hemos sufrido. En esta obra se observa muy bien el proceso, un proceso que, al leerlo, me enternece y me toca en las entrañas, y mis motivos tengo. Por la protagonista de la obra, que carga con dos hijos a sus espaldas y mucho dejado atrás; por la autora, porque al leer piensas que tal vez sea una vivencia propia; y por mí mismo, con dos hijas a mis espaldas también. Primero todo es lucha: estás en una situación que te tiene en alerta, tienes que resolver, que sobrevivir, y estás lleno de angustia, dudas, desesperanza, y en esas circunstancias luchas. Luego puede venir el salir del problema, aunque sea poco a poco, y tener que reiniciar, con dificultades todavía, y te haces muchas preguntas, y echas de menos, lloras y lloras, y no ves clara la remontada de tu propia vida en condiciones ya. Y lo que viene después depende en gran medida de ti, y no es fácil. Puedes quedarte anclado en el pasado, y de por vida, o dar un difícil y lento paso adelante. En este punto, instalado en el Capítulo V, Amboise, de Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, Liseet llega al tema de las creencias limitantes. En determinado momento, se llega a decir que todos pasamos por procesos de transmutación mental, pero algunos se conforman, se instalan en la comodidad de una vida miserable. Aquí recordé a Baroja en El árbol de la ciencia, cuando Iturrioz dice aquello de que el esclavo no se rebela porque tiene el espíritu de esclavo, que las prostitutas no abandonan esa vida, ni ven que tiene salida, ni se imaginan viviendo de otra forma porque tienen el espíritu de la prostituta, ahora no me voy a molestar en buscar la cita exacta, pero imagino que todos la recordaréis. Ese estado de conformidad, de asunción mal entendida, que te dejará siempre ahí. Después, en Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, se continúa afirmando que cambiar significa un esfuerzo similar a derrumbar una casa y levantarla de nuevo, y aquí más de acuerdo no puedo estar con Liseet, intelectual, emocional y espiritualmente hablando. Y luego señala a que hay personas que se aferran a lo malo conocido, lo que me hizo recordar el famoso refrán.
En el caso de esta novela, podría aplicarse perfectamente a la madre de Laia. Bien es cierto que la pérdida de un hijo es un bofetón de la vida del que es difícil recuperarse, pero la actitud del padre es diferente, y ella tenía más hijos. Sin dejar de recordarlo, podría haber decidido, pasado lo más fuerte del duelo, querer seguir adelante, seguir viviendo de verdad, aun con esa carga a las espaldas, esa herida tan dolorosa, y su actitud afecta muy negativamente a sus otros hijos, que no son pocos, y sus infancias. Pinzado en la vida, por ejemplo, se queda Felipe, que se menciona en algunos capítulos de Amae pop blue, bien que su caso es muy extremo y todos lo llegamos a entender y compadecer. Está en un estado de automatismo tal que nos hace pensar que su estado de shock es de duración permanente, hasta el punto de que es Manolo, y no él, quien debe llorar en su lugar. Pero este es un caso extremo. La pérdida de un hijo es algo muy serio en el que tampoco deseo meterme aquí, pero es, al fin y al cabo, uno de esos reveses que lo cambia todo y redirige tus pasos de forma obligada. Bien eso, bien una pérdida económica o de empleo, un divorcio mal asumido, una traición, una desilusión, un desastre natural, lo que sea, sí, nos sobrevienen cambios no deseados y luego se puede decidir qué hacer con ello. Y hay personas que deciden permanecer en su caos considerado normalidad. Decidir lo contrario es el paso difícil del que hablaba antes.
