Queda muy poco para que suba mi impresión lectora de Planto de Gilgameš, una obra poética de David Calzado que aparece recogida en En alguna otra vida (Alegoría, 2022) y que trato como lo que es, un poemario independiente que se publicó en su momento y que vuelve a aparecer en estas obras reunidas de En alguna otra vida. Mi impresión lectora es inminente pero no inmediata: se trata de poesía, y poesía de mucha calidad, algo que ya sabía de antemano, de fuerte y medida intensidad lírica a un tiempo. Por eso, cuando hable de ella, no quiero emborronar mis comentarios con alusiones culturales, literarias o mitológicas, quiero centrarme en su lirismo especialmente, y en la impresión que, como lector, me ha dejado. De ahí que deje previamente este artículo, un poco a modo de contextualización. A mi manera, siempre subjetiva sin ocultarlo, al final aquí también doy impresiones.
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Las dos grandes influencias culturales de la literatura
occidental (y de otras artes) que suelen operar hasta nuestros días son, de un
lado, la grecolatina, que podríamos llamar clásica y, de otra
parte, la judeo-cristiana, que podríamos llamar impropiamente bíblica,
puesto que las páginas de la Biblia serían una parte de esa influencia (una
parte importante, pero una parte), a la que habría que añadir las tradiciones
de diversas iglesias y corrientes de pensamiento extrabíblicas, que a veces
conectan con el mundo helénico y romano de diversas formas, o con tradiciones
autóctonas de las culturas que después fueron romanizadas (algunas) y evangelizadas
más o menos amablemente. Ya me ha salido larga esta introducción, no sigo por aquí porque no es este el motivo que la origina, sino situarnos en el hecho de que,
cuando un texto literario se apoya, hace referencia o conecta de algún modo con
otras corrientes culturales, estéticas y de pensamiento, suele ser necesaria
alguna contextualización de mayor intensidad explicativa, al resultarnos, aun a
día de hoy, más ajenas. Las ediciones de obras japonesas y chinas traducidas a lenguas europeas, por ejemplo,
especialmente las de textos antiguos, necesitan de introducciones y notas al pie para
hacernos entender mentalidades, mitos, ritos, acontecimientos históricos y
legendarios, … que se encuentran en la base de esas obras y nos son muy ajenas, e igual podríamos
decir de aquellas, orientales u occidentales, que se sostienen sobre la
tradición filosófica y mística hindú, o en su caso la egipcia o las indígenas
americanas.
En el caso de la poesía contenida
en Planto de Gilgameš, de David Calzado, la referencia obvia es
la epopeya sumeria, el maravilloso Poema de Gilgameš. Es cierto que la
cultura de los pueblos mesopotámicos influye en todo el Medio Oriente, y eso
incluye lo que hemos dado en llamar tradición bíblica, pero no están del
todo solapados, y más cuando muchos textos bíblicos, escritos en cautiverio a orillas
del Tigris y el Éufrates, aprovechan esa tradición que comienza con el pueblo
de los cabezas negras, los sumerios, pero adaptándolos convenientemente a sus
ideas incipientemente monoteístas. Tenemos que considerarla, entonces, una
corriente de influencia cultural diferente.
La poesía de David Calzado aquí es poesía; como toda, como todo texto literario, se lee de por sí. Eso pasa con todas las obras literarias. No necesito saber el mito de Narciso, por ejemplo, para disfrutar de un poema que hiciera, por algún motivo, referencia a él, pero está claro que conocerlo me permite un mayor alcance lector. De igual modo, no necesitamos leernos el Poema de Gilgameš o conocer sus elementos básicos para acercarnos a Planto de Gilgameš y disfrutarlo, pero desde luego nos quedaría coja nuestra comprensión de estos poemas.
Mi fascinación por las civilizaciones antiguas, y muy especialmente la sumeria, viene de lejos, y esto ya lo he comentado en varias ocasiones. El Gilgameš lo leí hace bastantes años, en la preciosa edición de Mitchell, y esa lectura la recuerdo de manera muy cristalina, y cómo la disfruté. El viaje mítico del príncipe de Uruk, de este lugal más que ensi, viene precedido y motivado por su relación, primero de rivalidad, después de amistad sentida, con ese ser primordial que es Enkidu, el único a su altura, su par, y más tarde por su fallecimiento. Es imposible hacer espóiler de una obra clásica, antigua, carece de sentido ese término en ellas, pero no voy a ofrecer una sinopsis del Poema de Gilgameš aquí, con la esperanza de que, en su lugar, te acerques por ti mismo a su lectura, si no la conoces, o bien te veas, por ejemplo, la conferencia de Eva Tobalina al respecto (en YouTube), o investigues por otros medios.
Yo
hablaré aquí de memoria, que me guíe la que es tan traicionera conmigo para
cuestiones nimias y tan amiga en los momentos clave. No repasaré el Gilgameš,
ni buscaré información alguna hasta acabar este artículo. Que fluya con verdadera
fruición todo lo que deseo decir. Después, y solo después, veré si he cometido
errores, tal vez los corrija.
Para empezar, un apunte que quizá
debí decir antes, acerca de la pronunciación de las palabras sumerias. No se
pueden afirmar al 100%, pero sí con cierta seguridad: existen ciertas normas de
pronunciación en esta lengua que para muchos de nosotros son contraintuitivas.
Sigo a Lara Peinado, a su Gramática sumeria seguramente ya superada
después de tantos años, de memoria también, no la consulto. Son varias esas
normas de pronunciación, según diferentes factores, pero en general sus
sustantivos y adjetivos son llanos (paroxítonos), no agudos (oxítonos), como
nos pide el cuerpo pronunciar si acaban en consonante, seguramente por influencia
de las lenguas semitas y del inglés, y porque no se transcriben las tildes. De
este modo, la ciudad de Uruk se pronuncia Úruk, igual que Lágaš y demás
ciudades, y asimismo Enkídu, que sí nos sale llana de forma natural por terminar en vocal, y el
propio Gilgámeš, y sus dos g oclusivas (/g/). Ni siquiera a mí, que lo
sé, me sale si no lo pienso, mi tendencia es a pronunciarla aguda (Gilgaméš) y con la primera g como j, y
fíjate qué élfico y místico sonaría esdrújula (proparoxítona): Gílgameš. Pero
es llana, es Gilgámeš, en la lengua original. En su traerse a las nuestras esto
puede cambiar, y de todas formas apunto esto de la pronunciación porque tenía
ganas de decirlo de una vez y esta era mi ocasión, no porque pudiera ser
importante en los poemas de David Calzado. A ti te sonarán como te suenen, y el
ritmo versal puede que nos dé pistas de cómo hemos de pronunciarlo ahí.
Hace
mucho tiempo que subí un artículo en otro blog sobre Enkidu, Gilgameš y Šamhat;
los relacionaba con Adán y Eva por entonces, destacaba los contrastes. En mi
lectura inicial de la epopeya, más allá de lo que supiera por el estudio previo
u otras fuentes, Enkidu y Gilgameš comienzan siendo unos auténticos brutos, de
fuerza descomunal ambos, pero de forma distinta. Enkidu en el buen sentido,
como hombre primordial vinculado a la naturaleza y los instintos, y Šamhat, prostituta
y sacerdotisa, será literalmente la trampa para empezar a civilizarlo,
perdiendo Enkidu de este modo su inocencia. Si el cambio fue a mejor o a peor, es algo
sobre lo que reflexionar.
Gilgameš, en cambio, rey de Uruk,
es un bruto refinado, en el sentido de que es un déspota en el ejercicio de su
poder, físico y político, si bien se considera el pilar de la ciudad. Se
destaca el hecho de que, por derecho, se acuesta con todas las mujeres que se
casan en el día de su boda: el primer hombre que las prueba sexualmente no son
sus maridos, sino el lugal, Gilgameš. Destaco este hecho y no otros para
ilustrar su despotismo porque es el terreno afectivo-sexual al que quiero
llegar.
El primer encuentro entre estos dos hombres no puede ser más bruto, más estereotípicamente masculino: una pelea a puñetazo limpio. Empatan, y esto engrandece la figura de Enkidu a los ojos de Gilgameš, pues nadie se le resistía hasta entonces. Enkidu, a su altura, acaba siendo su amigo inseparable. Es esta relación de amistad tan estrecha la que les hace acometer diferentes proezas en favor de Uruk y, sobre todo, la que los lima, la que los pule, porque el sentimiento en esa relación se impone al instinto y la apetencia egoísta, se ennoblecen desde un punto de vista humano. La muerte de Enkidu, pues, es un mazazo tan terrible en aquel Gilgameš ya tan distinto al del principio de la historia, que le lleva a la meditación acerca de la muerte y la inmortalidad, y ahí comienza su búsqueda, el viaje de ida y vuelta de Gilgameš.
El amor
es un sentimiento universal que atraviesa todos los tiempos. Pero la cultura
determina nuestro comportamiento afectivo y sexual. Con ojos occidentales del
siglo XXI no se pueden leer textos antiguos. Las relaciones amorosas y de
pareja son diferentes, y determinados términos que usamos ahora son
completamente anacrónicos para ellos. El ejemplo claro está en el mundo
helénico. La esposa para los hombres libres es la legítima y la que dará
descendencia, y las exigencias acerca de su comportamiento moral y social son
altas y muy restrictivas. Sin embargo, en el mundo griego antiguo, el hombre dispone de libertad
para otras relaciones. Sexuales, sí, y también afectivas. Las hetairas, por
ejemplo, de las que también podían enamorarse. Los efebos. Y relaciones
homosexuales, más estrechas emocionalmente que con la propia cónyuge en muchos
casos, o cónyuges si vamos al Medio Oriente y su poligamia en según qué
civilizaciones y épocas, y las concubinas, ambos casos privilegios de ricos. Y aquí,
en el Poema de Gilgameš, eso es así y hay que darlo por hecho sin
juzgarlo, si queremos entenderlo. Gilgameš aparece en su virilidad lasciva al
principio del poema, ya he comentado lo de su derecho a acostarse con las
desposadas en su primera noche de casadas, un derecho que ejerce. Sin embargo,
en lo afectivo, ¿quería a alguien más que quiso a Enkidu? A lo largo de la
historia, cuando se relatan los casos de amigos inseparables, se acaba discutiendo
si ello también supone una relación homosexual. No en el caso griego, claro, en el que era explícito, acordémonos de los tebanos, de los espartanos, estaba normalizado socialmente,
no hay discusión. Pero sí en otros casos. El prototípico es el de David y Jonatán en el Antiguo Testamento.
Los
puristas morales y creyentes hebreos y cristianos te lo van a negar. David y Jonatán
eran amigos y compañeros de batalla. Ya, hasta ahí. David era bastante
mujeriego, como todos los reyes de su época tuvo varias esposas y concubinas,
luego vendría Salomón para subir ese listón (hablo del texto bíblico, no de
registros históricos). El puritanismo cristiano casi que podría celebrar esa
promiscuidad que mandaría al infierno al resto de la grey para negar una
relación homosexual entre ambos, teniendo en cuenta que el texto bíblico señala
a David como el escogido de Dios y no hubo ni habrá hombre más agraciado a sus
ojos. Pero es que el gusto sexual, e incluso amoroso, por las mujeres (David se
enamora, al menos, de Abigail, ya casado; no se nos ocurriría decir que se polienamora,
pero lo hace), y ese gusto por las mujeres, que hace que le metan en la cama a una
adolescente en sus últimos días, no tiene por qué negar el enamoramiento entre
David y Jonatán, y esto es un concepto que a nosotros nos cuesta asumir, está
lejos de nuestros esquemas. Y, en todo caso, admitiendo la ausencia de sexo
entre ambos, desde luego en lo emocional, en lo sentimental, en lo afectivo,
¿no es amor lo que sentían el uno por el otro, amor incondicional, con sus
ganas de verse, el disfrute de la compañía mutua y su preocuparse y darse el
uno al otro?
La relación entre Enkidu y Gilgameš
es esa. Nosotros hoy la llamaríamos homosexual, Enkidu y Gilgameš se aman. ¿Se
acostaban? No importa, en realidad, aunque para mí está claro que sí. Pero si
para ti no, porque el homoerotismo no se explicita en el texto, no importa: se amaban. Y ese amor se estremece ante la muerte del ser
amado. Esta es la perspectiva contextual, entiendo, con la que se debe encarar Planto
de Gilgameš.
