INTRODUCCIÓN
El propósito de este artículo es doble. De una parte, voy a resumir la historia de Clitemnestra y, para ello, sigo las explicaciones que da Eva Tobalina acerca de la tragedia griega. Son cinco conferencias publicadas en YouTube, en el canal de Raíces de Europa (@raicesdeeuropa), y todas comienzan por La Tragedia Griega. En concreto, me guío por el segundo, La Tragedia Griega II. Grandes ciclos temáticos: Micenas y Tebas. Eva Tobalina, publicado el 8 de julio de 2022. Me vi toda la serie hace tiempo, mientras disfrutaba de Esquilo e iba poniendo mis impresiones lectoras de sus tragedias aquí en este blog; me las estoy volviendo a ver, otra vez, para refrescarme mientras leo a Sófocles y a las puertas de comenzar la lectura de Lechuza blanca sobre Argos, de María Luisa Regalado (Con M de Mujer, 2025). Mi memoria es como es, alguna vez hablé de ella, se queda con lo fundamental y, sobre todo, con lo que me hace sentir, y olvida rápido nombres y detalles. Así que este resumen será también un tanto un anclaje para ella. Además, teniendo en cuenta que Eva Tobalina es experta en el mundo antiguo, aprovecho para recomendar sus otros vídeos relacionados, como el del mundo minoico, el de Micenas, el de los pueblos del mar y la crisis de la Edad de Bronce, entre otros.
Por otro lado, trataré de expresar, en la medida en que pueda recordarlo, por qué empaticé con ella en mis lecturas de la trilogía de La Orestía de Esquilo. Eso no significa que no lo haga con Orestes y Electra. Cada uno tiene sus razones, cada uno vive su propia tragedia interior, su conflicto, y no se me escapa que el planteamiento de las tragedias griegas es el debate entre dos opciones, sin que ninguna de ellas sea feliz, ambas son horribles. Quiero decir, soy consciente de que me hago anacrónico en mis palabras, pero, al fin y al cabo, recordemos, lo que trato de transmitir es la conexión emocional e interna propia con el personaje, mi propia catarsis.
Leer las historias míticas es como leer las historias bíblicas. Me refiero a la disposición, a cómo entras en ellas. Incluso con ojos actuales. Para los coetáneos de los tragediógrafos griegos, para los helenos de la Grecia clásica, estas historias arcaicas seguramente se darían por ciertas; estaban ligadas a sus ciudades, su religión y su cultura, como las bíblicas al pueblo hebreo y, posteriormente, al ámbito cristiano. Tienen un plus de veracidad y también de fe religiosa que, seguramente, no esté en nosotros, no en la mayoría de nosotros. Acudes a ellas considerándolas, o bien falsas, al menos no históricas, o bien remotas, sabedor de que su germen histórico ha sido manipulado por el paso de los siglos y las manos de una cultura que se va tejiendo poco a poco. Ahora bien, una vez metido, las vives según sus parámetros de verosimilitud, y puedes observar a sus protagonistas como seres humanos, aun asumiendo las normas legales y sociales tan antiguas en las que te sumerge. Las enseñanzas políticas y de orden social ya no las aceptamos, aunque no las ignoramos, pero seguimos considerándolas historias nuestras, son nuestros mitos o nuestras páginas bíblicas, según el caso, y buscamos nuevas interpretaciones y perspectivas a partir de la historia dada.
Particularmente, no me parecen bien las tergiversaciones interesadas de cada época, incluida la mía, eso es otra manipulación. Lo que se cuenta es lo que se cuenta: tratar de dulcificarlo, hacerlo políticamente correcto o darle la vuelta de manera burda y descarada no va conmigo. Pero sí me parece interesante el destape dentro de su propia organización interna, dejarlas desnudas de las "explicaciones" interesadas de su momento, de lección moralista o política, y una vez desnuda la historia en nuestras manos, interiorizarla, yo tiendo a hacer eso sobre todo en lo poético o literario, de un lado, y en lo humano, de otro. Por eso me llama la atención la propuesta de María Luisa Regalado con su Lechuza blanca sobre Argos, que no he leído aún, digo como planteamiento inicial.
EL RESUMEN (SIGO A EVA TOBALINA CON ALGUNA APRECIACIÓN PROPIA) Y APUNTES SOBRE LA MARCHA SOBRE MI EMPATÍA CON CLITEMNESTRA
Agamenón es uno de los hombres más poderosos de la Grecia de la Edad del Bronce. Es el rey de Micenas, la rica Micenas, y su hermano, Menelao, es el rey de Esparta. Este monarca micénico, magnífico y soberbio (en el mal sentido también) ha cometido ya muchos crímenes y atrocidades. La verdad, empieza muy mal la cosa para que nos pueda caer bien. Pero no solo a nosotros los de ahora, a los primeros griegos que vieron las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides tampoco, aunque de manera distinta: ellos conservaban, al menos, la idea de que representaba el poder y autoridad de la polis, nosotros tenemos ya carta de libertad para aborrecerlo al completo. Una de esas atrocidades fue asesinar al marido de Clitemnestra para así casarse con ella. La afrenta de que Paris rapte y se lleve a Troya a Helena, hermana de Clitemnestra y cuñada de Agamenón, esposa de Menelao, podrá observarse así en función de honra y dignidad política y no tanto romántica en nuestros términos, porque, vamos, lo que ya antes ha hecho Agamenón, cargarse al marido de Clitemnestra para poder tomarla como esposa, pues desmonta completamente esa visión tan nuestra, los términos son esos, ni te imagines a Menelao como un broken-hearted. Ahora, asumiendo que la vida era así, Clitemnestra no deja de ser humana, podemos entender que no parece una buena manera de afrontar un matrimonio y que muy afín a su nuevo esposo no debe de ser, muy emocionalmente inclinada a él. Aun con todo, tienen tres hijos: dos chicas, Electra e Ifigenia, y un varón, Orestes.
El rapto de Helena da pie a que diversas polis griegas declaren la guerra a Ilión (Troya); esta es la causa en la narración mítica, el casus belli, porque la narración histórica de este conflicto entre griegos e hititas es meramente económica y política, como todas las guerras. Y, aunque el ofendido directamente es Menelao, el líder de la expedición helena es Agamenón. Sin embargo, queda parada en Áulide: el mar no permite salir hacia Troya, parece que algún dios debe de estar enfadado con ellos. Tras consultar a los agoreros, se confirma: la diosa Artemis está disgustada con Agamenón porque este ha dado muerte a una cierva, y no les va a permitir embarcar para hacer la guerra. La única solución es que Agamenón le sacrifique a su hija Ifigenia a cambio.
Dependiendo de la versión y de cómo se cuente, tus removimientos internos pueden ser distintos. A mí esta historia de Ifigenia me fue contada por primera vez de la siguiente manera. Clitemnestra e Ifigenia son llamadas por Agamenón sin descubrirles nada del problema con la cervatilla de Artemis. Así que, en esta versión, se nos presenta a Clitemnestra yendo hacia su marido porque simplemente desea su compañía, y a Ifigenia muy ilusionada y contenta por ver a su padre. ¡Las han llamado para que vayan a Áulide! ¡Qué bien! En el último momento, con ellas allí completamente engañadas, Agamenón descubre el verdadero propósito. Ifigenia, obediente y fiel a su padre, acude ella misma al altar para que la sacrifique a Artemis. Y Clitemnestra lo contempla, madre destrozada. Que sí, que muy bien, que las aguas se calman y todos estos ya pueden ir a la guerra. Pero... ¿el precio ha sido la vida de tu propia hija? Entonces, ¿cómo nos figuramos a Clitemnestra? ¿No es una mujer rota, cuyo marido ha matado en un altar a la inocente Ifigenia? Muy traumada, diríamos nosotros ahora, quebrantada, desolada.
Es cierto que existe otra versión en la que en el último momento aparece un ciervo enviado por Artemis para que pueda sustituirse por Ifigenia, una historia que nos recuerda (a nosotros) a Abraham, Isaac y el carnero trabado. Y entonces Ifigenia se hace sacerdotisa de Artemis. Pero, aun con todo, Clitemnestra ha sido engañada, ha recibido el escalofriante disgusto de que hay que matar a su hija, la ha visto ir al altar del sacrificio, ha contemplado cómo Agamenón casi la degüella. El impacto psicológico es brutal en todo caso. Yo me quedo con la primera versión; la segunda me parece una dulcificación a posteriori sin ser yo experto aquí, hablo de una mera impresión.
Me imagino a una Clitemnestra destrozada regresando a Micenas, completamente en shock. Después, es ella la que se encarga de gobernar la ciudad en ausencia de su rey. Aquí ya tiene un amante, Egisto, con quien es feliz. De aquí viene la mala fama de Clitemnestra. A los ojos de los ciudadanos, la reina que los gobierna está siendo infiel y libertina, haciendo lo que le da la gana, con un Egisto consorte. Yo, sin embargo, la observo al fin dichosa, rehaciendo su vida con un hombre que verdaderamente la ama. Son diez años de ausencia de Agamenón. Podría incluso haber muerto en batalla o engullido por el mar. Y si una década es mucho tiempo para nosotros, en aquella época lo es aún más. Clitemnestra, al fin, vive, libre y feliz en cierto modo.
Por su parte, diremos que Egisto tiene muchos motivos para odiar a Agamenón, además. Su padre, Tiestes, le disputó el trono de Micenas a Atreo, el padre de Agamenón. Para vengarse, Atreo asesinó a los hijos de Tiestes (excepto a Egisto) y se los dio a comer en un macabro banquete, por lo que Egisto tenía juramento de venganza contra la familia de Tiestes.
Tras diez años de ausencia, aparece Agamenón victorioso de la guerra de Troya. Entre otras pertenencias de su botín, trae a la pobre Casandra, una troyana ahora hecha esclava y que soporta una maldición de Apolo: al haber rechazado ser su amante, Apolo la castiga con el don de la clarividencia y de profetizar acertadamente sin que nadie la crea, así que Casandra percibe que se ha derramado mucha sangre en la casa de Agamenón (más de lo que los micénicos saben) y vaticina el crimen que se va a cometer, sin que nadie le dé crédito. Al contemplar espantados el regreso de Agamenón, Egisto y Clitemnestra planean asesinarlo y lo llevan a efecto. Esto es lo que se le achaca para aborrecerla, para odiarla: infiel y asesina. Y yo, lo siento mucho, pero tal y como está sucediendo todo, soy incapaz de ponerme en su contra. Clitemnestra ha sido siempre, en todas mis lecturas, un personaje roto y rehecho, o al menos remendado, una víctima que se sobrepone. Sí, asesina a Agamenón; sí, legalmente le fue infiel al que asesinó a su primer esposo y a su hija, vaya, que no, no siento ninguna aversión por ella, al contrario.
Ahora Clitemnestra y Egisto gobiernan la ciudad ya tranquilos, libres de Agamenón. La ciudad, sin embargo, no los siente legitimados, los ciudadanos están escandalizados, no la quieren, la mala fama de una Clitemnestra decidida se enciende más. Además, Electra llora desconsoladamente la muerte de su padre. Esta muchacha era muy afín a él, lo amaba enormemente (de ahí lo del complejo de Electra) y solo piensa en matar a su madre y a su amante. Orestes, su hermano, regresa, con una misión encomendada directamente por Apolo, que le ordena matar a su madre. ¡Matar a su madre! ¡Eso es una absoluta impiedad! Bien apoyado por su hermana Electra, bien en participación conjunta, ya depende de la versión, lo hacen; al menos Orestes, si no Electra también, acaba con la vida de Egisto y de su madre Clitemnestra.
Ahora el que tiene un serio problema es Orestes. Por obedecer la orden de un dios olímpico ha desobedecido una ley natural infundida por divinidades más antiguas. Sus dos opciones eran desobedecer o desobedecer, el mismo dilema que el de Antígona. Pero la historia de Orestes es ya es otra historia, que además ya he comentado en mis impresiones lectoras sobre La Orestía de Esquilo.
CONCLUSIÓN
Mi intención era primero dar un resumen y luego consignar mi simpatía personal por Clitemnestra, pero me ha resultado más fácil hacer ambas cosas a la vez. De este modo, ya quedan aclaradas mis palabras pronunciadas ayer en el reel de Instagram (@extramurado) donde realizaba el unboxing del libro de María Luisa Regalado, me resitúa para leerlo con más sentido, sirve de contexto para cuando dé mi impresión lectora de Lechuza blanca sobre Argos y, en parte, me reconecta con las tragedias de Sófocles que también reseñaré subjetivamente en mi serie de A tragedia cada x.










