Diega y otros relatos, de Ruth Román (diciembre, 2017), es un libro de nueve cuentos y microcuentos que me ha encantado, fijaos qué directo soy dando mi impresión lectora esta vez, para que no haya dudas. Me ha encantado en varios sentidos del verbo encantar y, por supuesto, ahora expondré por qué, qué he hallado en una obra tan breve cuya autora publica apenas dos meses después de su novela Los abubillos. Se encuentra en Kindle, solo en Kindle, que yo sepa, al igual que su siguiente obra, una comedia en tres actos que de seguro estará muy pronto comentado en este mismo blog.
Estos nueve cuentos son de una alta sensibilidad en cómo son tratados sus temas y cómo se presentan y desarrollan los personajes principales de cada uno. Su lectura es sencilla, ligera, precisamente por ese estilo narrativo muy propio de la autora, su voz narrativa, que parece llevarte de la mano. En solo nueve relatos, muy breves, la mayoría microcuentos, Ruth Román despliega todo un universo literario, que para mí ya es reconocible hasta cierto punto tras haber leído Los abubillos pero que, igualmente, me sorprende en varios de ellos por explorar otros aspectos distintos a los que aparecen en su novela. Pero simplemente con las nueve historias que aparecen aquí es suficiente para asegurar eso de su universo literario, un cosmos propio que hace que nos sepan a poco solo nueve relatos... Su universo está compuesto por su voz narrativa particular, cuidada y natural a a la vez; una determinada manera, respetuosa y sensible, de tratar a sus propios personajes al tiempo que les dota de una psicología y una biografía rica y coherente, los temas de interés que resalta (elogio de la vida sencilla; fe en el ser humano, en su valía; respeto y disfrute ecológico; ...), el trasfondo de los conflictos y su forma de resolverlos (su tendencia a determinado tipo de resolución), una imaginación sorprendente y característica; un humor blanco que asoma en el momento adecuado; una ironía fina que lo que hace es mostrar con algo más de intensidad la realidad de las motivaciones, intenciones y actos; claridad de ideas de sus personajes principales (que no siempre serán humanos); y, valga la redundancia y sobre todo, la humanidad de su visión en ellos. Aquí me cuesta explicarme, porque decir que su tono suele ser dulce, tierno, puede llevar a engaño, ya que a un tiempo es consciente e inteligente: es un tono dulcemente inteligente, tiernamente consciente. Igual que en Los abubillos, aquí. No obvia las dificultades, los problemas, las taras, las tristezas, pero las resuelve buscando la cara más lúcida de ese poliedro tan complejo de la existencia de sus personajes (y las nuestras), y por lo general decide quedarse en ella una vez localizada. Ahora comentaré, en dos de sus relatos, el punto de tristeza al que me ha llevado justo un poco antes de acabar. La Ruth narradora no es ajena a la parte oscura de la vida y la realidad, ni tampoco la soluciona con finales felices per se o Deus ex machina, ni con simple aceptación, sino que la amabilidad, la fe en el individuo y su potencial, y el optimismo triunfante, aunque sea al final de manera tímida (casi siempre lo es todo el tiempo y no tímida en su manera, precisamente, pero alguno hay así), así como la victoria de la sencillez del alma humana y la coherencia es lo que supone la auténtica salvación, precisamente el mantenimiento o el hallazgo de la autenticidad sin avergonzarse de ella. Por eso me ha encantado, me ha vuelto a dejar fascinado Ruth Román, otra vez.
Nada de buenismo, hay bondad elegida e inteligente. Por eso decía que sí, que Ruth ha llegado a hacer sentir tristeza en algunos de sus relatos, aunque tiene el detalle que no esté en el final, en su justo final. El primer relato, "Diega", lo consiguió, me estremecí y además pensé que terminaría así, mientras pensaba si no iba a encontrarme con una Ruth diferente a la de Los abubillos, así empecé mi lectura. Por cierto, y por si no lo he dicho, me encanta cómo elige los nombres de sus personajes, esa es otra de sus características como autora. El tercer relato, "El cumpleaños de Benita", que me llevó a una Abubilla del Camino que no se menciona y con un alcalde muy diferente al que conocí, me engañó completamente cerca del final. Lo hizo a propósito Ruth, es evidente: crees que acaba de una forma, lo consigue con maestría en pocas palabras. "Guayarmina", el séptimo relato, podría ser el más divergente del resto, de principio a fin, por eso digo que son relatos con diversidad, tanto en las historias en sí, como en el perfil de personajes y el desarrollo y final.
La base de estos nueve relatos, desde el punto de vista del contenido, es la superación, hablo en general. Sus protagonistas, por motivos muy diferentes en cada historia, tienen una traba o están en desventaja, se enfrentan a una situación grande y grave que superar. Esta dificultad puede o no resolverse en sí misma, pero lo que sí se resuelve es la dignidad de estos personajes, el descubrimiento por su parte de su verdadera dignidad. Ruth los dignifica, les otorga un valor inmenso que ellos al final encuentran, y esa es la auténtica solución, el impresionante final feliz. Son historias muy originales en sí mismas. La sorpresa de algunos finales demuestra su buen manejo del microrrelato, pero lo más importante no es que en muchos de ellos nos sorprenda el final, sino que ya su planteamiento nos sorprende, también su nudo. Suele dejarte pensando, a veces cognitivamente, a veces en lo emocional, y en muchos casos también te deja sonriendo. Yo creo que eso es lo que pretende Ruth Román: dejarte sonriendo en tu empatía hacia sus criaturas. Y repito: su soltura al escribir, su sensibilidad humana y la sorpresa es lo que más destaco de estos cuentos, por eso son encantadores.
Tres de sus historias ("El cumpleaños de Benita", "Nube y el arte de vivir" y "El aire") traen ecos de Los abubillos. Lo digo así no solo por el orden cronológico de las publicaciones, sino porque su novela la leí antes, para mí son ecos de Los abubillos aquí. Si en realidad fue así, o fue al revés, que la materia de estos tres relatos se llevase a la novela, o incluso el primero de ellos pudiera ser su germen, algo por lo que me inclinaría a pensar, ya que en Los abubillos parecen más desarrolladas esas ideas, o incluso ser simultáneas, es algo que desconozco completamente. No sé nada de su proceso creativo, y lo cierto es que, al estar publicadas tan próximas en el tiempo estas dos obras, es imposible para mí saber si fue antes el huevo o la gallina, lo único que sé es que el huevo, sea cual sea de ambas obras, es de gallina criada en suelo y feliz, muy feliz, eso sí lo sabemos. Pero, sea como haya sido, corrobora mi afirmación de que Ruth Román despliega un universo literario propio: se constata con estas correlaciones que posee un imaginario, semillas de ideas que contar y el tratamiento y el tono que desea darles al narrar.
Ahora bien, el resto de relatos ya no se conectan directamente con su novela, así que sí, sus historias nos ofrecen diversidad. Sí hay conexiones en la intención y el tono, sobre todo en las primeras historias, las del final son nuevas exploraciones sin renunciar a su estilo. Cada personaje es único, está configurado en individualidad propia, con su propia personalidad.
Compruebo, entonces, que Los abubillos no era, digamos, una mera casualidad o capricho de una persona que le da un arrebato y luego se pasa a otras cosas, una novela que se escribe como la única en la vida, sino que en Ruth Román hay alma de escritora que desea expresar sus historias y tener una trayectoria. Detrás de Los abubillos, detrás de Diega y otros relatos, hay una mirada reconocible. En el caso de Diega y otros relatos, diré que, en general, aunque no se cumpla exactamente en todas las historias, se distinguen cuatro rasgos muy característicos:
1. Personajes inicialmente desajustados respecto al mundo.
2. Se reinterpreta lo que parece una carencia.
3. Se da una reparación: Ruth no los deja instalados en la herida, y los conduce hacia la reconciliación consigo mismos.
4. El final está ganado por el relato y no porque la autora necesite salvar al personaje.
En definitiva, sus características más salientes en mi opinión son la ternura y cercanía humana, la superación, la reparación, y la confianza en las personas. De Los abubillos llegué a decir que era la dulce antítesis de Amae pop blue. Puedo reiterarme en esa idea ahora, tras la lectura de Diega y otros relatos, pero con matices en cuanto a esa oposición. Ruth conduce a sus personajes heridos hacia una reparación (los que lo están, porque algunos aparecen bien enteros), mientras que yo, en cierto modo, meto a personajes emocionalmente hambrientos en el laboratorio y observo qué puñetas hacen. Bueno, esto último que he dicho, tanto de ella como de mí, es una simplificación bastante subjetiva y bastante reduccionista, téngase en cuenta. Pero solo hay que fijarse en los temas que ella misma selecciona para definir su libro: superar limitaciones, vocación, miedo, inautenticidad, alienación. Personajes que viven por debajo de sus posibilidades, fuera de sitio o condicionados por otros y que necesitan encontrar, y encuentran, una forma más auténtica de ser.
Parece mentira que de tan solo nueve relatos breves pueda expresar tanto, y corto me quedo. ¿Qué queréis que os diga ahora? ¿Que os lo recomiendo? Vosotros, ¿qué pensáis, que sí o que no? Puestos a recomendar, sinceramente, yo recomendaría que lo leyeseis junto con su novela Los abubillos. Si yo fuera editor, y la autora lo consintiera, los publicaría juntos en un solo libro: aparecería Los abubillos y después, como un regalo, todos estos relatos. ¿Tendrá más que no publicó? ¿Se quedarían ideas de su mundo literario sin desarrollar? Para poder disfrutar de la pluma de Ruth Román ya solo nos queda su comedia, Carlota, Alejo y la extraña azafata, de 2020, tres años después. Y nada más de momento, que yo sepa. Pronto os hablaré de esta obra dramática.

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