jueves, 6 de agosto de 2026

A TRAGEDIA CADA X: "LAS TRAQUINIAS", DE SÓFOCLES. IMPRESIÓN LECTORA.




Las Traquinias me ha dejado tan conmovido en algunos momentos, especialmente del final de la tragedia, como desconcertado en toda ella, y descolocado en algunas partes en cuanto a lector poco experto en textos de la Grecia clásica y por las expectativas que uno trae de inicio, y eso a pesar de que en cierto modo lo estaba advirtiendo José Vara Donado en su Introducción, y que más o menos estoy informado por varias fuentes de cómo escribía Sófocles. Tan desconcertado, que este desconcierto me ha impedido comenzar como quería, que era con una cita de la propia obra, pues me hace dudar entre dos, si no tres. La tragedia que menos me esperaba es la que más anotaciones me ha hecho tomar en mi cuaderno y tengo que reordenar mis ideas, a ver cómo afronto su impresión lectora, ahora mismo hay una amalgama de ideas juntas y revueltas en mi mente de cuestiones que me gustaría traer aquí tras leerla. Voy a darme un paseo y enseguida vuelvo, un momento...


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      Las Traquinias es la tragedia de dos personajes muy rudimentarios en lo humano, como son Deyanira y Heracles y, sin embargo, recibe su nombre del coro, mujeres de Traquis, que es la ciudad en donde se encuentra la casa de Heracles y donde se sitúa la obra, esa casa. Esto para empezar de algún modo, porque con respecto a la cita inicial no soy capaz de decidirme, y ambas son significativas pero no consiguen abarcar el mensaje general (y complejo) de esta tragedia. Una sería Grande y contundente es la victoria que obtiene siempre Afrodita (p. 112), frase pronunciada por el coro. La otra sería Por eso es que, si uno cuenta con dos días y peor si cuenta incluso con más, es que es un necio, pues no existe siquiera el mañana mientras no pase uno bien el día de hoy (p. 126), esto lo pronuncia el aya. Las referencias a páginas son de la edición de las Tragedias completas de Sófocles de José Vara Donado en Cátedra (27ª edición, 2025. La primera es de 1985). Y, dado que para mí el personaje central es Deyanira, he tenido la sensación de que se trataba de la versión femenina de Áyax en cuanto al carácter, palabras y actos de uno y otra, e incluso en la estructura, ambos se nos quitan de en medio antes de terminar la tragedia, que prosigue con otros.


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     Deyanira es la esposa de Heracles, quien se halla ausente de su casa con sus historias heroicas, que ya veremos que no lo son precisamente, al menos tal y como nosotros concebimos el heroísmo. Es imposible que nos formemos una buena imagen de ellos, especialmente de Heracles. No nos puede caer bien, claro, a nosotros no y a los coetáneos de Sófocles no lo sé, tengo mis dudas. Pecaría de anacrónico si dijera eso, pero es que, aun con todo, da la impresión de que podría haber sido así en según qué aspectos tal y como se expresa Sófocles. Deyanira se nos muestra como tonta, que no estúpida. Quiero decir, tonta por ingenua y también por simple (como Áyax), no por engreída o subidita. La primera cita que puse antes, la de Afrodita, es muy relevante, dado que la motivación sexual es clave tanto en una como en otro, como ya apuntaba José Vara Donado en su Introducción. Según él, se ha discutido, pero tras leer la obra estoy con él: no es el amor, sino el sexo la motivación principal de Deyanira, en este caso, y de Heracles, por supuesto. Pero decirlo así es injusto, dado que la visión del amor y de la vida sexual en aquella época en Grecia es muy diferente a la nuestra, así como los roles de género y las relaciones, y porque parece, al decirse así, que se menosprecia el sexo y no hay por qué, no es indigno, al menos no en el caso de Deyanira, en mi opinión. De ahí la mención a Afrodita, tan nombrada, bajo ese nombre o bajo el de Cipris, en los epigramas eróticos griegos. Es la diosa de la libido, del deseo sexual, dejémonos de eufemismos, aunque no siempre llamar a esto amor lo sea, sea un eufemismo. En esta nuestra época ya nos estamos desprendiendo de ellos al acercarnos a los clásicos, y Vara Donado escribe en los ochenta del siglo XX, que conste. ¡Buf!, ahora me toca explicar esto que he dicho y daros una semblanza del Heracles y la Deyanira que aparecen aquí. Voy a dar otro paseo y regreso, me he metido en un jardín muy grande. Solo diré una cosa para no quedarme con las ganas, porque hace tiempo que quería decir esto y acabo de encontrar el momento: a ver qué nombres les ponemos a nuestros hijos. Hay nombres propios que nos suenan muy bien, da igual que sean bíblicos o de fuentes clásicas. Jezabel, Deyanira, Heracles o Hércules, Dina, Sherezade, ... sonar, lo que se dice sonar, nos pueden sonar a música celestial. Incluso algunos de ellos tienen un significado muy bueno. Pero, por favor, investigad primero quién lo llevó, qué era, cómo era y qué hizo o qué le pasó y luego ya obráis en conciencia, es un consejo, se trata de tu hijo o hija. Que, a lo mejor, quién sabe, le da por leer de mayor, no sé. Bueno, que ahora vengo.


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     Creo que lo mejor será que empiece por resumir un poco el argumento, y lo haré de la siguiente manera: primero, lo contaré desde el punto de vista de Deyanira, y luego desde el de Heracles. Por último, haré otras apreciaciones, si es que no las he volcado todas en los resúmenes anteriores (en cursiva y de color morado si las inserto ahí).


LAS TRAQUINIAS, ENFOCADOS EN DEYANIRA


     En Traquis, Deyanira lleva mucho tiempo esperando el regreso de su esposo, Heracles. Pero tiempo. Y está en un ay; temerosa, no hace más que lamentarse de su ausencia, no solo porque teme por su vida, sino porque lo echa de menos en la cama. Si en esta Grecia es bien sabido que los hombres no solo se acuestan con sus esposas, el caso de Heracles es un nivel más: al fin y al cabo, es el prototipo de lo masculino en ese aspecto, del fuego sexual masculino, el hercúleo Heracles (lo siento, no he podido evitar esa redundancia) se acuesta con muchas, a capricho, por no usar un verbo que ya utilicé demasiado en mi novela. Pero el caso de las mujeres, especialmente de las nobles, es bien distinto y Deyanira es la representante aquí del fuego sexual femenino (esto del fuego sexual no es mío, sino de José Vara Donado en su Introducción). Para eso, entre otras cosas, necesita a Heracles, que a saber dónde está y qué hace. "Chochona", "higona", pronunciado a la andaluza, con hache aspirada, le faltó llamarla el aya cuando le sugiere, con palabras prudentes, que a qué espera entonces para mandar a alguien a que le traiga noticias de él en lugar de ser tan pasiva con eso, tiempo no le ha faltado si tan preocupada está, que mande a su hijo Hilo, que se encuentra por allí y que accede de buen grado cuando su madre se lo acaba pidiendo. Al coro, compuesto de muchachas traquinias, les dice, para confirmar esto que acabo de decir hace un momento del fuego sexual, que sus apasionadas y continuas inquietudes jamás adormecen y que Heracles siempre está en jaleos bélicos de los que los dioses siempre le salvan de la muerte. Dice, en fin, que, al casarse, una mujer se llena de preocupaciones por su marido y por sus hijos; que Heracles le ha dado una carta donde expone cuáles de sus posesiones son para ella y cuáles para sus hijos, como si temiera su muerte; y que por eso se ha despertado tan alterada.

      Entonces aparece un mensajero (no un heraldo oficial), quien le anuncia que Heracles no solo está vivo, sino que viene victorioso y con botín. Licas, el heraldo oficial enviado por Heracles, aparece luego con unas mujeres hechas esclavas y confirma que Heracles está bien. Se retrasa porque está haciendo unas ofrendas por una promesa. Ha destruido completamente el país de procedencia de esas mujeres. Deyanira siente compasión por ellas. Este sentimiento, que después aparece más veces, justifica lo que dije al principio sobre nosotros como lectores y el público de la época, así como la segunda cita que barajaba para el encabezamiento. En este caso, en cuanto al tema de la esclavitud y las calamidades de los asedios y las guerras y los botines, todo ello más que asumido por estas personas, no se soslaya el hecho de que ellos mismos se den cuenta de lo terrible que es, no solamente porque podría pasarte a ti, sino contemplando a los tuyos, a tus propios esclavos, y esto no solo se ve aquí, se ve ya desde Los Persas de Esquilo, no es la primera vez que me lo encuentro, esto de ser capaces de ponerse en la piel del otro, esa empatía. Deyanira las observa y se apena: estas son las mujeres que Heracles se ha reservado para sí al destruir la ciudad de Eúrito. Y si Heracles está tardando tanto en regresar, es porque previamente fue hecho esclavo en Lidia y allí tuvo que estar mucho tiempo, según Licas. No desarrollo esta parte porque me haría demasiado extenso; la historia de Heracles en Lidia, en sus distintas versiones que aparecen en esta obra de Sófocles, sería para contarla aparte. Solo diré, y aquí no os queda más remedio que creerme, que Heracles es un hombre muy vengativo, como se verá al final de la tragedia. Por este motivo, especialmente, por su cólera sin control, decía que no nos puede caer bien. El caso: Zeus lo castigó con la esclavitud en Lidia por haber matado a Ífito a traición, despeñándolo, pero ahora los que se burlaron de él siendo esclavo están muertos, y su ciudad reducida a esclavitud. Aquí el corifeo le pregunta a Deyanira si no se alegra, realmente es un reproche, porque ella no parece manifestar esa emoción que se supone que debe manifestar. Ella responde que sí, que se alegra porque es obligatorio alegrarse, pero que su cara es de preocupación por él: igual que le va bien ahora le podría ir mal después (la Fortuna y su rueda...), y pone de ejemplo a esas mujeres que tiene delante, que han visto cómo su suerte ha cambiado drásticamente de un día para otro: hace nada eran libres, ahora esclavas. Y entonces se fija en Yole, quien por su aspecto parece de buena familia, la más noble, y más se compadece de ella por eso. Le pregunta a Licas quién es, pero Licas dice no saber nada de ella: Yole no habla y ha ido todo el camino llorando. Deyanira no se enfada con Yole por no responder; al contrario, la entiende y pide que se la respete, que demasiado tiene encima en este momento, Deyanira no la quiere importunar. Por muy tonta que sea, que para según qué cosas lo es, al contrario que por Heracles, sentimos afinidad por Deyanira, al menos yo la he sentido de principio a fin de la tragedia, y aún más sabiendo como sabemos de antes, esto no lo he dicho, y sabremos todavía más después, cómo acabó siendo la mujer de Heracles, ya que la pretendía también, de muy jovencita, un río, Aquelao (que son divinidades, acordaos del padre de Dafne), hecho toro, al que se enfrentó Heracles para obtener a Deyanira; esta, en su momento, quedó impactada ("traumada", dirían algunos ahora), por las manifestaciones de lascivia y fuerza bruta tan prototípica e insanamente masculinas, por más que represente aquí al fuego sexual femenino.

     Cuando se va a marchar Licas, el mensajero le viene a decir a Deyanira que Licas miente, o al menos está ocultando información o la ha distorsionado. Le revela que en realidad Heracles arrasó la ciudad y la zona porque le pidió a Yole a su padre, el rey Eúrito, para tener una relación con su hija y este se negó. En su cólera, mata a Eúrito y reduce a cenizas la ciudad, hasta sus cimientos. Yole no ha venido en calidad de esclava. En ese instante, Deyanira se lamenta, y por un momento transforma su compasión por Yole en desprecio. Presionado por el mensajero y ella misma, Licas lo confirma. Lo que dice Licas es esto: a Heracles le entraron ganas de poseer a Yole (lo dice así, tal cual); para conseguirla, destruye Ecalia; que le ha ocultado esa información, no por mandato de Heracles, ¡qué va!, sino por iniciativa propia, porque sabía que eso la heriría, para no dañar su corazón; y, por último, que trate bien a Yole, porque ese Hércules, tan fuerte y tan invencible, está completamente rendido a ella. En ese momento, Deyanira piensa que está acogiendo al enemigo en su casa, refiriéndose a Yole, y el motivo es más físico que otra cosa: Y ahora somos dos mujeres las que esperamos los abrazos de un hombre bajo la misma manta (p. 113). Porque Deyanira es muy consciente de que poco tiene que hacer en esa competencia, y así lo expresa: Yole es más joven y, por lo tanto, más deseable para Heracles. Aunque repite mucho, eso sí, que no está bien que monte en cólera contra ella. Esto, una vez más, me hace empatizar con ella: en cuanto a su humanidad, me parece una mujer para ser elogiada.

     Si quiere ser ella la que esté compartiendo manta con Heracles, va a tener que recurrir a algo que, según ella misma, está mal, ella no lo ve nada bien en general, pero en este caso es necesario; se justifica ante el coro de lo que tiene determinado hacer, un acto hasta cierto punto legítimo si tenemos en cuenta que ella es la esposa de Heracles y que tiene derecho a desear y disfrutar del cuerpo y el fuego de su propio marido. Porque, aunque uno haga cosas deshonrosas, siempre que se hagan en la sombra, jamás se caerá en el deshonor (p. 115), llega a decir. Su medio es la hechicería, y tiene un recurso muy potente guardado en un cofre para realizarlo. Y, ahora, pues os tengo que contar por encima la historia de Neso, el centauro. La obra hace flash-back (analepsis).

     Cuando Heracles consiguió a Deyanira, se la lleva de su ciudad. Deben atravesar un río, así que un centauro que los acompaña, Neso, la pone en sus hombros. A este centauro se le califica de bruto varias veces. Debía de serlo, porque en mitad del vadeo no se le ocurre otra cosa que manosear a Deyanira (le mete mano, vaya). Inmediatamente, Heracles, llamado también el mozo de Zeus (es hijo de este y de Alcmena), ... Heracles le lanza una flecha a Neso que le hiere mortalmente en el pecho. Antes de morir, le confiesa a Deyanira que, si toma coágulos de su sangre, esta sangre será un filtro amoroso muy potente: untado en un tejido, el que se lo ponga no podrá resistirse a estar con ella. Y esto lo tiene Deyanira en un cofre, un túnica empapada de la sangre de Neso. Y ahora, después de tantos años, entiende que puede usarla para que su marido la elija a ella.

     Así que, pronta le da a Licas un manto impregnado de la sangre de Neso y otros ingredientes, metido en un cofre (pues no debe darle la luz del sol hasta llegar a su destinatario), con instrucciones muy precisas para que llegue a Heracles como regalo, para que se lo ponga para hacer sacrificios. Y Licas le asegura que las seguirá al pie de la letra. Y entonces el coro canta. ¡Que llegue de allá codicioso, en extremo, de amor, / tras haber sido empapado con toda la unción de la concupiscencia / de acuerdo con la profecía del bruto Neso! (p. 117).


     Y ya por fin aparece la tragedia, en el sentido popular de la palabra, y también lo que más nos puede llevar a pensar que Deyanira es tonta en el sentido al que aludía al principio, especialmente por sus consecuencias. Aparece ahora Deyanira lamentándose delante del coro de que, tal vez, haya llevado las cosas demasiado lejos. El coro, las muchachas traquinias, que le habían apoyado con todo esto del manto, le preguntan por qué, la cosa no es tan mala, ¿no? Y es que, para untar el manto con el mejunje de centauro, Deyanira ha usado a modo de brocha un mechón de lana. Una vez enviado Licas con su regalo, se ha dado cuenta de que ha dejado ese mechón embadurnado al sol y ha visto el efecto de la luz en él: ha acabado fulminado. Y entonces ata cabos. ¿Y si Neso le mintió? Se da cuenta: no es un filtro de amor, la intención del centauro era matar a quien le había matado. Algo que, por cierto, al final de la obra sabremos que se profetizó, que a Heracles lo mataría alguien muerto. Y entonces Deyanira declara que, si Heracles muere, ella también morirá:  ... pues teniendo que oír impertinencias la vida resulta insoportable a una que prefiere, antes que vivir, no haber nacido, si de nacer nace perversa (p. 119). Unas palabras que, para mí, son una mezcla de culpa, ingenuidad y estupidez. La respuesta del corifeo es que En última instancia, el enfado de la gente con las personas que han cometido un error sin intención es blando, y ése es el que va bien en tu caso (ibíd.), tratando así de atenuar la culpa y ese temor de Deyanira y, de forma un tanto tímida, evitar su suicidio, pero que a la vez pone de relieve su ingenuidad.

     Entonces llega Hilo, con palabras muy duras hacia su madre. La noticia que trae es la que ella temía, y acusa a su madre de haber matado a su padre (que no ha muerto aún). La acusa y reniega de ella, en base a lo que ha visto y a las explicaciones de Licas in situ acerca de que el manto que se puso Heracles para oficiar sacrificios procedía de ella. Además lo traen, traen a Heracles y ella lo va a ver en su agonía. Deyanira, a la que le duele ver a su hijo así con ella y sus palabras, en lugar de defenderse, se va sin responder a Hilo. 

     Entre lamentos, el aya informa que Deyanira ha muerto. Se ha suicidado clavándose un cuchillo en el costado. Lo hizo llorando, sentada en el lecho de Heracles (el aya lo vio todo, a escondidas, sin hacer nada realmente por evitarlo, y lo cuenta de una forma que es para leerlo, es muy conmovedora esta escena y la que seguirá). Su desconsuelo, su lamento, es que esa cama ya no será nunca más su lecho nupcial: ¡... nunca ya me volveréis a acoger como esposa en este lecho! (p. 126). El aya, en lugar de impedirlo por sí misma, lo que hizo fue avisar a Hilo de las intenciones de su madre. Este, que había llegado a decir ante el coro, con una ironía muy agria, ..., y ojalá que el placer que está propiciando a mi padre lo reciba ella (p. 122), se encuentra a su madre muerta en el suelo y se derrumba, y se produce una escena que me ha removido, estremecedora: Hilo se acuesta junto a su madre muerta y se lamenta, entiende que sus palabras han llevado a su madre a ese fin y se queda tumbado junto a ella. Y esta es la historia de Deyanira.


LAS TRAQUINIAS, ENFOCADOS EN HERACLES

     No vamos a repetir todo lo que sabemos de él cuando hemos resumido enfocados en Deyanira: lo de cómo la hizo su esposa, lo que estaba haciendo en Lidia, su deseo por Yole, ... Todo eso es así, así que aquí espero ser rápido. 

     De momento, cuando, en plenos sacrificios, empieza a sentir los terribles efectos del manto que lleva, con mucho dolor, convulsiones y caídas sucesivas al suelo, le pide explicaciones al fiel Licas, fiel a Heracles y a Deyanira, y él se las da: solo ha seguido las instrucciones de su esposa. A pesar de ello, Heracles se carga a Licas, y a lo bestia, que es su estilo para cargarse a la gente. Luego, moribundo y rabiando de dolor, pide que le lleven a su casa y lo hacen. Entran Hilo, un anciano y un cortejo que transporta a Heracles, de crudo carácter, según este anciano al mandar callar a un Hilo que se lamenta, eso del lloriqueo no le va a hacer gracia ninguna a su padre, mejor estar calladitos. 

     Sí, Heracles aún vive, y viene rabiando de dolor, tanto que le pide a Hilo que le mate con una espada por compasión. En esta parte final, Heracles habla mucho, a pesar de su estado. Maldice, y mucho, a Deyanira, mientras le pide a su tío Hades que le dé una muerte rápida. Describe su dolor, que ha llegado a los pulmones. Ordena a Hilo que traiga ante él a su madre, a Deyanira, porque él estará como esté, pero fuerzas no le van a faltar para matarla y así de paso contemplar por la muerte de cuál de los dos sufre más Hilo, a ver si es digno hijo, aunque luego ruega a Zeus que acabe ya con él de una vez, así es su sufrimiento. Y, mientras dice todo eso, relata sus hazañas, sus famosos trabajos, para resaltar que al final le ha matado una mujer, su mujer, ¡qué ironía! Y aun en ese estado de dolor y delirio, solo piensa en dar muerte con sus manos a Deyanira. A duras penas Hilo consigue al fin informarle de que, si le ha matado su madre, ha sido por error (erró al anhelar una cosa buena, p. 132), y se lo explica, de modo que Heracles entiende que quien en el fondo le ha dado muerte ha sido Neso (la profecía se cumplió). También le informa Hilo de que Deyanira se ha quitado la vida. Ya menos airado, solicita la presencia de sus otros hijos y de su madre Alcmena, pero no están en Traquis. Entonces le hace jurar que cumplirá sus deseos: que él mismo, Hilo, con sus brazos y ayudado de amigos, le arroje vivo en una pira en llamas en el pico más alto del monte Eta, que al hacerlo ni se le ocurra llorar (¡por Dios!), y que se case con Yole. A lo primero y lo último Hilo se opone de inicio: ¿arrojar vivo al fuego a su padre y casarse con aquella que, para él, es la causante de todos estos males? Y digo yo: ¡pobre Yole también! Pero, tras dialogar más, al final accede a los deseos de su padre.


OTRAS APRECIACIONES MÍAS Y APUNTES A TEMAS A DESARROLLAR


1. No acabo de acostumbrarme mucho a Sófocles, después de pasar por los serios Esquilo y Unamuno. Ni se me ocurriría decir que introduce elementos cómicos en una tragedia, lejos de mí afirmar tal cosa, pero desde luego, y de ello ya estaba informado, es muchísimo más variado y rico que Esquilo en diversos elementos, como ya dejé apuntado en Áyax. Y el uso del lenguaje y el manejo de situaciones y de cómo los personajes las narran es uno de ellos. Por ejemplo, la verdad es que me ha hecho gracia el motivo por el cual el heraldo oficial no llegó pronto a Deyanira (p. 102), de tal modo que otro se le adelanta, el mensajero, muy listo él, para obtener beneficios. Y es que, al llegar Licas a Traquis para informar a Deyanira, es rodeado, agobiado y hasta acosado por el gentío, ávido de noticias. O la ironía del mensajero refiriéndose a Licas en la p. 108, cuando le revela la verdad sobre Yole.

2. De la mujer resaltaría tanto... Y no es exclusivo ni de esta tragedia ni de Sófocles, claro. Aparecen como aparecen en muchos textos porque esa era su realidad en esa época (inevitable, de nuevo, acordarme de Lechuza blanca sobre Argos, de María Luisa Regalado, ya sé que me acordaré de esta obra cada vez que lea obras griegas clásicas, ya lo sé). Para empezar, nunca mejor dicho en Las Traquinias, la mujer como botín de guerra y el carácter de su esclavitud. Ya no puedo recordar en qué obra erudita o manual leí, fue hace mucho tiempo, que en el mundo antiguo se mataban a los hombres y se hacían esclavas a las mujeres, fundamentalmente para que trabajasen la tierra y sirviesen en las casas. A los hombres, que eran guerreros, se les temía porque se te podían volver en contra, a las mujeres no. Esto, hasta que ya la sociedad se articula de modo que es más o menos seguro tener esclavos también. La mujer es una propiedad legítima como botín de guerra, y esto está asumido por todos, incluidas las esposas y concubinas. No hay más que recordar, por poner un ejemplo ya traído a este blog, Las Coéforos de Esquilo, o volver a esa Clitemnestra reivindicada por María Luisa Regalado en su obra mencionada Lechuza blanca sobre Argos. Eso incluye, no hace falta que lo diga, que por supuesto su dueño se va a acostar con ellas cuando le venga en gana, o darlas a otros para eso, como María Luisa Regalado llega a apuntar. Esta novela, Lechuza blanca sobre Argos, es muy ilustrativa en cuanto a la vida de encierro que llevan en el gineceo las mujeres, las limitaciones que tienen aunque sean reinas, que desconocen cómo es su propia ciudad al no permitírseles salir, e incluso gran parte de sus palacios y casas. De ahí que se diga, en Las Traquinias, ... salí a la calle a hurtadillas... (p. 113).

3. Me callo aquí con respecto al alcohol porque quiero hacer un artículo sobre este y la literatura.

4. Aquí vuelvo a un asunto ya mencionado pero que me parece muy relevante, y es el hecho de que, al leer en este caso tragedias clásicas griegas, se observa cómo los autores resaltan el horror que supone la desgracia de acabar siendo esclavo, al igual que, en otras tragedias, el hecho de que asalten tu ciudad. Por más que en esa época se asuma como derecho de botín y algo "natural", ellos mismos lo resaltan como horror ante un público coetáneo, por más justo que fuera el casus belli y más extranjeros que fueran esos esclavos. Se tiende a la compasión con respecto a ellos. Por muy normal que fuera en la época, por muy asumido que estuviera, ellos mismos lo contemplan como una desgracia, parece que quieren remover sentimientos de compasión en el público. Y éstas que ves aquí, otrora afortunadas, tras topar con un género de vida sin atractivo alguno, se encaminan hacia ti... (p. 105), y estas son palabras de Licas a Deyanira, hay que leer lo que responde esta al corifeo cuando le reprocha no alegrarse de la victoria de su marido, justo ahí en esa página 105, me entró una enorme compasión, y cómo se dirige a Yole.

5. Como hemos visto, el suicidio y la eutanasia son temas de interés que aparecen en esta obra.


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     Soy tozudamente cronológico a la hora de leer obras completas y antologías. A las puertas de llegar, al fin, a las tragedias más renombradas de Sófocles (Antígona y Edipo, rey), el desconcierto que me ha producido la lectura de Las Traquinias, fijaos, me ha llevado a la impresión lectora más extensa que he hecho hasta la fecha. Me lo he currado, no digáis que no.


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