Me encuentro muy entusiasmado con la lectura de esta Antígona de Sófocles. Entusiasmado, impresionado, estremecido, removido y conmovido. Muchísimo, me parece impresionante. En sí misma, tal y como la desarrolla, eso sobre todo. También por las múltiples conexiones que establece con mis lecturas de este año, como ISHQ. El color de las granadas, de Juan Andrés Moya, o Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, y a mis reflexiones de estas semanas, algunas volcadas en este mismo blog. Y personales: no sabéis lo que detesto, la aversión que me producen, las personas que podrían venir representadas por el Creonte de esta tragedia, los de resolución inflexible, de oídos cerrados, quienes acogiéndose a unas normas (legales, morales, religiosas), que en su caso no son más que reflejo de un ego implacable, hechas excusas de su propio pensamiento, anteponen su determinación con las palabras justicia y orden en la boca, preñada de egocentrismo ciego, a lo que el sentido común y la humanidad más básica dictan, y a la opinión de los demás: soberbios, obstinados, empecinados, pagados de sí mismos, que nunca ceden o lo hacen por interés propio y demasiado tarde por lo general, cuadriculados, reglados en su discurso e insensatos en sus intenciones. Y si los personajes femeninos suelen ser los de mayor fuerza dramática, algo que no se incumple aquí con esa Antígona tan potente (y cabezota y orgullosa también), y con la breve intervención de Eurídice, capaz de hacer lo que no supo Creonte, y ejemplo le había dado su hijo, desde luego es este, el personaje de Hemón, el que me ha dejado boquiabierto esta vez. ¿Cómo iba a sospechar yo que Sófocles incluiría el amor, el verdadero, en su Antígona? Me refiero al que ahora llamamos romántico, el fraternal ya se sabía. El amor-eros, el que no separa sentimiento de vínculo ni de carnalidad y deseo, el más puro y verdadero. Pues lo hace, ¡y con qué fuerza!
Pero, sobe todo, por cómo me ha afectado a mis emociones mientras afrontaba su final. Si ya me conmovió Las Traquinias, Antígona me ha superado, me ha superado completamente. No por desconocimiento de su trama, sino por cómo la transmite. Todavía estoy con réplicas internas mientras escribo aquí.
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Como en cada tragedia griega, el público original conocía perfectamente la historia que desarrollaba la obra, en este caso la de Antígona y Creonte. En el mío, la conozco especialmente por las conferencias de Eva Tobalina a las que en otra ocasión hice referencia, a mis lecturas de las introducciones a las tragedias de ciclo tebano y, ¡claro!, ya sí puedo decir que por Esquilo (en su final de Los siete contra Tebas, comentado en este blog, y en el que ya decía yo que anticipaba esta tragedia de Sófocles). Estas historias, tan interesantes, de tanta tensión y con tantos giros, no podían sorprender a un público que se las sabía, no en sí mismas; la sorpresa y el interés, entonces, estaba en el enfoque que el tragediógrafo les daba, y los detalles que él pudiera aportar. ¡Sófocles! Ya lo voy conociendo mejor. Ahora constato de manera consciente, y he disfrutado en mi interior, la mayor variedad que introduce en su obra, el manejo de más elementos, su dinamismo, que incluso puede poner algunas escenas en cierto modo cómicas en una trama tan tremenda como es, en este caso, Antígona, y luego llevarte a una tensión dramática de estas que te dejan sin respiración; que puede generar auténticos discursos extensos en boca de este u otro personaje, o del coro, como hacer que se produzcan intervenciones cortas y sentidas entre dos o más personajes.
Los hijos de Edipo, Eteocles y Polinices, se han matado mutuamente en el asedio de los argivos a Tebas. Ellos habían pactado turnarse como reyes de Tebas; sin embargo, Eteocles incumple el pacto y se mantiene como monarca. Polinices, casado con la hija del rey de Argos, ataca su propia ciudad. Las siete puertas de Tebas son defendidas por siete campeones de la ciudad, la última por el propio Eteocles, que se enfrenta a su hermano y los dos acaban muertos en ese enfrentamiento. Tebas vence, la ciudad se salva, y Creonte, tío de los mencionados, queda al cargo del gobierno. Se honra a Eteocles, al que se le da sepultura con honores. De su hermano, sin embargo, Creonte decreta que quede expuesto para que las alimañas consuman su cuerpo, dado que atacó su propia ciudad, y los enemigos no merecen sepultura. Este es el punto inicial que debemos conocer previamente para iniciar la lectura de Antígona. Esta decisión de Creonte se decreta como ley, y el que la transgreda será reo de muerte. Una ley humana que debe ser respetada, y esta cuestión, que ya vimos al comentar a Esquilo, es muy relevante en cuanto a las polis griegas, el respeto a la autoridad, que viene respaldada por las divinidades olímpicas (no quiero acordarme de Agamenón, ¡qué asco le he cogido, por favor!). Sin embargo, existen otras divinidades, más antiguas, como observamos igualmente en Esquilo, muy al vivo en Las Euménides. Está en la moral más primitiva. Y esta es la cuestión con la que empieza la obra, ya sí. Las hijas de Edipo, las hermanas de los fallecidos, Antígona e Ismene, se debaten entre obedecer la ley humana, por la que se inclina esta última, que entiende que no puede hacer otra cosa (... porque no tiene sentido intentar acciones superiores a las posibilidades de uno, p. 149), y Antígona, que prefiere obedecer la ley divina antes que la humana, una cuestión moral muy básica: dar sepultura a su hermano Polinices (esto nos "recuerda", anacrónica y anticronológicamente, a ese bíblico Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres, en Hechos de los Apóstoles 5:29).
La obra empieza así, en el palacio de Tebas, con el diálogo de las hermanas. Antígona, entonces, afrontará sola la labor de enterrar a su hermano, sabedora de las consecuencias (Es un honor para mí morir cumpliendo con este deber, p. 149). Se increpan mutuamente: Antígona llama pusilánime a su hermana (Pero tú, si es tu gusto, continúa despreciando lo que los dioses aprecian, p. 149), y ya no la quiere a su lado, no va a insistir; por su parte, Ismene llama a Antígona imprudente y obstinada (¡Oh tú, que no te detienes ante nada!, ibíd.).
La ciudad, que acaba de librarse del asedio al fin, va a celebrar, y por su puesto se menciona a Baco. Pero Creonte convoca una asamblea de ancianos donde hace oficial su resolución. Entonces aparece uno de los guardianes del cadáver de Polinices y trae malas noticias para Creonte: alguien ha vertido tierra sobre el difunto y hecho honras fúnebres, y los guardianes no se han dado cuenta, nadie sabe quién ha sido. Creonte presupone que es un hombre, o varios, movidos por el dinero. La ganancia económica es su excusa para desconfiar de todos. El guardián está muy temeroso ante Creonte, porque sabe cómo se las gasta, y así es de terrible: va a ejecutar a los guardianes como no salga el culpable.
Como dije al principio, y también comenté en Las Traquinias, Sófocles es capaz de introducir elementos "cómicos" en sus tragedias, como uno de sus elementos novedosos. Porque, sinceramente, cómicos me parecen los diálogos de este guardián con él (en este al principio y el que posteriormente tendrá lugar). Por otra parte, las metáforas marinas son constantes en esta obra (alegoría marina, más bien).
Aquí el coro se pone filosófico, profundo (¡el hombre con soluciones para todo!, p. 160). "Todo tiene solución menos la muerte", un dicho muy de aquí que recuerdo a mi abuela pronunciarlo (No hay evento al que se enfrente sin soluciones. / Únicamente no se procurará escapatoria del Hades, ibíd.).
Entonces entra el guardián de nuevo con Antígona detenida. Dirigiéndose a Creonte, vuelve a expresar que lo pasó muy mal la otra vez ante sus palabras regias. No era para menos, desde luego, los iba a liquidar si no aparecía un culpable, que para sorpresa de todos es una muchacha, Antígona, pero verbalizarlo ante el rey, y cómo lo hace, me sigue pareciendo cómico. Creonte le pide detalles de la detención, ya que la acusación es grave. Básicamente lo que cuenta es que, tras "desenterrar" a Polinices y limpiarlo, el olor a cadáver es tan nauseabundo y persistente que los guardianes tienen que tomar aire, y entonces pillan in fraganti a Antígona, que se había lamentado a gritos de ver limpio el cuerpo de su hermano y vierte abluciones sobre él. Antígona no lo niega, impasible, lo que provoca en el guardián dos sentimientos encontrados: satisfacción porque salva el cuello y tristeza por el destino de ella. Antígona se reafirma ante Creonte, despreciando su autoridad, pues su edicto transgrede las leyes de los dioses, no escritas e inmutables: ... si he de morir antes de tiempo, yo lo cuento como ganancia, ... (p. 163, lo que otra vez nos lleva mentalmente a la Biblia, anacrónicamente, a Filipenses 1:21). Es ganancia por todos los sufrimientos que lleva encima, tantas calamidades en su familia.
Del diálogo tenso entre Creonte y Antígona, hasta el punto de que Antígona le pida que la mate ya para no seguir oyéndolo, destaco su respuesta a lo que el nuevo rey le había dicho, a ese Tienes que saber que jamás el enemigo, ni aun muerto, es amigo (p. 165). Las palabras de Antígona ante esto son: Tienes que saber que nací no para compartir con otros odio, sino para compartir amor (ibíd.). Impresionante.
Creonte cree que Ismene, que aparece llorando por su hermana, es también culpable, y las quiere ejecutar a las dos. Ismene no lo niega: quiere morir junto a Antígona, ¿cómo iba a vivir ya sola, sin ella? Pero se produce una discusión entre ambas ante todos, dado que Antígona la repudia, no quiere que comparta ese honor con ella cuando realmente no ha hecho nada por su hermano fallecido. Entonces Ismene se vuelve a Creonte, y le pregunta si va a ser capaz de matar a la prometida de su hijo Hemón. ¡Por supuesto que sí!: Sí, pues también los campos de otra admiten arado (p. 167), imagen de carácter sexual que no necesita explicación por mi parte. Algo que niega Ismene, aludiendo a la compenetración entre los prometidos, a su compatibilidad, al amor. A Creonte le da igual, la va a ejecutar. Para entender cómo de cabezotas y obstinados son tanto Antígona como Creonte, hasta el punto de ser incapaces de ver la solución evidente de enterrar a Polinices fuera de los campos de Tebas, véase la Introducción de Vara Donado a esta tragedia.
Ahora la obra se enfoca en cómo afronta Antígona su destino inminente. El coro llega a cantar: Bienaventurados aquellos cuya vida está exenta de calamidades, / pues a aquéllos cuya morada sea sacudida por el dios no les falta desastre alguno, sino que éste los persigue durante un sinfín de generaciones (p. 167). Traigo ahora esta cita aquí por dos motivos. El primero, y menos importante, es por cómo conecta el primer verso con mi reciente artículo acerca de los cambios de la fortuna en la literatura y la vida, podía haber sido una cita en él si la hubiera leído antes. Pero especialmente, y esto es importante, para recordar cómo en las tragedias griegas clásicas el destino nefasto se extiende de padres a hijos (como comprobamos ahora con la casa de Edipo), entre familias y linajes, generación tras generación.
Aparece Hemón. Su padre espera que le respalde. Él, sin embargo, trata de que entre en razón, reconviniéndole. Defiende a Antígona, y le dice a su padre cosas como que no constituye desdoro alguno para un varón, por sabio que sea, aprender infinidad de cosas y procurar no pasarse de intransigente (p. 171), y después, el ruego: ... cede, dale a esa tu corajina un breve respiro (ibíd.). El corifeo trata de conciliar, pero Creonte, que si ya antes había declarado que ninguna mujer se le iba a imponer, ahora dice lo mismo refiriéndose a los jóvenes. Y después a la ciudad entera, al pueblo, cuando su hijo le diga que la gente ve mal lo que está haciendo con Antígona. Hemón lucha por Antígona ante su padre todo lo que puede, cada vez menos diplomático a medida que la discusión sube de tono, en un diálogo encendido que deja perlas constantemente. Por ejemplo, a la pregunta retórica de Creonte: ¿No es norma considerar la ciudad propia del jefe?, es decir, de su propiedad, responde su hijo: Si así fuera, ¡qué bonito sería que mandaras tú en un país completamente deshabitado excepto por ti! (p. 172). Y en la página siguiente, ante el reproche de su padre: ¡Infame individuo! ¡Mira que subordinarse a una mujer!, la espectacular respuesta de Hemón: Tienes que saber que no me cogerías sometido en lo más mínimo a nada deshonroso. Al final, ante tanta obstinación, le comunica que, si Antígona muere, él también. Y Creonte, en lugar de entender la clara señal de su propio hijo, trata de quedar por encima declarándole que ejecutará a Antígona y le obligará a presenciarlo. Esa escena, de producirse, me llevaría de cabeza a uno de los capítulos más emotivos de Ishq. El color de las grandas, de Juan Andrés Moya, un episodio y una novela que no puedo olvidar, y no será esta la única concomitancia (mi impresión lectora, aquí). Sin embargo, Hemón no lo consiente, y escapa corriendo y furioso.
Y entonces... ¡el coro canta sobre el amor, sobre el poder absoluto del Amor! Y ensalza a Afrodita. En sus lamentos, pues ya Antígona se enfrenta a la inminencia de su muerte, la muchacha hace referencia de nuevo a que toda esta desgracia comenzó por Edipo, pero especialmente insiste en que se va a morir sin haberse desposado, sin conocer el tálamo. Se va a desposar con la muerte. Muere doncella, sin saber lo que es el lecho con un marido, como el colmo de la desgracia. ¡Afrodita! Las páginas 176 y siguientes son muy emotivas. También se lamenta de que nadie la llora.
El método de ejecución es como enterrarla viva, parece una especie de ironía o burla por el delito del que se le acusa, enterrar a su hermano. La van a llevar a un lugar deshabitado y a encerrarla en una covacha para que muera allí, otro paralelismo con Ishq. El color de las grandas, una obra maestra contemporánea que mi sensibilidad seguirá mencionando en futuras ocasiones, D. m., estoy convencido.
Tiene que aparecer Tiresias con sus augurios, y muy serio, para que todo esto cambie en cierto modo. Discute con Creonte, trae vaticinios terribles. Los dioses no aceptan las ofrendas desde que Polinices está sin sepultura, "por la particular manera de ver Creonte las cosas", según Tiresias. Le pide que recapacite: La obstinación, ¡por supuesto!, incurre en torpeza (p. 182). Pero el dictador vuelve a rechazar buenos consejos. Y ya Tiresias profetiza la muerte de su hijo, haciendo referencia a los dioses infernales (los del Hades, o tal vez aquellos más antiguos a los que hacía referencia antes, y también Antígona, a esa moral anterior a la religión establecida): Dioses infernales sobre los que ni tú ni los dioses de arriba tenéis competencia... (p. 184). Entiendo que eso de "los dioses de arriba" quiere decir los del Olimpo.
Tiresias se va. Ante tan terribles vaticinios, Creonte pide consejo al corifeo, que le dice que es mejor que saque a Antígona de donde la ha encerrado. ¡Y cede! Temeroso, da su brazo a torcer. Pero es tarde. Un mensajero lo cuenta: "De nada vale el enriquecimiento y el poder si pierdes la alegría" (p. 188). Hemón se ha suicidado. Y si ya era emotivo el planto de Antígona, el final de esta tragedia es brutal.
Sale Eurídice, la esposa de Creonte, del palacio. Algún rumor de calamidad ha oído y le pide al mensajero la historia completa. El mensajero se (nos) la cuenta. Creonte y su comitiva, primero, limpiaron el cadáver de Polinices, lo quemaron y levantaron un túmulo. Después, cuando llegan a donde está encerrada Antígona, escuchan gritar a Hemón. Este ha descubierto a su amada colgada por su propio velo al cuello, Hemón está abrazado a su cintura. Hemón, cuando ve a su padre, le escupe en la cara y trata de darle una estocada con la espada, pero Creonte se aparta a tiempo. Entonces se la clava a sí mismo hasta la mitad y estrecha a la doncella en sus brazos, moribundo. Y si Sófocles me parecía cómico en los diálogos del guardián, fijaos ahora lo trágico que está siendo, y qué tremenda esta descripción: Y respirando con dificultad arroja brusco efluvio de un chorro de sangre sobre la blanca mejilla de la muchacha (p. 190).
Eurídice, tras escucharlo todo, no dice nada, entra en palacio en silencio (lo que nos recuerda a Deyanira cuando recibe las noticias de su hijo y sus duras palabras en Las Traquinias). No es normal ese silencio, eso se comenta. Cuando aparece, destrozado, Creonte con su hijo Hemón en brazos, arrepentido de su decisión y terquedad, le dicen que su esposa también se ha suicidado. Y Creonte se declara culpable de todas esas muertes.
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Por más que yo u otro te cuente, y mira que esta vez he destripado bastante el argumento, hay que leerla. Lo dije al principio, no es que sepas de qué va, el público originario de Sófocles también lo sabía de antemano. Es la expresión, la manera, la poesía, el curso de las palabras , las imágenes, los énfasis de intensidad. Para mí, lo repito, ha sido de una intensidad emotiva impresionante, me ha superado, de verdad. No me extraña que sea una de sus obras más célebres. Miedo me da, en el sentido popular de la expresión, Edipo, rey, la siguiente de Sófocles. Mejor que me vaya preparando.
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