jueves, 23 de abril de 2026

"DISONANTES", DE SARA COCA. IMPRESIÓN LECTORA.




El 19 de marzo tuve la oportunidad de estar firmando Amae pop blue en la Feria del Libro de Tomares. Mi editorial, Libros Indie, es amiga de Platero Editorial, compartimos caseta, junto con Con M de Mujer, así que siempre tengo la ocasión de encontrarme con autores y, sobre todo, autoras. Esta vez sí que no pude resistirme, no sé qué me pasa con las tentaciones, también tienen sus rachas, así que me llevé Disonantes, de Sara Coca. De entre todos, me llamó la atención como luces de neón en una noche sin luna; yo estas cosas no me las sé explicar, pero son así, por eso le pasan también a Rodrigo, el protagonista de mi novela. A ambos nos sucede: hay libros que, sin saber por qué, nos llaman, los compramos sin saber si nos van a gustar y al final nos gustan. Pudo ser la portada y también el título, tal vez el aura que lo envolvía entre otros volúmenes expuestos, no os creáis que miré uno y otro y me decidí, qué va, lo tomé por impulso. Fue así, llegar con el libro de Macarena Expósito, Confesiones entre las cumbres, saludar rápido y decidir llevarme Disonantes (Platero, 2025), cuya autora, Sara Coca, además de dedicármelo, puede dar testimonio de que todo sucedió de esa manera. Para más inri, por mor de y por añadir más a toda la historia de su adquisición, antes de entrar a comentar la obra en sí, mientras empezaba el de Macarena y Disonantes palpitaba en la mesita de la cocina, que es mi centro de operaciones, me llegó un manuscrito de microrrelatos para que hiciera de lector beta, un libro del que no hablaré hasta que se publique o su autor me lo indique, y me los gocé también por ese entonces. Así llego a Disonantes.

     Lo bueno de los libros de microrrelatos, al igual que los de cuentos y los de poesía, es que igual te los puedes leer de seguido que a buchitos, que es como lo suelo hacer. Se me antojan como una bandeja de chupitos o shots, esos libros te pueden durar meses si quieres el paladeo combinado con obras "mayores". No lo he hecho así esta vez, aunque esa había sido mi intención inicial. ¡Me han encantado! ¡Qué microcuentos tan buenos! Yo creo que, en general, me han enganchado por varios factores que percibí desde el principio. Para empezar, se nota que Sara Coca sabe, que ha leído. Su tono, su estilo, al igual que las temáticas tan variadas de sus pequeñas historias, me traen ecos de grandes autores, así como su soltura al narrar. Suele usar narrador en primera persona, además, parece especialista en acercarte con un zoom a lo que cuenta. Además, su lenguaje es muy suelto, muy fluido y muy bien manejado. De hecho, voy a confesarlo ya: hay tres que no he entendido. Pero no porque no se dejen entender, sino por mi incapacidad; no diré cuáles son, pero quedan pendientes para una relectura más avispada por mi parte. ¡Eso es buenísimo! A ver, que en tan poco espacio tengas que hacer conexiones de comprensión, de eso se trata muchas veces.

     Hay conexiones entre ellos, claro, sobre todo en su distribución y la estructura de la obra completa. El título hace honor a la realidad de estos cuentos breves: evoca a la sonoridad de los relatos, que disuenan con nuestra manera de entender el mundo. Se dividen en tres secciones, Cacofónicos (y está perfecto que empiece fuerte), Familias asonantes (con la familia como eje vertebrador) y Eufónicos, el colofón del concierto.

     Y es que algunos son escalofriantes. Ya en Cacofónicos me estremecí con Infortunios (p. 21). Además, algunos, como Malos tiempos para la lírica (p. 39), no es que evoquen, son como novelas negras, microrrelatos negros en ese sentido. Hay toda una variedad de subgéneros narrativos aquí: paranormales, thriller, de vuelta de calcetín con giros inesperados en la voz narrativa, simbólicos, de toques de humanidad en el corazón, de personajes estrambóticos, bohemios, conectados a una naturaleza muy profundamente entendida (el mar y los pájaros...), de reversión locura-cordura, paradójicos y chocantes, bellos, crudos (muy crudos), ... ¿Queréis que os recomiende uno de Cacofónicos? Pinball (p. 48), ¡qué bueno, pero qué bueno... y qué crudo, directo a la cara, pero qué bueno!

     De extensión parecida es Familias asonantes, el núcleo de la obra. Vinculados a la familia, los ancestros, los árboles genealógicos, siguen siendo igual de emocionantes. No esperéis familias "normales" (¿quién la tiene?), y qué clarito habla por aquí Sara. Sí, los antepasados, los retratos y una figura que me encanta: las ovejas blancas de la familia. Excesos que marcan (p. 84) me ha tocado emocionalmente, la verdad. Tras este microrrelato ya me había hecho una idea clara de Disonantes y apunté todo esto en mi libreta de notas: "Crudezas esperando a su irrupción. Irreverencias, distorsiones, animales, lindezas poéticas y también prácticas, contrastes hiperbólicos. Y casi se cuentan como si nada. Algunos no te dejan pensando, sino una imagen, como una fotografía, un cuadro, un fotograma. Otros suponen un eureka. Y, por lo general, la humanidad, o la bestialidad, la naturaleza o lo sensible y lo sensorial asoman por presencia, por ausencia o por contraste brusco. También el alma de animales que crees personas, personas que se creen animales (¿o lo son?), y también seres inanimados que de una forma o de otra se animan. Algunas veces son pareidolias narrativas." 

     En La incógnita infinita (p. 107) lo que dejo apuntado es: "¡Oooooooh!", para luego destacar lo bien que empieza, qué buena la primera frase de Extraña realidad (p. 109). También el tiempo y lo que se considera vida y muerte son conceptos muy relevantes en esta obra.

     Eufónicos es más breve. No lo he dicho, pero el humor de Sara Coca es también muy importante aquí. Para mí, Renovarse o morir (p. 124) es humorístico. Y en Perseverancia (p. 126), otra vez con una frase inicial genial. Final sorprendente (otra vez) en Penélope (p. 130). Y otro microthriller o microrrelato negro que no te digo cuál es para no hacer espóiler. Los subversivos, para mí, simbólico. ¿Cuánto llevo escrito ya? Manda narices (eufonía del eufemismo) que sea de las impresiones lectoras más extensas, hablando aquí de microrrelatos. Lo dejo así. Mi enhorabuena a Sara Coca y a sus lectores.


domingo, 12 de abril de 2026

"EL INTERROGATORIO". RELATO.




"Sé perfectamente lo que pasa y lo que va a pasar. Ahora no es momento de dispersar la mente y enfurruñarla con quejas y rabietas, me han pillado, pero lo importante es ser fuerte. Y sacarles yo información y no al revés. Me están observando por el gran espejo, me tendrán aquí sentado un buen rato para saber cuáles son mis gestos naturales. También habrá un tanteo inicial. No es solo lo que diga, ..., mis gestos..., nunca debo mirar hacia mi lado derecho mientras contesto. Controlar el pestañeo". Eso era lo que pensaba nada más que los dos agentes me sentaron en la sala de interrogatorios. Luego entraron dos inspectores, creo. Los dos estaban en forma, dos tipos de gimnasio. Intenté deducir quién iba a hacer de poli bueno y quién de poli malo. Seguramente el que se sentara sería el amable y el otro, que se movería y se quedaría la mayoría de las veces fuera de mi campo visual, el que haría de cabrón. Estaba preparado.

    Me resultó algo desconcertante que se sentaran los dos enfrente de mí y relajados, incluso sonrientes. Comenzó el interrogatorio con una innumerable lista de preguntas relacionadas sobre mí: mis datos personales, mis gustos, mi familia, todo datos, datos, datos, los últimos verdaderamente irrelevantes. Seguramente sería una treta, eso pensaba, una nueva manera de tratar a los sospechosos de asesinato. Siempre en guardia, así es como iba a estar. Me costaba creer que tuvieran pruebas con las que acusarme, pruebas de verdad. Los cuerpos los habían ido encontrando poco a poco, y no todos. Se levantaron y se fueron. Y ya no apareció nadie más en horas. ¿Tanto me observaban por el espejo? 

    ¿Y qué pensé? Que querían agotarme. Cansarme física y psicológicamente. Recreaba mi silencio más absoluto con pensamientos agradables. Música, el último concierto al que fui. Mis hobbies: hacía un puzle imaginario, pieza a pieza. Rememoraba los últimos chilliditos de la chica rubia, la del top morado, la penúltima, fue muy excitante esa muerte lenta, su angustia, a esa no la han encontrado. 

    Entraron tres. Un tipo algo gordito y mayor, sonriente, se puso enfrente de mí con un tablero de ajedrez y las piezas, que fue colocando una a una. Otro nos dejó pasteles y café y se marchó, y la otra policía, esa mujer se sentó junto a mí, con un cuaderno. El tipo quería que echáramos una partida, no jugaba mal. Ella parecía hacer dibujos al carboncillo. Me dirigieron pocas palabras. Ese señor me felicitó en cuanto le di jaque mate. Luego se marcharon, dejándome folios y un par de bolígrafos en la mesa. Por supuesto, no pensaba escribir nada. No solo una confesión, que no me pidieron, la supuse, ni siquiera iba a dejar ni un trazo. 

    Pasaron muchas más horas. Entró la señora de la limpieza. Me dio los buenos días, hacía tiempo que había amanecido, era ya de día. Me había quedado dormido y su entrada silenciosa me despertó. Bien, mejor para mí. Me trajeron el desayuno, los primeros, los de los datos. Me hablaron, ambos frente a mí, de los cadáveres, un poco de la investigación. Yo seguí mudo. No me preguntaron nada. Yo no hablé ni con la cara, impávido. Solo al marcharse, antes de cerrar la puerta, el más alto me dijo de lejos que si sabía algo, que si pudiera ayudarlos, me lo agradecerían. 

     Habían pasado más de veinticuatro horas desde mi detención. Ya había dado vueltas por la habitación, ni siquiera me habían esposado. Horas después me tumbé, me dormí en el suelo. Había ido al baño varias veces, uno pequeño que tenían allí mismo. Con la ventana abierta, todo trucos. No les iba a dar el gusto de acribillarme a balazos por escapar por ahí. Volví a mi sitio.

    Ni recuerdo cuánto tiempo había pasado, y ya sí decidieron interrogarme, por fin. El segundo policía, el poli malo, era otro, un tipo muy fuerte, pero no me amedrentaría. "Si le da por golpearme", pensé, "de un puñetazo podría matarme este..." El que se sentó frente a mí me preguntaba una a una por las víctimas, me enseñaba fotos. El otro rondaba con cara contrahecha alrededor de mí, pero acabó sentándose junto a su compañero. Fue largo el proceso, pero tampoco sentí demasiada presión por su parte. Luego se fueron y dejaron que pasaran las horas de nuevo. Me traían bebidas, comida, se iban. Ya está. Luego trajeron al padre de una de las víctimas. ¿Qué se pensaban, que me iba a ablandar, a tener lástima, a incurrir en algún desliz? Volvieron a sacar el caso de su hija; ese hombre, entre lágrimas, me suplicaba que, si sabía algo, lo dijera. No dije nada. 

- No me podéis retener aquí más de cuarenta y ocho horas.

- ¿Y por qué no se ha marchado? La puerta siempre ha estado abierta.

- No juegue conmigo. 

- Usted podría haberse ido en cuanto hubiera querido. Márchese. Es verdad que le detuvimos, pero tras tomarle los datos ya sabíamos que no era culpable de nada. Nuestra línea de investigación alternativa resultó ser cierta, tenemos ya detenido al asesino, un psicópata que lo único que merece es el infierno. Usted es un buen ciudadano, espero que le hayamos tratado bien. Realmente no es sospechoso de nada, fue desde el principio un error. Pensábamos, eso sí, que podría haber sido testigo o saber algo, o tal vez que fuera la siguiente víctima.

    Le volvía a repetir que no jugara conmigo. Me acompañó a la puerta y me pidió que me fuera. Me pidió disculpas por las molestias. Al pasar junto a la puerta de otra sala, se oían gritos. El forzudo salió de allí sudando y con los nudillos amoratados. "Ha cantado", dijo. "Todas las víctimas, está dando detalles, y al parecer hay más". No pude soportarlo. Me entró un ataque de cólera, le pegué un puñetazo a la pared. Les expliqué que fui yo, esos crímenes eran mi obra. Me contradecían, trataban de calmarme, me daban los datos que el de ahí dentro les había dicho, yo los refutaba, uno a uno. Se reían. Para demostrárselo, les indiqué donde estaban enterrados los demás cuerpos, los que no habían encontrado. Todos fueron obra mía. ¡Mía!






"CONFESIONES ENTRE LAS CUMBRES", DE MACARENA EXPÓSITO MOLINA. IMPRESIÓN LECTORA.




Confesiones entre las cumbres (Diversidad Literaria, 2025) es una novela de cuarenta y ocho capítulos cortos, más prólogo y epílogo, donde su autora nos traslada, geográficamente, a una Sierra de Cádiz que conoce bastante bien, y temporalmente nos mueve como un péndulo entre dos periodos: el actual (el año de 2023) y los ochenta-noventa. Tengo que decir, antes que otra cosa, que tiene dos características que a mí me han gustado mucho: de un lado, es de una lectura fácil, fluida, que te engancha desde el principio y te anima a querer seguir hasta su resolución, manteniendo el interés; de otra parte, maneja muy bien elementos complejos, lo que le otorga mucha solidez, como este que he empezado a comentar de su estructura. La estructura, lo reconozco, me ha agradado bastante, y no cualquiera es capaz de sostenerla. Es casi un zigzag permanente entre una época y otra: de un lado, el Diario de Alejandra, que comienza en los años 80, narrado en primera persona, obviamente; de otra, el momento actual, con narrador omnisciente y centrado en resolver un caso de asesinato, sin desdeñar otras cuestiones, especialmente sentimentales y, sobre todo, psicológicas. En cada uno, eso sí, mantiene prácticamente una estructura lineal que va del planteamiento al desenlace por orden, pero al mismo tiempo haciendo converger las historias. La tensión y la intriga se mantienen de este modo todo el tiempo. He dicho casi: casi en zigzag, especialmente porque el llamado  momento actual se bifurca y... lo dejo aquí para no pecar de analista y para no incurrir en el espóiler involuntario.

    Al tratarse de una impresión lectora, asumo la subjetividad de mis palabras y mis lectores deberían hacerlo también, aunque supongo que el hecho de que vaya ya por su séptima edición (de abril de 2025 a marzo de 2026) es un dato objetivo que tal vez haya de tenerse en cuenta. No soy un lector especialmente inclinado a la novela de investigación y de crímenes, y eso puede que sea un punto a mi favor como "reseñador": sería un libro que recomendaría a cualquiera con independencia de sus preferencias lectoras. Por dos motivos fundamentales: es una novela agradable de leer y, para los amantes del género, de los que te mantiene con la avidez de querer atar cabos y de llegar al final. De hecho, reconocida mi relativa ignorancia, y a base de leer este tipo de novelas últimamente, me he molestado por indagar un poco en el género, para no hacerme un lío, y especialmente en las diferencias entre subgéneros, es decir, la diferencia entre novela de suspense, de intriga, policiaca, negra y thriller, cuestión de matices. Y Confesiones entre las cumbres cumple todos los matices para pertenecer a este último, al thriller: tiene un ritmo rápido, sin renunciar a la descripción de lugares y de circunstancias, no tanto de personas (casi todos los personajes te los puedes imaginar como quieras); no se pierde la tensión; existen en su trama peligros y amenazas; y, por último, tiene giros argumentales. Al parecer, el uso actual del anglicismo thriller, que a mí, como profesor de Lengua Castellana y Literatura, me echa para atrás, en lugar de novela de suspense, es para hacer patente que es moderno y que es más intenso, así que Confesiones entre las cumbres es un thriller muy recomendable.

    La he disfrutado mucho, y si he tardado en leer y expresar mi impresión lectora es, básicamente, porque leo otras cosas simultáneamente y porque me ha vuelto la manía de tomar notas capítulo a capítulo, unas notas que no me sirven para mucho, al menos no para reseñar: esto de expresar mis impresiones lo hago al terminar de leer y tengo la historia muy fresca en la mente, aparte de que no puedo desvelar lo que el lector debe descubrir por sí mismo. Ahora bien, creo que no pasa nada si digo que no hay un protagonista del todo claro. Si tuviera que señalar a alguien, serían dos: Alejandra y el Inspector Torres. Tampoco pasa nada si digo que en la trama más de un personaje esconde secretos, la mayoría de las veces muy fuertes. Tampoco pasa nada, espero, si anuncio que en esta novela una cosa es el desenlace (la resolución del caso) y otra el final (escalofriante, además).




    ¿Qué personaje me ha gustado más? Esta pregunta me la ha hecho recientemente la autora, Macarena, y me voy a mojar. A ver, yo soy amante de la poesía, de los relatos intelectuales y simbólicos (Papini, Borges, ...), me llama la atención el símbolo, la expresión o descubrimiento de emociones (Unamuno, Cortázar, siempre menciono a los mismos autores); es decir, mi preferencia es por los textos que me remueven interiormente, ya sea intelectual o emocionalmente. Por fuerza, Alejandra es el personaje que más me atrae. Para un lector habitual de novela de suspense, de thrillers, también pienso que Alejandra es un buen imán para ellos, por otros motivos. Si no se pudiera dejar de empatizar, empatizo mucho con ella. De otra parte, el Inspector Torres seguro que encandila a más de uno. A mí de él lo que más me gusta son sus diálogos. Y, por último, y esto es lo más subjetivo de todo y que no puedo explicar, Paula me parece un personaje muy atractivo, precisamente por lo que no se sabe de ella. Claro, puede ser que su nombre me haya condicionado, pero lo poco que se sabe de ella es muy interesante y a mí su potencial como personaje me ha llamado mucho la atención, especialmente lo que podría considerarse de su forma de ser. 

     No es poco decir que Confesiones entre las cumbres ha sido una lectura que me ha merecido la pena, o más bien el gusto. Se nota que Macarena Expósito ha tenido muy claro qué contar y cómo, lo hace con maestría, y espero poder leer más textos de ella en adelante. Muy buen libro, sin duda ninguna.


jueves, 2 de abril de 2026

"ANTES DE QUE HABLEN LAS PAREDES". RELATO.

 

ANTES DE QUE HABLEN LAS PAREDES

 


Sin que uno lo sepa del otro, tanto Luismi como Rafa han aprendido, no a acostarse, a quedarse profundamente dormidos muy temprano, por supervivencia mental. Y todo a causa de los vecinos del B y también de los del cuarto piso. De hecho, es que Rafa va a acabar llorando con una desolación que no puede soportar, y Luismi, pues ya llora antes de irse a la cama, por acelerar el proceso. Lo que hacen esos vecinitos es lo normal, y lo normal es lo que atormenta a Luismi.

                Estos pisos son así: se escucha todo. Los gemiditos sordos y apagados de la de al lado parecen extenderse por todas las paredes, conmoviendo a un Luismi a punto de conciliar el sueño. Luego se incrementan en su agitación, voceros de una consciencia placenteramente alterada, y él se altera. Se excita, claro, y desea escucharlo todo, no se mueve, ralentiza su propia respiración para oír todo lo que se pueda oír. Y luego no lo puede soportar. No entiende por qué a él le ha tocado estar solo, por qué él, por qué se le ha despojado de todo cuanto tenía sin saber apenas cómo ni por qué, y esos, los de las discusiones que son casi trastos a la cabeza que le perturban la siesta ahora pueden solazarse, y él no, ¿qué ha hecho él? ¡Sí!, esos que se quejan de los problemas diarios, de las tareas, de la dejadez del otro, de que hay que bañar a los niños, ¡qué no daría él por volver a tener esos problemas, qué no daría! A veces, en su ruina económica, en todo el desastre, se encuentra capaz de desprenderse de cincuenta euros y sale, esa madrugada, con sus vecinos ya dormidos, a por lo suyo, y piensa que tal vez es por despecho. Y luego vuelve y ya se le viene el día. No quiere escucharlos, que eso le pase más, se prepara una tila a tiempo, encuentra el sueño pronto.

                Golpes inesperados en la pared o en el techo, gritos esporádicos, el traqueteo, lo normal de las parejas, también excitan a Rafa si los oye. Le desvelan y le hacen desear lo mismo con su mujer, con Caridad, con Cari. Pero Cari duerme con tapones en los oídos, como para tomar la iniciativa con algún susurro, no ahora, ya antes, como los de arriba o los del B. Todo está frío en su relación. Se siente tentado a acariciarla, pero no es capaz de hacerlo. Sí, en ese momento para buscarla para el tema, pero un instante después se da cuenta de que echa de menos acariciarla en sí, y ser acariciado. Pero no se atreve. Y el furor que le provoca la indiferencia de Cari, su desdén, desde el despertar hasta el dormir, sus reproches infundados, esa amargura matrimonial, le hace enfadarse con ella, la malmira. Y luego esos ojos cambian. Él tampoco ha sabido hacerle sentir cercano, es tan inexpresivo… Y le invade una tremenda compasión, una tristeza enorme por ella. La frigidez instalada en ambos no se lo merecía ninguno. Su pobre Cari debe sentirse tan sola, como se siente él… Ahora ella ronca, él llora en silencio, en silencio sin necesidad, Cari nunca escuchará esas lágrimas, en silencio, tal vez, para que no le oigan sus vecinos. Y no hará nada. Otro que sabe que debe entrar en el sueño antes de que hablen las paredes.


A TRAGEDIA CADA "X": "RAQUEL ENCADENADA" DE MIGUEL DE UNAMUNO.

 


Lo primero, aunque lo expresé en la entrada anterior: no es una tragedia, lo sé, si mira, ahí lo dice, Drama en tres actos. O druma, como queramos. Simplemente, estaba haciendo la serie de A tragedia por semana, que se ha quedado en A tragedia cada x. El plan era claro: Esquilo, Sófocles, Eurípides. Y lo que sucedió lo resumo de nuevo: acabé con el Prometeo encadenado de Esquilo y me acordé de la Raquel encadenada de Unamuno. Me llegó una edición del teatro unamuniano, y me fue imposible irme directamente a la obra bisagra, me leí y comenté antes Fedra y Soledad dentro de esta serie, y luego haré lo propio con su Medea, hasta rebañar esa edición con estas cuatro obras del autor bilbaíno.

     Dicho esto, y una vez leído el drama, imposible no irme antes a la reflexión sobre su título, que es el que lo encadena, nunca mejor dicho, al Prometeo de Esquilo. Realmente, las referencias son dobles: una se va a la Biblia y otra al clásico griego, nada extraño en Unamuno, y siempre significativo; no creo en casualidades y menos con don Miguel, aunque ninguna de las dos referencias me parece exhaustiva. Lo de Raquel está para mí muy claro. Ya he dicho que los vínculos pueden ser fuertes pero no pormenorizados: nos faltaría una Lea para ello, un personaje bíblico por el que en su momento, en otro blog, manifesté mi compasión y mostré mi inclinación por ella un tanto, como hace poco hice con Clitemnestra. Ni tampoco Simón es Jacob; al fin y al cabo, Jacob amaba a Raquel, una suerte que no tuvo nunca Lea, quien se reivindicaba mediante su maternidad. Pues de ahí lo de Raquel aquí, la maternidad, un tema tan importante en Unamuno. Aunque no solo es la maternidad: es la vida en general, la verdadera vida, la plena, ya lo comento más adelante. La Raquel bíblica vivía atormentada porque no le daba hijos a Jacob mientras que su hermana sí, así que le "pasó" a su esclava para ello, Lea hace lo mimo (no se acordaban de Agar, ¡ay!), luego al fin sí tuvo hijos propios, ... ¡Y ahí tenemos las doce tribus! La Raquel de Unamuno vive agobiada por la sima: su angustia vital se enfoca en el hecho de no tener hijos con Simón, quien no puede y tampoco desea prohijar, y esto nos lo aproxima también a Yerma de Lorca. Este drama, entonces, es más drama y menos tragedia por su final, Raquel se desencadena y es por movimiento y voluntad propios, lo que hoy llamaríamos empoderamiento. Y, pensándolo bien, tan alejado de lo políticamente correcto hoy (en juicio anacrónico), este drama sí ofrece cuestiones y planteamientos muy en boga ahora en las redes sociales sobre la masculinidad, la feminidad, las relaciones de pareja, la estabilidad y lo importante en la vida. El Prometeo de Esquilo pudo haberse librado de sus cadenas en la cima sometiéndose a Zeus y no quiso, asumiendo el tormento; la Raquel de Unamuno se libra de sus cadenas en la sima por su propia determinación, tras ese crack interior y con resolución imparable, pagando gustosa el precio.

     Comento la trama por encima, porque en realidad lo bueno de este drama es leérselo o, con suerte, verlo representado. Raquel es una violinista de mucho éxito. Su marido, Simón, solo está preocupado del rendimiento económico que reporta el virtuosismo musical de su mujer, a la que le niega hasta viajes de recreo, de placer, todo debe estar enfocado en el rédito y el mantenimiento del "éxito": es más su manager y representante que su marido, y esta es la gran cadena de Raquel: se le ha negado el cariño auténtico, el disfrute, el verdadero hogar y el tener hijos. Simón no quiere ni oír hablar del tema e impide la adopción (el dinero te hace estéril), dado que va en contra de sus intereses. Raquel clama por sentirse y ser madre y aquí está la verdadera tensión dramática. Le ruega a él por esa vida normal y él la desoye de forma reiterada. Ella desea prohijar al sobrino de Simón, cuyo hermano, el padre del chiquillo, ha fallecido y él se niega. Aurelio, el primo de Raquel y antiguo pretendiente, acude a su casa porque Susín, su hijo, está enfermo y no hay madre para cuidarlo. Simón, de nuevo, se opone, argumentando lo de siempre, su dedicación al violín y el dinero que su profesión trae, cuando para Raquel en principio la música es por arte, no por negocio, un arte que debe hacer libres a los oyentes (No puedo libertar almas para que tú las esclavices). Simón hace un amago de ir a golpearla ante una decisión que le pasa a él por alto, pero se reprime al final y se pone más cariñoso, de nuevo, por interés. Ella, en fin, acude a cuidar de Susín, que podría morir (la gran paradoja, la muerte de un niño, algo que yo siempre he puesto de ejemplo de paradoja de la vida real y ante la cual Raquel se horroriza), porque hace falta una madre y ella ya corre a ejercer, maldiciendo en principio a su violín y luego dándole un nuevo sentido: con él, cuidará y revitalizará a ese niño, al que cuida cada día y toca para él, dejando de dar conciertos, solo toca para el niño, lo cual preocupa a Simón y Catalina, la antigua aya de este y ahora una medio suegra de Raquel en esa casa. Traman, ya que no pueden evitar que Raquel haga de madre de Susín, traerse al niño a la casa, un niño que ya la llama "madre". Ella se niega en rotundo: no va a permitir que el niño se intoxique moralmente con la compañía de los dos "negociantes" y decide, sin saberlo el mismo Aurelio, que su hogar ya no está allí, que se va con Aurelio para ser madre de Susín, ella lo decide en una discusión final en el que, simbólicamente (¡y qué me gusta eso!), para que el niño no esté presente en la pelea verbal le da el violín para que juegue como quiera con él, como si lo quiere usar de caballito. Ella expone su resolución delante de Simón, Catalina y Aurelio, que la hace suya, aunque ella dice que no es suya, que es de su hijo, y por él, por el niño, abandona su vida anterior, incluso el dinero que ella ha generado, que queda con Simón (pues abandona el hogar y a su marido, recordemos la época). Simón tiene que hacerse el valiente e impedirlo, pero le enfrenta Aurelio, para quien Raquel es suya ahora. Aunque Catalina se escandaliza de que no insista más (va a quedar de calzonazos), a Simón no le importa ya mucho luchar por ella: en ese estado, Raquel ya no le va a dar beneficios, y da la situación por buena aunque él quede de cobarde y de marido cornudo. Simón ha querido... no querer. Él es el realmente desgraciado, aunque no se lo reconozca. Y Raquel se dirige a la vida plena que anhelaba y cuya ausencia era la sima de la que logra escapar.