sábado, 30 de mayo de 2026

"UNA NUEVA SESIÓN". RELATO.

 


UNA NUEVA SESIÓN

 

Hacía unas pocas horas, Julio se encontraba de nuevo ansioso sin saberlo, con la sensación de que algo se le escapaba, que no manejaba bien porque, sencillamente, no lo veía: las palabras de Nélida no eran nuevas, pero sí sus gestos, de hartazgo, de cansancio por verle sin hacer nada ante algo para ella muy evidente. Pero ahora se encontraba, tranquilo, ante la escalera oscura. En calma, sí, porque había hecho sus respiraciones conscientes y porque hacía cinco minutos seguía con Alba de frente, cercana en tantos sentidos, guiándole con su sosiego perenne sus pensamientos, dándoles un sentido, y escuchándolo. Se dirigió a propósito a la casita, nada escondida, desapercibida sí, antigua, y una vez dentro se plantó frente a las escaleras, dispuesto a subirlas.

                Observaba sus propios pies poniéndolos en cada escalón: los tres primeros eran de madera, los siguientes de piedra. Se embargaba del aroma antiguo a madera y subía con lentitud, decidido pero concienciándose, no siempre escuchaba en su mente la dulce voz de Alba.

- Estoy frente a la puerta.

- Muy bien. Ábrela cuando te sientas preparado.

Una puerta antigua, gris azulada mal pintada, en la parte más oscura de la casita. Toma el pomo, la abre lentamente y contempla antes de entrar. Deja que el primer impacto de luz pase, y lo disfruta, se deja embargar de esa alegría y luego observa detenido la enorme estancia que se planta ante sus ojos, y se la describe a Alba, a la que ahora no escucha, pero sabe que le oye: unas enormes ventanas al frente por las que, ya desde allí, se vislumbra el verde sosegado de un jardín; una mesa alargada y enorme enfrente, muy moderna; las estanterías, algunas con libros, otras con elementos decorativos y con macetitas de plantas vivas, lozanas. Las sillas, blancas, como siempre. El mobiliario blanco, gris, transparente, madera, contrasta con tonos suaves de telas, de objetos: verdes pastel y sobre todo azul claro, el predominante de los detalles, y de vez en cuando un rojo, un verde vivo sin chillar.

 

- Entro. Enfrente de mí, la mesa. De espaldas, sentados, hay dos, uno es bastante mayor que el otro, casi adolescente, están tranquilos. Hay de la otra banda uno de pie, con los puños sobre la mesa, parece muy enfadado, a punto de explotar. Sé que hay más, muchos más, se nota en el ambiente, esta vez hay muchos.

 

- ¡Qué bien! Ve a hablar con los que sientas que debes hacerlo. Diles siempre que los vas a escuchar sin juzgarlos.

 

Por menos de un segundo, a Julio le pareció oscurecerse todo, y eso fue porque en ese momento había pensado en Nélida, fue fugaz. A los cuatro pasos ya podía contemplar la grandiosidad de la habitación, con solo mirar a su izquierda. En el sofá estaban sentados tres, uno de ellos más bien recostado, también le daban la espalda. En la alfombra se encontraba un señor mayor entre dormido y ensoñado, con su cabeza reposada en un cojín y como en la relajación final de una buena sesión de yoga. Algunos caminaban de acá para allá, y un hombre tranquilo parecía custodiar la puerta de allá al fondo, la más escorada a la derecha, la que daba acceso a un cuartillo desde donde se oía protestar a alguien encerrado. La totalidad de la largura de la mesa también era posible verla ya, a su alrededor había bastantes, la mayoría sentados y trabajando, escribiendo en folios o en portátiles, la habitación estaba a pleno rendimiento. Desde una esquina, el de diecisiete años le levantaba la mano, saludándole: un viejo conocido, siempre estaba, siempre hablaba con él. El chico le estaba agradecido por las tantas charlas sostenidas días, meses atrás, y se le veía cada vez más feliz, más pleno, más enfocado. Julio sabía que se quedaría allí plantado hasta que él mismo se le acercara para preguntarle qué tal, escuchar sus progresos y darle un par de nuevos consejos.

                Eso fue lo primero que hizo, acercarse al muchacho, y le costó más de lo habitual. Generalmente primero acudía a la mesa, luego al sofá; sin saber nunca por qué, le requería un gran esfuerzo mental adentrarse más allá de ese sofá, pisar la alfombra era como andar sobre las aguas, avanzar hacia la puerta interior era como ir contra corriente, como si el aire fuera un fluido viscoso. Llegó hasta él, le apretó el hombro, le acarició el brazo, le preguntó, dejó que se expresase, le comentó luego si esta vez quería un abrazo, se abrazaron.

 

- Muy bien -le decía el susurro de Alba -, le has hecho mucho bien al chico, eres como su padre, Julio, me encanta ese progreso en ambos.

 

                Volver hasta la mesa de trabajo era siempre más rápido; claro, ahora era ir a favor de corriente, surfeas la alfombra.

- Puede que hoy esté aquí mucho tiempo, Alba. Hay demasiados.

- No, debes estar lo de siempre, no es necesario que hables con todos. Si quieres, acércate a los más habituales, o a los más desconocidos. O pregúntales, simplemente exponte para que interactúe contigo quien más lo necesite. ¿Tantos son?

- He contado cuarenta y seis. Empezaré por el lascivo.

 

                Sabía que estaba en el sofá. Como siempre, lloraba silencioso, con ese otro con el que hablaría luego, serio, callado, vigilante y de pie. Se alegró de verlo, se sentó junto a él. A este había que repetirle que no le juzgaba, que también lo apreciaba, lo amaba, que era tan necesario como los demás. Él se llamaba a sí mismo asqueroso, lascivo, guarro, insensible, lujurioso; Julio le hacía ver que el sexo es normal, que hay impulsos naturales que deben estar; hablaban y la culpabilidad se iba mitigando. De forma automática, sabía que luego tenía que conversar con el serio, el vigilante, que tardaba en derrumbarse, que acababa reconociendo que sus capacidades podían encauzarse mejor que atormentando a los demás con su vara de medir inflexible.

- Hoy grita mucho el que está encerrado, Alba.

- Quiere expresarse. Intenta convencer al guardián para que lo deje salir y pueda dar la cara de una vez.

 

                Eso tardó en pasar. Habló con el proyector de ideales paternos que a sus treinta años quería rebelarse, se le acercó muy necesitado de conversación. Charló con el romántico y lo abrazó también, que al fin reconoció que su forma de amar tan platónica acababa siendo tóxica y que podría llevarse bien con el lascivo, se necesitaban el uno al otro en lugar de considerarse enemigos irreconciliables. Habló con el de los puños sobre la mesa, que canalizó su ira dándose al fin valor y culpando a otros de esas culpas ajenas a él; también tuvo que animar al poeta en ciernes. Pero al fin se acercó a la puertecita. No tuvo ninguna resistencia ni reticencia del guardián, el de dentro la golpeaba. Salió a gatas, medio ciego por la avalancha de luz que se le vino encima y le dio las gracias aun sin saber a quién tenía delante. Se incorporó y miró a Julio agradecido, sin la agitación que clamaba por salir.

- Alba, acaba de salir otro tras él.

- Entonces hay cuarenta y ocho en total.

- ¡Sí! Voy a hablar con el primero, tiene mi misma edad, es casi idéntico a mí.

 

                Tras decirle que no lo conocía, que era un auténtico desconocido del que nunca había oído hablar ni tenía constancia de su existencia, y que no le juzgaría dijera lo que dijera, apenas le dio pie para el diálogo, ya arrancó de una forma perturbadora.

 

- ¿Cómo es un cráneo roto? Me refiero, en una persona aún viva…

               

                El otro, el que salió detrás de él, se colocó fuera del campo visual de Julio. El primero le contó la siguiente historia, que Julio retransmitía en directo para que Alba le escuchara, era la única que podía escuchar esas palabras de resumen.

 

- A pesar de mi torpeza habitual, para las cosas más cotidianas, en esta ocasión el golpe fue muy preciso, y no como cuando martilleo clavos o alcayatas si hay alguien mirando. Sería eso, que no había nadie mirando, ni siquiera ella, que estaba de espaldas. Parecía calculado, podría hasta sentirme orgulloso, y más teniendo en cuenta que las mujeres tienen más densidad de cabello. Toda la vida escuchando que era un inútil. No fue ni impulsivo ni calculado, tenía el martillo en la mano, la vi a ella dada la vuelta, de espaldas, se me vino esa curiosidad del cráneo, era una solución un tanto drástica al problema, pero era una opción, y todo fue de perlas: golpe seco, rotura, pérdida del conocimiento, desplome, convulsiones, fin. Ojalá lo hubiera tenido delante, a Ricardo, el perfecto de papá, imagínalo allí delante, para que viera si soy un inútil o no. Aunque, claro, si hubiera estado Ricardo allí, no lo habría hecho bien. Se me habría resbalado el martillo, me habría tropezado o algo así. Pero, oye, lo importante estaba hecho: me había dado el permiso de cuestionarme lo que daba como verdad absoluta, me había demostrado a mí mismo su falsedad. Con esa nueva perspectiva, toda mi vida podría emprender rumbos nuevos. Y entonces caí de rodillas y me eché a llorar. ¡Era un monstruo!: ¿cómo fui capaz de anteponer mi trauma y mi orgullo a mi amor por ella, por muy enfadados que estuviéramos en ese momento? Y ahí comprobé lo increíblemente difícil que es darse un martillazo en la cabeza a uno mismo.

 

                Julio simplemente lo escuchó. Luego lo abrazó también, estaba entre lágrimas. Le expresó que quería conocerlo un poco más otro día, que podía sentirse tranquilo y seguro allí, porque además eso nunca había sucedido, “¿no es así?”

 

- No, ya sé que no. Sé que simplemente es una imagen. No todos aquí, tío, te van a contar el pasado. Y no todos quieren hablar contigo, mira esos cuatro de ahí charlando entre ellos, ¿los ves?

- Claro, no tiene por qué hablar conmigo.

 

                El otro se había situado justo al lado de Julio. Cuando le dio tres toques en el hombro con dos dedos, dejó de escuchar definitivamente la voz de Alba, pero él seguía narrando, como podía, lo que veía y de lo que conversaba.

 

                La luz declinaba, la habitación se iba atenuando en su luminosidad. Julio se sentía muy reconfortado. Estaría unos cinco minutos más y ya saldría; los dos nuevos le habían dejado un tanto descolocado, pero seguía tranquilo y satisfecho. Solamente se acercó al niño de diez años para asegurarle, una vez más, que todo iba bien, pero extrañamente ese niño ahora no lo reconocía.

 

- Soy Julio, ¿no me recuerdas?

- No. Julio soy yo, tú solo eres una copia.

- ¿Quién te ha dicho eso?

- Aquel, el de la camisa negra -y señaló al segundo encerrado, al acompañante del cautiverio del falso psicópata.

 

                Se hizo un silencio que se hizo tocable, palpable. Ahora sí que necesitaba escuchar a Alba, pero se había quedado muda. Al silencio siguieron multitud de reproches. Tras meses acudiendo allí, ahora todos volvieron su mirada a él y le acusaban de ser un plagio de cada uno de los demás, una perversión de la naturaleza que no tenía cabida en esa habitación. No se sentía seguro de que Alba le estuviera escuchando, así que se guardó para sí la frase que le diría en su regreso, cuando estuviera abajo. “Había cuarenta y ocho versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia”, eso le diría. Él parecía cada uno de ellos sin serlo, todos decían llamarse Quérilo Julio Martínez Sanz, como si ese nombre solo le perteneciera a él y no a los demás, sin inquietarse de que los otros dijeran lo mismo pero acusándolo solamente a él de intruso. Sería la discusión previa con Nélida, que se había removido en su inconsciente y aparecía de esa forma, esa frase de “Ya no te reconozco, Julio” podría haber sido la culpable de esta distorsión de su imaginación guiada. Estaba claro que era el momento de marcharse.

                Como hacía siempre, les dijo a todos que les agradecía que le hubieran recibido, haberse abierto con él. Que se marchaba, pero que siempre, en cualquier momento, podrían contar con él y él subiría y los escucharía. Siempre ha sido muy sugestionable, por eso funcionan tan bien con él todas esas técnicas. El EMDR, la visualización, como hacía ahora, Alba era una psicóloga excepcional. Iba a terminar la sesión como otras veces le indicaba, ahora no la escuchaba, puede que en cierto modo se hubiera quedado dormido, pero lo había hecho tantas veces que sabía perfectamente cómo era, se forzó a escucharla, la reprodujo mentalmente diciéndole que se despidiera, que se acercase a la puerta, saliera, bajase los escalones uno a uno y ya podría abrir los ojos.

                La puerta no se abría. Quería girar el pomo y estaba bloqueado. Lo zarandeó, trataba de forzarlo, la puerta no se abría.

- Solo el verdadero Quérilo Julio Martínez Sanz puede salir de aquí, el consciente -le dijo el psicópata, que lentamente abrió y bajó dispuesto a arreglar lo de Nélida esa misma tarde.

                Alba le sonrió cuando abrió sus ojos. En fin, siempre sonreía. Le dijo a Julio que esa iba a ser la última sesión, le veía ya muy bien, y lo de Nélida no había sido más que una discusión de pareja, que fuera a hablar con ella si la notaba receptiva.

viernes, 29 de mayo de 2026

"CRÓNICAS DE UNA MUJER EN ASIA", DE PALOMA LAFUENTE GÓMEZ. IMPRESIÓN LECTORA.

 


Lo más hermoso de las palabras es su poder, y que puedes llegar a ellas por diferentes caminos y en diferentes circunstancias. En ocasiones, puedes entenderlas o razonarlas, sin embargo, no llegan al plano de la conciencia hasta que las encuadras dentro de una experiencia concreta (normalmente práctica). Únicamente a través de la vivencia puedes alcanzar la verdadera conciencia de las palabras; entonces se llenan de significado, de una fuerza incontrolable, de un poder descomunal, de una melodiosa armonía. (pp. 167, 168).





Crónicas de una mujer en Asia, de Paloma Lafuente Gómez (Bubok; Madrid, 2023), tiene como subtítulo Una ventana abierta a mis vivencias en India, Nepal, Vietnam y Camboya, y ya desde este mismísimo principio, antes de iniciar el texto en sí, Paloma Lafuente nos muestra cómo de transparente y lúcido va a ser su libro. Tal vez me equivocase en el unboxing que publiqué en Instagram y Facebook al calificarlo de libro de viajes, aunque en parte lo es o, más que en parte, en andamiaje. Usé ese término para señalar que no se trataba de una obra de ficción, como suele ser habitual en mis impresiones lectoras, sin caer en la cuenta de que esa expresión está asociada a un género de no ficción pero literario que tal vez, por antigua, posea unas normas o genere unas expectativas que puede que no se apliquen aquí. Paloma Lafuente no te engaña: ¡claro que te cuenta sus experiencias de su paso por esos cuatro países! Pero no observo que sea el hecho de viajar en sí el leit motiv de este libro, sino más bien su mirada externa e interna en su pasar por ellos, en su estar en ellos. Y, si está allí, es porque está cumpliendo con una misión, con una tarea, como miembro de una ONG. Pero, como he dicho, es personal, en ciertos momentos íntimo. Ofrece muchos elementos: impactos sociales, culturales, de ritmo de vida; paisajes y edificios, caminatas, pensamientos mientras procesa lo que está viviendo en ese momento. A mí me han resultado particularmente valiosos sus testimonios de contacto humano, de vínculos específicos con personas con las que se encuentra que se crean por conexiones instantáneas.

     Tampoco hay aquí un afán por enfocarse desde el feminismo. Sus apreciaciones sobre las desigualdades entre hombres y mujeres, y sus roles sociales, no son excesivas, no están empapando su relato, ni mucho menos. Aparecen, más bien, de forma natural: se trata de una mujer occidental que, por un lado, se sumerge en otras culturas muy distintas y sus gentes la observan de determinada manera por serlo, por ser mujer y, por otro, puede contrastar su realidad en España con las realidades de estos países, así que en esos contrastes uno de los que aparece es ese, el de la mujer en ellos, y es lógico, dado que nosotros lo sabemos o imaginamos de forma racional, pero no es lo mismo que verlo y vivirlo estando allí. Me encanta esta expresión que usa, en su contexto y de forma aislada: ... una reunión de mujeres es una actividad llena de alegría y júbilo. Son espacios donde pueden tomar un respiro y ser ellas mismas... (p. 93); en ese momento estaba en un campo de refugiados tibetanos en Nepal. El libro, por lo tanto, dista muchísimo de ser una especie de panfleto ideológico en ese sentido, ni en otros. Al contrario, el tono de Paloma Lafuente al describir o narrar o transcribir diálogos es humano y personal, y muy respetuoso al tiempo que inteligente. En ocasiones me ha parecido tierno; en otras, la exposición de crudas realidades con alguna valoración o sin ninguna porque ellas solas son suficientes. Esta obra, yo diría, tiene más bien una mirada femenina, sin ese -ismo que a día de hoy, en el inicio del segundo cuarto del siglo XXI,  puede dar lugar a equívocos: lo observa y lo cuenta todo, pero cada cierto tiempo vuelve su mirada a las mujeres y a las niñas (El rol que ocupan las mujeres en la sociedad es un tema que siempre interpela, ..., p. 175). Será al final de esta obra, ya en Camboya, cuando aborde directamente el tema del maltrato físico, sexual y psicológico a las mujeres, con la conmovedora historia de Evel y en el capítulo 10 de esta sección camboyana, Cicatrices en la superficie (pp. 245-251). Pasajes, por cierto, donde también destaca la figura del hombre cuidador amoroso de su mujer, némesis del maltratador, tal vez una ilustración de la verdadera naturaleza del yang que tanto nos cuesta encontrar. Paloma Lafuente es honesta desde la primera página a la última.

     El tono de esta obra es como la mirada de la autora: detallista y amable. Nos va descubriendo a nosotros lo que ella descubre o sabe, bueno o malo, pero a mí particularmente me encanta esa tendencia a valorar lo entrañable, lo afable, lo más cercano y humano de sus experiencias y su mirada al otro. Por momentos he llegado a sentir ese espíritu que desean sus palabras, sin poder llegar a afirmar, por desconocimiento, si tal vez se trate de esa compasión bien entendida de la que habla el budismo como el summum de los logros espirituales. Ese tono, ese mood que no siempre puede aparecer pero al que se inclina, es, en mi opinión, el que consigue que, dentro de lo exótico que nos puedan resultar como lectores estos escenarios tan lejanos, nos complazcamos al leer percepciones o anécdotas que, tal cual, podrían parecer intrascendentes, cotidianas, porque nos acerca a ellas, como si descubriese lo trascendente en lo aparentemente insignificante. A veces reflexiva, a veces impresionista, a veces sencillamente descriptiva, la voz de Paloma Lafuente nos invita a acompañarla en unos viajes que, claro, son solo suyos, solo parcialmente podemos reconocer sus vivencias, pero la vivencia de este camino que es su propio libro es ya de por sí muy gratificante. Se insertan ocasionalmente fotografías, igual de un templo que de una persona a la que se refiere. 

     En Crónicas de una mujer en Asia, Paloma Lafuente sabe conjugar con habilidad, entre otros elementos:

- Datos objetivos y porcentajes, generalmente para evidenciar desigualdades, pobreza y miseria.

- Descripciones de paisajes naturales y urbanos.

- Tradiciones, ritos, costumbres.

- La organización social, la diferenciación entre etnias y creencias, el clima de convivencia, la historia que arrastra cada comunidad a la que se aproxima.

- El contacto con grupos y, sobre todo, individuos: cómo se inicia el contacto, por qué y para qué, el tono, y los vínculos, siquiera temporales, que se crean.

- Oficios, tareas, el trasiego diario, cómo se vive en cada lugar, detalles de comidas, vestimenta, ...

- Cómo se desplaza, tanto literalmente como lo que siente y ve en los trayectos.

- Olores, tactos, temperaturas, ambientes, sabores.

- Contrastes de todo tipo y provocar la apertura de ojos a realidades que nos son ajenas.


     El libro se divide en dos partes. La primera, más extensa, nos sumerge en dos países donde el hinduismo y el budismo son las religiones mayoritarias. La segunda nos traslada al sureste asiático. A su vez, cada parte se divide en dos secciones, una por país. Crónicas de una mujer en India es la que abre la obra y nada más comenzar ya se resalta la diferencia de género allí, de lo general a lo tan particular como mujeres concretas, con nombre propio, a las que te acerca. Vas a apreciar el contraste entre distintas ciudades, la contaminación en muchos casos, y la basura, la predisposición de sus gentes y la división por castas (algo que no solo se ve en India), siempre con sensibilidad humana y gran percepción de los detalles, y también la cosmovisión de todo influida por la religión y las creencias. Esto mismo sigue en Crónicas de una mujer en Nepal, pero se respira otro ambiente, se nota el cambio: Nepal parece mucho más íntimo. Por añadir algo más de mi propia subjetividad, que es lo que toca en impresiones lectoras, que no reseñas, y a mi blog entero, diré que el final del capítulo 3 (Nagarkot, montañas invisibles) me ha gustado mucho. Y el quinto, El pequeño Shiva, entrañable tal y como se narra, me ha parecido un honrar a la masculinidad en ciernes; habla con amabilidad de rasgos masculinos, por eso he dicho antes lo que he dicho, y que me perdone Paloma Lafuente si no es así, pero se nota mucho, y me agrada bastante, esa conjunción equilibrada entre lo masculino y lo femenino que, a veces, se encuentra, el yin y el yang sanos en su baile, y eso no resta nada a la observación de un constante desequilibrio de género que contempla en estos países, que parecen vivir en épocas muy antiguas, por más móviles e internet que usen (Vivir en Nepal es sumergirse en el pasado, p. 175). El último capítulo del Nepal, que resalta la silenciación y la impureza de la menstruación para las creencias hinduistas, me ha recordado a cierto pasaje veterotestamentario en la Biblia.

     Por su lado, la segunda parte dedicada al sureste asiático también se divide en dos secciones. La primera, Crónicas de una mujer en Vietnam, me provocó al principio la transición de la efusividad y el caos de la India a la limpieza y el orden, pero también distancia emocional, de Vietnam. Para muchos de nosotros todos esos países nos parecen lo mismo, no solo Vietnam y Camboya, también Tailandia, Mianmar (Birmania), etc., y no lo son para nada. El contraste entre Vietnam y Camboya es grande. Inevitables en Crónicas de una mujer en Camboya las referencias a la guerra y a Pol Pot, las atrocidades tan terribles sufridas allí. Con un calor agobiante, también se ven desigualdades sociales, lo que no quita para que su mirada no pierda detalle de mercados, de historias personales y hasta de anécdotas más livianas (que visten realidades duras de todas formas), como el capítulo 7, Tuktuk, lady?, con otro final que me ha encantado.

     Una vez más, no sé qué haré con tantas notas y posibles citas para este artículo apuntadas en mi libreta, con mis impresiones, capítulo a capítulo. Escribo mientras leo, como forma de leer en sí, como una ayuda para concentrarme y para repasar después, a veces me hallo a mí mismo destripando el libro, despiezándolo. Seguramente quedarán ahí, como en un diario de viaje por Crónicas de una mujer en Asia.

     

     



jueves, 28 de mayo de 2026

CLITEMNESTRA EN PRIMER PLANO. CONTEXTO RESUMIDO DE LAS HISTORIAS DEL CICLO MICÉNICO Y POR QUÉ EMPATIZO CON ELLA

 



INTRODUCCIÓN

El propósito de este artículo es doble. De una parte, voy a resumir la historia de Clitemnestra y, para ello, sigo las explicaciones que da Eva Tobalina acerca de la tragedia griega. Son cinco conferencias publicadas en YouTube, en el canal de Raíces de Europa (@raicesdeeuropa), y todas comienzan por La Tragedia Griega. En concreto, me guío por el segundo, La Tragedia Griega II. Grandes ciclos temáticos: Micenas y Tebas. Eva Tobalina, publicado el 8 de julio de 2022. Me vi toda la serie hace tiempo, mientras disfrutaba de Esquilo e iba poniendo mis impresiones lectoras de sus tragedias aquí en este blog; me las estoy volviendo a ver, otra vez, para refrescarme mientras leo a Sófocles y a las puertas de comenzar la lectura de Lechuza blanca sobre Argos, de María Luisa Regalado (Con M de Mujer, 2025). Mi memoria es como es, alguna vez hablé de ella, se queda con lo fundamental y, sobre todo, con lo que me hace sentir, y olvida rápido nombres y detalles. Así que este resumen será también un tanto un anclaje para ella. Además, teniendo en cuenta que Eva Tobalina es experta en el mundo antiguo, aprovecho para recomendar sus otros vídeos relacionados, como el del mundo minoico, el de Micenas, el de los pueblos del mar y la crisis de la Edad de Bronce, entre otros.

     Por otro lado, trataré de expresar, en la medida en que pueda recordarlo, por qué empaticé con ella en mis lecturas de la trilogía de La Orestía de Esquilo. Eso no significa que no lo haga con Orestes y Electra. Cada uno tiene sus razones, cada uno vive su propia tragedia interior, su conflicto, y no se me escapa que el planteamiento de las tragedias griegas es el debate entre dos opciones, sin que ninguna de ellas sea feliz, ambas son horribles. Quiero decir, soy consciente de que me hago anacrónico en mis palabras, pero, al fin y al cabo, recordemos, lo que trato de transmitir es la conexión emocional e interna propia con el personaje, mi propia catarsis.

     Leer las historias míticas es como leer las historias bíblicas. Me refiero a la disposición, a cómo entras en ellas. Incluso con ojos actuales. Para los coetáneos de los tragediógrafos griegos, para los helenos de la Grecia clásica, estas historias arcaicas seguramente se darían por ciertas; estaban ligadas a sus ciudades, su religión y su cultura, como las bíblicas al pueblo hebreo y, posteriormente, al ámbito cristiano. Tienen un plus de veracidad y también de fe religiosa que, seguramente, no esté en nosotros, no en la mayoría de nosotros. Acudes a ellas considerándolas, o bien falsas, al menos no históricas, o bien remotas, sabedor de que su germen histórico ha sido manipulado por el paso de los siglos y las manos de una cultura que se va tejiendo poco a poco. Ahora bien, una vez metido, las vives según sus parámetros de verosimilitud, y puedes observar a sus protagonistas como seres humanos, aun asumiendo las normas legales y sociales tan antiguas en las que te sumerge. Las enseñanzas políticas y de orden social ya no las aceptamos, aunque no las ignoramos, pero seguimos considerándolas historias nuestras, son nuestros mitos o nuestras páginas bíblicas, según el caso, y buscamos nuevas interpretaciones y perspectivas a partir de la historia dada. 

     Particularmente, no me parecen bien las tergiversaciones interesadas de cada época, incluida la mía, eso es otra manipulación. Lo que se cuenta es lo que se cuenta: tratar de dulcificarlo, hacerlo políticamente correcto o darle la vuelta de manera burda y descarada no va conmigo. Pero sí me parece interesante el destape dentro de su propia organización interna, dejarlas desnudas de las "explicaciones" interesadas de su momento, de lección moralista o política, y una vez desnuda la historia en nuestras manos, interiorizarla, yo tiendo a hacer eso sobre todo en lo poético o literario, de un lado, y en lo humano, de otro. Por eso me llama la atención la propuesta de María Luisa Regalado con su Lechuza blanca sobre Argos, que no he leído aún, digo como planteamiento inicial.


EL RESUMEN (SIGO A EVA TOBALINA CON ALGUNA APRECIACIÓN PROPIA) Y APUNTES SOBRE LA MARCHA SOBRE MI EMPATÍA CON CLITEMNESTRA


     Agamenón es uno de los hombres más poderosos de la Grecia de la Edad del Bronce. Es el rey de Micenas, la rica Micenas, y su hermano, Menelao, es el rey de Esparta. Este monarca micénico, magnífico y soberbio (en el mal sentido también) ha cometido ya muchos crímenes y atrocidades. La verdad, empieza muy mal la cosa para que nos pueda caer bien. Pero no solo a nosotros los de ahora, a los primeros griegos que vieron las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides tampoco, aunque de manera distinta: ellos conservaban, al menos, la idea de que representaba el poder y autoridad de la polis, nosotros tenemos ya carta de libertad para aborrecerlo al completo. Una de esas atrocidades fue asesinar al marido de Clitemnestra para así casarse con ella. La afrenta de que Paris rapte y se lleve a Troya a Helena, hermana de Clitemnestra y cuñada de Agamenón, esposa de Menelao, podrá observarse así en función de honra y dignidad política y no tanto romántica en nuestros términos, porque, vamos, lo que ya antes ha hecho Agamenón, cargarse al marido de Clitemnestra para poder tomarla como esposa, pues desmonta completamente esa visión tan nuestra, los términos son esos, ni te imagines a Menelao como un broken-hearted. Ahora, asumiendo que la vida era así, Clitemnestra no deja de ser humana, podemos entender que no parece una buena manera de afrontar un matrimonio y que muy afín a su nuevo esposo no debe de ser, muy emocionalmente inclinada a él. Aun con todo, tienen tres hijos: dos chicas, Electra e Ifigenia, y un varón, Orestes. 

     El rapto de Helena da pie a que diversas polis griegas declaren la guerra a Ilión (Troya); esta es la causa en la narración mítica, el casus belli, porque la narración histórica de este conflicto entre griegos e hititas es meramente económica y política, como todas las guerras. Y, aunque el ofendido directamente es Menelao, el líder de la expedición helena es Agamenón. Sin embargo, queda parada en Áulide: el mar no permite salir hacia Troya, parece que algún dios debe de estar enfadado con ellos. Tras consultar a los agoreros, se confirma: la diosa Artemis está disgustada con Agamenón porque este ha dado muerte a una cierva, y no les va a permitir embarcar para hacer la guerra. La única solución es que Agamenón le sacrifique a su hija Ifigenia a cambio.

     Dependiendo de la versión y de cómo se cuente, tus removimientos internos pueden ser distintos. A mí esta historia de Ifigenia me fue contada por primera vez de la siguiente manera. Clitemnestra e Ifigenia son llamadas por Agamenón sin descubrirles nada del problema con la cervatilla de Artemis. Así que, en esta versión, se nos presenta a Clitemnestra yendo hacia su marido porque simplemente desea su compañía, y a Ifigenia muy ilusionada y contenta por ver a su padre. ¡Las han llamado para que vayan a Áulide! ¡Qué bien! En el último momento, con ellas allí completamente engañadas, Agamenón descubre el verdadero propósito. Ifigenia, obediente y fiel a su padre, acude ella misma al altar para que la sacrifique a Artemis. Y Clitemnestra lo contempla, madre destrozada. Que sí, que muy bien, que las aguas se calman y todos estos ya pueden ir a la guerra. Pero... ¿el precio ha sido la vida de tu propia hija? Entonces, ¿cómo nos figuramos a Clitemnestra? ¿No es una mujer rota, cuyo marido ha matado en un altar a la inocente Ifigenia? Muy traumada, diríamos nosotros ahora, quebrantada, desolada. 

     Es cierto que existe otra versión en la que en el último momento aparece un ciervo enviado por Artemis para que pueda sustituirse por Ifigenia, una historia que nos recuerda (a nosotros) a Abraham, Isaac y el carnero trabado. Y entonces Ifigenia se hace sacerdotisa de Artemis. Pero, aun con todo, Clitemnestra ha sido engañada, ha recibido el escalofriante disgusto de que hay que matar a su hija, la ha visto ir al altar del sacrificio, ha contemplado cómo Agamenón casi la degüella. El impacto psicológico es brutal en todo caso. Yo me quedo con la primera versión; la segunda me parece una dulcificación a posteriori sin ser yo experto aquí, hablo de una mera impresión.

     Me imagino a una Clitemnestra destrozada regresando a Micenas, completamente en shock. Después, es ella la que se encarga de gobernar la ciudad en ausencia de su rey. Aquí ya tiene un amante, Egisto, con quien es feliz. De aquí viene la mala fama de Clitemnestra. A los ojos de los ciudadanos, la reina que los gobierna está siendo infiel y libertina, haciendo lo que le da la gana, con un Egisto consorte. Yo, sin embargo, la observo al fin dichosa, rehaciendo su vida con un hombre que verdaderamente la ama. Son diez años de ausencia de Agamenón. Podría incluso haber muerto en batalla o engullido por el mar. Y si una década es mucho tiempo para nosotros, en aquella época lo es aún más. Clitemnestra, al fin, vive, libre y feliz en cierto modo. 

     Por su parte, diremos que Egisto tiene muchos motivos para odiar a Agamenón, además. Su padre, Tiestes, le disputó el trono de Micenas a Atreo, el padre de Agamenón. Para vengarse, Atreo asesinó a los hijos de Tiestes (excepto a Egisto) y se los dio a comer en un macabro banquete, por lo que Egisto tenía juramento de venganza contra la familia de Tiestes. 

     Tras diez años de ausencia, aparece Agamenón victorioso de la guerra de Troya. Entre otras pertenencias de su botín, trae a la pobre Casandra, una troyana ahora hecha esclava y que soporta una maldición de Apolo: al haber rechazado ser su amante, Apolo la castiga con el don de la clarividencia y de profetizar acertadamente sin que nadie la crea, así que Casandra percibe que se ha derramado mucha sangre en la casa de Agamenón (más de lo que los micénicos saben) y vaticina el crimen que se va a cometer, sin que nadie le dé crédito. Al contemplar espantados el regreso de Agamenón, Egisto y Clitemnestra planean asesinarlo y lo llevan a efecto. Esto es lo que se le achaca para aborrecerla, para odiarla: infiel y asesina. Y yo, lo siento mucho, pero tal y como está sucediendo todo, soy incapaz de ponerme en su contra. Clitemnestra ha sido siempre, en todas mis lecturas, un personaje roto y rehecho, o al menos remendado, una víctima que se sobrepone. Sí, asesina a Agamenón; sí, legalmente le fue infiel al que asesinó a su primer esposo y a su hija, vaya, que no, no siento ninguna aversión por ella, al contrario.

      Ahora Clitemnestra y Egisto gobiernan la ciudad ya tranquilos, libres de Agamenón. La ciudad, sin embargo, no los siente legitimados, los ciudadanos están escandalizados, no la quieren, la mala fama de una Clitemnestra decidida se enciende más. Además, Electra llora desconsoladamente la muerte de su padre. Esta muchacha era muy afín a él, lo amaba enormemente (de ahí lo del complejo de Electra) y solo piensa en matar a su madre y a su amante. Orestes, su hermano, regresa, con una misión encomendada directamente por Apolo, que le ordena matar a su madre. ¡Matar a su madre! ¡Eso es una absoluta impiedad! Bien apoyado por su hermana Electra, bien en participación conjunta, ya depende de la versión, lo hacen; al menos Orestes, si no Electra también, acaba con la vida de Egisto y de su madre Clitemnestra. 

     Ahora el que tiene un serio problema es Orestes. Por obedecer la orden de un dios olímpico ha desobedecido una ley natural infundida por divinidades más antiguas. Sus dos opciones eran desobedecer o desobedecer, el mismo dilema que el de Antígona. Pero la historia de Orestes es ya es otra historia, que además ya he comentado en mis impresiones lectoras sobre La Orestía de Esquilo.


CONCLUSIÓN

    

    Mi intención era primero dar un resumen y luego consignar mi simpatía personal por Clitemnestra, pero me ha resultado más fácil hacer ambas cosas a la vez. De este modo, ya quedan aclaradas mis palabras pronunciadas ayer en el reel de Instagram (@extramurado) donde realizaba el unboxing del libro de María Luisa Regalado, me resitúa para leerlo con más sentido, sirve de contexto para cuando dé mi impresión lectora de Lechuza blanca sobre Argos y, en parte, me reconecta con las tragedias de Sófocles que también reseñaré subjetivamente en mi serie de A tragedia cada x.

      

      


     


lunes, 25 de mayo de 2026

SUEÑOS DE TINTA. UN RESUMEN DE MI EXPERIENCIA EN UN GRUPO LITERARIO EXTRAORDINARIO.

 

                   

En noviembre de 2024, tras muchos años de silencio en tantos sentidos, me volví a dar a conocer como escritor con la publicación de una novela, Amae pop blue (Volumen I), ¡una novela!, algo tan inesperado en un poeta, algo tan inesperado incluso para mí mismo... Pero no va a ser aquí donde cuente por qué; donde, una vez más, me exprese sobre ella; solamente es para que te pongas en situación, porque de lo que quiero hablarte hoy es de mi experiencia en un grupo literario muy singular, extraordinario: Sueños de Tinta.

     Comencé sabiendo que, una vez publicada, quedaba la segunda parte del trabajo de un escritor: moverla, darla a conocer, un trabajo arduo y que había que cuidar, igual que la propia escritura. Además, esta novela me proyectaba muy distinto a quien había sido hasta entonces, al exterior, a los demás, y al interior, a mí mismo. Me había visto algunos vídeos sobre el asunto, reels en las redes de escritores hablando del tema e incluso entré en el curso de Roger Domingo y su Método MAPEA, el precurso para que te apuntes a su curso, que no critico en absoluto: lo que aprendí ahí me vino bien. Preparé la sinopsis y la carta de presentación, me hice con los correos electrónicos de diversos periódicos para enviarlas, contacté con bibliotecas para ir haciendo presentaciones, hice algunas, ... Tuve el placer de que Judith Rodríguez reseñase Amae pop blue en su blog, rellenitadecrema.blogspot.com, e intensificaba poco a poco mi presencia en las redes mientras iba aprendiendo sobre ellas. Y aprendí mucho, sobre todo de mí mismo, pero también sentí una avalancha abrumadora: de repente, pareció haber una multitud de escritores haciendo mil cosas en las que no habías caído, y mi ritmo se me hacía insuficiente mientras otros aparecían incesantemente en Threads, en Instagram, ... ¡Me tenía que mover más! Pero... ¿de dónde saca tiempo esta gente, omnipresente 24/7? Y el afán era cada vez mayor, y se materializaba en pocos resultados, siempre parecía yo ir a la zaga de los demás, sintiendo un ritmo incesante y yendo a rebufo, de los últimos del pelotón. En concreto, hubo un momento en que me sentí persiguiendo a Santiago Expósito, con el que había trabado amistad y que aparecía en mis redes cada vez que las abría, no siempre me apuntaba a lo que él por no dar la impresión de estar "pisándolo", esto lo confieso aquí, me sentía así, aunque dudo que él lo viera de ese modo y, si lo veía, que le importase. Acabé participando en un debate y luego entrevistado por Leo Flores en su Pulgada de Cuentos en IG y en TikTok, una experiencia muy agradable en la que conocí a otros escritores, y nos leímos mutuamente nuestras obras. Pero eso, que para mí fue un tremendo logro, parecía muy normal en los demás, que seguían rastreando posibles entrevistas así. Tenía que ponerme más las pilas. Estábamos ya en verano.

     Fue en ese plan y con ese sentimiento de extraña culpa que recalé casi a la vez en dos proyectos. Uno, afianzado, fue La Trinchera de los Libros, ahí llegué yo antes que Santiago, algo increíble. Un espacio de divulgación literaria llevado por Samuel Baeza y cuya membresía es muy alta, hay muchísimos escritores españoles ahí. Está en YouTube pero también en Instagram, para mí es enorme, pero el tiempo en el que estuve, que fue mucho, estuve bastante bien. Participé en un par de debates o tres y fui entrevistado por Samuel. Quedé encantado, la verdad. Y el otro grupo fue una propuesta que lanzó María Cespón Lorenzo, no recuerdo ahora si lo vi en Threads o en Instagram, para quien estuviera interesado en formar parte de un grupo de escritores. Yo, hasta entonces, lo que veía era si se quería dejar una recomendación literaria o anuncios de bookgrammers que al final te mandaban sus honorarios por x e y servicios de promoción, estos que se leen veinte libros al mes, parece ser, y hacen dos reseñas al día, hasta entonces no había tenido oportunidad de ver un ofrecimiento así y me apunté, sinceramente, pensando en ese momento que era una más de esas cosas que te ayudan a hacerte visible con una entrevista o en plan club de lectura, de las que veía hasta entonces, pero no: la propuesta fue así, hacer, ser grupo, apoyarnos y estar activos realizando proyectos propios como grupo, una visión que algunos no tuvieron del todo y con la implicación mayor o menor que cada uno pudiera dar. Poco a poco me di cuenta de que esto era ideal. Porque no era una plataforma donde yo iba a ser el escritor de la novela tal que quería promocionar, sino un escritor y lector pleno que se iba a dedicar a escribir y leer, iba a ser parte de un grupo, donde conocería a otros y colaboraríamos juntos. Ese fue su espíritu. Aún recuerdo cómo se pidieron propuestas para tener un nombre y su votación, nos acabamos llamando Sueños de Tinta. Cada uno se expresaba. Un proyecto que duró hasta abril de 2026, con la entrevista que le hizo María a Álvaro Villarrubia. Y terminó porque María es escritora, como todos los demás, no publicista ni entrevistadora profesional, ni bookgrammer ni nadagrammer, terminó porque se quiso. Porque se ha reconocido en muchas ocasiones el gran trabajo de coordinación y cohesión de María, pero solo se intuye el enorme esfuerzo que supone ser el nexo común de un proyecto así, cuando además es muy fácil que muchos se descuelguen de un modo u otro; esa idea de que es grupo y todos somos grupo suena muy bien al principio pero tiene costes. No éramos agregados y que otro empujase el carro: la idea es que todos debíamos tirar de ese carro. 




     Se han hecho muchas cosas en estos meses, se han visto muchos proyectos culminados. Los principales fueron las entrevistas en directo por Instagram (@maria_novelista_), que luego se publicaban también en YouTube; esas Tertulias de Tinta de cada miércoles que ahora echo de menos, de cada miércoles y algunos viernes y sábados, en las que María conversaba con un autor, tan distintos unos de otros, de géneros tan diversos, ... Pues imaginaos a María preparando una entrevista semanal, con lectura previa de su obra. Y tuve el honor de poderla entrevistar yo a ella; lo he dicho, María es escritora. El otro proyecto muy importante fue la publicación mensual de Voces Errantes, una revista literaria digital gratuita en Heyzine (los primeros números están ahora en el blog de María Cespón e imagino que acabarán todos ahí).

     Es una revista impresionante desde el primer número al último, de muchas páginas. No solo hay entrevistas y reseñas (de las reseñas nos encargábamos María y yo, y esto supuso para mí incrementar mi frecuencia de lecturas y acercarme a obras actuales de muy diversos géneros). También hay reflexiones, recomendaciones, artículos de opinión literaria, textos propios de cada autor participante (relatos, microcuentos, poemas, ...) y las dinámicas, en las que varios autores teníamos que crear en conjunto un texto. Empezamos con un poema colectivo, después por lo general María nos emparejaba para que hiciésemos algo diferente a lo que estábamos acostumbrados. ¡Y de verdad que fueron muy dinámicas! Para empezar, tenías que poner en marcha tu creatividad para colaborar en una historia de determinado tipo o en un poema; para seguir, te tenías que poner de acuerdo con tu compañero. ¡Eso fue fantástico!

      Pero se hizo mucho más. Por ejemplo, mentorías, para apoyar a autores noveles o que querían publicar pero no sabían aún cómo. O las masterclasses, Voces Maestras, las inauguré yo con una doble masterclass de poesía que me obligó a recordar muchos conceptos y a leer mucha poesía, eso es impagable. Ahí están, junto a las Tertulias de Tinta, con participación de Macarena Expósito y de Juan Andrés Moya. 

     Sueños de Tinta ha sido toda una experiencia integral.  En lo literario a mí me ha hecho reactivarme y crecer mucho. En lo humano, he conocido a muchos escritores y nos hemos acompañado; os estoy muy agradecido a todos. Especialmente a María: tanto en lo literario como en lo humano. María, muchas gracias por tu amistad, un verdadero tesoro inesperado. 

     De forma muy resumida, muy contenida, he contado mi experiencia en Sueños de Tinta. Me sirve de introducción para dejar constancia en un artículo posterior de mis aportaciones literarias en Voces Errantes, pero no lo he escrito por eso. Lo escribo y publico porque deseo contar la experiencia y también deseo dejar testimonio de su existencia, de su paso intenso y lúcido por el panorama literario actual. Y también es un homenaje, al grupo y a María Cespón Lorenzo, a la que menciono con agradecimiento. Además, no diré mucho, pero al menos menciono que no ha sido solo una labor de cara a lo externo. Se ven los resultados ofrecidos, muchos, tremendos en muy poco tiempo, pero también ha habido actividad no visible para los demás entre nosotros. Gracias a ese movimiento entre bastidores me he dado cuenta de la mezcla de trigo y paja que hay en todo aquello que mencionaba al principio. Ya no tengo ningún afán por querer estar visible de esa manera, ese afán que puede acabar ahogándote, incluso las ganas de leer. Sueños de Tinta me ha apartado de un ego que podría haberse inflado en lo meramente superficial y a un tiempo ha incrementado mi valor como escritor ante mis ojos. Lo que yo me llevo es, sobre todo, la pertenencia, la actividad, la participación activa, la experiencia de saber qué sí y qué no, perspectiva y amistad. 


                   

       





sábado, 23 de mayo de 2026

A TRAGEDIA CADA X: "MEDEA", DE MIGUEL DE UNAMUNO

El mundo tiembla a los primeros sones de su voz.



Hace tiempo que inicié esta serie sobre impresiones lectoras de tragedias, y lo eran, las de Esquilo, todas, lo eran. Y, según el plan, las siguientes iban a ser las de Sófocles. Pero ya visteis lo que sucedió en Navidades: sí, me hice con la edición de las tragedias de Sófocles, de la que he empezado su estudio previo, pero a un tiempo cayó en mis manos mi tan ansiado libro de teatro unamuniano (Editorial Juventud; Barcelona, 1964), porque quería que su Raquel encadenada, que me impresionó con 16 años, sirviera de puente entre los dos tragediógrafos griegos, por su leve vinculación con el Prometeo encadenado de Esquilo. Ya lo he comentado en los otros artículos anteriores. Y que, en fin, al parecer esta edición del teatro de Miguel de Unamuno fue la primera. A mí me fascina de siempre Unamuno, y tenía recuerdos muy entrañables de mi lectura tan joven de su teatro: no está todo, claro, aunque el estudio previo de Manuel García Blanco da cuenta de toda su producción dramática. Aquí aparecen solo sus cuatro obras más representativas. ¿Y pensabais que iba a ir directamente a Raquel encadenada (drama) saltándome su Fedra (tragedia) y su Soledad (drama)? Por su puesto que no, ya lo habéis visto. ¿Y lo iba a abandonar así dejando de fleco sin leer su Medea del final, que vuelve a ser una tragedia? ¡Claro que no, aquí me veis!

     Es cierto que al hacerlo así me salto a Sófocles y Eurípides del todo, a la Medea de Eurípides, porque esta Medea de Unamuno es su traducción en prosa de la de Séneca, que don Miguel pudo ver representada en el Teatro Romano de Mérida, con Enrique Borrás y Margarita Xirgu de actores principales. Así que he tenido un placer doble. El primero, volver a la tragedia clásica, llegar a Séneca, aunque haya sido saltándome el orden cronológico estricto que deseaba para los grecolatinos. Y el segundo, que a su vez leo a Unamuno, pues aun siendo traducción en prosa, es delicioso leerlo en castellano de principios de siglo XX, y aún más observar el vocabulario escogido y los giros, aun siendo traducción: es traducción de Unamuno. 

     Esta Medea una tragedia en cinco actos, cinco actos cortos, claro, es tragedia clásica, y con pocas escenas (el último acto solo tiene una). La tragedia trae al espectador la parte final del mito de Jasón y Medea, con todas las hazañas con los argonautas, incluido, claro, el vellocino de oro, y sus tantos crímenes, dejados atrás, como recuerdos, aunque mencionados en varias ocasiones. Notemos que el público original de estas tragedias clásicas conoce bien esos mitos. 

     Te hago un despliegue rápido del argumento de la tragedia: Estamos en Corinto. Aunque Jasón y Medea están casados y con dos hijos, este ya la ha repudiado para poderse casar de nuevo con Glauce, la hija del rey Creonte. Obviamente, esto es muy provechoso para él, emparentarse con la familia real, aunque para Medea también hay un componente de deseo carnal de una esposa más joven, como pronunciará el Acto V, cuando le diga con despecho que se vaya a buscar doncellas. ¡Es increíble! ¡Con todo lo que han pasado juntos, tantas aventuras vividas, con la cantidad de veces que ella lo salvó a él con sus hechicerías y su determinación que comenzó con el asesinato de su propio padre y su propio hermano! Eran tan cómplices, en tantos sentidos, ... Y ahora, mira. Pues ahí empezamos: a Medea se le da la orden de salir de Corinto, se la destierra. ¿A dónde irá, volverá a su Cólquide originaria, después de lo que hizo? ¿Y sola, y sin sus hijos, soportando esta afrenta? Para nada. Ante esta situación, ejecutará su doble venganza. Primero finge acatar la orden de salir pero pide un día para poder despedirse de sus hijos. Con hechizos y encantamientos, envenena los regalos de boda que le ofrece a Glauce, que son un vestido y una corona. Al ponérselos, Glaude arde en llamas, y su padre al intentar salvarla. Al acudir Jasón con tropa para dar cuenta de ella, Medea ya ha pasado a cuchillo (o espada) a uno de sus hijos y va a hacer lo mismo con el segundo delante de Jasón, con el solo propósito de infligirle así el mayor dolor posible. 

     Hago un paréntesis aquí, porque al leer esto se me han venido dos temas a la cabeza. El primero, con la imagen y la voz de Beatriz de Vicente hablando de mujeres psicópatas asesinas, de menor porcentaje que los hombres pero que son las que más daño causan a los hijos. El segundo, mal traído por mi parte porque tampoco tiene tanto que ver, toda la polémica sobre la prohibición de usar el término alienación parental en los juicios por la custodia de hijos, y los diferentes sinónimos que se están generando a causa de este veto.

     Prosigo. Jasón se ofreció a cambio de la vida del hijo aún vivo, pero ella no quiso: matando a su vástago le infligía mayor dolor. Y a su ruego de que, una vez cometido el filicidio, también le diera muerte a él, lo deja así, desolado, mientras un carro, en el caso de Séneca tirado por dos dragones, la eleva para poder escapar, llevándose los cadáveres de sus hijos, no en balde es nieta de Helios.

    Vámonos ahora al texto en sí. La obra empieza y acaba fuerte, todo es fuerte, intenso y demoledor. El Acto I se abre en su primera escena con Medea pronunciando un soliloquio que es toda una defixión oral dirigiéndose a los dioses y termina con la determinación de tomar venganza. Acaba el primer acto con una segunda escena con intervención del coro. 

     En el Acto II, ya con su nodriza, se duele al escuchar los cánticos nupciales de la boda de Jasón y manifiesta su incredulidad ante la actitud y resolución de él. Está fuera de sí, enfurecida, la nodriza trata de que se calme y entre en razón. Creonte se planta ante ella exigiendo su marcha, llamándola, en la discusión, irónica y paradójicamente "inocente mujerzuela"; desde el principio se nota que le tienen odio y miedo a un tiempo. Medea le reprocha que el exilio es injusto y mantienen una conversación donde lo más interesante son las expresiones de Medea, esto es así en toda la obra. Creonte es más parvo en palabras, aunque, hablando de injusticias, le recuerda que él no la ha ejecutado porque Jasón le rogó que le perdonase la vida. Pero ella responde: Quien sin oír ambas partes firma algo, aunque esto sea justo, él no lo fue. Le pide, al menos, que le conceda un día para poder besar a sus hijos antes de salir del territorio de Corinto. Aunque él en principio no se fía, se lo acaba concediendo. Este acto lo vuelve a cerrar el coro.

     En el Tercer Acto la nodriza ya se barrunta lo terrible que va a acabar siendo todo. Medea está decidida: Embestiré a los dioses; lo trastornaré todo. La nodriza, una vez más, quiere sosegarla. Pero Medea prefiere que se hunda todo con ella. Aparece Jasón. Aunque la nodriza sigue presente, ya no habla aquí, es todo un diálogo entre los ex esposos. Un diálogo muy sentido y encendido: Por ti solía desterrarme..., le dice ella. Medea le solicita, ya que se tiene que ir por fuerza, marcharse entonces con sus hijos. Pero Jasón no quiere separarse de ellos: ¡son su vida! El coro cierra el acto rememorando las andanzas y aventuras de Jasón y Medea para que, al final, él se haya acabado entregando a otra esposa, lamentablemente.

     El Acto IV para mí es absolutamente espectacular. Lo abre la nodriza, que presiente y anuncia una gran calamidad. Lo que en realidad hace en esta primera escena es describir los actos de Medea y reproducir sus palabras, como una retransmisión, distanciándonos así de ella para verla como una terrible hechicera, toda una bruja. Es un parlamento largo, porque nos está describiendo cómo prepara el veneno, ese veneno tan extraño que hará que el cuerpo de Glauce acabe en llamas. Me han llamado la atención las menciones a todo tipo de divinidades y ríos, empezando por las serpientes más célebres, incluidas Pitón y Ofiuco; entre los ríos, ¡qué bien!, se nombra el Betis (es Séneca quien escribe, es cordobés). La sustancia que prepara y que tan detalladamente nos describe la nodriza está compuesta, fundamentalmente, de hierbas ponzoñosas, veneno de serpientes y vísceras de aves. Aunque habría que añadir el ingrediente final: las palabras. Medea canta el encantamiento. Y de ahí la cita del principio de El mundo tiembla a los primeros sones de su voz. Y entonces ya nos vamos a la segunda escena, como en un acercamiento de cámara, de la nodriza hacia Medea. Ahora estamos frente a Medea, la vemos directamente y sin intermediaros. Pronuncia el conjuro de maldición, especialmente para el nuevo suegro de Jasón. Se trata de sortilegios de invocación: invoca a los dioses funerales. Y luego al lucero de la noche, amenazante con sus varias frentes. Menciona a muchos: Prometeo, Vulcano, Faetonte, Quimera, Medusa, Hécate, ... ¡Pura bruja! Y acaba con una maldición a la novia. Escucha tres ladridos: señal de Hécate. Sus votos se están empezando a cumplir. Ve teas de duelo encendidas (teas...): se ha cumplido el hechizo. Y termina, en la última escena, el coro: Así Medea, que no sabe refrenar ni sus rencores ni sus amores. Hicieron ahora en ella causa común amor y rencor. Sale el sol y acaba este acto.

     El último acto tiene solo una escena. Están presentes un mensajero, el coro, la nodriza, Medea y Jasón. La noticia es clara: hija y padre muertos. Y un incendio en palacio que se acrecienta con el agua. Y entonces se produce un descarnado discurso de Medea: Voy adonde me lleves, rencor. Cuando llega Jasón ante ella, ya ha matado a uno de sus hijos a espada (Unamuno traduce espada, otros cuchillo; tal vez fuera una daga larga, el instrumento que se usaba para degollar en sacrificios). Va a matar al otro delante de él, desoyendo sus súplicas de que le dé muerte en lugar de a su hijo. También desoye sus súplicas para que le dé muerte después. A Medea, luego, se la llevan dos dragones en un carro. Para Jasón, desolado, no hay dioses: Vete por los hondos espacios del alto firmamento a atestiguar por donde pases que no hay dioses.


     He quedado encantado con esta mi vuelta a la lectura en serio de Unamuno. Y también, con su Medea, a los clásicos de los que partía. La próxima vez, ya sí, estaremos con Sófocles.

viernes, 22 de mayo de 2026

REFLEXIONES DE UN ESCRITOR PARA OTROS ESCRITORES



Lo que emito aquí es una visión y una opinión argumentada, nunca una crítica: entre otros motivos, porque yo, por momentos, he podido llegar a pensar o sentir lo mismo al contemplar cómo está el mundo literario en nuestros días. Creo, antes de entrar siquiera en materia, que hay que saber pararse y observar, y no dejar que ninguna clase de ansiedad nos perturbe el ánimo. Que la energía y la actividad, si quieres incesante, vaya para lo que te apasiona y promoverlo, que sea un trabajo efectivo y del que te puedas sentir orgulloso. El tiempo siempre es un factor clave; la paciencia juega a tu favor, y el aprendizaje. Un delicado equilibrio entre el inflado egocentrismo, e ilusorio, tan presente por aquí, y la modestia tan extrema y timorata que puede hacerte callar, desistir, invisibilizarte, entre ambos debería estar tu confianza de sabio aprendiz.

                En este año y medio desde que publiqué mi novela Amae pop blue (Volumen I), al principio a tientas y dando palos de ciego sobre cómo moverla, hacerla conocida, observando comportamientos en otros y buscando las opciones de hacerme visible, a veces, lo reconozco, con cierta desesperación, no solo he leído y escuchado a muchos escritores (y de todo tipo), sino que he podido debatir, conversar, compartir y trabajar con ellos. Y desde el principio y hasta hoy, es recurrente escuchar toda una serie de quejas y lamentaciones sobre el panorama en el que nos movemos en la actualidad: de eso es de lo que quiero hablar ahora, y pronunciarme.

                Para hacerlo, necesito partir de la siguiente base: los noveles, cuando al fin se lanzan, lo hacen con mucho entusiasmo, pero partiendo de un concepto idealizado, romantizado y, por ello, falso, de cómo es el mundo literario con respecto a la publicación, promoción y recepción del libro. Tenemos falsas creencias porque llevamos toda la vida viendo los resultados finales en otros, sin saber apenas de sus procesos, por más que te lo expliquen, y creyendo que antes las cosas eran distintas, y no lo eran. Y desconocemos a otros muchos que no tuvieron la suerte de trascender ya en su misma época, o que si lo hicieron han acabado en el olvido, y no hay que irse muy lejos en el tiempo, acuérdate después cuando los mencione. Mientras que ahora se reivindican y descubren las obras de Las Sinsombrero, tanto tiempo sepultadas en el silencio, se ve desaparecer a otros que en su momento tuvieron importancia: ¿a quién le importa ahora Ramiro de Maeztu, por más que siga apareciendo en los libros de texto de Bachillerato, en cada vez menos? Nuestros tan apreciados Cervantes o Bécquer se vieron triunfar tarde o nunca, y sí, claro que trabajaron, y mucho, en la difusión de sus obras y, sí, fueron unas cuantas. ¿De verdad crees que eso es de ahora, un tema actual? Deja que te cuente.

                En el caso de Bécquer, realmente no fue nadie para sus contemporáneos, y así murió. Fueron sus amigos quienes lo fomentaron post mortem, y para todos nosotros han quedado sus Rimas y sus Leyendas, incluso para los que no las han leído. Su proyecto estrella, su obra sobre los templos de España, no es más que una mención en los libros de texto e interesa solo a expertos, y Bécquer sí se movió. Publicaba como podía sus textos en periódicos, junto a otros muchos que ni tú ni yo conocemos.

                Y el sueño literario de Cervantes era ser poeta, aunque pronto se dio cuenta de que sus poemas (todavía infravalorados hoy) no daban la talla suficiente. Escribió obras de moda. Con su teatro, aún renacentista, empezó a ganar algo (de dinero y reconocimiento), pero la aparición del Teatro Nuevo de Lope le cerró esa puerta en las narices. Y su narrativa, igual novela que relato, iba tocando los géneros en boga. Como hoy el thriller, la romántica, la gótica o la distópica, él probó con su maravillosa Galatea la pastoril; la picaresca y la morisca, entre otros géneros, en algunas de sus Novelas ejemplares y episodios intercalados de El Quijote, y la opinión de sus contemporáneos fue, siendo amables, que no estaba mal, pero que no dejaba de ser un segundón. Según él, y yo en su momento estaba de acuerdo, su mejor novela era el Persiles, la última, de género bizantino. ¿La conoces? ¿Y qué, cómo lo ves? No paró de escribir, a decir verdad, y tocando todos los palos, todos los géneros. Trataba de meter cabeza, ¿no? La celebridad le llegó muy viejo y con una obra que ni siquiera era una novela de caballerías, sino algo así como una parodia realista de estas, Don Quijote de la Mancha, y fue incapaz de rentabilizarla económicamente. No es nada nuevo eso que vives y sufres, y de lo que te quejas. Tú, igual que yo, es que los has conocido ya encumbrados.

                Digo esto por dos críticas que escucho a menudo. La primera, la de los que piensan que darse a un subgénero concreto apunta a mala literatura, porque tiene en mente autores de calibre muy singulares y que no se ajustaron a ese patrón (a mí tampoco me gusta hacerlo, esto sí lo confieso), o eso crees: un Huidobro, un Juan Rulfo, un Alberto Méndez, una Carmen Laforet, un Miguel Delibes, o que crearon géneros nuevos, como García Márquez, o que tienen o dan el pego, ya depende, de un intelecto refinado. Pero olvidas a muchos otros: una Agatha Christie, un lord Byron, un Pérez Galdós. Y la segunda, el trabajo incesante que hay que hacer “ahora” para darte a conocer, para que te tengan en cuenta, para promocionar, que hay que saber de IA, de redes sociales, no sabes si Instagram te ayuda o simplemente te mete en un círculo donde solo otros escritores, que hacen lo mismo que tú, te ven. Pero no te compran, ni tú a ellos. Que no hay ventas, que no has dado el pelotazo y, ¡ay!, ¡cuánto trabajo ajeno a la escritura en sí! Pero esto no es de ahora. Ni mucho menos.

                Precisamente ahora, que he vuelto a Unamuno, a su teatro, tan desconocido, lo puedo poner de ejemplo. Filósofo, intelectual, profesor universitario, catedrático de Humanidades, rector de la Universidad de Salamanca, se le conoce por sus novelas (él las llamaba nivolas): Niebla, La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir, … Que, por cierto, y dicho sea de paso, no será el único que mande a una imprenta sus obras y se autopublique, lo digo por esto otro que tanto se escucha ahora, de que si es mejor o peor autopublicar o que te publique una editorial. A ver, a él no le publicaban, o se autopublicaba, y a dormir, ¡qué va! En mi lectura del prólogo que hace Manuel García Blanco a la edición de cuatro de sus obras dramáticas (Teatro; Editorial Juventud; Barcelona, 1964) lo ves enviando cartas y manuscritos aquí y allá, comentando a otros que pudieran hacer mover sus obras (y, en este caso, representarlas), a aquellos que pudieran favorecerlas, manifestar inquietudes, anticipar opiniones, dar explicaciones, hacer peticiones;  artículos de prensa, entrevistas concedidas, contactos aquí y allá. Muchos proyectos, algunos que no vieron la luz. Unamuno.

                Ahí descubro que Azorín también escribió teatro (primera noticia; si la tuve antes, la olvidé), porque este le entrevista, por cierto. Y, fíjate, Azorín: su figura ya se está diluyendo, se difumina en el panorama literario. Yo recuerdo, de pequeño, ver en la televisión y otros medios entrevistas e incluso anuncios de editoriales de escritores de los que ya apenas se habla: Terenci Moix, Antonio Gala, el mismo Cela, y a Umbral lo recordamos todavía por una orgullosa y jocosa a la vez salida de tono en televisión, cada vez menos; aunque para salidas de tono, la de Fernando Arrabal en televisión con su inquietud por la llegada del mileniarismo (¿te has leído algo de él?), en ese programa de Sánchez Dragó (¡otro que tal baila!).

                No te desesperes. Solo recuerda que Valle-Inclán y Federico García Lorca eran los únicos que, a duras penas, pudieron brillar algo, un poco, en su época mientras que el teatro comercial llenaba los bolsillos de los empresarios y hacía las delicias de un público acomodaticio; Baroja se burla de ellos en El árbol de la ciencia. ¡Fíjate a quiénes menciono! No he hablado mucho del Premio Planeta, aunque algo dije, y sí, es muy lamentable, pero nada sorprendente. No me llevo las manos a la cabeza por el hecho de que Planeta, como otras editoriales importantes, sea más negocio que otra cosa. Por mi parte, con no perder el tiempo con Juan del Val tengo más que suficiente, hay mucho, y bueno, que leer. No lo juzgo: directamente lo prejuzgo, de verdad, no me llama la atención para nada y mi tiempo es oro. Si hablé poco es porque para mí el tema era irrelevante, y tampoco quería darle bombo: una polémica es una buena campaña de publicidad, y encima gratis. También hay otras editoriales que cuidan la calidad de lo que editan y son muy respetables; también es muy respetable autopublicar. Y sí, en todos los casos te lo tienes que currar: antes, durante y después de la publicación de tu obra. Eso es así y ha sido así de siempre.

                No te he criticado en ningún momento si te has sentido aludido en alguna parte de este artículo. Porque yo también estoy presente en él, y todavía estoy rompiendo barreras mentales. Entusiasmado por lo que yo creo que es una gran novela, Amae pop blue, voy muy poco a poco, y, además, no me veía hasta hace nada más que con ella y con mi poesía. Observo y leo, y voy recuperando mi propósito de joven: escribir de todo, incluido teatro. Pero hasta hace nada, me veía así, como escritor “de culto”, otra fantasía, a decir verdad, aunque también una opción muy respetable, querer parar con una, dos, tres obras. Ya no tengo aprensión por esa clasificación genérica que veo tan de moda, que sí, que hay muchos que escriben y publican como churros simplemente aplicando el molde genérico. Pero acepté como reto salir de mi zona de confort y escribir una novela de investigación, un thriller o novela negra, y lo haré, lo haré lo mejor posible y disfrutando mucho de ello.

                Y ya por acabar: sí, yo también pienso que hoy en día es más fácil publicar, y que eso hace que haya demasiada oferta para tan poca demanda, metiéndose por en medio libros de escasa o nula calidad literaria. En serio, lo pienso. Pero tampoco me quejo. Celebro que sea más fácil publicar y, oye, cada uno es libre de leer lo que quiera. El mismo Cervantes decía que todo libro tiene su valor, por muy malo que fuera, que al menos ha supuesto un esfuerzo de su escritor por transmitir y algo bueno se puede sacar de ahí. 


sábado, 2 de mayo de 2026

"NATURALEZA INVERTIDA", DE SONIA ARIZA BORRERO. IMPRESIÓN LECTORA.


 

El 17 de febrero de este mismo año tuve la ocasión de estar en la presentación de Naturaleza invertida (Talón de Aquiles, 2025), poemario de una Sonia Ariza a la que conocí ese día. Tuvo como maestro de ceremonias a mi compañero David Calzado, un poeta, entre otras muchas cosas, del que espero poder hablar pronto por aquí y, la verdad, lamento mucho no haberme acercado a su obra antes, me refiero a la de David; hasta finales de 2024 no he vuelto a ser persona con cierta integridad y me ha costado mucho todo hasta entonces. Desde aquella presentación en el IES Juan Ciudad Duarte de Bormujos, del que fue ella alumna en 2º de Bachillerato, no he tenido ocasión de acercarme en condiciones a los treinta poemas de Naturaleza invertida hasta ahora y, una vez acabada mi primera lectura, quiero ahora ofrecer mi impresión de este libro tal y como lo suelo hacer por aquí, de manera un tanto subjetiva. Os dejo a vosotros que indaguéis acerca de la autora, tan afín a las artes escénicas y la comunicación, y ella me disculpará si soy uno más que destaca su juventud al comentar su libro. Si lo hago, es por motivos más míos que suyos, y en ningún caso se trata de ninguna clase de simpatía contraproducente, ni debe condicionarte a la hora de acercarte a su poesía, que tiene que considerarse en sí misma, y así haré en la mayor parte de este artículo. Naturaleza invertida es un poemario redondo, cerrado y con vida propia. Vaya esto por delante, porque la coincidencia casi fortuita entre la recepción de esta obra y mi labor sobrevenida de pasar uno por uno mis poemas de cuando yo tenía una edad parecida a la suya para una nueva edición me traslada a muchas emociones y vivencias, y nuevas coincidencias, que no puedo soslayar, y algunas son inexplicables. Por ejemplo, y de manera aleatoria, la disposición tipográfica de los versos, que resalta Nina Hernández en su Prólogo (p. 11), a mí no me pasa desapercibida, porque fue, no un recurso, sino un fluir potente en la expresión que siempre he usado y en mis veinte de manera mucho más frecuente y sentida. No se trata de una extravagancia, ni de una forma de llamar la atención, ni un adorno, ni mucho menos: jamás lo usé así y, por lo que observo, Sonia Ariza tampoco. El aspecto visual del poema con versos aparentemente desencajados, repentinamente centrados o puestos más a la derecha de lo que les correspondería, o que empiezan justo debajo de determinada palabra, no es ningún capricho: no solo tienen una significación en su lectura, hay algo mucho más profundo ahí, es en el propio acto de escritura, y aunque por lo general no son planificados, sí se sienten en esa posición, el poema no es el mismo si se alinean de manera convencional. Esta maestría de sentimiento posicional, si se me permite el término, de la correcta ubicación del verso, o el medio verso, o de la última palabra de un verso, ya está en el primer poema homónimo de Naturaleza invertida (p. 15). Podría equivocarme, claro, pero no sé por qué, tengo cierta convicción de que el sentir de Sonia Ariza al disponerlos de esa forma se parece al mío: ese resalte no es solo intuitivo, está impulsado por todo un sentido difícil de explicar, pero muy relevante para la comprensión estética y emotiva de los poemas en donde aparece, que en Naturaleza invertida no son pocos. Esto tan visual, además, tiene repercusiones sonoras, y es trascendente en poemas de esta naturaleza, que expresan sentimientos y sensaciones íntimas que se guardarán en la memoria de la poeta para siempre. 

     También me gusta mucho cómo maneja el símbolo, lo hace ya desde el mismo título de su poemario. Que, más allá de su correcta significación, te parece advertir de un mundo patas arriba. No sé si has tenido la experiencia, por lo general de niños, de estar bañándote en el mar, que te venga una ola inesperada y, sumergido, por menos de un segundo, ser incapaz de percibir bien tu postura y perder la noción del arriba y el abajo. Pues bien, esa sensación es la que me transmite este poemario en conjunto. Ariza te lleva de un lado a otro en el sondeo de sus profundidades interiores, en la pulsión de sus emociones y de sus convicciones y todo aquello a lo que se aferra para no caer, tal vez por eso ella habla de un vaivén, de un subir y un bajar repentino a modo de montaña rusa. Y creo que esto lo transmite muy bien. En la práctica, no sé si ella misma sabe o se ha dado cuenta de que te acerca y te aleja, que guarda distancia, te atrae a su interior y luego vuelve a preservar su espacio vital, y que una de las "técnicas" que más aprecio en sus versos es esa capacidad de no llegar a lo terrible con sus palabras, hay una especie de contención que consigue, precisamente, dejarte con la sensación de lo contundente, lo impactante, ya filtrado, asumido, en cierto modo perdonado, y que eso, precisamente, consigue hacerte percibir mucho mejor el impacto y, sí, compartir contigo algo, aunque sea un poco, de tristeza, como lágrimas recordadas. Te presenta, en los valles de ese vaivén, la sequedad de unas lágrimas que no sabes si fluyen aún, si tienen réplicas; te planta ante los ojos, en las cimas, la ilusión y la alegría de su experiencia y de su yo con una modestia que las resalta. Y pueden aparecer ambas sensaciones en un mismo poema. Otra vez un ejemplo: es muy potente, muy emotivamente potente, el Aunque que se repite al principio de los tres primeros versos de Itropavotse (p. 38), y te recuerda la fuerza expresiva de las conjunciones en poesía, como el Si en muchos poetas; aquí es aún más triste al ser un Aunque, también habla de superación, hasta cierto punto. Se destila melancolía en tantas ocasiones... ¿Cómo no alinearme con el contenido de los versos de Sonia Ariza? No yo, el Alfonso de cuando escribía versos con dieciocho, veinte, veintitrés años. Lo que parece dolor se viste de superación, pero es una superación real que no esconde todo el tránsito hacia él. La ambigüedad poética juega aquí a favor.

      Este poema al que he hecho alusión no es el único que maneja la anáfora. Sonia Ariza, en Naturaleza invertida, es proclive a ella, y la usa muy bien, con todo el sentido del diálogo emotivo con un ausente o del monólogo interior. No hay resumen posible, pero si quisiera esenciarlo, me iría a Analógica de un impulso (p. 42): la libertad se halla en el presente, el concepto del ahora, y desde esa libertad se contempla el recuerdo. Un acontecimiento solo es recuerdo si es pasado mental, el presente da sentido al pasado, el hecho de saberse pasado te libera. Esto es complicado, claro, como la vida misma. En todo caso, el acto de escribir no es mecánico. Yo también he escrito en servilletas y doy fe de que el hecho de escribir y su producto final, que está vivo, que crece, que mengua, es metáfora e imagen de lo inexplicable, como inexplicable serán las nuevas significaciones que tomará para la propia autora en el futuro, cuando ella misma tome conciencia y vaya descubriendo poco a poco que sus versos expresaban mucho más de lo que ella misma sabe ahora, de lo que ha creado. No lo digo porque sí, sino porque me está pasando a mí mismo con mis propios versos. Es pura creación poética. Estos versos no serán recuerdos, tendrán siempre un presente que late. 

      Todo lo dicho hasta aquí lo manifiestan de manera poderosa los dos primeros versos de Cuando te tengo delante (p. 48), que para mí reúne de manera concentrada todo el núcleo de Naturaleza invertida. No hay lucha: la ha habido. O eso es lo que quiere decirse Sonia a sí misma y a nosotros. La consciencia trata de poner orden en las corrientes subterráneas de lo vivido y dotarles de un sentido. Se es consciente de lo experimentado y se toman decisiones de qué hacer con ello. Te viene a decir que dolió: sabes, igual que ella, que aún duele, pero se sigue adelante mientras ya las heridas van cicatrizando. Y se hace a través del honrar. Este poema es todo un honrar, no es mera asunción. Y está muy bien, pero que muy bien, que el siguiente poema sea Todos los idiomas del amor (pp. 49, 50), que es una verdadera caricia: así, justo así, en ese orden, aunque algunos lo consideren invertido.

     En definitiva, son versos muy maduros: hay mucha madurez en todos los sentidos, y no solo porque exponen un proceso de maduración interna en cuanto al contenido. La conclusión es tan bella como las mariposas y los cactus; la inversión de la naturaleza expuesta es una perspectiva y puede que, como El Colgado en el tarot, el que esté bocabajo seas tú, y que esa postura te ayude a la reflexión completa, al ver la realidad de otro modo.