Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones de un lector. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones de un lector. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de agosto de 2026

LOS CAMBIOS DE LA VIDA EN LA LITERATURA Y LA REALIDAD. REFLEXIONES DE UN LECTOR.

 



Tus casos falaçes, Fortuna, cantamos,

estados de gentes que giras e trocas,

tus grandes discordias, tus firmezas pocas,

y los que en tu rueda quexosos fallamos;

fasta que al tiempo de agora vengamos

de fechos pasados cobdiçia mi pluma

y de los presentes fazer breve suma:

y dé fin Apolo, pues nos començamos.


(JUAN DE MENA: Laberinto de Fortuna, copla II)


Recuerdo de forma muy vívida una conversación de hace muchísimos años atrás. No diré de quién se trata por respeto a esa persona y porque es indiferente quién sea para lo que deseo expresar, seguro que le ha pasado a más de uno. El caso es que me resultó imposible conseguir que entendiese el significado del refrán Más vale malo conocido que bueno por conocer. Era incapaz de comprenderlo. ¿Cómo va a ser mejor algo malo que algo bueno? Inútil por mi parte tratar de hacerle ver que, para la persona que lo dice, es mejor porque no sabe lo que está por conocer, eso se sabe después, cuando ya lo conoces. Así que, el mensaje de ese refrán supone una actitud de apariencia sabia, puede que en algunos casos lo sea. Es una invitación a no asumir riesgos por lo que pudiera pasar, porque al hacer cambios hacia alguna aspiración se podría acabar peor que ahora, que se lo digan a la lechera del cuento. Y como lo malo es mejor que lo peor, muchos eligen quedarse con lo malo. Al menos lo conocen, saben cómo reaccionar, las pautas de actuación ante ello y las consecuencias. Pero, si nos atenemos a la literalidad del refrán, que era lo que confundía a mi interlocutor, lo que está por conocer es bueno, y bueno es mejor que malo. Y estas actitudes posibles, el Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy, o el decidir alcanzar un mejor estado de vida, especialmente tras haber sufrido un desastre en lo personal, son eso, actitudes. No hablo tanto de asumir riesgos, y aquí la rueda de la Fortuna va más rápida porque la has impulsado tú, sino al hecho de que el temor, o la costumbre a un contexto que no mereces o podría ser mejor, te impida creer en que lo puedes alcanzar y, por tanto, quedarte inmóvil. 

     Llego al refrán a raíz de mi lectura de Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, luego lo detallaré. Pero impulsado también por mis propios acontecimientos vitales. No viene al caso, pero lo diré: a finales de mayo de este año, al fin me liberé de una circunstancia que me tenía aprisionado y angustiado por más de tres años. Lo he celebrado veladamente en las redes, además, y en esa celebración se incluye un poco que mi obra Amae pop blue haya sido un anticipo de fe y ella misma haya profetizado algunas cosas. Queda dicho, vuelvo al artículo. Estábamos en un refrán, el Más vale malo conocido que bueno por conocer.

     Los aforismos, los consejos, las frases lapidarias, los proverbios de cualquier cultura, incluidos los proverbios bíblicos, como la Biblia misma entera tal y como algunos la usan, de guía de vida, nunca fallan ni se contradicen: son un arma verbal adecuada para determinado lance, hay que saber entenderlos, contextualizarlos y usarlos, hay que saber usarlos. Lo mismo sucede con el refranero español, entonces, nuestra mejor fuente de sabiduría, como bien lo sabía Sancho Panza: no existe contradicción entre A quien madruga, Dios le ayuda y No por mucho madrugar amanece más temprano, porque no se deben tomar en sí mismos, sino en su contexto de uso. En su contexto de uso, cada uno es sabio y es acertado: el primero, que es necesario trabajo, disciplina y esfuerzo para que las cosas vayan bien, para que sucedan; el segundo, que la ansiedad no vale para conseguir esos fines ni cuenta como esfuerzo real, no vale para nada. Hasta el ahora polémico por mal entendido Quien bien te quiere te hará llorar es sabio en su contexto correcto, pero, ¡por favor!, su contexto correcto no es el de aceptar como adecuado el maltrato físico o psicológico, no lo entiendas ni uses para eso. 

     El de No por mucho madrugar amanece más temprano conecta, además, con ese Por nada estéis afanosos y el Baste a cada día su propio mal, del Jesús evangélico, sentencias muy efectivas y benéficas si te decides a usarlas. En el caso de Más vale malo conocido, ... su sentido recto es bueno en su consejo, en principio: desconocemos el futuro, no podemos vivir de ilusiones que luego podrían llevarte a la decepción. Aunque, si bien lo miras, te hace perder oportunidades. Es para pensarlo. Este es motivo de este artículo, enfocado en la literatura y también en la realidad de nuestras vidas, fundamentalmente la experiencia de que en ellas acontecerán sucesos y situaciones inesperadas y terribles, y tras ellas se puede decidir quedarnos en cierta conformidad o dar el paso adelante hacia una nueva vida plena, seguramente más plena y consciente que si no hubiésemos pasado por esas pruebas. Aquí, de nuevo, recuerdo a ese Jesús de los Evangelios con su Parábola de los Talentos, porque el que al final es reprendido en juicio divino fue el prudente, el que enterró su talento por no perder lo que se le había dado en custodia, y son elogiados y premiados los otros que los arriesgaron, los pusieron a funcionar y obtuvieron intereses de su inversión. Suena muy manido y muy de frase Facebook buenista, ya lo sé, pero en realidad es eso: ¿te conformas en estar donde estás, ese malo conocido, o reconoces en tu interior que tienes unos talentos que se pueden poner en marcha, una vida más alta que vivir, una misión de vida, como se dice ahora, y te mueves hacia ello? 

     La simbología alegórica y arquetípica del tarot me va a ayudar a dar a entender cuál es el enfoque general de la reflexión que deseo hacer aquí. Cuando mencionamos a la Fortuna y su rueda, los cambios de la vida, no nos los estaría represando tanto aquí el arcano mayor nº 10, La Rueda de la Fortuna, aunque por supuesto está implicadísimo, sino más bien La Torre (arcano nº 16) y la que le sigue, La Estrella, en relación con aquella, como la luz de esperanza tras el desastre, que guía un camino (largo y arduo, por otro lado). Los cambios súbitos, esos rayos que hieren la Torre, lo que considerábamos firme e inamovible, rayos de terribles consecuencias que destrozan los pilares en los que tu vida se sustenta y borran todos sus esquemas. En mi reciente lectura de Las Traquinias de Sófocles lo volví a observar, consternado igual que Deyanira, esto ya había sido contemplado en otras tragedias de Esquilo, en otros textos de la antigüedad. Cuando Deyanira observa a las esclavas recién traídas por Licas como botín de guerra de un Heracles que ha devastado su ciudad, siente una tremenda compasión por esas mujeres, ahora posesión de su marido, especialmente por Yole, y se hace explícito: hasta hace nada, estas mujeres eran libres, con una vida, unos parientes, sus propias preocupaciones y quehaceres, y ¡míralas ahora!, de repente han pasado a ser esclavas, a una vida miserable, y son víctimas, su ciudad fue atacada y reducida a escombros, han visto morir a muchos de los suyos y ahí están, cuando hacía unas semanas atrás sus vidas tenían otro discurrir tan diferente. Y dirás con razón: "Bueno, a ver, es una tragedia, el destino, el fatum". Claro, así es. Pero ¿acaso no sucedía eso en la realidad? ¿Acaso no sucede ahora, ese cambio súbito y desastroso? ¿Te ha sucedido a ti o piensas que eso no es posible?


*


     Muy grande me vendría a mí abordar este tema en un artículo de blog si me dieran su título, así tal cual, y me pidieran que reflexionase sobre ello. Me vendría grande por mis capacidades limitadas, y sería grande, sería infinito. Le he puesto este título porque sé que, aunque sea a vuelapluma, se van a escapar diversos temas relacionados, que de seguro quedarán simplemente apuntados, es inevitable. Pero, a pesar de lo abarcador que es, realmente mi foco de interés es más específico. Es, además, el origen de que esté escribiendo ahora. Surge a raíz de mi lectura de Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, de Liseet Mata: hay un momento en esa novela que de lo que se reflexiona en diálogo activa inmediatamente en mi mente un tema que es tópico literario y que nos acontece a la mayoría de nosotros en nuestras vidas. Y no por sabido y escuchado deja de pillarte por sorpresa, desencajándote completamente (y ese es otro tópico, no literario, de la vida, el pensar en nuestra inconsciencia que lo que les pasa a otros no puede pasarte a ti, no te va a ocurrir, incluido el morirte). Se trata de los cambios sobrevenidos, los acontecimientos que se supone que no deberían suceder y suceden, TE suceden, a ti, y tu reacción ante ellos es clave, y no es tan automático como te piensas, puede ser imprevisible tu reacción, y va a demandarte a ti saber qué hacer con ello, y esa decisión, la tomes o no, te lo plantees o no, será una lucha, y en algunos casos pura supervivencia, y en otros casos el inicio del camino hacia tu madurez. Porque tras el cambio que puede llegarte como un terremoto o un derrumbamiento viene el desconcierto, viene el estado de shock, el duelo, la ceguera durante un tiempo hasta que, si tienes suerte o te mueves bien, llegas a ver de nuevo y contemplas: las ruinas, el desastre, lo absurdo de tus reacciones y movimientos internos y externos del momento que, por más que te lamentes ahora de ellos, tal vez fueran inevitables entonces. De eso es de lo que quiero hablar aquí, ni más ni menos. Con una perspectiva desde y hacia lo literario, sí, pero sin ocultar que todo ello se aplica a nosotros, seres de carne y hueso, de cuerpo y alma.

     Y es que, si lo tomase como tema en general de aplicación a obras literarias, esto de los cambios de la vida es prácticamente obligado. No digo que aparezca en todas las obras literarias: no es así, y enseguida comentaré las excepciones. Pero, al menos en la narrativa y el teatro, es una redundancia, los cambios vitales, al menos en un personaje, son necesarios para que la propia obra exista, tenga sentido y también interés en los lectores. Está presente hasta en su estructura. 

     Es cierto que una narración y una obra dramática pueden tener diferentes estructuras (lineal, in media res, in extrema res, de puzzle, como en Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, con final abierto, sin final ninguno, ...), pero, al fin y al cabo, con todos sus elementos o con parte de ellos, en ese orden o desordenados, el esquema de PLANTEAMIENTO-NUDO-DESENLACE es el que opera en la mayoría de los textos que desarrollan una historia (no hay por qué excluir la lírica de estas reflexiones, pero nos desprendemos de la poesía en este artículo por motivos prácticos y de claridad expositiva). Y en ese esquema, el Planteamiento es el estado inicial de las cosas. Y ese estado debe cambiar; si no, no hay historia que contar entonces. Bien pensado, o metafóricamente pensado, si llamamos Planteamiento al estado actual de nuestras vidas, ¿no es lamentable que queramos vivir en un perpetuo planteamiento? En fin, el hilo liso y recto del nuestro vivir en el tiempo, o el de los personajes, se tiene que enredar. Un problema, una circunstancia, algo que resolver, que conquistar, de lo que librarse, que desenmarañar, acontece, porque el hilo se ha hecho, no madeja, sino un verdadero enredo, un nudo que desanudar. Suele venir con ilusiones y sobre todo angustia, entre otras emociones. Y suele requerir esfuerzo. El Nudo es lo que ocupa más espacio de la historia, lo que capta y mantiene el interés. Y luego llega el final, si es que llega, al que llamamos Desenlace, porque el Nudo se ha desenlazado o desanudado ya. Así que, desde este punto de vista, digamos, estructural, el tema de este artículo parece consustancial a la propia obra literaria, y el artículo en sí se hace irrelevante entonces. Más que en lo literario, tal vez nos interesaría como imagen de nuestra vida, de nuestra historia personal. Si la contemplamos así, las preguntas serían: ¿Estoy en un planteamiento o en un nudo? Si estoy en un planteamiento, ¿soy consciente de que lo es o creo que es una situación que perdurará de forma recurrente para siempre? Si estoy en un nudo, ¿cómo lo estoy queriendo resolver, cómo lo asimilo, hacia qué desenlace creo que llegaré y cuál desearía?, ¿o me quedo aquí, me instalo en este nudo y no me muevo, como esa zona de confort de la que tanto se habla? Pues estas dos últimas preguntas son las que nos llevan al motivo central de este artículo.

     He dicho antes que hay excepciones, y las hay, tanto en la literatura como en la vida. Con respecto a esta, estaríamos hablando de esa persona cuya vida ha sido siempre igual, de una estabilidad pasmosa. Todo va como debe ir. Rara avis, diría yo, pero no soy nadie para negar que exista: ahí están, por ejemplo, los que hablan del ikigai y de esas localidades japonesas donde, al parecer, nada cambia y todo el mundo está conforme y feliz, y viven muchos años. Seguramente pensamos que es lo que nos va a pasar, lo que nos debe pasar, al inicio de nuestros pasos en este mundo, y también opera como ideal de normalidad, como ideal en sí. Esto, desde un nudo que se está iniciando, está en la base del capítulo 1 de mi novela, Amae pop blue, y aparece recurrentemente, generalmente de forma atormentada, en muchos otros, como un debate interior muy sentido y que se nos llega a mostrar como falso debate; sería el amae perdido y que se desea recuperar, o se supone que se desea recuperar, usando esa palabra japonesa muy en general, sin ser estricto en su significado. También, por otra parte, si sales del nudo es posible, y por supuesto deseable y esperable, que el desenlace te lo ofrezca, que acabes en un amae (¡ojalá!) seguramente nuevo, tu nueva estabilidad, pero ahí está la pregunta: ¿saliste del nudo igual que entraste, como se preguntan algunos amigos de Rodrigo al hablar de su relación con Paula, en mi novela?, es decir, echas la vista atrás y... ¿es este estado de estabilidad, y perdón por la redundancia, el que esperabas para ti hace no sé cuántos años? ¿Es mejor, ahora que lo ves en perspectiva y después de haber pasado por todo lo que has pasado, o anhelas el que debía haber sido y te lamentas? ¡Uy, uy, uy, todo lo que me estoy adelantando solamente hablando del Planteamiento-Nudo-Desenlace de obras literarias! A ver si me centro.

     Las excepciones en literatura no son muchas. Para nosotros, es difícil concebir una historia con interés en la que no sucede nada sustancial. Tal vez la novela pastoril, lo bucólico, que nos remite a la Edad de Oro y el locus amoenus y el beatus ille, podría ser un buen representante, aunque alguna cosa sucede. Pero, en fin, un relato podría tener su interés en descripciones bellas, o en contarnos acontecimientos cotidianos que, en su lectura, nos transmitan paz y ternura, por ejemplo, y suponer aquello una fuente de placer lector, sin duda. Es decir, puede haber libros de ficción donde no haya problemas. También están aquellos donde el problema se evita, se da una salvación que deja las cosas tal y como estaban. Los abubillos, de Ruth Román, una novela que considero la dulce antítesis de Amae pop blue, y que tanto me ha gustado, porque además es muy entretenida, es el ejemplo que se me viene en mente, aunque es imposible que sea así en estado puro, ni Los abubillos ni ninguna, algún cambio se produce, hasta en los cuentos infantiles, no los clásicos, los de ahora para niños muy pequeños, y todos los relatos de transcurso plácido y final feliz. De pasada podría mencionar a Tolkien, que parece encaminado a estar ahí a los ojos de los que no se han aproximado mucho a su obra; se les hará más maduro y profundo cuando se den cuenta de que los personajes no salen como entran, evolucionan y se transforman en base a lo que viven, el cambio es constante en la obra de Tolkien tomada como un todo y en cada historia o episodio.


*


   Mientras leo Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, de Liseet Mata, voy descubriendo al personaje de Laia. Entre tantos temas, su historia personal es uno de ellos. Con una vida estable en su país, se le viene encima el desastre vital que debe afrontar. Y no es fácil, la cantidad de cambios con los que debe lidiar Laia es abrumador, hundirían a cualquiera, y no son distintos a los que muchos de nosotros, muchos y muchos y muchos, sufrimos o hemos sufrido. En esta obra se observa muy bien el proceso, un proceso que, al leerlo, me enternece y me toca en las entrañas, y mis motivos tengo. Por la protagonista de la obra, que carga con dos hijos a sus espaldas y mucho dejado atrás; por la autora, porque al leer piensas que tal vez sea una vivencia propia; y por mí mismo, con dos hijas a mis espaldas también. Primero todo es lucha: estás en una situación que te tiene en alerta, tienes que resolver, que sobrevivir, y estás lleno de angustia, dudas, desesperanza, y en esas circunstancias luchas. Luego puede venir el salir del problema, aunque sea poco a poco, y tener que reiniciar, con dificultades todavía, y te haces muchas preguntas, y echas de menos, lloras y lloras, y no ves clara la remontada de tu propia vida en condiciones ya. Y lo que viene después depende en gran medida de ti, y no es fácil. Puedes quedarte anclado en el pasado, y de por vida, o dar un difícil y lento paso adelante. En este punto, instalado en el Capítulo V, Amboise, de Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, Liseet llega al tema de las creencias limitantes. En determinado momento, se llega a decir que todos pasamos por procesos de transmutación mental, pero algunos se conforman, se instalan en la comodidad de una vida miserable. Aquí recordé a Baroja en El árbol de la ciencia, cuando Iturrioz dice aquello de que el esclavo no se rebela porque tiene el espíritu de esclavo, que las prostitutas no abandonan esa vida, ni ven que tiene salida, ni se imaginan viviendo de otra forma porque tienen el espíritu de la prostituta, ahora no me voy a molestar en buscar la cita exacta, pero imagino que todos la recordaréis. Ese estado de conformidad, de asunción mal entendida, que te dejará siempre ahí. Después, en Memorias de una alquimista. A treinta días de Londres, se continúa afirmando que cambiar significa un esfuerzo similar a derrumbar una casa y levantarla de nuevo, y aquí más de acuerdo no puedo estar con Liseet, intelectual, emocional y espiritualmente hablando. Y luego señala a que hay personas que se aferran a lo malo conocido, lo que me hizo recordar el famoso refrán. 

     En el caso de esta novela, podría aplicarse perfectamente a la madre de Laia. Bien es cierto que la pérdida de un hijo es un bofetón de la vida del que es difícil recuperarse, pero la actitud del padre es diferente, y ella tenía más hijos. Sin dejar de recordarlo, podría haber decidido, pasado lo más fuerte del duelo, querer seguir adelante, seguir viviendo de verdad, aun con esa carga a las espaldas, esa herida tan dolorosa, y su actitud afecta muy negativamente a sus otros hijos, que no son pocos, y sus infancias. Pinzado en la vida, por ejemplo, se queda Felipe, que se menciona en algunos capítulos de Amae pop blue, bien que su caso es muy extremo y todos lo llegamos a entender y compadecer. Está en un estado de automatismo tal que nos hace pensar que su estado de shock es de duración permanente, hasta el punto de que es Manolo, y no él, quien debe llorar en su lugar. Pero este es un caso extremo. La pérdida de un hijo es algo muy serio en el que tampoco deseo meterme aquí, pero es, al fin y al cabo, uno de esos reveses que lo cambia todo y redirige tus pasos de forma obligada. Bien eso, bien una pérdida económica o de empleo, un divorcio mal asumido, una traición, una desilusión, un desastre natural, lo que sea, sí, nos sobrevienen cambios no deseados y luego se puede decidir qué hacer con ello. Y hay personas que deciden permanecer en su caos considerado normalidad. Decidir lo contrario es el paso difícil del que hablaba antes.