Historias hospitalarias. Cuando las paredes hablan, de Daniel Guerrero Bonet (Círculo Rojo, 2024), es un conjunto de breves narraciones de hospitales y de vidas que resisten, se salvan o se van. A modo de microrrelatos (la mayoría no supera la página), el cariz y el matiz de cada uno es diferente: a veces te dejan conmovido, especialmente por ese final tan de microcuento que bien sabe manejar Daniel Guerrero; otras veces, se trata de un panorama emocional, una descripción de hechos o de reacciones. Lo que más me impresiona de este escritor, y aquí no iba a ser la excepción, es su visión humana en un tono narrativo que parece neutro, no excesivamente emocional en su expresión porque no lo necesita, en su narrar ya está cercano, se nos hace cercano a los personajes y sus vivencias y a nosotros, esa voz..., la voz de un observador, observador de personas. En esta su segunda obra, Daniel Guerrero, enfermero de profesión, además de periodista, puede narrar con propiedad, con la experiencia de quien ha vivido y convivido día tras día con pacientes de todo tipo y con compañeros de todo tipo.
La obra se subtitula Vivencias de los que sufren y de quienes las comparten, y así es como se articula el libro en sus dos partes. La primera, Vivencias de los que sufren..., comprende treinta textos, treinta historias de dolientes de diferentes afecciones y con muy distintas personalidades, reacciones y modo de afrontar la vida y las circunstancias que les ha tocado padecer, porque aquí, como en la siguiente parte, el escrutinio psicológico, el perfil humano, parece lo más importante en el núcleo de su contar. Sinceramente, aunque, de esos treinta, hay algunas narraciones un tanto más livianas, digamos que anecdóticas, la mayoría son historias conmovedoras, que además, claro, te parecen reales, si es que no lo fueron, así que son aún más conmovedoras. Daniel Guerrero empieza fuerte con sus dos primeros relatos (Púrpura y Cansado y tranquilo), porque, si bien son dos historias muy distintas, la primera estremecedora, comparten lo que parece que va a ser un personaje más atravesando su obra, junto con la muerte y su sombra: la soledad.
Hablo de lo que más me ha llamado la atención a mí, son mis propias impresiones lectoras. En esta parte de la obra, además de la soledad del paciente, me quedo con la impresión de este mismo enfermo observando lo que otros le hacen. Con batas verdes o blancas, con mascarillas, él o ella es el objeto pasivo de sus actos, de los procesos que inician y continúan en su cuerpo, para los que debe colaborar (cosa que no siempre hace), y lo observa y lo procesa. Y, sobre todo, me quedo con las diferentes personalidades y circunstancias vitales de cada personaje, que provocan reacciones distintas ante el sufrimiento físico (y a veces social, relacional), el acto médico o el necesario estar en un hospital, así como la forma de dialogar y comunicarse con el personal que lo atiende.
No todas las historias, en esta parte y en la siguiente, te hacen empatizar con el personaje. Como en la vida, en los hospitales hay de todo en cuanto al paisaje humano. Así, El pretexto de la desconfianza podría decirse que va un poco al revés que la mayoría de las historias. Y si antes dije que muchas son historias conmovedoras, lo cierto es que algunas son realmente desoladoras: Tuvo mala suerte me dejó descorazonado al terminarla.
En fin, lo acabo de decir y lo he dicho varias veces, pero es que es así: son historias conmovedoras, pero no por ningún innecesario alarde lingüístico o por artificios verbales, sino por las historias en sí: solo contarlas, así, tal cual, conmueven. Y, claro, el último de esta sección, El paciente agradecido, lo hace.
La segunda parte, ...y de quienes las comparten, es más breve, contiene doce historias. Aquí el foco está en los que acompañan o se implican con los enfermos, por lo general personal sanitario. Su inicio es sencillo, Compañeros matutinos parece un relato, más bien, para introducirte en este nuevo enfoque. Así, desde la placidez rutinaria, se pasa ya al sufrimiento desde el otro lado, en el caso del segundo relato, Hematemesis, el de un médico y su propia conciencia. A partir de aquí, desfilan administrativos, celadores, enfermeros, médicos y familiares, cada uno con su historia interior y su trayectoria vital, con sus propios sufrimientos (a veces, también de salud), con sus soledades y sus incomprensiones. No es cuestión de destacar ningún relato por encima de los demás, pero bueno, de esta sección, y en opinión muy personal, me quedo con dos por motivos muy diferentes. Primero, Superado y olvidado, porque se sale de la tónica de todos los demás relatos y se ofrece una visión negativa de un personaje rancio que pertenece a otra época, sería un contrapunto. Y, segundo, y ahora en serio, Los hijos: es de los más contundentes, sin duda, y deja un buen mensaje final del que deberíamos apropiarnos sin necesidad de vivir en primera persona lo que se narra. Pero, ya digo, no es cuestión de destacar unos sobre otros. Una compañera desgraciada o El cuidador incapaz de cuidarse te dejan ese sabor, de nuevo, de la complejidad de la vida y de cómo nos relacionamos los seres humanos entre nosotros.
Historias hospitalarias. Cuando las paredes hablan, en definitiva, es una obra que deja posos en el interior del lector. Su lectura es sencilla, se puede leer en poco tiempo si se desea, pero no es superficial en ningún extremo, y ya su propio título te lo deja claro. Solo alguien que ha vivido entre las cuatro paredes de un centro hospitalario día tras día podría componer un libro así, y nosotros, los que no, somos unos privilegiados por poder leerlo.
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