Orfeo no quiere volver, de José Manuel Pérez Marín (2026), se compone de veintitrés poemas que, en mi impresión subjetiva, se respiran. Se trata del tercer poemario de un filólogo clásico y asesor de El País en relación a ese mundo grecolatino, de ahí que sus versos puedan permitirse anclarse, evocar, revocar o revolcar diferentes historias mitológicas de la Grecia clásica y también a imágenes de una Roma esplendorosa que igual ya está en ruinas al acercarnos a ella. También le permite disponerse como este o aquel autor griego o romano, o tomar igual voz epigramática que ecos de diferentes composiciones de la Antigüedad clásica. Pero cuidado: no son recreaciones (non solum ... sed etiam...). Se trata de un poemario personal, que refleja el mundo interior de un autor que lanza sus versos a viajar, lo mismo por mar que por el inframundo. Yo los he ido notando muy sinceros, muy sentidos, muy vibrados, como cuerdas de su lira interior. Hasta conseguir las famosas conexiones de las que últimamente hablo mucho, a veces por referencias a otros textos, a veces por coincidencias que, tal vez, se deban a que ambos somos seres humanos.
Como veis, ya empiezo impresionista, y es que os doy eso, mi impresión. Realmente se trata de una obra de extensión breve, ponerme a analizarla sería, no destriparla sin remedio, sino tal vez desmembrarla. Y es que tampoco es necesario. En su Prólogo, Francisco García Jurado hace lo que te encuentras en muchas obras poéticas, va poema a poema dando su semblanza y resaltando lo más significativo, desde sus conocimientos profundos sobre literatura y el mundo clásico. Y yo, como lector, he obrado como suelo cuando me topo con estos regalos: primero leo el poema, dejo que entre, que encuentre su camino hacia mí; luego, leo el comentario del especialista, y termino de comprender. Generalmente así es suficiente y así es cómo he ido poema a poema. A veces, eso sí, vuelves a un poema concreto; ya mi siguiente lectura de estos versos será en curso continuo o con paradas para contemplar panoramas.
Realmente, son poemas de alta calidad, literaria y humana. Dejo ahora apuntadas algunas apreciaciones más personales, entre otras que podría hacer. Para empezar, que estoy muy de acuerdo con Francisco García Jurado cuando escribe que "Busca expresar un universo propio mediante imágenes atemporales": así es. Todos los poemas me han gustado mucho, sí, pero voy a seleccionar. El segundo, Sine vindicta, me pareció muy bueno, delicioso, de principio a fin, sobre todo ese fin. Lo digo en sí mismo, como poema, porque todavía no podía ser consciente de qué anunciaba en la cadena de poemas, el tono que ya imprimía José Manuel ahí, su irradiación al resto de la obra.
Al llegar a la página 40 tuve que detenerme. Me sorprendí a mí mismo al ver que había traspasado una especie de meta volante al llegar a Troya no nos llora, porque había entrado en una oleada de versos ardientes ya en el poema anterior, Ecos de Roma, ¡versos encendidos, amor apasionado!, para tomar la voz de Petrarca y mi mito preferido de todos (¡ay, Dafne!) en Un poeta laureado (y mi canto, en lugar de poseerte / te eternice en ramas de fuego y sombra). Para ir asentándonos en el amor clásico, el amor puro, el verdadero, y aprender que en el amor no hay que mirar atrás, como hizo Orfeo (Katábasis del amor). Precisamente el poema siguiente, Amor clásico, con ese recurrente Déjame..., que es más que una mera anáfora, ya me estaba inundando con pequeñas ondas que hacían de espejo para reflejar también lo que hay dentro de mí; y entonces, ¡toma en la frente!, llega la Aurora incondicional con su amor puro, aquí está, el puro: el idealizado, del que tanto sé e incluso creo que me he doctorado. Y después, el escalofrío de todo, lo ideal y lo físico hecho uno en No leemos y escribimos poesía: ...que el deseo no necesita templo / para volverse sagrado, / que basta un nombre susurrado en la penumbra / para que el Olimpo tiemble (p. 51).
Bastantes poemas dejan el sabor de los mitos: melancólicos, tristes, realistas en la asunción del destino; de desamor, desilusión y abandono, de dolor.
Soy Aries, me rige Marte, soy directo: mi poema, de entre todos, sin duda es Noches áticas. Y es que, encima, aparece aquí la Rayuela de Cortázar. Como tomo apuntes, os voy a decir qué he puesto en mi cuaderno junto al título de Noches áticas: he pintado un corazón, ya está. Suficiente.
El último poema, Cuerdas desafinadas, es más que un colofón. Al fin y al cabo, el mito de Orfeo y Eurídice, ¿qué acaba por enseñarnos? ¿Mueves cielo y tierra, consigues lo imposible para justo al final...? Pediste a los dioses una segunda oportunidad, /pero ni los dioses rehacen / lo que el miedo rompe (p. 64).
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