jueves, 9 de julio de 2026

A TRAGEDIA CADA X. "ÁYAX", DE SÓFOCLES. IMPRESIÓN LECTORA.

 



Leo a Sófocles en la edición de José Vara Donado (Tragedias completas; Cátedra, Madrid, 1985; 27ª edición de 2025). Es una edición que combina verso y prosa. Aunque se discute, parece que Áyax es la primera tragedia conservada de Sófocles, con la novedad de un tercer actor aún vacilante y un tanto a la sombra de Esquilo todavía. La acción comienza, para nosotros, in media res, que no para el público original, perfectamente conocedor de la historia mítica de la guerra de Troya y sus héroes. Como se ve, pertenece al ciclo troyano o micénico y, como digo, empieza ya contextualizado, a saber: la armadura de Aquiles, ya muerto, debe darse al guerrero más valiente y capaz. Sin embargo, en lugar de ir a parar a las manos de Áyax, acaba en las de Ulises por astuto y, seguramente, por una deliberación amañada. Este gesto enfurece a aquel, que se ve ofendido en su honor. El público sabe, y en la obra se observa, que Atenea tiene predilección por Ulises y animadversión por Áyax. Para este guerrero, el honor lo es todo y la diosa, realmente, comete injusticia caprichosa sobre él. Todo esto lo desarrolla José Vara Donado en sus explicaciones previas a la tragedia, así que no me extiendo más aquí, y paso directamente a lo que es, propiamente dicha, mi impresión lectora, en la línea de este blog, subjetiva, personal. Aunque, antes de ello, me gustaría dejar apuntadas dos cuestiones.

      La primera, que me sorprende el uso del nombre Ulises en lugar de Odiseo en esta traducción. Reconozco mi ignorancia y he supuesto, desde que leí a María Luisa Regalado con su Lechuza blanca sobre Argos, que puede considerarse Ulises la españolización, de procedencia latina, de Odiseo, ella también usaba el antropónimo latino en lugar del griego, y era el único caso en que así hacía. Los demás son todos helenos (por ejemplo, Ares, no Marte). Realmente, tampoco es que sea importante este detalle, pero sí que me llama la atención.

     La segunda, el propio editor pone sobre la mesa la discusión acerca de si la insolencia de Áyax en un par de ocasiones, al manifestar verbalmente no necesitar a los dioses en actos bélicos, esa soberbia, es o no el motivo de la inquina de Atenea hacia él, y la verdad es que bien pronto aparece este tema, en la primera escena, cuando Atenea aconseja a Ulises: ... no digas jamás tú ninguna bravata arrogante a los dioses ni te enorgullezcas porque valgas más que otros por la fuerza de tus brazos o por la inmensidad de tus cuantiosas riquezas [...]. Los dioses aman a los sensatos y detestan a los malvados (pp. 45, 46). Está claro que para los dioses olímpicos es el peor de los pecados (bueno, y para los cristianos también se supone que debería serlo, ¿no fue ese el pecado original, querer ser igual a Dios?, y no tanto las aprensiones sexuales, pero, en fin, ese es un melón abierto en otro sitio). Estoy convencido que esta arrogancia es la hybris, que tanto apareció en Esquilo, pero sigo reconociendo la ignorancia que tengo en filología clásica, yo lo estaba dando por hecho mientras leía. Es que esto de hybris y Ate a mí me hizo pensar mucho en su momento.


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¿Dónde está Teucro?, se preguntaba Tecmesa (p. 70), y es que parece faltarle todo auxilio a Áyax incluso ya muerto, prototipo de la fuerza y el valor frente a la astucia e inteligencia práctica de Ulises, aunque, para ejecutar su propósito, sí fue aquí astuto Áyax en el uso intencionado de palabras ambiguas para dirigirse a su esposa y a sus compatriotas salaminos (el coro). ¿Tal vez la inclusión de un cuarto actor habría podido salvarlo, pudiendo así Teucro coincidir con su hermano en escena? Pero en realidad Áyax se salvó de este modo, y vuelvo a las palabras de José Vara en su Introducción a esta tragedia: ... no toda obra de Sófocles persigue la felicidad, sino la salvación (p. 39). Porque, sí, sucedió lo que tenía que suceder, que a la inocencia no le va bien este mundo (ibíd.). La tragedia se divide en dos partes o tensiones cargadas de mucha emotividad y dramatismo. En la primera, contemplamos a un Áyax enloquecido por Atenea, que cree haber dado muerte a los principales griegos, por la ofensa de la armadura de Aquiles, incluidos Menelao y Agamenón, cuando en realidad ha destrozado el ganado de los aqueos, que se ha llevado a su tienda, lo cual le condenará posteriormente a morir por lapidación, ya es más que un rumor por todo el campamento de los griegos apostados frente a Troya. José Vara hace notar cómo el episodio del Quijote donde nuestro ingenioso hidalgo se lanza a luchar contra un rebaño de ovejas es eco de este suceso. Vuelto en sí, viendo cómo, una vez más, su honor está por los suelos tras sus actos tan ridículos y humillantes, trama su suicido, el cual ejecuta. La segunda parte es la lucha dialéctica entre Teucro y los atridas (Menelao primero y Agamenón luego) acerca de si se le debe dar sepultura o no. El argumento para prohibirlo es que los enemigos no se merecen ese don y a Áyax se le considera como tal, especialmente porque su intención había sido acabar con todos ellos. Lo de "lucha dialéctica" es más bien un eufemismo: se trata de una discusión en toda regla, con intercambio de amenazas e insultos hirientes. La aparición de Ulises al final, el más aborrecido de Áyax y viceversa, pone fin a la disputa: convence, más o menos, a Agamenón para que tenga su entierro y se reconcilia con Teucro y los suyos. 


     Había oído hablar mucho del contraste entre Esquilo y Sófocles, y desde luego lo he notado muchísimo en mi primer acercamiento a las tragedias de este, a pesar de ser la más primitiva, al parecer. Menos sobrio y mucho más dinámico, Sófocles es bastante más expresivo que Esquilo, mucho menos comedido, digamos. Usa más recursos escénicos: aparte de ese tercer actor añadido, por ejemplo, puede dividir al coro en dos semicoros o hacer que Atenea aparezca siendo vista por unos y no por otros. También es más rico en recursos lingüísticos, lo cual incluye la intensidad emocional más elevada en los lamentos, la ironía, la ambigüedad y el insulto elaborado. Si yo soy capaz de notar esto, sin mucho conocimiento y tras la lectura de una traducción, no me extraña que impactase en el público coetáneo, debió de ser toda una revolución (como filólogo hispánico, no puedo dejar de acordarme de Lope de Vega en este sentido, salvando muchísimas distancias). 

     No sé por qué, estoy siendo muy técnico y muy ceñido al texto hasta aquí. Y eso es impropio. Porque, ya lo comenté en otro artículo, estoy tratando con tragedias clásicas, más que estudiadas y comentadas por voces expertas a lo largo de siglos, por eso mi propósito es no ser descriptivo, y lo he sido hasta ahora. Mi objetivo es dar mi impresión personal, así que destacaré muy a lo personal algunos aspectos a modo de botón de muestra. 

     El personaje de Tecmesa me ha parecido conmovedor. También chocará a más de uno cómo lo trata su marido, cómo se especifica el papel subordinadísimo de la mujer y cómo llega a ser esposa de Áyax y, siendo consciente de ello, que también pueda decir que lo ama (ya es inevitable acordarme de María Luisa Regalado con su maravillosa Clitemnestra de Lechuza blanca sobre Argos cada vez que aparezca algún personaje femenino), pero, si nos choca como realidad en sí, era la que había y lo sabemos.  Por eso, por ese carácter que sabe estar en el sitio que se le asigna y aun tiempo tener iniciativa y gran expresividad, me gusta como personaje, y por sus intervenciones, sensatas y emotivas a la vez. Ella misma le dice a los marineros salaminos (el coro) una frase que le dirigió su marido para que no preguntase más sobre lo que hacía: "Mujer, a las mujeres el silencio les procura distinción" (p. 51). Una frase que me lleva, inevitablemente, a mi propia novela, puestos a ser subjetivos, ante la resolución consciente de Olga y Carmen con Rodrigo en el capítulo 40, cuando están realizando un ritual y tomando té: el porqué adoptan esa actitud ante él, siendo en este caso dos mujeres del siglo XXI, tendrás que averiguarlo tú, está en Amae pop blue, volumen II (p. 63). Eso mismo también explica el tono de voz de Olga en el capítulo 86 y sus limitaciones a la hora de comportarse.

     Tremendas me han parecido las palabras de Tecmesa, precisamente, dirigidas a Áyax: En esta situación, ¿quién más que tú podría hacerme de patria? (pp. 57, 58). La frase en sí, como lapidaria; pero también en el sentido que tiene en el texto. Es decir, me ha encantado en sí, recordando inevitablemente a la vez el reverso de Unamuno al llamar matria a su esposa, pero también como expresión concentrada, como la moneda con dos caras, de amor por él, de un lado, y de necesidad y dependencia, de otro, pues si Áyax se suicida el destino de Tecmesa puede ser terrible sin su amparo ya. 

      También tremendas son las palabras ambiguas del propio Áyax: Pues yo voy allá a donde debo ir (p. 63). Una frase que, a nosotros, por fuerza, nos evoca a las de Jesús yendo al Calvario. Al fin y al cabo, en ambos casos se trata de la asunción de un terrible destino decidido por uno mismo.

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