martes, 20 de marzo de 2012

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (III)

LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
EL CONCEPTO: SI TÚ ME TOLERAS, SOPORTAS QUE ESTÉ PRESENTE; SI TÚ ME INCLUYES, ME HACES FORMAR PARTE INTEGRANTE.
Nota previa
            Sé lo que significa “escuela inclusiva” como término pedagógico, y probablemente me aproxime a este tecnicismo al volcar aquí mis reflexiones y opiniones. Sin embargo, si bien mi uso del término procede de haberlo escuchado en cursos y en boca de especialistas, realmente lo utilizo como marbete de lo que entiendo que debería ser la escuela pública en lo que a cuestiones religiosas se refiere. En principio había pensado en hablar de “escuela neutra”, pero el adjetivo neutro tiene connotaciones negativas; “escuela laica” tengo que rechazarlo por varios motivos, a saber:
a)    Evoca rápidamente un agrio y permanente polémico debate que no es exactamente el mío, aunque se toque en algunos puntos. Parece enfrentar católicos a no católicos, creyentes a ateos.
b)    Está connotado negativamente, incluso a nivel político.
c)    Podría llevar a considerarse “laico” no como “no religioso”, sino como “antirreligioso”.
d)    Existen acepciones para laicismo que, aplicadas a la escuela y la sociedad en general, suponen adoptar unos valores muy específicos, algunos de los cuales no cuentan con mi respaldo.
Usaré, pues, “escuela inclusiva”. Lo hago porque me gusta la etimología, lo que implica el adjetivo “inclusivo”. No tengo la culpa de que las teorías pedagógicas estén permanentemente aprovechando de forma incesante el vocabulario común y transformándolo en técnico: me gusta inclusiva, como me gusta integradora, etc. De todos modos, sospecho que voy en la línea del especialista “escuela inclusiva”, y me comprometo a revisar mis notas y rastrear por páginas web, cuando disponga de tiempo, para valorar la adscripción de mis pensamientos a los conceptos de estas teorías, utilizando, entonces, si fuera menester, su terminología o, al contrario, desterrándola de mi escrito si no hay coincidencia, para evitar equívocos.
Curiosamente, no soy el único en opinar que estas “teorías” modernas (que luego resulta que no lo son tanto) pecan de ser demasiado “políticamente correctas”, lo que les resta fuerza, sensación de profundidad. A mí, de todos modos, no me parece mal lo políticamente correcto en la escuela, a fin de cuentas tenemos que convivir todos y estos enfoques pedagógicos suelen constituirse en modos, en técnicas, aunque algunos implican desterrar determinada cosmovisión asentada y, por tanto, queriendo o sin querer, entran un poco en conflicto con su inicial corrección política. Lo que sucede es que la cuestión “religiosa” no aparece, salvo para hacer referencia al aspecto cultural-social de esta, especialmente en lo que hace a los inmigrantes magrebíes. Pero el tema se aparca, no se menciona, como si no existiera. Hablan de gustos del alumno, de su situación familiar y económica, de integración prácticamente a todos los niveles, excepto en este. Ya hemos hablado en la entrada anterior acerca de la trivialización de este asunto; no me extiendo más.
Un nuevo ejemplo tomado de mi experiencia en el Colegio y más allá.         

Ya he mencionado mi Colegio (público) antes, aunque no su nombre. Ahora tampoco voy a hacerlo, porque en el fondo da igual cómo se llame: lo que cuento que pasaba allí pasaba en la mayoría de los colegios de la España de los años 80. En clase se rezaba el Padre Nuestro y el Ave María (uno al principio de cada jornada y otro al final, no recuerdo en qué orden). Esto sucedía, al menos, mientras yo cursaba 1º, 2º y 3º EGB (de 1982 a 1984, más o menos). La solución, en democracia ya, fue la tolerancia, no la inclusión: se me consentía que me levantase pero no abriese los labios. Bueno, si me hubiera quedado sentado también me lo habrían consentido; yo me levantaba por consejo de mis propios padres, que verían esa opción como la más correcta; imagino que un poco por respeto a la maestra y mis compañeros, pero seguramente, y sobre todo, porque no querrían que su hijo se destacase y estuviera en boca de los demás innecesariamente. A mí lo que siempre me ha molestado no es que me obliguen a participar (de hecho, nunca me han obligado, siempre me han tolerado), lo que me molesta es que los demás tengan que hacerlo, el mismo hecho de la existencia de este tipo de actos. ¿Por qué, si los demás son católicos, siquiera nominalmente? Por lo mismo que lo de los crucifijos, porque se fomenta un símbolo, un acto, de una religión en la escuela pública como si fuera consustancial a ella, ahora bien, permitiendo, concediendo, la no participación del que no quiera.
Incluso si sabemos que todos los alumnos son católicos, lo vería mal. Tú, si eres católico, verías mal que un colegio público de tu país hiciera suyas tradiciones de otra religión (musulmana, por ejemplo) o símbolos políticos (que se cantase la internacional, por poner otro ejemplo). ¡Es una Escuela Pública! Y por más que te explicase que todos los alumnos son musulmanes o comunistas lo seguirías sin comprender. ¡Sigue siendo una Escuela Pública!
Es eso lo que veo. Que lo NORMAL sea el catolicismo socio-escolar; pero, por supuesto, admitiendo, integrando a los demás. O sea, yo mando a mi hija al colegio público, en el que creo, y, dado que no soy católico, parecerá siempre como que ella está de más. Tengo todas las garantías de auténtica exquisitez por parte del colegio en el respeto de las creencias religiosas que su familia quiere transmitirle. Pero, de un lado, esta le tendrá que estar siempre explicando que en España y el cole la mayoría es de tradición católica, que cuando vea o escuche tal cosa debe interpretarla o tomarla así o asao, pero que tal cosita no debe expresarla ella para no causar extrañeza o molestar o herir a los otros, hasta que sea lo suficientemente mayor para entender que, sin querer, los demás, a veces, sí le hacen daño a ella, al dar por “normal” lo que de ninguna manera entendemos por normal; y que lo hagan los demás, y sin querer, es lógico, nihil obstat, pero que lo haga la Escuela, y queriendo, tiene narices. De otro lado, y derivado de esto último, el sentimiento de extrañeza que la propia institución escolar le va a transmitir, que no sé aún si será mucha o poca, siempre estará ahí.
Otra excusa curiosa, aparte de las mencionadas de la tradición y la trivialización, son los propios padres y sus asociaciones. Lo siento mucho, pero si la Administración debe oponerse a padres y pueblos enteros, tendrá que hacerlo, y sin esperar a que “suceda” que aparezca por el colegio un “raro”. Debe hacerlo per se. No es cuestión de un Consejo Escolar o una AMPA que en pleno patio de un colegio público se erija en alto una estatua de la Virgen del Rocío, pongamos por caso, porque entonces el colegio como tal le rinde honores (si no, ¿qué hace ahí?). La Escuela, cada colegio e instituto, no debe arrodillarse ante ninguna ideología, si bien debe respetarlas todas, a excepción de las demostradas perniciosas. Si una Virgen, o un Buda, o una Media Luna Islámica, preside un patio, eso no es ni trivial ni baladí, por mucho que esté promocionado, impulsado, apoyado o financiado por los propios padres o el pueblo. La Escuela debe trascender esto. El pueblo tiene parroquias, plazas, calles (¡esto también…!); la Escuela no es tan suya, aunque es deseable que participe en ella. El contexto y la tradición cultural son meras excusas baratas para no meterse en líos con fuerzas fácticas o un respaldo no abiertamente declarado, una de dos.
¡Es la Administración, y de oficio, la que debe parar estas iniciativas de antemano! Y no esperar a que proteste, y proteste, y proteste un padre, señalando así a sus hijos, marcándolos a ellos y a sí mismo como el que trae un problema, como el raro, como el que quiere fastidiarnos. O que se calle y se entristezca, porque dé por perdida esa batalla, admitiéndose entonces a sí mismo como español de segunda categoría.
Luego se nos llena la boca hablando de entornos plurales y otras historias similares. ¡Genial! ¡Venga! ¡Vamos a hacerlo! Tú misma, Admón. Educativa, sabes que es lo mejor, cuando lo pones en práctica funciona, tiene respaldo científico-pedagógico y el ejemplo de otros países. Pero no soslayes la religión. No tapes. Atrévete ya. No hieres a nadie; tu conciencia ha de estar tranquila. Pero cuanto más tiempo de democracia pase sin que le metas mano a esto, más raro va a parecer y más difícil va a ser.

Escuela inclusiva aunque nada haya que incluir

            Se desea una escuela inclusiva. Inclusiva per se, en todos los temas. Y preparada para serlo en todo momento.
            Ya debe terminar la era de la escuela meramente tolerante. De facto católica pero que, en el caso que vengas tú, el minoritario, el raro, el otro, te aceptamos, te respetamos y te hacemos, como podamos, un hueco. Esto, claro, es mejor que la Escuela franquista, fue un gran avance en su momento. Pero ya está desfasado. Ya es viejo; se está volviendo cada vez más injusto. Yo quiero que mis hijos estén incluidos a todo nivel, no sólo a nivel legal y formal. Quiero que se relacionen, y jueguen, y se alegren, y se enfaden, y compartan, y discutan, de igual a igual con todos sus compañeros. Igual que yo quiero enseñar Lengua, y Literatura, y valores, a cualquiera que sea mi alumno, y cualesquiera sean sus creencias, o las de su familia, sin presuponer ni dar por hecho cuáles hayan de ser. Aunque pudiera, no me iría a impartir docencia a un Colegio Evangélico, salvo por necesidad. Quiero estar en la pública, con mi gente en amplio sentido, con mis compatriotas de todo tipo y color. Quiero recibir y que me reciban. Quiero, como docente, crear entornos cómodos para todos e inclusivos, incluido yo mismo. Quiero que hagan eso con mis hijos (ahora, con mi hija, no tengo más vástagos de momento).
            Quiero que se enteren por sí mismos, en su relación y diálogo con sus compañeros, y en lo que verán con sus ojos, que la mayoría de los españoles es de cultura católica, y que la suya es otra, y que vean esto como algo normal sin que vaya más allá. Pero no quiero que sientan, como yo sí he sentido, que la escuela a la que ellos van es culturalmente católica, que no es suya al 100%. Quiero que destaquen como procedentes de una familia cristiana evangélica, igual que los demás destacan por otras cosas, pero que no se dé una disonancia entre ese destacarse así (porque lo es) y lo que la Escuela, como institución educativa, marca como “normal”, explícita o implícitamente.
            No sólo lo quiero: lo reclamo. Es justo, sensato y coherente con la tan ansiada Escuela Inclusiva.

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (II)


LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
LA TRIVIALIZACIÓN DE UN TEMA PROFUNDO: ¿EDUCACIÓN EN VALORES?
Sin miedos ya, por favor.
No sé por qué hay miedo a hablar de estos temas hoy en día, días que se suponen de mayor libertad y afianzamiento democrático. Mencionar “escuela” junto con “religión” lleva como la pólvora a personas encendidas por una opción u otra que al final no entran a considerar al alumno como persona, integrante de la sociedad, de una familia, algunas veces con sus creencias (las que sean) muy arraigadas y otras veces sin saber cuáles son las suyas realmente o si necesita buscarlas. Generalmente hay alguien, siempre más de uno, que reclama no entrar en estas valoraciones para no herir susceptibilidades, para no entrar en polémica; mejor no hablar. Y lo peor: este espíritu ya se encuentra, si no lo ha estado siempre, en la propia Administración. Todos estamos optando por no hablar del tema, exactamente igual como, hoy por hoy, sigue estando complicadillo el tema de la Guerra Civil. Son temas que creemos que rápidamente nos van a polarizar en unos contra otros, y por lo tanto mejor es correr el tupido velo. Pero si hay tema, hay tema, y mirar a otro lado no suele resolver problemas. Lo siento: atender a todos, contentar a todos, es difícil si no imposible (¡que nos lo digan a los profesores!), pero eso no significa que no tengamos que trabajar en estas  cuestiones.
Para mí, de todos modos, es lógica esa amarga polarización y su consecuente griterío; lo era, y mucho, en los años 80; se entiende menos ahora, hasta que te das cuenta de que en el fondo el siglo XXI en España no es tan moderno a nivel de pensamiento, de razonamiento, de cuestionamientos. El tema de la asignatura de Religión en la Escuela Pública no es el que estoy abordando ahora, aunque me gustaría ver a aquellos que tan vehementes son por su mantenimiento en contra de los que quieren una Escuela Laica si en algún Centro público de España los alumnos de la asignatura Religión Islámica o Religión Evangélica o Religión Judía tuvieran un amplio número de alumnos en ESO y Bachillerato, qué harían los padres que así opinen. Ya hemos visto reacciones de barriadas enteras cuando se enteran de que van a poner una mezquita allí. No hay más que escuchar las protestas de muchos viandantes de la c/ Castilla en Sevilla cuando los evangélicos de la iglesia que hay allí terminan su reunión de los domingos y se ponen a charlar en la puerta, frente a la cual alguien ha tenido la genial idea de colocar una marquesina de Tussam, provocando un tapón humano. Ya, ya estamos molestando. Ahora, que nadie diga nada si no puede llegar a su casa porque una hermandad está ensayando para una lejana Semana Santa. No creo que esos mismos viandantes protesten cuando se acumula gente a rabiar junto a la puerta de la cercana Iglesia de la O (que de todos modos tiene diáfana su salida cerca del callejón de la Inquisición). Bueno, pero ese no es mi tema. Aunque ahí creo que está la clave, en estas últimas consideraciones.
La Iglesia Católica de este país lleva muchos siglos invadiéndolo todo. No se restringe a la esfera de las creencias personales, sus cultos intra y extra templo y sus tradiciones de manifestación popular en las calles. Ha estado siempre en todo, por encima de todo en demasiados y prolongados momentos históricos. Y quiere seguir estándolo, o tal vez la Iglesia Católica no pero sí corrientes dentro de su feligresía. Aún estamos acostumbrados a su presencia en Instituciones, y la enseñanza, por muy pública que sea, es una de ellas. ¡Está hasta en la Jefatura del Estado (el Rey por fuerza ha de ser católico)!

La Administración trivializa.

            A este respecto, la Administración, como buena administración que es, lo que ha hecho ha sido mirar cómo se tiran de los pelos unos a otros, sin entrar en firme en el tema. En principio, opta por trivializar el tema.
            Cuando hice mis prácticas de Funcionario Docente en Mérida un inspector nos habló de varios Centros donde los padres se habían enzarzado en discusiones muy fuertes a cuento de que hubiera o desaparecieran de las aulas crucifijos que colgaban de las paredes. Para él, era un tema molesto, que generaba amargas situaciones. Y nos decía a nosotros, docentes: “¿Pero qué más da? ¿Es esto un tema importante en Educación? Lo importante son los valores, bla, bla. Nosotros no entramos ahí”. ¡Ah!, ¿los símbolos no son importantes? Entonces, daría igual si yo colocase una bandera soviética en mi aula, o nazi, o con la cara del Che, o la gay multicolor, o con el símbolo de la Watchtower, ¿no? ¿Qué más da? No vamos a pelearnos por eso. Y también daría igual que yo quitase los crucifijos del aula. Supuestamente, la Inspección Educativa Extremeña no entraría ahí. ¡Ay!, pues eso no me lo creo.
            Claro, da igual, pero los crucifijos siguen ahí.  En una clase de Religión, se entiende. En la hora de Lengua o Matemáticas, en una escuela pública, no. Una cruz en un aula de una escuela pública no es un adorno. Está ahí por algo, para significar algo, es un símbolo, con significado además de forma, que preside la sala. Si no fuera así, no existiría polémica, y el católico de verdad pediría él mismo que se quitasen (lo han despojado de significado e importancia; no creo que eso le guste a un creyente católico romano sincero). Esto no es motivo de indiferencia, sin duda que no. Una cruz en un aula está por algo. Esta respuesta administrativa me deja pasmado, siempre me sorprenderá. La polémica no queda resuelta ni siquiera a través de la Constitución, que declara el Estado aconfesional, pero no laico, y ese “aconfesional” ha dado pie a interpretaciones de todo tipo, incluso peregrinas. Pero, no nos engañemos, una cruz puesta por el mismo Centro en un aula, no es un tema nimio, y la Administración es la responsable de decidir si se queda o si se quita y justificar por qué sí o por qué no, y la justificación debe ser jurídica y políticamente correcta; no puede echar balones fuera y dejarlo en manos del Equipo Directivo o el Consejo Escolar de turno.
            La polémica, parece ser, suele molestar a la Administración, especialmente si trasciende a la prensa. Así que comprendo su querer “no meneallo”. Pero me parece inadmisible. Por evitar polémicas o trascendencia pública se han tomado actitudes que han podido favorecer situaciones terribles de parte de la Dirección de un Centro o de la propia Inspección o Delegación, como dejar con sensación de desamparo a alumnos y familias en caso de acoso escolar, ser indiferente o pasivo ante vejaciones a profesores, etc. Esto, menos mal, no en todos los Centros, y cada vez se ve menos, y en estos casos, creo, la obligación de la Administración es poner orden y sensatez, no mirar a otro lado y tratar que se sepa lo menos posible. Pues con el tema que trato pienso exactamente igual.
            Lo mismo que digo de los crucifijos digo de otras situaciones. El colegio donde yo hice EGB, en un pueblo importante de Cáceres, Navalmoral de la Mata (no una aldea), que recibió mucho forastero de muchos lugares de España para trabajar en la Central Nuclear de Almaraz (mi familia incluida), es decir, gente con estudios y de varia procedencia, pues bien, en ese Colegio se mantuvo la fotografía del General Franco presidiendo pasillos, aulas y despachos, por lo menos, que yo recuerde, hasta 1986 (yo cursaba 6º), y fue porque entró un nuevo director. No sé o no recuerdo por qué hubo un cambio de director, si porque ya tocaba, por motivos personales o porque a lo mejor la relación causa-efecto es al revés, y el antiguo director dimitió por estos detallitos, no lo sé. En el fondo me da igual. Lo que no comprendo es por qué la Inspección esperó hasta 1986, al menos, para forzar la retirada de la imagen del dictador, si es que realmente los inspectores la forzaron. Lo prescriptivo, según Ley, era la foto institucional del Rey, o de los Reyes; no recuerdo si tal vez colocaron juntas las dos fotos, Monarca junto a Tirano. Me imagino que la Inspección argumentaría igual entonces que ahora: da igual, qué más da, lo importante es que no haya polémica. A fin de cuentas, imágenes de Franco no se han retirado en según qué lugares hasta hace poco; a fin de cuentas, aún se conservan calles con nombres de Generales y afines al antiguo régimen, incluidos los sanguinarios; a fin de cuentas, Ejército y Guardia Civil siguen rindiendo pleitesía institucional a la Iglesia Católica en multitud de actos, con multitud de símbolos, ahora, eso sí, tolerando entre sus filas a los acatólicos y tolerando su libertad de conciencia. Permitiendo, aceptando, concediendo: faltaría más, estamos en democracia (nótese la ironía).
Pues no. Por más que ahora nos toleren, no podemos estar conformes. La sociedad no debería estar conforme, aunque la componga una mayoría católica. No tiene sentido; es herencia de un pasado que deberíamos querer desterrar de la vida diaria, no de la memoria o los libros de texto, no silenciarla, por supuesto, pero sí rechazar el efecto en la actualidad.
Tradiciones. Manifestaciones culturales. Cuando se ponen en marcha, ¿por qué no habrían de estar presentes las instituciones? Claro que sí. Hay una procesión de Semana Santa. ¿Voy a estar en contra de la presencia del alcalde, de la Guardia Civil, del Rey, …? ¡Claro que no! Y no sólo no me opongo a que estén a nivel personal, sino como representantes de lo que representan. Está muy bien. Pero si es, pongamos por caso, el alcalde como representante del Ayuntamiento, que vaya de invitado, a ver y honrar el acto, nada más. Para que luego honre al Sevilla o al Betis si ganan algo y no dé a entender que el Ayuntamiento es bético o sevillista; para que cuando honre un Premio Literario, una ONG, un congreso de protestantes españoles o la inauguración de una sinagoga lo pueda hacer de la misma manera: como Alcalde. Poco a poco estas cosas van cambiando, pero poco a poco. Intelectualmente cae por su propio peso, pero ahí está el agarradero, de un lado, de la trivialización, pero de otro, cuando interesa, de la etiqueta “manifestación cultural”.

Educación en valores

La Escuela debe educar en valores. ¡Bien! ¿Qué valores? Muy en boga están algunos, a veces, y por desgracia, también trivializados o entendidos como políticamente correctos, sin darnos cuenta del todo de su profundidad e importancia: igualdad entre hombres y mujeres, rechazo de la homofobia,  educación para la paz y la no violencia, educación en valores democráticos, … Pero a veces se nos olvidan otros. La necesidad espiritual del ser humano se ha olvidado. ¿Tal vez porque la Escuela no deba entrar ahí? En Psicología de la Personalidad está volviendo. El hombre se sigue haciendo las mismas preguntas trascendentes de siempre. Y si no se las hace, entonces malo. Porque estaría anestesiado.
No sólo hablaríamos de la espiritualidad del ser humano propiamente dicha (sus ansias de eternidad, por ejemplo, como diría Unamuno; su conciencia moral; el más allá de la muerte; si existe Dios; etc.). En este mismo sentido van los comentarios negativos acerca de la juventud de hoy día, que tiene de todo pero no es capaz de valorar lo realmente importante. No hay por qué ceñirse a lo estrictamente “espiritual”. Se echan de menos los debates en el aula. ¡Pero es que es muy difícil tenerlos! En mi época de estudiante era más fácil, y la mayoría de las veces surgían solos, por iniciativa de los alumnos, o incentivados por el profesor: temas políticos, de actualidad en España o el mundo (yo recuerdo en 1º de BUP que hablábamos de la 1ª Guerra del Golfo), temas morales (eutanasia, aborto, machismo, …, y no sólo en clase de Ética), ¡también temas religiosos!, … Si, por lo que fuera, un profesor se pasaba un poquito de rosca hacia un lado, eso no mermaba nuestra sensación de pluralidad y libertad de pensamiento: tan fácil, como que luego venía otro y se pasaba de rosca hacia el otro lado. Ahora no es tan sencillo. Los alumnos no le dan al coco (preocupa la justificación del maltrato de género por parte de las adolescentes y jóvenes universitarias de hoy, según encuestas recientes; parece un contrasentido, cabría esperar lo contrario, la sensación de dar pasos atrás es terrible). La tele tampoco ayuda; la lucha contra la simplificación general de temas debería ser una prioridad de la Escuela; es penosa la capacidad de argumentación de los alumnos de Bachillerato (hablo en general). Cabría hablar, en cierto modo, de desalfabetización. Esta perspectiva, de ser cierta, es peligrosa. A mí me da miedo.
El sistema, o la malinterpretación del sistema educativo, tampoco ayuda. Hemos de ser autocríticos. Los profesores. La administración y los políticos también. No va a ser todo culpa de los alumnos. No va a ser todo culpa de los profesores.
Lo que se calla, y lo que se consiente, también comunica. Los mensajes se transmiten también por omisión, como los pecados. Los actos escolares amparados en la tradición lo hacen, y educan en valores (el valor de la tradición). Aunque se tolere a los no participantes. Eso es permitir autoexcluirse. Eso, entonces, es una aberración en los términos en que la Escuela española quiere definirse a sí misma.


domingo, 18 de marzo de 2012

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (I)

LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
INTRODUCCIÓN: CONEXIÓN CON LA ENTRADA ANTERIOR.
Preámbulo de cariz personal
            No quiero inundar mi blog con reflexiones acerca de la escuela pública andaluza y española y las creencias íntimas religiosas del alumno, el profesor y las familias. Primero, porque cuando lo creé no era esa mi intención. Más que manojitos de mirra, estos escritos irían tomando un cariz cada vez más reivindicativo, y asimismo una extensión tal, que sería más propia de un artículo periodístico o pequeño ensayo, o diario de pensamientos, que de un blog que tendía, en principio, más hacia lo artístico (hacia un arte modesto aunque sincero). En segundo lugar, porque no tendría fin, no al menos, en mí, en mis pensamientos, y me tendría “ardiendo” en mi fuero interno muchas semanas mientras que muy poco en el de posibles lectores (de todos modos, también el amor es fuego, pero las combustiones internas desgastan mucho). Y si para algo estudio psicología es, entre otras cosas, para ser emocionalmente inteligente. Y, en tercer lugar, porque los frutos de la plasmación de estas reflexiones serían, o nulos, o contradictorios. ¿Tal vez para señalarme a mí como raro, o polémico? No lo sé. Y porque es una lucha al ralentí, y si alguna vez cae la breva será tarde y mal, como siempre en este país para estos temas. Lo que yo observo ahora es igual o peor que hace 20 años, cuando yo era alumno de 2º de BUP. Ya lo he comentado en la reflexión anterior. Por otro lado, me centro, claro, en la relación religión-escuela, pero no hay que ser muy avispado para darse cuenta de que lo que yo opino en el contexto escolar también lo opino para toda institución pública. Aunque, por lo que a mí respecta, el palillo que a mí me toca tocar, si me permiten la redundancia conceptista, es el de la educación.
            Sin embargo, al menos sí dejaré aquí este segundo llamémoslo artículo, o reflexión personal, que fragmentaré en tres entradas de blog; al fin y al cabo, soy cristiano evangélico, he sido alumno de la escuela pública como tal, y ahora trabajo para ella como tal; también soy educador vocacional (siempre, desde que tenía 14 años, he querido ser Profesor de Lengua y Literatura de Secundaria, y de un Instituto Público); por último, soy español y ciudadano de pleno derecho de este país, y por tanto, como al resto de mis compatriotas, este tema me concierne.
            Cuando trabajo, no me destaco como cristiano evangélico, faltaría más. Tampoco le pregunto a mis alumnos cuáles son sus creencias religiosas, o la de sus padres, aunque por supuesto ya sé que el 90% de ellos son de cultura o nominalmente católicos, y que de este porcentaje una gran mayoría vive las tradiciones de raigambre católica de sus localidades con una normalidad que les lleva a pensar que todos son o deben ser así. Por supuesto, también de ese porcentaje, aunque algo menos, tenemos alumnos y familias cuya fe católica va más allá de las exteriorizaciones festivas o meramente culturales, y se fundamenta en un verdadero interés moral y religioso por el cristianismo católico romano. Para todos, vaya mi respeto (y va, y no sólo de palabra).
            Cuando entro en el aula, y me pongo a trabajar con mis alumnos, yo soy un profesor que debe cumplir con su trabajo, y que quiere hacerlo con vocación e ilusión, que nunca he perdido desde que empecé. Sé cuál es la responsabilidad que tengo entre manos, cuál es la confianza que padres y alumnos depositan en mí, y sé, no sólo cuál es mi temario y los contenidos de Lengua y Literatura que debo trabajar, sino además los valores que tengo que fomentar, como el respeto, la democracia, la cultura de paz, la corresponsabilidad, etc. Y contemplo, incluso en los malos días, cada jornada un milagro, el milagro de enseñar y de aprender junto a un grupo de entre 18  y 38 personas (yo trabajo con personas). La mayoría de mis alumnos no sabe cuáles son mis convicciones en sentido religioso y político, como yo siempre he pensado que debía ser. De hecho, creo que no lo sabe ninguno de ellos.
            Tampoco es que me oculte. Si me preguntan, respondo. Lo hago con naturalidad. Ni con vergüenza ni con orgullo. Soy parte de la comunidad educativa, ahora mismo soy parte del IES Torre del Rey, y soy parte yo, tal como soy, en el contexto de que yo sí soy un profesional de la enseñanza y como tal he de comportarme. Puedo poner sobre la mesa (claro que sí), mi punto de vista, como otros tantos también hacen. Si una alumna de ESO  tiene que escuchar las risas de una profesora cuando afirma que Jesús nació de la Virgen María siendo ella virgen, sólo porque tal compañera no se cree esa historia, ¿por qué no podrá escucharme a mí mi opinión, especialmente si se me pide? Ahora bien, he dicho poner, no imponer. E incluso voy más allá: ellos son adolescentes, yo soy adulto y además probablemente un referente o modelo (positivo o negativo), no es justo un debate de igual a igual, lo sé. Incluso al opinar, en la escuela, lo debo hacer proporcional y responsablemente, porque mi objetivo es formar, dentro de mis posibilidades, al alumno, que aún no tiene del todo definida su personalidad. Cuando yo era alumno, también discutía con mis profesores, si ellos me lo permitían. Casi siempre me mostraron gran respeto. Me dejaban exponer, me replicaban pero moderando sus opiniones, no me hacían sentir mal. Fueron buenos profesionales. También los conocí malos a este respecto, pero fueron pocos y eran malos también en otros aspectos de su docencia.

Julia en la Onda

            Políticamente, me defino en mi perfil de Facebook de izquierdas sin radicalismos. Precisamente por eso, y sin dejar de serlo, escucho habitualmente Onda Cero. Es una paradoja, lo sé; pude escapar de la SER, que acabó saturándome de muchas cosas, como de determinadas teorías de vida que no comparto, y de la adscripción de esa cadena progresista a tradiciones que, en mi opinión, no pegan nada con las mencionadas “teorías”, especialmente cómo se arrima a la Iglesia Católica en cuestiones superficiales, y no tan superficiales, cuando le interesa, o su fomento de los toros.
            Las opiniones de esta otra cadena marcadamente de derechas, Onda Cero, no hacen mella en las mías. Sobre todo, me refiero a Herrera en la Onda y La Brújula; más bien las reafirman. Al menos, en ellos los comentarios y actitudes que escuchaba en la SER sí me parecen coherentes,  y me hacen pensar en lo que yo realmente creo. Sin embargo, Julia en la Onda está en otra (onda). De hecho, en alguna ocasión me han hecho revolverme por lo contrario de los programas anteriores. Me suele gustar, depende del día. Cada vez me gusta más.
            Voy a aprovechar dos comentarios, en dos emisiones de este programa de esta semana que acaba (o que acabó ayer, según se mire; el domingo es realmente el primer día, y no el último), para conectar o afianzar lo que expuse en la anterior entrada sobre Educación y Religión, y además para introducir en la siguiente, que ya va al grano sobre la Escuela Inclusiva.
            Creo que a mitad de semana (¿el miércoles?) dieron la noticia de que en la Comunidad Valenciana habían detenido a una serie de personas que, ilegalmente, organizaban peleas de gallo. Se recordó que las peleas de gallos son ilegales en nuestro país, excepto en dos comunidades: Canarias y… ¡Andalucía! Eso sí, con “garantías”, como, por ejemplo, que quedan prohibidas las apuestas y que se exige la presencia de un veterinario que acaba por no hacer nada porque, por lo general, uno o ambos gallos acaban muertos. ¿Y por qué es legal en estas dos comunidades? Porque se considera una tradición cultural.
Di un salto de la cama (es una hipérbole, hablo en metáfora, no di ningún salto). Digo, di un salto de la cama. ¡Qué casualidad, hombre, la frasecita-excusa de nuevo, de la que yo hablaba en mi entrada de blog! ¡Qué poco me gusta la palabra “tradición”, y eso que yo soy muy de formalidades y me encanta conocer el mundo antiguo (y más cuanto más antiguo)! Es una palabra muy tramposa, porque consigue lo contrario de lo que en principio pudiéramos entender que pretende. La tradición se presenta como un valor positivo, como conservadora de parte de la esencia de la cultura de los pueblos, pero acaba por preservar formalismos que dificultan o impiden la reflexión acerca del por qué, entre otras cosas, acaba defendiendo el envoltorio y va perdiendo poco a poco el contenido y el sentido. Yo no tiro contra todas las tradiciones. Ni digo, como otros, que impiden el progreso. No lo creo. Sólo digo que, cuando se erigen como el valor máximo, por encima de la libertad individual, la inteligencia, el pensamiento, o la escucha del corazón, se transforman en una excusa, en un pitido ensordecedor. Como argumento para defender la persistencia de una costumbre, la tradición no es más que una falacia, prima hermana del “porque sí” y del “porque lo digo yo”. Y esto es una pena, y muy especialmente en materia religiosa, en la sustancia de lo íntimo. Yo no quiero que te conviertas a mi religión. Como educador, como persona, lo que me escandaliza es que hagas cosas por inercia. Que el único motivo sea la tradición. La tradición está muy bien después, no antes. “Yo creo en Dios, y soy católico-romano convencido, y además, y por lo tanto, sigo estas tradiciones” me parece muy correcto y muy coherente (no hablo como cristiano, pues como tal me gustaría entonces debatir contigo con tranquilidad acerca del cristianismo; digo esto como persona que desea ahora manifestarse neutra). “Yo sigo tal tradición y la mantengo, a pesar de que no creo en Dios, o a pesar de que no me planteo el tema” chirría en cualquier oído mental medianamente abierto. Recuerdo, hace muchos años (yo hacía el COU, y se acercaba Selectividad) que dos compañeros de clase empezaron a trabar cierta amistad conmigo. Los dos eran amigos entre sí porque compartían una filosofía de vida: les encantaba el mundo cofrade. Sus carpetas estaban llenas de estampas de Vírgenes y Cristos (¡qué mal me suenan estos sustantivos en plural!), y dedicaban parte del día a visitar iglesias. Discutían acerca de pasos, …, en fin, lo que se conoce en Sevilla como “capillitas” (lo digo con cariño, y no despectivamente; me gusta respetar, quiero que me respeten). Una vez les pregunté: “Pero vosotros, ¿creéis en la Virgen, y cada talla es representación de la misma, o tenéis fe en la Virgen de Tal o Cuál y para vosotros son distintas?” Uno me respondió que, aunque a él le podía gustar más una talla que otra, o se sentía más afín a una Hermandad que a otra, en última instancia todas eran la representación de la Virgen María, y en ella creía. El otro afirmó rotundamente que él hacía distinción a todos los niveles: una era la Esperanza Macarena y la otra era la Esperanza de Triana, y nada tenían que ver una con otra. Se reafirmó varias veces en ello, por más que el otro le mirase con perplejidad. ¿Qué importa si se trata de un imposible teológico? Lo importante es la talla, no lo que representa; el significante literal, no el significante junto al significado. He ahí el efecto de la Contrarreforma en plenos años 90 del siglo XX, que golpeó desde sus inicios no sólo a protestantes (a las ideas protestantes y a las personas), sino a la misma fe católica cuando se intentaba poner en marcha en serio. No dio sólo a luteranos, también a erasmistas (¡ahora, tras siglos, empieza la institución católica a sacar valores erasmistas! Con relativo éxito, por cierto, es difícil luchar contra tu propia máquina). Estuvieron a punto de poner Biblias (¡otro plural molesto!) en manos del pueblo, de incentivar la sinceridad de un tema que, al final, es personal, y acabaron creando un ingenio espectacular para mantener al pueblo en unas creencias, con muy poca confianza en la capacidad del ser humano para elegir sabiamente. El proyecto de Arias Montano y otros (catolicísimos romanísmos) al traste… ¡Y pensar que Carlos I (o V) estuvo a un tris de dar la Biblia al pueblo! Pero la Biblia a los ojos de todos, casi siempre ha estado prohibida, luego censurada, y ahora cuesta apoyarse en ella.
Miguel de Cervantes, católico y erasmista, criticó en Rinconete y Cortadillo la falsedad de la apariencia religiosa. Aquí sí que fue barroco nuestro querido manco. Nos presenta el patio de Monipodio, delito tras delito, degradación moral tras degradación moral, y luego a estos mismos delincuentes que se esfuerzan por poner velitas a santos, manifestando una religiosidad llevada hasta las últimas consecuencias y tomada muy en serio por los del patio. ¡Qué antítesis, qué horror, qué sinsentido! Pero le creemos. Los cárteles mejicanos rezan a la Santa Muerte, muchos matan en nombre de Dios, con Dios en los labios, y se creen respetables y moralmente correctos, como la mafia. Pues ese es el lado oscuro de la palabra “tradición” y su enorme poder cuando se usa como argumento. ¿La queremos en la escuela?
Me reitero: no tiro contra la tradición, en general. Es un valor a posteriori, como el valor artístico de los monumentos. Así, ¡qué bien en los colegios y centros de enseñanza! Pero al revés es una incoherencia de gran magnitud. Cuando aparece como causa, y no como como efecto, es terrible. Ese “Como es tradición, …” no se puede consentir en una sociedad democrática, avanzada y culta como pretendemos ser. Y este comentario no debe tomarse como contraargumento hacia ninguna religión, creencia o ideología. Eso no es lo que digo. Al contrario, está en la base del cristianismo. Acuérdate de Jesús enfrentado a los fariseos, llamándolos hipócritas, aferrados a las tradiciones pero descuidando las necesidades espirituales y sociales del pueblo. Acuérdate de que los primeros cristianos renunciaron a tradiciones muy, muy arraigadas en su cultura greco-romana, y que sufrieron persecución por ello.
Una de las colaboradoras de JELO (Julia en la Onda) puso fin a la noticia que comentaban acerca de las peleas de gallos. Dijo algo así como: “Aquí, con la tradición, se puede llegar a admitir cualquier cosa”. No puedo estar más de acuerdo. Pero no sólo el maltrato animal. También las opciones de las personas. Por desgracia, también la libertad de pensamiento, también una verdadera escuela pública inclusiva en serio, y no de boquilla.
El viernes 16 de marzo debatieron sobre el anuncio publicitario que ha lanzado la Iglesia Católica y Romana para que haya más seminaristas, para fomentar la vocación religiosa de hombres para que lleguen a ser curas (en su sección El Gabinete; título: “La vida del sacerdote”). No sé quién lo criticó más ferozmente, si los ateos o los católicos que participaban en la tertulia. Yo creo que estos últimos. Uno de ellos (¿el único?), el general Monzón, muy católico, se nota que muy convencido, no estaba de acuerdo porque el anuncio se apoyaba, no en la vocación sincera, sino en que se ofrecía como salida laboral. Entiendo su crítica: no iba a lo profundo, intentaba captar en plan “guay”. Curioso, en ese debate yo estaba más próximo a él que al resto. Sin embargo, comentando del aspecto laboral del sacerdote, empezaron a recordar cómo en otra época no tan lejana la Iglesia se constituía en la única salida para muchas familias para que, al menos uno de sus hijos, pudiera tener acceso a la educación. Si te admiten en el Seminario, además de cubrir tus necesidades y salir del estado de miseria en el que nos encontramos, hijo, además vas a recibir educación. Luego, si quieres te quedas de cura y si no, te sales, pero con formación y, por tanto, con posibilidades. Llamaron a eso LABOR SOCIAL de la Iglesia, y lo ponderaron como algo bueno: en un estado de miseria general, la Iglesia daba esa oportunidad. A mí me entristeció, no sólo el comentario y la baja calidad de la reflexión (¿qué hace la Iglesia, y no el Estado, con capacidad para dar esas opciones?), sino sobre todo el parabién de los contertulios y el silencio de la presentadora. La situación que recordaban llevó mis pensamientos a la Edad Media y los Siglos de Oro. Entonces también la religión era la única salida económica y educativa para la mayoría. ¡Qué pena!
Cuando las tropas nacionales (nacional-católicas) se hacían con un pueblo, una de las primeras cosas que hacían era asesinar al maestro. Era explícito el objetivo de exterminar la Escuela Pública que la República había fomentado, con esos aires de libertad que tan poco gustaban al bando nacional (cf.  A. BEEVOR: La Guerra Civil española, Crítica, Barcelona, 2005, p. 136 y la nota 6 del cap. 8, en la p. 742, que reproduzco: “Este colectivo [el de los maestros] fue uno de los más castigados por la represión nacional. Varios cientos de maestros fueron asesinados en las primeras semanas: 20 en Huelva, 33 en Zaragoza, 50 en León… Véase Jesús Crespo, Purga de maestros en la guerra civil, Ámbito, Valladolid, 1987; F. Morente: “La represió sobre el magisteri” en Actes del IV Seminari sobre la República i la guerra civil, pp. 80 y ss.”  ). ¿Y lo que vino después se llama LABOR SOCIAL? Por otro lado, otro contertulio, ateo pero que defendió virtudes de los jesuitas (¿?), que acabó el Gabinete con un comentario irrespetuoso que molestó al general, hizo antes otro que yo sentí lastimoso. Una de las cosas que, según él, merman la vocación sacerdotal, aunque por encima de todo lo hacen los valores de los jóvenes de la sociedad actual, es que también muchos de ellos con inquietud por buscar a Dios se convierten al evangelismo (sic), adventistas, del Séptimo Sello “y la madre que los parió”. Más allá de lo vulgar del final del comentario, lo que a mí me molestó más fue el trasfondo de como si “esto, esto y esto y la madre que lo parió” fuera ilegítimo, extraño, raro, y este pensamiento, de nuevo, nos lleva a la identificación de España con el catolicismo. Si hay personas, y cada vez más, que llegan a una convicción personal que afecta, sobre todo, a sus propias vidas, como él mismo se ha hecho ateo, ¿qué problema tiene? ¿Sobramos, estamos de más? Desde el S. XIX existimos como minoría en este país; estábamos en el S. XVI, naciendo del mismo catolicismo, pero tuvimos que huir de la Inquisición o sufrirla. También hubo erasmistas y variantes a lo largo de la Historia de España, a pesar de presiones insoportables, por los que debo mostrar mis simpatías. Él mostraba las suyas por (¡atención a los polos opuestos!) San Francisco de Asís, por lo que tenía de vocacional y sincero este religioso, y también, en cierto modo, por los jesuitas, que marcaron un tanto su biografía (la compañía de Jesús, recordemos, nacida para combatir el protestantismo y cortadora de alas en general como motor de su existencia). Para acabar diciendo que la falta de interés de los jóvenes católicos españoles por sus propias creencias les iba a hacer un favor, un gran bien: que iban a dejar de ser católicos. Lo que, lógicamente, molestó al general.

domingo, 11 de marzo de 2012

REFLEXIÓN MORFOSINTÁCTICA: LAS ESTRUCTURAS COORDINADAS. UN PRINCIPIO.

LAS ESTRUCTURAS COORDINADAS


En sintonía con mi anterior entrada acerca del Sintagma Preposicional, vuelvo sobre el tema centrándome en las estructuras coordinadas, es decir, las unidades constituidas por estructuras menores en plano de igualdad e interdependencia a través, exclusivamente, de conjunciones y locuciones conjuntivas coordinantes.
            Ya dejé apuntado, en una primera aproximación a un tema en el que debo ahondar más, que me parecían las únicas estructuras donde las conjunciones hacían una auténtica función de nexo. Su naturaleza es bien distinta a las de las estructuras con otras menores dentro (subordinación). Aceptemos o no mi propuesta acerca de las preposiciones y conjunciones, seamos partidarios de un análisis que contemple la existencia del Sintagma Preposicional, o bien seamos de los que analizamos con enlaces y nexos externos a la estructura que enlazan, estaremos de acuerdo en esta naturaleza diferencial de las coordinadas.
            Desde luego, estas sin duda no son estructuras EXOCÉNTRICAS. Es decir, en términos generales no siguen el esquema {Enlace o Nexo + Sintagma o Proposición}, donde el E o Nx “engancha”, como el vagón de un tren, el conjunto a una estructura mayor; es decir, la conjunción no hace de introductor del conjunto en un conjunto mayor, o de capacitador para que la estructura pequeña cumpla una función dentro de la grande. Como se suele decir de ellas, unen en el mismo plano, sin mirar a algo superior en lo que integrarse: hay una auténtica unión de elementos para formar una unidad mayor. Estos nexos realmente lo son y, por tanto, están en el centro (visión ENDOCÉNTRICA) de la macroestructura (hablo en términos generales). O, si se quiere, están en las junturas, como el cemento entre los ladrillos, metáfora que ya he usado en otro lugar; de ahí que puedan aparecer al principio y repetirse a modo de polisíndeton, porque realmente están ahí (O te lo tomas en serio, o sigues en el mismo plan). En breve entraré a observar sus tipos, especialmente en lo que hace a estructuras binarias y terciarias, en otra entrada, y la combinación de tipos, y su combinación con subordinadas (de esto último realmente poco hay que decir, puesto que no tienen nada que ver unas estructuras y otras). Lo que quiero traer aquí es una propuesta novedosa y sencilla relacionada con la praxis del análisis oracional.
            En general, al analizar oraciones señalamos cada parte de forma doble: Función Sintáctica / Forma (Estructura, como Proposición o Sintagma, o bien categoría gramatical), o al revés, Forma/Función. Esta dualidad se nos corta al analizar oraciones compuestas coordinadas, pues sólo indicamos forma: por ejemplo, Proposición 1 <nexo> Proposición 2. Lógico, ninguna cumple una función dentro de otra. Por otro lado, estructuras con una función como conjunto del tipo Juan y María como, por ejemplo, en Juan y María le dieron un regalo plantean siempre la duda de si analizarlos como dos SSNN unidos que cumplen una función (aquí, sujeto) o bien como un SN-Sujeto, con dos núcleos unidos (opción más lógica pero que se complica cuando se unen dos SSNN con más elementos aparte del núcleo, como por ejemplo en El perro marrón y el gato gordo, o en Juan y su hermano). Para solventar esta asistematicidad, había pensado en considerar el concepto “Proposición”, reformulado como una especie de función sintáctica, de modo que ahora las coordinadas se analizasen de este modo: {Proposición 1/Oración Simple <nx> Proposición 2/Oración Simple}; aquí, Proposición significa “Componente Mayor o Inmediato de una Estructura coordinante”, dando la opción, al menos a nivel teórico, de que una proposición sea, como puede serlo, una Oración Simple o bien otros tipos de estructuras. De hecho, así puede suceder, y la propuesta funcionaría bien. Por ejemplo, Oración Comp. Coordinada: {Prop 1/ Oración Compleja por subordinación <nx> Prop 2/ Oración Comp. Coordinada}, como en El hombre que lleva sombrero vino pero ni habló ni te miró.
            Problemas, de momento:
1.    Hay que resolver la coordinación entre elementos inferiores a la oración, y ver además si es posible su combinación con estructuras oracionales.
2.    Hay que reconceptualizar el término “Proposición”, o bien encontrarle al concepto otro nombre, puesto que también se usa en la subordinación, y ahí “Proposición” es Forma que cumple una Función específica (Sujeto, CD, Ady, …). Aunque bien se le puede llamar, en estos casos, también “Oración” (Oración Simple Subordinada Sustantiva; y por supuesto Oración Compuesta por Coordinación o por Subordinación Subordinada Sustantiva, etc.).

Necesito tiempo para desarrollar mi propuesta. Esto es un inicio.

EDUCACIÓN, RELIGIÓN Y SOCIEDAD: LA EXCUSA AHORA SE LLAMA "MANIFESTACIÓN CULTURAL"

Lo siento mucho para el que no lo vea así, la realidad es que se puede ser español, incluyendo virtudes y defectos, idiosincrasia y forma de ver la vida, sin ser culturalmente católico. Y digo "culturalmente católico" por no entrar ahora en un auténtico debate religioso, es decir, del ser humano enfrentado a Dios, en su necesidad de Dios, en su sed de eternidad, de buscar la verdad, y de querer ser coherente en sus convicciones. Y esto, por más que muchos cofrades reconozcan que no creen en la existencia de Dios, por más que muchos católicos declarados no vayan a misa ni sigan los dictados de vida de la religión que profesan, por más que muchos ateos declarados participen con emoción de las ahora llamadas "manifestaciones culturales" católicas. No hace mucho, cuando el Nacionalcatolicismo estaba por encima de jueces, autoridades públicas y del mismísimo Franco, se imponía esa idea: la espiritualidad de España, su indisociable unión con el catolicismo romano, la idea de una España sacra desde los tiempos del origen del mito de Santiago Matamoros, de una raza apostólica romana. Ahora, el eufemismo o excusa se nombra, en democracia, "manifestación cultural". Yo, particularmente, y a un nivel íntimo, he decidido desterrar de una vez de mi mente cualquier atisbo ya de atribución de ni siquiera una mínima parte de verdad a este eslogan propagandístico que tan buenos réditos le está dando a una institución (que es a la que me refiero, y no a la fe sencilla y sincera de un católico convencido) que se ha sabido imponer usando de todos los medios disponibles, en función del momento histórico, incluida la persecución, la tortura y la censura.
          Se puede ser 100% andaluz sin ser católico (ni de verdad ni culturalmente); decir lo contrario es negar a Andalucía, a los andaluces, su libertad como personas para elegir sus creencias, para tener ideología propia, pensar y decidir en conciencia. Pretender imponer aquella idea atenta contra esta libertad, da igual el medio que se use para fomentarla. España es un país mayoritariamente católico-cultural, qué duda cabe, pero también qué remedio le queda, tras cinco siglos de contrarreforma implacable y activa. Sin embargo, andaluces eran los predicadores del patio de los naranjos de la Catedral de Sevilla en el siglo XVI, andaluz fue Antonio Machado (¡qué paradójico, Antonio, que se toque tu saeta, la melodía que le puso Serrat a tu saeta, por bandas cofrades en pasos de un Cristo por siempre colgado!), Federico García Lorca, y tantos y tantos.
      Ya desde un punto de vista legal, que no cultural, tengo la oportunidad de ser español de primera, y no de tercera, sin ser católico. Hasta hace poco no se podía. Con la actual Constitución de 1978 y la Ley de Libertad Religiosa sí. Yo no soy católico, pero voto, pago mis impuestos, trabajo para el Estado y tengo los mismos derechos que cualquier otro ciudadano español (o al menos sobre el papel), y también las mismas obligaciones. En concreto, como cristiano evangélico, hago mías para mis lectores las palabras que Juan Antonio Monroy dirigió al rey Don Juan Carlos en carta de 3 de octubre de 1976 (entonces yo tenía 7 meses vida): "Pero no nos olvide usted, Majestad" -terminaba así su carta-. "Nosotros también contamos. Nuestra Comisión de Defensa Evangélica está preparando un dossier en el que le expondremos detalladamente nuestra situación y nuestros problemas y de nuestras reivindicaciones como ciudanos españoles que no queremos serlo más de tercera fila, sino en plenitud de derechos y de obligaciones. Nosotros contamos para Dios en el reino eterno; queremos contar igualmente para España y para la Corona en esta hora crucial que está viviendo el país." Le había dicho antes al monarca: "[...] Cuando de actos religiosos se trate hable en nombre de los católicos de España, pero no en nombre de todos los españoles. Porque una considerable minoría no somos lo que aquí se conoce por católicos. Pero sí somos españoles." Y prosigue: "Nosotros, Majestad, nunca hemos dado motivos para que se nos imagine antiespañoles; más bien hemos suministrado pruebas de todo lo contrario. [...] Nosotros somos españoles. Amamos a nuestro país y estamos dispuestos a aportar lo que esté a nuestro alcance para contribuir a su engrandecimiento" (tomado del libro Un Protestante en la España de Franco, Noufront, 2011, pp. 289-291).
     También soy español 100% culturalmente. Ya sí. Yo sí. Sin resquicios de dudas. Los que, al igual que hiciera el intransigente y radical Menéndez y Pelayo, fomenten la idea de españolidad o andalucismo asociada al catolicismo apostólico romano, están cometiendo un grave error, y sobre todo en educación. Y, particularmentete en Andalucía, parte de esos alentadores se encuentran en la propia Administración, servidores públicos, incluyendo Inspectores, Equipos Directivos y profesores y maestros. Con ello, y sobre todo refiriéndome a estos últimos, no les atribuyo mala intención, pero sí un apoyo, consciente o inconsciente, a la misma idea falaz de siempre. Y es evidente que se están dando pasos atrás. Cuando abandoné como alumno, porque los terminé, mis estudios obligatorios (EGB, BUP)  tenía conciencia de que muchas cosas eran injustas, y no se adecuaban de ninguna manera a la idea tan pregonada de que "todos somos iguales". Cuando vuelvo al cole como profesor, observo que todo sigue más o menos igual (de mal), y que incluso en algunos aspectos va a peor, con el respaldo y fomento de la propia Administración. Cuando yo hice el COU, no existía en ese curso la hora de Religión (ni de Educación Física ni otras). Hoy en día no sólo sigue existiendo esta asignatura en la Educación Obligatoria, sino que además aparece en la educación no obligatoria: Infantil (¡de 3 a 6 años!) y Bachillerato (incluso 2º).
      Recibo como padre de una alumna una nota del Equipo de Infantil de un CEIP (cuyo nombre es Pío XII, ¡toma ya!, ¿y esto otro?, ¿no tiene ya la Iglesia Católica suficientes concertados y privados para que en los públicos se pongan estos nombres, de modo que la Administración permita que sus Centros públicos se llamen "Virgen de..., "San Noséquién" o "el Papa Cuál", por más que lo vote un Consejo Escolar, siquiera por decoro?) ... Bueno, mi hija va a ese Colegio. Las maestras de Infantil desean hacer algo para celebrar la Semana Santa. Bien, han celebrado todo lo celebrable: Navidad, Halloween, ... Mi niña trae en su mochila una nota que empieza así: "Llega la semana Santa y con ella una de las manifestaciones culturales más importantes de nuestra tierra" (sic). La he transcrito tal cual; el subrayado es suyo. ¿Por qué lo han subrayado? Para justificarlo y dotarlo de legitimidad. Pero sobre todo para evitar problemas y malos entendidos. Yo, como padre, por un lado lo agradezco. Han tenido un detalle; no desean herir sensibilidades. Me lo creo, de verdad, no observo nada reprochable en su actitud: para ellas es una fiesta, como las otras, una manifestación cultural, muy arraigada en Bollullos de la Mitación; tienen además el respaldo del Colegio y de la propia Inspección. Así que, con todo, estoy agradecido por el sesgo cultural que le quieren dar a esta manifestación religiosa contrarreformista (en el siglo XVI y ahora, o si no, vayamos a las cartas pastorales y otros documentos de obsipos y párrocos cuando se refieren a ella). Y no lo digo sólo por este subrayado. Ya en Navidad (fiesta cristiana) nos preguntaron si la celebramos también los evangélicos, para no meter la pata con mi hija, que es su alumna. ¡Claro que la celebramos! Pero muy bien hecho: si no se sabe algo, lo mejor es preguntarlo, y no quedarse con dudas o, lo que es peor, manejar información de segunda mano. Nosotros estamos deseando hablar y expresarnos, entre otras cosas para que no se nos vea como bichos raros. Así que, a ellas no les voy a poner ningún reproche, porque en el fondo el subrayado es un modo de manifestar su deseo de no molestar, de que la actividad sea simplemente una actividad escolar. Pero también es una manera de poner de relieve que saben que es un tema un tanto espinoso en el momento en el que hay alumnos de otras confesiones religiosas en el aula (los ateos y agnósticos no suelen dar problemas). No les voy a agradecer, por dignidad personal, que no sea precisamente este colegio tan extremoso en estos temas como sí lo son otros cercanos, pero es algo a considerar. Los hay públicos que tienen una gran Virgen del Rocío en el patio, guarderías del Aljarafe hay a los que niñas van de mantilla, niños de nazarenos (de 0 a 6 años).  ¿Inspección consiente esto porque...? ¿Delegación no impide esto porque...? ¿Y dónde está lo de la Atención a la Diversidad, lo de la heterogeneidad, ...? Por un momento se me pasó por la cabeza escribirle a la seño y compañía una nota, pero yo soy del gremio y sé cómo sienta la carta de un padre, por mucho que se usen atenuantes y fórmulas de cortesía. Y yo, a estas profesionales de algo más que la tiza, no les quiero tocar ni afectar negativamente de ninguna manera (aparte de que estoy contento con el colegio, el equipo de infantil y la maestra y los compañeros de mi hija). Ahora, la dichosita fórmula "manifestaciones culturales", que no es suya, se las trae y, como diría el humorista José Mota, "lleva veneno amasao". Es la misma que usa la Iglesia Católica para recaudar aún más a base de subvenciones de templos y obras de arte, para que todos los españoles, católicos o no, paguemos el mantenimiento de sus edificios (aunque luego nos cobren por verlos o, en algunos casos, no se nos premita el acceso como turistas). A mí, que siempre he pensado que la enseñanza de los valores religiosos (incluidos los culturales) deben darse en casa y en la iglesia (o la sinagoga, o la mezquita, o la congregación, ...)  e incluyo mis propias creencias, no entiendo por qué es necesaria la escuela para fomentar y enseñar estos valores "culturales". ¿Es que no se va a paralizar Bollullos, no se va a paralizar Sevilla, con procesiones visibles y música audible? ¿Tal vez los padres católicos no hablen a sus hijos de la Semana Santa? ¿El cura de la parroquia a la que les llevan no menciona esto?¿Los niños no se van a enterar? ¿No va a aparecer en todos los medios de comunicación, en todos, con independencia de la línea editorial del medio?¿No es suficiente el culto del ejército de todos los españoles, el homenaje de la Guardia Civil con medallas de tal o cual hermandad (no como católicos van, sino como guardias civiles al frente de alguna que otra procesión, de algún que otro paso)? Y, en todo caso, ¿no tienen ya la mayoría de estos niños una hora de religión católica específica para hacer estas actividades? Y no sigo por no hacerme extenso, y porque un escrito de 20 minutos me ha llevado 2 horas por culpa de la conexión a internet que tengo en este Bollullos de la Mitación. Así que, termino con esta pregunta: ¿en serio es necesaria la escuela pública para estas cosas?

martes, 6 de marzo de 2012

REFLEXIÓN MORFOSINTÁCTICA: ¿REALMENTE UNEN LAS PREPOSICIONES Y LAS CONJUNCIONES?

PREPOSICIONES Y CONJUNCIONES, ¿ENLACES Y NEXOS?


0. INTRODUCCIÓN.

Como siempre, aunque como hacía mucho tiempo que no me sucedía, lo que me trae a la reflexión morfosintáctica es una discusión departamental. Discusión en el buen sentido de la palabra, claro, como sinónimo de intercambio de pareceres. Todo a colación de la tan traída y llevada existencia o inexistencia del Sintagma Preposicional.
            Como profesional de la docencia en secundaria, sinceramente, estas reflexiones me han parecido siempre un poco inútiles, al menos en lo que hace a mis actuaciones en el aula, con mis alumnos. En lo que respecta a ellos, incluso en los que vayan a cursar Filología en un futuro (que son los menos), lo importante es que razonen correctamente cómo funciona cada elemento dentro de las unidades superiores, en concreto, que identifiquen funciones sintácticas y observen qué categoría y estructura funciona como tal. Y, en mi opinión, si es posible desde un gran número de ángulos, con todos los métodos útiles desplegados sin excepción, en tanto que ayuden al trabajo de los alumnos y su comprensión global del tema. En otro lugar ya hablé de la conveniencia del método de preguntas al verbo, y lo justifiqué de muchas maneras, lo que me trajo no pocos quebraderos de cabeza al llevarlo al aula de un instituto en el que estaba.
            Ahora bien, como profesional lingüista que me considero, las reflexiones de este tenor me interesan. Me hacen reflexionar, darle vueltas a mis conceptos, replantearme fundamentos. Durante mi primer curso en Mérida, en el IES Albarregas, analizaba oraciones indicando primero Función (Suj, CD, Atr, …) y luego la Forma (SN, Adj, …), y no consideraba la existencia del SPrep. Éstos eran, en su mayoría, un Enlace (la Preposición), seguido de un SN. Aunque recuerdo que la preposición entraba en la caja del SN, como si fuera un elemento de ella, según el libro de texto. Más tarde, y durante cuatro años, en el IES El Pomar, de Jerez de los Caballeros, me encontré con una Programación Didáctica que restringía, en pro de la uniformidad de criterios hacia nuestros alumnos, estas cuestiones. Por ellos, por los alumnos, aferrándome a lo didáctico, pierdo los escrúpulos y me adapto a lo que hay, así que estuve cuatro años enseñando que primero se identifica la Forma (SN, Adj, …) y después se determina la Función de dicha forma (Suj, CD, Atr, …). Es lo que tiene la lingüística basada en lo morfológico. Nunca he creído en ello. Cuando analizo una Oración, una vez localizado el verbo, busco elementos funcionales, sintácticos, como es lógico; aquello que funcione como lo que se busca (como Sujeto, como CD, …), eso ya se verá luego lo que es. No es mi propósito ahora entrar en este tema, en otra ocasión tal vez me esfuerce un poco más por justificar mi postura; basta decir aquí que yo sí veo claro eso de los huecos funcionales, en tanto en cuanto para mí, tanto la unidad mínima de la sintaxis, el sintagma, como la “máxima”, la oración, son estructuras que se pueden “montar” con diversos materiales (palabras, otros sintagmas, ...; he entrecomillado máxima porque, para mí, la unidad máxima de la sintaxis es el texto, no la oración).
            En ese mismo Centro, y durante esos mismos cuatro años, he explicado y usado el Sintagma Preposicional. Venía impuesto por la Programación Didáctica y, la verdad, hasta entonces no había reflexionado sobre él. Lo bueno de ese Departamento es que justificaba, ¡y cómo!, cada decisión de estas, fundamentándolas tanto en autoridades y teorías como en razonamientos lógicos. Para mí, el mayor motivo para usar con fe el SPrep era su sistematicidad: siempre, junto a la función, aparecía una barra y a continuación el tipo de Sintagma o Categoría gramatical. Admitir el SPrep era mantener inalterable este esquema: Suj/SN, CD/SN o CD/SPrep, CRég/SPrep, … (bueno, como he dicho, allí se hacía al revés, SN/Suj, etc.). La claridad expositiva gana ante alumnos de secundaria, pero choca con cierta incoherencia, al llegar a la Oración Compuesta por Subordinación, si no aceptamos también la existencia del Sintagma Conjuncional (SConj). Y este sintagma es muy difícil de asumir, por muchos motivos: rompe con la tradición expositiva de las oraciones subordinadas, no se sabe qué hacer con los nexos que no son conjunciones (relativos, pronombres interrogativos, …). Pero, mientras dure la Oración Simple, el SPrep es mucho más asequible y socorrido que tener por ahí suelto un Enlace.
            Desde un punto de vista lingüístico, a mí tampoco me costaba trabajo asumir su existencia. Ya he dicho que para mí un sintagma es un tipo de estructura. Aceptar que existían de dos tipos, endocéntricos (donde sus componentes miran a una palabra considerada más importante, el Núcleo del sintagma que forman) y exocéntricos (mirando a algo externo a lo que se enlazan, el Núcleo del sintagma en el que se introducen), tal y como bien se me expuso en 4º de Carrera, no era complicado. Como no es complicado entender que un glóbulo rojo es una célula sin núcleo, una plaqueta una célula rota o que un virus ni está vivo ni deja de estarlo, o que La Celestina ni es novela ni es teatro, o un guardia civil es policía y a la vez militar. Los sintagmas exocéntricos serían, como ya he dicho, el Preposicional y el Conjuncional, pero este último no se trae al aula de secundaria para no marear la perdiz (y porque sabemos que ningún tribunal de Selectividad lo aprobaría).
            Ahora estoy en un Centro donde, declaradamente, se opina que no existe, que tal sintagma es una mentira, con todas las letras. Y también está muy bien razonado, porque se define sintagma como el conjunto de palabras que giran en torno a un núcleo; así que es imposible llamar “sintagma” a una estructura sin núcleo interno. Aunque si seguimos esta definición hasta el final, vuelve de nuevo la conveniencia de este sintagma: Un conjunto de palabras que giran en torno a una de ellas, el núcleo, y tienen una función dentro de la oración.
Sin embargo, desde hace tres cursos, como no se impone el criterio, sólo se discute, yo continúo enseñando el SPrep en mis aulas, tal vez por inercia, y tal vez por pensar que es más fácilmente comprensible para mis alumnos. Hasta ahora, en el que en el mes de marzo de 2012 acordamos en firme no enseñarlo. Yo lo vuelvo a aceptar; soy flexible; me pongo en el pellejo de un alumno de nuestro Centro, al que un año le explican una cosa y al siguiente, con otro profesor, otra, y me parece correcto, incluso sano. Un criterio, el que sea, pero uno. Mejor para mí; total, yo ya lo estaba explicando de las dos maneras, por prevención.
            Ahora bien, esto me lleva a preguntarme: ¿qué creo yo realmente, tras ya algunos años de docencia? ¿Me creo su existencia o no, más allá de lo que explique a mis alumnos adolescentes? Empiezo a darle vueltas al funcionamiento de preposiciones y conjunciones, para convencerme de si es posible la existencia de los sintagmas exocéntricos, y me empiezo a dar cuenta de que tal vez no, porque en principio me veo incapaz de resolver el problema del Sintagma Conjuncional, pero también de que tal vez, y en la mayoría de casos, las preposiciones no enlazan nada, ni las conjunciones son nexos de unión. Luego a lo mejor también es mentira la otra opción.

1. ¿QUÉ UNEN LAS PREPOSICIONES Y CONJUNCIONES?

            En el IES El Pomar definíamos la preposición como una palabra sin significado (ni semántico ni gramatical), aunque admitiendo su capacidad de matización semántica, que unía palabras y sintagmas. Las conjunciones eran más poderosas, porque también, y sobre todo, unen oraciones. Por lo tanto, la función sintáctica de la preposición es la de enlace (E) y la de las conjunciones, nexo (Nx). Ahora me permito dudar de ello. Más bien parecen marcas de subordinación para aquellas estructuras que, por sí mismas, son incapaces de concordar con el elemento principal. ¿O es que es necesario un E o Nx para unirse a él? Unir elementos, lo que se dice unir, está claro que lo hacen las conjunciones coordinantes:
Juan y María: Dos sustantivos unidos (Juan+María) para funcionar como si fueran uno (ellos); se puede predicar de esa nueva unidad (Juan y María vienen despacio).
El perro y el gato: Igual que el ejemplo anterior, pero con sintagmas nominales.
Me fui y él aún seguía allí: Dos oraciones simples unidas para formar una mayor (Compleja Coordinada).

            Con respecto a las preposiciones, estaba dispuesto a aceptar esta función de unión en el caso de los Adyacentes. Por ejemplo, en el caso de Ese hombre de Francia, la preposición de parece unir el sustantivo Francia al sustantivo hombre, N del SN. Sin embargo, en el sintagma Ese hombre francés, francés también va unido a hombre pero no necesita preposición. Realmente, más que unir un elemento (palabra o sintagma) al N, la preposición consigue “adjetivarlo”, lo introduce dentro del sintagma subordinándolo a ese N, haciendo que funcione como Ady. Para unirse a un N no es necesaria una preposición, es decir, no necesitamos un elemento de unión con él. Los Determinativos y los Adjetivos y Sintagmas Adjetivales, así como los Sustantivos y Sintagmas Nominales aposiciones, se unen al N del SN cohesionados por la concordancia en género y número; y lo mismo cabe decir para adverbios y otras categorías en el SAdj y el SAdv. ¿Por qué decir, entonces, que en el SN El coche de mi hermano, de enlaza el SN mi hermano con el N coche? ¿No valdría mejor decir, como hacemos al analizar la O. Subordinada, que la preposición hace que todo el SN mi hermano funcione como Ady de coche, añadiéndole un matiz de posesión a todo ese sintagma (‘su coche’)? En todo caso, es cierto, podemos advertir que el vínculo entre el N coche y el SN mi hermano se hace a través de la preposición. Ahora, esto ya no queda tan claro cuando entramos en el predicado. Ahí, ni siquiera es siempre posible la función subordinante (traspositora) de la preposición.
            En una oración, en un sintagma, todo está unido, desde la mayúscula inicial al punto final. Todo forma una unidad, y los elementos que la componen, por ende, están unidos. No linealmente, uno detrás de otro, sino jerárquicamente. En la oración, Mis amigos han llegado a la fiesta muy pronto, se han unido al verbo han llegado un Sujeto (mis amigos), un CCL (a la fiesta) y un CCT (muy pronto), que a su vez están compuestos por palabras unidas entre sí siguiendo determinadas reglas. Nada impide que estructuras sin preposición o conjunción previa se unan al verbo, se añadan a la estructura oracional: ahí están mis amigos y muy pronto. Por lo tanto, y por el mismo razonamiento, ¿qué va a hacerme pensar que la preposición a une la fiesta a ha llegado? Todo ese conjunto, que puedo desplazar en bloque incluso al principio de la oración (A la fiesta han llegado mis amigos muy pronto), que, de hecho, no lo puedo desgajar sin caer en el hipérbaton gongorino (¿*Mis amigos han llegado a muy pronto la fiesta?, ¿*A han llegado mis amigos la fiesta muy pronto?), todo ello, preposición incluida, se puede sustituir por un adverbio, por ejemplo allí. Parece, entonces, que a con respecto al SN la fiesta ha hecho dos cosas: a) Añade el matiz, cual morfema, de destino de un movimiento (llegar a) y b) Pone a funcionar el conjunto como un CCL, lo adverbializa, si se quiere. En todo caso, la inseparabilidad del conjunto nos vuelve a llevar a entenderlo como una estructura unitaria: llamadlo E+SN o SPrep (exocéntrico), o macrosintagma.
Vuelvo a la premisa de antes. En una oración, en un sintagma, todo está unido, desde la mayúscula inicial al punto final. ¿Un sujeto no está unido a un predicado? ¿Está más unido a vi el CD a Juan, por llevar preposición, que el CD una casa? ¿No será que, más que unir, esa a capacita a Juan como CD en lugar de como Sujeto, es decir, es una marca funcional más que nexo de unión? ¿No hay igual unión con el verbo en Vivir la inopia (CD) que en Vivir en la inopia (CCL)? Y lo mismo me vale para las conjunciones: ¿no están igual de unidos al verbo el CD/PropSubSust en Creer que uno es bueno que en Creer ser bueno?
Las preposiciones y las conjunciones subordinantes INTRODUCEN un sintagma en un hueco funcional y le añaden un matiz de significado (dirección, permanencia, pertenencia, agente, causa, consecuencia, …). Parecen más afectar por dentro (tal vez como un morfema capacitador para desempeñar una función, como la diferencia entre yo y me) que hacia fuera. Lo cual invalida el concepto de sintagma exocéntrico (y, por tanto, el SPrep) pero también su consideración como Enlaces y Nexos externos al conjunto sintagmático. Aunque sí vinculan, apuntan a un núcleo externo, señalando su pertenencia a ese sintagma mayor en el caso de ser Adyacentes, no en el resto de casos. Su configuración como bloques inseparables, con capacidad en la mayoría de los casos de ser sustituidos como tal bloque, con excepción del CRég y el CAg, y Ady sin adjetivo correlativo, como en los siguientes ejemplos:

Ese señor de Marruecos à Ese señor marroquí.
Has seguido a Alfredo à Lo has seguido.
Vivo en los pisos grises à Vivo allí.

tal vez apunte a la definición de una nueva unidad, un macrosintagma que en el fondo nos lleva de nuevo al SPrep. (Para los casos de CRég, CAg y los Adyacentes exceptuados anteriormente obsérvese que sigue en pie su configuración en bloque unitario). O, tal vez, al igual que ocurre con las perífrasis, que a veces tienen una preposición o un que entre los verbos componentes, y otras veces no, tengamos que decir que, en cada tipo de sintagma, existe un hueco funcional donde puede aparecer o no una preposición que la subordinaría o la introduciría en la oración con una función concreta, y que asimismo las oraciones simples con verbo en forma personal poseen un hueco similar para que una conjunción las introduzca dentro de una oración mayor.

2. VALOR MORFOLÓGICO FUNCIONAL.

            Se dice que las preposiciones y las conjunciones son morfemas libres. El artículo también, pero no el resto de determinativos (¿?). Muy bien, si eso es así, ¿cuál es el aporte gramatical que este morfema otorga al sintagma, o al núcleo del sintagma? Sin duda, el de capacitarlo o incapacitarlo para realizar determinada función dentro de otro sintagma o de una oración.
            Muchos esfuerzos intelectuales se han llevado a cabo para demostrarnos que, aunque heredera del latín, nuestra lengua se diferencia de aquella porque hemos perdido los casos y usamos preposiciones, las cuales resulta que son morfemas libres que otorgan o impiden la realización de una función sintáctica. ¿No es esto lo mismo? Solo que nosotros usamos funcionalmente la ausencia de marca, y para muchas cosas (es decir, tenemos ergativo, habitualmente usado para el Sujeto y el CD).
De este modo, si un CD se refiere a persona, lo marcamos con el morfema libre preposición a: Yo vi a Juan. Si lo quiero transformar a pasiva, el CD va a funcionar como Sujeto, y por tanto pierde la marca de CD de persona, a; el antiguo Sujeto activo, al pasar a CAg, tiene que tomar el morfema libre de CAg, por o de, y además transformar el pronombre personal exclusivo de sujeto por otro compatible con una preposición delante: Juan fue visto por mí.
Me reitero: no veo la función de unión de la preposición. Lo veo cada vez más endocéntrico o, mejor, envolviendo el sintagma completo y haciéndolo funcionar en unidades mayores; también su ausencia.
El latín también tenía preposiciones. De él, las nuestras han conservado el famoso “matiz semántico”: direccionalidad, posición, posesión, … Y al tiempo toman el valor de “caso”, incluido el genitivo, con “de” en multitud de adyacentes, especialmente de Sintagmas Nominales. Función y matiz semántico; morfema libre: indisolublemente unido al resto de la estructura en funcionamiento.

3. CAPACIDAD TRANSFORMADORA EN LA JERARQUÍA PREESTABLECIDA.

            3.1.
Antes hemos hablado del poder subordinador de preposiciones y conjunciones, aunque también lo tiene superordinador. En general, se le podría llamar más bien un capacitador o transformador sintáctico, pues permite que categorías o sintagmas determinados funcionen de una manera distinta  a la que les es propia.
En general, puede decirse que una determinada función sintáctica (hueco funcional) espera ser desempeñada por una o varias estructuras concretas. Si deseamos que otras lo hagan, necesitan capacitarse para ello, y lo hacen, casi siempre, mediante preposiciones y conjunciones. Así, si yo quiero que una oración simple sea sujeto de otra oración mayor, una de las posibilidades que tengo para conseguirlo es “sustantivarla” a través de una conjunción. Se ha subordinado y se ha sustantivado, y funciona como un SN, en este caso de Sujeto. Eso es lo que hace la conjunción. Del mismo modo, puedo “adjetivar” un SN e introducirlo así en otro como Adyacente (con excepción de las aposiciones, siempre tan especiales), pues en principio esperamos que el hueco funcional de adyacente sea ocupado por un SAdj.
La jerarquía por todos conocida es la siguiente:

Oración> SN > SAdj > SAdv
Si una estructura funciona como otra que está a su derecha, se ha subordinado; mientras que si se mueve a la izquierda (menos habitual), se ha superordinado. Las estructuras que se esperan de forma propia dependen de cada función. Un Sujeto espera un SN; un Predicado exige un SV. Un CD obliga a la aparición de un SN, pero es forzosa la preposición a si se refiere a persona, para evitar equívocos con el Sujeto. Aquí, la preposición no ha subordinado ni superordinado, su aparición junto con un SN es una estructura esperada y exigida en función del significado del N del SN (persona); es una marca propia de CD. De hecho, preposición más sintagma es la única estructura posible para los CRég y los CAg, con preposición concreta: la marca de agente la proporciona por y menos frecuentemente de; la marca de CRég la exige cada verbo en particular (pensar en algo, soñar con alguien). También el CI exige la preposición a de forma obligatoria. En este caso, y en el del CD de persona, aún resulta más difícil aceptar una labor conectora de la preposición, al ser todo el conjunto sustituido por pronombres (lo, la, los, las, le, les, se, según el caso, por poner el ejemplo clásico de los pronombres personales). Por eso, al definir la preposición como elemento que une estructuras mayores, se dice que une palabras y sintagmas, porque se piensa especialmente en aquellas que introducen un Adyacente dentro de un SN.
La función de Adyacente de un SN tiene como estructura propia el SAdj. La preposición ante un SN u otro tipo de sintagma lo capacita para funcionar como Adyacente. De este razonamiento debe excluirse, y dejarlo para un estudio más pausado en otra ocasión, la Aposición, que de momento consideraremos excepción. Por tanto, en el caso de los Adyacentes, la preposición subordina (adjetiva) al SV con verbo en forma no personal y al SN, mientras que superordina al SAdv (¿Ese hombre de allí superordinado, pero Ese hombre de Valencia subordinado?). Esta cuestión entre paréntesis nos lleva a pensar en aquellos sustantivos que, por significar lugar, tiempo, modo o cantidad, pueden ser sustituidos por adverbios en lugar de por pronombres. Por eso, un CC espera un SAdv (Llegará mañana allí), pero al mismo tiempo le es propio el SN en el caso de los más básicos, especialmente los de tiempo (El otro día, esta mañana, …). También los de lugar, pero los verbos de movimiento (la noción de movimiento o de estatismo) exigirá, más por semántica que por otra cosa, la preposición correspondiente: venir de, llegar a, ir desde… hasta…, permanecer en, bajo, sobre, ...
De nuevo, al adentrarnos más en el CC, aparece el SPrep como única estructura propia, no transformadora o subordinante: CC como los de finalidad, compañía, instrumento, … reclaman formas que empiecen por preposición con exclusividad.
El Atributo es un caso especial. Va más allá de ser una especie de adyacente con un verbo copulativo en medio. Porque Atr puede ser cualquier tipo de sintagma: SAdj, sí (Él es alto), pero también SN (Él es Alfredo, él es camionero). En el caso de SPrep, se dice que, si indica lugar, el verbo ya no es copulativo (Él está en casa/Él está allí), pues se sustituye por adverbio y no por lo; si no, bien puede considerarse Ady con N de SN omitido (Él es de Marruecos/Él es (un hombre, un habitante) de Marruecos), pero este razonamiento entonces debería aplicarse también para el caso de SAdj (Él es marroquí/Él es (un hombre, un ciudadano) marroquí).

3.2.

Con las conjunciones subordinantes puede hacerse el mismo camino. Se trata de un morfema libre que capacita a una estructura para funcionar de forma impropia. No es el único procedimiento para subordinar oraciones. Otros elementos que funcionan dentro de la subordinada realizan esa función: adverbios y pronombres interrogativos y relativos, por ejemplo. Los verbos en forma no personal lo consiguen sin necesidad de ninguna marca especial, pero no siempre es posible su uso, seguramente por su incapacidad morfológica de expresar persona y número. En todo caso, véase como en estas otras dos formas de conseguir subordinadas aceptamos doble naturaleza funcional: los verbos en forma no personal funcionan como N del SV (como verbos) pero pueden subordinar porque son al tiempo otra cosa inferior al verbo (los infinitivos también son sustantivos; los participios, adjetivos; y los gerundios digamos que adverbios); en el caso de adverbios y pronombres relativos e interrogativos se ha dicho de ellos que funcionan de Suj, CD, CC, … dentro de la subordinada y, a la vez, son “nexos”. Incluso el determinante relativo cuyo subordina a toda la oración. La conjunción, por su parte, es mero y puro “nexo”, es decir, es mera marca subordinante, un morfema libre hemos dicho. Tampoco, entonces, si lo hemos hecho con los otros dos casos, habría inconveniente en considerar una estructura o superestructura (el Sintagma Conjuncional), que se caracteriza por comenzar con una conjunción, y que, como las preposiciones, aporta matiz semántico; dicha conjunción capacita a toda una oración para funcionar dentro de otra mayor, asumiendo alguna de sus funciones.
El famoso impedimento de la aplicación del SConj venía, especialmente, de las conjunciones coordinantes. Estas, desde luego, son a nuestro parecer las únicas que realmente cumplen una función de juntura. Y no son nada exocéntricas; al contrario, se sitúan en el centro de macroestructuras (Oraciones Complejas Coordinadas, Sintagmas Nominales con más de un núcleo –o SSNN unidos formando un súperSN-, …), pues unen todos sus elementos: Juan, María y Alfredo es lo mismo que con polisíndeton Juan y María y Alfredo. En Los chicos llegaron, se arreglaron y se fueron, una secuencia de tres oraciones simples que no pueden cambiarse de orden, tal vez nos falle eso de que la conjunción está en el centro; también es verdad que podemos prescindir de ella (yuxtaposición). Pero, en general, yo sí la observo uniendo elementos, y hacia dentro, no hacia fuera, como el cemento entre los ladrillos: Vienes a la fiesta o te quedas estudiando o directamente vas a dormir:


Vienes a la fiesta
                                                     
                                                           O
     Te quedas estudiando                                Directamente vas a dormir.


            Por lo tanto, no creemos que las conjunciones coordinantes sean de la misma naturaleza que las subordinantes. Estas, en paralelo con las preposiciones, tienen una clara función traspositora, capacitadora (“subordinante”, si se quiere), y añaden matiz semántico, actuando como morfemas libres en una estructura unitaria (sintagma o macrosintagma o supersintagma o lo que se quiera). Por su parte, y grosso modo, las conjunciones coordinantes tienen una clara función de conexión o unión de elementos para formar una unidad mayor. De ahí que se diga que unen al mismo nivel, que unen elementos interdependientes, es decir, no introducen una estructura en otra (no trasponen, o consiguen que una estructura funcione de manera impropia). También incorporan matiz semántico. Esto, no obstante, hay que revisarlo. El –QVE latino aún proyecta una sombra.

4. CONCLUSIONES.

4.1.

Como breve “estudio” o análisis morfosintáctico, este escrito no es más que un conjunto de pensamientos personales plasmados a vuelapluma, un mero borrador de ideas. Quién sabe, a lo mejor el mes que viene me desdigo de todo. Aunque no lo creo. Falta completar, ejemplificar más (y no sólo acudiendo a mi competencia lingüística), desarrollar bastantes brechas abiertas y rectificar lo que sea necesario, para que se convierta en un auténtico artículo. Tengo que volver a sumergirme en bibliografía, cosa no fácil habida cuenta de mis ocupaciones y disponibilidad de tiempo, e incorporar las apoyaturas bibliográficas, siquiera para que se me tome mínimamente en serio, al modo del amigo de Cervantes e incluso de otra manera.  En todo caso, tampoco creo que estén mal tiradas mis reflexiones; hay cierta plausibilidad en ellas, y al menos demuestro, como tantos otros, la existencia de diferentes puntos de vista que se pueden adoptar a la hora de realizar razonamientos morfosintácticos. La morfosintaxis, por el hecho de describir unidades aparentemente estables, ha aparecido casi siempre como una disciplina segura y fija, y eso no es cierto.

4.2.

            En el día a día de un profesor de secundaria, y un nivel más didáctico, … ¡por supuesto que ni se me ocurre llevar al aula estas reflexiones! No al menos por ahora. Pero, entonces, hay que decidir a qué carta quedarse.
            Lo expuesto aquí puede tener dos valoraciones. Una, positiva, aceptarla como una forma de validar las dos opciones anteriores: al reconocer la preposición como morfema dentro de una estructura, respaldamos la noción de SPrep, pero sin ser exocéntrico, luego el concepto E o Nx+SN cobra también sentido (es una estructura o macroestructura, sin nombre, porque no se le llama “sintagma”), aunque el término “enlace” y el término “nexo” pierden significación semántica (no enlazan). La valoración negativa es tomarnos los argumentos anteriores como manera de desechar o invalidar las dos formas de análisis tradicional. En todo caso, considerar el SPrep, e incluso el SConj, tampoco es tan descabellado, si aceptamos “sintagma” como estructura, no necesariamente con un núcleo.
            La definición de “sintagma” como ‘conjunto de palabras en torno a un núcleo que cumple una función dentro de la oración’ es más que revisable. Lo de “conjunto de palabras” trae de cabeza a los alumnos de 1º y 2º de ESO cuando se les dice que hay sintagmas con una sola palabra, el núcleo; no todos entienden que una unidad pueda ser también un conjunto. Lo de que tengan núcleo en torno al cual giran las demás obliga, o bien a inventarnos otra palabra para la estructura Prep+Sintagama X (e incluso ConjSub+Oración Simple Subord.), o bien a admitir estructuras sin nombre, o a permitir palabras sueltas en un hipotética función conectora, pero entonces, y por coherencia, deberían desterrarse conceptos como el de morfema libre, entre otros. Y, por otro lado, lo de que cumplen una función dentro de la oración da dos problemas muy evidentes: el primero, que los sintagmas no tienen por qué cumplir una función dentro de una oración, pues por sí solos se pueden constituir en enunciados independientes, salvo que nos empeñemos en ver los fantasmas de los verbos omitidos por todos lados (y ya, de paso, mandar al garete la pragmática lingüística y el texto como unidad mayor); y, el segundo gran problema, si no aceptamos la existencia del SPrep, es que es la estructura Prep+SN (o Prep+Sintagma X) la que cumple, en bloque, la función de CAg, CRég, Ady, Atr, CD de persona, CI, … Dio un regalo a Juan no es lo mismo que Dio un regalo Juan, y es todo el conjunto a Juan lo que funciona de CI, y por eso todo ese conjunto es sustituible por le, y no solo Juan. Hablo desde un punto de vista morfosintáctico. Semánticamente, ya sé que es Juan el que recibe el regalo, pero es la preposición a, junto al nombre propio, lo que se constituye en CI, lo que se sustituye por le. Esto ya se ha discutido con anterioridad.
            No necesito convencerme ni de la existencia ni de la inexistencia del SPrep para explicarlo o no explicarlo; tampoco importa nada si las preposiciones enlazan o no para llamarlas enlaces o nexos en un análisis sintáctico. Son constructos teóricos plausibles para comprender el funcionamiento sintáctico de las oraciones y los textos, cuanto más en adolescentes alumnos de secundaria. NIHIL OBSTAT, por mi parte. Y con esto no soy ecléctico, soy pragmático.