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miércoles, 23 de mayo de 2012

A vueltas de nuevo con la Religión y la Educación

DE LAS TRADICIONES CULTURALES Y LOS CENTROS EDUCATIVOS PÚBLICOS
José Alfonso Bolaños Luque
PUNTO UNO.
EL DERECHO A LA ABSTENCIÓN POR MOTIVOS DE CONCIENCIA, O LA LECTURA NEGATIVA.

La abstención a participar por motivos de conciencia en actos de cariz religioso, e incluso a estar presente, es un derecho ampliamente consolidado en nuestra democracia. Sucede en todas las instituciones, incluido el Ejército: un soldado español que profese una religión distinta de la católica no puede ser obligado a rendirle honores a una Virgen o estar presente en una misa. [El tema punzante es que el Ejército, como tal, lo sigue haciendo.]
            Por consiguiente, no de facto, sino de ley, cualquier miembro de una comunidad educativa tiene derecho a la no participación, activa o pasiva, en actos de este tipo, por más que estén aprobados en Proyectos de Centro por un Consejo Escolar. Esto no sólo incluye al profesorado, sino asimismo, y especialmente, a los alumnos, y padres y madres, y también al personal  no docente.  Pero asimismo incluso los profesores, que en el contexto escolar no son meros trabajadores sin más, sino que tienen derecho a participar en la vida del Centro, como así se promociona en diversa normativa, y sentirse parte integrante y participante de él.
Es cierto que, de otro lado, en las leyes educativas se promociona la tradición cultural. Junto a ella, también la ley promociona otros muchos aspectos importantes para el desarrollo intelectual y afectivo del alumno, pero parece que, en los últimos tiempos en Andalucía, esto de la tradición cultural se está usando para hacer prevalecer o que predomine en la Escuela determinadas manifestaciones religiosas que adquieren una legitimidad institucional desmesurada. Pero, no se nos olvide, también las leyes educativas hacen hincapié muy especial, y de forma más incisiva, en la atención individualizada al desarrollo integral del alumno, la libertad de conciencia, la multiculturalidad, la atención a la diversidad, la lucha contra la discriminación, el derecho de los padres y alumnos a ser educados en las convicciones religiosas y morales que ellos decidan, etc. Y, en todo caso, leyes más generales que las educativas, amparan estos derechos individuales y colectivos. 
Así que, la tolerancia por parte de un Centro Escolar a la abstención de todo sujeto que pertenezca a la Comunidad que compone dicho Centro es un deber, y su ejercicio por parte del individuo un derecho, que no puede ser conculcado ni obstaculizado ni ridiculizado ni ninguneado por decisiones de un Consejo Escolar.

PUNTO DOS.
LA ESCUELA INCLUSIVA, O LA LECTURA POSITIVA Y CRÍTICA.

            La reflexión debe llegar al ámbito puramente educativo, pedagógico. Las leyes no están para hacerse uno de su capa un sayo, y cuando digo uno me refiero a un Director, un Claustro, un Consejo Escolar o un pueblo. Sin duda, el mal uso consentido (no diré alentado) de conceptos en principio tan positivos como la autonomía de los centros, la contextualización de la Escuela o la promoción de valores culturales de una región o localidad puede ser el coladero o agarradero para este tipo de prácticas. La ambigüedad de la Administración (creamos que es ambigüedad) puede llevar a errores como la simple tolerancia de los alumnos de otras creencias bajo la presidencia para la totalidad del Centro de símbolos de una religión: las famosas polémicas sobre los crucifijos en el aula pública, que llevan al enfrentamiento entre padres bajo la mirada de las autoridades públicas que optan por el laisser faire de cada Centro, que tiene su mini-legislación propia y que votará en sus mini-Congresos de Diputados asuntos que en principio deberían estar regidos por normas generales concretas para todo Centro. Esperaríamos otra cosa con una mirada al espíritu de las leyes,  que se fomentase activamente que las Escuelas sean espacios que acojan a todos sin ambages, sin exclusiones, … Una escuela inclusiva, no meramente tolerante.
            El todo no es la suma de las partes. Son todas sus partes, sin exclusión, y algo más. No es la mayoría con respeto a las minorías. Los alumnos procedentes de minorías que acuden a la Escuela Pública acuden a una escuela que es tan suya como de los demás.
Un espacio acogedor e inclusivo así puede fomentar, por supuesto,  el valor cultural de la tradición del pueblo o región, si así se viera conveniente, pero desde un enfoque educativo, y no de promotor de la tradición tal cual. Todo su alumnado podría conocer e interesarse por ella, desde un discurso educativo, explicativo e inclusivo, valorar su existencia tradicional local y admirar sus añadidos culturales y estéticos. Esto no tiene absolutamente nada que ver con que un Centro Público, como tal, fomente activamente una tradición religiosa y se adscriba a ella, en nombre de todos.
            Pondré ejemplos. Uno no tendría inconveniente en que todo el alumnado de un Centro conociera la cultura musulmana. Que un alumno, o un conjunto de ellos, hiciera un trabajo mural exponiéndole a todos qué es y qué significa el Ramadán explica una tradición cultural de índole religiosa que nuestros alumnos, todos, podrían conocer desde este enfoque educativo, expositivo, cultural. Un enfoque apologético, argumentativo, propagandístico, ya no sería admitido: que el Imán de una mezquita diera un sermón islámico a todo el Centro es un imposible en nuestro país, una situación que no tiene cabida en un Centro Escolar Público; en todo caso, sí una invitación a la citada mezquita a los que voluntariamente quisieran acudir (y esto ya provocaría tensiones en un  Centro español).
            Al contrario igual. Como padre, yo no tengo ningún inconveniente en que la Escuela le enseñe a mi hija que la tradición de la mayoría de los habitantes de la región de donde ella es y habita es tal o cual, que se hace así y así, en tal fecha, etc. Esto es cultura y contextualización. Pero que la Escuela como tal rinda honores a una Hermandad, participando como sujeto activo en un acto común de contenido no educativo, sino religioso, tolerando, eso sí, la abstención de mi hija, es excluirla, no enseñarle a valorar una cultura. Si yo propusiera  que el alumnado de un Centro conozca en qué creen y qué hacen los cristianos evangélicos, esa olvidada minoría que tan de cabeza traía a Franco, y que está aquí desde hace más tiempo que el que mucha gente piensa (porque no sabe, ¡qué mala es la ignorancia!, aún parecemos algo así como extrarrestres, sobrantes o ilegítimos, o se nos mira con cierta penilla) estaría promocionando el conocimiento de una realidad religiosa en España, la tolerancia, el respeto a pensamientos distintos, e incluso la cultura andaluza, si hablamos, por ejemplo, de la Biblia del Oso. Cosa distinta a que se traiga a un predicador para que dé un sermón evangelístico como actividad general del Centro, eso sí, permitiendo de facto la abstención de conciencia.
            ¿Por qué esto, tan facilito de entender, no se entiende? Que todo lo que haga una escuela, además de legal, debe ser escolar, y para todos, al menos en principio. Incluso la tradición cultural. Que la tradición cultural de un pueblo (¡sobre todo andaluz!) se promociona ella solita como tal, y no es necesario que la Escuela se extralimite y funcione como otra cosa, y provoque sentimientos de extrañeza siquiera a un solo alumno, no porque promocione una tradición, sino por su forma de hacerlo.
            Sin embargo, las cosas a día de hoy siguen igual. Te hablan a boca llena de Escuela Inclusiva, Competencias Básicas, etc., etc., argumentando muy bien que es lo que hay que hacer, pero luego queda todo en manos de un Plan de Centro y de la disposición de un puñado de profesionales voluntarios. Pero, ¡cuidado!, para matricular a mi hijo en una Escuela u otra no me dejan elegir el Plan de Centro que se adecue a mis intereses (si es que existe), mi hijo quedará en manos del tal o cual director, de tal o cual Consejo Escolar, confiando en que se respetarán letra y espíritu de derechos muy básicos. Porque si no se respetan, o se interpretan de aquella manera, o se consienten de tal otra, lo que te queda es un pataleo que te señala a ti y a tu hijo en el pueblo, si tienes ganas o narices de patalear, o como mucho un proceso judicial incierto que probablemente no lleve a nada, o ajo y agua, pero, eso sí, atención individualizada, desarrollo integral de la persona, bla, bla, bla.
            Se llevan las manos a la cabeza por ciento y una mil chorradas de turno, y este tema, en el que no se quieren meter, se torea, o bien trivializándolo (¡Qué más da! Si es un acto muy bonito, no pasa nada…), o bien insertándolo, como si los demás fuéramos idiotas, bajo marbetes de conveniencia, como el de manifestación cultural, que en Andalucía incluye las peleas de gallos, entre otras muy ilustradas actividades. Un tema “mayor”, por cuanto afecta a derechos fundamentales, a sensibilidades y a conciencias, tratado como “menor” y dejado en manos de pequeñas autoridades. Se despoja de contenido el vaso (la religión, ahí es nada) y… ¡mira qué vaso más bonito! (Pero luego sí hay líquido dentro, que algunos tragarán; o bien otra situación de encendimiento popular: "si no les gusta, que se vayan", como si esto no fuera en realidad también nuestro). 
            O al contrario, que es peor, se le dota de más valor del que tiene. Ejemplo: IES Los Álamos, en Bormujos. Tras largos párrafos, en su página web, acerca de su Plan de Centro, sobre que la atención a la individualidad del alumno es una prioridad, de repente concluye que El patrimonio cultural proporciona claves definitorias de nuestra identidad como pueblo. Su conservación y defensa nos compromete a todos y la integración social de nuestros jóvenes está estrechamente ligada a la iniciación en estas tradiciones. ¡Toma teoría social para todos! Perdón, yo he sido joven, me he integrado socialmente sin problemas y no he necesitado que nadie, y menos la Escuela, me inicie en estas tradiciones. Perdón, pero tengo derecho a tener las ideas religiosas que quiera, o a no tenerlas, a seguir o no seguir una tradición cultural, y también a integrarme socialmente. Y, en todo caso, ¿cómo que un Instituto Público de Secundaria va a iniciar a nadie en una tradición cultural? Una cosa es mostrarla, valorarla. Otra cosa es iniciar a sus alumnos en ella, ¡y como una necesidad para su desarrollo como persona! Y esto se publica en una página web oficial, y, lo que es peor, se estará llevando a cabo teniendo esta justificación.

martes, 20 de marzo de 2012

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (III)

LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
EL CONCEPTO: SI TÚ ME TOLERAS, SOPORTAS QUE ESTÉ PRESENTE; SI TÚ ME INCLUYES, ME HACES FORMAR PARTE INTEGRANTE.
Nota previa
            Sé lo que significa “escuela inclusiva” como término pedagógico, y probablemente me aproxime a este tecnicismo al volcar aquí mis reflexiones y opiniones. Sin embargo, si bien mi uso del término procede de haberlo escuchado en cursos y en boca de especialistas, realmente lo utilizo como marbete de lo que entiendo que debería ser la escuela pública en lo que a cuestiones religiosas se refiere. En principio había pensado en hablar de “escuela neutra”, pero el adjetivo neutro tiene connotaciones negativas; “escuela laica” tengo que rechazarlo por varios motivos, a saber:
a)    Evoca rápidamente un agrio y permanente polémico debate que no es exactamente el mío, aunque se toque en algunos puntos. Parece enfrentar católicos a no católicos, creyentes a ateos.
b)    Está connotado negativamente, incluso a nivel político.
c)    Podría llevar a considerarse “laico” no como “no religioso”, sino como “antirreligioso”.
d)    Existen acepciones para laicismo que, aplicadas a la escuela y la sociedad en general, suponen adoptar unos valores muy específicos, algunos de los cuales no cuentan con mi respaldo.
Usaré, pues, “escuela inclusiva”. Lo hago porque me gusta la etimología, lo que implica el adjetivo “inclusivo”. No tengo la culpa de que las teorías pedagógicas estén permanentemente aprovechando de forma incesante el vocabulario común y transformándolo en técnico: me gusta inclusiva, como me gusta integradora, etc. De todos modos, sospecho que voy en la línea del especialista “escuela inclusiva”, y me comprometo a revisar mis notas y rastrear por páginas web, cuando disponga de tiempo, para valorar la adscripción de mis pensamientos a los conceptos de estas teorías, utilizando, entonces, si fuera menester, su terminología o, al contrario, desterrándola de mi escrito si no hay coincidencia, para evitar equívocos.
Curiosamente, no soy el único en opinar que estas “teorías” modernas (que luego resulta que no lo son tanto) pecan de ser demasiado “políticamente correctas”, lo que les resta fuerza, sensación de profundidad. A mí, de todos modos, no me parece mal lo políticamente correcto en la escuela, a fin de cuentas tenemos que convivir todos y estos enfoques pedagógicos suelen constituirse en modos, en técnicas, aunque algunos implican desterrar determinada cosmovisión asentada y, por tanto, queriendo o sin querer, entran un poco en conflicto con su inicial corrección política. Lo que sucede es que la cuestión “religiosa” no aparece, salvo para hacer referencia al aspecto cultural-social de esta, especialmente en lo que hace a los inmigrantes magrebíes. Pero el tema se aparca, no se menciona, como si no existiera. Hablan de gustos del alumno, de su situación familiar y económica, de integración prácticamente a todos los niveles, excepto en este. Ya hemos hablado en la entrada anterior acerca de la trivialización de este asunto; no me extiendo más.
Un nuevo ejemplo tomado de mi experiencia en el Colegio y más allá.         

Ya he mencionado mi Colegio (público) antes, aunque no su nombre. Ahora tampoco voy a hacerlo, porque en el fondo da igual cómo se llame: lo que cuento que pasaba allí pasaba en la mayoría de los colegios de la España de los años 80. En clase se rezaba el Padre Nuestro y el Ave María (uno al principio de cada jornada y otro al final, no recuerdo en qué orden). Esto sucedía, al menos, mientras yo cursaba 1º, 2º y 3º EGB (de 1982 a 1984, más o menos). La solución, en democracia ya, fue la tolerancia, no la inclusión: se me consentía que me levantase pero no abriese los labios. Bueno, si me hubiera quedado sentado también me lo habrían consentido; yo me levantaba por consejo de mis propios padres, que verían esa opción como la más correcta; imagino que un poco por respeto a la maestra y mis compañeros, pero seguramente, y sobre todo, porque no querrían que su hijo se destacase y estuviera en boca de los demás innecesariamente. A mí lo que siempre me ha molestado no es que me obliguen a participar (de hecho, nunca me han obligado, siempre me han tolerado), lo que me molesta es que los demás tengan que hacerlo, el mismo hecho de la existencia de este tipo de actos. ¿Por qué, si los demás son católicos, siquiera nominalmente? Por lo mismo que lo de los crucifijos, porque se fomenta un símbolo, un acto, de una religión en la escuela pública como si fuera consustancial a ella, ahora bien, permitiendo, concediendo, la no participación del que no quiera.
Incluso si sabemos que todos los alumnos son católicos, lo vería mal. Tú, si eres católico, verías mal que un colegio público de tu país hiciera suyas tradiciones de otra religión (musulmana, por ejemplo) o símbolos políticos (que se cantase la internacional, por poner otro ejemplo). ¡Es una Escuela Pública! Y por más que te explicase que todos los alumnos son musulmanes o comunistas lo seguirías sin comprender. ¡Sigue siendo una Escuela Pública!
Es eso lo que veo. Que lo NORMAL sea el catolicismo socio-escolar; pero, por supuesto, admitiendo, integrando a los demás. O sea, yo mando a mi hija al colegio público, en el que creo, y, dado que no soy católico, parecerá siempre como que ella está de más. Tengo todas las garantías de auténtica exquisitez por parte del colegio en el respeto de las creencias religiosas que su familia quiere transmitirle. Pero, de un lado, esta le tendrá que estar siempre explicando que en España y el cole la mayoría es de tradición católica, que cuando vea o escuche tal cosa debe interpretarla o tomarla así o asao, pero que tal cosita no debe expresarla ella para no causar extrañeza o molestar o herir a los otros, hasta que sea lo suficientemente mayor para entender que, sin querer, los demás, a veces, sí le hacen daño a ella, al dar por “normal” lo que de ninguna manera entendemos por normal; y que lo hagan los demás, y sin querer, es lógico, nihil obstat, pero que lo haga la Escuela, y queriendo, tiene narices. De otro lado, y derivado de esto último, el sentimiento de extrañeza que la propia institución escolar le va a transmitir, que no sé aún si será mucha o poca, siempre estará ahí.
Otra excusa curiosa, aparte de las mencionadas de la tradición y la trivialización, son los propios padres y sus asociaciones. Lo siento mucho, pero si la Administración debe oponerse a padres y pueblos enteros, tendrá que hacerlo, y sin esperar a que “suceda” que aparezca por el colegio un “raro”. Debe hacerlo per se. No es cuestión de un Consejo Escolar o una AMPA que en pleno patio de un colegio público se erija en alto una estatua de la Virgen del Rocío, pongamos por caso, porque entonces el colegio como tal le rinde honores (si no, ¿qué hace ahí?). La Escuela, cada colegio e instituto, no debe arrodillarse ante ninguna ideología, si bien debe respetarlas todas, a excepción de las demostradas perniciosas. Si una Virgen, o un Buda, o una Media Luna Islámica, preside un patio, eso no es ni trivial ni baladí, por mucho que esté promocionado, impulsado, apoyado o financiado por los propios padres o el pueblo. La Escuela debe trascender esto. El pueblo tiene parroquias, plazas, calles (¡esto también…!); la Escuela no es tan suya, aunque es deseable que participe en ella. El contexto y la tradición cultural son meras excusas baratas para no meterse en líos con fuerzas fácticas o un respaldo no abiertamente declarado, una de dos.
¡Es la Administración, y de oficio, la que debe parar estas iniciativas de antemano! Y no esperar a que proteste, y proteste, y proteste un padre, señalando así a sus hijos, marcándolos a ellos y a sí mismo como el que trae un problema, como el raro, como el que quiere fastidiarnos. O que se calle y se entristezca, porque dé por perdida esa batalla, admitiéndose entonces a sí mismo como español de segunda categoría.
Luego se nos llena la boca hablando de entornos plurales y otras historias similares. ¡Genial! ¡Venga! ¡Vamos a hacerlo! Tú misma, Admón. Educativa, sabes que es lo mejor, cuando lo pones en práctica funciona, tiene respaldo científico-pedagógico y el ejemplo de otros países. Pero no soslayes la religión. No tapes. Atrévete ya. No hieres a nadie; tu conciencia ha de estar tranquila. Pero cuanto más tiempo de democracia pase sin que le metas mano a esto, más raro va a parecer y más difícil va a ser.

Escuela inclusiva aunque nada haya que incluir

            Se desea una escuela inclusiva. Inclusiva per se, en todos los temas. Y preparada para serlo en todo momento.
            Ya debe terminar la era de la escuela meramente tolerante. De facto católica pero que, en el caso que vengas tú, el minoritario, el raro, el otro, te aceptamos, te respetamos y te hacemos, como podamos, un hueco. Esto, claro, es mejor que la Escuela franquista, fue un gran avance en su momento. Pero ya está desfasado. Ya es viejo; se está volviendo cada vez más injusto. Yo quiero que mis hijos estén incluidos a todo nivel, no sólo a nivel legal y formal. Quiero que se relacionen, y jueguen, y se alegren, y se enfaden, y compartan, y discutan, de igual a igual con todos sus compañeros. Igual que yo quiero enseñar Lengua, y Literatura, y valores, a cualquiera que sea mi alumno, y cualesquiera sean sus creencias, o las de su familia, sin presuponer ni dar por hecho cuáles hayan de ser. Aunque pudiera, no me iría a impartir docencia a un Colegio Evangélico, salvo por necesidad. Quiero estar en la pública, con mi gente en amplio sentido, con mis compatriotas de todo tipo y color. Quiero recibir y que me reciban. Quiero, como docente, crear entornos cómodos para todos e inclusivos, incluido yo mismo. Quiero que hagan eso con mis hijos (ahora, con mi hija, no tengo más vástagos de momento).
            Quiero que se enteren por sí mismos, en su relación y diálogo con sus compañeros, y en lo que verán con sus ojos, que la mayoría de los españoles es de cultura católica, y que la suya es otra, y que vean esto como algo normal sin que vaya más allá. Pero no quiero que sientan, como yo sí he sentido, que la escuela a la que ellos van es culturalmente católica, que no es suya al 100%. Quiero que destaquen como procedentes de una familia cristiana evangélica, igual que los demás destacan por otras cosas, pero que no se dé una disonancia entre ese destacarse así (porque lo es) y lo que la Escuela, como institución educativa, marca como “normal”, explícita o implícitamente.
            No sólo lo quiero: lo reclamo. Es justo, sensato y coherente con la tan ansiada Escuela Inclusiva.

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (II)


LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
LA TRIVIALIZACIÓN DE UN TEMA PROFUNDO: ¿EDUCACIÓN EN VALORES?
Sin miedos ya, por favor.
No sé por qué hay miedo a hablar de estos temas hoy en día, días que se suponen de mayor libertad y afianzamiento democrático. Mencionar “escuela” junto con “religión” lleva como la pólvora a personas encendidas por una opción u otra que al final no entran a considerar al alumno como persona, integrante de la sociedad, de una familia, algunas veces con sus creencias (las que sean) muy arraigadas y otras veces sin saber cuáles son las suyas realmente o si necesita buscarlas. Generalmente hay alguien, siempre más de uno, que reclama no entrar en estas valoraciones para no herir susceptibilidades, para no entrar en polémica; mejor no hablar. Y lo peor: este espíritu ya se encuentra, si no lo ha estado siempre, en la propia Administración. Todos estamos optando por no hablar del tema, exactamente igual como, hoy por hoy, sigue estando complicadillo el tema de la Guerra Civil. Son temas que creemos que rápidamente nos van a polarizar en unos contra otros, y por lo tanto mejor es correr el tupido velo. Pero si hay tema, hay tema, y mirar a otro lado no suele resolver problemas. Lo siento: atender a todos, contentar a todos, es difícil si no imposible (¡que nos lo digan a los profesores!), pero eso no significa que no tengamos que trabajar en estas  cuestiones.
Para mí, de todos modos, es lógica esa amarga polarización y su consecuente griterío; lo era, y mucho, en los años 80; se entiende menos ahora, hasta que te das cuenta de que en el fondo el siglo XXI en España no es tan moderno a nivel de pensamiento, de razonamiento, de cuestionamientos. El tema de la asignatura de Religión en la Escuela Pública no es el que estoy abordando ahora, aunque me gustaría ver a aquellos que tan vehementes son por su mantenimiento en contra de los que quieren una Escuela Laica si en algún Centro público de España los alumnos de la asignatura Religión Islámica o Religión Evangélica o Religión Judía tuvieran un amplio número de alumnos en ESO y Bachillerato, qué harían los padres que así opinen. Ya hemos visto reacciones de barriadas enteras cuando se enteran de que van a poner una mezquita allí. No hay más que escuchar las protestas de muchos viandantes de la c/ Castilla en Sevilla cuando los evangélicos de la iglesia que hay allí terminan su reunión de los domingos y se ponen a charlar en la puerta, frente a la cual alguien ha tenido la genial idea de colocar una marquesina de Tussam, provocando un tapón humano. Ya, ya estamos molestando. Ahora, que nadie diga nada si no puede llegar a su casa porque una hermandad está ensayando para una lejana Semana Santa. No creo que esos mismos viandantes protesten cuando se acumula gente a rabiar junto a la puerta de la cercana Iglesia de la O (que de todos modos tiene diáfana su salida cerca del callejón de la Inquisición). Bueno, pero ese no es mi tema. Aunque ahí creo que está la clave, en estas últimas consideraciones.
La Iglesia Católica de este país lleva muchos siglos invadiéndolo todo. No se restringe a la esfera de las creencias personales, sus cultos intra y extra templo y sus tradiciones de manifestación popular en las calles. Ha estado siempre en todo, por encima de todo en demasiados y prolongados momentos históricos. Y quiere seguir estándolo, o tal vez la Iglesia Católica no pero sí corrientes dentro de su feligresía. Aún estamos acostumbrados a su presencia en Instituciones, y la enseñanza, por muy pública que sea, es una de ellas. ¡Está hasta en la Jefatura del Estado (el Rey por fuerza ha de ser católico)!

La Administración trivializa.

            A este respecto, la Administración, como buena administración que es, lo que ha hecho ha sido mirar cómo se tiran de los pelos unos a otros, sin entrar en firme en el tema. En principio, opta por trivializar el tema.
            Cuando hice mis prácticas de Funcionario Docente en Mérida un inspector nos habló de varios Centros donde los padres se habían enzarzado en discusiones muy fuertes a cuento de que hubiera o desaparecieran de las aulas crucifijos que colgaban de las paredes. Para él, era un tema molesto, que generaba amargas situaciones. Y nos decía a nosotros, docentes: “¿Pero qué más da? ¿Es esto un tema importante en Educación? Lo importante son los valores, bla, bla. Nosotros no entramos ahí”. ¡Ah!, ¿los símbolos no son importantes? Entonces, daría igual si yo colocase una bandera soviética en mi aula, o nazi, o con la cara del Che, o la gay multicolor, o con el símbolo de la Watchtower, ¿no? ¿Qué más da? No vamos a pelearnos por eso. Y también daría igual que yo quitase los crucifijos del aula. Supuestamente, la Inspección Educativa Extremeña no entraría ahí. ¡Ay!, pues eso no me lo creo.
            Claro, da igual, pero los crucifijos siguen ahí.  En una clase de Religión, se entiende. En la hora de Lengua o Matemáticas, en una escuela pública, no. Una cruz en un aula de una escuela pública no es un adorno. Está ahí por algo, para significar algo, es un símbolo, con significado además de forma, que preside la sala. Si no fuera así, no existiría polémica, y el católico de verdad pediría él mismo que se quitasen (lo han despojado de significado e importancia; no creo que eso le guste a un creyente católico romano sincero). Esto no es motivo de indiferencia, sin duda que no. Una cruz en un aula está por algo. Esta respuesta administrativa me deja pasmado, siempre me sorprenderá. La polémica no queda resuelta ni siquiera a través de la Constitución, que declara el Estado aconfesional, pero no laico, y ese “aconfesional” ha dado pie a interpretaciones de todo tipo, incluso peregrinas. Pero, no nos engañemos, una cruz puesta por el mismo Centro en un aula, no es un tema nimio, y la Administración es la responsable de decidir si se queda o si se quita y justificar por qué sí o por qué no, y la justificación debe ser jurídica y políticamente correcta; no puede echar balones fuera y dejarlo en manos del Equipo Directivo o el Consejo Escolar de turno.
            La polémica, parece ser, suele molestar a la Administración, especialmente si trasciende a la prensa. Así que comprendo su querer “no meneallo”. Pero me parece inadmisible. Por evitar polémicas o trascendencia pública se han tomado actitudes que han podido favorecer situaciones terribles de parte de la Dirección de un Centro o de la propia Inspección o Delegación, como dejar con sensación de desamparo a alumnos y familias en caso de acoso escolar, ser indiferente o pasivo ante vejaciones a profesores, etc. Esto, menos mal, no en todos los Centros, y cada vez se ve menos, y en estos casos, creo, la obligación de la Administración es poner orden y sensatez, no mirar a otro lado y tratar que se sepa lo menos posible. Pues con el tema que trato pienso exactamente igual.
            Lo mismo que digo de los crucifijos digo de otras situaciones. El colegio donde yo hice EGB, en un pueblo importante de Cáceres, Navalmoral de la Mata (no una aldea), que recibió mucho forastero de muchos lugares de España para trabajar en la Central Nuclear de Almaraz (mi familia incluida), es decir, gente con estudios y de varia procedencia, pues bien, en ese Colegio se mantuvo la fotografía del General Franco presidiendo pasillos, aulas y despachos, por lo menos, que yo recuerde, hasta 1986 (yo cursaba 6º), y fue porque entró un nuevo director. No sé o no recuerdo por qué hubo un cambio de director, si porque ya tocaba, por motivos personales o porque a lo mejor la relación causa-efecto es al revés, y el antiguo director dimitió por estos detallitos, no lo sé. En el fondo me da igual. Lo que no comprendo es por qué la Inspección esperó hasta 1986, al menos, para forzar la retirada de la imagen del dictador, si es que realmente los inspectores la forzaron. Lo prescriptivo, según Ley, era la foto institucional del Rey, o de los Reyes; no recuerdo si tal vez colocaron juntas las dos fotos, Monarca junto a Tirano. Me imagino que la Inspección argumentaría igual entonces que ahora: da igual, qué más da, lo importante es que no haya polémica. A fin de cuentas, imágenes de Franco no se han retirado en según qué lugares hasta hace poco; a fin de cuentas, aún se conservan calles con nombres de Generales y afines al antiguo régimen, incluidos los sanguinarios; a fin de cuentas, Ejército y Guardia Civil siguen rindiendo pleitesía institucional a la Iglesia Católica en multitud de actos, con multitud de símbolos, ahora, eso sí, tolerando entre sus filas a los acatólicos y tolerando su libertad de conciencia. Permitiendo, aceptando, concediendo: faltaría más, estamos en democracia (nótese la ironía).
Pues no. Por más que ahora nos toleren, no podemos estar conformes. La sociedad no debería estar conforme, aunque la componga una mayoría católica. No tiene sentido; es herencia de un pasado que deberíamos querer desterrar de la vida diaria, no de la memoria o los libros de texto, no silenciarla, por supuesto, pero sí rechazar el efecto en la actualidad.
Tradiciones. Manifestaciones culturales. Cuando se ponen en marcha, ¿por qué no habrían de estar presentes las instituciones? Claro que sí. Hay una procesión de Semana Santa. ¿Voy a estar en contra de la presencia del alcalde, de la Guardia Civil, del Rey, …? ¡Claro que no! Y no sólo no me opongo a que estén a nivel personal, sino como representantes de lo que representan. Está muy bien. Pero si es, pongamos por caso, el alcalde como representante del Ayuntamiento, que vaya de invitado, a ver y honrar el acto, nada más. Para que luego honre al Sevilla o al Betis si ganan algo y no dé a entender que el Ayuntamiento es bético o sevillista; para que cuando honre un Premio Literario, una ONG, un congreso de protestantes españoles o la inauguración de una sinagoga lo pueda hacer de la misma manera: como Alcalde. Poco a poco estas cosas van cambiando, pero poco a poco. Intelectualmente cae por su propio peso, pero ahí está el agarradero, de un lado, de la trivialización, pero de otro, cuando interesa, de la etiqueta “manifestación cultural”.

Educación en valores

La Escuela debe educar en valores. ¡Bien! ¿Qué valores? Muy en boga están algunos, a veces, y por desgracia, también trivializados o entendidos como políticamente correctos, sin darnos cuenta del todo de su profundidad e importancia: igualdad entre hombres y mujeres, rechazo de la homofobia,  educación para la paz y la no violencia, educación en valores democráticos, … Pero a veces se nos olvidan otros. La necesidad espiritual del ser humano se ha olvidado. ¿Tal vez porque la Escuela no deba entrar ahí? En Psicología de la Personalidad está volviendo. El hombre se sigue haciendo las mismas preguntas trascendentes de siempre. Y si no se las hace, entonces malo. Porque estaría anestesiado.
No sólo hablaríamos de la espiritualidad del ser humano propiamente dicha (sus ansias de eternidad, por ejemplo, como diría Unamuno; su conciencia moral; el más allá de la muerte; si existe Dios; etc.). En este mismo sentido van los comentarios negativos acerca de la juventud de hoy día, que tiene de todo pero no es capaz de valorar lo realmente importante. No hay por qué ceñirse a lo estrictamente “espiritual”. Se echan de menos los debates en el aula. ¡Pero es que es muy difícil tenerlos! En mi época de estudiante era más fácil, y la mayoría de las veces surgían solos, por iniciativa de los alumnos, o incentivados por el profesor: temas políticos, de actualidad en España o el mundo (yo recuerdo en 1º de BUP que hablábamos de la 1ª Guerra del Golfo), temas morales (eutanasia, aborto, machismo, …, y no sólo en clase de Ética), ¡también temas religiosos!, … Si, por lo que fuera, un profesor se pasaba un poquito de rosca hacia un lado, eso no mermaba nuestra sensación de pluralidad y libertad de pensamiento: tan fácil, como que luego venía otro y se pasaba de rosca hacia el otro lado. Ahora no es tan sencillo. Los alumnos no le dan al coco (preocupa la justificación del maltrato de género por parte de las adolescentes y jóvenes universitarias de hoy, según encuestas recientes; parece un contrasentido, cabría esperar lo contrario, la sensación de dar pasos atrás es terrible). La tele tampoco ayuda; la lucha contra la simplificación general de temas debería ser una prioridad de la Escuela; es penosa la capacidad de argumentación de los alumnos de Bachillerato (hablo en general). Cabría hablar, en cierto modo, de desalfabetización. Esta perspectiva, de ser cierta, es peligrosa. A mí me da miedo.
El sistema, o la malinterpretación del sistema educativo, tampoco ayuda. Hemos de ser autocríticos. Los profesores. La administración y los políticos también. No va a ser todo culpa de los alumnos. No va a ser todo culpa de los profesores.
Lo que se calla, y lo que se consiente, también comunica. Los mensajes se transmiten también por omisión, como los pecados. Los actos escolares amparados en la tradición lo hacen, y educan en valores (el valor de la tradición). Aunque se tolere a los no participantes. Eso es permitir autoexcluirse. Eso, entonces, es una aberración en los términos en que la Escuela española quiere definirse a sí misma.


domingo, 18 de marzo de 2012

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (I)

LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
INTRODUCCIÓN: CONEXIÓN CON LA ENTRADA ANTERIOR.
Preámbulo de cariz personal
            No quiero inundar mi blog con reflexiones acerca de la escuela pública andaluza y española y las creencias íntimas religiosas del alumno, el profesor y las familias. Primero, porque cuando lo creé no era esa mi intención. Más que manojitos de mirra, estos escritos irían tomando un cariz cada vez más reivindicativo, y asimismo una extensión tal, que sería más propia de un artículo periodístico o pequeño ensayo, o diario de pensamientos, que de un blog que tendía, en principio, más hacia lo artístico (hacia un arte modesto aunque sincero). En segundo lugar, porque no tendría fin, no al menos, en mí, en mis pensamientos, y me tendría “ardiendo” en mi fuero interno muchas semanas mientras que muy poco en el de posibles lectores (de todos modos, también el amor es fuego, pero las combustiones internas desgastan mucho). Y si para algo estudio psicología es, entre otras cosas, para ser emocionalmente inteligente. Y, en tercer lugar, porque los frutos de la plasmación de estas reflexiones serían, o nulos, o contradictorios. ¿Tal vez para señalarme a mí como raro, o polémico? No lo sé. Y porque es una lucha al ralentí, y si alguna vez cae la breva será tarde y mal, como siempre en este país para estos temas. Lo que yo observo ahora es igual o peor que hace 20 años, cuando yo era alumno de 2º de BUP. Ya lo he comentado en la reflexión anterior. Por otro lado, me centro, claro, en la relación religión-escuela, pero no hay que ser muy avispado para darse cuenta de que lo que yo opino en el contexto escolar también lo opino para toda institución pública. Aunque, por lo que a mí respecta, el palillo que a mí me toca tocar, si me permiten la redundancia conceptista, es el de la educación.
            Sin embargo, al menos sí dejaré aquí este segundo llamémoslo artículo, o reflexión personal, que fragmentaré en tres entradas de blog; al fin y al cabo, soy cristiano evangélico, he sido alumno de la escuela pública como tal, y ahora trabajo para ella como tal; también soy educador vocacional (siempre, desde que tenía 14 años, he querido ser Profesor de Lengua y Literatura de Secundaria, y de un Instituto Público); por último, soy español y ciudadano de pleno derecho de este país, y por tanto, como al resto de mis compatriotas, este tema me concierne.
            Cuando trabajo, no me destaco como cristiano evangélico, faltaría más. Tampoco le pregunto a mis alumnos cuáles son sus creencias religiosas, o la de sus padres, aunque por supuesto ya sé que el 90% de ellos son de cultura o nominalmente católicos, y que de este porcentaje una gran mayoría vive las tradiciones de raigambre católica de sus localidades con una normalidad que les lleva a pensar que todos son o deben ser así. Por supuesto, también de ese porcentaje, aunque algo menos, tenemos alumnos y familias cuya fe católica va más allá de las exteriorizaciones festivas o meramente culturales, y se fundamenta en un verdadero interés moral y religioso por el cristianismo católico romano. Para todos, vaya mi respeto (y va, y no sólo de palabra).
            Cuando entro en el aula, y me pongo a trabajar con mis alumnos, yo soy un profesor que debe cumplir con su trabajo, y que quiere hacerlo con vocación e ilusión, que nunca he perdido desde que empecé. Sé cuál es la responsabilidad que tengo entre manos, cuál es la confianza que padres y alumnos depositan en mí, y sé, no sólo cuál es mi temario y los contenidos de Lengua y Literatura que debo trabajar, sino además los valores que tengo que fomentar, como el respeto, la democracia, la cultura de paz, la corresponsabilidad, etc. Y contemplo, incluso en los malos días, cada jornada un milagro, el milagro de enseñar y de aprender junto a un grupo de entre 18  y 38 personas (yo trabajo con personas). La mayoría de mis alumnos no sabe cuáles son mis convicciones en sentido religioso y político, como yo siempre he pensado que debía ser. De hecho, creo que no lo sabe ninguno de ellos.
            Tampoco es que me oculte. Si me preguntan, respondo. Lo hago con naturalidad. Ni con vergüenza ni con orgullo. Soy parte de la comunidad educativa, ahora mismo soy parte del IES Torre del Rey, y soy parte yo, tal como soy, en el contexto de que yo sí soy un profesional de la enseñanza y como tal he de comportarme. Puedo poner sobre la mesa (claro que sí), mi punto de vista, como otros tantos también hacen. Si una alumna de ESO  tiene que escuchar las risas de una profesora cuando afirma que Jesús nació de la Virgen María siendo ella virgen, sólo porque tal compañera no se cree esa historia, ¿por qué no podrá escucharme a mí mi opinión, especialmente si se me pide? Ahora bien, he dicho poner, no imponer. E incluso voy más allá: ellos son adolescentes, yo soy adulto y además probablemente un referente o modelo (positivo o negativo), no es justo un debate de igual a igual, lo sé. Incluso al opinar, en la escuela, lo debo hacer proporcional y responsablemente, porque mi objetivo es formar, dentro de mis posibilidades, al alumno, que aún no tiene del todo definida su personalidad. Cuando yo era alumno, también discutía con mis profesores, si ellos me lo permitían. Casi siempre me mostraron gran respeto. Me dejaban exponer, me replicaban pero moderando sus opiniones, no me hacían sentir mal. Fueron buenos profesionales. También los conocí malos a este respecto, pero fueron pocos y eran malos también en otros aspectos de su docencia.

Julia en la Onda

            Políticamente, me defino en mi perfil de Facebook de izquierdas sin radicalismos. Precisamente por eso, y sin dejar de serlo, escucho habitualmente Onda Cero. Es una paradoja, lo sé; pude escapar de la SER, que acabó saturándome de muchas cosas, como de determinadas teorías de vida que no comparto, y de la adscripción de esa cadena progresista a tradiciones que, en mi opinión, no pegan nada con las mencionadas “teorías”, especialmente cómo se arrima a la Iglesia Católica en cuestiones superficiales, y no tan superficiales, cuando le interesa, o su fomento de los toros.
            Las opiniones de esta otra cadena marcadamente de derechas, Onda Cero, no hacen mella en las mías. Sobre todo, me refiero a Herrera en la Onda y La Brújula; más bien las reafirman. Al menos, en ellos los comentarios y actitudes que escuchaba en la SER sí me parecen coherentes,  y me hacen pensar en lo que yo realmente creo. Sin embargo, Julia en la Onda está en otra (onda). De hecho, en alguna ocasión me han hecho revolverme por lo contrario de los programas anteriores. Me suele gustar, depende del día. Cada vez me gusta más.
            Voy a aprovechar dos comentarios, en dos emisiones de este programa de esta semana que acaba (o que acabó ayer, según se mire; el domingo es realmente el primer día, y no el último), para conectar o afianzar lo que expuse en la anterior entrada sobre Educación y Religión, y además para introducir en la siguiente, que ya va al grano sobre la Escuela Inclusiva.
            Creo que a mitad de semana (¿el miércoles?) dieron la noticia de que en la Comunidad Valenciana habían detenido a una serie de personas que, ilegalmente, organizaban peleas de gallo. Se recordó que las peleas de gallos son ilegales en nuestro país, excepto en dos comunidades: Canarias y… ¡Andalucía! Eso sí, con “garantías”, como, por ejemplo, que quedan prohibidas las apuestas y que se exige la presencia de un veterinario que acaba por no hacer nada porque, por lo general, uno o ambos gallos acaban muertos. ¿Y por qué es legal en estas dos comunidades? Porque se considera una tradición cultural.
Di un salto de la cama (es una hipérbole, hablo en metáfora, no di ningún salto). Digo, di un salto de la cama. ¡Qué casualidad, hombre, la frasecita-excusa de nuevo, de la que yo hablaba en mi entrada de blog! ¡Qué poco me gusta la palabra “tradición”, y eso que yo soy muy de formalidades y me encanta conocer el mundo antiguo (y más cuanto más antiguo)! Es una palabra muy tramposa, porque consigue lo contrario de lo que en principio pudiéramos entender que pretende. La tradición se presenta como un valor positivo, como conservadora de parte de la esencia de la cultura de los pueblos, pero acaba por preservar formalismos que dificultan o impiden la reflexión acerca del por qué, entre otras cosas, acaba defendiendo el envoltorio y va perdiendo poco a poco el contenido y el sentido. Yo no tiro contra todas las tradiciones. Ni digo, como otros, que impiden el progreso. No lo creo. Sólo digo que, cuando se erigen como el valor máximo, por encima de la libertad individual, la inteligencia, el pensamiento, o la escucha del corazón, se transforman en una excusa, en un pitido ensordecedor. Como argumento para defender la persistencia de una costumbre, la tradición no es más que una falacia, prima hermana del “porque sí” y del “porque lo digo yo”. Y esto es una pena, y muy especialmente en materia religiosa, en la sustancia de lo íntimo. Yo no quiero que te conviertas a mi religión. Como educador, como persona, lo que me escandaliza es que hagas cosas por inercia. Que el único motivo sea la tradición. La tradición está muy bien después, no antes. “Yo creo en Dios, y soy católico-romano convencido, y además, y por lo tanto, sigo estas tradiciones” me parece muy correcto y muy coherente (no hablo como cristiano, pues como tal me gustaría entonces debatir contigo con tranquilidad acerca del cristianismo; digo esto como persona que desea ahora manifestarse neutra). “Yo sigo tal tradición y la mantengo, a pesar de que no creo en Dios, o a pesar de que no me planteo el tema” chirría en cualquier oído mental medianamente abierto. Recuerdo, hace muchos años (yo hacía el COU, y se acercaba Selectividad) que dos compañeros de clase empezaron a trabar cierta amistad conmigo. Los dos eran amigos entre sí porque compartían una filosofía de vida: les encantaba el mundo cofrade. Sus carpetas estaban llenas de estampas de Vírgenes y Cristos (¡qué mal me suenan estos sustantivos en plural!), y dedicaban parte del día a visitar iglesias. Discutían acerca de pasos, …, en fin, lo que se conoce en Sevilla como “capillitas” (lo digo con cariño, y no despectivamente; me gusta respetar, quiero que me respeten). Una vez les pregunté: “Pero vosotros, ¿creéis en la Virgen, y cada talla es representación de la misma, o tenéis fe en la Virgen de Tal o Cuál y para vosotros son distintas?” Uno me respondió que, aunque a él le podía gustar más una talla que otra, o se sentía más afín a una Hermandad que a otra, en última instancia todas eran la representación de la Virgen María, y en ella creía. El otro afirmó rotundamente que él hacía distinción a todos los niveles: una era la Esperanza Macarena y la otra era la Esperanza de Triana, y nada tenían que ver una con otra. Se reafirmó varias veces en ello, por más que el otro le mirase con perplejidad. ¿Qué importa si se trata de un imposible teológico? Lo importante es la talla, no lo que representa; el significante literal, no el significante junto al significado. He ahí el efecto de la Contrarreforma en plenos años 90 del siglo XX, que golpeó desde sus inicios no sólo a protestantes (a las ideas protestantes y a las personas), sino a la misma fe católica cuando se intentaba poner en marcha en serio. No dio sólo a luteranos, también a erasmistas (¡ahora, tras siglos, empieza la institución católica a sacar valores erasmistas! Con relativo éxito, por cierto, es difícil luchar contra tu propia máquina). Estuvieron a punto de poner Biblias (¡otro plural molesto!) en manos del pueblo, de incentivar la sinceridad de un tema que, al final, es personal, y acabaron creando un ingenio espectacular para mantener al pueblo en unas creencias, con muy poca confianza en la capacidad del ser humano para elegir sabiamente. El proyecto de Arias Montano y otros (catolicísimos romanísmos) al traste… ¡Y pensar que Carlos I (o V) estuvo a un tris de dar la Biblia al pueblo! Pero la Biblia a los ojos de todos, casi siempre ha estado prohibida, luego censurada, y ahora cuesta apoyarse en ella.
Miguel de Cervantes, católico y erasmista, criticó en Rinconete y Cortadillo la falsedad de la apariencia religiosa. Aquí sí que fue barroco nuestro querido manco. Nos presenta el patio de Monipodio, delito tras delito, degradación moral tras degradación moral, y luego a estos mismos delincuentes que se esfuerzan por poner velitas a santos, manifestando una religiosidad llevada hasta las últimas consecuencias y tomada muy en serio por los del patio. ¡Qué antítesis, qué horror, qué sinsentido! Pero le creemos. Los cárteles mejicanos rezan a la Santa Muerte, muchos matan en nombre de Dios, con Dios en los labios, y se creen respetables y moralmente correctos, como la mafia. Pues ese es el lado oscuro de la palabra “tradición” y su enorme poder cuando se usa como argumento. ¿La queremos en la escuela?
Me reitero: no tiro contra la tradición, en general. Es un valor a posteriori, como el valor artístico de los monumentos. Así, ¡qué bien en los colegios y centros de enseñanza! Pero al revés es una incoherencia de gran magnitud. Cuando aparece como causa, y no como como efecto, es terrible. Ese “Como es tradición, …” no se puede consentir en una sociedad democrática, avanzada y culta como pretendemos ser. Y este comentario no debe tomarse como contraargumento hacia ninguna religión, creencia o ideología. Eso no es lo que digo. Al contrario, está en la base del cristianismo. Acuérdate de Jesús enfrentado a los fariseos, llamándolos hipócritas, aferrados a las tradiciones pero descuidando las necesidades espirituales y sociales del pueblo. Acuérdate de que los primeros cristianos renunciaron a tradiciones muy, muy arraigadas en su cultura greco-romana, y que sufrieron persecución por ello.
Una de las colaboradoras de JELO (Julia en la Onda) puso fin a la noticia que comentaban acerca de las peleas de gallos. Dijo algo así como: “Aquí, con la tradición, se puede llegar a admitir cualquier cosa”. No puedo estar más de acuerdo. Pero no sólo el maltrato animal. También las opciones de las personas. Por desgracia, también la libertad de pensamiento, también una verdadera escuela pública inclusiva en serio, y no de boquilla.
El viernes 16 de marzo debatieron sobre el anuncio publicitario que ha lanzado la Iglesia Católica y Romana para que haya más seminaristas, para fomentar la vocación religiosa de hombres para que lleguen a ser curas (en su sección El Gabinete; título: “La vida del sacerdote”). No sé quién lo criticó más ferozmente, si los ateos o los católicos que participaban en la tertulia. Yo creo que estos últimos. Uno de ellos (¿el único?), el general Monzón, muy católico, se nota que muy convencido, no estaba de acuerdo porque el anuncio se apoyaba, no en la vocación sincera, sino en que se ofrecía como salida laboral. Entiendo su crítica: no iba a lo profundo, intentaba captar en plan “guay”. Curioso, en ese debate yo estaba más próximo a él que al resto. Sin embargo, comentando del aspecto laboral del sacerdote, empezaron a recordar cómo en otra época no tan lejana la Iglesia se constituía en la única salida para muchas familias para que, al menos uno de sus hijos, pudiera tener acceso a la educación. Si te admiten en el Seminario, además de cubrir tus necesidades y salir del estado de miseria en el que nos encontramos, hijo, además vas a recibir educación. Luego, si quieres te quedas de cura y si no, te sales, pero con formación y, por tanto, con posibilidades. Llamaron a eso LABOR SOCIAL de la Iglesia, y lo ponderaron como algo bueno: en un estado de miseria general, la Iglesia daba esa oportunidad. A mí me entristeció, no sólo el comentario y la baja calidad de la reflexión (¿qué hace la Iglesia, y no el Estado, con capacidad para dar esas opciones?), sino sobre todo el parabién de los contertulios y el silencio de la presentadora. La situación que recordaban llevó mis pensamientos a la Edad Media y los Siglos de Oro. Entonces también la religión era la única salida económica y educativa para la mayoría. ¡Qué pena!
Cuando las tropas nacionales (nacional-católicas) se hacían con un pueblo, una de las primeras cosas que hacían era asesinar al maestro. Era explícito el objetivo de exterminar la Escuela Pública que la República había fomentado, con esos aires de libertad que tan poco gustaban al bando nacional (cf.  A. BEEVOR: La Guerra Civil española, Crítica, Barcelona, 2005, p. 136 y la nota 6 del cap. 8, en la p. 742, que reproduzco: “Este colectivo [el de los maestros] fue uno de los más castigados por la represión nacional. Varios cientos de maestros fueron asesinados en las primeras semanas: 20 en Huelva, 33 en Zaragoza, 50 en León… Véase Jesús Crespo, Purga de maestros en la guerra civil, Ámbito, Valladolid, 1987; F. Morente: “La represió sobre el magisteri” en Actes del IV Seminari sobre la República i la guerra civil, pp. 80 y ss.”  ). ¿Y lo que vino después se llama LABOR SOCIAL? Por otro lado, otro contertulio, ateo pero que defendió virtudes de los jesuitas (¿?), que acabó el Gabinete con un comentario irrespetuoso que molestó al general, hizo antes otro que yo sentí lastimoso. Una de las cosas que, según él, merman la vocación sacerdotal, aunque por encima de todo lo hacen los valores de los jóvenes de la sociedad actual, es que también muchos de ellos con inquietud por buscar a Dios se convierten al evangelismo (sic), adventistas, del Séptimo Sello “y la madre que los parió”. Más allá de lo vulgar del final del comentario, lo que a mí me molestó más fue el trasfondo de como si “esto, esto y esto y la madre que lo parió” fuera ilegítimo, extraño, raro, y este pensamiento, de nuevo, nos lleva a la identificación de España con el catolicismo. Si hay personas, y cada vez más, que llegan a una convicción personal que afecta, sobre todo, a sus propias vidas, como él mismo se ha hecho ateo, ¿qué problema tiene? ¿Sobramos, estamos de más? Desde el S. XIX existimos como minoría en este país; estábamos en el S. XVI, naciendo del mismo catolicismo, pero tuvimos que huir de la Inquisición o sufrirla. También hubo erasmistas y variantes a lo largo de la Historia de España, a pesar de presiones insoportables, por los que debo mostrar mis simpatías. Él mostraba las suyas por (¡atención a los polos opuestos!) San Francisco de Asís, por lo que tenía de vocacional y sincero este religioso, y también, en cierto modo, por los jesuitas, que marcaron un tanto su biografía (la compañía de Jesús, recordemos, nacida para combatir el protestantismo y cortadora de alas en general como motor de su existencia). Para acabar diciendo que la falta de interés de los jóvenes católicos españoles por sus propias creencias les iba a hacer un favor, un gran bien: que iban a dejar de ser católicos. Lo que, lógicamente, molestó al general.

domingo, 11 de marzo de 2012

EDUCACIÓN, RELIGIÓN Y SOCIEDAD: LA EXCUSA AHORA SE LLAMA "MANIFESTACIÓN CULTURAL"

Lo siento mucho para el que no lo vea así, la realidad es que se puede ser español, incluyendo virtudes y defectos, idiosincrasia y forma de ver la vida, sin ser culturalmente católico. Y digo "culturalmente católico" por no entrar ahora en un auténtico debate religioso, es decir, del ser humano enfrentado a Dios, en su necesidad de Dios, en su sed de eternidad, de buscar la verdad, y de querer ser coherente en sus convicciones. Y esto, por más que muchos cofrades reconozcan que no creen en la existencia de Dios, por más que muchos católicos declarados no vayan a misa ni sigan los dictados de vida de la religión que profesan, por más que muchos ateos declarados participen con emoción de las ahora llamadas "manifestaciones culturales" católicas. No hace mucho, cuando el Nacionalcatolicismo estaba por encima de jueces, autoridades públicas y del mismísimo Franco, se imponía esa idea: la espiritualidad de España, su indisociable unión con el catolicismo romano, la idea de una España sacra desde los tiempos del origen del mito de Santiago Matamoros, de una raza apostólica romana. Ahora, el eufemismo o excusa se nombra, en democracia, "manifestación cultural". Yo, particularmente, y a un nivel íntimo, he decidido desterrar de una vez de mi mente cualquier atisbo ya de atribución de ni siquiera una mínima parte de verdad a este eslogan propagandístico que tan buenos réditos le está dando a una institución (que es a la que me refiero, y no a la fe sencilla y sincera de un católico convencido) que se ha sabido imponer usando de todos los medios disponibles, en función del momento histórico, incluida la persecución, la tortura y la censura.
          Se puede ser 100% andaluz sin ser católico (ni de verdad ni culturalmente); decir lo contrario es negar a Andalucía, a los andaluces, su libertad como personas para elegir sus creencias, para tener ideología propia, pensar y decidir en conciencia. Pretender imponer aquella idea atenta contra esta libertad, da igual el medio que se use para fomentarla. España es un país mayoritariamente católico-cultural, qué duda cabe, pero también qué remedio le queda, tras cinco siglos de contrarreforma implacable y activa. Sin embargo, andaluces eran los predicadores del patio de los naranjos de la Catedral de Sevilla en el siglo XVI, andaluz fue Antonio Machado (¡qué paradójico, Antonio, que se toque tu saeta, la melodía que le puso Serrat a tu saeta, por bandas cofrades en pasos de un Cristo por siempre colgado!), Federico García Lorca, y tantos y tantos.
      Ya desde un punto de vista legal, que no cultural, tengo la oportunidad de ser español de primera, y no de tercera, sin ser católico. Hasta hace poco no se podía. Con la actual Constitución de 1978 y la Ley de Libertad Religiosa sí. Yo no soy católico, pero voto, pago mis impuestos, trabajo para el Estado y tengo los mismos derechos que cualquier otro ciudadano español (o al menos sobre el papel), y también las mismas obligaciones. En concreto, como cristiano evangélico, hago mías para mis lectores las palabras que Juan Antonio Monroy dirigió al rey Don Juan Carlos en carta de 3 de octubre de 1976 (entonces yo tenía 7 meses vida): "Pero no nos olvide usted, Majestad" -terminaba así su carta-. "Nosotros también contamos. Nuestra Comisión de Defensa Evangélica está preparando un dossier en el que le expondremos detalladamente nuestra situación y nuestros problemas y de nuestras reivindicaciones como ciudanos españoles que no queremos serlo más de tercera fila, sino en plenitud de derechos y de obligaciones. Nosotros contamos para Dios en el reino eterno; queremos contar igualmente para España y para la Corona en esta hora crucial que está viviendo el país." Le había dicho antes al monarca: "[...] Cuando de actos religiosos se trate hable en nombre de los católicos de España, pero no en nombre de todos los españoles. Porque una considerable minoría no somos lo que aquí se conoce por católicos. Pero sí somos españoles." Y prosigue: "Nosotros, Majestad, nunca hemos dado motivos para que se nos imagine antiespañoles; más bien hemos suministrado pruebas de todo lo contrario. [...] Nosotros somos españoles. Amamos a nuestro país y estamos dispuestos a aportar lo que esté a nuestro alcance para contribuir a su engrandecimiento" (tomado del libro Un Protestante en la España de Franco, Noufront, 2011, pp. 289-291).
     También soy español 100% culturalmente. Ya sí. Yo sí. Sin resquicios de dudas. Los que, al igual que hiciera el intransigente y radical Menéndez y Pelayo, fomenten la idea de españolidad o andalucismo asociada al catolicismo apostólico romano, están cometiendo un grave error, y sobre todo en educación. Y, particularmentete en Andalucía, parte de esos alentadores se encuentran en la propia Administración, servidores públicos, incluyendo Inspectores, Equipos Directivos y profesores y maestros. Con ello, y sobre todo refiriéndome a estos últimos, no les atribuyo mala intención, pero sí un apoyo, consciente o inconsciente, a la misma idea falaz de siempre. Y es evidente que se están dando pasos atrás. Cuando abandoné como alumno, porque los terminé, mis estudios obligatorios (EGB, BUP)  tenía conciencia de que muchas cosas eran injustas, y no se adecuaban de ninguna manera a la idea tan pregonada de que "todos somos iguales". Cuando vuelvo al cole como profesor, observo que todo sigue más o menos igual (de mal), y que incluso en algunos aspectos va a peor, con el respaldo y fomento de la propia Administración. Cuando yo hice el COU, no existía en ese curso la hora de Religión (ni de Educación Física ni otras). Hoy en día no sólo sigue existiendo esta asignatura en la Educación Obligatoria, sino que además aparece en la educación no obligatoria: Infantil (¡de 3 a 6 años!) y Bachillerato (incluso 2º).
      Recibo como padre de una alumna una nota del Equipo de Infantil de un CEIP (cuyo nombre es Pío XII, ¡toma ya!, ¿y esto otro?, ¿no tiene ya la Iglesia Católica suficientes concertados y privados para que en los públicos se pongan estos nombres, de modo que la Administración permita que sus Centros públicos se llamen "Virgen de..., "San Noséquién" o "el Papa Cuál", por más que lo vote un Consejo Escolar, siquiera por decoro?) ... Bueno, mi hija va a ese Colegio. Las maestras de Infantil desean hacer algo para celebrar la Semana Santa. Bien, han celebrado todo lo celebrable: Navidad, Halloween, ... Mi niña trae en su mochila una nota que empieza así: "Llega la semana Santa y con ella una de las manifestaciones culturales más importantes de nuestra tierra" (sic). La he transcrito tal cual; el subrayado es suyo. ¿Por qué lo han subrayado? Para justificarlo y dotarlo de legitimidad. Pero sobre todo para evitar problemas y malos entendidos. Yo, como padre, por un lado lo agradezco. Han tenido un detalle; no desean herir sensibilidades. Me lo creo, de verdad, no observo nada reprochable en su actitud: para ellas es una fiesta, como las otras, una manifestación cultural, muy arraigada en Bollullos de la Mitación; tienen además el respaldo del Colegio y de la propia Inspección. Así que, con todo, estoy agradecido por el sesgo cultural que le quieren dar a esta manifestación religiosa contrarreformista (en el siglo XVI y ahora, o si no, vayamos a las cartas pastorales y otros documentos de obsipos y párrocos cuando se refieren a ella). Y no lo digo sólo por este subrayado. Ya en Navidad (fiesta cristiana) nos preguntaron si la celebramos también los evangélicos, para no meter la pata con mi hija, que es su alumna. ¡Claro que la celebramos! Pero muy bien hecho: si no se sabe algo, lo mejor es preguntarlo, y no quedarse con dudas o, lo que es peor, manejar información de segunda mano. Nosotros estamos deseando hablar y expresarnos, entre otras cosas para que no se nos vea como bichos raros. Así que, a ellas no les voy a poner ningún reproche, porque en el fondo el subrayado es un modo de manifestar su deseo de no molestar, de que la actividad sea simplemente una actividad escolar. Pero también es una manera de poner de relieve que saben que es un tema un tanto espinoso en el momento en el que hay alumnos de otras confesiones religiosas en el aula (los ateos y agnósticos no suelen dar problemas). No les voy a agradecer, por dignidad personal, que no sea precisamente este colegio tan extremoso en estos temas como sí lo son otros cercanos, pero es algo a considerar. Los hay públicos que tienen una gran Virgen del Rocío en el patio, guarderías del Aljarafe hay a los que niñas van de mantilla, niños de nazarenos (de 0 a 6 años).  ¿Inspección consiente esto porque...? ¿Delegación no impide esto porque...? ¿Y dónde está lo de la Atención a la Diversidad, lo de la heterogeneidad, ...? Por un momento se me pasó por la cabeza escribirle a la seño y compañía una nota, pero yo soy del gremio y sé cómo sienta la carta de un padre, por mucho que se usen atenuantes y fórmulas de cortesía. Y yo, a estas profesionales de algo más que la tiza, no les quiero tocar ni afectar negativamente de ninguna manera (aparte de que estoy contento con el colegio, el equipo de infantil y la maestra y los compañeros de mi hija). Ahora, la dichosita fórmula "manifestaciones culturales", que no es suya, se las trae y, como diría el humorista José Mota, "lleva veneno amasao". Es la misma que usa la Iglesia Católica para recaudar aún más a base de subvenciones de templos y obras de arte, para que todos los españoles, católicos o no, paguemos el mantenimiento de sus edificios (aunque luego nos cobren por verlos o, en algunos casos, no se nos premita el acceso como turistas). A mí, que siempre he pensado que la enseñanza de los valores religiosos (incluidos los culturales) deben darse en casa y en la iglesia (o la sinagoga, o la mezquita, o la congregación, ...)  e incluyo mis propias creencias, no entiendo por qué es necesaria la escuela para fomentar y enseñar estos valores "culturales". ¿Es que no se va a paralizar Bollullos, no se va a paralizar Sevilla, con procesiones visibles y música audible? ¿Tal vez los padres católicos no hablen a sus hijos de la Semana Santa? ¿El cura de la parroquia a la que les llevan no menciona esto?¿Los niños no se van a enterar? ¿No va a aparecer en todos los medios de comunicación, en todos, con independencia de la línea editorial del medio?¿No es suficiente el culto del ejército de todos los españoles, el homenaje de la Guardia Civil con medallas de tal o cual hermandad (no como católicos van, sino como guardias civiles al frente de alguna que otra procesión, de algún que otro paso)? Y, en todo caso, ¿no tienen ya la mayoría de estos niños una hora de religión católica específica para hacer estas actividades? Y no sigo por no hacerme extenso, y porque un escrito de 20 minutos me ha llevado 2 horas por culpa de la conexión a internet que tengo en este Bollullos de la Mitación. Así que, termino con esta pregunta: ¿en serio es necesaria la escuela pública para estas cosas?