jueves, 22 de marzo de 2012

AMAE: PRIMEROS ESBOZOS DE UNA NARRACIÓN PARA JÓVENES

AMAE

PRIMERA PARTE

UN DESCUBRIMIENTO SORPRENDENTE SIN QUERER








José Alfonso Bolaños Luque


1



Me llamo Carlos. Tengo 17 años y poseo una cualidad especial que me diferencia de los demás. Es un rasgo físico, ahora lo sé, y está relacionado con el oído, aunque hubo un tiempo en que creí poseer poderes paranormales. No niego que eso me hacía ilusión, pensar que yo tenía una “sensibilidad especial”: que podría comunicarme con espíritus y todo ese rollo. Pero ahora me doy cuenta de dos cosas. La primera, que la explicación física de mi sensibilidad no hace que deje de ser especial. Y la segunda, que en todo lo demás soy un chico normal de 17 años; es más, para según qué cosas mi edad mental lleva cuatro años teniendo 13.


La rubia camarera iba vestida a lo hombre – de abajo arriba: zapatos negros de punta redondita, pantalones negros, camisa blanca de manga corta y chaquetilla negra. El uniforme, en fin, de esta cafetería. También lleva una pajarita negra. Sin embargo, su cola de caballo (pequeña) va cogida por un coletero, que es un pompón naranja intenso ladeado hacia su derecha; la camisa va salida por detrás; tiene un piercing en su pequeña nariz; sus labios están pintados de rosa pastel brillante y sus párpados de azul discreto; y su pose cuando está quieta (lo que sucede muy poco a menudo y durante muy poco tiempo) es tan femenino como disponer su rodilla al centro de su eje y apoyar la pierna muy levemente en el canto interior de su redondeado zapatito, dejando la suela hacia fuera. O sea, con todo esto quiero, además de describirla, decir que es pura feminidad escondida en un atuendo, en principio, masculino. Va de aquí allá con su bandeja y no para quieta un momento.

            Me encanta venir a esta cafetería por muchos motivos. Tiene el dueño colocado un cartel, entre otros muchos, que me entusiasma. A simple vista no te das cuenta, porque está redactado y puesto con mucha seriedad. Pero si en ese momento estás algo aburrido, te da por leerlos: “No se sirven bebidas alcohólicas a menores de 18 años”, “Este establecimiento dispone de hojas de reclamaciones para el cliente que las solicite”, “Se permite fumar”, ..., y también (y esto es lo más grande): “Está permitido leer, escribir y dibujar en este local”. ¡Me encanta ese cartel! Así que, aunque pego aquí muy poco entre gente mayor que yo, vengo mucho a leer, escribir, dibujar, tomar café y fumar de vez en cuando. Además, hay una luz estupenda. Éste es uno de mis rincones favoritos.



2

He decidido llevar una especie de diario. Aquí, en este cuaderno, apuntaré los diferentes sucesos en los que “oigo voces”. También voy a intentar relatar la historia de mis percepciones, en la medida en que mi memoria me lo permita.
      Mi intención no es sólo dejar constancia de estos sucesos. Yo creo que la gente escribe diarios personales por varios motivos. En primer lugar, imagino que desahogarse, hablar consigo mismo. Luego, de este modo, podría uno tomar decisiones a corto plazo en base a lo sucedido en diferentes días: la memoria a veces, y los arrebatos sentimentales casi siempre, son muy malos consejeros. También imagino que debe hacer ilusión, pasado el tiempo, recordarse a uno mismo: por tanto, un diario es una botella con un mensaje dentro, que lanzas al mar del tiempo desde tu isla del presente. Y, por último, es un libro de registro: hay datos con los que sacar conclusiones y tener una idea más general, no sólo de quién es uno, sino de los acontecimientos externos, de los demás.
      Esto no es un diario personal, pero tiene objetivos parecidos. No sólo voy a registrar las cosas que oigo, y a esbozar una historia de cómo se ha desarrollado en mí esta cualidad. Soy consciente de que es muy especial, tal vez sea yo el único que la posea: quiero definirla, quiero intentar encontrarle una explicación, quiero impedir que eso me convierta en “un raro” y quiero conocer si es posible que tenga alguna utilidad.
Se nota que soy del Bachillerato Tecnológico, ¿verdad?

Estoy aquí otra vez, en mi rincón favorito. Hoy he venido con mi cuaderno de dibujo, mis ganas de dibujar ahora son tremendas. He pasado de pintar al carboncillo algunos edificios de esta ciudad a retratar personas y ambientes a grandes trazos con diferentes técnicas. Estoy a punto de terminar el de mi padre (tengo una foto delante): es un hombre serio, con gafas amplias, bigote de morsa de dibujos animados, entraditas, ojos pequeños, ... Al principio mi intención era hacer un primer boceto para luego repetirlo en hoja aparte y regalárselo. La verdad es que, con lo diferente que somos, en el fondo lo quiero y lo respeto mucho. Pero ahora mismo acabo de hacerle salir unos impresionantes cuernos de diablo de su cabezota. No es más que una broma, no es más que una bromita, ya está,... Y ahora... ¡humo negro saliendo de sus orejas! Lo quiero y lo respeto, pero para según qué cosas, es demasiado severo, por eso se me ha ocurrido de repente pintarlo así. Ya le borraré los “extras” luego. Pero es que, ¿qué padre español manda a su hijo a estudiar Bachillerato a otra ciudad? Todavía a un Ciclo Formativo, vale si no hay más remedio, pero, total, podía haberme quedado en casa y sacarme la Selectividad allí que, por cierto, me da la impresión de que es más fácil que aquí. “Intenta curtirte el carácter, hijo. Eso es tan importante como estudiar mucho. Cosa que también debes hacer, recuerda”, fue su frase lapidaria antes de subirme en el autobús, con Alberto, en septiembre del curso pasado. Y todo porque le dio, así, de repente, la neura de darme una educación al estilo británico y centroeuropeo. Vería algún documental, o alguien le iría con eso en alguna conversación inofensiva, pero él, ¡zas!, de golpe: “Tú, a hacer Bachillerato a otro sitio. Así aprenderás a valerte por ti mismo: serás más ordenado, administrarás tu dinero, tendrás que aprender a limpiar y cocinar, a convivir con compañeros, y a tomar decisiones con responsabilidad”. Y lo más fuerte es que convenció a los padres de Alberto para que hicieran lo mismo con él. Así, la casa de alquiler le sale más barata. De todos modos, Alberto está encantado: claro, ¡16 años y sin padres! Pero es que a él sus padres no le han soltado todo ese rollo de la responsabilidad y tal; está claro que su espíritu es más de aventura loca que de “curtirse el carácter”.
            Así que, aquí estamos él y yo, compartiendo piso e instituto en esta ciudad (para mí, simplemente la Ciudad). Empezamos el curso pasado, en que hicimos Primero de Bachillerato, el tecnológico los dos. No nos fue del todo mal; no por lo menos la adaptación a los cambios, la convivencia y todo eso... En los estudios, alguna que otra nos ha quedado para septiembre, ¡para ya mismo! 
            Bueno, pues ahora que me acuerdo, me voy a casa, que tengo que estudiar. Los exámenes están ya cerca, y la Química y las Matemáticas no se estudian solas. Pero antes..., ¡mmm...!, ¡ya está!, coloco el pompón de la camarera en la cabeza de papá. ¡Qué mooonooo! (Por cierto, la camarera lleva el mismo pompón de ayer pero amarillo, en lugar de naranja; un amarillo denso, amelocotonado).



3



 18 de Agosto

No desde hace mucho tiempo, pero sí desde que era todavía un niño (¿12 años, tal vez?), en el momento y lugar en que menos me espero, empiezo a escuchar sonidos y voces que no sé de dónde vienen, que no parecen tener procedencia visible alguna. No es que me suceda muy a menudo, y en ocasiones es durante sólo un instante, pero así es. Si alguien, por el motivo que sea, está leyendo esto, se podrá imaginar entonces cuántas cosas se me han pasado por la cabeza y durante cuántos años: que estaba esquizofrénico, y oía voces en mi cabeza; que escuchaba a espíritus; que tenía la imaginación desbordada como los que tienen un amigo invisible; que era mentira; ... Algo a lo que siempre le he dado vueltas al coco y que, sin embargo, nunca he contado a nadie.
   No es nada de eso que he nombrado. ¿Esquizofrénico? Las voces no se dirigen a mí ni me ordenan o sugieren nada, más bien ignoran o no saben que yo, y todos los demás, estamos ahí. ¿Espíritus? ¿Escuchando a todo volumen salsa y rock’n’roll, por ejemplo? Además, yo no creo que los espíritus de los muertos vaguen a nuestro alrededor. Lo de la imaginación infantil podía tener un pase, pero la sensación de estar escuchando es muy real. Y, en fin, negar un problema no lo elimina.
   La conclusión a la que llego..., a la que he llegado desde hace algunos años, es que los sonidos son reales, pero de otro tiempo, del pasado. Son reales, eso seguro, los oigo claramente; y son de otra u otras épocas porque lo que dicen no suena nada actual, porque a veces se escucha una tele o una radio de fondo, y a lo que se refieren no tiene nada que ver con la actualidad, y por muchos más motivos, por ejemplo, la forma de hablar de la gente en las conversaciones.
   Ahora que sé qué es una onda sonora, a mí me parece que mi oído, por algún motivo fisiológico que desconozco, “capta” residuos muy leves de ondas sonoras emitidas hace años. Es como si estuvieran ahí, colgadas en el aire, difuminadas pero aún existentes. Durante el curso pasado, la profesora Remedios nos dijo que algunas estrellas de las que vemos en noches de cielo despejado no existen, pero que estamos tan lejos de ellas que ahora es cuando vemos su luz que hace tanto tiempo emitieron; pues bien, lo mío debe tratarse de un fenómeno similar, pero con sonidos: me llegan cuando ellos mismos, y las personas o aparatos que los emitieron, no existen o están ya en otro lugar o más viejos que entonces.


He dormido poquísimo. Anoche estaba nervioso sin por qué, no podía dormir, así que aproveché esa circunstancia y me puse a estudiar, sobre todo matemáticas. Aún veo representaciones gráficas de funciones si cierro los ojos, tendiendo hacia el límite...
            Papá sigue todavía muy cabreado por haber suspendido dos asignaturas. Según él, soy un chico muy inteligente, y el único motivo de que haya fracasado ha sido, sin duda, que hemos tenido que estar haciendo el vago Alberto y yo. Como a Alberto le han quedado tres, para él no hay vuelta de hoja con respecto a ese asunto. Eso de que hemos estado solos con 16 años, teniendo que cocinar sin que nadie antes nos hubiera enseñado, las tareas de la casa, y tal, eso no lo ve. Así que, ¡hala!, en Julio en casa, pero en Agosto, mientras mi familia está de vacaciones en la playa, yo me he tenido que quedar aquí estudiando, como si así fuera a concentrarme mejor. ¿No será más bien al revés? Al fin y al cabo, aquí nadie me controla, puedo hacer lo que quiera, podría estar todo el día sin coger un libro y nadie se enteraría. Pero mi padre se equivoca: ni soy tan inteligente ni he estado haciendo el vago durante todo el curso. No quiero repetir Primero; además, quiero demostrarme a mí mismo que realmente valgo para las ciencias y que lo que me ha pasado ha sido más por la adaptación a un cambio tan brutal que por falta de capacidad y trabajo por mi parte.
            He vuelto a venir al mismo bar, pero hoy sin libreta de dibujo y sin ánimo apenas. La verdad es que, en cierto modo, he venido a despedirme. Vuelve a estar la misma camarera de estos días: ahora su pompón es rojo, y se bambolea al unísono con su coleta, de un lado para otro (lo lleva más suelto, ella está más nerviosa que de costumbre, y digo yo: ¿tendrá una colección de pompones-coleteros de todos los colores?). Ya es raro que siempre que venga esté ella: me consta que no es la única que trabaja en este sitio, ... Bueno, ¡en fin!, lo dicho: vengo a despedirme silenciosamente. De ella, de este lugar y de pasar tanto tiempo dibujando y escribiendo. Por una larga temporada; y no sólo porque me estoy quedando sin dinero, sino sobre todo porque se me va acabando el tiempo, el tiempo largo éste del verano. Ya a partir de hoy me meto en zafarrancho de estudio: cuando llegue a casa, voy a crearme carteles para ponerlos en todas las habitaciones, para estimularme el estudio incesante, como si me hubiera encerrado en un búnquer, o estuviera luchando en una trinchera, o algo así. Ya fui ayer a comprar las cartulinas. Pondré frases de ánimo en grande en unas; en otras, tipo “mi-padre”, para autorrecordarme lo importante que son para mí estos exámenes, así del tipo: “Asume tu responsabilidad siendo constante y valiente”, “Cada minuto es de oro”, y cosas por el estilo. En mi cuarto pondré además un calendario y las metas a corto plazo, para ir tachándolas a medida que las vaya cumpliendo, y tener planeado el tiempo, de modo que los últimos días sean de repaso. Además, ya tenía puesta la tabla periódica en la pared que veo al incorporarme cuando despierto, pero es que he conseguido otra y la he pegado al techo, justo encima de la  cama. Así que, nada más que abro los ojos, lo veo: H, Li, Na, K, Rb, Cs, Fr; Be, Mg, Ca, Sr, Ba, Ra; …  Lo dicho: zafarrancho total.
            Y luego, empezará el curso, y este lugar ya me quedará algo lejos para mi día a día, y tendré menos dinero disponible.



4



 1 de Septiembre

Salí del examen de Matemáticas y, no sé por qué, en lugar de irme a casa directamente, me senté en uno de los bancos que está a la salida del Instituto. Creo que, simplemente, quería descansar, hacer con mi cuerpo entero una especie de ¡buf! que demostrara a los demás que yo estaba ¡plof! Dejé la mochila en el suelo, entre mis pies, y al inclinar mi cabeza hacia atrás, comencé a escuchar una canción cantada con parsimonia. Me quedé quieto; ya había cerrado los ojos. No se entendía bien la letra; la melodía se entrecortaba, como si hubiera interferencias, o como cuando sintonizas mal una emisora de radio. El ritmo era claramente militar y todas las voces femeninas. ¡Eran chicas! Todo un coro de muchachas cantando algo. ¿El Cara al sol, tal vez? Este instituto, en su día, fue exclusivamente de chicas. No sé si todavía en esa época (con mujeres haciendo algo parecido a la Secundaria) se cantaba en los Centros públicos, o bien la enseñanza que recibían no era realmente un Bachillerato. En fin, habría que investigar…
     Sabía perfectamente que era una de mis extrañas audiciones. Ya sé distinguirlas de los sonidos recientes. El hall del Insti estaba lleno de gente (alumnos de todas las edades, principalmente), pero yo, con mis ojos cerrados, tenía ante mí un coro de niñas uniformadas entonando una medio-melodía sin letra clara: no me resultó desagradable, pero tampoco me gustó. La distorsión de la música, tal y como la escuchaba yo, parecía de ultratumba, y el ritmo era muy monótono, cantado sin pasión, de forma autómata. Un dulce y femenino coro de robots-fantasma.
De repente, me incorporé. El Rober y el Juanlu me ofrecían un trozo de pastelito y me preguntaban por el examen. Les contesté y me fui a casa.


Yo no soy feo. Tampoco voy derrochando belleza allí por donde paso, pero me gusto físicamente, me siento bien con mi cuerpo y mi cara, no me cambiaría nada. Sin embargo, de vez en cuando me quedo mirándome en el espejo y me veo horroroso. Y lo peor de todo es que sé que no es verdad, que esa sensación está más relacionada con mi baja autoestima que con mi apariencia física. Pero… ¿por qué estoy pensando esto?
Se me está cayendo el pelo. ¡De pequeño yo tenía un flequillo…! Sigo teniendo un buen pelo, pero acabo de observarme unas pequeñas, muy discretas entraditas… ¿Seré calvo de mayor?
¡Anda que empiezo septiembre bien! Estoy algo tristón porque esta mañana hice el examen de Matemáticas. No me ha ido mal, la verdad es que me ha salido mejor de lo que esperaba. Pero se me ha venido ahora por la tarde todo abajo: había estudiado mucho estos días; tenía un montón de nervios; el examen fue largo; luego comí y me eché una siesta, y me he levantado con la cara acolchada y esponjosa, sin ánimo ninguno, un poco depre. Me tengo que animar, porque quiero estudiar Física por la noche: pasado mañana tengo el examen, y ya sé que con don Higinio no va a ser fácil.
Precisamente esta noche llega Alberto al piso. Mañana tiene su examen de Filosofía, y pasado mañana, justo cuando yo acabe el mío de F&Q, empieza él el suyo de Historia y luego el de Lengua.
Su llegada significa que se acaba mi sosiego. Alberto es un chico inquieto, siempre ideando cosas para hacer juntos. Lo cual no está mal, pero es que yo soy tranquilote; me gusta la soledad, y me molesta que invadan mi intimidad. Pero tiene un buen fondo y, a pesar de tener un carácter opuesto al mío, lo cierto es que le echaba de menos.
Él me considera su amigo. Yo a él no, pero eso es porque mi concepto de AMISTAD tal vez sea muy exigente. En todo caso es mi compañero de piso y de clase, lo que no está nada mal en mi escala de valores. “Compañero” es una palabra preciosa: nos acompañamos en este tramo de la vida; compartimos, literalmente, el pan. Alberto es mi COMPAÑERO, y eso es algo grande. Aunque a veces nos resultemos molestos el uno al otro.
Alberto y yo compartimos casi todo, incluidas las actividades de ocio, excepto una: las botellonas. Desde que llegamos a la Ciudad, él no se pierde ni una; y yo no es que me niegue a ir, a alguna que otra fui, un par de ellas, pero no me gustan nada, no me motivan en absoluto. No me va ese rollo. Al menos, no como a él, que incluso fue a la Macrofiesta de la Primavera que organizan los universitarios. Desde luego… ¡qué engañaditos tiene a sus padres!
     No es que a mí no me guste salir, pero a una botellona… De hecho, el dinero que me da papá para esas cosas me lo gasto en material de dibujo y papelería, café y de vez en cuando tabaco. Hace poco me compré una pipa, pero aún no he aprendido a fumar en ella. Si yo le contara a la gente que mi padre me da un dinero especial para irme de juerga… Esto no lo sabe ni Alberto. Para los gastos del día a día mis padres me tienen asignado un dinero mensual (para pagar la comunidad, para hacer la compra, para gastos que pudieran surgir y para imprevistos); y, por cierto, no son muy generosos, pero eso forma parte del gran plan de papá (que aprenda a arreglármelas). Luego me dan mi paga oficial, para mis pequeños caprichos, no mucho. Sin embargo, y bajo cuerda, sin que lo sepa mamá, papá me da un buen dinero para mis salidas. ¡Es flipante! Bueno, realmente es machismo. Su lógica es que soy un chico, y tengo ciertas divertidas obligaciones que él desea fomentar. Por ejemplo, salir en grupo y no quedar delante de los demás en ridículo por no poder pagar las copas. Por ejemplo, salir con una chica y costear yo la movida. O, por ejemplo, apuntarme a viajes a la playa con gente, o ir a conciertos, o cosas de esas. ¡Si lo pienso bien, me entran ganas de…! Yo es que no sé qué se piensa. Ya podría ser más considerado para otros asuntos más triviales y necesarios.
     ¿Qué vivencias o traumas trae él de su adolescencia? No lo sé. Pero él está convencido de que estas cosas mamá, ni ninguna mujer, las puede entender. Sabe que es políticamente incorrecto y lo urde en secreto. Viene a mí, esa vez cada dos o tres meses en que vienen a darle una vuelta al piso y ver cómo estoy, me saca de casa, me invita a un refresco en un bar y, antes de salir, y habiendo apurado su copa de Canasta, saca un fajito de billetes del bolsillo y, sin alzar mucho la mano, los pone en la mía, rápido, como si estuviera haciendo algo ilegal, y me dice: “Toma, para tus cosas, ya sabes”. Y yo, ¡qué narices!, lo cojo, porque en parte sé que los voy a necesitar por lo ajustadito del presupuesto mensual, y en parte porque es imposible hablar con él, y decirle: “Papá, ¿y mis cosas cuáles son?”
     Según él, la juventud de hoy en día lo tenemos más difícil. Todo lo nuestro es muy raro y complejo para él; pero tiene la lucidez suficiente como para saber que ahora las normas son otras. Ante su desconcierto, me apoya económicamente, porque como no sabe cómo son las relaciones sociales entre los jóvenes de hoy… y él me quiere ver triunfando, como siempre en todo, así que ¡toma pasta pa’ ti!. Ahora, ni le hables de que te compre un iPod, un MP4 bueno, un móvil, una Play o cosas por el estilo. Eso ya son chorradas. Papi dixit.

 





 
5



 4 de Septiembre

 A veces me pregunto si no debería llevar un registro de la frecuencia con la que escucho estas cosas, pero eso me llevaría un tiempo excesivo. A mí me cogen por sorpresa, y me da la sensación, después de tantos años, de que esto sucede de forma más bien aleatoria. De hecho, puedo estar semanas o meses sin escuchar nada; o por el contrario puedo estar oyendo una conversación entre varias personas, toser, y acto seguido no volver a escuchar nada de esa conversación; y más de una vez me he llevado un buen susto. Sin ir más lejos, en Julio. Estaba en casa absolutamente solo. Mis padres y mis dos hermanas pequeñas habían ido a no sé dónde, y se me ocurrió cogerle algo de dinerito a mi madre (sé dónde tiene las reservas), y justo cuando iba a alcanzar una moneda de dos euros, escucho gritar: “¡Nooo! Pero, ¿qué haces?” Quité la mano del cajón y caí para atrás, ¡por favor!, ¡qué susto! Me quedé blanco. Y miré luego a todos lados, y no vi a nadie. Además, no era una voz conocida por mí... En definitiva, había sido una de mis “audiciones”. Y ya sé que fue casualidad, pero en fin, se me quitaron las ganas de incrementarme ese mes la paga.
   Lo rememoro, y me río. La verdad es que fue gracioso. Y, por cierto, son pocas las veces que escucho cosas desagradables. La mayoría de las veces me resultan indiferentes, no me dicen nada: conversaciones triviales, música (mucha música), programas de radio y cosas así. Algunas veces son audiciones curiosas (ahora las llamo “cronoaudiciones”, porque entiendo que provienen del pasado, que son de un tiempo anterior que aún siguen “colgadas” en el aire). Pero nunca me ayudan con mis exámenes o me dan la clave para resolver un crimen, ni nada de eso. Son, casi siempre, fragmentos sonoros, charlas ya comenzadas que se cortan de repente, o pensamientos en voz alta de alguien molesto, resentido o triste. Son, casi siempre, instantes.

¡Hemos aprobado! No me lo puedo creer. ¡Si pensaba que el examen de F&Q me había salido fatal! Don Higinio me ha puesto un 5 (¿por pena?) y en Mates he sacado un 8. ¡Vaya con el señor don Carlitos! Por supuesto, el tono de voz de papá no cambió en absoluto cuando se lo dije por teléfono, ni manifestó ningún signo de alegría, pero yo sé que se está sintiendo orgulloso de mí. Aunque, claro, lo de tener pendientes no tuvo que haber sucedido jamás, según él.
Fue lo primero que hice, llamar a papá, desde el mismo Instituto, sin que me viera ningún profe (¡si no, me quedo sin móvil!). Alberto aprobó por los pelos Lengua, Filosofía e Historia. Se ve que ha puesto los codos, aunque huelo a chuletilla, no sé por qué (tal vez porque me he encontrado con un par de ellas en la cocina, mal escondidas en la panera, y otra más en el cubo de la basura). Bien, sea como sea, borrón y cuenta nueva. Empezamos los dos 2º de Bachillerato limpitos, sin deudas pendientes con la sociedad.

¡¡AQUÍ ESTAMOS, ALBERTO Y CARLOS, QUE TIEMBLE ESTA CIUDAD!!

Cuando llegamos al piso, había una carta en el buzón. Era un sobre verde, con letra infantil y grande. ¡Una carta de Martita y de Clara! ¡Qué alegría me dio! Una carta de mis hermanitas. Dentro del sobre había un dibujo de Martita, que inmediatamente coloqué en la pared donde está mi escritorio, con un par de chinchetas decoradas (me encantan las chinchetas). También había una carta de Clara deseándome suerte y dándome ánimos para mis exámenes. ¡Vaya! La carta ha llegado algo tarde.
Está claro que mamá está detrás de todo esto. Seguro que ha sido ella la que les ha puesto a hacerlo, y así aprovechar para que escribiera Clara y dibujara Marta. Realmente, la carta no ha llegado tarde, porque me ha dado un montón de ánimos para empezar este curso nuevo, otra vez aquí solo (ahora mismo estoy llorando, sentado en la cama).
¡Qué graciosa mamá! Me pregunta Clara en su carta que cuando me eche novia, si es que no la tengo ya, se la presente (esto es cosa de mamá, está claro). ¿Novia? ¿Novia, yo? ¡Pobrecita hermana! Cuando lo leí me puse rojo. ¿No sabe ya mamá que yo para estas cosas…? Pero bueno, lo hace para pincharme.

¡Vaya día!


6



8 de Septiembre

Esa calle, concretamente esa calle, estaba completamente vacía a esa hora; sólo me veía a mí recorrerla. Es una calle sucia, de color gris, recta en su longitud e irregular en su anchura. Empieza en una pequeña plaza y desemboca en una avenida. Su oscuridad es irregular también, pero sus sombras y penumbras se hacían agradables a esas calurosas tres menos algo de la tarde.
Había salido a comprar pan y queso fundido en porciones, y tomate frito, con algunas monedas que habíamos conseguido reunir Alberto y yo. Tenía hambre, así que iba rápido.
“¡Oye, el bocadillo!”, escuché detrás de mí. Me volví, pero no había nadie. Seguí. “¡Vuelve aquí, sinvergüenza, y dame un beso!”, también voz de mujer, pero de otra. También me giré y tampoco había nadie. “Aquí no hay nadie”, me dije, “y tienes hambre. Sigue adelante, escuches lo que escuches”. Ese fue mi propósito, pero no lo pude cumplir. En mitad de la calle tuve que quedarme quieto. No puedo transcribir, es imposible, los gritos de desesperación que yo escuché a esa madre, y a otra gente más que venía con ella, y a otra persona en la otra acera, un hombre, que se sentía culpable y no acertaba a decir nada coherente. Ahí, justo donde me quedé quieto, alguna vez atropellaron a un niño pequeño que murió. Se llamaba Miguel. Era rubio. Ya no sé más.


            El hecho de que nuestro Instituto esté en pleno centro de la Ciudad hace que, de curso en curso, cambien muchas cosas, sobre todo los alumnos. Estamos en 2º de Bachillerato A (tanto Alberto como yo), el Bachillerato Tecnológico, y en la clase hay muchos del curso pasado, como Rober, Elena, Mario, … Sin embargo, otros ya no están (por ejemplo, Juanlu): algunos se han cambiado de centro, otros están repitiendo 1º, y otros han cambiado de modalidad. Y luego hay nuevas caras: unos pocos que se han pasado de un privado (del San Francisco de Pola), y otros más, la mayoría, que el año pasado se encontraban en 1º de Bachillerato B, y no en el A. Se puede decir, en definitiva, que somos una clase nueva. Como siempre, me siento junto a Alberto. Llegamos el año pasado juntos del pueblo, y los otros siempre nos ven juntos. No es raro que a mí me llamen Alberto y a Alberto, Carlos.
No repite con nosotros tampoco ningún profesor. Eso son buenas noticias: ¡no nos da don Higinio! No voy ahora a decir qué impresión me han causado; la verdad es que a mí, en general, los profesores me suelen caer bien, cada uno en su estilo, con excepción de don Higinio y Pilar: esos dos son “muy especiales”. Ahora, eso sí, la mayoría de mis profes este curso son jóvenes, lo que podría valorar como positivo (más cercanos a nosotros, más abiertos de mente, más dinámicos), pero en realidad lo valoro negativamente (por su falta de experiencia; y más en 2º).
Y algo curioso, y ya termino: ¡me han propuesto colaborar en la revista del Centro! Ha venido a buscarme en el primer recreo Marta, que este año está en 2º de Bachillerato B, y que venía con otra chica del C, y me han dicho que quieren hacer una revista de alumnos, que la profesora responsable es María José, una de Lengua que no conozco (sólo de vista), y que se habían enterado de que yo dibujaba y escribía, y que si no quería formar parte del grupo, que por lo menos podía colaborar como artista. Yo no les he dicho que sí, pero tampoco he sabido decir que no. Si me lo hubieran propuesto el año pasado, o el anterior, me habría encantado. Es una buena idea. Pero este curso… ¡en 2º de Bachillerato! Y lo he pasado mal este verano con la F&Q y las Mates. Y aunque en el fondo me apetecía un montón decir que sí, que contaran conmigo, lo he dejado en suspenso dando un montón de rodeos. Marta, por cierto, es una chica muy alegre y extrovertida, muy optimista, y en parte se lo ha tomado como una respuesta afirmativa. Las dos me buscaban con la mirada, a ver qué entendían de la mía, pero no se la han encontrado en ningún momento, porque cuando hablo con una chica de mi edad me retiro algo y nunca le miro a los ojos; soy muy cortado, realmente demasiado cortado… (y cuando lo pienso, cómo me comporto, hasta a mí me parece exagerado, pero luego no lo puedo evitar). Digo esto porque la otra se moría por tocarme el hombro, o darme un golpecito en el brazo, como gesto de ánimo (como si hiciera falta darme un empujoncito para que me decidiera), y yo me retiraba un pasito atrás cada vez que ella se aproximaba. ¡Yo qué sé cuánto retrocedimos mientras hablábamos! La pobre pensaba que podía tomarse esas confianzas, y yo no se las daba, y prometo que sin querer, sin pensarlo y de forma instintiva caminaba y caminaba hacia atrás, hasta que tropecé con un pipiolo de 1º de ESO que correteaba por allí y me caí, y el niño ese encima de mí (y el atontado del Alberto riéndose a moco tendido, para llamar aún más la atención, el muy…).
¡Qué vergüenza! Me puse rojo como un tomate. Marta y su amiga, entre risas, quisieron ayudarme a levantarme, pero lo hice yo solito antes de que llegasen a mí. Y sonó el timbre, y la conversación quedó sin terminar.
(Por cierto, y ahora que lo pienso: ¿cómo sabe Marta que dibujo y escribo? No lo entiendo. ¿Tendrá algo que ver Alberto?).


 

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21 de Septiembre

Aún no me he quitado de la cabeza los gritos de aquella mujer. Ahora, cuando hay que ir a comprar algo, o bien mando a Alberto a cambio de recoger yo la cocina, o bien voy yo dando un tremendo rodeo para evitar la callecita de marras. Estoy convencido de que si paso de nuevo por allí mil veces, ninguna de ellas me traerá otra vez esos sonidos, que seguirán allí, flotando residualmente, pero de forma tan débil y de tan difícil sintonización que es prácticamente imposible volverlos a escuchar. Esto es lo que impide que me pueda valer de mi capacidad a propósito para algún fin. Nunca hasta hoy he sido capaz de escuchar una misma cronoaudición más de una vez.
   De hecho, en muchas ocasiones tampoco aparecen secuencialmente, en su orden debido. Realmente, son la mayoría. Unas veces escucho sílabas sin sentido; otras veces, primero la respuesta y luego la pregunta, o conversaciones desordenadas que son imposibles de entender. También sonidos simultáneos, a la vez.
     De todos modos, también muchas veces se respeta el orden. Eso, creo, es porque las ondas sonoras siguen una secuencia, que se debe estar repitiendo una y otra vez, como si echaran una película y al acabar, volviera a comenzar. Eso es cierto, porque en ocasiones comienzo a oír diálogos ya empezados que acaban en un “Adiós” y luego siguen por lo que era claramente el principio. Generalmente es así, lo que pasa es que yo los describo por orden.
   Sé que ha habido veces en las que creía estar escuchando una conversación entre dos o más personas para, al final, darme cuenta de que esas personas que parecían hablar entre sí no coincidían en el tiempo, que eran de épocas distintas: se habían mezclado voces de tiempos diferentes. Yo he llegado a escuchar a padres que reñían a sus hijos, y a la vez estos hijos, ya adultos, reñían a los nietos, casi por los mismos motivos. Y, sobre todo, muchas promesas incumplidas.
     Es lógico que cuanto más atrás en el tiempo, más difícil sea captar una cronoaudición. Yo creo que el alcance no va más allá de 50, 60, 70 años como mucho. Dos generaciones, tal vez tres. Para mí es impresionante pero, claro, sé que jamás voy a oír el castellano medieval. Es difícil, pero sonidos de la Guerra Civil alguna vez que otra he llegado a alcanzar. Y como es verdad que cada vez el oído normal oye menos, que se deteriora con la edad, creo que cada vez será más difícil llegar tan atrás.
    Aún soy joven; hago bien en escribir mis experiencias. Tal vez algún día ya no pueda oír lo que ahora oigo.



Me he quedado alelado mirando la luna por la ventana. ¡Qué topicazo, lo sé! Aún no es de noche: la luna, enorme y redonda, está enmarcada sobre un fondo de tonos pastel, azul y rosa del atardecer. Se percibe cierto olor a húmedo, a pesar de todo este pegajoso calor. ¡Ja!, me imagino mi cara de atontado con la mirada fija en un punto (¡un enorme punto blanco!), sin cambiar el gesto, sin apenas parpadear.
            Podría dibujar de mil y una formas lo que veo (se me ocurre la acuarela); podría fotografiarla, pero ni siquiera así transmitiría a otro lo que realmente estoy viendo. De hecho, si volviera la cabeza hacia atrás y luego quisiera contemplar lo que ahora contemplo, ya no podría, se habría evadido, se me escaparía. A esto tan especial que está en la realidad de lo que en determinados momentos percibo, yo lo llamo ESENCIA. ¡Cómo me gustaría poder plasmar en una lámina la esencia de este momento! También me pasa con otros sentidos: los olores, la temperatura y, cómo no, los sonidos. Creo que algunos buenos pintores de arte abstracto intentaban plasmar algún tipo de esencia. A mí el arte abstracto no me gusta, de momento, nada de nada, pero me parece que van los tiros por ahí: esencias, y no formas. Mmm. ¡Qué extraños pensamientos!



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7 de Octubre

Hoy he salido a correr al descampado de junto al Puente Roto, como lo llaman mis compis del insti. Bueno, en realidad, ni se trata de un “descampado” (más bien es una especie de parque gigante algo abandonado) ni el puente que se encuentra allí está verdaderamente roto, puesto que puedes cruzarlo o quedarte allá arriba sin problemas; lo que pasa es que, al igual que el parque, lleva ya mucho tiempo abandonado. Su antigüedad, no obstante, para mi gusto tiene bastante de estético, aunque sea algo tétrico.
   Cuando voy a correr por allí es que tengo tiempo por delante, pues primero hay que llegar al descampado (corriendo, claro). Pero hoy necesitaba hacer deporte, para aliviar la presión por los primeros exámenes del curso.
   Una vez allí, si lo que quiero es hacer deporte, tomo un senderito de tierra, que en su mayor parte se constituye en un trayecto recto. En la mitad de su recorrido está el puentecito, y mientras pasaba por su lado oí un golpe seco, un ¡plof! instantáneo. Miré, no vi nada y seguí.
   Volví corriendo más tarde por el mismo camino, mucho más lento, con ganas de parar, pero obligándome a no interrumpir la marcha de carrera. Y al volver a pasar por el puente escuché un triste y breve “¡Noh!”, ahogado, y el mismo ¡plof! de antes. Miré, y tampoco vi nada. Fue una cronoaudición.
   Es raro. Primero, que por allí, en un sitio tan al aire libre, pueda escuchar nada de estas cosas. Y, segundo, porque, a pesar de ser una de las cronoaudiciones más breves que he escuchado nunca, ha dejado en mí una sensación de tristeza que me dura hasta ahora (esto fue al principio de la tarde y ya es muy de noche). Además, lo más raro de todo fue que se repitiera, y tan pronto, tan automático. Si hubiera vuelto a pasar, ¿lo habría vuelto a escuchar? En ese caso, ¿qué significaría? ¿Alguna vivencia intensa, tal vez?
    

Hace dos semanas hice algo de lo que espero no tener que arrepentirme: me apunté al equipo de rugby del instituto. ¡Ya me vale a mí! Ya sé que tengo que centrarme (¡y mucho!) en los estudios, este año es clave. Pero, la verdad, me gusta hacer deporte, y salir a correr es aburrido. Me apetece probar este deporte, quiero aprender, y tendré ocasión de aportar algo de mí al Centro, a este sitio que sé que dentro de unos años me traerá buenos recuerdos. ¡Por favor! ¡Y cómo sé que lo echaré de menos! Estos pasillos, estos olores, esta luz, este final de verano, este otoño que pronto comenzará. ¡Ja! Me imagino viniendo aquí, al edificio, a la caza y captura de alguna de mis “sintonizaciones”. ¡Qué curioso! ¡Tal vez podría escucharme a mí mismo!
            Lo del equipo de rugby también es curioso. Parece ser que varios profesores de Educación Física llevaban algunos años rumiando la posibilidad de fomentar este juego en Secundaria y montar una liguilla. El problema, según contaron en la reunión del segundo recreo de hace dos martes, son las instalaciones. Habrá que quedar por las tardes, dos veces a la semana, para aprender y entrenar, con todo lo que eso supone. Al final se ha convertido en una especie de actividad extraescolar: autorizaciones de los padres, que los profesores empleen su tiempo libre en esto, …En fin, un jaleo, por eso se han llevado no sé cuántos años hasta que lo han puesto en marcha. Además de nosotros (IES Miguel de Unamuno), participan cinco institutos más, el equipo juvenil de una asociación de vecinos y el de un pueblo de aquí cerca. ¡Ocho equipos, no está nada mal!
            Y aquí vine lo bueno. Antes de comentárselo al bigotón de mi padre, creía que me echaría la charlita: que tengo que fijarme objetivos concretos e ir a por ellos, que debo centrarme en lo que debo centrarme, que ya está bien de mis rollos, … Así que, como siempre en estos casos, se lo conté a mi madre. Que a su vez, claro, se lo contó al bigotudo, que a su vez me llamó a mí… ¡para felicitarme y animarme! ¡Claro! ¡Qué tonto yo! ¡Rugby! ¡Deporte de hombres, compañerismo, disciplina!
            ¡Toma punto pa’ mí! Es que eso, según los parámetros de papá, ayuda a forjar el carácter. Así que todos contentos.
            Aunque huelo a gato encerrado. Para empezar, amenaza con venir a verme jugar, y no sé qué pensar. A lo mejor me paso, ¡pero qué diablos!, todavía soy adolescente, puedo cogerle tirria a mis progenitores sin motivo real, ¡qué narices! El caso es que… ¿sería mi padre capaz de convertirse en el entrenador si se encabezona, y a pesar de vivir lejos de aquí? Entonces la historia se me volvería en mi contra. Es que estaba tan entusiasmado al teléfono, que me contó que aquel año que vivió en París (primera noticia que tengo de que me mi padre vivió un año en París) perteneció a un equipo de rugby y no sé qué del rugby-champán, de que jugaban mucho a la mano (¿…?), entrenaban muy cerca del río y el balón no podía caer al agua, y no sé qué. Pero, ¡en fin! Aunque eso sucediese, a pesar de eso, sigo encantado con esta idea, de representar al IES Miguel de Unamuno en un equipo deportivo.
            Somos dieciséis justitos, chicos de 4º de ESO y Bachillerato, así que Juanma, el profe de E.F., anda algo preocupado. Pero no le vamos a decepcionar.



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 10 de Octubre

Nos lleva al entrenamiento Fran, el hermano de Javi, uno de los del equipo. Vamos en su coche cinco jugadores, contando a Javi. Las instalaciones están muy lejos del centro. Los entrenamientos son de hora y media, lunes, miércoles y jueves. ¡Me está gustando mucho el rugby! Juego de delantero, generalmente de flanker, a veces de pilar. De momento, seguimos los dieciséis, y parece que se van a apuntar tres más (está por confirmar). Este fin de semana no, el siguiente, comienza la liga. Nos enfrentaremos al IES Doctor Piñero. Y ni siquiera tenemos equipaciones. Yo me he gastado todo el dinero que  me dio papá para mis salidas nocturnas en botas, calzonas, protector de dientes, una mochila y un chándal nuevo.
       Después del entrenamiento tenemos que volver a pie. Fran no nos puede recoger, porque después de dejarnos se va a trabajar (es guardia de seguridad). Los demás se van en autobús. Yo, como nunca tengo un pavo, debo regresar andando, y la hora y cuarto de camino no me la quita nadie.
       Para no aburrirme, me pongo mi MP3 y empiezo a correr en algunos tramos, así remato mi preparación física. Estoy cogiendo un cuerpazo que hasta yo me estoy asustando. Voy en carrera continua lenta, y paso por el descampado del Puente Roto. Hoy, claro, también.
       Vi de lejos el puente y me quité la música. Fue instintivo, aunque imagino que inconscientemente quería hacer una prueba. ¿Volvería a escuchar lo de la otra vez?
       Pues, increíblemente, sí: “¡Noh!” y luego “¡plof!”, un golpe seco, contundente. Lo escuché muy claramente. Y volvió a quedar en mí una tristeza y un dolor inexplicables.


A veces, las voces de Alberto me desconciertan y me impiden concentrarme, aunque cada vez me resultan más familiares y prácticamente me he acostumbrado ya.  Como tenemos un examen de Biología el lunes, estamos algo alterados. Ahora camino por el pasillo y me dirijo a su habitación. Está gritando:

-       ¡Venga, vamos, cacho lerdo! Que no se te olvide esto, cenutrión, métetelo en tu cabezota, en tu puñetera cabeza, bobo estúpido.

Eso significa que está memorizando. La forma de estudiar que tiene Alberto es realmente peculiar, porque se autoestimula mediante el insulto y el desprecio. Y se entiende que en un momento puntual a uno le puedan motivar estas cosas, pero es que con él es sistemático y automático. No falla nunca. Con Alberto no se pueden decir ni en broma frases como “¿A que no tienes lo que hay que tener para hacer tal o cual cosa?”, porque inmediatamente se pone a hacerla. Es muy, muy extraño, porque aún hoy, y con la edad que tiene, si le dices:”¡Venga ya! ¡Lo que pasa es que tienes miedo!”, o simplemente imitas a una gallina cacareando, él no se lo piensa y se pone a ello, aunque sea lo más absurdo del mundo. Yo, por respeto, evito esas palabras y esos gestos; pero en más de un lío se ha metido ya por no contenerse ante provocaciones tan pueriles como esa. ¡En fin! Cada uno es como es.

-       ¡¡Maldita sea, Albertito de los güichis!! ¿Es que no te vas a aprender esto nunca en la vida?

Acaba de salir enfadadísimo para el salón. Ni siquiera se ha dado cuenta de que estoy en el pasillo, y que ahora mismo voy detrás de él.

*

            Ya se ha calmado. Estamos en la cocina, tomándonos un café y comiendo a destajo, ante lo que se espera que sea una larga noche de estudio. Acabo de ofrecerle mi ayuda, y hemos decidido que vamos a estudiar juntos en el salón. Las leyes de Mendel; en fin, no me parece que sea un tema tan difícil.

-       Carlos, ¿qué fue lo que te dijeron Marta y Fátima el otro día, en el recreo… cuando te acabaste cayendo?
-       ¿Marta? ¡Ah, bueno! Me ofreció participar en una revista que quieren sacar en el Insti.
-       ¿Y qué vas a hacer?
-       Yo qué sé, Alberto… Me encantaría decir que sí, pero con el rugby, … y estamos en 2º de Bachillerato. ¡Fíjate! Octubre, y ya estamos echando noche.
-       ¡No me lo recuerdes! Pero bueno, tiempo hay para todo, ¿no?
-       ¡Pse!
-       Además, ¿cuántos dibujos tienes ya? ¿Y cuántos relatos? ¡Seguro que hasta has hecho algún cómic! Siempre podrías echar mano de tus carpetas, si te ves sin tiempo para hacer cosas nuevas… No seas tonto, y dile que sí, a ti te va todo ese rollo. No sé qué harás cuando te quedes sin Insti, raritillo.
-       Bueno, sí, le diré que sí. Me has convencido.

Último bocado, último sorbo y… ¡a estudiar!



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 17 de Octubre

Anteayer un profesor de Lengua que no conozco me paró por el pasillo. Sin darme cuenta, estaba tarareando una canción; me emocioné y empecé a cantar: “¡Mamunia, Mamunia, Mamunia, oh, oh, oh!” Bueno, acababa de salir de un examen de Química que me había salido horrorosamente mal. No sé por qué tarareaba eso. Pero era sí, con esa extraña palabra, Mamunia. Yo pensaba que me iba a reñir, pero en lugar de eso me preguntó si me gustaban los Wings, muy sorprendido. “¿Los qué?”, pregunté yo. Tuvimos una conversación sin sentido. Luego lo comprendí.
     ¿Cómo era posible que yo estuviera tarareando, cantando, una canción de los 70 u 80, y no conociera al grupo que lo tocaba? ¡El pobre profe creyó haberse encontrado con un joven que todavía los conocía! Pero yo no los conocía, ni los conozco. Estoy convencido de que tenía en la cabeza esa canción por una cronoaudición; la habré escuchado recientemente, aunque no lo recuerde. Si no, ¿cómo se explica?


Hoy ha pasado algo realmente increíble en el instituto. Alberto, en una especie de arrebato feliz, se ha puesto a flirtear con Julia en el segundo recreo, y han quedado para verse esta noche después de cenar, a eso de las nueve y media. En realidad, le ha invitado a acudir al cumpleaños de su hermano, o sea, a una botellona (¡puaj!). Pero teniendo en cuenta que hoy ha sido la primera vez que se dirigen la palabra, no está nada mal. Para el que no lo sepa, hay que decir que Julia no es cualquier chica. ¡Nooo...! Es de 4º de la ESO, o sea, que tiene dos años menos que Alberto. Es rubia, guapa, extrovertida, de mucho carácter, según se la ve moverse por los pasillos; muy alegre y, encima, saca sobresaliente en todo. Todo el mundo en el Instituto sabe quién es ella; de hecho, ya el año pasado llamaba bastante la atención por todo lo que acabo de mencionar. ¡Y no es ninguna pipiola! ¡Maneja el cotarro del Segundo Ciclo de la ESO que se las trae!
            A mí lo que siempre me ha extrañado de esa chica es que no tenga ningún novio o rollete en el Instituto. No me parece bien, en general, que uno tenga pareja tan pronto, la verdad; pero Julia, poderosa dentro y fuera del aula, líder total, parece cumplir un perfil de mandoneo que casi siempre va asociado a tener un noviete del que fardar en el mismo Insti. A ella nunca se la ha visto flirtear con los chicos: con lo alegre que es, ha debido de estar muy centrada en los estudios... ¡O pensar igual que yo a su edad, que todavía ese tema no le interesa demasiado! ¿Quién sabe?
            ¡Y ahora va el ganso de Alberto y consigue una cita con ella! La verdad es que le envidio. No porque yo quisiera quedar con Julia (a mí no me atraen este tipo de chicas, por muy guapas que sean), sino por la gran confianza que demuestra siempre. Hay que tener lo que hay que tener para atreverse a hablar con una chica así, tan tranquilo y tan seguro. Y Alberto es discretito, no destaca demasiado, aunque es cierto que tiene un gran sentido del humor. Está siempre bromeando y riendo. Es un buen tipo, me cae muy bien (a pesar de ser tan distintos). Pero... ¡con Julia!
            Y míralo, ahí tan tranquilo. Son ya las ocho y cuarto, casi, y está sentado en el sofá, con el libro de Inglés en las manos y mirando embobado la tele, con el pijama, que todavía no se ha quitado después de la siesta, y con el cola-cao de la merienda aún sin terminar. ¡Anda que yo iba a estar así en su situación!
            En fin, viernes tarde-noche. Dentro de nada voy a ser yo el que va a estar sentado ahí viendo la tele, solo y sin nada mejor que hacer. La verdad, Carlos, tío, ¡qué poco te sabes relacionar con la gente! Si no fuera por el Instituto, apenas tendría contacto con nadie, aquí, en la Ciudad.
            De todos modos, el curso no ha hecho más que empezar y ya estoy teniendo más relaciones sociales en estos dos últimos meses que en toda mi vida (bueno, esta frase es algo exagerada). Quiero decir, el año pasado, aquí, éramos todo el día Alberto y yo. Nos llevábamos bien con la gente y todo eso, pero después de clase nos íbamos a casa y ya está. A mitad de curso Alberto ya empezó a salir con gente; yo no, por mi carácter. ¡Hubo tantos cambios! Hombre, ahora con el rugby la cosa va mejorando. Aunque tampoco es un tema que me preocupe demasiado.

-       Adiós, Alberto; pásatelo bien.
-       ¡Adiós!

Al final, después de todo, los de la revista me han acogido tan bien, que poco a poco me voy involucrando en el proyecto. Conmigo se cuenta para las ilustraciones, y alguna colaboración poética o algo por el estilo, y nada más. Han sido muy comprensivos con mi situación, a pesar de que la mayor parte del equipo de redacción son compañeros de 2º de Bachillerato, igual que yo: Marta, Fati y Ángel; Yemo está repitiendo 1º y Cristóbal es el chiquitín, de 3º de ESO, pero muy vivo e inteligente. Sin embargo, parece que tampoco soy un mero colaborador, porque me invitan a sus reuniones. Creo que les he caído bien, y, sinceramente, ellos a mí también. Alberto tenía razón: ése es mi rollo. Porque aunque Ángel es un tipo tirando a nervioso, son todos muy sosegados, muy tranquilos a la hora de hacer las cosas (planifican mucho), pero al mismo tiempo se entusiasman con lo que quieren hacer. En eso me siento muy identificado con ellos.
Yemo también dibuja. Tiene un estilo muy diferente al mío, pero tengo que reconocer que me gusta su trabajo. Ya le he dejado ver algunas de mis creaciones, y a él también le gusta lo mío. Hablamos mucho de dibujo, sobre todo de cómics. Los demás escriben. No precisamente literatura, como yo; son más… “periodistas”. Les van los temas de actualidad, los debates, aunque Marta también escribe narraciones (pero siempre con un trasfondo social, parece ser; el tema del medio ambiente es uno de sus favoritos).
El jueves pasado nos invitó a su casa a merendar. Tiene una familia estupenda: un hermano chiquitín y unos padres muy amables. Después de planificar algunas cuestiones sobre la revista, votamos su nombre (también me dejaron votar  a mí). La revista se llamará El Centrifugado (yo no voté ese nombre, por cierto). El nombre viene a que es la revista del Centro que está en pleno centro de la ciudad, y se centra en él; pero también es una forma de fugarse de lo rutinario, y de limpiar algunos asuntos. Bueno, un poco extraño y difícil de explicar. Ahora hay que decírselo a María José, pero como lo más seguro es que le dé el visto bueno, ya me toca a mí hacer una presentación donde explique el porqué de ese nombre y qué se quiere hacer con la revista. Me ofrecí voluntario a hacerlo yo, porque los otros tenían que hacer tantas cosas, que me dio reparo no prestarme a ello. Como esto siga así, voy a tener que pedir formar parte del Consejo de Redacción. Total, si prácticamente es como si lo fuera…


 
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 18 de Octubre

Creía que estaba soñando pero, a las cuatro de la mañana, me desperté porque Alberto, sin querer, dio un portazo al entrar, y, aunque ya estaba despierto, aún seguía escuchando a niños, un montón, jugando en una plaza o parque o patio de colegio: al fútbol, a la comba, a las chapas (¿qué es eso?), al corre que te pillo, … en fin, cada uno en su grupo a un juego distinto. Estaba escuchándolo antes de desvelarme y, como estaba dormido, lo soñaba, soñaba con las imágenes de unos niños, jugando felices. Luego no pude volver a dormirme, pero me sentía a gusto, feliz. Me levanté a las seis, y las siete menos cuarto me volví a la cama. Cuando por fin volví a coger el sueño, justo a las siete y media, sonó el despertador de Alberto. Pero yo, pensando que era otra audición de las mías, hice un esfuerzo y dormí algo más, hasta las ocho y media, por lo menos.


Ayer tuvo que haber pasado algo realmente increíble en la botellona esa, porque el penco de Alberto... ¡se ha levantado a las siete y media! ¡Un sábado! Esto lo marco yo en rojo en el calendario de la cocina ahora mismo, vaya. Me muero de ganas por saber qué pasó. Volvió a las nueve de hacer footing, y lleva ya dos horas seguidas estudiándose un tema de Literatura. Pero ¡si no hay ningún examen de Lengua a la vista! Estoy deseando que salga para preguntárselo.

*

¡¡¡Alucino y flipo en colores con la Julia esa y el Alberto este!!! A ver si soy capaz de comprenderlo bien. Al parecer, la botellona de marras fue una pedazo de fiesta donde estaba hasta el Tato. Para empezar, Alberto estaba en su salsa, pasándoselo de maravilla. Así, con el puntito dado y en pleno fiestón, se pone algo melosillo con Julia. Y entonces ella, viendo claro por dónde iban los tiros, y con sus amigas de testigos, le propone a Alberto un trato. Si supera una serie de pruebas que ella le va a poner, entonces podría ser que empezaran a salir juntos. ¿Qué pruebas? Pues espérate ahí un momento. Se va la niña y al rato aparece con una carta muy bien preparada donde se detallan esas pruebas. Y entonces, aquí el amigo, con sus dos añitos más que ella, pero como si tuviera dos menos, en lugar de reírse del asunto y mandarla un poco a paseo, le dice, tras leer la carta, que adelante, que lo quiere intentar. Y la otra, que apenas conoce a Alberto (que vale, que es muy buena gente y tal, … ¡pero ella no lo sabe!), responde delante de las que estaban allí con ella que, en el caso hipotético de que él superase las pruebas preliminares, tendrían una cita romántica, y entonces le plantearía otras pruebas, y así hasta que se hicieran novios formales, aunque dudaba mucho, mucho-mucho-mucho de que él lo fuera a conseguir. “¿Por qué?”, le preguntó. Y ella le insinuó que porque no tenía pinta de ser un tío lo suficientemente tío como para conseguirlo hasta el final. ¡Ostras! ¡Ahí le dio! Dile tú eso a Alberto. Aunque tengo que decir, por lo que le llevo escuchado esta preciosa mañana de sábado, que le motiva más el hecho de llegar a salir con ella que el de sentirse herido en su orgullo; que le gusta mucho, mucho-mucho-mucho, y que el tema este de las pruebas le motiva también, le da un no sé qué de salsilla al asunto. ¿Salsilla? ¡La madre que…!
Pues el pacto se selló en ese momento. Él firmó en no sé dónde y ella en la misma carta. Y ninguno de los dos se han andado con chiquitas: ya mismo, hoy, comienzan las pruebas preliminares para que Alberto tenga alguna remota posibilidad de acercamiento amistoso a Julia. Según la carta de marras, que me ha dado a leer mi compañero, cada uno de los interesados (o sea, Julia y Alberto) debe elegir a un testigo y árbitro, una especie de padrino, como si de un duelo se tratase. La bella y superflua Julita ha elegido, de entre su enorme elenco de amigos y allegados, a su prima Reyes, tres años mayor que ella y que estudia 2º de Bachillerato y que asimismo está en nuestra clase (¡muy lista la niña!). Alberto, claro, tiene un grupo de amigos íntimos más restringido que se reduce a mí, el desocupado Carlos que, como este año no tiene absolutamente nada que hacer y está aburrido, ejercerá de padrino de Alberto. Los jueces, al final de todo el proceso, serán la misma Julia y su hermana mayor de 22 años… ¡mira tú qué bien! Eso si hay proceso, claro, porque antes aquí mi “amigo” el dormilón, guasón, vaguete y algo tripón tiene que pasar las pruebas de preselección. ¡Pero qué locura es esta! Y digo yo, a estas alturas, con la revista, el rugby, todas las asignaturas, las tareas de la casa y las idas de pelota de mi “amigo” y compañero, de mis padres y de mí mismo, ¿no será que me van a dar la del pulpo en Selectividad?


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Es otoño: las hojas caen rojas, amarillas y marrones, y hace viento frío, frío que no impresiona pero que cala si estás mucho tiempo expuesto a él. Es otoño, en fin, y decirlo ya no es una perogrullada con toda esta historia del calentamiento global: los veranos se prolongan, las estaciones se diluyen, y por eso, ¿quién sabe si no volveré a ver un otoño de los de toda la vida? Por este motivo, he salido a correr, para bañarme de otoño entero. Llevo ya casi una hora, todo un récord para mí. La verdad es que se me ha ido la noción del tiempo, por efecto de la música de mi MP3, que me ha absorbido. Alberto dice eso, que voy como absorbido (absorto, querrá decir) estos días.


Anoche, cuando estaba a punto de cerrar los ojos, llegaron a mis oídos unos pasos claros y firmes subiendo lentamente por las escaleras. Me sobresalté: Alberto estaba ya en su cuarto, desde hacía algunas horas. No quise moverme, tal vez por miedo, creo que sí, que por miedo, y entonces sonó la puerta de mi cuarto abriéndose, y una voz adulta y masculina que decía: “¡Anda! ¡Anda! ¡Al agua! ¡Agua, agua! ¡Espuma!”, en un tono que parecía imitar a algún personaje de dibujos animados. Y una voz muy infantil, repetía: “A-gua, a-gua”.
     Luego, unos sonidos que no logro descifrar, aunque pudieran ser los que provocan el hecho de quitarle la ropa y el pañal a un bebé (yo me lo imaginé así). Y acto seguido, una risa continua, de auténtico disfrute, inocente y libre, sobre mi misma cama, la cama donde yo estaba acurrucado y sin moverme en absoluto, la risa de ese bebé al que hacían cosquillas. Y al fin, se fueron, repitiendo las mismas palabras que al principio. Yo los oí marcharse. Creo que a la bañera.
Ésta ha sido la vez que más nítidamente, y durante más tiempo, he percibido estos ecos del pasado.




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20 de Octubre

¡Increíble! De nuevo, junto al Puente Roto, mientras corría: “¡plof!”. Me paré. No escuché nada más. A lo lejos se veía a Alberto venir, más andando que corriendo, con la lengua fuera, como se suele decir.


De lo mejor que tiene este Centro de Enseñanza es el bar, porque a pesar de que es un edificio muy antiguo y de que la LOGSE obligó a achicar espacios, conserva aún una cafetería muy amplia, y no es difícil poderse sentar en una de las mesas, aunque sea la hora del recreo (el primero o el segundo, da igual). Así que, aquí estoy: once y pico de la mañana, un café con leche en taza, un dónut blanco, los apuntes de Historia a mi lado y la carta de las pruebas preliminares de Julia al otro, sin saber a cuál de los dos mirar primero. Desde luego, el papel de Julia es más llamativo: papel rosa claro con purpurina derramada aquí y allá, y letra grande y redonda en tinta lila. La estoy leyendo ahora atentamente, mientras dejo que el aroma cálido del café se entrometa en mis narices, y lo cierto es que la chiquilla esta, la súper-chuli-Julia-de la muerte, ya me cae definitivamente mal. Por más que intenté convencer ayer a Alberto de que pase de ella, el muy tonto quiere ser un candidato a acceder a la singular compañía de la popularísima (y, por lo que leo, extravagante en su tiempo libre) Julia la rubísima de 4º.
No pienso esto porque sí. Aquí esta niña propone, como requisitos sine qua non para que ella se plantee la remota posibilidad de una cita con mi “amigo”, que el dicho “amigo” mío haga lo siguiente:

1º- Renuncie a hacer un examen de cada asignatura.
2º- Permanezca 24 horas seguidas absolutamente callado, y eso un lunes o un miércoles.
3º- Supere al resto de sus compañeros en una prueba puntuable en Educación Física, la que sea que suceda el 17 de Noviembre.
4º- Un cambio radical en su forma de vestir, más moderna.
5º- La lectura completa de Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, con un examen programado incluido, que tendrá lugar en la Biblioteca Pública del barrio donde vive Julia con fecha que ya se avisará, pero que será allá por finales del mes de Noviembre también.

Pues sí que es exigente la criaturita. Aunque Alberto, a partir de hoy el Tonto Colado, está más que dispuesto a intentarlo. Y yo le voy a ayudar, porque es mi compañero y porque, ¡qué contra!, esto le va a dar mucha vidilla al curso.




martes, 20 de marzo de 2012

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (III)

LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
EL CONCEPTO: SI TÚ ME TOLERAS, SOPORTAS QUE ESTÉ PRESENTE; SI TÚ ME INCLUYES, ME HACES FORMAR PARTE INTEGRANTE.
Nota previa
            Sé lo que significa “escuela inclusiva” como término pedagógico, y probablemente me aproxime a este tecnicismo al volcar aquí mis reflexiones y opiniones. Sin embargo, si bien mi uso del término procede de haberlo escuchado en cursos y en boca de especialistas, realmente lo utilizo como marbete de lo que entiendo que debería ser la escuela pública en lo que a cuestiones religiosas se refiere. En principio había pensado en hablar de “escuela neutra”, pero el adjetivo neutro tiene connotaciones negativas; “escuela laica” tengo que rechazarlo por varios motivos, a saber:
a)    Evoca rápidamente un agrio y permanente polémico debate que no es exactamente el mío, aunque se toque en algunos puntos. Parece enfrentar católicos a no católicos, creyentes a ateos.
b)    Está connotado negativamente, incluso a nivel político.
c)    Podría llevar a considerarse “laico” no como “no religioso”, sino como “antirreligioso”.
d)    Existen acepciones para laicismo que, aplicadas a la escuela y la sociedad en general, suponen adoptar unos valores muy específicos, algunos de los cuales no cuentan con mi respaldo.
Usaré, pues, “escuela inclusiva”. Lo hago porque me gusta la etimología, lo que implica el adjetivo “inclusivo”. No tengo la culpa de que las teorías pedagógicas estén permanentemente aprovechando de forma incesante el vocabulario común y transformándolo en técnico: me gusta inclusiva, como me gusta integradora, etc. De todos modos, sospecho que voy en la línea del especialista “escuela inclusiva”, y me comprometo a revisar mis notas y rastrear por páginas web, cuando disponga de tiempo, para valorar la adscripción de mis pensamientos a los conceptos de estas teorías, utilizando, entonces, si fuera menester, su terminología o, al contrario, desterrándola de mi escrito si no hay coincidencia, para evitar equívocos.
Curiosamente, no soy el único en opinar que estas “teorías” modernas (que luego resulta que no lo son tanto) pecan de ser demasiado “políticamente correctas”, lo que les resta fuerza, sensación de profundidad. A mí, de todos modos, no me parece mal lo políticamente correcto en la escuela, a fin de cuentas tenemos que convivir todos y estos enfoques pedagógicos suelen constituirse en modos, en técnicas, aunque algunos implican desterrar determinada cosmovisión asentada y, por tanto, queriendo o sin querer, entran un poco en conflicto con su inicial corrección política. Lo que sucede es que la cuestión “religiosa” no aparece, salvo para hacer referencia al aspecto cultural-social de esta, especialmente en lo que hace a los inmigrantes magrebíes. Pero el tema se aparca, no se menciona, como si no existiera. Hablan de gustos del alumno, de su situación familiar y económica, de integración prácticamente a todos los niveles, excepto en este. Ya hemos hablado en la entrada anterior acerca de la trivialización de este asunto; no me extiendo más.
Un nuevo ejemplo tomado de mi experiencia en el Colegio y más allá.         

Ya he mencionado mi Colegio (público) antes, aunque no su nombre. Ahora tampoco voy a hacerlo, porque en el fondo da igual cómo se llame: lo que cuento que pasaba allí pasaba en la mayoría de los colegios de la España de los años 80. En clase se rezaba el Padre Nuestro y el Ave María (uno al principio de cada jornada y otro al final, no recuerdo en qué orden). Esto sucedía, al menos, mientras yo cursaba 1º, 2º y 3º EGB (de 1982 a 1984, más o menos). La solución, en democracia ya, fue la tolerancia, no la inclusión: se me consentía que me levantase pero no abriese los labios. Bueno, si me hubiera quedado sentado también me lo habrían consentido; yo me levantaba por consejo de mis propios padres, que verían esa opción como la más correcta; imagino que un poco por respeto a la maestra y mis compañeros, pero seguramente, y sobre todo, porque no querrían que su hijo se destacase y estuviera en boca de los demás innecesariamente. A mí lo que siempre me ha molestado no es que me obliguen a participar (de hecho, nunca me han obligado, siempre me han tolerado), lo que me molesta es que los demás tengan que hacerlo, el mismo hecho de la existencia de este tipo de actos. ¿Por qué, si los demás son católicos, siquiera nominalmente? Por lo mismo que lo de los crucifijos, porque se fomenta un símbolo, un acto, de una religión en la escuela pública como si fuera consustancial a ella, ahora bien, permitiendo, concediendo, la no participación del que no quiera.
Incluso si sabemos que todos los alumnos son católicos, lo vería mal. Tú, si eres católico, verías mal que un colegio público de tu país hiciera suyas tradiciones de otra religión (musulmana, por ejemplo) o símbolos políticos (que se cantase la internacional, por poner otro ejemplo). ¡Es una Escuela Pública! Y por más que te explicase que todos los alumnos son musulmanes o comunistas lo seguirías sin comprender. ¡Sigue siendo una Escuela Pública!
Es eso lo que veo. Que lo NORMAL sea el catolicismo socio-escolar; pero, por supuesto, admitiendo, integrando a los demás. O sea, yo mando a mi hija al colegio público, en el que creo, y, dado que no soy católico, parecerá siempre como que ella está de más. Tengo todas las garantías de auténtica exquisitez por parte del colegio en el respeto de las creencias religiosas que su familia quiere transmitirle. Pero, de un lado, esta le tendrá que estar siempre explicando que en España y el cole la mayoría es de tradición católica, que cuando vea o escuche tal cosa debe interpretarla o tomarla así o asao, pero que tal cosita no debe expresarla ella para no causar extrañeza o molestar o herir a los otros, hasta que sea lo suficientemente mayor para entender que, sin querer, los demás, a veces, sí le hacen daño a ella, al dar por “normal” lo que de ninguna manera entendemos por normal; y que lo hagan los demás, y sin querer, es lógico, nihil obstat, pero que lo haga la Escuela, y queriendo, tiene narices. De otro lado, y derivado de esto último, el sentimiento de extrañeza que la propia institución escolar le va a transmitir, que no sé aún si será mucha o poca, siempre estará ahí.
Otra excusa curiosa, aparte de las mencionadas de la tradición y la trivialización, son los propios padres y sus asociaciones. Lo siento mucho, pero si la Administración debe oponerse a padres y pueblos enteros, tendrá que hacerlo, y sin esperar a que “suceda” que aparezca por el colegio un “raro”. Debe hacerlo per se. No es cuestión de un Consejo Escolar o una AMPA que en pleno patio de un colegio público se erija en alto una estatua de la Virgen del Rocío, pongamos por caso, porque entonces el colegio como tal le rinde honores (si no, ¿qué hace ahí?). La Escuela, cada colegio e instituto, no debe arrodillarse ante ninguna ideología, si bien debe respetarlas todas, a excepción de las demostradas perniciosas. Si una Virgen, o un Buda, o una Media Luna Islámica, preside un patio, eso no es ni trivial ni baladí, por mucho que esté promocionado, impulsado, apoyado o financiado por los propios padres o el pueblo. La Escuela debe trascender esto. El pueblo tiene parroquias, plazas, calles (¡esto también…!); la Escuela no es tan suya, aunque es deseable que participe en ella. El contexto y la tradición cultural son meras excusas baratas para no meterse en líos con fuerzas fácticas o un respaldo no abiertamente declarado, una de dos.
¡Es la Administración, y de oficio, la que debe parar estas iniciativas de antemano! Y no esperar a que proteste, y proteste, y proteste un padre, señalando así a sus hijos, marcándolos a ellos y a sí mismo como el que trae un problema, como el raro, como el que quiere fastidiarnos. O que se calle y se entristezca, porque dé por perdida esa batalla, admitiéndose entonces a sí mismo como español de segunda categoría.
Luego se nos llena la boca hablando de entornos plurales y otras historias similares. ¡Genial! ¡Venga! ¡Vamos a hacerlo! Tú misma, Admón. Educativa, sabes que es lo mejor, cuando lo pones en práctica funciona, tiene respaldo científico-pedagógico y el ejemplo de otros países. Pero no soslayes la religión. No tapes. Atrévete ya. No hieres a nadie; tu conciencia ha de estar tranquila. Pero cuanto más tiempo de democracia pase sin que le metas mano a esto, más raro va a parecer y más difícil va a ser.

Escuela inclusiva aunque nada haya que incluir

            Se desea una escuela inclusiva. Inclusiva per se, en todos los temas. Y preparada para serlo en todo momento.
            Ya debe terminar la era de la escuela meramente tolerante. De facto católica pero que, en el caso que vengas tú, el minoritario, el raro, el otro, te aceptamos, te respetamos y te hacemos, como podamos, un hueco. Esto, claro, es mejor que la Escuela franquista, fue un gran avance en su momento. Pero ya está desfasado. Ya es viejo; se está volviendo cada vez más injusto. Yo quiero que mis hijos estén incluidos a todo nivel, no sólo a nivel legal y formal. Quiero que se relacionen, y jueguen, y se alegren, y se enfaden, y compartan, y discutan, de igual a igual con todos sus compañeros. Igual que yo quiero enseñar Lengua, y Literatura, y valores, a cualquiera que sea mi alumno, y cualesquiera sean sus creencias, o las de su familia, sin presuponer ni dar por hecho cuáles hayan de ser. Aunque pudiera, no me iría a impartir docencia a un Colegio Evangélico, salvo por necesidad. Quiero estar en la pública, con mi gente en amplio sentido, con mis compatriotas de todo tipo y color. Quiero recibir y que me reciban. Quiero, como docente, crear entornos cómodos para todos e inclusivos, incluido yo mismo. Quiero que hagan eso con mis hijos (ahora, con mi hija, no tengo más vástagos de momento).
            Quiero que se enteren por sí mismos, en su relación y diálogo con sus compañeros, y en lo que verán con sus ojos, que la mayoría de los españoles es de cultura católica, y que la suya es otra, y que vean esto como algo normal sin que vaya más allá. Pero no quiero que sientan, como yo sí he sentido, que la escuela a la que ellos van es culturalmente católica, que no es suya al 100%. Quiero que destaquen como procedentes de una familia cristiana evangélica, igual que los demás destacan por otras cosas, pero que no se dé una disonancia entre ese destacarse así (porque lo es) y lo que la Escuela, como institución educativa, marca como “normal”, explícita o implícitamente.
            No sólo lo quiero: lo reclamo. Es justo, sensato y coherente con la tan ansiada Escuela Inclusiva.

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (II)


LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
LA TRIVIALIZACIÓN DE UN TEMA PROFUNDO: ¿EDUCACIÓN EN VALORES?
Sin miedos ya, por favor.
No sé por qué hay miedo a hablar de estos temas hoy en día, días que se suponen de mayor libertad y afianzamiento democrático. Mencionar “escuela” junto con “religión” lleva como la pólvora a personas encendidas por una opción u otra que al final no entran a considerar al alumno como persona, integrante de la sociedad, de una familia, algunas veces con sus creencias (las que sean) muy arraigadas y otras veces sin saber cuáles son las suyas realmente o si necesita buscarlas. Generalmente hay alguien, siempre más de uno, que reclama no entrar en estas valoraciones para no herir susceptibilidades, para no entrar en polémica; mejor no hablar. Y lo peor: este espíritu ya se encuentra, si no lo ha estado siempre, en la propia Administración. Todos estamos optando por no hablar del tema, exactamente igual como, hoy por hoy, sigue estando complicadillo el tema de la Guerra Civil. Son temas que creemos que rápidamente nos van a polarizar en unos contra otros, y por lo tanto mejor es correr el tupido velo. Pero si hay tema, hay tema, y mirar a otro lado no suele resolver problemas. Lo siento: atender a todos, contentar a todos, es difícil si no imposible (¡que nos lo digan a los profesores!), pero eso no significa que no tengamos que trabajar en estas  cuestiones.
Para mí, de todos modos, es lógica esa amarga polarización y su consecuente griterío; lo era, y mucho, en los años 80; se entiende menos ahora, hasta que te das cuenta de que en el fondo el siglo XXI en España no es tan moderno a nivel de pensamiento, de razonamiento, de cuestionamientos. El tema de la asignatura de Religión en la Escuela Pública no es el que estoy abordando ahora, aunque me gustaría ver a aquellos que tan vehementes son por su mantenimiento en contra de los que quieren una Escuela Laica si en algún Centro público de España los alumnos de la asignatura Religión Islámica o Religión Evangélica o Religión Judía tuvieran un amplio número de alumnos en ESO y Bachillerato, qué harían los padres que así opinen. Ya hemos visto reacciones de barriadas enteras cuando se enteran de que van a poner una mezquita allí. No hay más que escuchar las protestas de muchos viandantes de la c/ Castilla en Sevilla cuando los evangélicos de la iglesia que hay allí terminan su reunión de los domingos y se ponen a charlar en la puerta, frente a la cual alguien ha tenido la genial idea de colocar una marquesina de Tussam, provocando un tapón humano. Ya, ya estamos molestando. Ahora, que nadie diga nada si no puede llegar a su casa porque una hermandad está ensayando para una lejana Semana Santa. No creo que esos mismos viandantes protesten cuando se acumula gente a rabiar junto a la puerta de la cercana Iglesia de la O (que de todos modos tiene diáfana su salida cerca del callejón de la Inquisición). Bueno, pero ese no es mi tema. Aunque ahí creo que está la clave, en estas últimas consideraciones.
La Iglesia Católica de este país lleva muchos siglos invadiéndolo todo. No se restringe a la esfera de las creencias personales, sus cultos intra y extra templo y sus tradiciones de manifestación popular en las calles. Ha estado siempre en todo, por encima de todo en demasiados y prolongados momentos históricos. Y quiere seguir estándolo, o tal vez la Iglesia Católica no pero sí corrientes dentro de su feligresía. Aún estamos acostumbrados a su presencia en Instituciones, y la enseñanza, por muy pública que sea, es una de ellas. ¡Está hasta en la Jefatura del Estado (el Rey por fuerza ha de ser católico)!

La Administración trivializa.

            A este respecto, la Administración, como buena administración que es, lo que ha hecho ha sido mirar cómo se tiran de los pelos unos a otros, sin entrar en firme en el tema. En principio, opta por trivializar el tema.
            Cuando hice mis prácticas de Funcionario Docente en Mérida un inspector nos habló de varios Centros donde los padres se habían enzarzado en discusiones muy fuertes a cuento de que hubiera o desaparecieran de las aulas crucifijos que colgaban de las paredes. Para él, era un tema molesto, que generaba amargas situaciones. Y nos decía a nosotros, docentes: “¿Pero qué más da? ¿Es esto un tema importante en Educación? Lo importante son los valores, bla, bla. Nosotros no entramos ahí”. ¡Ah!, ¿los símbolos no son importantes? Entonces, daría igual si yo colocase una bandera soviética en mi aula, o nazi, o con la cara del Che, o la gay multicolor, o con el símbolo de la Watchtower, ¿no? ¿Qué más da? No vamos a pelearnos por eso. Y también daría igual que yo quitase los crucifijos del aula. Supuestamente, la Inspección Educativa Extremeña no entraría ahí. ¡Ay!, pues eso no me lo creo.
            Claro, da igual, pero los crucifijos siguen ahí.  En una clase de Religión, se entiende. En la hora de Lengua o Matemáticas, en una escuela pública, no. Una cruz en un aula de una escuela pública no es un adorno. Está ahí por algo, para significar algo, es un símbolo, con significado además de forma, que preside la sala. Si no fuera así, no existiría polémica, y el católico de verdad pediría él mismo que se quitasen (lo han despojado de significado e importancia; no creo que eso le guste a un creyente católico romano sincero). Esto no es motivo de indiferencia, sin duda que no. Una cruz en un aula está por algo. Esta respuesta administrativa me deja pasmado, siempre me sorprenderá. La polémica no queda resuelta ni siquiera a través de la Constitución, que declara el Estado aconfesional, pero no laico, y ese “aconfesional” ha dado pie a interpretaciones de todo tipo, incluso peregrinas. Pero, no nos engañemos, una cruz puesta por el mismo Centro en un aula, no es un tema nimio, y la Administración es la responsable de decidir si se queda o si se quita y justificar por qué sí o por qué no, y la justificación debe ser jurídica y políticamente correcta; no puede echar balones fuera y dejarlo en manos del Equipo Directivo o el Consejo Escolar de turno.
            La polémica, parece ser, suele molestar a la Administración, especialmente si trasciende a la prensa. Así que comprendo su querer “no meneallo”. Pero me parece inadmisible. Por evitar polémicas o trascendencia pública se han tomado actitudes que han podido favorecer situaciones terribles de parte de la Dirección de un Centro o de la propia Inspección o Delegación, como dejar con sensación de desamparo a alumnos y familias en caso de acoso escolar, ser indiferente o pasivo ante vejaciones a profesores, etc. Esto, menos mal, no en todos los Centros, y cada vez se ve menos, y en estos casos, creo, la obligación de la Administración es poner orden y sensatez, no mirar a otro lado y tratar que se sepa lo menos posible. Pues con el tema que trato pienso exactamente igual.
            Lo mismo que digo de los crucifijos digo de otras situaciones. El colegio donde yo hice EGB, en un pueblo importante de Cáceres, Navalmoral de la Mata (no una aldea), que recibió mucho forastero de muchos lugares de España para trabajar en la Central Nuclear de Almaraz (mi familia incluida), es decir, gente con estudios y de varia procedencia, pues bien, en ese Colegio se mantuvo la fotografía del General Franco presidiendo pasillos, aulas y despachos, por lo menos, que yo recuerde, hasta 1986 (yo cursaba 6º), y fue porque entró un nuevo director. No sé o no recuerdo por qué hubo un cambio de director, si porque ya tocaba, por motivos personales o porque a lo mejor la relación causa-efecto es al revés, y el antiguo director dimitió por estos detallitos, no lo sé. En el fondo me da igual. Lo que no comprendo es por qué la Inspección esperó hasta 1986, al menos, para forzar la retirada de la imagen del dictador, si es que realmente los inspectores la forzaron. Lo prescriptivo, según Ley, era la foto institucional del Rey, o de los Reyes; no recuerdo si tal vez colocaron juntas las dos fotos, Monarca junto a Tirano. Me imagino que la Inspección argumentaría igual entonces que ahora: da igual, qué más da, lo importante es que no haya polémica. A fin de cuentas, imágenes de Franco no se han retirado en según qué lugares hasta hace poco; a fin de cuentas, aún se conservan calles con nombres de Generales y afines al antiguo régimen, incluidos los sanguinarios; a fin de cuentas, Ejército y Guardia Civil siguen rindiendo pleitesía institucional a la Iglesia Católica en multitud de actos, con multitud de símbolos, ahora, eso sí, tolerando entre sus filas a los acatólicos y tolerando su libertad de conciencia. Permitiendo, aceptando, concediendo: faltaría más, estamos en democracia (nótese la ironía).
Pues no. Por más que ahora nos toleren, no podemos estar conformes. La sociedad no debería estar conforme, aunque la componga una mayoría católica. No tiene sentido; es herencia de un pasado que deberíamos querer desterrar de la vida diaria, no de la memoria o los libros de texto, no silenciarla, por supuesto, pero sí rechazar el efecto en la actualidad.
Tradiciones. Manifestaciones culturales. Cuando se ponen en marcha, ¿por qué no habrían de estar presentes las instituciones? Claro que sí. Hay una procesión de Semana Santa. ¿Voy a estar en contra de la presencia del alcalde, de la Guardia Civil, del Rey, …? ¡Claro que no! Y no sólo no me opongo a que estén a nivel personal, sino como representantes de lo que representan. Está muy bien. Pero si es, pongamos por caso, el alcalde como representante del Ayuntamiento, que vaya de invitado, a ver y honrar el acto, nada más. Para que luego honre al Sevilla o al Betis si ganan algo y no dé a entender que el Ayuntamiento es bético o sevillista; para que cuando honre un Premio Literario, una ONG, un congreso de protestantes españoles o la inauguración de una sinagoga lo pueda hacer de la misma manera: como Alcalde. Poco a poco estas cosas van cambiando, pero poco a poco. Intelectualmente cae por su propio peso, pero ahí está el agarradero, de un lado, de la trivialización, pero de otro, cuando interesa, de la etiqueta “manifestación cultural”.

Educación en valores

La Escuela debe educar en valores. ¡Bien! ¿Qué valores? Muy en boga están algunos, a veces, y por desgracia, también trivializados o entendidos como políticamente correctos, sin darnos cuenta del todo de su profundidad e importancia: igualdad entre hombres y mujeres, rechazo de la homofobia,  educación para la paz y la no violencia, educación en valores democráticos, … Pero a veces se nos olvidan otros. La necesidad espiritual del ser humano se ha olvidado. ¿Tal vez porque la Escuela no deba entrar ahí? En Psicología de la Personalidad está volviendo. El hombre se sigue haciendo las mismas preguntas trascendentes de siempre. Y si no se las hace, entonces malo. Porque estaría anestesiado.
No sólo hablaríamos de la espiritualidad del ser humano propiamente dicha (sus ansias de eternidad, por ejemplo, como diría Unamuno; su conciencia moral; el más allá de la muerte; si existe Dios; etc.). En este mismo sentido van los comentarios negativos acerca de la juventud de hoy día, que tiene de todo pero no es capaz de valorar lo realmente importante. No hay por qué ceñirse a lo estrictamente “espiritual”. Se echan de menos los debates en el aula. ¡Pero es que es muy difícil tenerlos! En mi época de estudiante era más fácil, y la mayoría de las veces surgían solos, por iniciativa de los alumnos, o incentivados por el profesor: temas políticos, de actualidad en España o el mundo (yo recuerdo en 1º de BUP que hablábamos de la 1ª Guerra del Golfo), temas morales (eutanasia, aborto, machismo, …, y no sólo en clase de Ética), ¡también temas religiosos!, … Si, por lo que fuera, un profesor se pasaba un poquito de rosca hacia un lado, eso no mermaba nuestra sensación de pluralidad y libertad de pensamiento: tan fácil, como que luego venía otro y se pasaba de rosca hacia el otro lado. Ahora no es tan sencillo. Los alumnos no le dan al coco (preocupa la justificación del maltrato de género por parte de las adolescentes y jóvenes universitarias de hoy, según encuestas recientes; parece un contrasentido, cabría esperar lo contrario, la sensación de dar pasos atrás es terrible). La tele tampoco ayuda; la lucha contra la simplificación general de temas debería ser una prioridad de la Escuela; es penosa la capacidad de argumentación de los alumnos de Bachillerato (hablo en general). Cabría hablar, en cierto modo, de desalfabetización. Esta perspectiva, de ser cierta, es peligrosa. A mí me da miedo.
El sistema, o la malinterpretación del sistema educativo, tampoco ayuda. Hemos de ser autocríticos. Los profesores. La administración y los políticos también. No va a ser todo culpa de los alumnos. No va a ser todo culpa de los profesores.
Lo que se calla, y lo que se consiente, también comunica. Los mensajes se transmiten también por omisión, como los pecados. Los actos escolares amparados en la tradición lo hacen, y educan en valores (el valor de la tradición). Aunque se tolere a los no participantes. Eso es permitir autoexcluirse. Eso, entonces, es una aberración en los términos en que la Escuela española quiere definirse a sí misma.


domingo, 18 de marzo de 2012

RELIGIÓN Y ESCUELA INCLUSIVA (I)

LA ESCUELA PÚBLICA,  ¿TOLERANTE O INCLUSIVA? LA PERSPECTIVA DE LAS MINORÍAS RELIGIOSAS
INTRODUCCIÓN: CONEXIÓN CON LA ENTRADA ANTERIOR.
Preámbulo de cariz personal
            No quiero inundar mi blog con reflexiones acerca de la escuela pública andaluza y española y las creencias íntimas religiosas del alumno, el profesor y las familias. Primero, porque cuando lo creé no era esa mi intención. Más que manojitos de mirra, estos escritos irían tomando un cariz cada vez más reivindicativo, y asimismo una extensión tal, que sería más propia de un artículo periodístico o pequeño ensayo, o diario de pensamientos, que de un blog que tendía, en principio, más hacia lo artístico (hacia un arte modesto aunque sincero). En segundo lugar, porque no tendría fin, no al menos, en mí, en mis pensamientos, y me tendría “ardiendo” en mi fuero interno muchas semanas mientras que muy poco en el de posibles lectores (de todos modos, también el amor es fuego, pero las combustiones internas desgastan mucho). Y si para algo estudio psicología es, entre otras cosas, para ser emocionalmente inteligente. Y, en tercer lugar, porque los frutos de la plasmación de estas reflexiones serían, o nulos, o contradictorios. ¿Tal vez para señalarme a mí como raro, o polémico? No lo sé. Y porque es una lucha al ralentí, y si alguna vez cae la breva será tarde y mal, como siempre en este país para estos temas. Lo que yo observo ahora es igual o peor que hace 20 años, cuando yo era alumno de 2º de BUP. Ya lo he comentado en la reflexión anterior. Por otro lado, me centro, claro, en la relación religión-escuela, pero no hay que ser muy avispado para darse cuenta de que lo que yo opino en el contexto escolar también lo opino para toda institución pública. Aunque, por lo que a mí respecta, el palillo que a mí me toca tocar, si me permiten la redundancia conceptista, es el de la educación.
            Sin embargo, al menos sí dejaré aquí este segundo llamémoslo artículo, o reflexión personal, que fragmentaré en tres entradas de blog; al fin y al cabo, soy cristiano evangélico, he sido alumno de la escuela pública como tal, y ahora trabajo para ella como tal; también soy educador vocacional (siempre, desde que tenía 14 años, he querido ser Profesor de Lengua y Literatura de Secundaria, y de un Instituto Público); por último, soy español y ciudadano de pleno derecho de este país, y por tanto, como al resto de mis compatriotas, este tema me concierne.
            Cuando trabajo, no me destaco como cristiano evangélico, faltaría más. Tampoco le pregunto a mis alumnos cuáles son sus creencias religiosas, o la de sus padres, aunque por supuesto ya sé que el 90% de ellos son de cultura o nominalmente católicos, y que de este porcentaje una gran mayoría vive las tradiciones de raigambre católica de sus localidades con una normalidad que les lleva a pensar que todos son o deben ser así. Por supuesto, también de ese porcentaje, aunque algo menos, tenemos alumnos y familias cuya fe católica va más allá de las exteriorizaciones festivas o meramente culturales, y se fundamenta en un verdadero interés moral y religioso por el cristianismo católico romano. Para todos, vaya mi respeto (y va, y no sólo de palabra).
            Cuando entro en el aula, y me pongo a trabajar con mis alumnos, yo soy un profesor que debe cumplir con su trabajo, y que quiere hacerlo con vocación e ilusión, que nunca he perdido desde que empecé. Sé cuál es la responsabilidad que tengo entre manos, cuál es la confianza que padres y alumnos depositan en mí, y sé, no sólo cuál es mi temario y los contenidos de Lengua y Literatura que debo trabajar, sino además los valores que tengo que fomentar, como el respeto, la democracia, la cultura de paz, la corresponsabilidad, etc. Y contemplo, incluso en los malos días, cada jornada un milagro, el milagro de enseñar y de aprender junto a un grupo de entre 18  y 38 personas (yo trabajo con personas). La mayoría de mis alumnos no sabe cuáles son mis convicciones en sentido religioso y político, como yo siempre he pensado que debía ser. De hecho, creo que no lo sabe ninguno de ellos.
            Tampoco es que me oculte. Si me preguntan, respondo. Lo hago con naturalidad. Ni con vergüenza ni con orgullo. Soy parte de la comunidad educativa, ahora mismo soy parte del IES Torre del Rey, y soy parte yo, tal como soy, en el contexto de que yo sí soy un profesional de la enseñanza y como tal he de comportarme. Puedo poner sobre la mesa (claro que sí), mi punto de vista, como otros tantos también hacen. Si una alumna de ESO  tiene que escuchar las risas de una profesora cuando afirma que Jesús nació de la Virgen María siendo ella virgen, sólo porque tal compañera no se cree esa historia, ¿por qué no podrá escucharme a mí mi opinión, especialmente si se me pide? Ahora bien, he dicho poner, no imponer. E incluso voy más allá: ellos son adolescentes, yo soy adulto y además probablemente un referente o modelo (positivo o negativo), no es justo un debate de igual a igual, lo sé. Incluso al opinar, en la escuela, lo debo hacer proporcional y responsablemente, porque mi objetivo es formar, dentro de mis posibilidades, al alumno, que aún no tiene del todo definida su personalidad. Cuando yo era alumno, también discutía con mis profesores, si ellos me lo permitían. Casi siempre me mostraron gran respeto. Me dejaban exponer, me replicaban pero moderando sus opiniones, no me hacían sentir mal. Fueron buenos profesionales. También los conocí malos a este respecto, pero fueron pocos y eran malos también en otros aspectos de su docencia.

Julia en la Onda

            Políticamente, me defino en mi perfil de Facebook de izquierdas sin radicalismos. Precisamente por eso, y sin dejar de serlo, escucho habitualmente Onda Cero. Es una paradoja, lo sé; pude escapar de la SER, que acabó saturándome de muchas cosas, como de determinadas teorías de vida que no comparto, y de la adscripción de esa cadena progresista a tradiciones que, en mi opinión, no pegan nada con las mencionadas “teorías”, especialmente cómo se arrima a la Iglesia Católica en cuestiones superficiales, y no tan superficiales, cuando le interesa, o su fomento de los toros.
            Las opiniones de esta otra cadena marcadamente de derechas, Onda Cero, no hacen mella en las mías. Sobre todo, me refiero a Herrera en la Onda y La Brújula; más bien las reafirman. Al menos, en ellos los comentarios y actitudes que escuchaba en la SER sí me parecen coherentes,  y me hacen pensar en lo que yo realmente creo. Sin embargo, Julia en la Onda está en otra (onda). De hecho, en alguna ocasión me han hecho revolverme por lo contrario de los programas anteriores. Me suele gustar, depende del día. Cada vez me gusta más.
            Voy a aprovechar dos comentarios, en dos emisiones de este programa de esta semana que acaba (o que acabó ayer, según se mire; el domingo es realmente el primer día, y no el último), para conectar o afianzar lo que expuse en la anterior entrada sobre Educación y Religión, y además para introducir en la siguiente, que ya va al grano sobre la Escuela Inclusiva.
            Creo que a mitad de semana (¿el miércoles?) dieron la noticia de que en la Comunidad Valenciana habían detenido a una serie de personas que, ilegalmente, organizaban peleas de gallo. Se recordó que las peleas de gallos son ilegales en nuestro país, excepto en dos comunidades: Canarias y… ¡Andalucía! Eso sí, con “garantías”, como, por ejemplo, que quedan prohibidas las apuestas y que se exige la presencia de un veterinario que acaba por no hacer nada porque, por lo general, uno o ambos gallos acaban muertos. ¿Y por qué es legal en estas dos comunidades? Porque se considera una tradición cultural.
Di un salto de la cama (es una hipérbole, hablo en metáfora, no di ningún salto). Digo, di un salto de la cama. ¡Qué casualidad, hombre, la frasecita-excusa de nuevo, de la que yo hablaba en mi entrada de blog! ¡Qué poco me gusta la palabra “tradición”, y eso que yo soy muy de formalidades y me encanta conocer el mundo antiguo (y más cuanto más antiguo)! Es una palabra muy tramposa, porque consigue lo contrario de lo que en principio pudiéramos entender que pretende. La tradición se presenta como un valor positivo, como conservadora de parte de la esencia de la cultura de los pueblos, pero acaba por preservar formalismos que dificultan o impiden la reflexión acerca del por qué, entre otras cosas, acaba defendiendo el envoltorio y va perdiendo poco a poco el contenido y el sentido. Yo no tiro contra todas las tradiciones. Ni digo, como otros, que impiden el progreso. No lo creo. Sólo digo que, cuando se erigen como el valor máximo, por encima de la libertad individual, la inteligencia, el pensamiento, o la escucha del corazón, se transforman en una excusa, en un pitido ensordecedor. Como argumento para defender la persistencia de una costumbre, la tradición no es más que una falacia, prima hermana del “porque sí” y del “porque lo digo yo”. Y esto es una pena, y muy especialmente en materia religiosa, en la sustancia de lo íntimo. Yo no quiero que te conviertas a mi religión. Como educador, como persona, lo que me escandaliza es que hagas cosas por inercia. Que el único motivo sea la tradición. La tradición está muy bien después, no antes. “Yo creo en Dios, y soy católico-romano convencido, y además, y por lo tanto, sigo estas tradiciones” me parece muy correcto y muy coherente (no hablo como cristiano, pues como tal me gustaría entonces debatir contigo con tranquilidad acerca del cristianismo; digo esto como persona que desea ahora manifestarse neutra). “Yo sigo tal tradición y la mantengo, a pesar de que no creo en Dios, o a pesar de que no me planteo el tema” chirría en cualquier oído mental medianamente abierto. Recuerdo, hace muchos años (yo hacía el COU, y se acercaba Selectividad) que dos compañeros de clase empezaron a trabar cierta amistad conmigo. Los dos eran amigos entre sí porque compartían una filosofía de vida: les encantaba el mundo cofrade. Sus carpetas estaban llenas de estampas de Vírgenes y Cristos (¡qué mal me suenan estos sustantivos en plural!), y dedicaban parte del día a visitar iglesias. Discutían acerca de pasos, …, en fin, lo que se conoce en Sevilla como “capillitas” (lo digo con cariño, y no despectivamente; me gusta respetar, quiero que me respeten). Una vez les pregunté: “Pero vosotros, ¿creéis en la Virgen, y cada talla es representación de la misma, o tenéis fe en la Virgen de Tal o Cuál y para vosotros son distintas?” Uno me respondió que, aunque a él le podía gustar más una talla que otra, o se sentía más afín a una Hermandad que a otra, en última instancia todas eran la representación de la Virgen María, y en ella creía. El otro afirmó rotundamente que él hacía distinción a todos los niveles: una era la Esperanza Macarena y la otra era la Esperanza de Triana, y nada tenían que ver una con otra. Se reafirmó varias veces en ello, por más que el otro le mirase con perplejidad. ¿Qué importa si se trata de un imposible teológico? Lo importante es la talla, no lo que representa; el significante literal, no el significante junto al significado. He ahí el efecto de la Contrarreforma en plenos años 90 del siglo XX, que golpeó desde sus inicios no sólo a protestantes (a las ideas protestantes y a las personas), sino a la misma fe católica cuando se intentaba poner en marcha en serio. No dio sólo a luteranos, también a erasmistas (¡ahora, tras siglos, empieza la institución católica a sacar valores erasmistas! Con relativo éxito, por cierto, es difícil luchar contra tu propia máquina). Estuvieron a punto de poner Biblias (¡otro plural molesto!) en manos del pueblo, de incentivar la sinceridad de un tema que, al final, es personal, y acabaron creando un ingenio espectacular para mantener al pueblo en unas creencias, con muy poca confianza en la capacidad del ser humano para elegir sabiamente. El proyecto de Arias Montano y otros (catolicísimos romanísmos) al traste… ¡Y pensar que Carlos I (o V) estuvo a un tris de dar la Biblia al pueblo! Pero la Biblia a los ojos de todos, casi siempre ha estado prohibida, luego censurada, y ahora cuesta apoyarse en ella.
Miguel de Cervantes, católico y erasmista, criticó en Rinconete y Cortadillo la falsedad de la apariencia religiosa. Aquí sí que fue barroco nuestro querido manco. Nos presenta el patio de Monipodio, delito tras delito, degradación moral tras degradación moral, y luego a estos mismos delincuentes que se esfuerzan por poner velitas a santos, manifestando una religiosidad llevada hasta las últimas consecuencias y tomada muy en serio por los del patio. ¡Qué antítesis, qué horror, qué sinsentido! Pero le creemos. Los cárteles mejicanos rezan a la Santa Muerte, muchos matan en nombre de Dios, con Dios en los labios, y se creen respetables y moralmente correctos, como la mafia. Pues ese es el lado oscuro de la palabra “tradición” y su enorme poder cuando se usa como argumento. ¿La queremos en la escuela?
Me reitero: no tiro contra la tradición, en general. Es un valor a posteriori, como el valor artístico de los monumentos. Así, ¡qué bien en los colegios y centros de enseñanza! Pero al revés es una incoherencia de gran magnitud. Cuando aparece como causa, y no como como efecto, es terrible. Ese “Como es tradición, …” no se puede consentir en una sociedad democrática, avanzada y culta como pretendemos ser. Y este comentario no debe tomarse como contraargumento hacia ninguna religión, creencia o ideología. Eso no es lo que digo. Al contrario, está en la base del cristianismo. Acuérdate de Jesús enfrentado a los fariseos, llamándolos hipócritas, aferrados a las tradiciones pero descuidando las necesidades espirituales y sociales del pueblo. Acuérdate de que los primeros cristianos renunciaron a tradiciones muy, muy arraigadas en su cultura greco-romana, y que sufrieron persecución por ello.
Una de las colaboradoras de JELO (Julia en la Onda) puso fin a la noticia que comentaban acerca de las peleas de gallos. Dijo algo así como: “Aquí, con la tradición, se puede llegar a admitir cualquier cosa”. No puedo estar más de acuerdo. Pero no sólo el maltrato animal. También las opciones de las personas. Por desgracia, también la libertad de pensamiento, también una verdadera escuela pública inclusiva en serio, y no de boquilla.
El viernes 16 de marzo debatieron sobre el anuncio publicitario que ha lanzado la Iglesia Católica y Romana para que haya más seminaristas, para fomentar la vocación religiosa de hombres para que lleguen a ser curas (en su sección El Gabinete; título: “La vida del sacerdote”). No sé quién lo criticó más ferozmente, si los ateos o los católicos que participaban en la tertulia. Yo creo que estos últimos. Uno de ellos (¿el único?), el general Monzón, muy católico, se nota que muy convencido, no estaba de acuerdo porque el anuncio se apoyaba, no en la vocación sincera, sino en que se ofrecía como salida laboral. Entiendo su crítica: no iba a lo profundo, intentaba captar en plan “guay”. Curioso, en ese debate yo estaba más próximo a él que al resto. Sin embargo, comentando del aspecto laboral del sacerdote, empezaron a recordar cómo en otra época no tan lejana la Iglesia se constituía en la única salida para muchas familias para que, al menos uno de sus hijos, pudiera tener acceso a la educación. Si te admiten en el Seminario, además de cubrir tus necesidades y salir del estado de miseria en el que nos encontramos, hijo, además vas a recibir educación. Luego, si quieres te quedas de cura y si no, te sales, pero con formación y, por tanto, con posibilidades. Llamaron a eso LABOR SOCIAL de la Iglesia, y lo ponderaron como algo bueno: en un estado de miseria general, la Iglesia daba esa oportunidad. A mí me entristeció, no sólo el comentario y la baja calidad de la reflexión (¿qué hace la Iglesia, y no el Estado, con capacidad para dar esas opciones?), sino sobre todo el parabién de los contertulios y el silencio de la presentadora. La situación que recordaban llevó mis pensamientos a la Edad Media y los Siglos de Oro. Entonces también la religión era la única salida económica y educativa para la mayoría. ¡Qué pena!
Cuando las tropas nacionales (nacional-católicas) se hacían con un pueblo, una de las primeras cosas que hacían era asesinar al maestro. Era explícito el objetivo de exterminar la Escuela Pública que la República había fomentado, con esos aires de libertad que tan poco gustaban al bando nacional (cf.  A. BEEVOR: La Guerra Civil española, Crítica, Barcelona, 2005, p. 136 y la nota 6 del cap. 8, en la p. 742, que reproduzco: “Este colectivo [el de los maestros] fue uno de los más castigados por la represión nacional. Varios cientos de maestros fueron asesinados en las primeras semanas: 20 en Huelva, 33 en Zaragoza, 50 en León… Véase Jesús Crespo, Purga de maestros en la guerra civil, Ámbito, Valladolid, 1987; F. Morente: “La represió sobre el magisteri” en Actes del IV Seminari sobre la República i la guerra civil, pp. 80 y ss.”  ). ¿Y lo que vino después se llama LABOR SOCIAL? Por otro lado, otro contertulio, ateo pero que defendió virtudes de los jesuitas (¿?), que acabó el Gabinete con un comentario irrespetuoso que molestó al general, hizo antes otro que yo sentí lastimoso. Una de las cosas que, según él, merman la vocación sacerdotal, aunque por encima de todo lo hacen los valores de los jóvenes de la sociedad actual, es que también muchos de ellos con inquietud por buscar a Dios se convierten al evangelismo (sic), adventistas, del Séptimo Sello “y la madre que los parió”. Más allá de lo vulgar del final del comentario, lo que a mí me molestó más fue el trasfondo de como si “esto, esto y esto y la madre que lo parió” fuera ilegítimo, extraño, raro, y este pensamiento, de nuevo, nos lleva a la identificación de España con el catolicismo. Si hay personas, y cada vez más, que llegan a una convicción personal que afecta, sobre todo, a sus propias vidas, como él mismo se ha hecho ateo, ¿qué problema tiene? ¿Sobramos, estamos de más? Desde el S. XIX existimos como minoría en este país; estábamos en el S. XVI, naciendo del mismo catolicismo, pero tuvimos que huir de la Inquisición o sufrirla. También hubo erasmistas y variantes a lo largo de la Historia de España, a pesar de presiones insoportables, por los que debo mostrar mis simpatías. Él mostraba las suyas por (¡atención a los polos opuestos!) San Francisco de Asís, por lo que tenía de vocacional y sincero este religioso, y también, en cierto modo, por los jesuitas, que marcaron un tanto su biografía (la compañía de Jesús, recordemos, nacida para combatir el protestantismo y cortadora de alas en general como motor de su existencia). Para acabar diciendo que la falta de interés de los jóvenes católicos españoles por sus propias creencias les iba a hacer un favor, un gran bien: que iban a dejar de ser católicos. Lo que, lógicamente, molestó al general.