UNA NUEVA SESIÓN
Hacía unas pocas horas, Julio se encontraba de nuevo ansioso
sin saberlo, con la sensación de que algo se le escapaba, que no manejaba bien
porque, sencillamente, no lo veía: las palabras de Nélida no eran nuevas, pero
sí sus gestos, de hartazgo, de cansancio por verle sin hacer nada ante algo
para ella muy evidente. Pero ahora se encontraba, tranquilo, ante la escalera
oscura. En calma, sí, porque había hecho sus respiraciones conscientes y porque
hacía cinco minutos seguía con Alba de frente, cercana en tantos sentidos,
guiándole con su sosiego perenne sus pensamientos, dándoles un sentido, y
escuchándolo. Se dirigió a propósito a la casita, nada escondida, desapercibida
sí, antigua, y una vez dentro se plantó frente a las escaleras, dispuesto a
subirlas.
Observaba
sus propios pies poniéndolos en cada escalón: los tres primeros eran de madera,
los siguientes de piedra. Se embargaba del aroma antiguo a madera y subía con
lentitud, decidido pero concienciándose, no siempre escuchaba en su mente la
dulce voz de Alba.
-
Estoy frente a la puerta.
- Muy
bien. Ábrela cuando te sientas preparado.
Una puerta antigua, gris azulada
mal pintada, en la parte más oscura de la casita. Toma el pomo, la abre
lentamente y contempla antes de entrar. Deja que el primer impacto de luz pase,
y lo disfruta, se deja embargar de esa alegría y luego observa detenido la
enorme estancia que se planta ante sus ojos, y se la describe a Alba, a la que
ahora no escucha, pero sabe que le oye: unas enormes ventanas al frente por las
que, ya desde allí, se vislumbra el verde sosegado de un jardín; una mesa
alargada y enorme enfrente, muy moderna; las estanterías, algunas con libros,
otras con elementos decorativos y con macetitas de plantas vivas, lozanas. Las
sillas, blancas, como siempre. El mobiliario blanco, gris, transparente,
madera, contrasta con tonos suaves de telas, de objetos: verdes pastel y sobre
todo azul claro, el predominante de los detalles, y de vez en cuando un rojo,
un verde vivo sin chillar.
-
Entro. Enfrente de mí, la mesa. De espaldas, sentados, hay dos, uno es bastante
mayor que el otro, casi adolescente, están tranquilos. Hay de la otra banda uno
de pie, con los puños sobre la mesa, parece muy enfadado, a punto de explotar.
Sé que hay más, muchos más, se nota en el ambiente, esta vez hay muchos.
- ¡Qué
bien! Ve a hablar con los que sientas que debes hacerlo. Diles siempre que los
vas a escuchar sin juzgarlos.
Por menos de un segundo, a Julio
le pareció oscurecerse todo, y eso fue porque en ese momento había pensado en
Nélida, fue fugaz. A los cuatro pasos ya podía contemplar la grandiosidad de la
habitación, con solo mirar a su izquierda. En el sofá estaban sentados tres,
uno de ellos más bien recostado, también le daban la espalda. En la alfombra se
encontraba un señor mayor entre dormido y ensoñado, con su cabeza reposada en
un cojín y como en la relajación final de una buena sesión de yoga. Algunos
caminaban de acá para allá, y un hombre tranquilo parecía custodiar la puerta
de allá al fondo, la más escorada a la derecha, la que daba acceso a un
cuartillo desde donde se oía protestar a alguien encerrado. La totalidad de la
largura de la mesa también era posible verla ya, a su alrededor había
bastantes, la mayoría sentados y trabajando, escribiendo en folios o en
portátiles, la habitación estaba a pleno rendimiento. Desde una esquina, el de
diecisiete años le levantaba la mano, saludándole: un viejo conocido, siempre
estaba, siempre hablaba con él. El chico le estaba agradecido por las tantas
charlas sostenidas días, meses atrás, y se le veía cada vez más feliz, más
pleno, más enfocado. Julio sabía que se quedaría allí plantado hasta que él
mismo se le acercara para preguntarle qué tal, escuchar sus progresos y darle
un par de nuevos consejos.
Eso fue
lo primero que hizo, acercarse al muchacho, y le costó más de lo habitual.
Generalmente primero acudía a la mesa, luego al sofá; sin saber nunca por qué,
le requería un gran esfuerzo mental adentrarse más allá de ese sofá, pisar la
alfombra era como andar sobre las aguas, avanzar hacia la puerta interior era
como ir contra corriente, como si el aire fuera un fluido viscoso. Llegó hasta
él, le apretó el hombro, le acarició el brazo, le preguntó, dejó que se
expresase, le comentó luego si esta vez quería un abrazo, se abrazaron.
- Muy
bien -le decía el susurro de
Alba -, le has hecho mucho bien
al chico, eres como su padre, Julio, me encanta ese progreso en ambos.
Volver
hasta la mesa de trabajo era siempre más rápido; claro, ahora era ir a favor de
corriente, surfeas la alfombra.
-
Puede que hoy esté aquí mucho tiempo, Alba. Hay demasiados.
- No,
debes estar lo de siempre, no es necesario que hables con todos. Si quieres,
acércate a los más habituales, o a los más desconocidos. O pregúntales,
simplemente exponte para que interactúe contigo quien más lo necesite. ¿Tantos
son?
- He
contado cuarenta y seis. Empezaré por el lascivo.
Sabía
que estaba en el sofá. Como siempre, lloraba silencioso, con ese otro con el
que hablaría luego, serio, callado, vigilante y de pie. Se alegró de verlo, se
sentó junto a él. A este había que repetirle que no le juzgaba, que también lo
apreciaba, lo amaba, que era tan necesario como los demás. Él se llamaba a sí
mismo asqueroso, lascivo, guarro, insensible, lujurioso; Julio le hacía ver que
el sexo es normal, que hay impulsos naturales que deben estar; hablaban y la
culpabilidad se iba mitigando. De forma automática, sabía que luego tenía que conversar
con el serio, el vigilante, que tardaba en derrumbarse, que acababa
reconociendo que sus capacidades podían encauzarse mejor que atormentando a los
demás con su vara de medir inflexible.
- Hoy
grita mucho el que está encerrado, Alba.
-
Quiere expresarse. Intenta convencer al guardián para que lo deje salir y pueda
dar la cara de una vez.
Eso
tardó en pasar. Habló con el proyector de ideales paternos que a sus treinta
años quería rebelarse, se le acercó muy necesitado de conversación. Charló con
el romántico y lo abrazó también, que al fin reconoció que su forma de amar tan
platónica acababa siendo tóxica y que podría llevarse bien con el lascivo, se
necesitaban el uno al otro en lugar de considerarse enemigos irreconciliables.
Habló con el de los puños sobre la mesa, que canalizó su ira dándose al fin
valor y culpando a otros de esas culpas ajenas a él; también tuvo que animar al
poeta en ciernes. Pero al fin se acercó a la puertecita. No tuvo ninguna resistencia
ni reticencia del guardián, el de dentro la golpeaba. Salió a gatas, medio
ciego por la avalancha de luz que se le vino encima y le dio las gracias aun
sin saber a quién tenía delante. Se incorporó y miró a Julio agradecido, sin la
agitación que clamaba por salir.
-
Alba, acaba de salir otro tras él.
-
Entonces hay cuarenta y ocho en total.
- ¡Sí!
Voy a hablar con el primero, tiene mi misma edad, es casi idéntico a mí.
Tras
decirle que no lo conocía, que era un auténtico desconocido del que nunca había
oído hablar ni tenía constancia de su existencia, y que no le juzgaría dijera
lo que dijera, apenas le dio pie para el diálogo, ya arrancó de una forma
perturbadora.
-
¿Cómo es un cráneo roto? Me refiero, en una persona aún viva…
El
otro, el que salió detrás de él, se colocó fuera del campo visual de Julio. El
primero le contó la siguiente historia, que Julio retransmitía en directo para
que Alba le escuchara, era la única que podía escuchar esas palabras de
resumen.
- A
pesar de mi torpeza habitual, para las cosas más cotidianas, en esta ocasión el
golpe fue muy preciso, y no como cuando martilleo clavos o alcayatas si hay
alguien mirando. Sería eso, que no había nadie mirando, ni siquiera ella, que
estaba de espaldas. Parecía calculado, podría hasta sentirme orgulloso, y más
teniendo en cuenta que las mujeres tienen más densidad de cabello. Toda la vida
escuchando que era un inútil. No fue ni impulsivo ni calculado, tenía el
martillo en la mano, la vi a ella dada la vuelta, de espaldas, se me vino esa
curiosidad del cráneo, era una solución un tanto drástica al problema, pero era
una opción, y todo fue de perlas: golpe seco, rotura, pérdida del conocimiento,
desplome, convulsiones, fin. Ojalá lo hubiera tenido delante, a Ricardo, el
perfecto de papá, imagínalo allí delante, para que viera si soy un inútil o no.
Aunque, claro, si hubiera estado Ricardo allí, no lo habría hecho bien. Se me
habría resbalado el martillo, me habría tropezado o algo así. Pero, oye, lo
importante estaba hecho: me había dado el permiso de cuestionarme lo que daba
como verdad absoluta, me había demostrado a mí mismo su falsedad. Con esa nueva
perspectiva, toda mi vida podría emprender rumbos nuevos. Y entonces caí de
rodillas y me eché a llorar. ¡Era un monstruo!: ¿cómo fui capaz de anteponer mi
trauma y mi orgullo a mi amor por ella, por muy enfadados que estuviéramos en
ese momento? Y ahí comprobé lo increíblemente difícil que es darse un
martillazo en la cabeza a uno mismo.
Julio
simplemente lo escuchó. Luego lo abrazó también, estaba entre lágrimas. Le
expresó que quería conocerlo un poco más otro día, que podía sentirse tranquilo
y seguro allí, porque además eso nunca había sucedido, “¿no es así?”
- No,
ya sé que no. Sé que simplemente es una imagen. No todos aquí, tío, te van a
contar el pasado. Y no todos quieren hablar contigo, mira esos cuatro de ahí
charlando entre ellos, ¿los ves?
-
Claro, no tiene por qué hablar conmigo.
El otro
se había situado justo al lado de Julio. Cuando le dio tres toques en el hombro
con dos dedos, dejó de escuchar definitivamente la voz de Alba, pero él seguía
narrando, como podía, lo que veía y de lo que conversaba.
La luz
declinaba, la habitación se iba atenuando en su luminosidad. Julio se sentía
muy reconfortado. Estaría unos cinco minutos más y ya saldría; los dos nuevos
le habían dejado un tanto descolocado, pero seguía tranquilo y satisfecho.
Solamente se acercó al niño de diez años para asegurarle, una vez más, que todo
iba bien, pero extrañamente ese niño ahora no lo reconocía.
- Soy
Julio, ¿no me recuerdas?
- No.
Julio soy yo, tú solo eres una copia.
-
¿Quién te ha dicho eso?
-
Aquel, el de la camisa negra -y
señaló al segundo encerrado, al acompañante del cautiverio del falso psicópata.
Se hizo
un silencio que se hizo tocable, palpable. Ahora sí que necesitaba escuchar a
Alba, pero se había quedado muda. Al silencio siguieron multitud de reproches.
Tras meses acudiendo allí, ahora todos volvieron su mirada a él y le acusaban
de ser un plagio de cada uno de los demás, una perversión de la naturaleza que
no tenía cabida en esa habitación. No se sentía seguro de que Alba le estuviera
escuchando, así que se guardó para sí la frase que le diría en su regreso,
cuando estuviera abajo. “Había cuarenta y ocho versiones de mí en la
habitación, y todas insistían en que yo era la copia”, eso le diría. Él parecía
cada uno de ellos sin serlo, todos decían llamarse Quérilo Julio Martínez Sanz,
como si ese nombre solo le perteneciera a él y no a los demás, sin inquietarse
de que los otros dijeran lo mismo pero acusándolo solamente a él de intruso.
Sería la discusión previa con Nélida, que se había removido en su inconsciente
y aparecía de esa forma, esa frase de “Ya no te reconozco, Julio” podría haber
sido la culpable de esta distorsión de su imaginación guiada. Estaba claro que era
el momento de marcharse.
Como
hacía siempre, les dijo a todos que les agradecía que le hubieran recibido,
haberse abierto con él. Que se marchaba, pero que siempre, en cualquier
momento, podrían contar con él y él subiría y los escucharía. Siempre ha sido
muy sugestionable, por eso funcionan tan bien con él todas esas técnicas. El
EMDR, la visualización, como hacía ahora, Alba era una psicóloga excepcional.
Iba a terminar la sesión como otras veces le indicaba, ahora no la escuchaba,
puede que en cierto modo se hubiera quedado dormido, pero lo había hecho tantas
veces que sabía perfectamente cómo era, se forzó a escucharla, la reprodujo
mentalmente diciéndole que se despidiera, que se acercase a la puerta, saliera,
bajase los escalones uno a uno y ya podría abrir los ojos.
La
puerta no se abría. Quería girar el pomo y estaba bloqueado. Lo zarandeó,
trataba de forzarlo, la puerta no se abría.
- Solo
el verdadero Quérilo Julio Martínez Sanz puede salir de aquí, el consciente -le dijo el psicópata, que
lentamente abrió y bajó dispuesto a arreglar lo de Nélida esa misma tarde.
Alba le
sonrió cuando abrió sus ojos. En fin, siempre sonreía. Le dijo a Julio que esa
iba a ser la última sesión, le veía ya muy bien, y lo de Nélida no había sido
más que una discusión de pareja, que fuera a hablar con ella si la notaba
receptiva.
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