Hablo desde el más absoluto respeto, no tanto a las fes ideológicas, religiosas y espirituales que cada cual tiene o desea tener, como al individuo enfrentado a ellas y sus actitudes al respecto. He comentado hace poco que la religión (las religiones, mejor), los sistemas de creencias, institucionalizados o no, y la espiritualidad en amplio sentido aparecen como elemento importante en mi novela Amae pop blue. Un elemento relevante, pero en el que no se profundiza a propósito, especialmente porque es más una sombra (o una luz, o ambas) alrededor de los personajes y en su interior, igual que nos pasa a nosotros de una forma o de otra. Hasta ahora, se han publicado dos de sus tres volúmenes, habrá que esperar al último para observar cómo opera definitivamente, ya en su tercera parte. Y es que, sin ser un tema que se ataca directamente, es imposible soslayarlo si uno de tus objetivos es la personalidad, las reacciones, las interacciones y la evolución, la transformación, de los personajes. Aparte del juego que da en los varios niveles, en los muchos niveles, de mi novela: desde la reflexión seria y consciente hasta la anécdota que simplemente da color, desde el choque de incoherencias interiores, esas disonancias cognitivas que tanto molestan, hasta los toques de humor.
No imagino, sé
perfectamente la imagen que una persona con una fuerte fe en lo espiritual,
religioso o trascendental provoca en el resto, que lo observan fanático, que
usa un vocabulario concreto y propio, con su lenguaje particular y sus
conceptos y constructos demasiado rígidos a sus ojos, demasiado específicos,
con sus pautas, costumbres y rituales, ¡y decisiones personales y vitales en
base a esa fe! Y también conozco la contraria: ese quedarte boquiabierto al ver
cómo personas que no creen o no se lo plantean participan de ritos y eventos, y
conservan ideas y actitudes propias de una fe que realmente no tienen, no en
serio, y que muchas veces no entienden. Hablo lo mismo de tradiciones que han
acabado siendo costumbres sociales y familiares como de religiones orientales
que se han puesto de moda para picotear de ellas y que, mezcladas con astrología
y esoterismo, han generado todo un entramado comercial que nos vuelve a
recordar cómo de vinculadas pueden llegar a estar economía y creencias. Nunca
sé hasta qué punto se entendió a ese Jesús echando a los cambistas del Templo o
a cualquier monje budista renunciando a lo material.
Sin embargo, a
todo esto, hay que reconocer que generan imágenes, símbolos, textos y
situaciones muy bellas. No me cansaré de decir que en Amae pop blue
otro de los factores influyentes es el lirismo y la poesía. Y las historias
mitológicas, y las obras donde es imposible que la religión y las creencias no
influyan (como el Genji, el Don Juan Tenorio, las tragedias
griegas, ¡tantos donde no es tema pero está!), incluso por rechazo o negación,
incluso por contradicción, como en la poesía de Dinos Jristianópulos, o por contrafactum
en un sentido o en el contrario, pueden llegar a alcanzar cotas de belleza inigualables,
con absoluta independencia de que el lector comparta esas creencias o
descreencias, lo único que debe hacer es entenderlas y situarse en su lectura
ahí.
Imagina ahora a
un individuo de fe que la abandona: fe inducida en su infancia, fe en un marco
institucional o de iglesia o entidad religiosa o, más difícil todavía,
totalmente personal, integrada en su ser. El proceso de duda, la escucha de
chirridos en los engranajes de esa estructura, del constructo, las conclusiones
progresivas que va extrayendo, los acontecimientos y palabras externas que
influyen, y su paso afuera. ¿No le va a quedar, siquiera inconscientemente, un
sustrato de todo ello, si eso ya sucede a nivel social? Y los riesgos que corre:
desde salir de una para meterse en otra, buscando un nuevo amparo de
organización o entramado religioso, hasta irse al extremo opuesto en un
movimiento violento del péndulo, me refiero a su interior, porque externamente
ya hablaríamos, en algunos casos, de rechazo de sus círculos cercanos, de
autoexclusión por considerarse fuera de lugar, …
Y luego están las
sequedades, esas gándaras, de los que no lo hacen porque no desean pensar en
ello aunque les rechina, del que asume que ya tiene treinta, cuarenta o más
años y no le merece la pena generar tanto cambio, o que forma parte de sí
porque fue lo que le enseñaron de pequeño y es suficiente, porque pertenece a
ese grupo aunque en el fondo no cree o no se lo plantea.
Como escritor enfocado en los personajes, a modo de la novela del 98 y tantas otras muchas, ha sido muy necesario, y en ocasiones complicado, explorar todo ello: como simple molestia similar al de una mosca, como debates negados que claman por salir, como agonía a veces, como ironía suave. Es el sustrato. No es explícito casi nunca, es que está ahí aunque no lo veas. Son barreras y cauces. También son aventuras: proporciona la emoción de encontrar nuevos territorios. Un tema complejo del que, en algún momento, y ha sido este, tenía que hablar, siempre como una puesta sobre la mesa, sin afirmaciones taxativas.

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