PREÁMBULO
Soy sincero. La mayor motivación para querer redactar del artículo es personal, ¡y cómo no! Tiene un enfoque relacionado con las obras literarias que poseen mayor atractivo para mí o a las que les otorgo un valor añadido, un extra que me hace considerarlas tesoros únicos, sin que ello signifique que no aprecie y valore otros libros, de los que admiro otros elementos. Es lógico en una persona al que la introspección, la existencia, la identidad y la autopulsión han sido muy importantes en su biografía y su mundo interno; y que además se inclina a la poesía y se impacta con el teatro leído y los autores de la Generación del 98 (especialmente Unamuno) desde jovencito. También con el motor de inicio que le impulsa a escribir, literatura y no literatura. Esto implica, sí, la escritura como terapia y medio de conocimiento propio, y también la exploración de técnicas de escritura creativa de salida del marco, de giros improbables, siempre llamadas experimentales aunque muchas de ellas tengan siglos de tradición en todos los idiomas y culturas: el juego y lo trascendente se tocan y pueden encontrar en la escritura, en la literatura, su mejor medio de expresión. Y asimismo en el contenido, explícito o paralelo. Pero va más allá de todo eso: existe un tipo de escritura que te pone en frente, como escritor, a lo desconocido en estas expediciones y es solamente escribiendo cuando se descubren caminos vitales y se llegan a conclusiones al poner a uno o varios personajes, o a la voz poética, a vivir en la propia obra. Y en esto, muchas veces, su conexión con la música y su poder evocador es evidente, al igual que la expansión de significaciones a través de la ambigüedad poética bien traída.
También está en la base del artículo mi propia novela Amae pop blue, por no hablar de mi obra poética. Pero de Amae pop blue hablaré, si lo hago, al final y de pasada. Seguramente de su estructura de elecciones con diferentes finales y esa experimentación en hacer que un solo personaje, tantas veces agonista, evolucione de maneras distintas según sus decisiones. Y lo dejaré ahí, sabiendo que es lo más superficial. Que en realidad la luz interna de esta obra y su germen va mucho más allá de cuestiones formales y de técnicas narrativas. La literatura no solo ayuda a describir y descubrir lo que sabes que hay, o afirmar un yo, un tú, una historia real, vivida, a la que dotar de significación, también puede llegar a descubrir la verdad detrás de la realidad (Bécquer, por ejemplo), a un darte cuenta, a revelaciones que solo aparecen mientras se escribe.
Pero es que la reivindicación, precisamente de esas motivaciones y de esas técnicas, es también la razón de que hoy esté escribiendo esto. Me considero un lector bastante versátil y muy disfrutón de las buenas obras literarias: me adapto a su intención, su forma, su género y su época. Leo, entiendo, disfruto con las buenas novelas de investigación, o históricas, o clásicos del Realismo literario, no tiene que pasar nada misterioso, existencial, bello o trascendente para que me parezca un buen libro, un buen poema. Pero esto no excluye en absoluto lo anterior, y por eso no alcanzo a comprender a los dogmáticos de su propio gusto personal, o ajeno, que canonizan y demonizan a partes iguales, dando parabienes y excomuniones con tanto desparpajo vestidos de adustez y un rigor que alcanza al mortis. No son capaces de reconocer que no lo entienden, no les llega, no va con ellos y ya está, se arrogan inapelabilidades de criterio. Generalmente me hacen reír interiormente, ¡se repite tanto en la historia...! Y está mal que lo reconozca, y si tengo que pedir perdón, lo pido, pero, en fin, he dicho "interiormente": observar el morado en las caras de aquellos que se asfixian por su propio corsé pasado de vuelta hace gracia, a ver.
Y cuidado: no hay exclusiones. La literatura es un ámbito muy amplio y muy acogedor. La mayoría de las dicotomías que se suelen plantear son falsas o fácilmente resolubles, es como eso de Ciencias vs. Letras, suele ser falaz. Si una obra es buena, es buena, en su género, si es que lo tiene, y con sus intenciones y características. Y es absurdo el desprestigio que se intenta desde un lado hacia el otro, solo porque no cuadra con tus gustos o tus entendederas. Los falsos mitos hay que desmontarlos, es como esto de que una obra de fantasía no puede ser literatura en condiciones dicho por parte de aquellos que prefieren lo realista, y que disfrutan y ponderan títulos... ¡muy buenos, por supuesto! No alargo este preámbulo más, lo dejo aquí y entremos en materia.
COMENZAMOS CON PREGUNTAS
No seré yo el primero ni el segundo que se hace preguntas como estas: ¿Por qué imaginamos vidas alternativas?, ¿hasta qué punto somos la suma de decisiones concretas?, ¿la identidad es una esencia o una historia que nos contamos?, ¿puede una novela servir para explorar futuros posibles? Cuestionarnos esto nos conecta con la literatura, la psicología cognitiva, la filosofía existencial y teoría narrativa (me centro en la narrativa).
¿POR QUÉ IMAGINAMOS VIDAS ALTERNATIVAS?
La mente humana no está diseñada únicamente para recordar el pasado, sino para anticiparse, prever y simular futuros. Esto es lo que caracteriza al lenguaje humano del resto de los lenguajes. Los animales pueden expresarse, tienen sus lenguajes, unos códigos que son incapaces de tratar del futuro, de hipótesis y de lo que pudo haber sido. Por no hablar de que se trata de nuestra manera de pensar, pensamos con palabras, e imaginamos con palabras.
El neurocientífico Daniel Gilbert sostiene que una de las funciones más distintivas de la conciencia humana es la capacidad de realizar "viajes mentales en el tiempo". No vivimos solo en el presente: recreamos de muy diversos modos el pasado y proyectamos constantemente escenarios hipotéticos. Y la literatura es una extensión cultural de esa capacidad biológica.
Cuando Emma Bovary imagina una vida distinta, cuando Pierre Bezújov en Guerra y paz fantasea con otros destinos posibles o cuando los personajes de Borges se enfrentan a bifurcaciones infinitas, lo que estamos viendo es la dramatización de un mecanismo mental universal. Borges lo expresó magistralmente en El jardín de senderos que se bifurcan:
El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros.
Y la ciencia (la física, por ejemplo) no es ajena a ello. No solo por su contribución a futuros mejores con respecto a generaciones anteriores gracias a sus avances, sino asimismo en sus abstracciones, teorías e hipótesis: la relatividad espacio-tiempo, los agujeros de gusano, los universos paralelos, ... No imaginamos vidas alternativas porque seamos insatisfechos. Las imaginamos porque necesitamos evaluar posibilidades. Y la ficción es un simulador evolutivo. Como escribió el crítico Jonathan Gottschall en The Storytelling Animal:
Las historias son simuladores de vuelo para la vida social.
Leemos para ensayar decisiones sin sufrir sus consecuencias reales. También, como yo mismo puedo constatar, para vivir lo no vivido o lo que no se va a vivir, o no se quiere experimentar en el fondo. Y también para observar pasados alternativos.
¿HASTA QUÉ PUNTO SOMOS LA SUMA DE DECISIONES?
Mucho más de lo que nos gusta admitir. Y eso es algo que trata de mostrar las Segundas Partes de mi novela Amae pop blue, observando las consecuencias de las decisiones de Rodrigo, su protagonista, quien también se cuestiona todo ello. De hecho, sumergido en la vorágine de una de sus sucesiones de elecciones de decisión, él mismo concluye que el destino, el nam sumerio, más que una línea recta es un plano, un mapa de elecciones. No puedes elegir el mapa, el menú que te ha tocado (el nam) pero sí las rutas a elegir de él, tu movimiento en tu nam: el nam-tar (Amae pop blue, Volumen II, cap. 86, pp. 438, 439).
Tendemos a construir relatos retrospectivos que presentan nuestra vida como una secuencia lógica. Sin embargo, basta examinar cualquier biografía para descubrir la enorme influencia del azar, los avatares sobrevenidos y las decisiones tomadas, muchas veces con incertidumbre o con falta de información. Tolstói observó en Guerra y paz que la historia humana no avanza por grandes planes racionales, sino por la convergencia de miles de causas mínimas imposibles de prever. Nassim Nicholas Taleb ha desarrollado esta idea mediante la teoría del "cisne negro": acontecimientos improbables que terminan determinando toda una existencia. Piensa en Kafka. Si su padre hubiera sido menos autoritario, si hubiera gozado de mejor salud o si hubiera conocido a otras personas en determinados momentos, probablemente no existiría el Kafka que conocemos.
Pero tampoco somos meramente víctimas del azar. Aquí me resulta más convincente Paul Ricoeur. Ricoeur defendía que la identidad humana surge de la interacción entre lo que nos sucede y cómo interpretamos lo que nos sucede. No elegimos todas las cartas. Pero sí participamos en la narración de la partida.
¿LA IDENTIDAD ES UNA ESENCIA O UNA HISTORIA QUE NOS CONTAMOS?
Aquí nos podríamos extender tanto con la filosofía y la psicología... El yo aparente, el yo real, el autoconcepto, ... Todo apunta en alto grado a que se trata de una historia que nos contamos a nosotros mismos. O, más exactamente, una historia que intenta convencer a una esencia que quizá ni siquiera existe. David Hume ya sospechaba que el yo era una ilusión narrativa. Cuando buscaba una identidad permanente dentro de sí mismo, solo encontraba percepciones cambiantes. Dos siglos después, el psicólogo Jerome Bruner llegó a conclusiones similares:
Nos convertimos en las narraciones autobiográficas mediante las cuales contamos nuestras vidas.
La literatura ofrece ejemplos constantes. Don Quijote es Alonso Quijano contando una historia sobre sí mismo. Jay Gatsby es James Gatz reinventándose mediante una ficción personal. Incluso Raskólnikov en Crimen y castigo intenta habitar una narrativa según la cual pertenece a una categoría superior de seres humanos. La pregunta no es si vivimos dentro de relatos. La pregunta es si esos relatos nos permiten vivir mejor o peor.
Nietzsche escribió:
No hay hechos, solo interpretaciones.
Quizá exageraba. Pero captó algo fundamental: la identidad no es un objeto que descubrimos; es una interpretación que actualizamos continuamente.
¿PUEDE UNA NOVELA SERVIR PARA EXPLORAR FUTUROS POSIBLES?
Claro que sí. Y no solo futuros posibles, también pasados posibles, presentes posibles. Y en muchos casos, mejor que la filosofía. Al fin y al cabo, la filosofía también usa el lenguaje con movimiento centrífugo, se refiere a la realidad que desea describir, por muchas abstracciones que use. Sin embargo, la literatura, con esa función poética del lenguaje como prioritaria, posee una fuerza centrípeta que le permite crear sus propios mundos y, en él, la experimentación es total.
La filosofía suele trabajar con abstracciones. La novela trabaja con seres humanos con vida propia en ella. Cuando Sartre quiere explicar la mala fe, necesita desarrollar conceptos. Cuando Tolstói quiere mostrarla, le basta con crear a un personaje. Martha Nussbaum ha defendido precisamente esta idea:
La novela es una forma de conocimiento moral.
La filosofía nos ayuda a pensar. La ficción nos permite experimentar. Por eso muchas intuiciones filosóficas llegan con mayor fuerza a través de la literatura. Dostoievski exploró las consecuencias del nihilismo antes de que muchos filósofos formularan teorías sistemáticas sobre él. George Orwell imaginó mecanismos de control político cuya vigencia sigue creciendo décadas después. Margaret Atwood ha anticipado debates contemporáneos sobre biopolítica, género y poder. Y Ursula K. Le Guin convirtió la ciencia ficción en un laboratorio antropológico para examinar sociedades alternativas.
La novela posee una ventaja decisiva. No pregunta únicamente qué es verdadero. Pregunta cómo se sentiría vivir dentro de esa verdad, y esa diferencia es enorme. Como decía Italo Calvino:
La literatura busca el conocimiento mediante un camino indirecto.
La filosofía diseña mapas. La ficción permite caminar por el territorio.
ENTONCES...
La ficción existe porque los seres humanos somos criaturas narrativas que intentan comprender quiénes son explorando quiénes podrían haber sido.
Por eso leemos novelas. Y por eso las escribimos. No para escapar de la realidad, sino para ensayar otras versiones de ella antes de decidir cómo vivir la nuestra.
Por otro lado, me voy a reiterar: la técnica que decida usar el novelista no determina su seriedad o la calidad de su obra. La técnica es la técnica. Por eso Unamuno hace lo que hace al final de Niebla, Cortázar nos ofrece dos posibles lecturas de Rayuela, Italo Calvino se maneja con diez narradores y más sorpresas en Si una noche de invierno un viajero, aparte de las propiamente estéticas. Las técnicas llamadas de "Elige tu propia aventura" se usaron en un tipo de libro infantil que, dicho sea de pasada, normal que gustasen tanto en los 80 y los 90, por no hablar ya de los libro-juegos. Pero trascendiendo su carácter infantil, y apoyándome en el propio Cortázar, se trata de una manera narrativa plagada de posibilidades si se quieren explorar decisiones, incluidos diferentes finales, y la evolución de los personajes (las personas). Yo la he usado en Amae pop blue, no he sido el único, y no es fácil de redactar, os lo aseguro. Nada fácil. Un Amae pop blue que, por su carácter reflexivo, introspectivo, poético y asimismo erótico, y por toda su base bibliográfica que algún día revelaré, nada tiene de infantil.
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