En mis viajes infantiles y adolescentes, de Navalmoral de la Mata a Sevilla y viceversa, en una época sin móviles y con carreteras más rústicas, el Toro de Osborne y el Michelín eran iconos aplaudidos. Y, sobre todo, uno muy especial: la imagen de los dos huevos de la Central Nuclear de Almaraz. Sus dos reactores están en edificios cuyas cúpulas son dos semiesferas blancas, de ahí el sobrenombre. En los viajes de vuelta eran una señal feliz del cercano regreso a casa.
Mi padre trabajó allí, en esa Central Nuclear de Almaraz. Por eso esta familia de sevillanos residió en Extremadura. Yo también trabajé allí como unas cuatro veces, de forma muy temporal, en las llamadas recargas, mis primeros pinitos laborales muy joven, estudiante universitario. Tengo un carné radiológico. Así que, al encontrarme con la mención a Almaraz en Semiótica nuclear, de Ben Clark, en unos breves textos en prosa de sus páginas 58-60, la conexión con esta obra se acrecentó. En este momento en que escribo esto aún no la he leído, esa parte, solamente su apartado I, pero es que su mención me empuja a empezar a escribir ya. Sea lo que sea que comunique, el entusiasmo me ha embargado. Si ya venía disfrutando, ¡y mucho!, de este poemario, la alusión a Almaraz me ha hecho saltar de la silla, de alegría, momento feliz. Porque me evoca recuerdos, me traslada allí en los años 80 y 90. Me traslada a estancias prolongadas y a viajes, a acurruques en el asiento trasero de un Ford Orion o incluso un Seat 131. Por esa ilusión interna de decir "Sé de qué hablas", "Veo en mi mente el lugar al que te refieres, que forma parte de mí". Imposible ya no empezar de este modo mi impresión lectora de Semiótica nuclear. Ahora os la doy, dejad que me la acabe y empezamos de verdad.
*
La idea tan original de publicar un poemario sobre la base del hecho de que, pasados muchos siglos, la humanidad ya no será capaz de entender nuestro lenguaje y nuestros símbolos (semiótica) y que esto llevó a que una comisión científica se platease cómo encontrar signos que apercibieran de los residuos nucleares que dejamos (nuclear), del peligro de lo almacenado allí, que aún estará tóxicamente activo, no es solamente un andamiaje estructural en esta obra. Hay mucha profundidad en estos textos, mucha sensibilidad en estos versos. El título y la idea básica que menciono no es una carcasa, un ropaje: impregna y cobra muchos sentidos; muchos vectores de la matemática poética se cruzan, se suman, se restan y se relacionan, atraviesan como flechas lanzadas por un dios niño. El concepto de tiempo se hace inmenso, los residuos nucleares no mitigan su radiactividad hasta pasado tanto tiempo, que la sociedad que exista, si es que existe, cuando acabe, probablemente será tan distinta a nosotros que a sus habitantes les resulte imposible entendernos. Y en este macro-marco cronológico, el poeta regresa tantas veces a tiempos pasados, muchos suyos, y hace notar ya las diferencias que se dan en un tiempo psicológicamente lejano y el presente, y ese tiempo cabe en una sola vida, la suya. Incluso hay un tiempo imaginario, aquel, por ejemplo, que se otorga a quien aún se cree que vive, que vive por ignorancia de su fallecimiento.
Semiótica nuclear, de Ben Clark (Visor Libros; Madrid, 2026), es su última obra y mi primera, es la primera vez que leo a un poeta cuya trayectoria está plagada de premios y de libros que ahora reclaman mi atención. Fue Anabel Caride quien me invitó recientemente a su presentación en Noches del Baratillo, en Sevilla. Allí escuché al poeta recitar sus propios versos, que me embelesaron, y allí adquirí Semiótica nuclear. Ahora, ya leído, tengo, como siempre, una libreta plagada de apuntes que apenas usaré para escribir este artículo, aunque algún vistazo le echaré. Como siempre, escribo casi de forma automática dejándome llevar por la impresión de la lectura. Intentaré ser algo más sistemático, a ver si lo consigo.
La obra comienza con un breve prefacio que nos proporciona ciertas claves, y se introduce con dos poemas iniciales, muy distintos en tono y versificación, pero que parecen remitir al origen, a lo esencial, a lo primordial, como si fuera un lugar al que volver. Y luego sigue el mensaje en inglés del Informe Sandia, que da pie a los epígrafes de sus dos primeras partes, de un total de tres.
Su primera parte de titula Este lugar es un mensaje..., compuesto por diez poemas. La idea que hace de eje temático se afirma: hay que encontrar una forma adecuada de comunicación, porque los residuos nucleares duran milenios. Aquí, como en el resto del libro, se van a dar visiones de la humanidad y el planeta a futuro, pasados esos milenios, es algo recurrente. El poeta imagina en varias ocasiones ese futuro como una vuelta, un poco, a un estado algo más felizmente primitivo. Sus versos, sin embargo, están transidos de una emotividad que sé que no voy a poder explicar. Será por su tono, no muy propenso a exclamaciones y giros lingüísticos sentimentales y sí a dejarte el poso, a dejar que sea lo que dice, lo que interpreta, lo que significa, lo que transmita esa emoción, nos la transmite, se queda en nosotros, así como la cadencia de las sílabas en sus versos, su musicalidad, no estridente, cadenciosa y vibrante.
Por lo que sé, Ben Clark es traductor y está involucrado en esta tarea, a la que dignifica, y no es para menos. ¿No es, acaso, la traducción de los símbolos dejados por nosotros por parte de personas del futuro el leit motiv de Semiótica nuclear? La traducción, en amplio sentido, es uno de los elementos clave de esta obra. ¿Lo estaré leyendo bien? Imposible no preguntarme esto. Sus poemas tienen una gran intertextualidad, hay muchas referencias a otros autores, literarios y no literarios, y no solo en las citas bajo el título de muchos de sus poemas, también en sus versos. Pero están insertas de tal modo que, siendo explícito el nivel culto del poeta, de sus versos, estos se hacen cercanos por su forma de decir tan natural.
Si hace nada, en referencia a mi impresión lectora de Planto de Gilgameš de David Calzado, encontraba como serendipia muy celebrada en sus versos lo que en mi novela llamo yo melancolía futura, aquí aparece esta visión, este efecto, en Semiótica nuclear, varias veces, y me parece maravilloso, ese ejercicio mental, estético e intelectual, de observar el presente e incluso un futuro previsto como pasado ya (La lengua del futuro ya está muerta, p. 31, o el propio poema Vestigios, entre otros). Y no es lo único en cuanto al tiempo, las perspectivas se multiplican. Sí, el presente de nuestros antepasados visto a futuro como ruina, como vestigio, claro, también aparece. Pero, sobre todo, esos intentos del poeta de comunicarse en diálogo con receptores de otros tiempos, especialmente futuros, como se hace explícito en su poema Al lector futuro.
El título de la segunda parte continúa el de la primera: Este lugar no es un lugar de honor..., con trece poemas. También, por supuesto, aparece el amor en este poemario, y de muy diversas formas. Ya en el poema que abre esta parte, Portadora, me parece muy impactante y significativa la imagen del amor como un cuenco compartido, también como una amenaza. Clark puede ser, y es, tierno, cercano, el amor puede estar también en los cuidados que se dan a otros, y se vincula el amor al tiempo, el recuerdo, las pérdidas, ... Los recuerdos y, mejor aún, las sensaciones que nos provocan los recuerdos. También Clark puede ser, es, directo, sin ambages, y te puede hacer ver, por ejemplo, que la muerte está en todo.
Los versos de Ben Clark titilan, vibran, solo sé explicarlo así. Y me resulta muy llamativo, además, sus referencias a plantas, por su nombre científico muchas veces, están presentes, tal vez como coprotagonistas, o como esperanza, o como signo de vida, una vida que no nos necesita tanto para hacerse valer.
La tercera y última parte se llama El peligro todavía está presente. Comienza con su Poema de la emergencia, un poema que sé que deberé leerlo varias veces para alcanzarle su sentido, el que desea tener para mí. Pasa entonces a lo que no sé si llamar microrrelato lírico, sus Cinco desvaríos..., todo prosa excepto su sección V. Aquí está la referencia a Hornachuelos de Almaraz y, de nuevo, Clark teje unos vínculos estupendos que se hacen puro símbolo, entre el de la canina con los huesos cruzados, la piratería y la toxicidad. Esta sección me da la sensación de ser, a propósito, más diferenciada de las otras dos (es una sensación), aunque se siguen desarrollando ideas antes apuntadas, como la incertidumbre de no ser bien "leído", entendido, en un futuro lejano, la nostalgia, la paz perdida a la que se desea volver por un instante, porque uno es consciente, solo un instante siquiera...

No hay comentarios:
Publicar un comentario