"Sé perfectamente lo que pasa y lo que va a pasar. Ahora no es momento de dispersar la mente y enfurruñarla con quejas y rabietas, me han pillado, pero lo importante es ser fuerte. Y sacarles yo información y no al revés. Me están observando por el gran espejo, me tendrán aquí sentado un buen rato para saber cuáles son mis gestos naturales. También habrá un tanteo inicial. No es solo lo que diga, ..., mis gestos..., nunca debo mirar hacia mi lado derecho mientras contesto. Cuidar el pestañeo". Eso era lo que pensaba nada más que los dos agentes me sentaron en la sala de interrogatorios. Luego entraron dos inspectores, creo. Los dos en forma, dos tipos de gimnasio. Intenté deducir quién iba a hacer de poli bueno y quién de poli malo. Seguramente el que se sentara sería el amable y el otro, que se movería y se quedaría la mayoría de las veces fuera de mi campo visual, el que haría de cabrón. Estaba preparado.
Me resultó algo desconcertante que se sentaran los dos enfrente de mí y relajados, incluso sonrientes. Comenzó el interrogatorio con una innumerable lista de preguntas relacionadas sobre mí: mis datos personales, mis gustos, mi familia, todo datos, datos, datos, los últimos verdaderamente irrelevantes. Seguramente sería una treta, eso pensaba, una nueva manera de tratar a los sospechosos de asesinato. Siempre en guardia, así es como iba a estar. Me costaba creer que tuvieran pruebas con las que acusarme, pruebas de verdad. Los cuerpos los habían ido encontrando poco a poco, y no todos. Se levantaron y se fueron. Y ya no apareció nadie más en horas. ¿Tanto me observaban por el espejo?
¿Y qué pensé? Que querían agotarme. Cansarme física y psicológicamente. Recreaba mi silencio más absoluto con pensamientos agradables. Música, el último concierto al que fui. Mis hobbies: hacía un puzle imaginario, pieza a pieza. Rememoraba los últimos chilliditos de la chica rubia, la del top morado, la penúltima, fue muy excitante esa muerte lenta, su angustia, a esa no la han encontrado.
Entraron tres. Un tipo algo gordito y mayor, sonriente, se puso enfrente de mí con un tablero de ajedrez y las piezas, que fue colocando una a una. Otro nos dejó pasteles y café y se marchó, y la otra policía, esa mujer se sentó junto a mí, con un cuaderno. El tipo quería que echáramos una partida, no jugaba mal. Ella parecía hacer dibujos al carboncillo. Me dirigieron pocas palabras. Ese señor me felicitó en cuanto le di jaque mate. Luego se marcharon, dejándome folios y un par de bolígrafos en la mesa. Por supuesto, no pensaba escribir nada. No una confesión, que no me pidieron, la supuse, no iba a dejar ni un trazo.
Pasaron muchas más horas. Entró la señora de la limpieza. Me dio los buenos días, era ya de día. Me había quedado dormido. Bien, mejor para mí. Me trajeron el desayuno, los primeros, los de los datos. Me hablaron, ambos frente a mí, de los cadáveres, un poco de la investigación. Yo seguí mudo. No me preguntaron nada, Yo no hablé. Solo al marcharse, antes de cerrar la puerta, el más alto me dijo de lejos que si sabía algo, que si pudiera ayudarlos, me lo agradecerían.
Habían pasado más de veinticuatro horas desde mi detención. Ya había dado vueltas por la habitación, ni siquiera me habían esposado. Horas después me tumbé, me dormí en el suelo. Había ido al baño varias veces, uno pequeño que tenían allí mismo. Con la ventana abierta, todo tretas. No les iba a dar el gusto de acribillarme a balazos por escapar por ahí. Volví a mi sitio.
Ni recuerdo cuánto tiempo había pasado, ya sí decidieron interrogarme. El segundo policía, el poli malo, era otro, un tipo muy fuerte, pero no me amedrentaría. "Si le da por golpearme", pensé, "de un puñetazo podría matarme este..." El que se sentó frente a mí me preguntaba una a una por las víctimas, me enseñaba fotos. El otro rondaba con cara de cabreado alrededor de mí, pero acabó sentándose junto a su compañero. Fue largo el proceso, pero tampoco sentí demasiada presión por su parte. Luego se fueron y dejaron que pasaran las horas de nuevo. Me traían bebidas, comida, se iban. Ya está. Luego trajeron al padre de una de las víctimas. ¿Qué se pensaban, que me iba a amedrentar o a tener lástima? Volvieron a sacar el caso de su hija, ese hombre, entre lágrimas, me suplicaba que, si sabía algo, lo dijera. No dije nada.
- No me podéis retener aquí más de cuarenta y ocho horas.
- ¿Y por qué no se ha marchado? La puerta siempre ha estado abierta.
- No juegue conmigo.
- Usted podría haberse marchado en cuanto hubiera querido. Márchese. Es verdad que le detuvimos, pero tras tomarle los datos ya sabíamos que no era culpable de nada. Nuestra línea de investigación alternativa resultó ser cierta, tenemos ya detenido al asesino, un psicópata que lo único que merece es el infierno. Usted es un buen ciudadano, espero que le hayamos tratado bien. Realmente no es sospechoso de nada, fue desde el principio un error. Pensábamos, eso sí, que podría haber sido testigo o saber algo, o tal vez la siguiente víctima.
Le volvía a repetir que no jugara conmigo. Me acompañó a la puerta y me pidió que me fuera. Me pidió disculpas por las molestias. Al pasar junto a la puerta de otra sala, se oían gritos. El forzudo salió de allí sudando y con los nudillos amoratados. "Ha cantado", dijo. "Todas las víctimas, está dando detalles, y al parecer hay más". No pude soportarlo. Me entró un ataque de cólera, le pegué un puñetazo a la pared. Les expliqué que fui yo, esos crímenes eran mi obra. Me contradecían, trataban de calmarme, me daban los datos que el de ahí dentro les había dicho, yo los refutaba, uno a uno. Se reían. Para demostrárselo, les indiqué donde estaban enterrados los demás cuerpos, los que no habían encontrado. Todos fueron obra mía. ¡Mía!

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