jueves, 2 de abril de 2026

"ANTES DE QUE HABLEN LAS PAREDES". RELATO.

 

ANTES DE QUE HABLEN LAS PAREDES

 


Sin que uno lo sepa del otro, tanto Luismi como Rafa han aprendido, no a acostarse, a quedarse profundamente dormidos muy temprano, por supervivencia mental. Y todo a causa de los vecinos del B y también de los del cuarto piso. De hecho, es que Rafa va a acabar llorando con una desolación que no puede soportar, y Luismi, pues ya llora antes de irse a la cama, por acelerar el proceso. Lo que hacen esos vecinitos es lo normal, y lo normal es lo que atormenta a Luismi.

                Estos pisos son así: se escucha todo. Los gemiditos sordos y apagados de la de al lado parecen extenderse por todas las paredes, conmoviendo a un Luismi a punto de conciliar el sueño. Luego se incrementan en su agitación, voceros de una consciencia placenteramente alterada, y él se altera. Se excita, claro, y desea escucharlo todo, no se mueve, ralentiza su propia respiración para oír todo lo que se pueda oír. Y luego no lo puede soportar. No entiende por qué a él le ha tocado estar solo, por qué él, por qué se le ha despojado de todo cuanto tenía sin saber apenas cómo ni por qué, y esos, los de las discusiones que son casi trastos a la cabeza que le perturban la siesta ahora pueden solazarse, y él no, ¿qué ha hecho él? ¡Sí!, esos que se quejan de los problemas diarios, de las tareas, de la dejadez del otro, de que hay que bañar a los niños, ¡qué no daría él por volver a tener esos problemas, qué no daría! A veces, en su ruina económica, en todo el desastre, se encuentra capaz de desprenderse de cincuenta euros y sale, esa madrugada, con sus vecinos ya dormidos, a por lo suyo, y piensa que tal vez es por despecho. Y luego vuelve y ya se le viene el día. No quiere escucharlos, que eso le pase más, se prepara una tila a tiempo, encuentra el sueño pronto.

                Golpes inesperados en la pared o en el techo, gritos esporádicos, el traqueteo, lo normal de las parejas, también excitan a Rafa si los oye. Le desvelan y le hacen desear lo mismo con su mujer, con Caridad, con Cari. Pero Cari duerme con tapones en los oídos, como para tomar la iniciativa con algún susurro, no ahora, ya antes, como los de arriba o los del B. Todo está frío en su relación. Se siente tentado a acariciarla, pero no es capaz de hacerlo. Sí, en ese momento para buscarla para el tema, pero un instante después se da cuenta de que echa de menos acariciarla en sí, y ser acariciado. Pero no se atreve. Y el furor que le provoca la indiferencia de Cari, su desdén, desde el despertar hasta el dormir, sus reproches infundados, esa amargura matrimonial, le hace enfadarse con ella, la malmira. Y luego esos ojos cambian. Él tampoco ha sabido hacerle sentir cercano, es tan inexpresivo… Y le invade una tremenda compasión, una tristeza enorme por ella. La frigidez instalada en ambos no se lo merecía ninguno. Su pobre Cari debe sentirse tan sola, como se siente él… Ahora ella ronca, él llora en silencio, en silencio sin necesidad, Cari nunca escuchará esas lágrimas, en silencio, tal vez, para que no le oigan sus vecinos. Y no hará nada. Otro que sabe que debe entrar en el sueño antes de que hablen las paredes.


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