ANTES DE QUE
HABLEN LAS PAREDES
Sin que uno lo sepa del otro, tanto Luismi como Rafa han
aprendido, no a acostarse, a quedarse profundamente dormidos muy temprano, por
supervivencia mental. Y todo a causa de los vecinos del B y también de los del
cuarto piso. De hecho, es que Rafa va a acabar llorando con una desolación que
no puede soportar, y Luismi, pues ya llora antes de irse a la cama, por
acelerar el proceso. Lo que hacen esos vecinitos es lo normal, y lo normal es
lo que atormenta a Luismi.
Estos
pisos son así: se escucha todo. Los gemiditos sordos y apagados de la de al
lado parecen extenderse por todas las paredes, conmoviendo a un Luismi a punto
de conciliar el sueño. Luego se incrementan en su agitación, voceros de una
consciencia placenteramente alterada, y él se altera. Se excita, claro, y desea
escucharlo todo, no se mueve, ralentiza su propia respiración para oír todo lo
que se pueda oír. Y luego no lo puede soportar. No entiende por qué a él le ha
tocado estar solo, por qué él, por qué se le ha despojado de todo cuanto tenía
sin saber apenas cómo ni por qué, y esos, los de las discusiones que son casi
trastos a la cabeza que le perturban la siesta ahora pueden solazarse, y él no,
¿qué ha hecho él? ¡Sí!, esos que se quejan de los problemas diarios, de las
tareas, de la dejadez del otro, de que hay que bañar a los niños, ¡qué no daría
él por volver a tener esos problemas, qué no daría! A veces, en su ruina
económica, en todo el desastre, se encuentra capaz de desprenderse de cincuenta
euros y sale, esa madrugada, con sus vecinos ya dormidos, a por lo suyo, y
piensa que tal vez es por despecho. Y luego vuelve y ya se le viene el día. No
quiere escucharlos, que eso le pase más, se prepara una tila a tiempo,
encuentra el sueño pronto.
Golpes
inesperados en la pared o en el techo, gritos esporádicos, el traqueteo, lo
normal de las parejas, también excitan a Rafa si los oye. Le desvelan y le
hacen desear lo mismo con su mujer, con Caridad, con Cari. Pero Cari duerme con
tapones en los oídos, como para tomar la iniciativa con algún susurro, no
ahora, ya antes, como los de arriba o los del B. Todo está frío en su relación.
Se siente tentado a acariciarla, pero no es capaz de hacerlo. Sí, en ese
momento para buscarla para el tema, pero un instante después se da cuenta de
que echa de menos acariciarla en sí, y ser acariciado. Pero no se atreve. Y el
furor que le provoca la indiferencia de Cari, su desdén, desde el despertar hasta
el dormir, sus reproches infundados, esa amargura matrimonial, le hace
enfadarse con ella, la malmira. Y luego esos ojos cambian. Él tampoco ha sabido
hacerle sentir cercano, es tan inexpresivo… Y le invade una tremenda compasión,
una tristeza enorme por ella. La frigidez instalada en ambos no se lo merecía
ninguno. Su pobre Cari debe sentirse tan sola, como se siente él… Ahora ella ronca,
él llora en silencio, en silencio sin necesidad, Cari nunca escuchará esas
lágrimas, en silencio, tal vez, para que no le oigan sus vecinos. Y no hará
nada. Otro que sabe que debe entrar en el sueño antes de que hablen las
paredes.

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