Esa forma de expresarse siempre ha existido, y muchas veces en boca de muy buenos escritores e incluso de genios literarios, y también en la de auténticos mindunguis resabidos. Es una manera, y no me gusta en absoluto. Porque además todos nos podemos poner así, hoy lo haré un poco, hoy estaré algo ácido, que no agriado, mientras preparo mi artículo sobre la ficción como laboratorio de decisiones vitales. Hago alusión a dos personas que he visto en Instagram, y no solamente no los quiero nombrar, es que no puedo, porque no me he molestado en tomar nota de quiénes son: uno es un escritor que aconseja con mucha autoridad a otros escritores, y el segundo es, como mínimo, ávido lector. Tampoco importa quiénes sean, no es este un artículo contra ellos en particular, que de seguro escriben muy bien y saben mucho, y esto lo digo sin ironía. Es la pose. Es desagradable y además errónea, porque, como todos los dogmáticos, revelan las verdades puras y pulcras de su dogma, y este es limitante, dejan excluidas muchas obras que no se ajustan a sus varas. Que con decir No me gusta este género o No me gusta esta manera, es más que suficiente. Pero ellos van más allá. Ellos vienen, de esta manera, a redimirnos a los pobres ignorantes. Hace unos días mis alumnos de 1º de Bachillerato hacían exposiciones sobre autores barrocos y ahí teníamos a esos grandes, Quevedo, Góngora, Lope, Cervantes, ... sacándose los ojos. Y yo, desde mi siglo XXI, disfrutando de todos ellos.
Los de ahora son de apariencia moderna. Su forma taxativa de hablar proyecta una sombra adusta que detesto, me provoca un rechazo que me acaba impidiendo escuchar lo bueno que pudiera haber en sus palabras. Monologan sentando cátedra, creyendo guiar rebaños, no se conforman con dar su opinión con sencillez o a dar un paso más con amabilidad. Se suelen apoyar en su seriota cuenta de X, que da más caché intelectual (OMG!), y asoman cabeza por Instagram para darnos lecciones rápidas y un buen trastrás en el culete de los pobres ignorantes que somos todos.
Y no, amigo, no es cuánto lees, es cómo lees. Primero fue uno desdeñando agrio el uso de adjetivos y de adverbios. Nada, nada, fuera, a tomar por culo medio diccionario si quieres escribir bien. Para determinados pasajes de determinados géneros, no digo que no, y para como los usan algunos, sobre todo noveles, tampoco digo que no. Pero como los dogmas me asquean, me asquean tus aparentemente (adv.) sabias (adj.) palabras, olvidando que igual de mala te puede salir una novela usándolos que sin usarlos. No exhibiste tu gusto, muy respetable, dabas órdenes con desprecio.
Luego otro, calificando de infantil determinadas innovaciones, como si el juego no fuera de las actividades más serias del ser humano. Innovaciones, o su intento, tanto en el discurso como en la tipografía, las ilustraciones y la maquetación. ¡Claro!, igual que antes, te puede salir mal esto, pero aquí, compañero, hay grandes genios que lo hicieron, y fue maravilloso. A Tolkien, más sesudo que tú sin ninguna duda, se le denostó por ello mientras creaba todo un universo. Bien, El Hobbit, al igual que Platero y yo (tan de adjetivos, bien traídos), eran en su origen libros para niños, sí. Pero tú eres otro seriote y quieres librotes como ladrillotes, eso es lo que te gusta, ¿verdad? O tal vez te rompe las cuadrículas la redondez y la espiralidad de otras estructuras. Eso de Elige tu propia aventura, ¡bah!, para ti es infantil. ¡Claro! Son libros infantiles, hombre, como El Hobbit, como Platero y yo. Pero antes, ¡ay!, de esos libritos, en Rayuela, ¡ay!, del serio Cortázar, y más sesudo que tú, ¡ay, ay, ay, ay, ...!, ahí pasa algo que se le aproxima. La ampliación, la construcción, el esfuerzo dinámico del lector.
Me obsesionaba, y más tras leer a Borges (¡Borges!), usar la técnica de las elecciones que llevan a diferentes finales en una novela, y lo he hecho. No por mera diversión, sino como técnica para la exploración de diferentes posibilidades, con alto valor simbólico además. Te garantizo que de fácil no tiene nada escribir así. Y, mira, la mía será buena o mala, pero te aseguro que para niños no es. No, no, para nada, para nada. Una novela que va de pompas, lo que me recuerda el adjetivo pomposo. Me gustan los adjetivos. Me encantan los adverbios. Solamente que, como todo, hay que saber usarlos. ¿Te atreves?

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