He comentado en muchas ocasiones que, para redactar Amae pop blue, seguí una máxima de Cortázar interpretada a mi manera: Meterlo todo en la novela, un consejo del que ahora deseo apartarme para Elara, algo que me cuesta muchísimo. Exponer qué significa en el proceso creativo de Amae pop blue me llevaría un tiempo incalculable, está en su mismo origen, al que no me voy a remontar ahora, aunque sé que lo haré con sumo gusto llegado el momento. Lo que sí diré aquí es que he reciclado tanto vivencias y experiencias como materiales antiguos, y esto de "reciclar" ha sido de muy distintas formas.
Un factor importante en mi vida, por motivos que tampoco desarrollaré aquí, fue mi paso por la Escuela Universitaria Politécnica de Sevilla. Esta experiencia me permite poner con soltura a un protagonista ingeniero o insertar fórmulas matemáticas, por ejemplo. En aquella época, como en todas, yo escribía, y no solo poesía, escribía "bastante de todo". En lo narrativo, me manejaba con al menos dos proyectos, y en mi caso "proyecto" siempre es algo complejo de inicio. Uno de ellos era una novela muy extravagante que se llamaba Sollozos; el otro tenía de nombre Amae, no sé si os suena.
En el caso de Sollozos, su argumento fundamental se basaba en un proverbio africano: El sollozo del otro no impide dormir. Su protagonista, Claudio, es un estudiante de la Politécnica (¡claro!), al que un sollozo inexplicable le impide dormir por las noches. Este mismo Claudio se menciona en el Volumen II de Amae pop blue, como si fuera un recuerdo de Olga, Desirée y Carmen. Esta historia es el germen, muy evolucionado, del principio del Volumen II de Amae pop blue. Carmen sobrevive con ese mismo nombre, Arancha pasa a llamarse Desirée y Olga es una proyección ya muy distinta de la Rosana de Sollozos. Dos historias muy, muy distintas, pero el germen se encuentra ahí. Muy distintas, sobre todo, porque Rodrigo es ya un personaje que viene de una primera parte con Mara y Paula e intersecta con Sollozos de forma que este queda solamente como idea general, y se transforma completamente al aparecer en Amae pop blue. Pero muchos elementos se conservan, como el bissap, y es recordado por estos personajes nuevos como si hubiera sucedido en el pasado, de ahí la referencia a Claudio en la misma Amae pop blue.
En aquellos momentos me propuse estructurar esa novela como si fuera un manual universitario de Matemáticas (de Álgebra o de Cálculo), por eso se divide en teoremas, corolarios, ...; hay demostraciones matemáticas, por ejemplo, de la amistad, y se desarrollan fórmulas para ello. ¡Y tienen ejercicios!
Ahora, como testimonio, publico aquí ese manuscrito inconcluso, en bruto. Digo: Como testimonio. Para que se vean mis intentos de novelista en los años 90, lo que pretendía, cómo lo estructuraba, ... Lo hago tal cual; más adelante, durante estos días, me dedicaré a corregir erratas, pero nada más, que quede como está, no es una novela que terminaré, no tiene sentido: sobre todo, porque la idea ya se ha aprovechado para Amae pop blue y por la enorme lejanía en el tiempo que separa al Alfonso que lo escribía del de ahora, tan distintos. La historia en sí, tal y como se va contando, seguramente resulte demasiado ingenua y la forma muy bisoña. Pero me parece más que curioso lo que ese Alfonso de entonces pretendía hacer.
SOLLOZOS
0. PRELIMINARES.
§0.1. Claudio
y Andrés estudian Ingeniería Técnica Industrial en la Escuela Politécnica. No
son de la ciudad; comparten piso enfrente de la EUPITI1, lo
cual facilita mucho las cosas. Tampoco proceden del mismo lugar: se conocieron
en su primer año de Universidad, cuando estudiaban Ingeniería Superior. En ese
curso tan difícil en que por primera vez aparecieron por las aulas de la
Universidad, Claudio suspendió todas las asignaturas y le echaron de la ETSII2
– avergonzado ante su familia, y siéndole vetada la posibilidad de continuar,
se matriculó en la Técnica el curso siguiente. Son cinco asignaturas el Primer
Curso, ¡pero qué cinco! Bueno, las carreras técnicas son así. Él le dijo a sus
padres que su intención era acabar I.T.I. y luego continuar la Superior hasta
acabarla; pero la verdad es que, a sus veinte años, ya sabe que no será así.
Andrés se dio cuenta de esto muy pronto (que la Ingeniería Superior es una
carrera de seis cursos, pero ni por asomo de seis años, al menos no para un
estudiante normal - ¡y explícale eso a tus padres, cuando ellos lo que ven es
que Miguelito, el hijo de los vecinos, aprueba curso por año... ¡y con buenas
notas! Eso sí, Miguelito estudia Derecho, o Empresariales. Pero este último
detalle los padres no lo ven). O sea, que el tal Miguelito estudia veinte veces
menos que tú, va a las mejores juergorras universitarias e incluso trabaja en
algo y tiene su propio dinerito. Pero esto no va a ser así para ellos. Estudia,
estudia, estudia, estudia y estudia; ve al examen, ten un buen día y si luego
ves un cinco, un simple cinco junto a tu nombre en la lista, pega saltos y
celébralo.
A Andrés no le echaron tras su
primer año. Consiguió aprobar dos: Química por parciales; Álgebra en junio. En
septiembre no se presentó: sólo algún repetidor consigue aprobar en septiembre.
Pero hizo sus cálculos: a dos asignaturas por año, o una, o tres, hasta llegar
a Cuarto3, le salía un mínimo de 10 años en la Superior, así
que se cambió a I.T.I. sin dar explicación alguna. De todos modos, Andrés no
recibía tanta presión familiar como Claudio.
Durante ese curso (el segundo en la
Universidad, el primero en la EUPITI), los dos estuvieron mucho mejor. Andrés
no era tan perseverante ni metódico como Claudio, pero era mucho más práctico.
Claudio, sin embargo, era el típico que necesitaba leerse todos los
preliminares de cada manual antes de enfrascarse en materia; necesitaba leer y
subrayar toda, absolutamente toda la teoría antes de hacer ejercicios;
necesitaba tener resueltos todos y cada
1
EUPITI: Escuela Universitaria Politécnica de
Ingeniería Técnica Industrial.
2
ETSII: Escuela Técnica Superior de Ingenieros
Industriales.
3
Los tres primeros cursos, más teóricos, son los más duros. De hecho, a Primero
le llaman el curso filtro. Una vez en Cuarto, todo es más fácil
(relativamente).
uno
de los problemas propuestos, incluidos los ejemplos, antes de hacer los
problemas de ampliación. Él barría los manuales. Era una forma muy segura y
machacona de asimilar los temas, pero muy, muy lenta. Necesitaba mucho tiempo,
y que nada alterase el orden preestablecido y los objetivos marcados.
Con esa forma de estudiar, era muy
lógico su fracaso el curso anterior. El Primer Curso es el más difícil, y el
cambio de nivel entre el Instituto y la Universidad era brutal si te
matriculabas en una carrera técnica. Y con la metodología de estudio de Claudio
era muy complicado pasar de tema. Andrés, sin embargo, se limitaba a resolver
los ejercicios de clase y los de los cuadernillos que los profesores dejaban en
la copistería de enfrente de la Escuela. De los manuales hacía sólo los
problemas representativos. Tenía muy buena memoria y visión espacial: eso
jugaba a su favor. Se esforzaba mucho por seguir las clases y por estar al
tanto de cualquier chivatazo que le pudiera dar algún compañero veterano,
acerca de cómo afrontar los exámenes de tal o cual profesor, qué manuales eran
mejores, qué ejercicios hacer y cuáles no, ...
Los dos eran inteligentes, cada uno
a su manera. Andrés aprobó ese primer curso en I.T.I. Cálculo Infinitesimal y
Física General. Para el siguiente curso se iba a matricular de todo Segundo,
salvo Dibujo Técnico II. El Dibujo de Primero tampoco lo iba a coger. Claudio,
por su parte, consiguió aprobar Álgebra en junio y Cálculo en septiembre. Hay
que recordar que estuvo bajo una presión inmensa: si volvía a suspender todo,
le echaban, no ya de la Escuela, sino esta vez, y por ser la segunda, de la
Universidad. Para él ya fue un tremendo éxito aprobar esas dos.
§0.2. Andrés
era un chico de estatura media: muy, muy delgado, pálido, de nariz larga,
curvada y fina. Su mirada era fría, segura, y aunque nunca le hubieras visto
hacerlo, podrías jurar que era fumador. No lo era en absoluto, pero su imagen
se asociaba a la de un chico con un cigarrillo prendido entre sus labios,
pegado al inferior, mientras habla y va pasando whiskeys a los de alrededor.
Esa es la imagen que proyectaba, a pesar de no haber probado un cigarrillo en
su vida.
Tenía incipientes entradas, patillas
y una chupa de cuero que llevaba todo el año. Su pelo era moreno, su voz
profunda y algo cascada, sus párpados semicaídos y sus ojos claros, grises.
Pasaba desapercibido en cualquier sitio; su aspecto físico y su vestimenta eran
muy normales, además de ser un tipo de conversación sosegada y sensata. Su
rostro no tenía edad muy definida: no podías saber si tenía 19, 20 o 23 años
con certeza. Tenía 20 en este segundo curso en la EUPITI. Su voz tampoco
revelaba ningún acento en particular.
Jugaba en el equipo de rugby de la
Escuela. Por su complexión, por su frialdad y por su visión de juego era el
apertura del equipo. Además de estudiar y jugar al rugby, era un buen bebedor
de cerveza. Se relacionaba mucho con sus compañeros de la Escuela,
especialmente con los del Equipo y con los del Aula de Cultura, que
prácticamente venían a ser los mismos que los de Delegación de Alumnos. Iba a
los cumpleaños que se organizaban en bares, a fiestas puntuales, pero sobre
todo a veladas espontáneas. Es decir, en las últimas horas de la tarde, se
juntaban fortuitamente dos o tres de ellos en el bar de la Escuela, o en otro
cualquiera de los alrededores, empezaban a hablar (café por aquí, cervecita por
allá), y en lo que te has venido a dar cuenta son ya las doce de la noche,
estás con diez o doce compañeros más, la mochila al hombro de un lado para otro
y algo mareado. Por eso, entre otras cosas, a Andrés le venía de maravilla
vivir cerca de la Escuela, epicentro del mundo por algunos años.
Pasaba poco por casa, pues prefería
estudiar en la misma Escuela: en la Biblioteca, en la Sala de Estudios (si
encontraba sitio en alguna de ellas), las más veces en las mesas de los
pasillos o en la misma Aula de Cultura. No siempre, pero muchas veces comía
allí: el menú del bar, o se llevaba un bocadillo. En casa, además de dormir,
ducharse, vestirse y comer alguna vez que otra, escuchaba sin parar a Héroes
del Silencio. Sobre todo si necesitaba estudiar por las noches, pasaba más
tiempo en casa por el día (descansando y tomando fuerzas para volver a
estudiar): en esos días Iron Maiden, Manowar y, sobre todo, Héroes
del Silencio colmaban la atmósfera del piso.
Por su parte, Claudio era el típico
chaval que nada más verlo calificarías de “entrañable”. ¡Y realmente lo era!
Quizás menos ingenuo de lo que uno pudiera pensar, era demasiado educado y
bienintencionado. Su estatura era parecida a la de Andrés, pero su complexión
más ancha y fuerte le hacían parecer más bajo. Andrés le convenció para que se
apuntara al equipo de rugby, y así desfogarse de tanta tensión; muy renuente al
principio, una vez que accedió y probó ese juego se enamoró de él para siempre.
Jugaba de flanker. No placaba muy bien, pero en la melé era una máquina (es que
eso de avanzar con fuerza, lento y seguro era lo suyo); de hecho, en algún
partido llegó a jugar de pilar, y sin duda ése habría de haber sido su puesto
si no fuera porque ya lo era de los veteranos del equipo y porque le faltaba
algo más de carisma.
Él sí fumaba, aunque de forma muy
esporádica. Más bien tonteaba con el cigarrillo. De modo que no se puede decir
que fuera fumador; en el fondo, lo que a él le gustaba era el ambiente cargado
de humo de tabaco, como los lugares cerrados donde hay fiesta: le parecía
extraordinariamente acogedor, recogido y cálido. Tenía abundante pelo moreno y
liso, con un flequillo imponente; además, en este su segundo año en la
Politécnica le dio por usar perilla. Su indumentaria parecía el uniforme
oficial de la Escuela: botas marrones, pantalones vaqueros, camisa de leñador a
cuadros con camiseta por dentro, y siempre los cascos del walkman en los oídos
o colgados sobre el primer botón abrochado de la camisa, pues los cables los
llevaba por dentro de ésta, para que no se vieran ni fueran balanceándose cada
vez que se movía, ni se engancharan. Tenía mayor rango de estilos musicales que
Andrés. Conocía, por ejemplo, grupos que para su compañero eran rarezas, como Camel,
Panzer o los Moody Blues, tanto en la formación de los 60 y 70
como la más pop de los 80 y 90 (tan obras maestras eran para él el A
Question of Balance como el Long Distance Voyager, aunque parecen
discos de grupos distintos). Su cultura musical era muy amplia. Su cultura, en
general, era muy amplia: le gustaba leer, tocaba la guitarra y apreciaba
bastante el arte4.
4
No entiendo cómo se le pudo escapar al coordinador del Grupo de Artes Plásticas
y Literatura “Abstracción”, del Aula de Cultura, esta joyita. Le habría venido
de perlas, si hubiera podido captarlo para la causa.
Su
voz era apocada, y no vocalizaba bien. Él sí estaba más tiempo en el piso,
especialmente porque allí nada le alteraba su orden de estudio, salvo Andrés en
época de exámenes con su música alta y las entradas y salidas de su habitación
al baño o al salón.
Faltaba mucho a clase para
aprovechar ese tiempo estudiando. Iba a pocas fiestas, aunque le gustaba salir
solo con sus walkman, de madrugada, a deambular por la ciudad. A veces se metía
en garitos extraños poco conocidos, o simplemente caminaba y caminaba con su
música, una libreta, un boli y un libro de pequeñas dimensiones. Le encantaba
entrar en alguno de los pocos bares que no cerraban en toda noche y allí, todo
atolondrado por el sueño y aturdido por los cambios bruscos (frío fuera – calor
dentro, música a todo volumen durante hora y media – pitido en los oídos al
quitarse los cascos así como entra en el bar), allí tomarse un café o dos, mientras
escribía alguna impresión en prosa poética, generalmente relacionada con la
soledad y la noche. Otras veces, en época de exámenes, acababa en la Sala de
Estudios nocturna de la Universidad, con refrescos y chucherías dulces y
saladas para pasar la noche de estudio.
Coincidía, eso sí, con Andrés en
muchas de aquellas veladas espontáneas. Allí reía o se enfadaba, con mucha
afectación, con los problemas de sus compañeros. Las quejas y los lamentos, muy
cargados de sarcasmo y de resignación, se entreveraban con conversaciones
triviales y a veces se disfrazaban de supuestas ganas de olvidar y pasárselo
bien, y tenían casi siempre que ver con la dureza de la carrera y los
conflictos con la familia a causa de ello. Siempre había alguien sin dinero al
que había que invitar a beber y ofrecerle tabaco; pocas veces comida.
§0.3. La
zona donde se encuentra la EUPITI es agradable de pasear: grandes avenidas,
aceras anchas, parques cercanos y vida en las calles. No obstante, la EUPITI en
sí es un edificio muy antiguo y gris, construido en época franquista y apartado
del campus universitario. También franquistas y literalmente grises son los
pisos que dan frente a la fachada principal de la Escuela. Uno de esos pisos es
donde viven Andrés y Claudio.
Sólo hay dos puertas por planta. En
el 3ºA viven ellos; el 3ºB lo comparten tres chicas, estudiantes también:
Carmen, Arancha y Rosana.
Son pocas las chicas que estudian
una carrera técnica, aunque cada año son más. En la Escuela, las que van allí
(las peritas5) están más que localizadas por los
muchachos. Se conocía como “perita en dulce” a las que eran especialmente
guapas y al mismo tiempo inaccesibles (o eso parecía, quizás porque estaban muy
centradas en sus estudios y su vida familiar y emocional estaba equilibrada; es
decir, porque tenían vida “más allá de la EUPITI” daban la sensación de ser
inaccesibles; se las veía poco o nada por las movidas de la Escuela: Fiestas de
la Primavera, Aula de Cultura, bar, ...). Había muy pocas de éstas: una o dos al
curso, no más.
5
Los Ingenieros Técnicos Industriales se llamaban antiguamente Peritos
Industriales, así como los Arquitectos Técnicos, Aparejadores. De ahí el juego
de palabras.
Carmen
era una perita en dulce, sin duda alguna. Pelo liso y moreno, tez blanca,
figura muy femenina pero al mismo tiempo atlética, aparecía siempre en clase
con su casco. ¿Por qué llegaba con su moto, una Suzuki 400, si vivía tan cerca?
¿De dónde venía? Eso no lo sabía nadie. Su forma de andar, su mirada, sus
gestos: todo en ella transmitía seguridad. Mujer de ideas claras, buenos
pechos, labios sonrosados y unos ojos preciosos color miel. Era fácil
enamorarse de ella, pero pocos se le acercaban, por mucho que hablasen de ella.
No era Carmen antipática, ni mucho menos: su gesto facial más natural y
característico era la media sonrisa, en constante inicio, y tenía buena
disposición para conversar y para reír. A veces tomaba café en el bar con sus
compañeros más conocidos, en un cambio de clase, lo normal para la gente
normal, poco para lo habitual allí. No era especialmente extrovertida, pero
tampoco era tímida: lo que sucedía es que intimidaba a la masa masculina por su
pose y sus gestos tan seguros. Y, por si fuera poco, se distanciaba aún más del
resto de estudiantes por sus notas: no eran brillantes, pero sí muy notables. Y
tampoco soportaba demasiado el discurso victimista acerca de la carrera, de lo
difícil que es aprobar y todo eso: no es que no compartiera esa opinión, pero
le aburría escucharlo una y otra vez, y tampoco entendía bien de qué servía
lamentarse tanto. Además, tenía novio; o eso se decía, porque nunca nadie lo
vio.
Arancha también estudiaba allí. Provenía
de una localidad bastante más lejana que la mayoría de los estudiantes no
autóctonos. Era muy simpática y extrovertida; pertenecía al grupo de teatro y
colaboraba con Delegación de Alumnos. Llamaban muchísimo la atención sus pecas,
sus trenzas pelirrojas y su forma de vestir siempre con colores estridentes y
con prendas raras y chillonas, como bufandas superlargas, gorros estampados o
pendientes estrafalarios.
Rosana era la mejor amiga de Carmen
y estudiaba Derecho. No obstante, pertenecía también al grupo de teatro de la
Escuela, aunque siempre hacía papeles menores. Rubia, muy callada y tímida,
aunque su forma de vestir se parecía a la de Carmen: pantalones vaqueros,
camisetas o camisas de colores claros, maquillaje discreto y pocos
complementos.
Aunque vecinos y compañeros (esto
último con excepción de Rosana), Andrés y Claudio apenas si se relacionaban con
ellas. Conocían bien a Arancha, y Arancha a ellos, sobre todo a Andrés, pero
cuando se encontraban en el piso apenas si intercambiaban saludos.
1. EL
SOLLOZO.
§1.1. TEOREMA 1.1: La noche amplifica los
sonidos.
· Demostración: Que se lo digan a Claudio cuando
aquella noche le despertó de un sueño muy profundo un gemido constante y tenue.
Se levantó de la cama con el corazón acelerado, sobresaltado. Al poco se dejó
de oír, y él volvió a la cama extrañado, pero no le dio más importancia.
Justo una
semana después volvió a escuchar unos sollozos cercanos. Aquella noche estaba
despierto; estudiaba en su cuarto con sus cascos, escuchando el primer disco de
Saratoga. Concentrado en la Química y con música en sus oídos, se sintió
extraño por un lapso. Se asustó: le pareció que algo pasaba, como si alguien en
la calle hubiera pedido auxilio a gritos o un intruso hubiera entrado en casa
armando ruido. Paró el walkman (pulsó stop) y se quitó los cascos.
Entonces escuchó claramente un llanto suave, cercano. Toda esa noche, como
quien escucha la lluvia en un día de lluvia, lo estuvo escuchando, mientras
resolvía problemas de orbitales atómicos y de enlaces químicos.
Cada
noche, y durante dos semanas, a Claudio le despertaban esos sollozos. Alguien
con una tristeza muy profunda le desvelaba cada madrugada. Y esos suaves y
silenciosos lamentos resonaban en los tímpanos de Claudio y éste tampoco podía
conciliar el sueño. Para él, al principio eran más estridentes que una
explosión o un grito; y luego, desvelado, eran una audición obligada y
obsesiva. Los sentía tan cerca que a veces creía que era el mismo Andrés quien
los profería, metido en el cuarto de Claudio, detrás de él.
Por otro lado, había instantes en que sin
querer comparaba en su mente estos lamentos con el llanto de la guitarra del
“Frozen Rainbow” de Saxon: le llegaba a gustar porque le transmitía la
misma tristeza, le llevaba, le llenaba, pero luego se saturaba, porque, como
hemos dicho, duraba toda la noche.
Corolario 1.1.1. La noche amplifica el miedo.
·
Demostración: Que se lo digan a Claudio en esos quince días. El problema
no era la falta de sueño, sino el miedo que le producía a Claudio tener la
certeza de que alrededor de las tres y media o las cuatro de la mañana iba a
escuchar un lamento innominado que no sabía de dónde provenía, si había alguna
persona en su cuarto o si era el espíritu de alguien que había muerto
violentamente allí o qué era aquello. Él lo esperaba inquieto y efectivamente
sobrevenía.
Un escalofrío le recorría entonces
todo el cuerpo, siempre era así. Luego por la mañana no se lo contaba a nadie
(¿qué podría decir?). Sólo alguien (no Andrés) le hizo notar que le veía más
triste de lo normal, y le preguntó si le pasaba algo. Él contestó que no, que
por qué. (La del comentario fue Carmen en un cambio de clase, pero Claudio no
recordaba quién, sólo que no había sido Andrés).
§1.2. TEOREMA 1.2: Silencio más silencio a veces
es ruido.
· Demostración: Como luz más luz a veces es doble
intensidad de luz, pero en otros casos produce la oscuridad, el cese de los
sollozos nocturnos creó en Claudio un extraño vacío que le inquietaba aún más
por las noches. La decimosexta, decimoséptima y decimoctava noche se despertaba
temeroso, como las anteriores, a la espera de que no le sorprendiera
desprevenido el lastimoso gemir, y esas noches no lo hicieron. No llegaron.
Quedaba así Claudio en suspenso, agazapado en la cama y haciéndose el dormido
hasta las cinco o más, en que caía rendido de sueño.
En lugar
del sollozo venía un silencio audible. Para él era un vacío. “Alégrate”, se
decía, “alguien tenía una pena y ya no la tiene, o al menos no la llora. Mejor
para él, y también mejor para ti. ¿Por qué no te duermes ya?” Pero no podía. Le
habían despertado ya muchas veces, pero no sabía quién ni por qué. ¿Iba a
quedarse la cosa así? ¿Lo habría soñado, o imaginado? No, eso no. Era físico,
él lo había oído bien. ¿Qué pasaba, entonces?
Durante
la decimonovena noche y siguientes, ya que no se escuchaba el sollozo, quiso
recordarlo, para atar cabos. Su cadencia, el tono, los hipidos, el hilito de
voz a medio salir, el ahogo hacia dentro, ... “Esa persona, por esa forma de
sollozar, debía de tener lágrimas en los ojos, muchas; la nariz taponada con
mocos y la boca seca.” Esa fue su primera conclusión. “Pero ni siquiera puedo
saber si es voz de hombre o de mujer. Ese llanto podría ser de cualquiera.”
§1.3. PRINCIPIO DE LA PARSIMONIA: La explicación
más sencilla es la correcta.
“Piensa en lo evidente, céntrate en lo
evidente, Claudio, si quieres sacar alguna conclusión plausible”, se dijo una
noche en la cama. “¿Qué ha sucedido en realidad? ¿Y qué te sucede a ti?”
“En primer lugar, has estado, durante
dos semanas, Claudio, durmiendo menos de cuatro horas diarias... ¡porque
escuchas un tenue sollozo junto a ti que te desvela, tío! ¡Eso es muy fuerte,
Claudio! ¡Y un tormento! Escuchas un lamento ahogado una noche y otra. Ahora ha
desaparecido, y puede que no lo escuche nunca más, si no cuento los suaves ¡Aaaah!
de fondo de las canciones de los Moody Blues.”
“Dejando a un lado cualquier fenómeno
paranormal, yo sólo veo dos focos de donde puede haber procedido: o ha sido
Andrés, o las del piso de al lado. Esta pared de mi cuarto debe ser también la
de alguna de ellas. Sea quien sea... ¡qué tristeza tan grande y contenida! ¡Que
le hace despertarse, y llorar suavemente! ¿Con resignación, sin desesperación?”
“Lo más lógico es pensar que ha sido
Andrés. Lo cierto es que sé tan poco de su vida personal... Colegas, sí, pero
no amigos. ¡Mmm! No sé. No observé nada extraño en él esos días, pero, claro,
si se trata de una pena secreta... Pero es que tampoco he creído ver en él
signos de cansancio, ni con los libros, ni en los partidos, ni tampoco en su
esperanza de ligar. Claro que él es enérgico, y tampoco le veo tanto, y si es
algo que arrastra desde hace tiempo, ya estará acostumbrado a vivir así. ¡Quién
sabe si no ha llorado más veces en su cuarto, mientras yo dormía a pierna
suelta!”
§1.4. DEFINICIÓN 1.1:
Redundancia es la repetición de una idea o sonido o fenómeno.
Todos vuelven alterados tras las
vacaciones de Navidad. Un poco antes de que éstas lleguen, se contemplan desde
dos perspectivas. Por un lado, unas dos semanas en casa, con la familia, con
los amigos – descanso, diversión necesaria, desconexión. Unos días gratos para
la mayoría de los estudiantes de fuera: el viaje de ida, el reencuentro con
lugares y gentes, aromas, fríos deseados, luces, la estabilidad de casa. Pero,
de otra parte, los estudiantes de la EUPITI tienen claro que son los últimos
días sin clase antes de los exámenes del primer parcial: aprovecharlos bien
para prepararse con seguridad es fundamental. Así que la mayoría vuelve con
agobio y nerviosismo: ni han descansado, ni se han divertido, ni han estudiado
lo que hubieran querido. Y, en todo caso, los exámenes a las puertas. Todos
saben ya a qué asignaturas se van a presentar, y cuáles van a dejar para el
final de junio.
Claudio volvió de casa sin la presión
del curso pasado. Pocos amigos le quedan ya en el pueblo. En casa se respiró
esta vez un ambiente mucho más cordial, lo que en su fuero interno agradeció
enormemente. Se dedicó a leer y a disfrutar mucho de placeres sosegados, como
ver películas con su hermano mientras los demás dormían la siesta, dibujar con
su hermanita pequeña, salir con la bici o tomarse copitas de pacharán tras el
café de la cena. Había estudiado lo suficiente como para afrontar bien el
examen de Química, si estudiaba mucho los días que le quedaban y como para, al
menos, intentar algo en Dibujo. Así que le vino muy mal escuchar de nuevo los
sollozos nocturnos.
Desde el mismo día en que llegó al piso
se escucharon de madrugada. A él le descolocaron totalmente. La verdad es que
en Navidad ya se había olvidado del asunto. Pero ahora ahí estaban otra vez,
calándole los oídos, tan cadenciosos como intensos.
No es ya que no pudiera conciliar el
sueño: al fin y al cabo, podía aprovechar que le despertaban para ponerse a
estudiar. Es que no quería afrontar los exámenes con cansancio acumulado.
Además, cada noche eran más insoportables, porque poco a poco iba haciendo suya
la tristeza ajena.
Claudio está triste: era oficial. Apenas
tenía apetito. Estaba desganado para todo.
TEOREMA
1.3. La redundancia es un elemento que permite o, al menos, facilita una
comunicación eficaz, por cuanto se manifiesta como mecanismo útil contra el
ruido comunicativo y las interferencias.
“La persona con un llanto así debe de estar hecha
polvo por dentro”, se decía Claudio. Salta, y un compañero le impulsa casi
simultáneamente. El balón pasa muy de largo, y lo agarra el jugador más
alejado. Sale corriendo hacia allá, pero el balón ya se está jugando casi en la
otra banda. “Soy yo, que lo único que hago es escucharlo, y estoy fatal.”
Vio venir hacia su banda a un tipo muy bajito con la
camiseta blanca del equipo de Ingenieros Superiores. Iba embalado, con su
coleta recogida al viento, pero el balón se le cayó hacia atrás, simplemente se
le resbaló. Claudio lo cogió y echó a correr, lo pasó a Jorge que venía justo
detrás de él, Jorge percutió muy bien y de repente se formó una masa
blanca-superior/celeste-técnica, unos sobre otros y el balón sin saber dónde.
La rivalidad se notaba. Claudio, como buen delantero, se encontraba en el meollo
del mogollón. “Me cago en vuestros aires de superioridad y en vuestra j... y
p... carrera, c...”, musitó al oído de un contrario que tenía al lado tan
aplastado como él. El balón salió al fin, y todos tras él menos Jorge, Claudio
y ése del otro equipo, los tres aún en el suelo. “¡Te vas a enterar!
¡Prepárate!”, le dijo a Claudio el Superior, con una cara de bestia como alto y
fuerte parecía.
“Ya no puedo seguir más así. Y quiero
compartir esa tristeza, que es casi mía ya. Y más si Andrés es el que la
tiene.”
El balón cayó de nuevo en sus manos.
Echó a correr, estaba realmente cansado. “¡¡Voy a percutir, cacho de m...!!”,
le dijo al grandullón de antes, que venía hacia él. Placar no, pero eso de
percutir lo hacía muy bien. Dejó de tocar el balón, lo recogió Andrés, ¡y
ensayo6!
“Colega, a Andrés le pasa algo muy
gordo, y yo me voy a enterar”.
6
Tras ese ensayo, que le dio el partido a ITI, la mayoría de los miembros del
equipo afirma que Andrés corría diciendo: “We are the kings of metal”.
Ese gesto de efusión es extraño en él.
Ejercicios de esta Sección 1
1.1. La
demostración del teorema 1.3 no ha sido expuesta. Hágalo.
1.2.
Aplicando
el teorema 1.1, describa las siguientes situaciones, teniendo en cuenta que se
producen de noche. Compárelas con la descripción de esas mismas situaciones
dadas de día:
a)
El
deambular de Claudio por las calles, con ganas de un largo paseo, sus walkman
puestos y su mochila a cuestas.
b)
Los
primeros acordes de Entre dos tierras en el cuarto de Andrés, escuchado
por Claudio.
c)
Claudio
se lleva un cigarro a la boca, que enciende con un zippo. Remueve la
cucharilla, da un sorbo al café, y resuelve su n-ésimo problema de disoluciones
(no olvide el teclear de la calculadora).
1.3.
Explique
por qué unos sollozos sotto voce son capaces de despertar a Claudio,
aplicando el Principio de la Parsimonia.
1.4.
Teniendo
en cuenta ese principio, intente expresar de forma sencilla por qué le parece a
Claudio más plausible que Andrés sea el de los sollozos, y no una de las
chicas.
1.5.
Otro
corolario del teorema 1.1 es el siguiente: Corolario 1.1.2: La
noche amplifica la percepción de sensaciones y significados ocultos de las
canciones. Aplique este corolario a Andrés y Claudio con sus amigos (Jorge,
Juanma, Emilio, Arancha, ...) en el concierto de Héroes del Silencio, de
presentación de su disco “Avalancha”. Elija una canción anterior a este disco,
ya interiorizada por ellos (si quiere poner una nota de humor, indique que
Emilio, cada vez que Bunbury cantaba “Avalaaaanchaaaa”, le decía a Arancha:
“Avaraaaanchaaaa”, una y otra vez.
1.6.
Con
los datos de los preliminares (§§ 0.1, 0.2 y 0.3) enuncie una teoría en la cual
es Andrés, y no Claudio, el que escucha los sollozos.
1.7.
Si
Claudio es de los pocos a los que les repugna el término perita en dulce,
y atendiendo a que él no tiene puestos los ojos en Carmen, indique si silencio
más silencio es doble silencio o es ruido cuando ella, en el cambio de clase,
se interesa por él (recuerde que le ve triste y se lo comenta) y él no sólo la sigue tratando como a una
compañera más, sino que le contesta con una indiferencia cercana al desdén. (DATOS:
Carmen no tiene novio. Carmen no sabe si le gusta Claudio, pero le cae muy
bien.)
Si la solución es doble silencio, demuéstrelo con
una relación clara de acontecimientos. Si es ruido, indique si la redundancia
es útil para salvarlo, en la comunicación que ella desea establecer, y ponga
ejemplos.
1.8.
Localice
las redundancias de esta sección y de la anterior, e indique los ruidos e
interferencias que se pretenden evitar.
2. ANDRÉS.
§2.1. TEOREMA 2.1: Las apariencias engañan.
·
Demostración: Alguien le había comentado a Claudio que Unamuno llegó a
decir, o a escribir, que el español que no haya leído El Quijote no era
un hombre, sino sólo medio. En Navidades se había leído la “Introducción” de
una edición de bolsillo, quedándole muy claro que esta obra es una parodia de
los libros de caballerías. Pero,¿qué eran los libros de caballerías? Sacó de la
biblioteca el Amadís de Gaula y el Tirant lo Blanc, pero pronto
se enteró de que el primer libro de caballerías en castellano fue el Zifar.
Claudio no podía dejar de empezar por el principio, así que devolvió los otros
dos y se hizo del Libro del caballero de Dios o Libro del caballero
Zifar. Escrito en castellano del siglo XIV, es un auténtico ladrillo que
comer para un veinteañero de ciencias.
Pero allí estaba él, en una
cafetería elegante de grandes ventanas, con un café y un pastelito de yema
tostada. Estos pequeños placeres (libro, cafetería buena) sólo se los podía
permitir muy de vez en cuando. Era sábado. Esa mañana había hecho el examen de
Química. No podía decir si lo había hecho bien o mal, tan sólo (y esto ya era
bueno) que había hecho todos los problemas y había respondido a las preguntas
de teoría; y, además, que de cada problema había abordado todos los apartados,
que necesitaban siempre, en su planteamiento, del resultado del apartado
anterior: estaban concatenados. Él los hizo todos; sus resultados eran
coherentes.
Estaba muy satisfecho de sí mismo.
Eso había sido todo un logro: concentrarse en la resolución de problemas con un
cansancio físico y emocional como el que arrastraba ya. Sus ojeras eran
notables, pero no llamaban mucho la atención: ¡se parecían tanto a las de los
que, como él, habían hecho el examen ese día! La siesta que se iba a echar
después de comer iba a ser bestial. No era para menos. Pero ahora estaba en la
cafetería, y la lectura del Zifar se le hacía del todo imposible.
Demasiado difícil e inapropiada en ese momento.
Se encendió un cigarrillo con su
zippo, y en ese instante apareció Ismael Valverde. Se acercó hasta su mesa y se
sentó frente a él. Tenía las gafas más limpias que él había visto nunca.
-¡Hombre! Tú eres Ismael, ¿no? Creía
que no ibas a venir.
-¡Joder, tío! ¿Qué lees?
-Esto.
-¿El Zifar? ¿Y puedes con él?
-¡Ps!
-¿Me aceptas un consejo?
-¿Como filólogo?
-Sí. Mira, decía C. S. Lewis...,
ahora no recuerdo dónde..., bueno, no importa. Decía C. S. Lewis..., ¿sabes
quién es?
-¡Claro! No he leído nada de él,
pero...
-¿Entonces?
-Vía Tolkien.
-¡Ah, claro! ¡Hasta Andrés ha leído
a Tolkien!
-El Hobbit, y por
recomendación mía. Pero... ¿qué dijo C. S. Lewis?
-¿Eh?
-C. S. Lewis dijo que...
-¡Ah, sí, tío, perdona, joder! A
veces es que se me va la olla de un modo... Que dijo C. S. Lewis que no
importaba en qué época literaria irrumpieras, que no importaba por qué libro
empezaras tu afición por la lectura. Simplemente, que te dejes llevar por la
lectura, y luego ella misma te remitiría a anteriores y posteriores. Pura
recurrencia, tío. Con lo cual, mi consejo, colega: si te interesa la literatura
caballeresca, macho, no hace falta que empieces por el Zifar, eso es una
locura, son ganas de torturarte. Tal vez..., ¡claro! Tal vez, lo mejor sería
que empezases desde la desmitificación del género, desde el Quijote.
Léete el Quijote. Ahí te estás leyendo una obra maestra. Te vas a partir
el culo, de verdad, te meas de risa. Y luego, como es una parodia de los libros
de caballerías, te has metido, de un modo u otro, en ese mundo. Si después aún
sigues interesado por lo caballeresco (puede que ya no), entonces vete al Amadís
o al Tirante. Y si luego quieres leer el Zifar, yo te pago la
carrera de Filología, chaval.
“Me parece que este tío es más
inteligente de lo que yo sospechaba cuando hablamos por teléfono. Habla como un
hippy porreta y tiene las gafas impolutas”, pensó Claudio, y en ese momento
apareció Marcial.
Proposición 2.1.1. Las casualidades no existen.
Marcial
los había visto por la ventana de la cafetería, y no se lo pensó. Entró
caminando muy rápido y se acercó a la mesa.
-Yo os conozco a los dos –dijo con
una sonrisa inmensa.
-¡Qué paaasaaa, Marcial! –dijo
Ismael, chocando su mano con la de éste, en plan colega7.
Claudio se dio cuenta: ese tal
Marcial juega en el equipo de rugby de Filología. Está fuerte y es de los que
corren. Justo la vez que Claudio jugó de pilar también lo hizo Marcial.
Filología es un equipo que le cae muy bien a Claudio. Ya tiene mérito montar un
equipo en una facultad donde la mayoría de los matriculados son mujeres. Como
equipo, en ocasiones dan la impresión de ser una panda: la mayoría de las veces
les faltan jugadores y tienen pinta de ser muy desordenados (y lo son). Pero
luego no juegan mal: con mucha pasión. Un partido contra Filología siempre
resulta imprevisible.
7
Imagínese a dos hombres echando un pulso. Enfoque un primer plano a sus manos y
pulse stop: así las chocaron Marcial e Ismael.
El tal Marcial éste es algo famosillo.
Es mítico ya su partido contra los chulillos de no sé qué colegio mayor. – Para
empezar, jugó el partido descalzo. Se le habían olvidado las botas, pero él le
dijo a los compañeros nuevos que había estado en Samoa Occidental ese verano.
-¿Haciendo qué? –le preguntaban.
-¿Con una beca, quizás?
-No, tío –respondía -, trabajando en
una lavandería.
Los del colegio mayor no eran un
equipo. Tenían a tres que jugaban muy bien, pero el resto no tenía ni idea y se
limitaba a hacer lo que decían esos. Filología era la primera vez que jugaba, y
daba una impresión de debilidad bastante ficticia. En un momento del partido,
casi al final, salió Marcial disparado con el balón: esquiva a uno, a otro, a
otro, y a otro... sin intención alguna de percutir ni de pasar el balón. Sus
compañeros ya no le seguían. Esquiva a otro, a otro, y cuando ya se zafa del
último y con cierta ventaja, se da la vuelta y, corriendo hacia atrás, le
levanta ostensiblemente el dedo corazón a ése que iba tras él. Sólo cuando lo
tenía ya casi pegado se giró otra vez, pegó una carrerita y ensayó.8
Marcial es amigo de Ismael, aunque
Ismael es mucho mayor que él. Va de loco, de hipernervioso, pero la gente
inteligente como Claudio se da cuenta pronto de que es sólo una fachada que
quiere que los demás crean. Ismael le invitó a sentarse y le pidió una cerveza.
-Tranquilo, Claudio, podemos hablar
con él aquí –dijo Ismael. –Él no sabe quién es Andrés, y es un buen
conversador.
-Sí, y se ha bebido la cerveza como
un vaso de agua y se está pidiendo otra –respondió Claudio. -¡Y pasa de
nosotros! Bueno, Ismael, no me preguntes cómo he conseguido tu número de
teléfono. Te agradezco que hayas venido. No puedo decirte por qué, pero no
sabes el gran favor que me haces si me das información acerca de Andrés. Tú
eres de su pueblo, ¿no?
-Eso es, y gran amigo de su hermano
mayor. Me sorprendió un poco lo que me dijiste de que vives con él pero no
tienes ni idea de su vida personal. Ahora lo pienso mejor, y no me extraña: con
el carácter que tiene y la movida que ha habido siempre en su casa... No creas
que soy de los que van por ahí contando intimidades de los demás. Pero por tu
forma de expresarte por teléfono me pareciste sincero y al mismo tiempo muy
preocupado por Andrés. Y ahora que te veo en persona ya sé que eres buena
gente.
“¿Con verme la cara?”, pensó
Claudio. “¿Cómo narices sabe si soy o no buena gente, si no me conoce de nada?”
-Yo lo que pensé... –prosiguió
Ismael-, pensé..., ¡tío, no vayas a encender otro piti, te lo pido por favor!
-Lo siento –dijo Claudio con el
cigarro en la boca mientras devolvía el zippo al bolsillo de la camisa.
-No te pega fumar, colega –dijo
Marcial.
8
Sus compañeros llamaron a esa inusitada forma de jugar “samba-rugby” o “rugby
canarinho”.
“¿Por qué no?”, pensó Claudio.
-Bueno, pensé que era muy bueno que
alguien por fin se preocupase por Andrés. Hay poca gente así como tú, que se
interese por los demás.
-Pero, ¿qué es lo que le pasa a
Andrés, que pudiera llevarle a una tristeza insana? ¿Tan grave es?
Marcial sólo observaba. Ismael
contestó:
-Bueno, a todo se acostumbra uno. Y
que quede clara una cosa: a Andrés no le pasa nada de lo que él sea muy
culpable, ... No pasa con él, le pasa a él.
Entonces Ismael contó allí una larga
relación del ambiente familiar y la infancia de Andrés.
·
PROPIEDADES DEL AMBIENTE FAMILIAR E INFANCIA DE ANDRÉS:
1.
Su
auténtica madre murió cuando él tenía 12 años y su hermano Juan Luis 16.
2.
Su
padre nunca los trató con auténtico cariño, simplemente se limitaba a
alimentarlos, vestirlos y hacer un poco el paripé de lo que él consideraba ser
un padre responsable.
3.
Ellos,
sus hijos, también lo trataron con suma indiferencia, y notaron desde entonces
la ausencia de la figura paterna, pasándose a considerar absolutamente
huérfanos.
4.
Al
poco de ser viudo, el señor Martínez, incapaz de hacerse cargo de una casa y
unos hijos, se casó con Pilar, que quiso con locura a Juan Luis y a Andrés,
aunque no fue muy querida de su esposo.
5.
Juan
Luis no la aceptó. Andrés sí, considerándola su segunda madre. A partir de ahí
la relación entre los hermanos se resquebrajó.
6.
Juan
Luis se escapó de casa un par de años. Andrés pasó su adolescencia pensando que
había sido por su culpa.
7.
Pilar
y Andrés sorprendieron, además, al señor Martínez acostado con otro hombre, muy
joven, una vez que él pensaba que ellos iban a pasar la noche con la familia de
su primera mujer.
8.
Pilar
se marchó a un pisito tras el divorcio; Andrés se fue con ella. Cuando Juanlu
volvió se quedó con su padre, al que siempre respetó (ya que no amó), sin saber
nada de los motivos reales del divorcio.
Proposición 2.1.2. No hay sonido en el vacío.
Ismael
hablaba, y hablaba, y hablaba. Dio detalles de cada una de las ocho propiedades
anteriores. Parecía querer desahogarse con Claudio, pero asimismo se recreaba
mucho en la historia.
-Yo era el mejor amigo de Juanlu,
por eso sé todo esto. Cuando por fin se enteró de la verdad de su padre, no se
lo creyó; cuando al fin se convenció de ello, dejó la carrera y se largó. Yo no
sé adónde, tío. ¿Qué?
Marcial estaba bebiéndose su octava
cerveza. Claudio no respondió nada en mucho rato. Jamás podría haber imaginado
todos esos antecedentes en Andrés. En el fondo sentía como si le hubiese
traicionado al escuchar a sus espaldas su historia personal. Para Claudio,
Andrés era el tío más normal que pudiera echarse a la cara. Supo entonces que
ya jamás iba a mirarle con los mismos ojos. Se sintió avergonzado por saber
todo aquello. Y se propuso seguir tratándolo como siempre, como un colega y
punto. Él no era nadie para entrar en su privacidad.
Eran las tres de la tarde. Estaba
hambriento y quería irse a dormir. Pagó la cuenta, se despidió y se fue. Ismael
también. Marcial se quedó allí.
§2.2. DEFINICIÓN 2.1:
Llamamos sueño al período de inconsciencia que el cuerpo aprovecha para
repararse y que proporciona sensación de descanso.
Comió, por cuarto día consecutivo,
macarrones con tomate y queso en porciones. Se echó en la cama en desplome,
absolutamente reventado.
Había dejado la mayor parte de su ropa
en el salón, y el plato sucio en la mesa. Estaba realmente agotado y, al fin y
al cabo, Andrés se había ido a su pueblo esa mañana, y no volvería hasta el
viernes siguiente, o el sábado.
Después de lo que le contó Ismael, no
pudo dormir. Sólo daba vueltas y vueltas en la cama, imaginando todo aquello
que le había contado, empatizando con Andrés,
El hecho de no dormir no le importó
demasiado. Después de un examen (que eran de cinco horas) siempre le pasaba
igual. Sólo que ahora no le venían a la memoria los problemas del examen, sino
la historia de Andrés. Además, si como sospechaba era él quien sollozaba por la
noche (cosa que ahora no le extrañaba), hoy sí tenía garantizado el sueño. Y,
efectivamente, así fue durante diez noches. A la undécima, a las 4:07 a. m.,
unos sollozos despertaron a Claudio. Entonces se acordó del principio de
indeterminación.
§2.3. SIMPLIFICACIÓN DEL PRINCIPIO DE
INDETERMINACIÓN DE HEISENBERG: No se
puede observar un fenómeno sin modificarlo.
“¿Salgo o no salgo? Si salgo, y le veo
llorando y él me ve, probablemente le violentaré. Pero puede que necesite a
alguien... Y yo tengo que salir de dudas ya.”
Abrió muy despacio la puerta, sin
encender ninguna luz. Puso un pie fuera del cuarto, muy, muy lentamente. Salió
y avanzó a paso medido por el pasillo, hacia la habitación de Andrés. En la
mitad del trayecto dejó de oír el llanto. “Debe ser un efecto acústico”, pensó
Claudio.
Llegó hasta la puerta del cuarto de
Andrés. Había luz. Quiso observar sin ser visto por la ranura de la puerta, que
no llegaba a estar cerrada, ni siquiera encajada. Sólo pudo verle dando vueltas
por la habitación, de un lado a otro.
“Está memorizando”, supo entonces
Claudio. Andrés de repente le miró, muy fijamente, se dirigió hacia él y abrió
bruscamente la puerta.
-Pasa, Claudio, macho, a ver si tú
entiendes esta frase.
Claudio entró. Andrés fue rápidamente a
su mesa y volvió hacia él con un libro abierto muy al principio. No era un
manual. Claudio lo cogió, lo cerró interponiendo un dedo para no perder la
página y vio en la portada que se trataba del Silmarillion.
-Esta frase de aquí... No tengo ni papa
idea de qué quiere decir.
-¡Hombre, Andrés! Te lo podría explicar,
pero yo te recomendaría que te leyeses antes El Señor de los Anillos.
-Ya. Es que los del grupo de rol me han
dicho que éste es anterior, que cuenta cosas que pasan antes del Señor de
los Anillos.
-Sí, lo sé, Andrés, pero empezar por
aquí es duro. Mira, tú léete antes El Señor de los Anillos. Luego, si
sigues queriendo leer esto, seguro que lo entenderás mejor. Por pura
recurrencia.
-¿Por pura...? Bueno, vale. La verdad es
que se me estaba haciendo muy pesado. Gracias, tío, para estas cosas eres un
monstruo.
“¿”Estas cosas” es leer?”, pensó
Claudio, mientras salía de allí. No las tuvo todas consigo. “¡Qué raro! Por su
cuarto memorizando (fijo que algo de Electrónica Básica), la mesa llena de
apuntes y me trae el Silmarillion, ... Esto huele a disimulo.” Se
acostó, y el resto de esa noche no escuchó más sollozos.
§2.4. PRINCIPIO DE LA NEGACIÓN DE UN PRINCIPIO – Un
principio dado como ley pasa a ser falso en cuanto se encuentra un caso
particular que lo desmiente.
·
PROPIEDADES:
- No
importa el número de casos particulares en que se verifique dicho
Principio.
- Podría
considerarse cierto sólo si se establecen criterios válidos para
considerar dicho caso particular una excepción al Principio. Esto no es
fácil, y no puede hacerse por sistema.
- No
importa cuán plausibles y exactos nos parezcan todos los razonamientos
teóricos hechos.
- Este
Principio de negación de un Principio puede aplicarse asimismo a teoremas,
definiciones, corolarios, hipótesis y teorías generales.
“¿A quién le pido responsabilidades por
este sentimiento tan profundo de indignación? ¿Cómo se puede decir que todos
los españoles esto, o que todos los europeos lo otro? Desde el momento en que
haya uno que no... ¡Sobre todo en temas religiosos!” –pensó Claudio viendo el
telediario. Así que, por la noche, en el bar “Quejiíto”, con cinco colegas que
se habían quedado a tomar cervecitas, lo soltó a cuento de otra conversación.
-Hombre, quieren decir “la mayoría”.
Siempre hay alguna minoría en contra, eso ya se supone –dijo uno.
-¡Buoh! –respondió Claudio. –Que sean la
mayoría habría que comprobarlo antes. –Claudio no se daba cuenta, pero cada vez
hablaba más fuerte y daba la sensación de estar enfadado. –Y si son mayoría,
¿qué pasa? Eso es como cuando va la Guardia Civil delante de los pasos de
Semana Santa.
-¿Qué pasa con eso? –saltó Rafa, que era
muy capillita.
-Pues mira, pasa esto. La presencia de
las fuerzas del orden está estupendo: es un acontecimiento religioso, cultural
y turístico que aglutina a mucha gente en pequeños espacios. Es lógico. Y que
un Guardia Civil concreto sea muy católico y aparezca por allí con su medalla
de la Virgen tal o cual, vestido de paisano, es genial. Pero si van dos de
ellos, con uniforme impoluto, formando parte de la procesión, con dos
medallones colgando, no están queriendo decir: “Nosotros, Manolo y Paco, vamos
aquí por nuestra fe representando al conjunto de Guardias Civiles católicos.”
-Hombre, no, claro –respondió María
Luisa.
-¡No! –prosiguió Claudio. – Quieren
decir: “La Guardia Civil, como institución, está aquí.” ¿Y por qué? ¿No es de
todos? ¿No se paga entre todos?
Aquí ya todos callaron, más que por los
razonamientos de Claudio, por sus altas voces inconscientes. Estaba colorado, y
ver a un “bonachón” de esa manera le cortó el punto a todo el mundo. Si hubiera
sido, por ejemplo, Curro con la cogorza en lo alto, habría sido hasta gracioso.
Pero en Claudio no se aceptaba. Pagaron, se despidieron y se marcharon a sus
casas.
Claudio llegó a la suya. Entró. Todo
estaba apagado: Andrés aún no había venido. Se duchó, y al salir del baño
apareció Andrés. Claudio le miró con cara de asombro. Se acordó de su historia,
la que le contó Ismael. Sin querer, al conocer todo esto dejó de permitirle ser
el líder de este conjunto de dos que formaban en el piso. Hasta entonces era
Andrés el tranquilo, el que aprobaba, el extrovertido y el “uno más”, mientras
que Claudio se veía a sí mismo demasiado rarito, poco avispado, con menos
carácter, más frágil y más complejo de personalidad o, mejor dicho, más
complicado. Ahora no. Ya no. Para él el frágil era Andrés y él el estable. Y
esa sensación se transmitía sin querer. Con lo cual, Claudio tomaba iniciativas
que nunca antes había hecho. A Andrés no le parecía mal: era su derecho usar la
tele de forma equitativa, por ejemplo. Y como no sabía por qué de un tiempo a
esta parte Claudio se comportaba así, simplemente creyó que estaba madurando o
había ligado alguna noche. Lo que no entendía era su irritabilidad y su
cansancio permanente.
Desde el episodio del Silmarillion,
habían pasado tres noches, con su sesión de sollozos correspondiente cada una
de ellas.
-¿Qué te pasa, jefe? –dijo Andrés.
Claudio se quitó su cara de alelado.
-Nada, perdona, tío. Estoy reventado.
-¿Cómo? ¡Si te levantas todos los días a
las once o a las doce, cacho perro! ¡Y son sólo las once y cuarto!
Claudio no dijo nada y se fue a dormir.
Al principio le entraron ganas de estrangularlo por ese comentario. Después se
calmó. “Ahora bien, estoy fatal. Estoy mustio y rendido. De verdad, no puedo
más. Si llora hoy también, salgo y ya está. Le digo que me entero, que llevo
meses escuchándole y punto.”
Más temprano de lo habitual, a las dos,
comenzaron los gemidos. Claudio se levantó de un salto y fue corriendo al
cuarto de Andrés. Una vez en la puerta, escuchó unas carcajadas que venían
desde el salón.
“Pero ¿qué...?”
Fue al salón. Abrió la puerta. Allí
estaba Andrés, riéndose en el sofá, viendo un programa de vídeos caseros.
-Voy a por un vaso de agua –dijo
Claudio.
-Vale. –respondió Andrés.
“¿Cómo me escucha levantarme éste?”
Volvió a su cuarto. Cerró su puerta. Se
aproximó a su cama, pero antes de meterse en ella continuó la sesión de
llantos. Se bebió el agua de golpe.
“Ahora sí te voy a pillar, Andresito”.
Fue sigiloso hasta la puerta del salón,
que previamente había dejado encajada. Por esa parte del pasillo se escuchaba
el sollozo. Cuando puso el ojo en la ranura, vio a Andrés tronchándose de risa
con el programita ése y dejó de escuchar el llanto suave para escuchar las
carcajadas bruscas de su compañero. Quitó sorprendido el ojo: escuchaba el
llanto. Lo puso otra vez: escuchaba risas. Quita: llanto. Pone: risa. Quita
otra vez: otra vez llanto. Pone otra vez: otra vez risa. La puerta entonces se
movió y chirrió, y se vio, por tanto, obligado a salir.
-Vengo a devolver el vaso a la cocina.
-¡Vale, tío! ¡Como quieras! ¡Pero eso es
una gilipollez! ¿No tenías sueño?
-Yo es que soy ordenado, Andrés. Ya lo
sabes.
-Sí, claro que lo sé. Hala, a las buenas
noches, Claudio.
-Adiós.
Claudio se paró un poco ante la puerta.
Entrar en ese pasillo era como entrar en el castillo del terror: oscuridad y
lamentos. De todos modos, entró. Se fue a la cama con gemidos como
sintonía-ambiente.
Andrés se había cansado de reír. Es lo
que tienen los programas ésos. Te partes de risa al principio y luego ya no te
hace tanta gracia nada. Desde el sofá escuchó a Claudio descuajaringarse de
risa. “Éste está como una cabra”, pensó.
A Claudio le estaba haciendo gracia lo
de la puerta. “Me inclino: risa. Me aparto: llanto. ¡Podría haber estado así
toda la noche, si no se hubiese movido la puerta!” Siguió riendo. ¡Hacía tanto
tiempo...! Lo necesitaba. “No es Andrés. La teoría se me ha caído por los
suelos. Él no es. Es una de las chicas en la habitación que pega a la mía.
¡Pero es que, si no se mueve la puerta...!” Siguió riendo un rato y se quedó
dormido.
Fue la primera vez que pudo dormir a
pesar de los sollozos.
Ejercicios de esta Sección 2
(con
recapitulación de la sección precedente)
2.1. Explique
de forma ordenada y clara qué relación existe entre la Proposición 2.1.1. y su
teorema de referencia, el 2.1.
2.2.
Explique
de igual modo el concepto de pura recurrencia.
2.3.
Dé
usted por deducción la descripción de Ismael y Marcial.
DATOS ADICIONALES: Ismael Valverde:
Alto, pelo castaño rizado, piel morena, ojos saltones, riñonera de las que se
cruzan como un bolso, voz profunda; opcional: barba, sandalias o botas de
escalador, neohippy o grunge. Marcial
Ruiz: Rapado, con una cicatriz en uno de sus perfiles, zapatos sin cordones
de los que parecen sucios sin estarlo, voz ni grave ni aguda, con muchas
modulaciones y buena vocalización; pantalón de pana ancho y con muchos
bolsillos. En uno de ellos, una tableta de catovit, que entonces eran legales.
En el resto de los bolsillos, fotocopias de cada capítulo, a tamaño reducido,
de El español a través de los tiempos, a capítulo por bolsillo,
preparados como superchuletas para el examen del prof. Dr. Cano.
2.4.
Cambie
las perspectivas. Las situaciones en las que Andrés y Claudio se encuentran en
§§ 2.3 y 2.4 van precedidas por unos momentos en los que cada uno percibe la
presencia del otro. Estos momentos se han expuesto desde el punto de vista de
Claudio. Vuelva a exponerlas desde el punto de vista de Andrés.
2.5.
Explique
por qué es una gilipollez devolver el vaso vacío a la cocina.
2.6.
Explique
por qué Claudio está convencido en § 2.2. de que esa noche no iba a ser
molestado por los sollozos.
2.7.
Indique
qué principio de la sección 1 ha aplicado Claudio para creer que los sollozos
son de una de las chicas, una vez descartado Andrés.
2.8.
Investigue
en otras fuentes de información y defina:
a)
Flanker,
pilar, apertura, placar, percutir y ensayo.
b)
Silmarillion.
c)
Catovit.
d)
El
español a través de los tiempos.
e)
Principio
de Indeterminación.
2.9.
De
igual modo, indique los términos adecuados para las siguientes situaciones
descritas en § 1.4:
a)
El
lance del juego en el que se encuentra Claudio cuando piensa “La persona con
un llanto así debe de estar hecha polvo por dentro”.
b)
El
meollo del mogollón.
c)
El
grupo de música español que le vino a la cabeza a Claudio cuando el grandullón
dijo: “¡Prepárate!”
2.10.
Explique
la relación entre Samoa Occidental y los pies descalzos de Marcial.
2.11.
Complete
de forma coherente esta frase de § 1.4: “Me cago en vuestros aires de
superioridad y en vuestra j... y p... carrera, c...”
NOTA:
No tienen por qué ser tacos.
DATO:
A Claudio no le sale de forma natural decir palabrotas, como seguramente ya
habrá usted notado.
2.12.
Averigüe
en qué obra escribió Unamuno la afirmación de § 2.1.
3. CARMEN
Y ROSANA.
§3.0. NOTA PRELIMINAR.
Dada la finalidad de este texto, haremos
notar aquí que algunos presupuestos y cuestiones de esta sección radican en la Teoría de la Amistad de Carmen Galán,
que usted encontrará detallada en el ANEXO I.
Puesto que será de difícil seguimiento
para el no iniciado en la notación y expresión científicas, desarrollaremos
esta Sección 3 sin resumir siquiera los teoremas y principios que sustentan
dicha teoría, la cual vertebra todo este capítulo, aunque dejaremos señalado a
qué parte del Anexo debe usted acudir para una cabal comprensión teórica de los
varios casos particulares expuestos.
§3.1. MARCIAL. UNA LLAMADA. [TEOREMA 3.1 y definiciones y
propiedades asociadas].
-¿Sí?
-¿Marcial?
-¿Sí? Sí, dígame.
-¡Hola! Soy Claudio, ¿qué tal?
-¡Muy bien, Claudio, gracias por
preguntar, pero no tengo ni pajolera idea de quién eres, tío! Pero, vaya, qué
importa eso. Lo cierto, tío ..., lo cierto es que no estoy tan bien. De hecho,
estaba pensando en este momento: “A ver si alguien me llama, y le expreso este
sentimiento que me está corroyendo, y corroyendo, y corroyendo, ...” ¡Joder! ¡Y
me has llamado tú! ¿Te lo cuento o no te lo cuento?
-Sí, claro, hombre, cuenta conmigo.
¿Qué te pasa, Marcial? ¿Tan grave es?
-¡Hombre, imagínate! Estoy aburrido,
Claudio, pero no “aburrido” y punto, ¿sabes?, no, estoy A-BU-RRI-DO.
-Bueno, pues entonces te conviene
verme. Tengo la solución para eso.
-¡Ostras, tío! Al final me has dejado tú
más tirado a mí que yo a ti. ¿No te ha asustado mi tono de preocupación, de
hundimiento?
-Al principio sí, yo tampoco te
conozco mucho. Pero es que tengo un cansancio inhumano, necesito resolver un
problemazo que tengo y no sé por qué pensé en ti.
-Muy bien pensado.
-Me tomé la libertad de sacarle tu
número a Ismael. Espero que me disculpes.
-¡Ismael! ¡Normal! No pasa nada, no
pasa nada.
-Bueno, ¿quedamos y te lo cuento?
-¡Buf! No sé, estoy muy pillado,
tío. La verdad es que tengo tantas cosas que hacer... ¿No me lo puedes contar
ahora, por teléfono?
-Vale, pero rápido, no tengo muchas
más monedas, te llamo desde una cabina... Mira, pensé en ti por dos motivos:
primero, porque estudias Filología; y luego porque había buen rollo el otro día
en la cafetería que está cerca de la calle Brumas.
-¡Ah, ya sé quién eres! Tú eres
Clau, el ingeniero. ¿Qué pasa, Clau?
-Pues mira, igual que yo os parecí
buena gente, tú a mí también.
-Gracias, Clau. Pero no fumes, ¿eh?
-Descuida.
¿Qué tal se te dan las relaciones sociales?
-De puta madre: o me odias o me
amas, pero jamás, jamás te resultaré indiferente.
-Lo que yo necesito es que te hagas
colega de una persona y me la investigues.
-¿En serio? ¿Yo?
-Estudia Derecho, o sea, que está en
el mismo sitio que Filología.
-Cierto. Pero no fumes, ¿vale?
-Y por lo que yo sé, pasa todas las
mañanas ahí, y la mayor parte de la tarde. Se llama Rosana y es rubia. No sé su
apellido, pero con ese nombre...
-¿Y es guapa?
-A mí me parece que es muy guapa,
muy guapa.
-Sí, claro, pero tú eres de esos a
los que todos los tíos le caen bien y todas las tías les parecen guapas.
-Mira, Marcial, se me acaba ya el
crédito. Estoy hecho una basura y necesito el tiempo para informarme acerca de
otra persona. Si necesitas conocer los motivos que tengo para esto o me quieres
imponer algún tipo de contraprestación por tu trabajo, llama a Ismael o búscame
a mí o a Andrés Martínez en la Politécnica o dime ahora dónde quedar. Se trata
de localizar en Derecho a una tal Rosana y sacarle toda la información que
puedas acerca de su vida personal e íntima, o bien entrar en su casa y decirme
luego dónde está situada su habitación.
-Vale, tío, no te preocupes. No hace
falta que quedemos. Cuando tenga la información, ya te localizaré.
-¡Genial! ¡Muchas gracias, de
verdad, muchísimas gracias!
-No pasa nada. ¡Cuídate y descansa,
Clau!
*
“¡Que descanse! Bueno, ya he aprendido a
dormir escuchando llantos, pero...” Pero pocas veces se forzaba a ese sueño,
por parecerle inmoral dormir junto a la pena de otra persona. Ya no era por él
mismo, ni sentía ninguna morbosa curiosidad por conocer la vida íntima de la
que lloraba. Sencillamente pensaba que el hecho de que él tuviera la capacidad
de escuchar los sollozos le comprometía con esa persona. Podría ser el destino
o una mera casualidad, pero el hecho cierto es que él los oía, intensos, altos
siendo bajos, rotundos, torturantes. Al motivo egoísta de librarse de tan
desagradable banda sonora y de la falta de sueño, se unía la intención de
acudir en auxilio del que parecía querer pedírsela, de consolar y compadecerse
con el llorante y ofrecerle su amistad. Pero no podía llevar a cabo esa
iniciativa si no sabía quién era. Y para averiguarlo tenía dos métodos que
llevarían al mismo resultado:
1º. EL MÉTODO FÍSICO: Como el piso de
las chicas debía tener una distribución simétrica al suyo, sabía que la que
lloraba tenía la habitación al final del pasillo, y por eso colindaba con el
suyo. Si averiguaba a cuál (o a cuáles9) pertenecía ese
cuarto, podría acercársele y luego ir haciendo que le cuente su pena y lo que
la esté causando.
2º. EL MÉTODO EMOTIVO: Se trata de
investigar la vida emotiva de las tres chicas. Localizada la que padeciera una
desgracia evidente, se le podría considerar luego la que llora por las noches.
A partir de ahí empezaría a establecer contactos con ella. Este método es más
peligroso, difícil e inseguro.
Claudio tenía en la Escuela a Arancha y a Carmen,
pero Rosana se le escapaba: de ahí la llamada a Marcial, la única persona que
conocía que estudiaba y se movía cerca de la Facultad de Derecho. Aunque él
confiaba en averiguar muy pronto la disposición de las chicas por habitación,
mucho antes de que a Marcial le diera tiempo de siquiera encontrar a Rosana.
Pero le llamó por si acaso al final era necesario: para Claudio el tiempo
jugaba en su contra.
Se quedó un buen rato de pie frente al
tablón del Departamento de Química, rascando, acariciando y mesando su perilla.
Con la mochila apoyada en la pared, los auriculares saliendo por sobre el
penúltimo botón de su camisa gris (que era el último que tenía abrochado)
observó un 6’3 junto a sus apellidos, nombre y DNI. Pasó el dedo por esa línea
para comprobar que no estaba viendo la nota de otra persona. “Sí, ¡vaya!, me he
quitado de encima el Primer Parcial de Química General. ¡Y con más de un cinco!
No puede ser...” Agotado por el cansancio y un remolino sentimental, soltó unas
cuantas lágrimas sin ser capaz de moverse de allí.
Notó entonces una mano en su hombro.
“¡Enhorabuena!”, le susurró una apacible voz femenina muy cerca de su oído. Se
sobresaltó: no estaba acostumbrado al contacto físico y unos cabellos morenos y
lisos le habían rozado el perfil izquierdo de su cara. Se dio la vuelta con una
sonrisa y sin saber quién era la que le estaba felicitando dijo:
-¡Gracias!
Carmen, percibido su sobresalto, se
apartó un poco antes de que Claudio hubiera dicho nada. “Es un tío, es de la
Escuela y encima es de los reservados. No tienes confianza con él; ten cuidado
la próxima vez, Carmencita. Estas expresiones de efusión puede que no le
parezcan normales”, piensa la perita al tiempo en que observa con sorpresa
grata su sonrisa y su tan alegre y natural ¡gracias! A ella ese
agradecimiento le sonó a música tras haber pensado que había metido la pata.
9
Por fuerza, uno de los dos cuartos debía de estar ocupado por dos chicas. Pero
a Claudio le parece improbabilísimo que el cuarto que está junto al suyo sea
compartido. ¿Él escuchaba los sollozos y su compañera de cuarto no?
§3.2. CARMEN. ENCUENTRO Y CHARLAS [TEOREMAS 3.2 y 3.5, con sus
propiedades, proposiciones, definiciones y corolarios asociados].
La amistad que en ese momento
existía entre Carmen y Claudio era cero. Al menos, amistad bien entendida (P =
0). Conocimiento el uno del otro sí tenían (C0 > 0), tanto de verse en las clases
(aunque coincidían en pocas) como en los pasillos y escaleras del bloque de
pisos (c/ Virgen de las Cuevas, 5) y de la EUPITI (c/ Brumas, 7), y alguna que
otra vez cafeteando o cerveceando o comiendo en ella o en algún lugar cercano.
Sobre todo, por los pasillos de la Escuela: ella con su casco en la mano y su
carpeta; él, con su mochila y su música. Por tanto, algo de compañerismo,
colegueo o amistad aparente si había entre ellos, pero poca (0.25 > A >
0).
Sin embargo, y desde principios de
curso, parecía haber en Carmen cierta disposición de querer ser amiga de
Claudio y, por tanto, de poder llegar a percibirle como tal en un futuro
próximo10. Y aunque esa voluntad aún no se había dado en
plenitud, estaba germinando.
Ciertamente, por lo poco que le
había visto, le caía muy bien (α = 4), al menos en primera impresión. Creía
intuir que tenían aficiones y pensamientos parecidos (¿$ β?), especialmente cuando llegó a sus
oídos la sonadísima discusión en el “Quejiíto”, que había llegado a fastidiar a
otros cinco compañeros, por cortarles el buen ambiente que tenían esa noche y
que no quisieron profundizar en el tema abrumados por las formas de Claudio.
Bien es cierto que dicho episodio le fue contado por Arancha, que disfrutó de
lo lindo viendo cómo un tío-buenagente le daba un palo al capillitas de Rafa y
echaba un jarro de agua fría a los pijos con quienes se había juntado aquella
noche11.
10
A este tipo de voluntad la llamamos V, y es la que propicia el paso de la
amistad aparente, A, a la amistad propiamente dicha o profunda, P, de una
persona por otra. La experiencia y la observación directa, así como nuestra
competencia emocional, da por sentado que, aunque no con mucha frecuencia, se
puede dar el salto de A a P con valores de A bajos a causa de un conocimiento
previo, C0, también bajo.
11
También fue Arancha la que le contó esta otra anécdota: En clase de Cálculo
Infinitesimal, a principio de curso, recién estrenado el
Larson/Hostetler/Edwards, el profesor estaba explicando el concepto de función:
“A una función, que depende de x, la podemos nombrar como queramos: y,
a, f(x), g(x), h(x) o Pepe(x). Yo, como es más bonita, la voy a
llamar f(x)”. Claudio, que venía muy quemado del curso anterior,
expulsado de la ETSII, levantó la mano. “Y el tío, superserio”, decía Arancha,
“cuando el Espinosa le dio paso para que expusiera su duda, dijo con tono de
enfado: “Oiga, la belleza es subjetiva. A mí me gusta más g(x), ¿por qué va a
ser más bonita f(x)?” Toda la clase, incluido el Espinosa, se echó a reír.
Donde todos veían en Claudio
torpezas, tonterías o, al contrario (suponiéndole malicia), sarcasmo extraño y
contradictor, Carmen veía simplemente candidez. Y a Carmen la gente que combina
candidez con valor y bizarría (de estos hay pocos) le encantan. Le recuerdan a
su hermano mayor, y a todos los hombres que ella ha admirado. Se rió mucho
cuando Diego Sanz, el Delegado de Alumnos del curso pasado, le refirió que,
tras dar voces sulfuradas en una reunión del Aula de Cultura, y una vez que
algunos le instaron a no enfadarse, dijo con cara de perro y a grandes voces:
“¡Yo no estoy alterado!” Pero Carmen sabía que Claudio no se daba cuenta de que
alzaba el tono de voz cuando daba opiniones en temas que le importaban.
Asimismo,
existían actividades comunes; en concreto, ser estudiantes de la misma carrera,
una carrera tan peculiar; viven lejos de sus familias y viven en el mismo
bloque de pisos: coincidencias muy importantes (γ = 2), si bien del resto de
actividades nada sabían el uno del otro. Por tanto, no podía haber ningún tipo
de admiración de Carmen hacia Claudio (δ0 = 0), ni sentimiento de correspondencia en
una amistad que aún no existe (ε = 0), ni por supuesto fidelidad alguna a esa
amistad en potencia (φ = 0). La autoestima y el equilibrio mental de Carmen
eran muy altos (ψ = 4), pero no sirve con respecto a su (no) amistad con
Claudio, al ir ligado al sentimiento de correspondencia, que es ninguno.
Tampoco hay experiencias comunes significativas (η = 0), si bien las creencias
preestablecidas de Carmen sobre Claudio eran positivas (κ > 0). Esto da un
valor para dicha voluntad inferior al suficiente para que sea tenido en cuenta
(V ≤ 0.2).
Claudio
había dicho “¡Gracias!” con una sonrisa en los labios y a Carmen se le
pronunció un poquito más la media suya. Y eso produjo en Claudio que,
enmarcados por sus ojerazas, se le abrieran más los párpados.
-¡Espera!
–dijo rápido, volviéndose a dar la vuelta. -Tú eres Carmen... ¿qué más?
-Galán.
-¡Ostras!
¡Tú eres la del 8.5! -, y se volvió otra vez hacia Carmen. -¡Enhorabuena total!
-Gracia.
Yo creo que esto habría que celebrarlo.
-¿Quién lo duda? –respondió
Claudio con total naturalidad. -¿Cervecita?
Bajaron a
la cafetería de la Escuela. Por qué ese día había poco ambiente por allí, no se
sabe. Había días en que veías mucha gente de aquí para allá, y el bar repleto;
y otros en que todo el mundo venía a sus clases, a estudiar y punto. Y este día
era de esos.
Claudio
se dirigió a la barra, tras soltar su mochila y su walkman en una mesa. Allí
dejó también Carmen su carpeta y su casco, y se sentó. Volvió Claudio con las
dos cañas, las puso sobre la mesa y también se sentó. Por el ventanal del bar,
que daba al pasillo principal, frente por frente de la Sala de Estudios, vio a
Curro pasar, quien mientras caminaba los miraba con cara de asombro. Claudio
entonces cayó en la cuenta de que se iba a tomar una cerveza a solas con la
perita en dulce por excelencia de la EUPITI. En otras circunstancias, se habría
abrumado. Pero ahora Carmen no era para él una chica guapa y de fuerte
personalidad, sino el 33.33 % de que se tratase de aquella que no le dejaba
dormir por las noches. Ella misma había propiciado la oportunidad de charlar y
conocerse. Y como Claudio no tenía ningún interés amoroso por ella, la
posibilidad de que surgiera la amistad entre ambos era cierta: a Claudio Carmen
le empezaba a caer muy bien. Sólo era necesario que ella sintiera esa tímida
correspondencia, y la voluntad de ser amigos se haría significativa.
-¡Qué
contento se te ve!
-Bueno,
te parecerá una tontería, al fin y al cabo no es más que un Primer Parcial...
-Vale,
pero ya nos lo hemos quitado de encima. ¡Y aquí nadie regala nada! ¿Te has
fijado en que muy pocos hemos aprobado?
-No me he
fijado, lo he dado por supuesto. Estoy con mi 6.5 que no me lo creo.
Aquí
siguieron los comentarios sobre el examen: al parecer, muy pocos se dieron
cuenta de un detalle del segundo problema y fueron capaces de resolverlo bien.
Y como eran problemas concatenados...
Después
hablaron un poco cada uno de sí mismo. Claudio no pudo evitar referir su amargo
paso por la ETSII, pero lo contó con tanta tranquilidad (ya lo había hecho
muchas veces y se acostumbró a hacerlo sin parecer traumatizado) que Carmen
incluso hizo varias apreciaciones. Hablaron además de sus lugares de
procedencia, de sus familias y de muchísimas, muchísimas trivialidades.
-¿Tú
juegas al mus?
-¿Yo? No,
no sé jugar. Soy un negado a las cartas en general.
-¡Ah! Es
que como a veces te veo con el grupito ese de Cultura...
-No, me
tomo un café con ellos en el bar La Escala, y me vuelvo. Se pasan horas allí,
echando órdagos y tal, y yo ni entiendo ni tampoco quiero. No tengo tanto
tiempo, la verdad.
-¡Esos
son los que más se quejan de sus notas luego! Es que no los soporto...
Algo de
política, sobre todo de la municipal, en concreto de la urbanística:
-Se te
nota que te gusta la arquitectura.
-Me gusta
el orden y el buen gusto en general, Claudio. Eso es lo que me gusta.
Comieron
allí. Claudio le descubrió a Carmen el maravilloso y terrorífico serranito de
Victoria: sólo aquí en el bar de la Escuela te los ponen así de grandes, de
baratos y con tortilla francesa además.
-Oye, a
ti te gusta la música, ¿no?
-Mucho.
-¿Por qué
no te vienes conmigo y unos amigos míos al concierto de los Rhinozeros?
-¿A qué
hora empieza?
-A las
nueve.
-Estupendo.
¿Te recojo yo o vienes tú a mi casa?
-¡Ja! No,
ven tú a mi casa a las siete. Arancha prepara unos tés extraños muy buenos.
Últimamente nos da por tomar té a esa hora. Y luego nos vamos en mi moto.
-De
acuerdo. ¡Genial! Y antes del té, una siesta que me voy a echar que va a ser
realmente interesante.
-Sí,
descansa, Claudio, tienes una cara de cansado que es de campeonato.
§3.3. TÉ Y PASTELILLOS ÁRABES CON CARMEN Y ROSANA.
EL CONCIERTO Y LA COGORZA. [TEOREMAS
3.3 y todos los del Anexo I citados anteriormente].
Sonaban
los Stone Temple Pilots a media luz en un ambiente de aromas
embriagadores. Arancha preparó los tés para sus compañeras y el invitado, y se
marchó: tenía una cita. “¡No hagáis cosas malas!”, dijo al salir. A Claudio no
le daba corte estar allí por el sosiego que transmitían Rosana y, sobre todo,
Carmen. Ya había comprobado con decepción que la distribución de la casa era
diferente a la suya. El dueño tuvo que haber hecho reformas allí en su momento.
Además, una serie de biombos separaban espacios. “La de los biombos tiene que
haber sido Arancha”, pensó nada más entrar. El caso es que el cuarto que pegaba
con el suyo no era una habitación, sino una salita que ellas habían habilitado
como estudio: con su mesa de dibujo, su escritorio, su sofá y varias estanterías.
Así que, por desgracia, habría que recurrir al método emotivo para hacer las
pesquisas. Hoy estaba siendo un día muy intenso.
Por un
instante se le ocurrió preguntar directamente: “A ver, ¿aquí quién llora por
las noches?” En fin: el té con cierto sabor a canela y ciruelas estaba muy
bueno, y le despejó para poder conversar. “Hablar ahora es vital”, se decía, “y
atiende muy bien, Claudio, a todos los detalles. Ahora hay que ser perspicaz”.
-Os voy a
pedir un favor, chicos –interrumpió (el silencio) Rosana-; llevamos un tiempo
callados y sé que vamos a empezar a hablar. ¿Podríamos excluir de nuestras
conversaciones el tema de la ingeniería industrial?
-Sin
problemas –respetó (o sea, respondió y espetó, respetando) Claudio.
-¡Qué
sentenciosa, Rosana! –increpó Carmen.
-Es
verdad. Lo siento.
Carmen
llevaba puesta una sudadera roja y unos vaqueros negros. Estaba realmente
apacible. Rosana le pareció a Claudio la típica niña modosita: llevaba una
camisa rosácea, de picos de cuello largos, muy bien planchada, y se le dejaba
ver en el cuello una fina cadenita de oro. Lo que más le atraía a Claudio de
estar allí era la limpieza: de la casa, la sencillez y el orden, y la limpidez
de los rostros de las dos chicas, blancos y sonrosados, tremendamente suaves a
la vista, y sus cabellos lisos en caída lenta; y el olor, no ya el de las velas
aromáticas, sino el de ellas, que se iba percibiendo muy poco a poco. La voz de
Carmen era suave y dulce, pero rotunda; la de Rosana apocadísima: siempre
hablaba en voz baja. Por eso a Claudio le chocó que ella, aprovechando la
ausencia de Carmen, que había ido a por pastelitos árabes y a preparar harira,
le susurrara aún más bajo:
-Si me
quieres follar, ven la semana que viene a verme. Estaré sola todo el día:
también un jueves, a la misma hora. Soy una zorra, y te voy a dar la del lápiz
bicolor.
A Claudio se le contaminó tanto el
ambiente creado, que contestó en susurros:
-¿Tengo yo cara de hacer el amor con
nadie? Vendré, porque necesito hablar contigo, pero no te tocaré: yo soy un
zorro.
-Disimula –dijo Rosana, y en esto
apareció Carmen.
Sirvió un bol con una sustancia muy
caliente, a medio camino entre una sopa y un cocido: contenía carne, garbanzos,
lentejas y arroz, pero en poca cantidad de cada cosa. Vertió en vasos de
cristal con dibujos dorados, de una gran tetera, té verde recién hecho. Se fue
rápido a la cocina:
-¡Ahora vengo!
-Calla y escucha –volvió a decir en voz
muy baja la rubia -. En serio, ven el próximo jueves.
-Vendré.
-¡Calla, cabronazo! Soy una putita cinco
estrellas. Lo vas a flipar.
-No, lo vas a flipar tú. No eres eso que
dices, corazón. Sólo que estás angustiada o sola. Yo te lo demostraré. Soy muy
fuerte; ya ves que no lo parezco. Lo de los insultos no va a excitarme, ni
soñaré contigo siete noches hasta el jueves, ni andaré alterado estos días.
¡Ja! Soy hielo.
-No, no. Esto se come caliente,
Claudio, se come caliente –respondió Rosana, y otra vez:
-Disimula.
Carmen apareció con dos bandejas
pequeñas y metálicas. En una había pastelillos típicos de Marruecos: muy
buenos, algunos rellenos con algo parecido a mermelada de granada. En la otra
bandeja venían tortitas muy finas. Dobladas por la mitad, contenían un escaso
relleno de carne picada.
Cuando Claudio vio que Carmen se
sentó sintió un alivio inmenso: “¡Buf, menos mal! ¡Sólo le faltaba ir por
hachís y, mientras va, la otra se me desnuda aquí mismo!” –pensó, y este
pensamiento sarcástico le dolió en el corazón un poco después. Carmen no tenía
culpa de nada y Rosana, todo un dechado de ternura y prototipo de belleza
renacentista, parecía a los ojos de Claudio una frágil criatura con su rumbo
muy perdido, tras escuchar esos comentarios susurrados. Sintió por un instante
una gran pena por ella.
La presencia de Carmen, ignorante de
toda la conversación furtiva, su alegría contenida y su tranquilidad de
espíritu trajeron a Claudio el clima con que habían comenzado la sesión de té.
Rosana no hizo más comentarios que lo alterasen; es más, proyectaba una imagen
armónica con el ambiente, como al principio.
-Esto se come así –explicó Carmen-,
dulce y salado, caliente y frío. Nada de picante, todo suave y estimulante,
para la tarde que se mete en oscuridad. Atiende tú también, Rosana, es nuevo
incluso para ti. ¡A comer! Con sosiego y sin parar hasta la satisfacción.
Empezaron a comer y a beber.
-¡Qué bueno! –dijo Claudio. Carmen le dio las gracias -. Oye,
Carmen, he observado que en este espacio que habéis creado con biombos,
alfombras y pañuelos hay un libro, uno solo y pequeñito encima de la mesita.
-Es el “Libro del té” –respondió
Rosana.
-¡Ah! –dijo Claudio, moviendo la
cabeza de arriba a abajo con mucha parsimonia.
-¿Lo conoces? –preguntó entusiasmada
Carmen.
-Sí. Antiguo, un clásico. De Kakuzo
Okakura.
-¡No me lo puedo creer...! –y dicho
esto, Carmen se quedó suspensa (β=3; δ0=2; ε=1).
-Debí haberlo imaginado. Habéis
creado un rincón especial en la casa, una burbuja zen, sin sobrecargarlo de
detalles y haciendo un buen uso de la antisimetría.
-¡Muy bien! –dijo Rosana, con su voz
timidísima tan linda.
-¿Y qué opinas de la filosofía zen?
–le preguntó Carmen.
-Para mí es incompleta. Puedo
aprovecharme de algunas de sus ideas, pero...
-Pero, ¿qué? (η = 1).
-A mí no
me convence.
-Explícate mejor –pidió Rosana.
-Para mí la filosofía oriental no es
nada nuevo. A veces es más convencional y constreñida que la occidental, lo que
pasa es que los occidentales de hoy hemos abandonado nuestra filosofía. Pero es
sorprendente el dato: el budismo integral impone más penitencias y ritos que el
catolicismo ultra. Ahora bien, en cuanto camino a la felicidad, no le quito
ningún mérito, está plagado de valores, como también los tiene el epicureísmo,
el estoicismo, el platonismo o el pensamiento aristotélico. Desprenderse de
falsas necesidades, observar la vida sin el ansia por tener, por triunfar, por
ganar (ganar cosas y ganar a otros), ese impulso tan indoeuropeo de la
conquista del oeste, de llegar a la gloria gracias a la fama (la fama del
guerrero); buscar el equilibrio interior, estar en paz con tu medio ambiente,
poner en activo partes del cerebro desactivadas; despojarse de uno mismo,
encarar la vida con disciplina y aceptar la muerte con sosiego, ¡cómo no va a
ser bueno! Y hemos tenido que ir lejos, al Tíbet, para recuperar estos conceptos,
pero los teníamos aquí.
-¿En los filósofos griegos? –miró
Carmen escéptica.
-¡Hombre! ¿Cuál es, si no, la
perfección que buscaban los equilibrados poetas-soldado del Renacimiento?
-Ahí me pierdo –dijo Rosana.
-Y yo –añadió Carmen.
-Vale.
Pues mira: esos valores que acabo de mencionar los tienes también en el
cristianismo, en el mero cristianismo: “No os afanéis”, “Baste a cada día su
propio mal”, “Niéguese cada uno a sí mismo”, “Poned la mira en las cosas de
arriba”, “Haz con los demás lo que querrías que hicieran contigo”, ..., éstas
son palabras de Jesucristo; la lucha contra las pasiones y el fomento de lo
espiritual es Pablo. ¡Y estoy simplificando mucho! Pero aún va más allá que la
disciplina del cuerpo. Fíjate, Carmen, para mí en última instancia la filosofía
zen es egoísta. Nos ofrece paz, sosiego, a través de la vida contemplativa.
Probablemente, con el budismo uno pueda llegar a ser el más feliz: sin estrés,
con sonrisa permanente. Pero, ¿y la justicia? Eliminas tu sensación de culpa,
te sientes armónico, alcanzas la ataraxia12, pero ¿y tu
pecado?
-¿Existe eso en realidad? -argumentó Rosana.
-Bueno, rebobino: Te sientes
equilibrado, te sientes en paz, te sientes feliz, ... Todo es yo, yo, yo y
sensación, sensación, sensación. Pero, ¿y el otro? Reír con los que ríen y
llorar con los que lloran es un mandamiento de Jesucristo. Llorar y reír son
alteraciones del equilibrio emocional. Y no llegas a Dios con nada.
-¿Ni con un carro alado? –inquirió
Carmen.
-Pues mira, Platón tenía razón: un
caballo bueno y otro malo. Nuestra alma anhela a Dios y le necesita, sí.
Tenemos en nosotros su imagen y semejanza, la conciencia, el conocimiento del
bien. ¿Y el caballo malo? El pecado. El conocimiento y capacidad del mal. Eso
también es el hombre. Hay ruptura entre Dios y nosotros. Necesitamos un Puente,
un Mediador. Y la fe en Él. Nada hay para alcanzar a Dios, para ser hijo suyo,
que uno por sí mismo pueda hacer.
-No estoy de acuerdo –dijo Carmen, a
la que esa vuelta de tortilla que llevaba al cristianismo no le gustaba un
pelo. Claudio se encendió sin darse cuenta:
-Hasta Matthieu Ricard, ¡qué digo!,
hasta el mismísimo Dalai Lama necesita a Cristo en su vida.
Las dos se rieron, no de lo que dijo
Claudio, sino de cómo. Rosana rechazó en su fuero interno lo que él dijo, pero
Carmen lo consideró. Tras un buen rato en silencio, dijo ésta en susurro:
-Si mi hermano Roberto te hubiera
escuchado eso, te ibas a enterar.
-Aquí estoy, ya sabes dónde vivo.
Las chicas se volvieron a reír.
-A todo esto, ¿os puedo hacer una
pregunta personal? –dijo Claudio una vez acabadas las risas.
-Di.
-¿Por qué habláis tan bajito?
-¡Ah!, por dos motivos muy básicos
–respondió Carmen. El primero, hay un estudio... ¿cómo era, Rosana?
-Parece ser, Claudio, que los
hombres tenéis algo en el cerebro que no soporta la voz de la mujer hablando
mucho tiempo. Perdona mi imprecisión tan poco científica.
-¡Qué chorrada! –dijo Claudio. –Eso
no me lo creo. O sea, ¿para no agobiarme?
-Bueno, y el otro motivo es más
práctico. Dentro de muy poco nos vamos a meter en un local muy pequeño, donde
corre el alcohol, y vamos a ver a un grupo de rock alternativo. Esta bien el
contraste, ¿eh?
12
La ataraxia es un concepto epicúreo.
-Pues sí –dijo Claudio. –Y la
merienda-cena, que agradezco. Generalmente me como un bocata de chorizo antes
de un concierto.
-¡Sí! –respondió Carmen -. Los
pastelillos, la harira, ... te satisface y no pesa.
“Sí”, pensó Claudio, “lo malo es que
con tanto té nos van a entrar un montón de ganas de orinar toda la noche. Y yo
todavía... Paro, ¿adónde va a ir Carmen si tiene que mear? Se va a perder medio
concierto”. Claudio conocía muy bien el local donde se iba a celebrar el
concierto, La Cara B. “Es pequeño, quizás no vaya tanta gente. A lo mejor he
exagerado. Menos mal que no lo he dicho”.
Rosana se levantó y se puso a
recoger la mesa.
-Ya es la hora. Mejor que os vayáis
ya.
Claudio se levantó y se fue hacia la
puerta. Carmen desapareció. “¡Vaya día rarito, me cago en la mar!”, se dijo
Claudio. A los cinco minutos volvió Carmen. Llevaba puesta una chupa roja de
cuero preciosa, imponente. Le dio a Claudio una negra con tachuelas.
-Pruébatela.
-Me queda bien. ¿Y esto?
-Vas a pasar frío en la moto con la
chaqueta que has traído. Es mejor ésta. Toma, un casco. Es algo ridiculillo,
pero no tengo otro.
Fueron a La Cara B. Allí estaban ya
los colegas de Carmen. “No son de la Escuela”, pensó Claudio. A él la movida
grunge no le gustaba demasiado, pero ese grupito le integró pronto. Carmen le
presentó a boca llena como “Claudio, un amigo”. Muy pronto le hicieron sentirse
uno más. Y el concierto estuvo muy bien (“Lobotomía” y “Modas sucias”, las
canciones que más le gustaron).
Al terminar, fueron de La Cara B al
Matakas. Dos locales pequeños, oscuros, llenos de humo de tabaco, como a
Claudio le gustaba. Se lo pasaron todos estupendamente. Cervezas, cubatas,
chupitos, risas, voces. Carmen estaba entonadita, Claudio borracho y el resto
muy fumado.
-No voy a coger la moto así, ¿lo
sabes?
-Te lo agradezco, Carmencita, te lo
agradezco.
-¿Y
qué hacemos? ¿Tienes para un taxi?
-Estoy seco. Por la hora que es, lo
que podemos hacer es esperar al primer autobús.
-¿Es que no hay nocturnos?
-¡Ya no! Son las cuatro. Nos queda
un buen paseo, y luego esperar en la parada. Hasta las seis.
Salieron
todos y se despidieron. Carmen y Claudio se fueron callejeando.
-Oye, Carmen, tenemos tiempo. ¿Te tomas
un café?
-No me digas que conoces algún sitio
abierto a estas horas... Si me encuentras un bar abierto te doy un beso.
-Dos calles más allá. Vamos.
-¡Eres la releche, tío! Raro, pero la
releche.
-Ten cuidado: estás con el síndrome13.
-Y tú con los síntomas14.
Vomita allí.
Claudio no llegó allí, y lo echó
todo en mitad de la calle. Se había olvidado en casa sus pastillitas de
vitamina B6 y las de B12 también, pero por suerte encontró en un bolsillo las
del mal aliento. Luego fueron al bar. Se pidieron un café y se lo tomaron en
silencio. Luego se pidieron otro. Carmen comenzó a hablar:
-Para rematar el día, Claudio, ...
-Sí, ¿qué pasa?
-Sólo ha sido un día. Podríamos
acabar siendo amigos o no. Quizás mañana nos saludemos en la Escuela y poco
más. Pero aunque no nos conocemos mucho, o tal vez precisamente por eso...,
como estamos borrachillos y tal, me apetece compartir contigo una cosa. No es
agradable. Pero necesito soltarlo. ¿Puedo?
-¡Claro!
-De esto, nada a nadie.
-Nada.
Y le contó su pena allí mismo. Un
terrible miedo a morir que la atormenta desde que era muy pequeña. Por eso
vivía así: muy temprano trabajaba de voluntaria en un albergue para indigentes;
ponía su ser en sus estudios, en su familia, y buscaba establecer contacto con
gente que le resultase interesante. Iba a conciertos, leía, aprendía recetas
nuevas y de diferentes países, montaba en moto, sabía conducir, montar a
caballo, nadar, navegar, bucear; lo hacía todo con una intensidad que la
extenuaba. “Como dice la canción, como si fuera esta noche la última vez,
como si me hubieran diagnosticado una enfermedad mortal”, le dijo.
-Hombre, tengo mis días, claro. Pero
tengo la sensación de que puedo vaciarme con todo y con todos, ser mejor
persona, y aun así no me voy a librar de esto. Es irracional. Psicológico,
claro. ¡Si supieras cuántas noches he perdido llorando por esto, pensando que
me iba a morir en ese instante!
13
De la amistad.
14
De la cogorza.
Se quedaron mucho tiempo callados; y en
silencio lloraron. Luego dijo Claudio:
-¿Y qué podría decirte o hacer yo?
-Eso es típico de los hombres.
Querer buscar soluciones. Y está bien. Pero a veces lo único que se necesita es
que te escuchen, sin que te busquen remedios. Y tú lo has hecho. Y has dicho
muchas cosas nuevas hoy. Gracias. Yo tengo asumido que voy a llorar mucho toda
mi vida.
-Un hijo, quizás eso te colme o te
calme. ¡Ay, perdona!, no quieres soluciones.
-Eres un sol muy brillante. ¿Seremos
amigos?
-Sí.
Llegaron a casa. En el rellano,
Carmen recogió el casco. “La chaqueta te la quedas. Te queda estupenda”. Y tras
decir eso, le tomó en sus brazos y le dio un tremendo beso inevitable.
-Te lo debía, ¿recuerdas? Tengo la
fea costumbre de cumplir mis promesas.
-Como tiene que ser.
-Hasta mañana, amigo. Amigo. ($ P Carmen → Claudio).
§3.4. UN EMOCIONANTE JUEVES SIGUIENTE. ARANCHA SE
VA Y ROSANA SE QUEDA. [TEOREMAS 3.4 y 3.6].
Andrés se marchó y no pasó allí el
fin de semana. Claudio se había encontrado muy poco con él durante la semana, a
pesar de vivir en el mismo piso. Estaba raro: por la Escuela se le veía poco. Y
se ha ido a su pueblo desde la entrevista con Ismael tres veces ya. En esta
tercera ausencia Claudio se preocupó. Por lo demás, otra novedad (otra
ausencia) fue que desde el jueves anterior Claudio no supo nada de los
sollozos. Pero no los olvidaba. ¿Sería Carmen? Ella misma reconoció levantarse
aterrorizada para llorar. Y, ¿no era posible que tras desahogarse con él, tras
la catarsis, hayan desaparecido temporalmente esos terrores? Parecía claro.
Sin embargo, Claudio no estaba
convencido. “Lo de Rosana puede ser aún peor, después de lo que me soltó la
otra vez. Eso fue muy raro.” Pero el mayor reparo que ponía era la discordancia
entre el sentimiento de miedo a la muerte y un sollozo suave, pausado, más
propio de una pena inmensa que de un miedo irracional.
No pudo olvidar el beso de Carmen
durante esa semana. De hecho, hasta ese mismo jueves por la mañana no recordó
la proposición de Rosana. “No sé cómo me salieron esas palabras. Yo estaba
fuera de mí. Y mira tú por dónde, lo que le dije se cumplió. ¡No me lo creo ni
yo! Pero cumplí con lo que dije. Y hoy, quiera o no quiera, toca ir. Dije que
iría. Como Carmen, yo también tengo la fea costumbre de cumplir mis promesas.”
Se levantó de la siesta con muy mala
cara y muy pocas ganas de ir. Pero fue. Salió de casa y llamó a la puerta de
enfrente. Para su sorpresa, abrió Arancha.
-¡Hombre! ¡Claudio! ¿Qué se te
ofrece?
-¡Hola, Arancha! Eh..., he quedado
con Rosana.
-¡Pasa, pasa! –gritó Rosana desde
una habitación lejana.
-Ya has oído, pasa –dijo Arancha,
haciendo un gesto con la cabeza para que entrase.
Claudio pasó.
-Siéntate –dijo Arancha. –Imagino
que saldrá ahora. Yo es que me voy.
Claudio vio varias maletas junto al
paragüero.
-Es que espero al taxi. –Arancha se
fue a la ventana a mirar. –No, falta un minutillo.
Claudio se sentó cayendo en el sofá
como un peso.
-¡Uy, qué cara de cansado! –le dijo
la pecosa.
-No estoy cansado. Es mi cara de
después de la siesta.
-No, tú estás cansado. Siempre
tienes cara de cansado. Espera.
Arancha se fue hacia el interior del
piso. “Sabré yo si estoy cansado o no”, murmuró Claudio entonces. Regresó
Arancha.
-Toma, Claudio: una bolsa de té
verde, mejor que el café para pasar noches de estudio. Acuérdate de dejarlo
reposar en la tetera, al menos, cinco minutos antes de servir. Y esto es
extracto de raíz del Senegal: lo metes en agua fresquita con mucho azúcar, en
el frigo, y te ayuda a recuperar fuerzas. No es excitante, es como... como una
bebida isotónica, ¿entiendes? El agua se pondrá roja. Está muy bueno. Se llama bisao,
o guisao15, no sé, no estoy segura. ¡Qué más da!
-Hombre, las palabras son
importantes –dijo tímidamente Claudio. Le iba a poner el ejemplo sencillo de reconocer,
que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, y por eso
reconocer es que te reconozcan. Pero le pareció una pedantería, así como
excesivo hablar con Arancha de la importancia del nombre propio en el Medio
Oriente Antiguo, y su identificación con la propia persona.
-¡Bueno, me voy! ¡Ahí está el taxi!
¡Adiós!
-¡Chao! –sonó Rosana en los
adentros.
15
Lo que le acaba de dar es bissap. No son raíces, sino fragmentos de
flores secas de hibisco. Más ácido que dulce, contiene vitamina C y tiene
propiedades laxantes.
-Adiós. Buen viaje –dijo Claudio.
Arancha,
ya fuera, metió la cabeza y dijo muy en alto:
-¡No hagáis cosas malas!
Y
se largó. Esa frase no le hizo ninguna gracia a Claudio.
-Ven, Claudio.
Claudio
avanzó por el pasillo principal.
-¡Aquí!
Claudio
entró en una habitación. Se encontró a Rosana preciosa, tumbada en su cama de
costado, vestida completamente. Se incorporó y quedó sentada en el borde.
-Claudio, lo vas a pasar muy bien
hoy.
-No creo.
-No te pongas nervioso...
-No estoy nervioso. Es que soy un
hombre de profundas convicciones morales.
-Si hubieras dicho “religiosas”
sería una frase hecha. ¿Y eso qué significa? ¿Has venido para rechazarme? ¿A ti
qué te pasa? ¿No quieres o no puedes? ¿O no sabes?
-No quiero.
-¿No te gusto?
-Me encantas. No te miento: eres
guapa y estás muy buena.
-¿Y?
-No te violentes.
-¡Pero serás imbécil! No te has
visto ni te verás en una de éstas en tu vida. ¡Yo no te voy a exigir nada! ¡No
quiero que me complazcas! Sólo aprovéchate y date el gusto, tontorrón. Licencia
para abusar, machote.
-No, gracias.
Rosana creyó que se estaba burlando.
Le agarró con las dos manos de la camiseta y le zarandeó.
-Viólame.
Claudio se calló. Rosana soltó, se
sentó y empezó a llorar. Estuvo llorando cinco minutos seguidos, con la cabeza
gacha y sus manos en ella. Luego alzó el rostro y, mirando a Claudio, le dijo:
-Lo siento.
Claudio se sentó a su lado.
-La ninfomanía es una enfermedad que
no hay que tomársela a broma, por mucho que los especialistas de este país no
la reconozcan como tal. Yo no sé cuántos se habrán aprovechado de ti, cuántas
veces has hecho esto. Sé que sufres. Tú sufres, Rosana, mira cómo sollozas, te
atragantas.
Esos sollozos sí se parecían a los
que él escuchaba por las noches. Rosana no decía nada.
-Querías jugar conmigo a ser ninfa,
pero yo no soy un sátiro, niña. No podría jamás entender qué te arde por
dentro, pero podríamos buscar alguna otra manera de apagarlo. Juntos, Rosana.
Entonces abarcó con sus dos brazos a
la chica y le dio un beso en la frente. Muy cariñoso, como de buenas noches.
-¿Por qué no juegas a ser mi musa
mejor? ¿Por qué no te desvives por satisfacerme un tiempo, pero en otro
sentido? ¿Por qué no jugamos a que me amas de verdad? Sin esperar nada, sin
sexo, fingido, como una ingenua adolescente.
Rosana sonrió entre lágrimas.
-La verdad, Claudio, ¿qué puedo
decirte? Yo no soy así, en serio, son arrebatos, son arrebatos. Soy más como
creías que yo era al principio.
-Lo sé.
-Pero tienes razón. Creo que hasta
que no te vea satisfecho conmigo no pararé. Soy así de monstruo.
-Que no, Rosana, ni eres monstruo,
ni puta, ni nada de eso, yo lo sé. Prueba a volcarte en mí, como quisiste
hacer, pero en otros aspectos. Atráeme hacia ti por tu virtud.
-¿Tú crees...?
-Sí.
-Vale, entonces dame las llaves de
tu piso.
-Bien, yo te las doy, pero luego
tendré que pedirte algo a cambio, que me darás sin excusas.
Claudio no preguntó para qué las
quería. Se las dio con total confianza. Rosana se fue, salió del piso. Volvió
una hora después y le devolvió la llave. También le entregó una libretita rosa.
-Ya sé que me ibas a pedir a cambio
esto. Toma, aquí está mi lista.
-No la voy a mirar nunca, ¿vale?
Sólo la guardaré yo. ¿Aquí están todos?
-Sí, todos los teléfonos, de todos los
tíos de emergencia.
-Bien.
§3.5. EPÍLOGO.
A partir
de ese día, Rosana entraba cuando sabía que no estaban los chicos. Les limpiaba
la casa, les dejaba hecha la comida cuando le daba lugar, y ponía una carta en
la mesita de Claudio, y una flor. Pero Claudio nunca la veía. Y Andrés no
entendía nada; no sabía si era Claudio, o su madre, o si había contratado a una
limpiadora discreta. Le daba igual. Paraba poco por el piso y muchas noches ni
dormía allí. Y viajaba mucho a su pueblo.
Rosana no sólo hacía las tareas
domésticas. Las hacía perfectas, y casi a diario. E hizo algo insólito: colocó
ambientadores en cada habitación. Y jamás se la veía.
Acudió a ver todos los partidos, y
animó a Carmen a que fuera con ella: ya sabía que Claudio y ella se gustaban (y
si no, algo parecido).
En las cartas le dejaba mensajes de
ánimo: sus exámenes, sus partidos, sus lecturas, ...
Eso fue a partir de ese día. Pero
ese mismo día llegó Claudio fatal a casa. Se sentó en el sofá y se quedó
dormido allí por agotamiento. Se despertó con hambre a las once. Se preparó un
café bien cargadito y un bocadillo de tortilla francesa y se lo llevó a la mesa
del salón. Allí vio, arrugado, el papel. “¡Ah, pero no lo tiré!” Lo cogió y lo
releyó: Es una tía guapísima, muy linda, indescriptible. Inaccesible, no
suelta prenda. Moviendo mis hilos, sólo te digo esto: hay una contradicción en
ella, pero no sé qué es. Ten cuidado, Clau, ten cuidado.
Cenó con ese papel delante, sobre la
mesa. Se encendió un pitillo, y con él quemó el mensaje de Marcial. “Semana
surrealista de narices”, se dijo, y empezó la lectura del Doctor Inverosímil,
creyendo que esa noche, y ya nunca más, dejaría de oír los sollozos, que
suponía de Rosana.
ANEXO I
Teoría de la Amistad de Carmen Galán
TEOREMA
3.1.: La cantidad de amistad aparente, A, es inversamente proporcional al grado
de conocimiento entre los sujetos implicados.
Sean:
x:
Sujeto 1
y:
Sujeto 2
A
x
→ y : Amistad aparente de x
hacia y
Entonces,
expresamos formulariamente este teorema:
A x → y = C0 / C
Donde:
C0 es el conjunto de conocimientos previos
que tiene x de y y que les pone en contacto y les hace sentirse
aparentemente amigos y C es el conjunto de conocimientos profundos
acerca del otro sujeto, y un mayor grado de confianza, una vez establecido C0.
Tal y como puede deducirse de esta
expresión matemática, A x → y es un número entre 1 (C = C0, es decir, no hay variación en el grado
de conocimiento de x acerca de y) y 0 (entre dos personas que no
se conocen de nada, puesto que C0 =
0 , o bien porque x ha llegado a conocer tanto de y que el
cociente es un número muy pequeño, de modo que
A x → y ≈
0). Lo cual quiere decir que el 0 indica dos opciones contrarias: o x e y
se sienten extraños y desconocidos uno de otro (como le pasaría a Ud. con
cualquier persona que viera por la calle y a la que no ha visto nunca antes,
por ejemplo), o bien la amistad entre x e y ha traspasado el
umbral de lo aparente: la amistad es ya más o menos profunda (P) o por el
contrario se caen mal o incluso se odian.
Nótese que siempre debe cumplirse
que C ≥ C0
y asimismo C > 0. Numéricamente, C0 tomará por convención el valor de 1 en
el momento en que han sido presentados los sujetos, o bien se conocen por ser
simplemente compañeros en alguna actividad, o bien por lo que una tercera
persona le haya contado a x acerca de y. En general, y por simplificar sin necesidad
de desplegar una casuística inútil a nuestro propósito de acercamiento a estos
conceptos, C0
tomará siempre el valor de 1. De este modo, A x → y ≤ 1. Esta característica es la que le
diferenciará de P (amistad profunda), cuyo valor supera la unidad en el 99.99%
de los casos, salvo que V = 0, como veremos a continuación.
Los valores que puede tomar C no pueden
establecerse de forma totalmente objetiva. No se trata sólo de la cantidad de
conocimientos que se posea acerca de una persona, sino además del tipo de
conocimientos de que se traten (los personales y de convicciones y creencias
deben ser estimados con una cifra bastante mayor que los de tipo superficial o
anecdótico; un secreto es mayor que una información de a simple vista). El
experimentador, eso sí, establecerá una tabla aproximativa que asigne un valor
de 2 a 10 al grado de conocimiento que tiene x de y en un momento
dado. Evidentemente, si los sujetos
están en contacto con cierta continuidad, el experimentador va sumando al C de
un momento previo cantidades (de 0.01 a 1) por cada tipo de nuevo conocimiento
no aversivo que se adquiere de un sujeto (los aversivos restan en esa misma
escala hasta hacer C = 1 como mínimo; si C < 1, se está empezando a odiar a
esa persona y no tiene sentido hablar de ninguna clase de amistad). En el caso
de mediar distancia o perder el contacto, C puede descender por sí mismo, sin
darse la resta de conocimientos aversivos, en función de cuánto haya cambiado y
en todo ese tiempo y cómo responda la memoria de x. Nosotros siempre nos
situaremos en el caso de que se esté dando en todo momento la continuidad
necesaria para no complicar estos cálculos, que son ya bastante complejos. (En
todo caso: C = (C+ - C-)· T, siendo C+ los
conocimientos no aversivos, C- los conocimientos aversivos y T el
tiempo que se conocen, medido en citas y encuentros. Nosotros no usaremos esta
expresión matemática, fácilmente comprensible, por otro lado).
TEOREMA 3.2.: La cantidad de amistad profunda, P, es
directa y exponencialmente proporcional al grado de conocimiento entre los
sujetos implicados.
Entonces, expresamos
formulariamente este teorema:
P x → y = (A x
→ y + eC) · V
Donde:
C es el conjunto de conocimientos
profundos del otro sujeto, y un mayor grado de confianza, una vez establecido C0, como se vio en el teorema anterior.
A
x → y es
la amistad aparente.
V es el grado de voluntad de empezar a
ser y continuar siendo amigo del otro sujeto.
Es evidente que si uno no desea en
absoluto considerar a otro su amigo (V = 0) tal sentimiento de amistad no se
producirá, y por tanto la amistad como tal tampoco (P x
→ y = 0).
V adquiere sólo dos valores (0 y 1)
en el momento en que A puede pasar a ser P. Una vez alcanzado P inicial (P0), determinados conocimientos,
situaciones, estados de ánimo, modulan dicha V de 0.1 a 1, en función de la
voluntad de estimar, apreciar y fomentar la amistad que se tenga en dicho
momento. También V se puede hacer 0 en cualquier momento: cuando ya no se desee
ser más amigo de la otra persona, o bien incluso hacerse negativo (hasta –1) si
se pasa al rencor (pero estos casos no se contemplan en este anexo).
Antes de continuar, deben hacerse
notar, con respecto al concepto de amistad que estamos manejando, las
siguientes propiedades:
1.- P x → y y A x
→ y no tienen por qué ser necesariamente
iguales a P y → x y A y
→ x ,
respectivamente. De
hecho, lo normal es que no lo sean.
Esto es así porque estamos midiendo
el grado de amistad que un sujeto, x, siente por otro y de otro, y,
y por tanto no tiene por qué darse correspondencia.
2.-
La existencia de P x → y y A x
→ y no tienen por qué presuponer la
existencia de P y → x y A y
→ x ,
respectivamente. Sin
embargo, es cierto que la existencia de P x → y hace probable, al menos, la existencia
de A y → x.
Es posible, no obstante, que aparezcan falsas impresiones, engaños, bromas
pesadas, susceptibilidades, sentimientos mal entendidos, ... Nosotros aplicamos
los conceptos de amistad (aparente o profunda) al caso estándar en el que
existe cierto aprecio por parte de la otra persona y, por tanto, algún tipo de
amistad.
TEOREMA
3.3.: Salvo el caso de mediar distancia y constituirse en sujetos de
excepcional inteligencia emocional, es siempre preferible en las relaciones de
amistad juvenil un punto medio entre la amistad aparente y la profunda.
MAP = (A + 0.5·P) / 2
La expresión de este teorema y su
formulación matemática aparece históricamente antes de los teoremas anteriores
y a causa de ello entra en una aparente contradicción con ellos. Esto es así
porque, tal y como nosotros hemos definido A y P, éstos se muestran como dos
niveles de una misma escala: de no conocerse (0) se pasa a la amistad aparente
(0.1 a 1), y de ahí se puede dar el salto a la amistad profunda (2 a 10).
Además, P contiene en su fórmula a A y, en todo caso, parecen términos
excluyentes, por lo que la fórmula de este teorema 3.3. parece más bien un
absurdo.
Nosotros hemos propuesto una manera
relativamente sencilla de medición de los dos tipos de amistad definidos (A y
P) mediante dos teoremas funcionalmente eficaces. No obstante, la teoría
general en la que se sustentan, y que nosotros no podemos exponer aquí, hace
posible MAP.
Intentaremos exponer lo que este concepto significa.
MAP, que bien podríamos llamarlo Compañerismo,
representa un punto intermedio entre A y P porque profundiza en unos
conocimientos parciales de los individuos, que comparten, también parcialmente,
unos objetivos y unas motivaciones que les hace traspasar el umbral de la
amistad aparente en un contexto concreto, pero que les devuelve a él en el
resto de contextos. Esto sucede muy especialmente en el ejército, la escuela y
el trabajo. Por ejemplo, un grupo de estudiantes universitarios que, además de
compañeros de clase, se reúnen para estudiar y se ayudan unos a otros, que
comen muchas veces juntos y hablan de su carrera y de ciertas aspiraciones
vitales, etc. pero que son como desconocidos cuando vuelven a sus ambientes
familiares: delante de tu padre o de tu hermana ya no hablas en los mismos
términos que con ellos, ni parece que tus aspiraciones sean las mismas, ni
vistes igual. Entre ellos se da un conocimiento profundo de una parte
importante de su vida, pero no de la globalidad, puesto que se están restringiendo
los lugares de encuentro, los temas de conversación y, lo más importante, el
tiempo, sin saber el devenir inmediato que lo cambiará todo (el heavy, ¿se
cortará el pelo o lo seguirá siendo siempre?; el festivo, ¿se casará y se
volverá responsable, o seguirá siendo un desastre?).
Por tanto, el valor de MAP podría situarse en torno a 1.5 (en
general, un número entre 1 y 2), que en realidad está indicando un
desequilibrio de conocimientos y respuesta emocional en función del
contexto.
TEOREMA
3.4.: La amistad hipócrita, PH, es aquella en la que A se presenta
como P.
Es decir:
PH x → y = A x
→ y + eC – H
Donde H es el grado de
importancia que uno da al otro sujeto en su orden de prioridades, y se da
siempre que H > C.
H tomará el valor de 20 si la otra
persona está al final de nuestra lista de prioridades, y esta cifra va bajando
hasta 11 en función de que vaya subiendo en dicha lista hasta un poco más abajo
de la mitad de ésta. Si pasa de la mitad, la cifra alcanza el valor 10 o
inferior (hasta 2), y en ese caso conviene replantearse si la amistad es
hipócrita o realmente profunda.
Teniendo en cuenta que se escapa a
nuestros conocimientos actuales el cálculo de MAP, podemos usar PH para calcular el grado de compañerismo
que uno manifiesta por otra persona, con independencia del contexto. Para ello,
hay que ser consciente de que lo que se está sintiendo es compañerismo, y no
amistad profunda.
TEOREMA 3.5.: Además del conocimiento, es necesaria, para
que se dé y mantenga P, que exista voluntad de querer ser y ser amigo, y de
percibir al otro como tal (V).
El cálculo de este factor, V, puede hacerse de forma
estimativa, tal y como se indica en el teorema 3.2., o bien podríamos intentar
hacer una aproximación más precisa, teniendo en cuenta y cuantificando
distintos factores que pudieran afectarla. En todo caso, recuérdese que V
tomará valores entre 0.1 y 1.
Definición 3.5.1.: Llamamos voluntad
de querer ser y ser amigo y de percibir al otro como tal a la conjunción
armónica entre la Atracción Amistosa (α), la Afinidad de pensamiento, criterio
y aficiones (β), la Coincidencia de Actividad (γ), el Aprecio constante o
creciente hacia la otra persona (δ0), que puede llegar a la Admiración (δA), el Sentirse correspondido en esta
amistad (ε), el Grado de fidelidad emocional (φ), el Grado de autoestima y
equilibrio mental personal (ψ), las Experiencias importantes vividas juntos (η)
y las Creencias preestablecidas, ciertas o falsas (κ). A todos estos factores,
hay que añadir como grado de error factores imprevisibles, indescriptibles e
inconcebibles (σ).
Cada uno
de estos factores se valorarán con un número natural en orden creciente de 0 a
5. De este modo, V queda definida en la siguiente ecuación:
50·V = α + β + γ + a·δ0
+ [ε·(1 + ψ3)/b]
+ φ2 + c·η + (κ/d) ± σ
donde
a, b, c y d son factores que hacen crecer o menguar
V en función del tiempo (en realidad, están dejando constancia de que δ0, ε, ψ
y η son factores muy susceptibles al paso del tiempo, aunque son
prácticamente irrelevantes desde un punto de vista funcional (a = b = c = d =
1), puesto que el cálculo de V se realiza, en la mayoría de los casos, en un
momento dado: el valor concreto de δ0, ε, ψ
y η para ese momento ya señala su variabilidad temporal, dado que puede
ser, y casi siempre es, diferente de los de otros momentos distintos. Sin
embargo, es útil no sólo en el planteamiento teórico, sino para estudios
comparados de V en diferentes momentos, y para cálculos predictivos y de
estadística inferencial, y en general se usan más para el estudio de la
personalidad del sujeto, como la percepción subjetiva, la constancia emocional
o la incidencia de la experiencia en un sistema de valores individual, por
ejemplo).
TEOREMA 3.6.: La amistad machadiana (M) es la que pone en
juego otro tipo de voluntad, W, con variantes significativas de los factores en
juego.
Se formula
matemáticamente mediante la siguiente expresión:
M x ↔ y = W x
↔ y + eC
Definición 3.6.1.: Llamamos
COMPLEMENTARIO de una persona a aquel que por convicciones políticas,
religiosas y morales, y por su forma de vida y de entender el mundo es el antagonista
natural de aquél, pero que a pesar de
ello se desarrolla entre ambos una amistad creciente, sosegada y duradera, y
por tanto muy estimada, con respeto por las ideas y forma de ser del otro sin
compartirlas en absoluto.
PROPIEDADES
DE LOS COMPLEMENTARIOS.
1.
Una
persona puede encontrar 0 o 1 complementarios.
2.
Una
persona es el complementario de su complementario, y sólo él lo es.
3.
Los
complementarios pueden hablar de todo, y discutirlo todo con sosiego y respeto.
4.
La
aplicación efectiva de la propiedad 3. jamás anula la amistad machadiana.
5.
Un
complementario de otro es un alma libre, pensante y sintiente.
Definición 3.6.2.: Llamamos
SUPLEMENTARIO de una persona a su enemigo o rival que aquél considera digno de
admiración y estima.
PROPIEDADES
DE LOS SUPLEMENTARIOS.
1.
Una
persona puede encontrarse con suplementarios ilimitados.
2.
Cuantos
más suplementarios encuentre, más carencias se detectan en su carácter y
autoestima.
3.
Una
persona no tiene por qué ser el suplementario de su suplementario.
4.
Cuantos
más suplementarios tenga uno, menos probabilidades hay de que él sea
suplementario de alguien.
5.
Quien
considera que tiene un suplementario es muy competitivo en el ámbito de
actividad en que coincida con él.
6.
Un
suplementario no tiene por qué ser un antagonista, y en términos estadísticos
lo normal es que se encuentren muchos puntos en común entre una persona y su
suplementario.
7.
El
máximo suplementario es el doble de uno mismo.
Definición 3.6.3.: La AMISTAD
MACHADIANA, M, es la que se da entre complementarios.
Definición 3.6.4.: Llamamos VOLUNTAD
DE AMISTAD CON EL COMPLEMENTARIO (o
Voluntad Complementaria), W, a la conjunción armónica entre:
a)
Atracción
amistosa (α).
b)
Capacidad
de respeto a la disparidad (ρ).
c)
Coincidencia
de aficiones (ω).
d)
Admiración
(δ0).
e)
Sentimiento
de correspondencia (ε).
f)
Fidelidad
(φ).
g)
Autoestima
y equilibrio mental (ψ).
h)
Grado
de experiencias vitales personales que pueden compartir (ζ).
Cada uno de estos factores se valorarán con un número
natural en orden creciente de 0 a 5. De este modo, W queda definida en la
siguiente ecuación:
50·W = α + ρ2 +
ω/2 + a·δ0 + [ε/b] + φ + ψ½
+ c· ζ
donde
a, b y c son factores que hacen crecer o menguar V en función del tiempo.
*
Todos
estos teoremas, definiciones y propiedades son el cuerpo de la Teoría sobre la
Amistad de Carmen Galán. Son los conceptos y factores que ella maneja, aunque,
evidentemente, ella misma no los ha enunciado ni recogido en una teoría
general.
La aplicación de estas fórmulas a casos prácticos no es
sencillo, pues muchos de los factores son subjetivos, relativos, no se
recuerdan o son difíciles de mensurar.
La
exposición, siquiera somera, de las diferentes escalas que pueden usarse para
cuantificar los distintos factores puestos en juego en toda esta teoría, se
escapa de nuestros objetivos, dado que son varias las posibilidades de
adjudicar números a cada factor, y la fundamentación de cada una de esas
escalas requeriría entrar en discusiones científicas realmente farragosas. En
general, la asignación de un número se basa en un método más de sondeo
introspectivo que en datos empíricos, como se muestra en el siguiente ejemplo
para la Atracción Amistosa (α):
Cuando
le veo, y con lo que le conozco, me cae bien...
NADA:
α = 0; POCO: α = 1; ALGO: α = 2; SÍ: α = 3; MUCHO: α = 4; MUCHÍSIMO: α = 5
[...]
Parada de autobús de noche.
Carmen le canta a Claudio bajito mientras le va acariciando el pelo.
-Siempre he pensado que tenías un
cierto aire élfico. Pero ahora que escucho tu voz susurrante en un canto tan
dulce, estoy convencido de que eres una auténtica elfa.
“Si
realmente fuese yo una elfa, tendría el don de la vida eterna, y sólo el golpe
homicida de otro o la tristeza podría acabar conmigo”, pensó entonces ella, que
no dejaba de cantar. “Y entonces, ¡si que sería absurdo mi gran temor!” Terminó
su canción, pero siguió susurrando al oído de Claudio.
-Y tú, no sé por qué, me pareces un
Túrin Turambar. ¿Qué carga sufres y adónde te llevará tu oscuro destino?¿Qué
soportas, qué te está contradiciendo?
[...]
***************
[...]
-¡Fíjate cómo estaría de enfermo, de
sumido en su enfermedad! No supo, en su postración, huir de aquel incendio, no
tuvo fuerzas ni para tan siquiera salir de la cama. Se quedó allí, como a él le
gustaba dormir: sin almohada, con la sábana bien remetida por la parte de los
pies y tapado hasta los hombros. De costado, con l cara vuelta al lado
contrario del foco del fuego, como si éste no existiera, como si no le
afectara, como si su huida hubiera sido hacia el mundo de sus sueños.
Arancha calló y Claudio también. No
se podía decir nada. Pero Claudio pronto se dio cuenta de que una enfermedad
como la que había tenido el padre de Arancha no era suficiente motivo como para
no levantarse e irse en una situación así. Se olía que él había podido ser el
causante del incendio, un acto suicida e intencionalmente asesino a la vez.
También supo que Arancha lo sabía y que no quería saberlo, que se lo negaba,
como quien rechaza horrorizado posibles pensamientos macabros, obscenos o
blasfemos que sabe que podría llegar a tener aun sin tenerlos.
[...]
****************
[...]
Se habían quedado solos, en unas de
repente cómodas sillas de plástico. Era el fin de la tarde. Claudio tenía la
cara algo roja. Ostentaba unos mofletes colorados muy monos. Se estaba tomando
una coca-cola con el fin de atenuar los efectos de un último vaso de sangría
que jamás debió haberse tomado. Sentía un calor interno algo molesto,
especialmente en las mejillas: eso le pasa siempre que le da mucho el sol, o
cuando bebe más de lo habitual.
Por su parte, Andrés parecía tener
los ojos hinchados y estar de mal humor. Combinaba con su cerveza una ingesta
exagerada de minibombones de propaganda que había cogido de un stand
promocional.
Un ligero viento les dio de frente
justo cuando la luz blanca del sol parecía dirigirse a ellos horizontalmente.
Cansados y tranquilos, allí estaban, después de un día entero en la macrofiesta
de la primavera. Eran las ocho y media de la tarde; el día había sido
espléndido hasta entonces; los demás se habían ido ya a casa: unos a cenar y a
dormir, otros a ducharse y volver a la Escuela para ver la obra de teatro; y
ellos se habían quedado allí fuera, sin ganas de moverse, con ganas de
silencio.
Había poco tráfico, y Claudio y
Andrés se quedaron aún más callados cuando de la luz inmensa apareció, como
traspasando una cortina invisible, la silueta lejana de una chica rubia que
conducía un ciclomotor.
Era Rosana, hoy vestida especialmente pija,
que se aproximaba hacia las mesas del bar donde estaban ellos plantados. El
final de su melena rubia y lisa sobresalía del casco de amazona y los grandes picos del cuello de su camisa rosa, que salían
por fuera de una rebeca verde oscura, se podían ver aun desde lejos. [[La
descripción coloreada en rojo oscuro coincide con la vestimenta de Rosana en su
presentación en el libro. ¿Cambiamos una de las dos, o las dejamos idénticas
como señal de Rosana de rememorar el primer infausto momento?]]
Los
chicos ni se miraron. La macrofiesta había sido en un gran descampado, lleno de
tierra, hierba y mucha gente apretujada. Estaban sucios, con la ropa manchada;
traían consigo una mezcla de olor a campo, a río, a sudor, a alcohol, a tabaco,
a grifa y a calle. Además, estaban derrengados, anímicamente desinflados
después de tanto andar, tanto charlar, tanto reír, tanto saltar en los varios
conciertos al aire libre que allí se habían celebrado.
Rosana aparcó muy cerca de ellos. Andrés
aló un poco la mano para saludarla, mientras intentaba esbozar algún tipo de
sonrisa simpática. Ella, seria y sencillamente bien vestida, desprendía un olor
a limpio y a perfume. Se acercó a la mesa muy decidida, los miró muy sonriente
y entonces, por un momento, miró al cielo sin mover mucho la cabeza,
mordiéndose algo el labio inferior.
-Mmm... ¡Hola! ¿Me puedo sentar?
Se sentó sin esperar respuesta.
Quiso reírse, pero se contuvo, por profundo respeto a Claudio allí presente. A
Rosana le molestaba presentarse delante de él, manifestarse; pero ya habían
pasado varios meses [más de un año] desde
su proposición indecentísima, y creía estar preparada para hacerlo de vez en
cuando. Para ella, a nivel personal, era un paso muy importante: sabía que
algunos meses después emprendería el camino de regreso, su desintoxicación de
Claudio, de su obsesiva entrega a Claudio. Porque si se le iba de las manos, la
fijación por su persona se volvería real hasta los tuétanos. Y no tenía
intención de cambiar un trastorno por otro, un ansia por una agonía. Todo había
de ser un medio; Claudio era el primero que lo sabía, y lo respetaba como pacto
sagrado. Y ese respeto hacía que ella lo respetase con sinceridad. Mientras
ella cuidase de él, era él quien la cuidaba, quien la curaba.
De todos modos, quedaba aún bastante
tiempo para que ella pusiera en marcha el proceso de desvinculación de Claudio,
el fin de tan extraña relación. Y hasta entonces, quería hacer las cosas bien,
perfectas en la medida de sus posibilidades, quería una entrega total dentro de
unos límites claros. Para ello, pensaba, su presencia podría ser necesaria en
momentos puntuales.
[...]
******************
[...]
Quiso
encontrarse a solas con Claudio: la misma fecha, la misma hora y el mismo lugar
que el año anterior [más bien,” que hacía
dos años atrás”]. No supo, sin embargo, ingeniárselas esta vez para que
Arancha abandonase por unas horas el piso, así que fue directa y le dijo que
necesitaba su ausencia, porque tenía que conseguir intimidad con una persona
muy especial para ella. A cambio de ese favor, ella le daría a Arancha su
propia ausencia a partir del día siguiente, en el que se marcharía
definitivamente del piso, a otro más cercano a la Facultad, con Marta, una
compañera de Derecho. Lo tenía todo dispuesto; le pidió disculpas por haberlo
mantenido oculto y soltárselo así tan de repente.
Arancha, por un instante, se quedó
asombrada, mirando fijamente a los ojos de la que, para ella, había sido y aún
era su anti-yo. Comprendió que, a pesar de todas las diferencias, estaba ante
una verdadera amiga, y entonces la abrazó muy fuerte llorando en silencio, y se
marchó sin decir más.
[...]
*******************
tsuki ya aranu
haru ya mukashi no
haru naranu
waga mi hitotsu wa
moto no mi ni shite.
p. 125
Tb
pp 113, 115, 116.
************************
[...]
ARANCHA
Bajo
la apariencia extravagante de Arancha, potenciada por su indumentaria, su forma
de hablar y andar, sus temas de conversación y sus aficiones, Arancha asentaba
su energía permanente en una base de seriedad y madurez personal realmente
impresionantes. Cierto es que es muy extrovertida, pero del mismo modo aprecia,
como valores muy a tener en cuenta en ella misma y los demás, la autenticidad y
la sinceridad. La doblez le repugnaba. Por eso gusta de manifestarse tal como
es, efusiva, compulsiva; pero por eso mismo no le gustaban en absoluto esas
mismas manifestaciones en personas que claramente no tenían esa personalidad
extrovertida: ¿gestos abiertos en quien es cerrado? ¿Por qué?
Arancha era amiga de Carmen, muy
amiga, más de lo que Carmen misma podía imaginarx, y era
fundamentalmente por ese motivo. Carmen era segura en sus convicciones y al
mismo tiempo atenta, suave como su voz misma; Arancha manifestaba
permanentemente sus dudas, más con afán de expresarse que de resolverlas, y era
de las que movía cielo y tierra con energía incombustible si tenía que ayudar a
alguien. Carmen era sencilla en el sentido más positivo de la palabra: vestía
sencilla, miraba sencilla; era por una parte resistente y dura, y por otra
parte cándida, a veces (pensaba Arancha) “pura”, inocente; Arancha era
conscientemente excéntrica, ornamental, barroca, de extremos. En todo caso,
ambas se mostraban tal y como eran, y este punto en común era suficiente para
la pelirroja: Carmen era digna, a sus ojos, de una admiración siempre manifestada,
aunque no apreciada nunca en todo su sentido por Carmen, porque esas
manifestaciones de admiración, casi siempre en palabras, se mezclaban con
muchísimas otras que Carmen era incapaz de procesar a tiempo – demasiada
frecuencia de información.
Por estas mismas razones, recelaba
de Rosana. Arancha se dedicaba simplemente a ser civilizada con ella,
especialmente mordiéndose la lengua muy a su pesar. Era su compañera de piso, y
ya está, pero era muy consciente de la inexistencia de conexión entre ambas.
Con todo, y sin saber cómo, consiguió que participase en el grupo de teatro de
la Escuela. Lo cierto es que Rosana era muy fiel a los ensayos, y aunque pedía
papeles cortos o secundarios, actuaba aceptablemente bien. Se entregaba en el
escenario, y esto Arancha lo agradecía de ella, y la descolocaba. Esta niña
pija, amiga de Carmen, se hacía en este aspecto más “tragable” para Arancha, y
más desconcertante: las breves interpretaciones de Rosana era lo más auténtico
que Arancha llegaba a vislumbrar de ella. Pero Rosana ocultaba algo, o muchas
cosas, y no pintaba bien esa forma de comportarse, tan típica, tan pautada.
Arancha sabía que algo no cuadraba en Rosana.
Pero, en definitiva, Arancha no era,
ni mucho menos, una cabecita loca. Sabía que proyectaba una imagen muy
particular, como particular ya era el color de su pelo, pero entendía que esa
imagen era la suya, como rojo era su cabello. Ella no había llegado a la
Escuela de casualidad: hacía la carrera que quería y estudiaba
concienzudamente. El teatro le gustaba, y el compañerismo también; estaba muy
comprometida con sus estudios, con sus papeles, con el Aula de Cultura y
Delegación de Alumnos.
x
O calcular, si tenemos en cuenta lo expuesto en el Anexo I.
Recuérdese que en éste hacemos una exposición sucinta de la Teoría de la
Amistad de Carmen Galán, pero en ningún modo ella lo ha elaborado, sino que lo
siente o percibe aproximadamente así.
[...]
*********************
[...]
-¿Cuáles son las virtudes masculinas
por excelencia?
-Yo creo que el temple, mantener la
calma en situaciones de estrés, en contraposición a la histeria, que se asocia
más con lo femenino. También el valor, entendido como el mantenimiento de la
fuerza (del esfuerzo) por encima de las circunstancias y del desánimo, que
puede incluir el arrojo o no. En definitiva, creo que lo masculino se encuentra
en la estabilidad, mientras que lo femenino está relacionado con la variedad y
riqueza de expresiones y sentimientos.
[...]
La
mujer es más elástica, NO RÍGIDA: MÁS AGUANTE. Hombre: llegar hasta el final en
sus pretensiones, alcanzar objetivos concretos. Lleva mal el agobio prolongado,
se ahoga, le duelen más las enfermedades.
*********************
[...]
Para
validar una relación de “más que amigos” a algo más serio, según él/ella, se
tenían que cumplir cuatro propiedades:
1.) Carencia de sesgo: Es decir, el
comportamiento medio acerca de un asunto concreto que se observa en las
situaciones que suceden mientras están juntos ahora debe ser igual al
comportamiento general de dicha persona con él/ella en todo tipo de situación
del día a día.
E(κ) = C
siendo κ la estimación sobre el
comportamiento general de dicha pareja que se realiza a la luz de los datos que
se tienen en un momento dado, y C su comportamiento general real.
-
El
problema de esta propiedad es que sólo se puede comprobar una vez que da
comienzo una convivencia prolongada, pero se puede establecer como condición
sine qua non para prolongarla y mantenerla, ya que no establecerla.
-
No
obstante, se pueden establecer pruebas que hagan de índices de lo que pueda
suceder durante esa futura convivencia. Si no se ha perdido del todo la
capacidad de ser objetivos con dicha persona, dichas pruebas se reducen a la
observación del comportamiento de la pareja con otras personas (sobre todo,
queridas por ella/él) y a la averiguación mediante preguntas directas a ella/él
misma/o e indirectas a otras personasn de cierta confianza.
2.) Eficiencia: Cuanto menos variable es el
comportamiento de la otra persona ante diversas situaciones y circunstancias,
mayor es la eficiencia de la nueva relación.
Eficiencia κ = 1 / σκ
2
3.) Suficiencia: Se debe tener acceso al
conocimiento de todas las parcelas importantes de la vida de la otra persona.
Es decir, no debe haber secretos, para poder realizar la estimación con
garantías.
4.) Consistencia: A medida que se aumenta la
información respecto a la pareja, mayor ha de ser la certidumbre de lo que se
había supuesto de él/ella. Se deben cumplir, pues, las dos condiciones
siguientes:
lím
E(κ) = C
nà¥
lím
σκ 2 = 0
nà¥
************
[...]
En
realidad, no les apetecía nada estudiar acerca de la cultura japonesa, y eso
que ya tenían la Novela de Genji y un curso para aprender japonés. Ellos
sabían, y lo comentaron varias veces, que tenían absolutamente idealizada la
noción de equilibrio y bellaza de lo japonés; sus haikai sugerentes,
recurrentes; el concepto estético de la asimetría zen. Ir más allá suponía
descubrir la verdad acerca de un pueblo, de gente, de seres humanos como ellos
mismo eran. Y esto suponía sombras y luces, aprender una realidad multiforme. Y
eso estaba bien, pero suponía a la vez la destrucción de lo que ellos suponían
que era el Japón. Destrozarían esa preciosa coincidencia, esa ilusión
compartida, la magia de un té que, comparado con el auténtico té japonés, sería
el peor té del mundo, y que había creado momentos de recogimiento e intimidad
que nada tenían que ver con los auténticos salones de té, a los que ellos jamás
entrarían. Esa ilusión era un tesoro; era algo propio, en realidad, y
decidieron dejarlo así.
[...]
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