Lo que emito aquí es una visión y una opinión argumentada, nunca una crítica: entre otros motivos, porque yo, por momentos, he podido llegar a pensar o sentir lo mismo al contemplar cómo está el mundo literario en nuestros días. Creo, antes de entrar siquiera en materia, que hay que saber pararse y observar, y no dejar que ninguna clase de ansiedad nos perturbe el ánimo. Que la energía y la actividad, si quieres incesante, vaya para lo que te apasiona y promoverlo, que sea un trabajo efectivo y del que te puedas sentir orgulloso. El tiempo siempre es un factor clave; la paciencia juega a tu favor, y el aprendizaje. Un delicado equilibrio entre el inflado egocentrismo, e ilusorio, tan presente por aquí, y la modestia tan extrema y timorata que puede hacerte callar, desistir, invisibilizarte, entre ambos debería estar tu confianza de sabio aprendiz.
En este
año y medio desde que publiqué mi novela Amae pop blue (Volumen I),
al principio a tientas y dando palos de ciego sobre cómo moverla, hacerla
conocida, observando comportamientos en otros y buscando las opciones de hacerme
visible, a veces, lo reconozco, con cierta desesperación, no solo he leído y
escuchado a muchos escritores (y de todo tipo), sino que he podido debatir,
conversar, compartir y trabajar con ellos. Y desde el principio y hasta hoy, es
recurrente escuchar toda una serie de quejas y lamentaciones sobre el panorama
en el que nos movemos en la actualidad: de eso es de lo que quiero hablar ahora,
y pronunciarme.
Para
hacerlo, necesito partir de la siguiente base: los noveles, cuando al fin se
lanzan, lo hacen con mucho entusiasmo, pero partiendo de un concepto
idealizado, romantizado y, por ello, falso, de cómo es el mundo literario con
respecto a la publicación, promoción y recepción del libro. Tenemos falsas
creencias porque llevamos toda la vida viendo los resultados finales en otros,
sin saber apenas de sus procesos, por más que te lo expliquen, y creyendo que
antes las cosas eran distintas, y no lo eran. Y desconocemos a otros muchos que
no tuvieron la suerte de trascender ya en su misma época, o que si lo hicieron
han acabado en el olvido, y no hay que irse muy lejos en el tiempo, acuérdate después
cuando los mencione. Mientras que ahora se reivindican y descubren las obras de
Las Sinsombrero, tanto tiempo sepultadas en el silencio, se ve desaparecer a
otros que en su momento tuvieron importancia: ¿a quién le importa ahora Ramiro
de Maeztu, por más que siga apareciendo en los libros de texto de Bachillerato,
en cada vez menos? Nuestros tan apreciados Cervantes o Bécquer se vieron
triunfar tarde o nunca, y sí, claro que trabajaron, y mucho, en la difusión de
sus obras y, sí, fueron unas cuantas. ¿De verdad crees que eso es de ahora, un
tema actual? Deja que te cuente.
En el
caso de Bécquer, realmente no fue nadie para sus contemporáneos, y así murió. Fueron
sus amigos quienes lo fomentaron post mortem, y para todos nosotros han
quedado sus Rimas y sus Leyendas, incluso para los
que no las han leído. Su proyecto estrella, su obra sobre los templos de
España, no es más que una mención en los libros de texto e interesa solo a expertos,
y Bécquer sí se movió. Publicaba como podía sus textos en periódicos, junto a otros
muchos que ni tú ni yo conocemos.
Y el
sueño literario de Cervantes era ser poeta, aunque pronto se dio cuenta de que
sus poemas (todavía infravalorados hoy) no daban la talla suficiente. Escribió
obras de moda. Con su teatro, aún renacentista, empezó a ganar algo (de dinero
y reconocimiento), pero la aparición del Teatro Nuevo de Lope le cerró esa
puerta en las narices. Y su narrativa, igual novela que relato, iba tocando los
géneros en boga. Como hoy el thriller, la romántica, la gótica o la distópica,
él probó con su maravillosa Galatea la pastoril; la picaresca y
la morisca, entre otros géneros, en algunas de sus Novelas ejemplares
y episodios intercalados de El Quijote, y la opinión de sus
contemporáneos fue, siendo amables, que no estaba mal, pero que no dejaba de
ser un segundón. Según él, y yo en su momento estaba de acuerdo, su mejor
novela era el Persiles, la última, de género bizantino. ¿La
conoces? ¿Y qué, cómo lo ves? No paró de escribir, a decir verdad, y tocando
todos los palos, todos los géneros. Trataba de meter cabeza, ¿no? La celebridad
le llegó muy viejo y con una obra que ni siquiera era una novela de
caballerías, sino algo así como una parodia realista de estas, Don
Quijote de la Mancha, y fue incapaz de rentabilizarla económicamente. No
es nada nuevo eso que vives y sufres, y de lo que te quejas. Tú, igual que yo,
es que los has conocido ya encumbrados.
Digo
esto por dos críticas que escucho a menudo. La primera, la de los que piensan
que darse a un subgénero concreto apunta a mala literatura, porque tiene en
mente autores de calibre muy singulares y que no se ajustaron a ese patrón (a
mí tampoco me gusta hacerlo, esto sí lo confieso), o eso crees: un Huidobro, un
Juan Rulfo, un Alberto Méndez, una Carmen Laforet, un Miguel Delibes, o que
crearon géneros nuevos, como García Márquez, o que tienen o dan el pego, ya
depende, de un intelecto refinado. Pero olvidas a muchos otros: una Agatha
Christie, un lord Byron, un Pérez Galdós. Y la segunda, el trabajo incesante
que hay que hacer “ahora” para darte a conocer, para que te tengan en cuenta,
para promocionar, que hay que saber de IA, de redes sociales, no sabes si
Instagram te ayuda o simplemente te mete en un círculo donde solo otros
escritores, que hacen lo mismo que tú, te ven. Pero no te compran, ni tú a
ellos. Que no hay ventas, que no has dado el pelotazo y, ¡ay!, ¡cuánto trabajo
ajeno a la escritura en sí! Pero esto no es de ahora. Ni mucho menos.
Precisamente
ahora, que he vuelto a Unamuno, a su teatro, tan desconocido, lo puedo poner de
ejemplo. Filósofo, intelectual, profesor universitario, catedrático de
Humanidades, rector de la Universidad de Salamanca, se le conoce por sus
novelas (él las llamaba nivolas): Niebla, La tía
Tula, San Manuel Bueno, mártir, … Que, por cierto, y
dicho sea de paso, no será el único que mande a una imprenta sus obras y se
autopublique, lo digo por esto otro que tanto se escucha ahora, de que si es
mejor o peor autopublicar o que te publique una editorial. A ver, a él no le
publicaban, o se autopublicaba, y a dormir, ¡qué va! En mi lectura del prólogo
que hace Manuel García Blanco a la edición de cuatro de sus obras dramáticas (Teatro;
Editorial Juventud; Barcelona, 1964) lo ves enviando cartas y manuscritos aquí
y allá, comentando a otros que pudieran hacer mover sus obras (y, en este caso,
representarlas), a aquellos que pudieran favorecerlas, manifestar inquietudes,
anticipar opiniones, dar explicaciones, hacer peticiones; artículos de prensa, entrevistas concedidas,
contactos aquí y allá. Muchos proyectos, algunos que no vieron la luz. Unamuno.
Ahí
descubro que Azorín también escribió teatro (primera noticia; si la tuve antes,
la olvidé), porque este le entrevista, por cierto. Y, fíjate, Azorín: su figura
ya se está diluyendo, se difumina en el panorama literario. Yo recuerdo, de
pequeño, ver en la televisión y otros medios entrevistas e incluso anuncios de
editoriales de escritores de los que ya apenas se habla: Terenci Moix, Antonio
Gala, el mismo Cela, y a Umbral lo recordamos todavía por una orgullosa y
jocosa a la vez salida de tono en televisión, cada vez menos; aunque para
salidas de tono, la de Fernando Arrabal en televisión con su inquietud por la
llegada del mileniarismo (¿te has leído algo de él?), en ese programa de
Sánchez Dragó (¡otro que tal baila!).
No te
desesperes. Solo recuerda que Valle-Inclán y Federico García Lorca eran los
únicos que, a duras penas, pudieron brillar algo, un poco, en su época mientras
que el teatro comercial llenaba los bolsillos de los empresarios y hacía las
delicias de un público acomodaticio; Baroja se burla de ellos en El árbol
de la ciencia. ¡Fíjate a quiénes menciono! No he hablado mucho del
Premio Planeta, aunque algo dije, y sí, es muy lamentable, pero nada
sorprendente. No me llevo las manos a la cabeza por el hecho de que Planeta,
como otras editoriales importantes, sea más negocio que otra cosa. Por mi
parte, con no perder el tiempo con Juan del Val tengo más que suficiente, hay
mucho, y bueno, que leer. No lo juzgo: directamente lo prejuzgo, de verdad, no
me llama la atención para nada y mi tiempo es oro. Si hablé poco es porque para
mí el tema era irrelevante, y tampoco quería darle bombo: una polémica es una
buena campaña de publicidad, y encima gratis. También hay otras editoriales que
cuidan la calidad de lo que editan y son muy respetables; también es muy
respetable autopublicar. Y sí, en todos los casos te lo tienes que currar:
antes, durante y después de la publicación de tu obra. Eso es así y ha sido así
de siempre.
No te
he criticado en ningún momento si te has sentido aludido en alguna parte de
este artículo. Porque yo también estoy presente en él, y todavía estoy
rompiendo barreras mentales. Entusiasmado por lo que yo creo que es una gran
novela, Amae pop blue, voy muy poco a poco, y, además, no me veía
hasta hace nada más que con ella y con mi poesía. Observo y leo, y voy
recuperando mi propósito de joven: escribir de todo, incluido teatro. Pero
hasta hace nada, me veía así, como escritor “de culto”, otra fantasía, a decir
verdad, aunque también una opción muy respetable, querer parar con una, dos,
tres obras. Ya no tengo aprensión por esa clasificación genérica que veo tan de
moda, que sí, que hay muchos que escriben y publican como churros simplemente aplicando
el molde genérico. Pero acepté como reto salir de mi zona de confort y escribir
una novela de investigación, un thriller o novela negra, y lo haré, lo
haré lo mejor posible y disfrutando mucho de ello.
Y ya por acabar: sí, yo también pienso que hoy en día es más fácil publicar, y que eso hace que haya demasiada oferta para tan poca demanda, metiéndose por en medio libros de escasa o nula calidad literaria. En serio, lo pienso. Pero tampoco me quejo. Celebro que sea más fácil publicar y, oye, cada uno es libre de leer lo que quiera. El mismo Cervantes decía que todo libro tiene su valor, por muy malo que fuera, que al menos ha supuesto un esfuerzo de su escritor por transmitir y algo bueno se puede sacar de ahí.

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