El 17 de febrero de este mismo año tuve la ocasión de estar en la presentación de Naturaleza invertida (Talón de Aquiles, 2025), poemario de una Sonia Ariza a la que conocí ese día. Tuvo como maestro de ceremonias a mi compañero David Calzado, un poeta, entre otras muchas cosas, del que espero poder hablar pronto por aquí y, la verdad, lamento mucho no haberme acercado a su obra antes, me refiero a la de David; hasta finales de 2024 no he vuelto a ser persona con cierta integridad y me ha costado mucho todo hasta entonces. Desde aquella presentación en el IES Juan Ciudad Duarte de Bormujos, del que fue ella alumna en 2º de Bachillerato, no he tenido ocasión de acercarme en condiciones a los treinta poemas de Naturaleza invertida hasta ahora y, una vez acabada mi primera lectura, quiero ahora ofrecer mi impresión de este libro tal y como lo suelo hacer por aquí, de manera un tanto subjetiva. Os dejo a vosotros que indaguéis acerca de la autora, tan afín a las artes escénicas y la comunicación, y ella me disculpará si soy uno más que destaca su juventud al comentar su libro. Si lo hago, es por motivos más míos que suyos, y en ningún caso se trata de ninguna clase de simpatía contraproducente, ni debe condicionarte a la hora de acercarte a su poesía, que tiene que considerarse en sí misma, y así haré en la mayor parte de este artículo. Naturaleza invertida es un poemario redondo, cerrado y con vida propia. Vaya esto por delante, porque la coincidencia casi fortuita entre la recepción de esta obra y mi labor sobrevenida de pasar uno por uno mis poemas de cuando yo tenía una edad parecida a la suya para una nueva edición me traslada a muchas emociones y vivencias, y nuevas coincidencias, que no puedo soslayar, y algunas son inexplicables. Por ejemplo, y de manera aleatoria, la disposición tipográfica de los versos, que resalta Nina Hernández en su Prólogo (p. 11), a mí no me pasa desapercibida, porque fue, no un recurso, sino un fluir potente en la expresión que siempre he usado y en mis veinte de manera mucho más frecuente y sentida. No se trata de una extravagancia, ni de una forma de llamar la atención, ni un adorno, ni mucho menos: jamás lo usé así y, por lo que observo, Sonia Ariza tampoco. El aspecto visual del poema con versos aparentemente desencajados, repentinamente centrados o puestos más a la derecha de lo que les correspondería, o que empiezan justo debajo de determinada palabra, no es ningún capricho: no solo tienen una significación en su lectura, hay algo mucho más profundo ahí, es en el propio acto de escritura, y aunque por lo general no son planificados, sí se sienten en esa posición, el poema no es el mismo si se alinean de manera convencional. Esta maestría de sentimiento posicional, si se me permite el término, de la correcta ubicación del verso, o el medio verso, o de la última palabra de un verso, ya está en el primer poema homónimo de Naturaleza invertida (p. 15). Podría equivocarme, claro, pero no sé por qué, tengo cierta convicción de que el sentir de Sonia Ariza al disponerlos de esa forma se parece al mío: ese resalte no es solo intuitivo, está impulsado por todo un sentido difícil de explicar, pero muy relevante para la comprensión estética y emotiva de los poemas en donde aparece, que en Naturaleza invertida no son pocos. Esto tan visual, además, tiene repercusiones sonoras, y es trascendente en poemas de esta naturaleza, que expresan sentimientos y sensaciones íntimas que se guardarán en la memoria de la poeta para siempre.
También me gusta mucho cómo maneja el símbolo, lo hace ya desde el mismo título de su poemario. Que, más allá de su correcta significación, te parece advertir de un mundo patas arriba. No sé si has tenido la experiencia, por lo general de niños, de estar bañándote en el mar, que te venga una ola inesperada y, sumergido, por menos de un segundo, ser incapaz de percibir bien tu postura y perder la noción del arriba y el abajo. Pues bien, esa sensación es la que me transmite este poemario en conjunto. Ariza te lleva de un lado a otro en el sondeo de sus profundidades interiores, en la pulsión de sus emociones y de sus convicciones y todo aquello a lo que se aferra para no caer, tal vez por eso ella habla de un vaivén, de un subir y un bajar repentino a modo de montaña rusa. Y creo que esto lo transmite muy bien. En la práctica, no sé si ella misma sabe o se ha dado cuenta de que te acerca y te aleja, que guarda distancia, te atrae a su interior y luego vuelve a preservar su espacio vital, y que una de las "técnicas" que más aprecio en sus versos es esa capacidad de no llegar a lo terrible con sus palabras, hay una especie de contención que consigue, precisamente, dejarte con la sensación de lo contundente, lo impactante, ya filtrado, asumido, en cierto modo perdonado, y que eso, precisamente, consigue hacerte percibir mucho mejor el impacto y, sí, compartir contigo algo, aunque sea un poco, de tristeza, como lágrimas recordadas. Te presenta, en los valles de ese vaivén, la sequedad de unas lágrimas que no sabes si fluyen aún, si tienen réplicas; te planta ante los ojos, en las cimas, la ilusión y la alegría de su experiencia y de su yo con una modestia que las resalta. Y pueden aparecer ambas sensaciones en un mismo poema. Otra vez un ejemplo: es muy potente, muy emotivamente potente, el Aunque que se repite al principio de los tres primeros versos de Itropavotse (p. 38), y te recuerda la fuerza expresiva de las conjunciones en poesía, como el Si en muchos poetas; aquí es aún más triste al ser un Aunque, también habla de superación, hasta cierto punto. Se destila melancolía en tantas ocasiones... ¿Cómo no alinearme con el contenido de los versos de Sonia Ariza? No yo, el Alfonso de cuando escribía versos con dieciocho, veinte, veintitrés años. Lo que parece dolor se viste de superación, pero es una superación real que no esconde todo el tránsito hacia él. La ambigüedad poética juega aquí a favor.
Este poema al que he hecho alusión no es el único que maneja la anáfora. Sonia Ariza, en Naturaleza invertida, es proclive a ella, y la usa muy bien, con todo el sentido del diálogo emotivo con un tú ausente o del monólogo interior. No hay resumen posible, pero si quisiera esenciarlo, me iría a Analógica de un impulso (p. 42): la libertad se halla en el presente, el concepto del ahora, y desde esa libertad se contempla el recuerdo. Un acontecimiento solo es recuerdo si es pasado mental, el presente da sentido al pasado, el hecho de saberse pasado te libera. Esto es complicado, claro, como la vida misma. En todo caso, el acto de escribir no es mecánico. Yo también he escrito en servilletas y doy fe de que el hecho de escribir y su producto final, que está vivo, que crece, que mengua, es metáfora e imagen de lo inexplicable, como inexplicable serán las nuevas significaciones que tomará para la propia autora en el futuro, cuando ella misma tome conciencia y vaya descubriendo poco a poco que sus versos expresaban mucho más de lo que ella misma sabe ahora, de lo que ha creado. No lo digo porque sí, sino porque me está pasando a mí mismo con mis propios versos. Es pura creación poética. Estos versos no serán recuerdos, tendrán siempre un presente que late.
Todo lo dicho hasta aquí lo manifiestan de manera poderosa los dos primeros versos de Cuando te tengo delante (p. 48), que para mí reúne de manera concentrada todo el núcleo de Naturaleza invertida. No hay lucha: la ha habido. O eso es lo que quiere decirse Sonia a sí misma y a nosotros. La consciencia trata de poner orden en las corrientes subterráneas de lo vivido y dotarles de un sentido. Se es consciente de lo experimentado y se toman decisiones de qué hacer con ello. Te viene a decir que dolió: sabes, igual que ella, que aún duele, pero se sigue adelante mientras ya las heridas van cicatrizando. Y se hace a través del honrar. Este poema es todo un honrar, no es mera asunción. Y está muy bien, pero que muy bien, que el siguiente poema sea Todos los idiomas del amor (pp. 49, 50), que es una verdadera caricia: así, justo así, en ese orden, aunque algunos lo consideren invertido.
En definitiva, son versos muy maduros: hay mucha madurez en todos los sentidos, y no solo porque exponen un proceso de maduración interna en cuanto al contenido. La conclusión es tan bella como las mariposas y los cactus; la inversión de la naturaleza expuesta es una perspectiva y puede que, como El Colgado en el tarot, el que esté bocabajo seas tú, y que esa postura te ayude a la reflexión completa, al ver la realidad de otro modo.

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