Si debo dirigirme a un público general, que tal vez no conozca a María Cespón, tendría que decir que Entre la tierra y el cielo es una novela espiritual y de crecimiento personal. Y es cierto, pero no me agrada empezar así. La clasificación genérica es una carta de presentación de cada novela, pero al mismo tiempo es un corsé que a mí no me gusta nada. Lo sufro en mis obras, que nunca se plantean desde un molde genérico (y menos el actual), y no todas las novelas tienen por qué ajustarse o pertenece a un subgénero predeterminado. Para mí, Entre la tierra y el cielo es, por encima de todo, una historia de amor, otra etiqueta que podría llevar a confusión, porque en ningún caso se trata de una novela romántica tal y como se suele entender en nuestros días: es un amor esencial y elevado, puro y revestido de sus más amplios sentidos, unificados.
Es la primera novela de María Cespón, de 2016, y por ello tiene todo el encanto de la primera vez. Comienza ya en los preliminares con un cierto tono confesional: ya habla la protagonista, Myriam, que es de inicio canalizadora, y que recibirá un repentino y extraño mensaje de Erick, en esa Barcelona que tan bien recrea María en sus novelas, y que por insistencia pero al mismo tiempo por una extraña conexión que Myriam, por más que se resista, percibe de él, la llevará a un viaje con diferentes escalas, todas sorprendentes, todas con aprendizaje, crecimiento y descubrimiento. Y no solo viaje literal, geográfico, y también interior: los viajes son multidimensionales. Tomando las palabras iniciales de la propia novela, decimos con todo el sentido: El tiempo del no tiempo pasa raudo, dejando una estela de recuerdos y experiencias, y te preguntas: "¿hacia dónde voy?" y Cuando te sumerges en las aguas de la consciencia, ya no puedes dar marcha atrás, la responsabilidad que asumes es inquebrantable.
Desde la fascinación por el mar en Barcelona, una Myriam con su sistema nervioso en un estado que podría electrocutar a cualquiera emprende un viaje repentino a La India junto a Erick, a la vez que va a ir descubriendo la experiencia del no tiempo y se va probando a sí misma, superando barreras de su propia resistencia interior, y se ponen de relieve las esencias de la verdad y el amor, y el despertar de conciencia. Lugares tan distintos como Delhi, Dharansala, McLeod Ganj o Tsuglagkhan Temple son escenarios del principio del removimiento interior de la protagonista y del descubrimiento de sí misma y del mismo Erick. El propio relato que hace Myriam de su vida y su posterior aprendizaje de paciencia y meditación son dos episodios que considero claves en una ya incesante novela, donde además el lector aprende conceptos como los sagrados masculino y femenino, la diferencia entre almas gemelas y llamas gemelas o el contraste entre experiencia y conciencia. Las hebras, los hilos de luz que conectan las cosas, llevan a la comprensión de la unión con el todo y el éxtasis del amor sagrado. Erick fue, en otra vida, Jesús de Nazaret, y Myriam, María Magdalena. Pasar de La India a Jerusalén es, por tanto, un siguiente paso natural y también un recordar, recuerdos de vidas pasadas, pero al mismo tiempo una reformulación necesaria de todo lo que sucedió y por qué, y qué debe significar y cómo influir en el presente de Erick y de Myriam. Antes de ese salto geográfico, querría destacar el poema a La India que se nos regala en esta novela.
También el paso de Jerusalén a Egipto es lógico y tiene todo el sentido, pero esta vez no descubriremos nada para que el lector se adentre en Entre la tierra y el cielo sin más explicaciones. Es todo un proceso, una cadena de movimientos interiores y exteriores. Ahora, no me resisto a señalar la intensidad de lo que sucede dentro de las pirámides, la importancia que cobra Isis y la correcta comprensión del amor, intenso y verdadero, y la espiritualidad, ajena al negocio que algunos quieran hacer de ella. El viaje se cierra con una vuelta a Cataluña, a Montserrat, que acaba de arrojar luz a la historia de Myriam y Erick. Hay que aprender a ser lo que se es, a amarse a uno mismo en el buen sentido, para con uno mismo y para con los demás: No me necesites, ámame (p. 261). Viene, al fin, la verdadera liberación. Así que termino con estas dos frases de la novela: No tienes que expandir la luz, tienes que ser la luz y Enraízate a tu corazón.
Creo que he perfilado con cierto detalle esta novela de luz, de ser, de amor y de espiritualidad. Pero es solo eso, un perfil. He comentado en muchas ocasiones cuál es el estilo de María Cespón y aquí también se observa: singularidad de cada novela; variedad del lenguaje y la expresión según el tono, el episodio o si es que habla el narrador o los personajes; acción y reflexión; descripciones significativas del paisaje natural, urbano y humano; interacciones de contraposición; y María Cespón juega muy bien con cada registro según la conveniencia del relato. Y en el caso de sus novelas espirituales, además, aprendizaje a raíz de encuentros y sucesos. Tienes aquí, por tanto, una jugosa doble lectura: la de la novela en sí como tal y la que puedes hacer para ti mismo acompañando a Myriam en este intenso recorrido, y revelador.
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