domingo, 8 de marzo de 2026

"QUERIDA BESTIALIDAD", DE ALICIA ZAPATA GIRÓN. IMPRESIÓN LECTORA.

 


INTRODUCCIÓN

Hace apenas ocho días que vio la luz el número de marzo de este año de la revista digital Voces Errantes, y en ella aparece mi breve reseña sobre este impresionante poemario que es Querida bestialidad, de Alicia Zapata Girón (Editorial Páramo, 2023). Claro, para ti es muy reciente, es de este mes; para mí, con mis aportaciones para el número de abril pendientes de revisión, ya ha pasado un mes desde que escribí esas palabras sobre estos poemas en el formato que requiere una revista literaria de estas características. Y es todo cierto, lo que digo allí: que tenía muchas ganas de tener en mis manos Querida bestialidad. Tenía pinta de que me iba a gustar y así fue. La verdad, lo adquirí porque tenía esa intención, de reseñarla para Voces Errantes. Tras acabar su lectura y su reseña, sabía que iba a leérmelo de nuevo, de manera más pausada, y así ha sido. Lo lógico, tal vez, sería dejar pasar el mes para volcar de nuevo mis impresiones por escrito, que me mueven a querer hacer un análisis de esta obra, poema a poema, algo que, por supuesto, no haré, para alivio de la autora y de los lectores de este blog, pero sí doy una impresión lectora más extensa ya, al calor de unos versos que aún se encuentran acogidos en mí.

CARACTERÍSTICAS E IMPRESIÓN GENERAL

     Querida bestialidad resuena con verdades: verdades personales y generales, verdades poéticas en el uso del idioma muy particular, con juegos con el lenguaje que no son meros formulismos ingeniosos ni malabarismos impresionantes o impresionistas, aunque la impresión, en el buen sentido, sí se halla presente. Yo, a veces, he creído encontrarme con una voz impresionada, o post-impresionada. Alicia Zapata maneja muy bien el tiempo de cada poema, expresa certera y gratamente, sorprendentemente, las palabras, en su significación, en sus significaciones más bien, en las variantes de una posición junto a otras que la cambian por completo. 

     Te sientes, por otro lado, una especie de acompañante lejano. No un observador imparcial, porque sí te hace implicado en la recepción de su voz, pero sientes una soledad (Siempre se abandona al que va acompañado, p. 21) y un paso a paso en su transitar por momentos, por lugares, por decepciones, por descubrimientos. Los poemas se agrupan en tres secciones: Goteras, Licencias y contornos, y Verde es el olor de la verdad.




GOTERAS

     Vibro con versos de expresión inicial de la decepción, los significados que se da esta poeta a experiencias que no se cuentan pero se proyectan, a esas asunciones y ese caminar. También sus definiciones de sí misma y sus sorprendentes y elegantes juegos de palabras y sus vocablos propios, creados por ella misma. Y el mar, en sí y en lo que significa, ¡tanto!, en estos poemas. Y toda su lucidez metalingüística.

     Me estremece todo el mensaje dado en esos intercambios de palabras, de paralelismos donde la pequeña variación marca una tremenda diferencia, un recurso que Alicia Zapata usa con una intención y una claridad excepcionales (Dos vidas paralelas viven: / la de sus vidas sin mí, / la de mi vida con ellos, p. 38). Por lo general, llevan al estremecimiento (como si equivocarme conmigo / no hubiese sido el mejor de mis aciertos, p. 40). 

     No es cuestión de expoliar su obra trayendo aquí sus versos, pero con estos pocos que tratan de ilustrar lo que torpemente trato de decir creo que se atisba algo todo lo que llevo dicho, tanto en el contenido, como en su uso lingüístico: el uso de una u otra preposición, la posición intercambiada de una misma palabra, la antítesis inesperada, la sinestesia original, ...

LICENCIAS Y CONTORNOS

... o la paronimia, un recurso un tanto minusvalorado y que a mí me vuelve loquísimo cuando se usa bien (carencias/querencias), con todo el sentido. La voz de Alicia Zapata sigue sonando calmada y tormentosa, sincera y poética, intérprete de las realidades que ve y que vive, y de metáforas intensas, especialmente de (re)ubicación vital (El único sitio donde quiero vivir soy yo). Y es que en Licencias y contornos la metáfora se hace resplandeciente, abundante, como espigas en un campo fértil, para entender, para encontrarse: Suerte que todo lo que necesito lo llevo dentro. / Así es un gusto compartirme contigo.

     El poema TO:FROM: me parece muy llamativo, pero no te digo por qué, quiero que lo descubras tú. A cambio, mira, un pequeño ramillete de este campo de espigas, perdón por arrancarlas así, para que entiendas mejor esto del uso del lenguaje y el descubrirse (reconocerse, desnudarse): Un marcapáginas se muda / a páginas que no conoce (p. 61); A diferencia de otros, yo siempre muero (p. 62); ... ahora que ya no elijo desconocerme (p. 70). ¡Imagínate estos versos en su poema! ¡No puedes!


VERDE ES EL OLOR DE LA VERDAD

      Y aquí llegamos a la irreversible conexión-fusión con la naturaleza, y un revelador descubrimiento de sí misma. Se confunden de forma consciente geografía y cuerpo, que se hacen metáforas recíprocas. Y el placer de la vida, la vida como placer máximo. Lo que yo intuyo en Verde es el olor de la verdad es la aceptación consciente y la consciencia bien recibida.

     Aparecen impresiones interiores de viajes, que la experiencia impide el retroceso y la verdad huele a verde. ¡Qué encanto de pareidolias sonoras provocadas a propósito, sinestesias con sentido(s)! Y los choques sonoro-conceptuales no paran: Recuerdo cómo es el placer / de querer lo que se tiene (p. 89). Sí, claro, pero no, no es ninguna obviedad que al sur solo se vuelve desde el norte, que muy pocos buscan respuestas que se sabe que no se van a encontrar, despertando un día como despierta un día.





domingo, 1 de marzo de 2026

A TRAGEDIA CADA "X": "SOLEDAD", DE MIGUEL DE UNAMUNO




Comienzo con algo de polémica, tal vez como le gustaría al propio Unamuno: ¿quién dice que estas piezas suyas no son tragedias? Alguno, sin faltarle razón, me dirá que no lo son. Que son dramas, especialmente Soledad, y le daría la razón, pero como aquí, en esta misma obra, se discute eso mismo... ¿Que no es tragedia? ¿Que tampoco es drama? ¡Pues vale!, es druma, como Agustín, su protagonista, llama a sus piezas teatrales, paralelo a la nivola en narrativa. Y, como tantas veces me veo obligado (por mí mismo) a aclarar, no, no me arrepiento de empezar con trazas personales esta impresión lectora, que es como voy a empezar ya mismo, en el párrafo siguiente. Pero es que este es un blog personal y, además, ¡Unamuno! De todas formas, si avanzas, ya tomo una postura más objetiva. ¡Unamuno! ¿Has visto esto de druma, tan unamuniano como su nivola? Y es que aquí, en Soledad, ¡hay tanto de ese Unamuno que nos explicaban en el Instituto, de mi Unamuno! Y me va a costar todo aquí, es una avalancha de información la que desea salir por mis dedos a este blog. Por si no me has seguido en esta serie de artículos sobre tragedias, estoy enredado ahora en el teatro de Unamuno porque terminé el Prometeo encadenado de Esquilo y quería pasar a Sófocles, pero con la transición de la Raquel encadenada de don Miguel, y ya ha sido un inevitable placer no dejar pasar Fedra, en el artículo anterior, ahora Soledad, ...

     En 2º de BUP quedé impresionado por las clases sobre la Generación del 98 de mi maestra Emilia. Eso me llevó a acercarme, muy joven (¿16, 17 años?) a Niebla de Unamuno, y poco después a su teatro, al encontrarlo en la Biblioteca Pública de Sevilla, entonces en la calle Alfonso XII, una calle que muchísimos años después pasearían varias veces Paula y Rodrigo, personajes de mi Amae pop blue. Con sinceridad: Fedra, bien, no ha estado mal en mi segunda lectura de más de treinta años después, pero Soledad... Soledad me ha parecido impresionante, y me ha explicado muchas cosas, muchas. Me ha impresionado en sí misma, me ha impresionado lo que acabo de comentar, que el Unamuno que tengo interiorizado, sus rasgos creativos y humanos más básicos, están todos en esta obra de teatro, y me ha impresionado toda su influencia en mí. Que con el pasar de los años, y todos mis cambios, incluidos los de gusto lector, todo eso lo he llevado y lo llevo ahí; que lo asumí para vivir, soñar y tomar decisiones y que aparece más que como un telón de fondo en mucho de mi poesía, de mi cosmovisión y de Amae pop blue, que está en su bibliografía sin estar listada en ella. 

     Esta tragedia, drama o druma empieza visceral y acaba visceral, empieza auténtica y acaba auténtica, y no da un respiro, para bien. Para según qué, el teatro de Unamuno es muy sencillo, como él mismo defendió. Es de contenido y lenguaje directo, con mucha significación en sus palabras y los juegos a los que pueden dar lugar.

     En tres actos, está muy cargada de referencias bíblicas. Aparte de Cristo, un Cristo que se reevalúa según quién y cómo lo mencione, tenemos al principio a Agar (un personaje con una historia escalofriante, desde mi punto de vista, no sé por qué no la mencioné más en mi otro blog, el de temas personales y espirituales, Job ya me tenía muy metido en él), pues sobre ella quiere inspirarse Agustín, el protagonista masculino, para hacer su siguiente druma (es dramaturgo), y casi al final tenemos el Cantar de los Cantares muy sentido en palabras de Soledad, su mujer: Es mío... mío... mío... solo mío. Y yo suya, solo suya, solo de él, de mi Agustín. Tanto las referencias mitológicas y a los clásicos como las bíblicas son típicas de Unamuno, así como al Quijote (¡por supuesto!), pero no como apoyo o para demostrar su conocimiento, ni como adorno, él les otorga un significado intrínseco a la acción y también en su interpretación. Por supuesto, se encuentran palabras del terruño, como murria, así como juegos de espejos (El drama de un drama) y de palabras (Más vale ser un enajenado que un ensimismado).

     ¿Soledad es la protagonista? Sin duda, aunque especialmente desde el punto de vista de Agustín. La maternidad es un factor clave en la obra de Unamuno y aquí está en primera línea, desde el principio, con el caballito de juguete que recuerda al hijo fallecido siempre recordado, y al final, con ella tomando en su regazo al propio Agustín y llamándole "hijo". Este amor tan de las entrañas entre Agustín y Soledad creo que es uno de esos elementos que dije que debió metérseme muy adentro en mi vida y mi obra. Y la matria, que aquí aparece como término propio del bilbaíno y salmantino a la par, aparece como palabra y su concepto aún más veces, impregna toda Soledad. Esta palabra y lo que significa la usé en uno o varios poemas y textos míos, y ahora la (re)descubro en Soledad, que estaba en Soledad: Pero la tierra no es patria, la tierra es matria, como tú, Soledad de mi vida, matria... madre... La tierra es carne. "Patria" es una palabra grandilocuente mal usada, especialmente por los políticos (la política se critica bastante aquí, da igual la ideología y, ¡mira por dónde!, el tema de España, ¿no os decía yo que aquí hay densidad unamuniana muy concentrada?): el verdadero lugar al que uno pertenece es la matria, que es de carne: Y yo quiero dormir sin soñar..., dormir en tu regazo, en tu regazo de carne, mujer, Soledad. Ven.

     Agustín y Soledad son esposos. Han perdido a su hijo pequeño, algo que tiene, como es lógico, a Soledad muy triste y a Agustín, escritor de teatro, muy enfrascado en su creatividad, un poco en parte para sobrellevar esa pérdida. La idea de que las obras literarias se "paren", que son hijos, es muy de Unamuno también, ya lo he dicho, sería un no parar si quisiera enumerar elementos, aparte de que es una alternativa a la maternidad para los hombres, que no parimos. Enrique, empresario teatral, desea que haga comedia, que complazca al público, mientras que Pablo le quiere convencer para que se meta en política, a la que le empuja la propia Soledad, que quiere verle fuera de ese estado creativo-compulsivo, un tanto espoleada por celos de la actriz Gloria, quien encarna a sus personajes femeninos, y para verlo más en la realidad, algo muy debatido en toda la obra, qué es la realidad, qué es teatro, si es que todo no será teatro, la política aún más, si la vida no es sueño, no es niebla (¡la niebla!, que no solo da título a una de sus nivolas, también aparece en su poesía y en más lugares). La famosa "duda" de Unamuno; no es duda, es niebla, es bruma, es cuestionamiento, es redefinición. Por cierto, el que piense que los nombres de los personajes, sobre todo de los femeninos, son casuales, va listo. Gloria se llama así por lo que podría representar para Agustín, la cual está enamorada de él, un él que siempre preferirá a su Soledad sin dudas de ningún tipo, ni nieblas ni brumas, y tampoco creo que el empresario se llamase Enrique porque sí. Total, él se mete en política y, por honesto, por no saber representar el papel de político, lo encarcelan. Su madre Sofía, presente desde el principio, acaba con demencia y ya se encuentra fallecida en el acto tercero. Ni empresario teatral ni político, sus supuestos amigos, están a la altura humana de Soledad y Agustín, no entienden nunca lo más importante. Sometido a un terrible insomnio, Agustín solo encuentra descanso en el regazo de Soledad, su matria.


Iba a plagar este artículo de citas de la obra, tengo llena mi libreta de ellas, pero para eso, fíjate, mejor léete Soledad. Es intensa en toda ella. Me ha vuelto a fascinar, me ha vuelto a calar.

domingo, 22 de febrero de 2026

IMPRESIÓN LECTORA. "LA IA QUE TEMÍA A LA MUERTE", DE JOAN RAVENTÓS

 

 

La IA que temía a la muerte, de Joan Raventós (Universo de Letras, 2025) es una novela no muy extensa y de lectura bastante fluida, con elementos muy diversos a un tiempo, que podría calificarse, en principio, de thriller tecnológico. Pero, claro, eso es porque hay que ponerle una etiqueta; y no está del todo mal tirada, si no pensamos que por ello carece de otros ingredientes que sin duda tiene. Entretenida e interesante, sí, es lo que parece a raíz del título pero, como he dicho, es más. No es la primera vez ni será la última que tenga que aclarar que me cuesta dar mi impresión lectora de novelas así, es decir, muy actuales y que además están más o menos englobados en el género de misterio o thriller, por el miedo a traspasar la frontera entre lo que viene a ser una reseña y un espóiler, algo a lo que no quiero llegar. Pero, en fin, si el título nos lleva a una cuestión tan de actualidad (¡la inteligencia artificial!) y el debate de si llegará a tener conciencia propia o incluso a suplantarnos, realmente esta cuestión es anterior y Raventós es bien conocedor de ello: antes de la IA, eran los robots; antes de estos, la idea de que no seamos más que una ilusión, el pensamiento de un dios o el sueño de otro. Es lógico que mi pensamiento se vaya a Niebla, de Unamuno, como es lógico que esta novela comience con una cita de La vida es sueño, de Calderón, y haya referencias a Matrix desde el principio de la novela. Lo que no es de esperar es una historia de amor, un tanto compleja, que la ponga en paralelo ni más ni menos que con Romeo y Julieta.


El autor es ingeniero, y se nota, dada sus referencias tanto a teorías matemáticas como a componentes informáticos, y asimismo a cuestiones empresariales de macrocorporaciones tecnológicas. Si eres ingeniero o informático, lo vas a disfrutar, sin duda. Y si no lo eres, pues bienvenida la IA para salir de dudas. De todas formas, no son necesarios conocimientos técnicos para seguir el hilo de la historia, eso te lo aclaro para que no te asustes. Con ello quiero decir que, en este apartado, por supuesto es una novela bien fundamentada, documentada. Este aspecto de ingeniería lo conecta un poco con mi pasado (todos sabéis que empecé a desgana esa carrera que abandoné, y que asimismo se refleja en el protagonista de mi novela, Amae pop blue, y en otros personajes de ella); a nivel individual, lo he sentido cercano, al igual que las referencias a la cultura hindú, al sánscrito y al yoga, y asimismo las literarias, que en mi mente ampliaba mientras leía, anticipando a Borges que al final se menciona. E igual con la psicología y la teoría de la mente (soy Filólogo Hispánico con media carrera de Psicología hecha, confieso que aquí voy con ventaja).


Digamos que el protagonista es Leon, un becario barcelonés, joven y muy capaz en cuestiones de ingeniería, que se encuentra en El Valley desde el principio. De hecho, parte de la historia es narrada por él, en primera persona. Esto se combina con otras secuencias narrativas en tercera, con narrador omnisciente, pues se trata de una novela multifocal en este sentido, lo cual otorga dinamismo a la obra, al igual que el entrecruzamiento de historias de diferentes épocas. No hago espóiler si digo que atentos a los anagramas, y no lo hago porque Raventós lo hará notar, aunque si eres un lector avispado te vas a dar cuenta por ti mismo. Así que, en ese sentido, es una novela con profundidad de pensamiento y de expresión estética, ambas cosas: abre debates y se expresa con sobriedad sin renunciar a momentos de intensidad narrativa y de belleza humana, y tiene sus propios enigmas. Me ha resultado muy acertada la conexión entre todo el planteamiento filosófico al que da pie la cuestión de la conciencia en máquinas y el cuestionamiento de qué es la realidad con el Ashtanga Yoga y el desvelamiento del papel y la identidad final de varios de sus personajes.

     En definitiva, aun con contener en sí todo esto apuntado, como novela es de fácil lectura, bastante entretenida. Sabe mantener la intriga de principio a fin y conectar poco a poco las diferentes piezas del puzzle. Sí parece algo chocante el súbito enamoramiento con pasión inmediata que acontece, pero eso tiene una explicación que el lector descubrirá al poco que lo relacione con la referencia literaria a la que el propio Raventós te lleva o simplemente avance en sus páginas. MAYA.




sábado, 7 de febrero de 2026

A TRAGEDIA CADA "X": "FEDRA", DE MIGUEL DE UNAMUNO

 



[...]

No te cuides en exceso del ropaje,
de escultor y no de sastre es tu tarea,
no te olvides de que nunca más hermosa
que desnuda está la idea.
[...]

Que tus cantos sean cantos esculpidos,
ancla en tierra mientras tanto que se elevan,
el lenguaje es ante todo pensamiento
y pensada es su belleza.

Sujetemos en verdades del espíritu
las entrañas de las formas pasajeras,
que la Idea reine en todo soberana;
esculpamos, pues, la niebla.

(Versos de CREDO POÉTICO, de Miguel de Unamuno)


Lo siento. Te pido perdón, mi querido lector, mi querida lectora de este mi blog. Pido perdón sin sentir demasiada culpa, debo confesar, sin que sea esta mi última, mi última confesión. Y es que, mira, de eso de la culpa se habla, dramáticamente, poéticamente, de forma desnuda que no descarnada, en esta Fedra de Unamuno. Pero no me puedes perdonar si no sabes el motivo. Y el motivo es que leí a Esquilo de seguido, tragedia a tragedia, y, con lo sistemático que soy, el siguiente era Sófocles. Pero como el último de Esquilo es el Prometeo encadenado, quise hacer un paréntesis, si todo eso lo dije aquí y allá, están muy documentadas todas mis declaraciones. De entre todo lo que podía escoger, me acordé de la Raquel encadenada de Unamuno. Era de esta tragedia de la que tendría que estar escribiendo en este momento, el nexo con Esquilo. Pero, lo siento, ya lo he dicho, soy sistemático, sistemático y sentimental a un tiempo.

Con la selección del teatro unamuniano a cargo de Manuel García Blanco al fin en mis manos (Editorial Juventud; Barcelona, 1964), era imposible que no comenzase por la primera, Fedra. Imposible irme a la Raquel encadenada, la tercera de cuatro, por sistemático, sí, porque con los libros debo comenzar por el mismo principio, por los agradecimientos y los prólogos y los estudios previos, porque además vuelvo a explorar el teatro de Unamuno por segunda vez, en la primera era aún adolescente, y deseo llegar a Raquel encadenada habiendo pasado antes por Fedra y Soledad, por sistemático, sí. Y por sentimental. Porque Unamuno con su Niebla, su teatro y su Cristo de Velázquez fue uno de los que me acabó por enganchar a la literatura. Yo me leí estas obras en la Biblioteca Pública de Sevilla cuando estaba en la calle Alfonso XII, mientras manejaba libros de Física y de Matemáticas, aún en el Instituto. Y tengo en mis manos de nuevo su teatro... ¿Cómo sería ahora? 

Por eso pido perdón, he roto con mis planes y las expectativas. Además, que Fedra nos conecta con Eurípides, el último de la saga de grandes tragediógrafos griegos; por querer parar antes de Sófocles, ¡vaya!, me lo he saltado... ¡Él me perdone! Pronto espero compensarle. Sí, compensarle, soy leísta, como Unamuno, y aquí no va a haber corrector que me lo tosa. ¡Ja!

Aquí doy impresiones lectoras. No son reseñas, y menos estudios literarios. Impresiones. Unamuno mismo era conocedor de que su teatro era poco comercial, no lo pretendió jamás. Presentaba sus obras desnudas, sin desvestidos. Pasiones directas sin florituras. Unamuno pleno. Si por eso he dejado esos doce versos suyos al principio de este artículo... No voy a entrar en lo que siempre se ha dicho de su teatro, que no es de artificios, que es diálogo directo y alma sobre la mesa, si eso ya lo sabemos. Es así en Fedra y es así en todo su teatro. La trama es sencilla y trágica desde el mismísimo principio, desde antes del principio, desde los antecedentes de Fedra. El destino, el fatum, impregna una historia que ya empieza siendo trágica. Ya no se puede hacerle espóiler a un clásico, tan estudiado, ya se sabe todo, que tampoco es lo importante, ese estúpido ¿de qué va?, como si eso fuera lo suficiente, como si saberlo disolviera el placer de las palabras, el hilo, el ambiente, ... La trama es bien sencilla, te la destripo rápido: Pedro es un señor ya mayorcete, seguramente así como de mi edad que todavía tengo 49 o tal vez algo mayor. Su hijo es Hipólito. Enviudó y se casó con Fedra, de edad parecida a Hipólito, que a pesar de ello la llama "madre" (Empezó llamándome "madre" ¡Madre! ¡Qué nombre tan sabroso! ¡Cómo remeje las entrañas!, p. 65, Primer Acto). La obra empieza con este estatus de hombre mayor casado con una joven y un hijo de edad similar a esta, pero no comienza de manera apacible para luego descubrir el secreto, comienza con el secreto mismo. De Fedra ya de inicio, que se está abriendo muy sentidamente ante Eustaquia, criada mayor y quien la crio, sabemos que es huérfana de madre, que Eustaquia hace las veces de ella, que esta se niega a revelarle de qué murió su madre biológica, y que está perdidamente enamorada de Hipólito y no puede más con eso, algo va a pasar porque ya no puede más. Pedro quiere que Fedra convenza a Hipólito para que busque prometida, se case y le dé nietos, ya que con Fedra no ha podido tener más hijos, y los deja a solas para que le persuada de ello. Sin embargo, ahí lo que hará Fedra será declararse ante Hipólito quien, horrorizado, no va a traicionar a su padre y se distancia de su madrastra. Esta distancia no hace más que incrementar el sufrimiento amoroso de la joven, quien consigue quedarse a solas de nuevo con Hipólito a pesar de su renuencia y, al no conseguir lo que desea, miente ante Pedro y le da la vuelta a la historia, dejando entender que es Hipólito el que la reclama a ella. El muchacho, por no darle quebraderos de cabeza a su padre, tampoco se defiende de las acusaciones y deja entender que es así, lo que provoca que sea expulsado de la casa familiar. A todo esto, hay un secundario, Marcelo, médico y amigo de Pedro, y junto con él el centro de la obra es todo un saber y no decir por parte de unos y otros (Demasiado sé con no saber nada..., dirá el propio Marcelo en el Acto II, p. 98; y de él dirá luego Fedra que era mi demonio de la guarda, mi acusador, p. 103, al principio del acto tercero). Bueno, pues ya podemos imaginar el efecto de la ausencia total de Hipólito en Fedra. Ella, en su sinvivir, se envenena con pastillas. Escribe una carta confesando la verdad, que Eustaquia habrá de dar a Pedro una vez fallecida. En su lecho de muerte, se va despidiendo de todos. El penúltimo será Hipólito, a quien se le llama a petición de ella para despedirse, avergonzado aún ante su padre. Este será el último, quien está con ella en su postrera espiración, y al salir recibe y lee la carta. ¡Ha sabido morir!, le dirá a su hijo, quien le contesta: ¡Sepamos vivir, padre!

No importa que te haya desentrañado todo Fedra aquí y de esta manera, porque el placer sigue estando en leérselo... o verlo representado. Al más puro estilo Unamuno, para mí es de un sabor agradable, serio, inquieto, directo, auténtico y profundo. Tiene su salsa también, claro que sí, salsa seria, para mí exquisita. No quiso llevar al puro humor, por ejemplo, este diálogo entre Hipólito y Eustaquia, sigue conservando su significación en la obra, no es mero hablar por hablar ni un respiro de dramatismo, aunque lo reproduzco entrecortado:

HIPÓLITO – [...] ¡Qué torpes, qué brutos somos los hombres!
EUSTAQUIA – Algo...
HIPÓLITO – No vemos la sima hasta que estamos en su borde [...].
EUSTAQUIA – [...]; sois todos egoístas, libertinos por egoísmo, y por egoísmo virtuosos...

viernes, 30 de enero de 2026

"EL CANTO DEL FÉNIX", DE LISEET MATA MARTÍNEZ



La voz de Liseet Mata es muy particular, suele contagiar entusiasmo y energía. Y el título de este poemario suyo, El canto del Fénix (Azur, 2023), no puede ser más elocuente: es una voz que canta el resurgir, el renacer expresado a través de versos de transformación. Su corazón, ya iluminado, entona el proceso desde su singularidad (así es como se llama el segundo poema, tras el primero de encanto por Andalucía). Y es que los títulos de sus poemas ya revelan el transcurso de su dicción poética: El ego, Empatía, Laberinto, Caleidoscopio, Corazón sin armadura, Persistencia, ... En Creo, al principio de la obra, la autora se reafirma en su presente, La meta reenfoca tras el desenfoque inicial que se le escapaba a su conciencia antigua. Pasa por una Experiencia subliminal (No recordaba el sabor de la renuncia). 

     En este renacimiento cantado, no solo se encuentra su propio ser. Se van dando pasos, y el poema Un paso, precisamente, se dirige al otro: amor, separación, distancia, recuerdo, anhelo, lo que perdura. Sí: la parte central del poemario parece apuntar a un amor disuelto, perdido, recordado y anhelado, anhelado en una posible renovación, como se canta en los cuatro últimos versos de El torbellino. Y hay dolor, dolor superado: No estoy rota, estoy vacía, así empieza Fría tempestad. Liseet no esquiva las turbulencias, es parte del proceso de transformación.

     Su voz poética es directa, lúcida y sincera. Porque además, repito, se enfoca en el presente, siendo el pasado y el futuro ecos, proyecciones que solo apuntalan referencias del ahora. Remito a sus Arenas movedizas. Versos luminosos, sí, que traen a palabras un despertar y un resurgir, un darse cuenta de la auténtica realidad, un rescate inesperado en ese transitar con la brújula estropeada, hasta contemplar la belleza inimaginable a su alrededor, como dice en La quinta sinfonía. Hubo lucha, después aceptación (Supuesta irrealidad) hasta alcanzar esta iluminación.

     Las emociones se entrelazan, se funden, se confunden, en una verdadera sinestesia emocional (Alegría confusa). Aparece el amor, y el deseo, y el significado vital ya en Quiero.

     El recorrido que emprendemos al leer El canto del Fénix no es rectilíneo, de un punto A a un punto B, ni va en zigzag. No es abrupto ni simple: es curvilíneo, un tanto en espiral, cíclico y progresivo a un tiempo. Tampoco es absoluto: recuerdos y preguntas aparecen en su canto a la nueva vida, en poemas como Rompecabezas inconcluso. Así, Mi versión, el último poema, es un cierre de reconciliación con lo vivido, que jugó su papel, tuvo su misión. Y ahora el Fénix, por fin, canta, con voz sinfónica.