jueves, 2 de abril de 2026

A TRAGEDIA CADA "X": "RAQUEL ENCADENADA" DE MIGUEL DE UNAMUNO.

 


Lo primero, aunque lo expresé en la entrada anterior: no es una tragedia, lo sé, si mira, ahí lo dice, Drama en tres actos. O druma, como queramos. Simplemente, estaba haciendo la serie de A tragedia por semana, que se ha quedado en A tragedia cada x. El plan era claro: Esquilo, Sófocles, Eurípides. Y lo que sucedió lo resumo de nuevo: acabé con el Prometeo encadenado de Esquilo y me acordé de la Raquel encadenada de Unamuno. Me llegó una edición del teatro unamuniano, y me fue imposible irme directamente a la obra bisagra, me leí y comenté antes Fedra y Soledad dentro de esta serie, y luego haré lo propio con su Medea, hasta rebañar esa edición con estas cuatro obras del autor bilbaíno.

     Dicho esto, y una vez leído el drama, imposible no irme antes a la reflexión sobre su título, que es el que lo encadena, nunca mejor dicho, al Prometeo de Esquilo. Realmente, las referencias son dobles: una se va a la Biblia y otra al clásico griego, nada extraño en Unamuno, y siempre significativo; no creo en casualidades y menos con don Miguel, aunque ninguna de las dos referencias me parece exhaustiva. Lo de Raquel está para mí muy claro. Ya he dicho que los vínculos pueden ser fuertes pero no pormenorizados: nos faltaría una Lea para ello, un personaje bíblico por el que en su momento, en otro blog, manifesté mi compasión y mostré mi inclinación por ella un tanto, como hace poco hice con Clitemnestra. Ni tampoco Simón es Jacob; al fin y al cabo, Jacob amaba a Raquel, una suerte que no tuvo nunca Lea, quien se reivindicaba mediante su maternidad. Pues de ahí lo de Raquel aquí, la maternidad, un tema tan importante en Unamuno. Aunque no solo es la maternidad: es la vida en general, la verdadera vida, la plena, ya lo comento más adelante. La Raquel bíblica vivía atormentada porque no le daba hijos a Jacob mientras que su hermana sí, así que le "pasó" a su esclava para ello, Lea hace lo mimo (no se acordaban de Agar, ¡ay!), luego al fin sí tuvo hijos propios, ... ¡Y ahí tenemos las doce tribus! La Raquel de Unamuno vive agobiada por la sima: su angustia vital se enfoca en el hecho de no tener hijos con Simón, quien no puede y tampoco desea prohijar, y esto nos lo aproxima también a Yerma de Lorca. Este drama, entonces, es más drama y menos tragedia por su final, Raquel se desencadena y es por movimiento y voluntad propios, lo que hoy llamaríamos empoderamiento. Y, pensándolo bien, tan alejado de lo políticamente correcto hoy (en juicio anacrónico), este drama sí ofrece cuestiones y planteamientos muy en boga ahora en las redes sociales sobre la masculinidad, la feminidad, las relaciones de pareja, la estabilidad y lo importante en la vida. El Prometeo de Esquilo pudo haberse librado de sus cadenas en la cima sometiéndose a Zeus y no quiso, asumiendo el tormento; la Raquel de Unamuno se libra de sus cadenas en la sima por su propia determinación, tras ese crack interior y con resolución imparable, pagando gustosa el precio.

     Comento la trama por encima, porque en realidad lo bueno de este drama es leérselo o, con suerte, verlo representado. Raquel es una violinista de mucho éxito. Su marido, Simón, solo está preocupado del rendimiento económico que reporta el virtuosismo musical de su mujer, a la que le niega hasta viajes de recreo, de placer, todo debe estar enfocado en el rédito y el mantenimiento del "éxito": es más su manager y representante que su marido, y esta es la gran cadena de Raquel: se le ha negado el cariño auténtico, el disfrute, el verdadero hogar y el tener hijos. Simón no quiere ni oír hablar del tema e impide la adopción (el dinero te hace estéril), dado que va en contra de sus intereses. Raquel clama por sentirse y ser madre y aquí está la verdadera tensión dramática. Le ruega a él por esa vida normal y él la desoye de forma reiterada. Ella desea prohijar al sobrino de Simón, cuyo hermano, el padre del chiquillo, ha fallecido y él se niega. Aurelio, el primo de Raquel y antiguo pretendiente, acude a su casa porque Susín, su hijo, está enfermo y no hay madre para cuidarlo. Simón, de nuevo, se opone, argumentando lo de siempre, su dedicación al violín y el dinero que su profesión trae, cuando para Raquel en principio la música es por arte, no por negocio, un arte que debe hacer libres a los oyentes (No puedo libertar almas para que tú las esclavices). Simón hace un amago de ir a golpearla ante una decisión que le pasa a él por alto, pero se reprime al final y se pone más cariñoso, de nuevo, por interés. Ella, en fin, acude a cuidar de Susín, que podría morir (la gran paradoja, la muerte de un niño, algo que yo siempre he puesto de ejemplo de paradoja de la vida real y ante la cual Raquel se horroriza), porque hace falta una madre y ella ya corre a ejercer, maldiciendo en principio a su violín y luego dándole un nuevo sentido: con él, cuidará y revitalizará a ese niño, al que cuida cada día y toca para él, dejando de dar conciertos, solo toca para el niño, lo cual preocupa a Simón y Catalina, la antigua aya de este y ahora una medio suegra de Raquel en esa casa. Traman, ya que no pueden evitar que Raquel haga de madre de Susín, traerse al niño a la casa, un niño que ya la llama "madre". Ella se niega en rotundo: no va a permitir que el niño se intoxique moralmente con la compañía de los dos "negociantes" y decide, sin saberlo el mismo Aurelio, que su hogar ya no está allí, que se va con Aurelio para ser madre de Susín, ella lo decide en una discusión final en el que, simbólicamente (¡y qué me gusta eso!), para que el niño no esté presente en la pelea verbal le da el violín para que juegue como quiera con él, como si lo quiere usar de caballito. Ella expone su resolución delante de Simón, Catalina y Aurelio, que la hace suya, aunque ella dice que no es suya, que es de su hijo, y por él, por el niño, abandona su vida anterior, incluso el dinero que ella ha generado, que queda con Simón (pues abandona el hogar y a su marido, recordemos la época). Simón tiene que hacerse el valiente e impedirlo, pero le enfrenta Aurelio, para quien Raquel es suya ahora. Aunque Catalina se escandaliza de que no insista más (va a quedar de calzonazos), a Simón no le importa ya mucho luchar por ella: en ese estado, Raquel ya no le va a dar beneficios, y da la situación por buena aunque él quede de cobarde y de marido cornudo. Simón ha querido... no querer. Él es el realmente desgraciado, aunque no se lo reconozca. Y Raquel se dirige a la vida plena que anhelaba y cuya ausencia era la sima de la que logra escapar.