sábado, 7 de febrero de 2026

A TRAGEDIA CADA "X": "FEDRA", DE MIGUEL DE UNAMUNO

 



[...]

No te cuides en exceso del ropaje,
de escultor y no de sastre es tu tarea,
no te olvides de que nunca más hermosa
que desnuda está la idea.
[...]

Que tus cantos sean cantos esculpidos,
ancla en tierra mientras tanto que se elevan,
el lenguaje es ante todo pensamiento
y pensada es su belleza.

Sujetemos en verdades del espíritu
las entrañas de las formas pasajeras,
que la Idea reine en todo soberana;
esculpamos, pues, la niebla.

(Versos de CREDO POÉTICO, de Miguel de Unamuno)


Lo siento. Te pido perdón, mi querido lector, mi querida lectora de este mi blog. Pido perdón sin sentir demasiada culpa, debo confesar, sin que sea esta mi última, mi última confesión. Y es que, mira, de eso de la culpa se habla, dramáticamente, poéticamente, de forma desnuda que no descarnada, en esta Fedra de Unamuno. Pero no me puedes perdonar si no sabes el motivo. Y el motivo es que leí a Esquilo de seguido, tragedia a tragedia, y, con lo sistemático que soy, el siguiente era Sófocles. Pero como el último de Esquilo es el Prometeo encadenado, quise hacer un paréntesis, si todo eso lo dije aquí y allá, están muy documentadas todas mis declaraciones. De entre todo lo que podía escoger, me acordé de la Raquel encadenada de Unamuno. Era de esta tragedia de la que tendría que estar escribiendo en este momento, el nexo con Esquilo. Pero, lo siento, ya lo he dicho, soy sistemático, sistemático y sentimental a un tiempo.

Con la selección del teatro unamuniano a cargo de Manuel García Blanco al fin en mis manos (Editorial Juventud; Barcelona, 1964), era imposible que no comenzase por la primera, Fedra. Imposible irme a la Raquel encadenada, la tercera de cuatro, por sistemático, sí, porque con los libros debo comenzar por el mismo principio, por los agradecimientos y los prólogos y los estudios previos, porque además vuelvo a explorar el teatro de Unamuno por segunda vez, en la primera era aún adolescente, y deseo llegar a Raquel encadenada habiendo pasado antes por Fedra y Soledad, por sistemático, sí. Y por sentimental. Porque Unamuno con su Niebla, su teatro y su Cristo de Velázquez fue uno de los que me acabó por enganchar a la literatura. Yo me leí estas obras en la Biblioteca Pública de Sevilla cuando estaba en la calle Alfonso XII, mientras manejaba libros de Física y de Matemáticas, aún en el Instituto. Y tengo en mis manos de nuevo su teatro... ¿Cómo sería ahora? 

Por eso pido perdón, he roto con mis planes y las expectativas. Además, que Fedra nos conecta con Eurípides, el último de la saga de grandes tragediógrafos griegos; por querer parar antes de Sófocles, ¡vaya!, me lo he saltado... ¡Él me perdone! Pronto espero compensarle. Sí, compensarle, soy leísta, como Unamuno, y aquí no va a haber corrector que me lo tosa. ¡Ja!

Aquí doy impresiones lectoras. No son reseñas, y menos estudios literarios. Impresiones. Unamuno mismo era conocedor de que su teatro era poco comercial, no lo pretendió jamás. Presentaba sus obras desnudas, sin desvestidos. Pasiones directas sin florituras. Unamuno pleno. Si por eso he dejado esos doce versos suyos al principio de este artículo... No voy a entrar en lo que siempre se ha dicho de su teatro, que no es de artificios, que es diálogo directo y alma sobre la mesa, si eso ya lo sabemos. Es así en Fedra y es así en todo su teatro. La trama es sencilla y trágica desde el mismísimo principio, desde antes del principio, desde los antecedentes de Fedra. El destino, el fatum, impregna una historia que ya empieza siendo trágica. Ya no se puede hacerle espóiler a un clásico, tan estudiado, ya se sabe todo, que tampoco es lo importante, ese estúpido ¿de qué va?, como si eso fuera lo suficiente, como si saberlo disolviera el placer de las palabras, el hilo, el ambiente, ... La trama es bien sencilla, te la destripo rápido: Pedro es un señor ya mayorcete, seguramente así como de mi edad que todavía tengo 49 o tal vez algo mayor. Su hijo es Hipólito. Enviudó y se casó con Fedra, de edad parecida a Hipólito, que a pesar de ello la llama "madre" (Empezó llamándome "madre" ¡Madre! ¡Qué nombre tan sabroso! ¡Cómo remeje las entrañas!, p. 65, Primer Acto). La obra empieza con este estatus de hombre mayor casado con una joven y un hijo de edad similar a esta, pero no comienza de manera apacible para luego descubrir el secreto, comienza con el secreto mismo. De Fedra ya de inicio, que se está abriendo muy sentidamente ante Eustaquia, criada mayor y quien la crio, sabemos que es huérfana de madre, que Eustaquia hace las veces de ella, que esta se niega a revelarle de qué murió su madre biológica, y que está perdidamente enamorada de Hipólito y no puede más con eso, algo va a pasar porque ya no puede más. Pedro quiere que Fedra convenza a Hipólito para que busque prometida, se case y le dé nietos, ya que con Fedra no ha podido tener más hijos, y los deja a solas para que le persuada de ello. Sin embargo, ahí lo que hará Fedra será declararse ante Hipólito quien, horrorizado, no va a traicionar a su padre y se distancia de su madrastra. Esta distancia no hace más que incrementar el sufrimiento amoroso de la joven, quien consigue quedarse a solas de nuevo con Hipólito a pesar de su renuencia y, al no conseguir lo que desea, miente ante Pedro y le da la vuelta a la historia, dejando entender que es Hipólito el que la reclama a ella. El muchacho, por no darle quebraderos de cabeza a su padre, tampoco se defiende de las acusaciones y deja entender que es así, lo que provoca que sea expulsado de la casa familiar. A todo esto, hay un secundario, Marcelo, médico y amigo de Pedro, y junto con él el centro de la obra es todo un saber y no decir por parte de unos y otros (Demasiado sé con no saber nada..., dirá el propio Marcelo en el Acto II, p. 98; y de él dirá luego Fedra que era mi demonio de la guarda, mi acusador, p. 103, al principio del acto tercero). Bueno, pues ya podemos imaginar el efecto de la ausencia total de Hipólito en Fedra. Ella, en su sinvivir, se envenena con pastillas. Escribe una carta confesando la verdad, que Eustaquia habrá de dar a Pedro una vez fallecida. En su lecho de muerte, se va despidiendo de todos. El penúltimo será Hipólito, a quien se le llama a petición de ella para despedirse, avergonzado aún ante su padre. Este será el último, quien está con ella en su postrera espiración, y al salir recibe y lee la carta. ¡Ha sabido morir!, le dirá a su hijo, quien le contesta: ¡Sepamos vivir, padre!

No importa que te haya desentrañado todo Fedra aquí y de esta manera, porque el placer sigue estando en leérselo... o verlo representado. Al más puro estilo Unamuno, para mí es de un sabor agradable, serio, inquieto, directo, auténtico y profundo. Tiene su salsa también, claro que sí, salsa seria, para mí exquisita. No quiso llevar al puro humor, por ejemplo, este diálogo entre Hipólito y Eustaquia, sigue conservando su significación en la obra, no es mero hablar por hablar ni un respiro de dramatismo, aunque lo reproduzco entrecortado:

HIPÓLITO – [...] ¡Qué torpes, qué brutos somos los hombres!
EUSTAQUIA – Algo...
HIPÓLITO – No vemos la sima hasta que estamos en su borde [...].
EUSTAQUIA – [...]; sois todos egoístas, libertinos por egoísmo, y por egoísmo virtuosos...

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