El mundo tiembla a los primeros sones de su voz.
Hace tiempo que inicié esta serie sobre impresiones lectoras de tragedias, y lo eran, las de Esquilo, todas, lo eran. Y, según el plan, las siguientes iban a ser las de Sófocles. Pero ya visteis lo que sucedió en Navidades: sí, me hice con la edición de las tragedias de Sófocles, de la que he empezado su estudio previo, pero a un tiempo cayó en mis manos mi tan ansiado libro de teatro unamuniano (Editorial Juventud; Barcelona, 1964), porque quería que su Raquel encadenada, que me impresionó con 16 años, sirviera de puente entre los dos tragediógrafos griegos, por su leve vinculación con el Prometeo encadenado de Esquilo. Ya lo he comentado en los otros artículos anteriores. Y que, en fin, al parecer esta edición del teatro de Miguel de Unamuno fue la primera. A mí me fascina de siempre Unamuno, y tenía recuerdos muy entrañables de mi lectura tan joven de su teatro: no está todo, claro, aunque el estudio previo de Manuel García Blanco da cuenta de toda su producción dramática. Aquí aparecen solo sus cuatro obras más representativas. ¿Y pensabais que iba a ir directamente a Raquel encadenada (drama) saltándome su Fedra (tragedia) y su Soledad (drama)? Por su puesto que no, ya lo habéis visto. ¿Y lo iba a abandonar así dejando de fleco sin leer su Medea del final, que vuelve a ser una tragedia? ¡Claro que no, aquí me veis!
Es cierto que al hacerlo así me salto a Sófocles y Eurípides del todo, a la Medea de Eurípides, porque esta Medea de Unamuno es su traducción en prosa de la de Séneca, que don Miguel pudo ver representada en el Teatro Romano de Mérida, con Enrique Borrás y Margarita Xirgu de actores principales. Así que he tenido un placer doble. El primero, volver a la tragedia clásica, llegar a Séneca, aunque haya sido saltándome el orden cronológico estricto que deseaba para los grecolatinos. Y el segundo, que a su vez leo a Unamuno, pues aun siendo traducción en prosa, es delicioso leerlo en castellano de principios de siglo XX, y aún más observar el vocabulario escogido y los giros, aun siendo traducción: es traducción de Unamuno.
Esta Medea una tragedia en cinco actos, cinco actos cortos, claro, es tragedia clásica, y con pocas escenas (el último acto solo tiene una). La tragedia trae al espectador la parte final del mito de Jasón y Medea, con todas las hazañas con los argonautas, incluido, claro, el vellocino de oro, y sus tantos crímenes, dejados atrás, como recuerdos, aunque mencionados en varias ocasiones. Notemos que el público original de estas tragedias clásicas conoce bien esos mitos.
Te hago un despliegue rápido del argumento de la tragedia: Estamos en Corinto. Aunque Jasón y Medea están casados y con dos hijos, este ya la ha repudiado para poderse casar de nuevo con Glauce, la hija del rey Creonte. Obviamente, esto es muy provechoso para él, emparentarse con la familia real, aunque para Medea también hay un componente de deseo carnal de una esposa más joven, como pronunciará el Acto V, cuando le diga con despecho que se vaya a buscar doncellas. ¡Es increíble! ¡Con todo lo que han pasado juntos, tantas aventuras vividas, con la cantidad de veces que ella lo salvó a él con sus hechicerías y su determinación que comenzó con el asesinato de su propio padre y su propio hermano! Eran tan cómplices, en tantos sentidos, ... Y ahora, mira. Pues ahí empezamos: a Medea se le da la orden de salir de Corinto, se la destierra. ¿A dónde irá, volverá a su Cólquide originaria, después de lo que hizo? ¿Y sola, y sin sus hijos, soportando esta afrenta? Para nada. Ante esta situación, ejecutará su doble venganza. Primero finge acatar la orden de salir pero pide un día para poder despedirse de sus hijos. Con hechizos y encantamientos, envenena los regalos de boda que le ofrece a Glauce, que son un vestido y una corona. Al ponérselos, Glaude arde en llamas, y su padre al intentar salvarla. Al acudir Jasón con tropa para dar cuenta de ella, Medea ya ha pasado a cuchillo (o espada) a uno de sus hijos y va a hacer lo mismo con el segundo delante de Jasón, con el solo propósito de infligirle así el mayor dolor posible.
Hago un paréntesis aquí, porque al leer esto se me han venido dos temas a la cabeza. El primero, con la imagen y la voz de Beatriz de Vicente hablando de mujeres psicópatas asesinas, de menor porcentaje que los hombres pero que son las que más daño causan a los hijos. El segundo, mal traído por mi parte porque tampoco tiene tanto que ver, toda la polémica sobre la prohibición de usar el término alienación parental en los juicios por la custodia de hijos, y los diferentes sinónimos que se están generando a causa de este veto.
Prosigo. Jasón se ofreció a cambio de la vida del hijo aún vivo, pero ella no quiso: matando a su vástago le infligía mayor dolor. Y a su ruego de que, una vez cometido el filicidio, también le diera muerte a él, lo deja así, desolado, mientras un carro, en el caso de Séneca tirado por dos dragones, la eleva para poder escapar, llevándose los cadáveres de sus hijos, no en balde es nieta de Helios.
Vámonos ahora al texto en sí. La obra empieza y acaba fuerte, todo es fuerte, intenso y demoledor. El Acto I se abre en su primera escena con Medea pronunciando un soliloquio que es toda una defixión oral dirigiéndose a los dioses y termina con la determinación de tomar venganza. Acaba el primer acto con una segunda escena con intervención del coro.
En el Acto II, ya con su nodriza, se duele al escuchar los cánticos nupciales de la boda de Jasón y manifiesta su incredulidad ante la actitud y resolución de él. Está fuera de sí, enfurecida, la nodriza trata de que se calme y entre en razón. Creonte se planta ante ella exigiendo su marcha, llamándola, en la discusión, irónica y paradójicamente "inocente mujerzuela"; desde el principio se nota que le tienen odio y miedo a un tiempo. Medea le reprocha que el exilio es injusto y mantienen una conversación donde lo más interesante son las expresiones de Medea, esto es así en toda la obra. Creonte es más parvo en palabras, aunque, hablando de injusticias, le recuerda que él no la ha ejecutado porque Jasón le rogó que le perdonase la vida. Pero ella responde: Quien sin oír ambas partes firma algo, aunque esto sea justo, él no lo fue. Le pide, al menos, que le conceda un día para poder besar a sus hijos antes de salir del territorio de Corinto. Aunque él en principio no se fía, se lo acaba concediendo. Este acto lo vuelve a cerrar el coro.
En el Tercer Acto la nodriza ya se barrunta lo terrible que va a acabar siendo todo. Medea está decidida: Embestiré a los dioses; lo trastornaré todo. La nodriza, una vez más, quiere sosegarla. Pero Medea prefiere que se hunda todo con ella. Aparece Jasón. Aunque la nodriza sigue presente, ya no habla aquí, es todo un diálogo entre los ex esposos. Un diálogo muy sentido y encendido: Por ti solía desterrarme..., le dice ella. Medea le solicita, ya que se tiene que ir por fuerza, marcharse entonces con sus hijos. Pero Jasón no quiere separarse de ellos: ¡son su vida! El coro cierra el acto rememorando las andanzas y aventuras de Jasón y Medea para que, al final, él se haya acabado entregando a otra esposa, lamentablemente.
El Acto IV para mí es absolutamente espectacular. Lo abre la nodriza, que presiente y anuncia una gran calamidad. Lo que en realidad hace en esta primera escena es describir los actos de Medea y reproducir sus palabras, como una retransmisión, distanciándonos así de ella para verla como una terrible hechicera, toda una bruja. Es un parlamento largo, porque nos está describiendo cómo prepara el veneno, ese veneno tan extraño que hará que el cuerpo de Glauce acabe en llamas. Me han llamado la atención las menciones a todo tipo de divinidades y ríos, empezando por las serpientes más célebres, incluidas Pitón y Ofiuco; entre los ríos, ¡qué bien!, se nombra el Betis (es Séneca quien escribe, es cordobés). La sustancia que prepara y que tan detalladamente nos describe la nodriza está compuesta, fundamentalmente, de hierbas ponzoñosas, veneno de serpientes y vísceras de aves. Aunque habría que añadir el ingrediente final: las palabras. Medea canta el encantamiento. Y de ahí la cita del principio de El mundo tiembla a los primeros sones de su voz. Y entonces ya nos vamos a la segunda escena, como en un acercamiento de cámara, de la nodriza hacia Medea. Ahora estamos frente a Medea, la vemos directamente y sin intermediaros. Pronuncia el conjuro de maldición, especialmente para el nuevo suegro de Jasón. Se trata de sortilegios de invocación: invoca a los dioses funerales. Y luego al lucero de la noche, amenazante con sus varias frentes. Menciona a muchos: Prometeo, Vulcano, Faetonte, Quimera, Medusa, Hécate, ... ¡Pura bruja! Y acaba con una maldición a la novia. Escucha tres ladridos: señal de Hécate. Sus votos se están empezando a cumplir. Ve teas de duelo encendidas (teas...): se ha cumplido el hechizo. Y termina, en la última escena, el coro: Así Medea, que no sabe refrenar ni sus rencores ni sus amores. Hicieron ahora en ella causa común amor y rencor. Sale el sol y acaba este acto.
El último acto tiene solo una escena. Están presentes un mensajero, el coro, la nodriza, Medea y Jasón. La noticia es clara: hija y padre muertos. Y un incendio en palacio que se acrecienta con el agua. Y entonces se produce un descarnado discurso de Medea: Voy adonde me lleves, rencor. Cuando llega Jasón ante ella, ya ha matado a uno de sus hijos a espada (Unamuno traduce espada, otros cuchillo; tal vez fuera una daga larga, el instrumento que se usaba para degollar en sacrificios). Va a matar al otro delante de él, desoyendo sus súplicas de que le dé muerte en lugar de a su hijo. También desoye sus súplicas para que le dé muerte después. A Medea, luego, se la llevan dos dragones en un carro. Para Jasón, desolado, no hay dioses: Vete por los hondos espacios del alto firmamento a atestiguar por donde pases que no hay dioses.
He quedado encantado con esta mi vuelta a la lectura en serio de Unamuno. Y también, con su Medea, a los clásicos de los que partía. La próxima vez, ya sí, estaremos con Sófocles.

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